La fijación anual del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) parece que fuera una concesión administrativa de los Gobiernos de turno, o el fruto de un acuerdo entre dos partidos que  sumen la mayoría necesaria en un Parlamento. Es lo que ha ocurrido cuando, año tras año, un gobierno en mayoría absoluta ha aprobado congelaciones del Salario Mínimo Interprofesional, o cuando, como en esta ocasión, un pacto PP-PSOE ha conducido a una subida del 8%, pero lejos de las propuestas de CCOO y UGT, obviando la participación de sindicatos y empresarios en el proceso.

Las miserables subidas de los últimos años han producido pérdidas del poder adquisitivo del Salario Mínimo de 2,7 puntos y subidas de menos de 14 euros acumulables en los últimos cinco años y todo ello, en una España en la que más del 28% de la población se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión.

Dirá el Gobierno, en su autocomplacencia infinita, que lo hace cumpliendo el Estatuto de los Trabajadores, que establece que es el Gobierno quien fija el SMI “previa consulta con las organizaciones sindicales y asociaciones empresariales más representativas”.

Los Gobiernos españoles de turno se acostumbran a cumplir el trámite con una reunión informativa en la que escucha a los sindicatos y empresarios. Pero algo más que esto exige la OIT cuando, para la fijación de los salarios mínimos, su convenio 131 suscrito por el Gobierno español habla de que se consulte “exhaustivamente” con las organizaciones representativas de emprendedores y trabajadores interesadas.

Algo más parece que exige también la Comisión de Expertos de la OIT que espera que el gobierno se esfuerce en tener en cuenta las necesidades de los trabajadores y las trabajadoras y de sus familias y no únicamente los objetivos de política económica, a la hora de fijar los reajustes anuales del poder adquisitivo del Salario Mínimo Interprofesional.

Existe, además, un Real Decreto Ley, el 3/2004, que habla de estas cosas y que establece que temas como la fijación  del Salario Mínimo deben ser aprobados en el marco del diálogo social.  Y el diálogo social no es derecho a información exclusivamente, sino derecho a propuesta, negociación y búsqueda de acuerdo.

Por eso CCOO y UGT presentamos una reclamación ante la OIT que exige el cumplimiento del convenio 131. Porque no basta informar. La fijación de un SMI que cubra las necesidades de los trabajadores, trabajadoras y sus familias, debe producirse tras un proceso de consultas exhaustivas con organizaciones sindicales y empresariales.

El Comité de Derechos Económicos Sociales y Culturales del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas se ha visto obligado a recordar  al Gobierno de España que tiene obligación de garantizar un SMI que permita condiciones de existencia dignas que se ajusten al coste de la vida, tras constatar que el SMI en España no asegura un nivel de vida digno y decente.

Pero estas cosas, en España, son poco tenidas en cuenta por gobiernos que parecen pensar que, tras ser elegidos tienen barra libre para hacer las cosas de espaldas, incluso, a la sociedad, cuando no en contra de ella.

Antes, porque tenían una mayoría absoluta que parecía autorizar todo tipo de desmanes y ahora porque pactando, con unos o con otros, se sienten autorizados para despreciar el diálogo social y las recomendaciones, consideraciones y obligaciones derivadas de informes elaborados y convenios firmados en ámbitos internacionales, de las Naciones Unidas, hasta la OIT.

Mal íbamos, mal seguimos. Que no esperen silencio, ni resignación, ante tanto desprecio del diálogo social y olvido de las necesidades de la clase trabajadora. El 19 de febrero vamos a las calles a defender salarios dignos. Contra la carestía de la vida y contra la precariedad de nuestros empleos.

 

Francisco Javier López Martín

He cerrado los ojos para no ver nada.
He cerrado los ojos para llorar por no verte.

Paul Éluard 

El dictador había muerto, pero la dictadura no había sido derrotada. Lo viejo no había muerto. Y lo nuevo no había aún nacido. Un momento histórico apasionante se abría paso entre grandes ilusiones y no pocas penalidades. La clase obrera empujaba para conseguir libertad, derechos laborales y sociales equiparables a los que tenían los trabajadores y trabajadoras europeos. Los despachos laboralistas eran una cuña en el sistema judicial español para conseguir que el ejercicio de esos derechos fuera erosionando los estrechos márgenes de las leyes franquistas.

Había dos despachos de abogados laboralistas en la calle de Atocha. Uno de ellos, en las inmediaciones de la Plaza de Antón Martín, el de Atocha 55, lo dirigía Manuela Carmena. Ese fue el despacho elegido por las huestes del franquismo sin Franco para dar una lección que nunca olvidara una clase obrera que protagonizaba, en esos momentos, una huelga del transporte que se antojaba intolerable para el sindicalismo vertical de la dictadura. El 24 de enero de 1977, hace ya 40 años, se produjo la tragedia, el cruel atentado contra el despacho laboralista de Atocha 55.

No eligieron su suerte. Fueron ellos como podrían haber sido los abogados, abogadas o sindicalistas de cualquier otro despacho laboralista. O como lo fueron los estudiantes que participaban en manifestaciones pacíficas reclamando democracia y libertad. Esa misma semana, el 23 de enero, caía abatido por un disparo de un ultraderechista, el estudiante Arturo Ruiz y, al día siguiente, la joven universitaria María Luz Nájera, al ser golpeada por un bote de humo de la policía. Todo ello en un contexto de secuestro de los GRAPO, de Antonio María de Oriol, presidente del Consejo de Estado y del general Emilio Villaescusa.

No estaban solos. El despacho de Atocha 55 era uno de los que se habían ido abriendo, por parte de jóvenes abogados y abogadas recién salidos de la universidad, siguiendo la estela y multiplicando la experiencia de aquel primer despacho laboralista fundado por María Luisa Suárez, Antonio Montesinos, Pepe Jiménez de Parga, o José Esteban, en la calle de la Cruz. Despachos en los que se defendía a los trabajadores y trabajadoras, jurados de empresa, enlaces sindicales de las CCOO, que eran procesados por defender derechos, participar en huelgas y manifestaciones, tener en su poder octavillas, o publicaciones en las que se animaba a la movilización, o en las que se exigían derechos fundamentales como la huelga, la manifestación, la libertad, la democracia, la amnistía.

Despachos en los que se abordaban también procesos penales ante el Tribunal de Orden Público, creado por la dictadura franquista para perseguir a la oposición, especialmente del PCE y a los integrantes de las ilegalizadas Comisiones Obreras. Despachos donde se defendían problemas de barrio, como los desahucios, problemas de infravivienda y equipamientos para la ciudadanía.

Fue mucha la tarea desde que en los años 60 se constituyeron las CCOO y se extendieron, gracias al apoyo del PCE y otras organizaciones de la oposición a la Dictadura, por todos los sectores y por toda España. Y tuvieron que hacer frente a la brutal represión que sufrió el movimiento obrero con su “galena de huelgas” en los años 1975 y 1976 que hizo posible que aunque el dictador muriera en la cama, el régimen fuera derrotado en la calle.

Un antes y un después de Atocha

Tras el asesinato de los Abogados de Atocha y el velatorio organizado por el Colegio de Abogados en su sede, su despedida se convirtió en una inmensa manifestación organizada por el PCE y las CCOO, silenciosa y pacífica, que terminó con los nuevos intentos de imponer una democracia mutilada. Un interminable despliegue de coronas de duelo, claveles rojos y puños en alto, que firmó en las calles la muerte definitiva del franquismo. Tras la masacre de Atocha nadie pudo negarse a la evidencia. En la Semana Santa de aquel mismo año, el Gobierno emanado de la legalidad franquista, presidido por Adolfo Suárez, legalizó el Partido Comunista y a finales de abril fueron legalizados los sindicatos. España emprendía el camino hacia una nueva legalidad democrática.

Se preguntaba el Jefe del Estado, en el reciente encuentro mantenido con el Patronato de la Fundación Abogados de Atocha, promovida por CCOO de Madrid, cómo era posible que hasta el año 2005 no se hubiera creado una institución para preservar la memoria y defender los valores de los Abogados de Atocha. Unos jóvenes que con  las únicas armas del derecho pusieron en juego su vida para defender la dignidad y la decencia de todas nuestras vidas y pagaron con su sangre nuestra libertad.

Durante décadas, cada 24 de enero, hemos acompañado la soledad de los cementerios y junto a los cuatro sobrevivientes, Luis Ramos, Lola González Ruiz, Alejandro Ruíz- Huerta, hemos escuchado a Miguel Sarabia recitar lentamente los nombres de los jóvenes asesinados, ante la placa conmemorativa instalada junto al portal de Atocha 55: Luis Javier Benavides Orgaz, Serafín Holgado, Ángel Rodríguez Leal, Francisco Javier Sauquillo, Enrique Valdelvira. Así pronunciados, despaciosamente, decía Sarabia, siembran armonía en el  mundo.

Le gusta a Alejandro recordar a Paul Éluard, quien haciendo memoria de los campos de concentración nazis, nos recuerda que “si el eco de su voz se debilita, pereceremos”. Por eso, tal vez, las CCOO de Madrid, en nuestro Congreso de 2004, conmocionados aún por la inmensidad del golpe de los Atentados del 11 de Marzo de ese mismo año, decidimos crear la Fundación Abogados de Atocha, para preservar la memoria y el espíritu de los de Atocha. Para impulsar los valores y los anhelos de libertad, igualdad, justicia, solidaridad, diálogo y paz que alentaba la lucha de aquellos jóvenes y que sigue anidando en los corazones de la ciudadanía. Para premiar y reconocer a cuantas personas siguen luchando aquí y más allá de nuestras fronteras por la libertad y los derechos laborales y sociales.

Volviendo a Éluard, el poeta, el militante de la resistencia francesa, el comunista ortodoxo y heterodoxo, nos parece necesario recordar, en este 40 aniversario del atentado contra los Abogados de Atocha, que “hay otros mundos, pero están en éste”. Un mundo, un espacio de convivencia, en el que saquemos de nosotras y nosotros lo mejor de aquella juventud de Atocha. Pero para ello tendremos que seguir defendiendo su memoria y, parafraseando a Marcos Ana, uno de los merecedores de los premios anuales de la Fundación, formular y contestar (y contestarnos) cada día la pregunta: “Decidnos como es Atocha.”

Jaime Cedrún López
Secretario General de CCOO de Madrid

Francisco Javier López Martín
Secretario de Formación de CCOO

 

 

No es frecuente, en estos tiempos de alto consumo y fuerte materialismo, escuchar a alguien pronunciar la palabra espíritu. Como si ese nombre ya sólo pudiera ser utilizado con propiedad en ámbitos religiosos, o transustanciado en espiritualidad en determinados fenómenos esotéricos. Y, sin embargo, lo escucho con bastante frecuencia, casi como una  reivindicación que no hubiera de ser olvidada, en boca de Alejandro Ruiz-Huerta.

Pero Alejandro no es de estos tiempos. Como no lo eran Luis Ramos, ni Miguel Sarabia y aún menos Lola González Ruiz, los otros tres compañeros de Alejandro, que sobrevivieron al asesinato terrorista y brutal que ejecutó una banda de ultraderechistas en el despacho laboralista de la calle de Atocha, número 55.

Alejandro aún vive. Los otros tres han fallecido en estos últimos años. Pero digo que no son de estos tiempos, porque algo de ellos quedó impregnado para siempre entre las paredes de Atocha, entre los restos de sangre y los casquillos de bala desperdigados por la estancia, incrustados en las paredes. Algo de ellos quedó entre los cuerpos inertes, o aún agonizantes, de sus compañeros de despacho. Desde aquel día fueron cumpliendo años, pero de otra manera, como en órbitas espirales alrededor de un agujero negro, cuyo influjo y poder sólo ellos podían sentir en todas sus dimensiones y con todas las consecuencias.

Lo cuenta Alejandro en su libro La memoria incómoda. Es profesor de derecho constitucional y trabaja en Córdoba. Ha escrito diversos libros, artículos, publicaciones. En alguno de ellos ha  analizado los Ángulos Ciegos de la transición española. Un texto esencial para que podamos hacernos una idea de lo que quedó escrito y por escribir en ese momento histórico tan complejo. Pero es en La Memoria Incómoda dónde el análisis deja paso a la memoria que se ancla en un momento. El recuerdo cada día, durante años, de la misma escena.

El dolor, los sentidos golpeados, el cuerpo que resiente cada herida y presiente las heridas de los que han fallecido, la vida que se desmorona, la necesidad de olvidar lo que no se puede dejar de revivir. El silencio reparador, el sueño alterado por cada nuevo disparo, noche tras noche. La incapacidad de escribir y el dolor de escribir, pese a los años transcurridos. Cuarenta años ya. Cuarenta años y como ayer.

Siguieron viviendo. Tuvieron parejas. Algunos tuvieron hijos, o hijas. Ejercieron su profesión. Miguel, creó una academia. Alejandro, pasó a la docencia. Pero siempre fueron, son, serán los de Atocha. No por decisión suya, ni por voluntad nuestra. Lo eran, lo son, lo serán. No lo eligieron. Eran jóvenes y realizaron unos estudios, iniciaron una profesión. Decidieron ejercerla siguiendo la estela de María Luisa Suárez, Pepe Jiménez de Parga, Antonio Montesinos, fundadores del primer despacho laboralista madrileño de la calle de la Cruz.

Ellos eran los más jóvenes. La nueva hornada de abogados y abogadas, recién salidos de la facultad y deseosos de comenzar a defender a la clase trabajadora y a la ciudadanía, desde los nuevos despachos de Atocha, o Españoleto. Muchos de ellos venían de buenas familias, pero se sentían de izquierdas, del PCE y de las CCOO. Eran todo lo libres que podían ser en una dictadura y querían vivir en democracia. Por eso defendían en los tribunales de lo social, en los Tribunales de Orden Público, a quienes luchaban por los derechos laborales en las empresas y los derechos sociales en los barrios.

De aquel atentado no salieron vivos Enrique Valdelvira, Angel Rodríguez Leal, Francisco Javier Sauquillo, Serafín Holgado, Luis Javier Benavides. Cada año visitamos los cementerios de Madrid, junto a Alejandro. Lola pocas veces quería acompañarnos en este recorrido previo a concentrarnos en Antón Martín, ante el portal del despacho, hasta que en 2003 inauguramos el monumento realizado y cedido por Juan Genovés, que reproduce su famoso cuadro del Abrazo. Un símbolo de la lucha por la reconciliación, la amnistía, la libertad.

Pero es que Lola había sobrevivido al atentado, perdiendo a su esposo Francisco Javier Sauquillo en el mismo. Igual que había perdido pocos años antes, en 1969, a su novio Enrique Ruano, que murió mientras se encontraba detenido en dependencias de la Brigada Político Social, la policía secreta del régimen franquista. Había años en los que Lola no aparecía el 24 de enero. Pocos sabían, en esas ocasiones, dónde estaba Lola. En su refugio de Cantabria, en Roma, encerrada en su casa. Pocos lo sabían, todos lo comprendíamos.

Se cumplen 40 años del atentado que cambió la historia de España. El franquismo firmó con sangre su salida de nuestras vidas. La legalización inmediata del Partido Comunista y de las CCOO, fueron el preludio de un proceso histórico hacia la democracia, al que llamamos transición. Pero la lucha por esa democracia fue una historia sembrada de sangre hasta el final de la dictadura.

Se cumplen ahora 40 años y el Rey ha recibido al patronato de la Fundación Abogados de Atocha, que las CCOO de Madrid constituimos en 2005. Serán muchos los actos que recordarán a los de Atocha. Juan Genovés recibirá el premio anual Abogados de Atocha, concedido por la Fundación. Se acaba de reeditar La memoria incómoda de Alejandro. Presentaremos un libro sobre tres mujeres abogadas en aquellos despachos: Paquita Sauquillo, Cristina Almeida, Manuela Carmena.

Ojalá lo que no se ha estudiado, ni aún se estudia, en las aulas españolas, pase a ser uno de los patrimonios más limpios de los que toda la ciudadanía pueda sentirse orgullosa, en la que todas las gentes de bien puedan reconocerse. Porque pocas cosas hay tan limpias en nuestra historia, por triste y turbia que nuestra historia haya sido, como la vida de esos jóvenes abogados de Atocha que amaban la vida y la libertad. La de aquellos que perdieron la vida sin ver amanecer la libertad. Los que abrieron las puertas de un futuro mejor, de par en par, para que entrásemos en un país democrático, a costa de su sangre, al precio de su vida.

A estas cosas creo que hace referencia Alejandro cuando habla del espíritu de Atocha. El que impregnaba a los de Atocha. El que ha marcado de por vida a los sobrevivientes. El que no debemos olvidar nunca quienes hemos escuchado su historia y sabemos que no contarla es tanto como dejar que las pistolas vuelvan a romper su silencio una fría noche de invierno. Porque ese espíritu, el de los de Atocha, es uno de los valores más  firmes que nos permite mirar con ojos jóvenes y limpios el horizonte, por incierto que ese horizonte sea.

Francisco Javier López Martín

El titular no es mío. Es una frase sacada de una intervención de Nicolás Sartorius, durante la reciente presentación del libro Toda España era una cárcel, escrito por Rodolfo Serrano. Reflexionaba Nicolás sobre la situación actual del país cuando afirmaba que “es el momento de pasar a la ofensiva”, aclarando que es tiempo de “apretar las clavijas a patronal y Gobierno”. Y explicaba que “si CCOO no impulsa los cambios no lo van a hacer otros”.
Me parece una reflexión muy apropiada para los momentos que corren. De forma generalizada, del Rey abajo casi todo el mundo, anuncia que la crisis ha terminado. Es cierto que esta visión, interesadamente optimista, del futuro que se avecina topa con planteamientos como el de Varufakis, el ex ministro de Finanzas griego, para el cual “la crisis no ha terminado, sólo ha cambiado sus síntomas”.
Una idea en la que abunda Owen Jones, que opina que los causantes de los desastres actuales cuentan ya con una ultraderecha pertrechada para acometer y gobernar un escenario en el que “la última crisis económica no ha terminado del todo mientras que una nueva podría estar a punto de surgir”.
Acaba de comenzar el año y nos alcanza la noticia de la muerte de Zygmunt Bauman. Un hombre que nos ayudó a entender una parte de las características del nuevo mundo que se avecinaba. Un mundo instalado en la “modernidad líquida”, que exige la aceptación de la incapacidad de la política para gobernar la economía, los mercados, los poderes económicos.
Según Bauman, este divorcio entre el poder y la política genera un nuevo tipo de parálisis, socava la capacidad de acción política que se necesita para abordar la crisis y mina la confianza de la ciudadanía en el cumplimiento de las promesas de los gobiernos. De ahí que la crisis actual sea, al mismo tiempo, una crisis de la capacidad de acción, una crisis de la democracia representativa y una crisis de la soberanía del Estado.
Cuando asistimos asombrados a fenómenos como el ascenso del populismo en Europa, en Estados Unidos, en otros lugares del planeta. Cuando comprobamos cómo la corrupción institucional e institucionalizada termina por no tener grandes costes electorales, deberíamos tomar en cuenta este divorcio entre poder real y política y el desapego, la desconfianza de las personas en la posibilidad de que alguien tenga la capacidad de solucionar sus problemas, por mucho que ese alguien haya sido elegido democráticamente.
En un mundo líquido, el Estado Social, reconocido por Constituciones como la Alemana o la Española; el Estado del Bienestar, construido tras la II Guerra Mundial y el surgimiento de los bloques del Este y de Occidente, parece que ya no tienen sentido. Son sustituidos por el Estado de Crisis. Porque la crisis, con sus inseguridades, sus incertidumbres y sus miedos, se convierte en la forma de vida.
Es John Berger, otro de nuestros imprescindibles, fallecido poco antes que Bauman, estas mismas Navidades, quien refleja esta sensación generalizada de inseguridad, hartazgo, desapego, no exentos de cierta solidaridad mutua, de la siguiente manera: “En un día cualquiera, cuando nada sucede, cuando la crisis que se anuncia hora tras hora ya es una vieja conocida, cuando los políticos se presentan a sí mismos como la única alternativa a la catástrofe, las personas intercambian miradas al cruzarse unas con otras para cotejar si los demás entienden lo mismo cuando murmuran: así es la vida”.
La crisis no ha terminado. La crisis se ha instalado entre nosotras y nosotros. Pero, lejos del fatalismo al que quieren conducirnos, a la aceptación sin resistencia del Estado de Crisis, seremos nosotras y nosotros quienes decidamos rendirnos ante sus evidencias, o imponer nuestras propias realidades en el centro de la política, la economía, la cultura y la convivencia social. Es nuestra decisión. Y me parece que está tomada, porque nadie se resigna, para sí y para los suyos, a vivir en el miedo, en la incertidumbre constante, en un mundo entendido como cárcel, en un empleo concebido como esclavitud.
Es cierto que los datos económicos ponen de relieve que la recesión, las pérdidas económicas, han pasado. Seguimos en crisis, continúa la amenaza, pero el movimiento de la economía, por insano que sea, produce una cierta sensación de recuperación económica, al menos. Cuando el dinero se mueve, los de bajo respiramos y los de arriba estudian los nuevos pelotazos que pueden acometer.
Han sido muchos años de crisis, desde 2008 y estamos en 2017. Años de cierres empresariales, de ajustes de plantillas, de pérdidas salariales, de recortes de derechos laborales y de deterioro de los derechos sociales. De pérdidas de recursos en educación, sanidad, o servicios sociales, de retrocesos en pensiones y atención a la dependencia, de aumento de la pobreza y abandono de quienes han perdido todas las fuentes de ingresos.
Parece evidente que frente a la inactividad privada, debiera haber sido la inversión pública la que moviera la economía, aunque fuera transitoriamente. Y sin embargo, la Unión Europea, al dictado de Merkel, hizo todo lo contrario. Los ajustes, los rescates, los recortes han endurecido la crisis y la han prolongado.
Admitamos, no obstante, que existe un respiro, cuando menos transitorio, en la economía. Eso debe traducirse y tener efectos sobre las personas. Especialmente sobre quienes han padecido de forma brutal los efectos de la crisis en forma de paro y pérdidas de protección social. Por eso el 15 de diciembre, el sindicalismo de clase, nos movilizamos en toda España y el 18 de diciembre en una gran Manifestación en Madrid bajo un lema: Por las personas y sus derechos. Por las personas reales, por los derechos garantizados.
Avisamos que era sólo el principio. El primer paso. Vamos a la ofensiva por el empleo estable, por el salario digno, por la salud y seguridad en el trabajo, por la formación de los trabajadores y trabajadoras en las empresas, por la igualdad sin discriminaciones inaceptables. Vamos a la derogación de las reformas laborales impuestas y del artículo 315.3 del Código Penal, que castiga a un huelguista con más años de cárcel que a un violador, o a un ladrón de los dineros públicos.
Vamos a las batallas por la sanidad pública, gratuita, universal. A la defensa de la enseñanza pública de calidad. A asegurar las pensiones y la atención a la dependencia de nuestros mayores. La protección a las personas desempleadas. Una Renta Mínima Garantizada para cuantos carecen de rentas.
Vamos a disputar el reparto de las rentas, también en la fiscalidad. Porque no puede seguir ocurriendo que la fuente fundamental de los ingresos del Estado sean las rentas del trabajo, mientras que las rentas del capital cuentan con todos los mecanismos para terminar eludiendo sus responsabilidades en la aportación de los recursos necesarios para el sostenimiento de la actuación protectora del Estado. Vamos a defender la decencia del empleo, la libertad, la dignidad de nuestras vidas.
Y, para no ocultar nada, conviene dejar claro que vamos a esta ofensiva, desde la unidad sindical y desde la alianza con las fuerzas políticas y sociales dispuestas a dar el paso de la indignación a la propuesta y la movilización organizada y abierta. Su Estado de Crisis no es una patria para nosotras y nosotros. Merecemos algo más y vamos a conquistarlo. Es momento de pasar a la ofensiva.
Francisco Javier López Martín

La memoria es efímera. Vivimos en un mundo en el que el bombardeo de noticias hace difícil el recuerdo hasta de lo más inmediato. Un mundo en el que lo individual ha suplantado a lo colectivo, que ha sido relegado al último rincón de nuestra memoria, hasta el punto de que me encuentro personas que me preguntan qué han hecho los sindicatos durante la crisis. Para empezar les digo que tres Huelgas Generales. Entonces, van a internet, consultan la Wiki y confirman la existencia de esas tres huelgas generales.

Luego les hablo del papel sindical en cada movilización por los derechos laborales en las empresa, por el convenio, en las movilizaciones  contra los despidos, contra los ERE. En las luchas contra las privatizaciones y el trasvase de recursos públicos al sector privado. En las mareas blancas, en las mareas verdes, en las mareas negras, en cada maremoto que se desencadena.

En la pelea contra la pobreza energética. En la exigencia de una renta mínima para las personas que carecen de todo tipo de recursos. Contra la violencia de género. Las concentraciones ante los tribunales de justicia para exigir que los juicios contra sindicalistas, por participar en movilizaciones, no produzcan condenas inaceptables y la necesidad de derogar el artículo 315.3 del código penal que hace posibles esas condenas.

De nuevo tienen que ir a internet y confirmar que todo ello es real. Que el mundo virtual ratifica que en todas estas luchas diarias estamos los sindicatos. Que aunque no aparezcan en las televisiones, esas batallas se libran cotidianamente. Que las perdemos, o las ganamos, cada día. Que si no fuera porque hay sindicalistas organizados en sindicatos, que dan la cara cada día, el silencio de los corderos sobre los derechos sociales y laborales sería una ley de hierro que se aplicaría casi sin contestación.

Ahí tenemos a los compañeros y compañeras de Coca-Cola en lucha contra los desmanes de una multinacional omnipresente y omnipotente. Ahí Pedro Galeno , o los 8 de Airbús, jugándose su libertad por defender la de todas y todos. Ahí las camareras de piso y las mujeres de ayuda a domicilio y las personas que nos atienden telefónicamente. Son sólo algunas de las miles de cusas en las que miles de sindicalistas están comprometidos y comprometidas, todos lo días en este país. No acaparan páginas, ni portadas en los periódicos, pero están, existen, luchan, siguen luchando.

Hemos pasado un año con un gobierno en funciones. Se acaba de constituir un gobierno continuista, pero en un terreno que hace difícil que la soberbia, el deprecio del diálogo y el autoritarismo demostrados por el PP, a lo largo de los últimos años pueda tener continuidad. La recesión puede que haya acabado, pero las crisis económica, de empleo, social y política, tienen mucho recorrido por delante. El horizonte es incierto y no son pocos, en las propias filas del conservadurismo, los que reconocen que se les ha ido la mano con las reformas, los recortes, el destrozo de la negociación colectiva y los ataques a las rentas salariales y los derechos de la clase trabajadora.

Después de tanto negar la evidencia, ahora nos vienen con que es necesario subir los salarios, porque sin salarios no hay ventas. Y que es necesario un empleo más estable, porque están destrozando el futuro de generaciones enteras y porque sin estabilidad no hay ventas a largo plazo. Y que es necesario asegurar el futuro de las pensiones porque millones de personas no pueden quedar relegadas a la pobreza y la miseria en las últimas etapas de su vida. Se les ha ido la mano, mucho, brutalmente y tienen que reflexionar.

Pero esta reflexión, obligada y necesaria, no llegará a buen puerto por sí sola, si no cuenta con el respaldo de millones de personas que con su voz, con su acción, con su movilización, trazan el camino a seguir a quienes tienen las responsabilidades de gobierno. Los próximos días 15 de diciembre, los sindicatos, con el apoyo de numerosas fuerzas políticas y sociales, saldremos a las calles de toda España en manifestaciones y concentraciones. El 18 de diciembre tomaremos las calles de Madrid en una gran manifestación.

Acaba de constituirse un Gobierno, que no puede ser más de lo mismo. Un Gobierno que tiene que cambiar el rumbo de sus políticas económicas y sociales, para que las personas sean lo primero y los derechos arrebatados sean repuestos. Para que los problemas del desempleo, la pobreza, los bajos salarios, la precariedad laboral, el deterioro de los servicios públicos que sostienen derechos constitucionales como la sanidad, la educación, los servicios sociales, la atención a la dependencia, la vivienda, el transporte público, encuentren soluciones justas y cuenten con los recursos necesarios.

Cuando veo la prisa con la que este Gobierno acude al rescate de los intereses de los grandes propietarios de la autopistas de peaje, con el dinero de todas y todos los españoles y la desidia que demuestran a la hora de cubrir las necesidades de las personas desempleadas y sin recursos, el abandono de nuestras personas mayores, los salarios de miseria y los abusos laborales, me ratifico en la necesidad de apretar los dientes.

Cuando escucho a la ministra del ramo hablar de acabar la jornada laboral a las 6 de la tarde, obviando que es su reforma laboral la que produce prolongaciones de jornada, horas extraordinarias no cobradas, salarios indignos para contratos basura, pienso que habrá que hacer mucho más que enseñar los dientes.

Dentro de unos años, pocos probablemente, alguien volverá a preguntarme, qué hicieron los sindicatos durante la crisis y volveré a contarles estas mismas cosas. Y ese alguien espero que no tenga que ir a internet a comprobar que no miento. Espero que recuerde, incluso, que asistió a una gran manifestación en Madrid un 18 de diciembre de 2016, convocada por los sindicatos CCOO y UGT, para exigir una salida justa de la crisis, con más empleo, con mejor empleo y con derechos laborales y sociales recuperados y efectivamente aplicados.

Y quisiera que pudiera recordar que aquella manifestación, que parecía una más de las cientos y miles de manifestaciones que se producen al año en Madrid, marcó un antes y un después, porque la voz de las personas comenzó a ser lo primero y sus derechos volvieron a ser respetados.

Francisco Javier López Martín

premios-princesa-de-asturias-2015Señor y Señora,

Encabezo la carta con este tratamiento, porque he visto en algunos lugares que la forma de dirigirse a un rey y una reina ha de ser ésta. Además, no quiero incurrir en ninguna expresión que pueda ser considerada descortés y mucho menos insultante, injuriosa, ofensiva, o calumniosa. Uno sabe cómo empiezan estas cosas, pero luego algunas leyes, en manos de depende qué jueces, o fiscales, puede dar lugar a disgustos innecesarios.

No me queda más remedio que dirigirles esta carta, como padres que son de una Princesa de Asturias menor de edad, que no merece, por el momento, saber tan siquiera de la existencia de la misma. Tiempo habrá, algún día.

Verán, Señor y Señora, he vivido recientemente la experiencia de la concesión de los Premios Princesa de Asturias de la Concordia. He querido dejar pasar el acto de la concesión y no he querido introducir ningún elemento que empañase la ceremonia, las celebraciones anteriores, ni las satisfacciones posteriores. He querido, incluso, esperar a que pasasen unas semanas, las elecciones en Estados Unidos y hasta la apertura de la legislatura. Entre otras cosas, porque creo que todos y todas los premiados tienen algún merecimiento, por encima de que yo pueda considerar que haya otras, u otros, que en algunos casos lo hubieran merecido más.

No crean que hablo desde la independencia y la falta de intereses en este tema. Muy al contrario. Resulta que a estos premios concurría una humilde fundación dedicada a los Abogados de Atocha. Y resulta que esta fundación fue creada durante un Congreso de CCOO de Madrid, en el año 2004, pocos meses después de los terribles atentados del 11-M. Nos parecía importante reivindicar la vida de una juventud formada y comprometida con la libertad y la justicia en España, aún a riesgo de perder su propia libertad y hasta su vida. Yo era Secretario General de la organización en aquellos momentos.

Intereses colectivos y personales, los tengo todos, para no ser imparcial. No conocí a los fallecidos en el atentado, pero he conocido a los sobrevivientes; a sus familiares; a sus compañeros y compañeras (María Luisa, Cristina, Manuela, Paca); a las personas a las que defendían, trabajadores y trabajadoras, vecinos y vecinas de Madrid. He visitado sus tumbas cada 24 de enero.

He pronunciado sus nombres despaciosamente, Enrique Valdelvira, Luis Javier Benavides Orgaz, Francisco Javier Sauquillo, Serafín Holgado, Angel Rodríguez Leal, porque cuentan que, al decirlos despaciosamente, siembran armonía en el mundo. Me han dolido las muertes posteriores de los que sobrevivieron: Miguel Sarabia, Luis Ramos, Lola González Ruiz. Ya sólo queda de ellos, entre nosotros y nosotras, Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell, actual Presidente de la Fundación Abogados de Atocha.

La candidatura de la Fundación al Premio de la Concordia fue impulsada por el hermano de una de las víctimas del atentado contra los Abogados de Atocha, que se produjo el 24 de enero de 1977, hace ya casi cuarenta años. Contaba con el apoyo de diplomáticos, colegios de abogados, personalidades nacionales e internacionales del mundo del derecho, así como adhesiones llegadas desde Guatemala, México, o el Sahara, entre otros.

También hubo artículos de prensa manifestando su apoyo, escritos por personas conocidas como Vicente Alvarez Areces, que fue Presidente de Asturias, o Jorge Martínez Reverte, que proponía un premio ex aequo para la Fundación y para el proceso de Paz en Colombia. Parece que ambas candidaturas quedaron entre los finalistas. Al final, por cierto, fueron los suecos los que concedieron el Nobel a uno de los promotores de la Paz en Colombia.

Nos hicimos ilusiones, que se demostraron infundadas. Finalmente el premio fue a parar a una entidad que trabaja con la infancia. No seré yo quien niegue sus méritos, en tiempos tan duros como los que vivimos, en los que la infancia es víctima de los peores horrores. Habrá organizaciones que lo merezcan más y otras que lo merezcan menos, pero seguro que lo merecen. A mí no me gustan sus rastrillos, sus cocidos madrileños, sus carreras populares, ni las personalidades de alta alcurnia que los rodean. Pero, reitero, seguro que lo merecen con creces.

No es, por lo tanto, el premio en sí, ni los premiados, lo que me movió a bucear en internet. Hoy todo está en internet, o casi todo. Fue, más bien, esa curiosidad insaciable que me conduce siempre a buscar respuestas, causas, porqués. Y lo primero que busqué es la composición del jurado que concede los premios. Encontré personas vinculadas a todo tipo de grandes empresas y organizaciones de ideología conservadora, junto a algún presidente, o expresidente, de Asturias, algún alcalde asturiano, algún Rector universitario asturiano.

Por cierto, entre cerca de 30 personas, sólo tres mujeres. Una de ellas, Sol Daurella, Presidenta de Coca-Cola European Partners, conocida deudora de Hacienda y responsable de conflictos sociales y laborales que ha desencadenado con el cierre de embotelladoras, como la de Fuenlabrada en España. Otra, la marquesa de Bellavista, Alicia Koplowitz y la tercera la conocida militante del PP asturiano y hoy presidenta de UNOSA, Teresa Mallada de Castro.

Señor, Señora, con todo respeto, les ruego ahora que consideren si ese jurado representa, en lo más mínimo, la composición de la sociedad española, su diversidad y pluralidad. Quienes trabajamos en las más diferentes profesiones constituimos la inmensa mayoría de este país. Ni un solo trabajador en el jurado. Ni una sola trabajadora. Hay magníficos profesionales en todos los sectores,pero los miembros del jurado proceden,casi exclusivamente, del mundo de las finanzas, los seguros, los negocios, las constructoras, organizaciones empresariales, o de organizaciones políticamente conservadoras.

Reiterando que, con toda probabilidad, la entidad que este año ha obtenido el premio lo merece con creces, ha resultado que cuando tecleo el nombre de dicha entidad, emparejado al de casi todas y cada una de las empresas con las que tienen, o han tenido, vinculación los miembros del jurado, son esas mismas empresas las que aparecen, con frecuencia, como donantes y financiadoras de actividades de la entidad en cuestión y se publicitan en los photocall de los diferentes eventos que organiza.

Probablemente a eso se le llama hoy responsabilidad social corporativa, pero no deja de parecerme un gasto publicitario, un apunte contable y, en mi opinión, una manera de alentar la beneficencia y la caridad, en lugar de la justicia y la igualdad. A fin de cuentas, los costes de estas donaciones son, probablemente, desgravables ante Hacienda, o se repercuten sobre los precios de productos y servicios que termina pagando el consumidor.

Sólo falta tomar en consideración que la entidad premiada cuenta como Presidente de Honor con el Rey de España. Por más que las presidencias honoríficas no sean ejecutivas, creo sinceramente que el nombre de altas autoridades del Estado, no debería verse involucrado en este tipo de situaciones, porque puede terminar ocurriendo que, en ocasiones como ésta, utilizando el nombre de una hija, un jurado como el descrito, termine premiando a una entidad presidida honoríficamente por su padre.

Lo primero que se me viene a la cabeza, tras estas consideraciones, es la poca oportunidad que tenía la Fundación Abogados de Atocha, de alcanzar el Premio Princesa de Asturias de la Concordia. Lo segundo que se me ocurre es trasladarles el ruego, Señor y Señora, de que valoren si su hija, la princesa de Asturias, puede prestar su nombre a las decisiones de un jurado con la composición descrita. No porque los premiados no sean merecedores de un premio, sino porque los premios aparecerán marcados por el signo de la interrogación, cuando no de la duda.

Y en tercer lugar, para terminar y no aburrir, ni seguir liando la madeja hasta incurrir en algún tipo de descortesía, desearía que considerasen que una Fundación que utiliza el nombre de la Princesa de Asturias para otorgar reconocimientos y premios internacionales, no puede seguir teniendo en la composición de su patronato y de jurados como el del Premio de la Concordiaque nos ocupa, unas carencias de pluralidad, diversidad, e igualdad de género, tan marcadas y evidentes, porque no responden al país que somos, ni al que deberemos ser.

Se me ocurren y me vienen a las memoria muchos nombres de personas jóvenes y mayores, mujeres y hombres, gentes del trabajo, de la cultura, de las ciencias, o las artes, del deporte, o de organizaciones de todo tipo, que pudieran formar parte de dichos órganos, pero no es mi responsabilidad designarlos, ni tan siquiera proponerlos.

Señor, Señora, como ciudadano, como trabajador y como padre (tampoco en eso soy imparcial), tan sólo espero que estas consideraciones, puedan tener alguna utilidad, pues creo, con sinceridad, que la única forma de convivir con dignidad y decencia en este país es que, quienes lo habitamos, comencemos a decir con claridad cómo nos vemos, qué creemos que necesitamos y cómo consideramos que hay que solucionar nuestros problemas y nuestros males. Eso, por sí solo, no basta, pero sin ese primer paso nada es posible.

Francisco Javier López Martín

estatua2lllllll-1478693375651Los años 80 vinieron marcados por una ofensiva generalizada contra el modelo del Estado del Bienestar. La ofensiva fue preparada concienzudamente en la década anterior, utilizando el escenario del que los Estados Unidos consideran su patio trasero, América Latina. Las dictaduras militares, acompañadas de las recetas económicas de la Escuela de Chicago, sirvieron de probeta y prepararon el camino a las nuevas tendencias políticas que se desarrollaron tras el advenimiento de Reagan a la presidencia estadounidense, mientras en Europa la señora Tatcher se aupaba al puesto de primera ministra en Gran Bretaña.

En España no pudimos percibir con claridad la que se avecinaba, porque vivíamos tiempos de salida de una larga y agria dictadura y nos adentrábamos en la Transición Democrática, los Pactos de la Moncloa, la aprobación de una Constitución y nuestro ingreso en Europa, a mediados de los 80. El derroche de fondos estructurales europeos puso las bases y la llegada al gobierno del PP en 1996 aportó la voluntad firme de convertir el suelo y el ladrillo en boom inmobiliario. Era tanto el retraso acumulado con respecto a Europa que todo nos parecían avances sin posible retroceso. Hasta la brutal desindustrialización, la venta de empresas públicas al frente de las cuales situaron a compañeros de pupitre y amigos de los jefes del partido de turno, o los destrozos del trazado ferroviario, en aras de construir autovías y autopistas de peaje, quedaron desdibujados.

Duró la fiesta hasta que Lehman Brothers, allá por 2007 y 2008, demostró la desnudez del modelo de crecimiento especulativo, basado en un crecimiento artificial y ficticio de la riqueza, sobre la base exclusiva del consumo de bienes inmobiliarios comprados con créditos muchas veces impagables. Una economía de casino que no podía perdurar indefinidamente.

Se inició así una crisis que dura ya más de 8 años, que nos condujo a tasas de paro del 26 por ciento. Aún hoy, cuando el gobierno exhibe nuestro gran crecimiento económico y nuestra creación de empleo, casi el 60 por ciento de las personas paradas lleva más de un año en paro y uno de cada cuatro lleva más de cuatro años en situación de desempleo. Un 8 por ciento de los hogares tiene a todos sus miembros en paro y un 4 por ciento de las familias no cuenta con ningún ingreso laboral.

Entonces comenzamos a enterarnos de lo vulnerables que eran los derechos alcanzados hasta ese momento, a lo largo del periodo democrático, en forma de colegios, universidades, centros sanitarios, hospitales, incipientes servicios sociales, el anuncio de una ley de dependencia, un trabajo con derechos, unas pensiones aseguradas.

Las reformas laborales, especialmente la del PP en 2012, los recortes en las prestaciones por desempleo, en las pensiones, los salarios, las políticas públicas y la protección social nos han conducido a la modernidad de un mundo occidental de precariedad laboral e inseguridad social. Esa precariedad e inseguridad que alimentan el huevo de la serpiente que anida en Europa y que acaba de llegar al poder en los Estados Unidos, donde la desacreditada política ha dejado paso al gobierno de los más ricos, directamente y sin intermediarios. El poder en estado puro, sin mediadores inútiles y desprestigiados.

Ya tienen un gran camino avanzado. En la vertiente española ya nos han acostumbrado a un horizonte de desempleo y precariedad laboral. La media de los contratos en España es de 51 días de duración y el 27 por ciento es de menos de una semana. Además han conseguido imponernos una crisis de diseño contra los sectores populares. El 54 por ciento de las personas paradas tienen niveles bajos de estudios. La crisis ha sido la disculpa perfecta para asestar un golpe definitivo a la clase trabajadora, al valor del trabajo, a los derechos laborales y sociales que lo acompañan.

Las políticas contra la crisis desplegadas por el Partido Popular han conseguido transformar el riesgo empresarial en inseguridad laboral. Siguiendo la consigna de que debilitar el empleo permite crear más empleo. Ignorando, eso sí, que el empleo depende de la actividad económica del país, de la tipología de nuestras empresas y no de los manotazos constantes contra el Estatuto de los Trabajadores.

Ampliar las causas de despido no crea empleo. Reducir las indemnizaciones por despido, no crea empleo. Eliminar los salarios de tramitación, o suprimir la autorización administrativa de los ERE, no crea un sólo puesto de trabajo. Debilitar la negociación colectiva produce recortes unilaterales de los salarios y los derechos protegidos por el convenio colectivo, pero no crea un sólo puesto de trabajo.

Lo cierto es que seguimos teniendo un país de empresas precarias, en segmentos de actividad de poco valor añadido y eso produce empleo precario sin más remedio. Sin buenas empresas no hay buen empleo. Parece mentira que el Banco de España, durante todos estos años de boom inmobiliario, en mitad del gran pelotazo de bancos y constructoras, supiera tanto sobre el mercado de trabajo y pidiera una reforma laboral tras otra, cuando lo ignoraba todo sobre los riesgos financieros en los que nos estábamos metiendo.

La respuesta a esta situación, no exclusivamente española, no puede venir de la mano de experimentos como Trump, Marie Le Pen, o la complacencia con el Partido Popular, en nuestro caso. La respuesta no puede venir de los instintos y las pasiones que representan los movimientos populistas en auge en Gran Bretaña, Alemania, o Austria.

La respuesta debe venir de la mano de buenos gobiernos que combatan la corrupción instalada en el corazón mismo del sistema, que arrinconen a los corruptos y a los corruptores. Que deshagan es nudo de alianzas férreas entre poderes políticos y corporaciones económicas que ha conducido a que el libre mercado y la libre concurrencia se hayan convertido en un reparto descarado de la riqueza nacional entre unos pocos.

La respuesta debe venir de la construcción de un modelo de desarrollo asentado en la innovación en nuestros productos y servicios. En el trabajo decente. Un modelo que tome en cuenta a las personas y promueva y aproveche su cualificación. Un modelo político y social que considere los derechos de la ciudadanía como algo más que discursos y redacciones leguleyas para un boletín oficial, sino como garantías ineludibles que deben ser cumplidas, promovidas y desarrolladas.

Vivimos en sociedades plurales y diversas que merecen más esfuerzos de integración, respeto, compromiso y menos manotazos sobre la mesa y voces estridentes que apelan a nuestras pasiones, en lugar de a nuestros intereses reales. El sindicalismo y los sectores de progreso y de izquierdas no somos los culpables últimos de esta situación, pero sea cual sea la mínima parte de nuestra responsabilidad en la misma, tenemos la obligación de impedir que las tendencias que se apuntan en el horizonte y que comienzan a hacerse realidad en el presente, puedan conseguir el advenimiento de en un mundo que aplaste a las personas y borre para siempre su sonrisa.

 

Francisco Javier López Martín

dario-foEran aquellos tiempos en los que el franquismo no había muerto y la democracia no acababa de nacer. Eran tiempos en los que los jóvenes nos reuníamos en asociaciones de vecinos, que aún eran llamadas de cabezas de familia; en los sótanos y salones parroquiales de las iglesias; en locales dependientes de algún colegio, o de alguna universidad; en algunas salas alternativas de cineclub, o de teatro.

En uno de aquellos lugares se representaba la obra teatral de un desconocido para la gran mayoría, un tal Darío Fo y allí acudíamos decenas de chavales de todos los barrios de Madrid, convocados por la red social del boca en boca, que funcionaba magníficamente, si formabas parte de algún grupo juvenil legal, ilegal, clandestino, o simplemente parroquial. La información circulaba y convocaba con bastante más éxito que dos o tres redes sociales actuales juntas.

La verdad es que el título se las traía y era todo un anuncio publicitario condenado al éxito, en aquellos momentos: Muerte accidental de un anarquista. Se contaba que la obra se inspiraba en la caída de un anarquista, desde una ventana en una comisaría de Roma, tras ser interrogado y acusado de poner una bomba en Plaza Fontana. Estábamos acostumbrados a esos episodios en las comisarías españolas y debimos pensar, como los espectadores italianos, que la referencia al inicio de la función a una comisaría de Nueva York, era un mero subterfugio para encubrir las verdaderas intenciones y localización de la obra.

Sea como fuere, en aquel ambiente de calor, ilusión y humo, tuve mi primera cita con Darío Fo. Volví, años más tarde, a ver Muerte Accidental de un Anarquista y, por el camino, creo recordar que, incluso en formato televisivo, pude reír con (que no de) aquellas mujeres de Aquí no paga Nadie, que robaban en los supermercados, escondiendo los productos en sus barrigas de “embarazadas”, para hacer frente a las subidas de los precios y los efectos de la crisis económica permanente, el paro, la precariedad de los empleos que azotan sin clemencia y sin descanso a la gente trabajadora,  .

Más tarde, el lujo de asistir a la entrega del Premio Scaena, concedido por el Festival de Mérida, en 2004,  a Darío y a su esposa Franca Rame. Durante dos horas el escenario romano se convirtió en el extraño lugar donde un hombre que hablaba en italiano provocaba la risa y era entendido en nuestra propia lengua. Habló allí de los misterios de cuantos han contado y cuentan historias por el mundo y nos regaló unas cuantas, que, hasta una vez olvidadas, alimentan las futuras historias que nosotros deberemos contar en su nombre. Como si nuevos miembros de la Comedia del Arte fuéramos.

Y, últimamente, he aprendido a descubrir al Darío Fo que cuenta su infancia, en El país de los cuentacuentos, donde vuelve a recorrer los paisajes de Sangiano, allí donde el hijo del ferroviario se empapó de las historias de la gente trabajadora y sencilla. Allí donde aprendió a contarlas, mientras los viajes, los juegos, el Lago Maggiore, llenaban sus sentidos.

Lo último que he leído de él es ese cuento irreverente, Hay un rey loco en Dinamarca, en el que da cuenta de la historia de locura, amor y desamor, del rey Cristián VII, su desgraciada esposa, Carolina Matilde y su hijo y heredero Federico. Un hermoso cuento construido con ingenio y muchas voces diversas que nos van alumbrando el camino entre la genialidad y la locura, en un momento pre-revolucionario en toda Europa.

Una parte de mis primeros pasos anarquistas tiene que ver con Darío Fo, aunque también con con Salvador Seguí, mucho más que con Durruti. Mucho de mi forma de formar parte de organizaciones como el PCE, Izquierda Unida y las propias CCOO (la única en la que sigo militando), hunde sus raíces en la libertad por encima de la disciplina impuesta, la convicción de que es mejor equivocarse junto a tu gente y tal vez perder, que tener la razón junto a los poderosos. Porque, a la larga, la razón del poder nunca es una razón justa, que traiga de la mano la igualdad.

Gran parte de mi forma de entender la vida proviene de esa convicción de Darío Fo que le lleva a enseñarnos que la sátira es el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera cuando el poder es democrático, porque la risa libera al hombre de sus miedos. He incluido muchas veces en mis intervenciones esta idea: Que no te borren la risa, porque tu risa es lo que más les duele, lo que menos soportan, lo que más libre te hace.

Ha muerto un Premio Nobel, es cierto, pero ese título es sólo una circunstancia que fue, como pudo no ser. Ha muerto el hijo de un ferroviario. Ha muerto un trabajador que nunca olvidó sus orígenes y que siempre luchó por nuestra libertad, por la igualdad  y por nuestro derecho a la risa. Ha muerto de muerte natural, tras una larga vida de dedicación a la gente aplastada por el poder, por el dinero, por la mafia, que aquí se llama corrupción. Ha muerto uno de los nuestros. Uno de los imprescindibles. Uno de cuantos seguirán viviendo en nuestras historias. Las que seguiremos contando cualquier noche, sobre todo las del duro invierno.

Francisco Javier López Martín

 

 

 

ituc-wddw-logo-spanishMe piden desde la Vicaría de Pastoral Social e Innovación de la Archidiócesis de Madrid que participe en una Mesa Redonda, que se enmarca en la Jornada Mundial por el Trabajo Decente. Esa Jornada que la Confederación Sindical Internacional convocó por primera vez allá por 2008. Una mesa en la que participarán además Cáritas y las Hermandades Obreras de Acción Católica (CCOO).

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) había ido acuñando este término de Trabajo Decente. El propio organismo internacional, del que forman parte gobiernos, empresarios y sindicatos, considera que el concepto de trabajo decente expresa las aspiraciones a un buen trabajo y un empleo digno en un mundo globalizado. Un trabajo para las personas, que dignifica y permite el desarrollo de sus capacidades. Ese empleo, ese trabajo, debe permitir unos ingresos justos, sin discriminaciones de género, o de otro tipo. Un trabajo que se ejerce en el marco de unos derechos laborales que aseguran la protección de los trabajadores y Trabajadoras.

Fue en 1999 cuando Juan Somavia, el primer director general de la OIT que provenía del Sur del planeta, presentó una Memoria sobre Trabajo Decente, que contribuyó a difundir y generalizar este término. Según él, Trabajo Decente quiere decir derecho al trabajo, trabajo con derechos, protección social y diálogo social. Las Naciones Unidas recogieron el concepto y plantearon que sin Trabajo Decente es imposible conseguir un desarrollo económico y social sostenible, que asegure la libertad, la igualdad, la seguridad y la dignidad humana.

Eran conscientes de que sin crear oportunidades de trabajo decente, eso que llaman la gobernanza de las sociedades y la paz en el conjunto del planeta, tienen pocas oportunidades. La Recién creada Confederación Sindical Internacional (ITUC), convocó por primera vez, un 7 de octubre de 2008, la primera Jornada mundial por el Trabajo Decente.

Recuerdo cómo los sindicatos del planeta, organizaron aquella jornada. La página de ITUC se vio desbordada de visitas, donde cada amanecer, cada mañana, cada tarde y noche, trazados por el huso horario, contenían las actividades que en cada país se estaban desarrollando, retransmitidas casi en directo.

Recuerdo que nuestro Congreso de las CCOO de Madrid, celebrado ese mismo año, eligió el lema Vida Digna es Trabajo Decente, para enmarcar los trabajos del mismo.

Han pasado los años y el panorama del trabajo decente en el planeta sigue siendo desolador. Para empezar hay más de 200 millones de personas en el mundo que quieren trabajar y no encuentran empleo. De esas personas 74 millones son personas jóvenes y, en su conjunto, hay 30 millones de personas paradas más que en aquellos momentos de 2008, en los que comenzaba la crisis económica mundial.

Entre quienes trabajan en este mundo, hay 2.000 millones de personas que lo hacen sin contrato y sin derechos, sometidos a riesgos laborales y con salarios de miseria. El trabajo indecente contribuye a que el 80 por ciento  de la población mundial carezca de seguridad social, protección por desempleo, por enfermedad, discapacidad, vejez o maternidad.

La desoladora lista de destrozos, sería infinita. Pero terminaré resaltado otros dos datos que el sindicalismo internacional destaca. Son 168 millones las niñas y niños, que soportan la lacra del trabajo infantil y más de 21 millones de personas trabajan en condiciones de esclavitud. Eso que casi de forma eufemística se denomina trabajo forzoso.

Se preguntan los organizadores del acto, personas comprometidas con la dignidad de la vida humana, qué transformaciones se han producido en las relaciones laborales, hasta el punto de que podamos preguntarnos si el trabajo ha dejado de ser una garantía de acceso a una vida digna y cómo ha influido la precarización del empleo en la pobreza. ¿En qué se ha convertido el trabajo y cómo ha evolucionado (involucionado) la cultura del trabajo?

Ver, juzgar, actuar. Son los tres ejes de debate que plantean. Me parece una propuesta tremendamente moderna y actual. Conecta a la perfección con el debate abierto en las CCOO, al que hemos denominado Repensar el Sindicato. Me trae a la cabeza aquella canción de Luis Pastor, en otro memento de cambio profundo al que se vio sometida la sociedad española, la denominada Transición Democrática: Las cosas están cambiando… agárrense que allá vamos.

De eso se trata en estos momentos. La crisis económica mundial se parece cada vez más al golpe de estado en Turquía. La disculpa perfecta para asestar el golpe definitivo a un modelo de trabajo y de vida sustentados en derechos colectivos y personales, que aseguran el bienestar, la libertad, la justicia y la paz.

Tal vez conviene preguntarse si la respuesta se encuentra dentro de las fronteras de cada país, en el corporativismo de cada una de las organizaciones que hemos ido generando, o si va siendo hora de concitar voluntades surgidas de la pluralidad y la diversidad de cuantos asistimos al desmán que los poderes económicos, en confluencia con  poderes políticos subsidiarios y con la inestimable ayuda de sus escuderos a sueldo, están perpetrando dentro y fuera de nuestras fronteras.

Porque lejos de concebir un mundo en el que sus habitantes se vean igualados en torno al respeto de los derechos humanos y entre ellos el derecho a empleo decente, parecen empeñados en conducirnos a una desigualdad generalizada, aceptada, justificada y concebida como modelo, que nos conduzca a la destrucción del planeta, con los seres humanos dentro.

Por eso me siento tremendamente satisfecho y agradecido de acudir a este y a cualquier otro foro donde haya personas dispuestas a ver, juzgar y actuar en defensa de la vida digna y el trabajo decente. Dispuestas a seguir la invitación de Ernesto Sábato, Es hora de abrazarse a la vida y salir a defenderla.

Francisco Javier López Martín

15 Sep, 2016

SOMOS ORGULLO DE CLASE

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Las CCOO de Madrid me han invitado a la clausura de su Escuela Sindical 2016 cuyo eje conductor es El Trabajo en el Centro del Debate. Una Escuela en la que los asistentes han tenido la oportunidad de debatir las prioridades de CCOO para el curso  político que se abre con nuestro Secretario General, Ignacio Fernández Toxo y afrontar temas importantes, como el papel del sindicato en las instituciones, la garantía de rentas en la salida de la crisis, el trabajo como fuente de derechos y, al final de  la cual, la organización madrileña de las CCOO ha rendido homenaje a los compañeros y compañeras que hace ya 50 años crearon la primera Inter-ramas de las CCOO en Madrid.

Me parecía importante destacar, ante los asistentes a la clausura, que las Comisiones Obreras nos encontramos inmersas en dos procesos internos que desembocarán en la celebración del Congreso Confederal de finales de junio de 2017. El primero de esos procesos nos invita a Repensar el Sindicato, reflexionar sobre las CCOO que queremos ser, partiendo de nuestras virtudes y nuestras debilidades.

El segundo proceso tiene que ver con la reivindicación de unas CCOO que hicimos, hacemos y haremos historia. Nada distinto, para una organización, de lo que nos preguntamos cada uno de nosotros y nosotras en cada momento de nuestra vida: ¿De dónde venimos? ¿Dónde estamos? ¿A dónde vamos?

Preguntas a las que tenemos que respondernos en un mundo que se transforma a pasos agigantados y en el que las palabras ven amenazado su valor. Siempre que esto ha ocurrido en la historia ha habido quienes exigen acabar con la palabrería inútil a base de más cuentas y menos cuentos. Más resultados y menos prédicas. El problema de este planteamiento es que el populismo de las cuentas termina resultando tan peligroso como el que generan los cuentos.

En primer lugar porque las cuentas son maquillables y manipulables, en función del relato histórico predominante en cada momento. Un fracaso en las cuentas puede ser presentado como un triunfo. Lo vemos cada día en los medios de comunicación. La lógica de las cuentas ha producido situaciones como la descrita por el Presidente del Consejo Económico y Social, Marcos Peña, en su intervención en la Escuela, quien pone de relieve el hecho de que los movimientos financieros en el planeta multipliquen por nueve la riqueza de todos los países del mundo juntos. La riqueza generada “ficticiamente” es nueve veces superior que el PIB, la riqueza real, de todo el planeta.

Ese populismo de las cuentas, de los resultados, de los beneficios, nos ha traído una brutal crisis financiera, acompañada de una burbuja inmobiliaria incontrolable, que ha derivado en crisis económica, de empleo, social y política. La tormenta perfecta, la disculpa inevitable para que los poderosos de la tierra asesten el golpe definitivo que vienen preparando desde hace cuatro décadas, a los modelos de Estado del Bienestar surgidos tras la Segunda Guerra Mundial, especialmente en lugares como Europa.

La acción persistente y planificada de los Señores del  Dinero, los think tank que han financiado en Universidades, Fundaciones, clubs, organismos internacionales… junto a las  tareas de difusión y propaganda realizadas por numerosos medios de comunicación, que de ellos dependen, han creado tendencias que alientan, entre otras muchas cosas, a la privatización de servicios públicos esenciales, como la sanidad, educación, servicios sociales, que sustentan derechos fundamentales de la ciudadanía.

Han ido imponiendo relatos en los que lo público es caro, funciona mal, es ineficaz, ineficiente, no es de calidad. Hay que entregar la gestión de lo público al sector privado. La ofensiva topaba con un obstáculo insalvable que había que remover: acabar con el sindicalismo de clase. Tras casi 40 años la ofensiva ha alcanzado muchos de sus objetivos. Numerosos servicios públicos han sido entregados a gestión privada.

Los resultados son perceptibles: El empleo se ha precarizado en los sectores públicos y privados. Los servicios han perdido calidad y capacidad de cubrir las necesidades sociales. La corrupción en las concesiones se ha generalizado poniendo en solfa mantras como el de la “libre concurrencia”. Las puertas giratorias se han multiplicado de forma escandalosa, de forma que muchos políticos pasan directamente a la gestión empresarial en sectores de los que han sido responsables y responsables empresariales pasan a la gestión de las políticas que afectan a empresas y sectores de los que provienen.

Al final la prestación de los servicios resulta más cara, porque hasta los beneficios empresariales quedan asegurados frente a pérdidas, introduciendo cláusulas de compensación de pérdidas. La privatización ha alimentado un consorcio de intereses político-económicos que se comporta como las meigas. No existen, pero haberlas haylas.

Esta evidencia encuentra algunos problemas para ser reconocida. La primera de ellas es que el tiempo juega a la contra. Durante casi 40 años la campaña privatizadora ha sido muy intensa y ha creado una poderosa tendencia que conduce a ser aceptada sin crítica alguna. En segundo lugar, la historia y el relato lo imponen los vencedores y, según ellos vivimos en el mejor de los mundos posibles. Vivimos en el país de las maravillas.

Ya se lo explicaba, en el cuento, el huevo Humpty Dumpty a Alicia, en aquel momento en que, enfrascados en el debate, la niña plantea que la cuestión es cómo una palabra puede significar dos cosas distintas al mismo tiempo. Entonces Humpty zanja la cuestión: No, Alicia, la cuestión es saber quién es el que manda. Eso es todo.

Ayer y hoy, la cuestión sigue siendo qué poder tienen los trabajadores y trabajadoras y sus organizaciones sindicales, sociales y políticas, para que las cosas sean vistas como las vemos desde abajo. Porque ese poder es el que permite construir identidad y escribir la historia de y desde la clase trabajadora. De ahí la importancia de actos como el que han celebrado las CCOO de Madrid para reivindicar nuestra historia, defenderla, construir nuestro propio relato. Sentir orgullo de lo que fuimos y de lo que somos. Afrontar nuestro futuro. A fin de cuentas, nuestra historia no son cuentos. Es nuestra vida contada por nosotros mismos.

CCOO es eficacia y eficiencia al servicio de la calidad de vida y trabajo de las personas trabajadoras. Pero el poder sindical necesita algo más. Necesita memoria de quienes fuimos. Capacidad de repensarnos, reivindicarnos, mejorar. Necesita sensatez en las propuestas, firmeza en las negociaciones, fuerza en las movilizaciones. Orgullo de clase.

A lo largo del acto Rosa León interpretó Volver la los 17, de Violeta Parra y Al Alba, de Luis Eduardo Aute. Juan Margallo nos dirigió unas palabras sobre los orígenes de CCOO y sus relaciones con la cultura. Juan Diego y Luis García Montero enviaron saludos.

Rosa sigue siendo nuestro Alba. Juan Diego, o Juan Margallo, siguen representándonos en los escenarios. Luis es nuestra poesía. Nuestro camino es el mismo que comenzaron hace ya 50 años los compañeros y compañeras de la primera Inter.

Todas ellas y todos ellos nos llenan de orgullo. Con todos ellos, con todas ellas, tiene sentido seguir gritando ¡Vivan las Comisiones Obreras!

Francisco Javier López Martín

Hservicios socialesace unos días comenté una noticia en esa red social que permite sólo 140 caracteres, introduciendo una reflexión sobre la utilización de los recursos públicos como fuente de negocio privado, por parte de algunos avispados “emprendedores”. En concreto en el campo de los servicios sociales y, más específicamente, en la atención a nuestros mayores.

La respuesta de uno de los escuderos mayores en el castillo de la mediocracia no se hizo esperar, acusándome poco menos que de estalinismo y blandiendo los beneficios de la gestión privada. No faltaron escuderos menores y aspirantes a escuderos, en el intenso debate que se suscitó a continuación. Y cuando hablo de escuderos, aplico la definición que Owen Jones realiza de estos curiosos personajes en su libro El Establishment: La casta al desnudo.

Tampoco faltaron, en el trasiego, quienes, en defensa de lo público, argumentaron que, lejos de atacar la libertad y acercarnos a la extinta Unión Soviética, defender lo público nos acerca a un modelo europeo, que ha asegurado, durante décadas, la calidad de vida y los derechos sociales de quienes más necesitan de la protección y la solidaridad de la sociedad y el Estado. Desde luego, quienes no aparecieron por ninguna parte son los auténticos protagonistas políticos y empresariales del desaguisado.

Es obvio que un debate a base de 140 caracteres se deja mucho por el camino y produce pocas conclusiones y un imposible consenso. Pero creo que este debate merece algunas reflexiones a vuelapluma, al menos. La primera de ellas, sin ánimo de exhaustividad, es comprobar la cantidad de personas, no pocos de ellos jóvenes que dirigirán en breve nuestra sociedad, que han caído en las garras de quienes confunden interesadamente libertad con ultraliberalismo. Dicho de otra manera, para ellos la libertad consiste en poder montar empresas y negocios, mientras que privar de libertad a nuestros mayores no es más que una circunstancia de los tiempos modernos. Algo así como un mal colateral sobrevenido e inevitable.

La segunda reflexión que me viene a la cabeza es hasta qué punto los señores que manejan el cotarro y sus fieles escuderos, han conseguido, introducir la falsa idea de que lo privado gestiona mucho mejor que lo público cualquier cosa que se le ponga por delante. Han sido largos años, ya décadas, de atacar la gestión pública de la sanidad, la educación, los servicios sociales, que han terminado calando. Como bien dice mi amigo Manuel, han creado tendencia y, a partir de ahí, todo es fácil, porque ya es el río el que nos lleva.

Han sido años atacando cada uno de los baluartes que podían actuar como defensa de las familias trabajadoras. Entre ellos los sindicatos y los partidos de la izquierda. La clase trabajadora ha sido, efectivamente, demonizada y sus organizaciones acosadas hasta conseguir su claudicación, situarlas a la defensiva. La aspiración máxima del consorcio político-empresarial consistiría en reconducirlas hacia el colaboracionismo, hacia la aceptación, sin rechistar, de un sistema y un modelo que deja a demasiada gente en las cunetas del camino.

Hoy, una persona trabajadora es poco más que un factor necesario, pero molesto, a tomar en cuenta como coste minimizable a la hora de establecer los beneficios empresariales. La clase trabajadora no necesita estabilidad, salario decente, ni formación, o protección contra la siniestralidad laboral. No hay por qué asegurar a estas gentes trabajadoras un horizonte de empleo y vida digna. Hoy hay que ser “emprendedor”, lo cual consiste en aceptar la extra y autoexplotación por parte de los grandes, sin salario seguro, sin condiciones dignas de trabajo, sin futuro en las pensiones, sin protección por desempleo, sin derechos laborales, ni sociales.

Los escuderos y sus señores han conseguido hincar el diente mucho más allá de la gestión de la iniciativa privada. Han conseguido adentrarse profundamente en la gestión de los recursos públicos, lo que es de todos, los dineros que la ciudadanía deposita en manos del Estado (ya sea Estado Central, Autonómico, o Local), a través de los impuestos y cotizaciones sociales, fundamentalmente.

Atacaron la Sanidad Pública, cuando ya controlaban el importante gasto farmacéutico y abrieron las puertas a las más diversas fórmulas de participación privada en la gestión sanitaria hospitalaria (Fundaciones, empresas mixtas, conciertos, contratos, convenios…). Grupos financieros, sanitarios y empresariales corrieron a aprovecharse en comandita del botín.

No pocos políticos acabaron utilizando las puertas giratorias para encontrar asiento bien remunerado en dichos proyectos, en justo y presunto agradecimiento por los favores prestados. En premio por su incansable labor en el fomento de la “colaboración público-privada”. Algunos exconsejeros de Sanidad de la Comunidad de Madrid son claro ejemplo de este tipo de patrióticos personajes y gozan de buena salud y grandes ingresos.

Atacaron la enseñanza pública y abrieron las puertas a la concesión de conciertos educativos, entregando terrenos y facilitando fórmulas de financiación. Los casos Gürtel, o Púnica, ponen bien de relieve las comisiones pagadas por algunas de estas concesiones y los maletines y dineros que han viajado al extranjero. Algunos de los responsables políticos de estos tejemanejes están en la cárcel, pero quienes los financiaron permanecen impunes en la mayoría de los casos. Parece difícil combatir a los corruptos cuando no se persigue con la misma saña a los que financian la corrupción.

El caso de los Servicios Sociales y la Atención a la Dependencia es no menos llamativo. Con el agravante de que la base pública, de entrada, era muy escasa. Desde la beneficencia, generalmente en manos de la Iglesia, tuvimos que pasar a los derechos reconocidos de las personas mayores, las personas con alguna discapacidad, o quienes carecen de recursos. Pasar del Auxilio Social de la dictadura a una red pública de servicios sociales en democracia, hubiera exigido una apuesta, política y económica, que en pocos casos se produjo.

Tras la construcción de algunas residencias públicas, se pasó a construirlas con presupuesto público y entregarlas a gestión privada y poco después a concertar directamente con la iniciativa privada, tras facilitar la cesión de suelos, el acceso a financiación. Negocio redondo.

En cuanto a nuevos derechos como la ayuda a domicilio, o la teleasistencia, prácticamente se desarrollaron desde su nacimiento bajo fórmulas de gestión privada. No pocos de los gestores de esas empresas provienen, de nuevo, de la utilización de las puertas giratorias que permiten, sin solución de continuidad, pasar del despacho donde se conceden las ayudas a la gestión privada de esas ayudas.

No seré yo quien diga que toda iniciativa privada es puro negocio. Hay iniciativa social que merece ser apoyada con recursos públicos. De otra parte, prescindir del sector privado en la prestación de todos los servicios públicos tampoco parece una opción viable sin crear un bloqueo en muchos de esos servicios.

Ahora bien, reconocer esto no significa que debamos aceptar como animal de compañía el consorcio de intereses empresariales, políticos y personales que se ha instaurado en la gestión de los servicios públicos esenciales. Esta situación, unida a los recortes injustificables en la prestación directa de servicios públicos, ha producido una caída de la calidad de los servicios y un deterioro de las condiciones de trabajo, aún más evidente en el caso de los servicios públicos entregados a gestión privada (contratos precarios, salarios bajos, condiciones de trabajo de pura y dura explotación laboral).

Por eso hay que establecer criterios claros. El titular de un servicio público, es siempre la Administración responsable de asegurar el ejercicio del derecho. Significa que el sector privado debe actuar siempre como colaborador subsidiario. En segundo lugar, las Administraciones deben promover la gestión directa de servicios esenciales y, entre ellos, especialmente, la Sanidad, la Educación, los Servicios Sociales.

Deben crearse instrumentos de evaluación de la calidad de los servicios públicos y hay que establecer fórmulas de participación social en el control, seguimiento y evaluación de dicha calidad de los servicios públicos. Una de las características de la operación de deterioro y privatización ha consistido, precisamente en devaluar o suprimir los instrumentos de participación social para terminar concediendo las ayudas sin testigos.

Hay que acabar con las irregularidades, las corruptelas, el pasilleo, la información privilegiada, los pagos de comisiones, la prevaricación, el trato de favor, el tráfico de influencias y las puertas giratorias. Y eso sólo se consigue con control social de los pliegos de condiciones, con participación social en la gestión y evaluación de la calidad de los servicios.

Sólo se consigue si el empleo y las condiciones de trabajo en el sector privado son equiparables con las del sector público. Y, sobre todo, se consigue, si desde la sociedad organizada y vertebrada, desde la izquierda, desde los sectores sensatos de la política, desde las organizaciones democráticas, desde los sindicatos, nos aplicamos, sin prisa, pero sin pausa, en esa labor educativa y ética imprescindible de desmontar la confluencia de intereses políticos y empresariales que han convertido la gestión de los público en fuente de negocio, jugando con las necesidades y los derechos esenciales de la ciudadanía.

Esa es la nueva tendencia que tenemos la obligación de construir, si queremos que la libertad, la igualdad, la justicia y los derechos laborales y sociales, sigan siendo valores y principios rectores de nuestra convivencia. O eso, o el triunfo de la jungla de los Señores del Dinero y sus escuderos mediáticos y políticos.

Francisco Javier López Martín

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En enero de 2015, hace ya año y medio, CCOO lanzamos un programa para asesorar a las trabajadoras y trabajadores sobre la formacióny contratación en su empresa. Creamos una página web en nuestra Fundación de Formación (FOREM) para que cualquier persona que lo necesitara, afiliada o no, mayor o joven, mujer u hombre, pudiera consultar cualquier duda sobre sus derechos a la formación en su empresa.

El derecho a la formación de cualquier trabajador o trabajadora es muy poco conocido. Los fraudes que se producen en la contratación vinculada a la formación y en el ejercicio de los derechos a la formación, son el pan nuestro de cada día, con abusos y malas prácticas frecuentes.

Tal vez por eso, la Asesoría de Formación en tu Empresa ha tenido cientos de consultas a lo largo de este año y medio. Tengo en mis manos un primer balance sobre los temas que más interesan a quienes entran y consultan en el servicio. Les preocupa cómo conocer cuál es el plan de formación de su empresa. Qué derechos tienen los trabajadores y trabajadoras y sus representantes sindicales para diseñar y aplicar un Plan de Formación. Cómo se aplica la formación dual y las prácticas en las empresas. Cómo ser gestionan el crédito de formación y las bonificaciones empresariales, los permisos de formación.

En muchas ocasiones no es necesario ni formular una consulta porque hay 14 documentos disponibles sobre cada uno de estos temas que pueden descargarse y que, de forma sencilla, permiten conocer y solucionar las dudas y problemas. La mayoría de las consultas proceden de Madrid, Andalucía, Valencia, Canarias, Castilla-La Mancha, Euskadi y castilla León.

Son muchos y muchas los delegados y delegadas, afiliados y afiliadas, miembros de Comités de Empresa, pero también personas no afiliadas a CCOO, que tiene dudas o problemas y buscan asesoramiento.

En cuanto a los sectores productivos las entradas y consultas de los sectores industriales, servicios, sanidad, son los que más demandan ayuda de la Asesoría.

La mayoría de los usuarios pregunta sobre los Permisos Individuales de Formación a los que tiene derecho, seguidos de los derechos de la representación legal de los trabajadores, el diseño y análisis de planes de formación, la gestión de los créditos de formación,o la formación dual.

Hemos acompañado un cuestionario de evaluación, que nos permite saber que la mayoría de los usuarios conocieron el servicio a través de una web, aunque las redes sociales como Twitter y Facebook, han permitido conocer la existencia de la Asesoría, aunque en la propia empresa, o en el sindicato ha funcionado también la información sobre el servicio de Asesoría de Formación en tu Empresa.

Más del 80% valora positivamente la calidad y utilidad de la información recibida y de los documentos que están disponibles para consultar, mientras que tan sólo el 7% valora negativamente la organización de la página.

Por último, la inmensa mayoría recomienda este servicio a otras personas y cree que debemos, desde CCOO, mantener el servicio.

La formación es un derecho constitucional que debe asegurarse a lo largo de toda la vida. El futuro de cualquier país depende, en buena medida, de la formación y cualificación de las personas, de sus trabajadores y trabajadoras. Invertir en medios de producción es algo que rinde sus frutos en pocos años. Invertir en formación exige, sin embargo más tiempo, constancia y voluntad sostenida.

Por eso es importante que las personas puedan ejercer su derecho, aclarar sus dudas, solucionar sus problemas, de forma ágil y eficaz. Esa es la misión de este servicio de Asesoría de Formación en tu Empresa, por el que vamos a seguir apostando desde CCOO.

Francisco Javier López Martín

imagesUn buen día un amigo de Colmenar Viejo me llama por teléfono, para invitarme a participar en un acto sobre Francisco Giner de los Ríos, con motivo de la conmemoración del centenario de su muerte. En el acto intervendrán, además, Prado Lens, Secretaria de Educación de IU en Colmenar, Isabel Galvín, Secretaria General de la Federación de Enseñanza de CCOO en Madrid y José Luis Pazos, Presidente de la Federación de Asociaciones de Madres y Padres Giner de los Ríos de Madrid.

No soy un experto en Historia de la Educación, aunque sea maestro y preparar aquella conferencia me costó horas de investigación y lectura sobre Giner de los Ríos y sobre el momento histórico que forjó a un hombre como Francisco Giner de los Ríos. Un hombre regeneracionista y demócrata declarado, que siempre puso en valor el diálogo con cuantos, desde las ideas socialdemócratas, o libertarias, pretendían cambiar el estado de cosas en España .

Participé en aquel precioso acto el viernes 23 de octubre de 2015 y, al finalizar el mismo, quedaron en mis manos un montón de documentos y apuntes. O los tiraba a la papelera, o los acumulaba en una carpeta, haciendo bulto entre los montones de papeles que amenazan con devorar cada rincón de mi casa. O los convertía en un extenso artículo de investigación, que al final quedó configurado como tres artículos y un Epílogo.

Los publiqué en el periódico digital Madridiario y, posteriormente, en mis blog. Los difundí en las redes y decidí remitirlos por correo electrónico, a un Certamen de Investigación Periodística que convocaba la Editorial Limaclara, en Lima, Provincia de Buenos Aires (Argentina). El certamen llevaba el nombre de una mujer, Ana María Agüero Melnyczuc. El premio no consistía en dinero, sino en la publicación del trabajo en la página de la editorial, para que puedan leerlo libremente cuantas personas pasen por allí en su navegación internauta.

El centenario de la muerte de Francisco Giner de los Ríos ha pasado, en España, con más pena que gloria por la agenda del año 2015. Sin embargo, un modesto estudio periodístico como el que he realizado ha merecido un premio en un pueblecito a orillas del Paraná, aunque no tenga nada que ver con las sesudas tesis doctorales, estudios fin de carrera, proyectos de investigación sobre el tema, que existen.

Nadie es profeta en su tierra, tampoco Giner de los Ríos, pero el olvido en España empieza a ser un ejercicio pertinaz. Tan pertinaz como la sequía, teorizada por la dictadura franquista y que ha dejado indeleble impronta. Y, sin embargo, una figura como la de Francisco Giner de los Ríos, su Institución Libre de Enseñanza, gozan de muy buena salud en otros lugares del planeta y, especialmente, en Latinoamérica.

Este premio ha sido otra llamada. La llamada a conocer quién era esa mujer, Ana María Agüero Melnyczuk. Una mujer ocupada y preocupada por la situación de la educación en su país y en América Latina. Preocupada por el abandono escolar, la droga entre los jóvenes, la educación inclusiva, el cambio climático, la energía atómica, las ideologías, la libertad de prensa, la violencia, el fascismo, la calidad de la democracia… Amante de los animales, estudiosa de la apicultura. Madre, abuela. Autora de varias novelas, tratados educativos y numerosos ensayos. Impulsora de proyectos educativos y editoriales. Su obra, por deseo expreso suyo, es de libre acceso.

Cuando supo que la muerte la asediaba, con 58 años, llevó a su marido al interior del Bosque de Limaclara, la finca donde vivían, al lugar reservado como cementerio florido, donde fue enterrando a esa pléyade de animales que la acompañaron a lo largo de la vida. Y una vez allí le dijo, Raul, te ruego me cremes y me entierres entre los seres que tanto he amado, asimismo estaré entre medio de árboles y flores que planté y regué en veranos impiadosos y sobre mí corretearán nuestros animales y cantarán los pájaros sobre mi tumba, y si tú quieres podrás venir a charlar conmigo a las siestas. Siempre te estaré esperando. He incluido en este artículo una foto de su tumba, entre medio de árboles y flores.

He leído algunas cosas suyas. Coincido en muchas, discrepo en otras. Siento, como ella, que si hay tiempos de opresión, entonces también hay tiempos de libertad. Sólo hay que hacerlos madurar. La educación, como la entendía ella, como la entendía Giner de los Ríos, es un potente instrumento para la libertad. Y todo ello desde la conciencia de que, en palabras de Ana María, para los opresores, el deseo de libertad por parte de los oprimidos siempre será considerado ilegal e inconstitucional.

Este homenaje a Francisco Giner de los Ríos, es hoy también homenaje a Ana María Agüero Melnyczuk y a cuantas personas han dedicado su vida a la educación y a la difusión de las ideas. Las ideas, la educación, la escritura, la cultura, el debate, no cambian por sí solas el mundo, pero el mundo no cambia de verdad sin ideas, debate, educación, cultura.

Reedito este trabajo, sobre la vida y el momento de Giner de los Ríos, tal como lo quiso Ana María, con libre acceso y libre utilización, sin fines comerciales. Reivindicar lo mejor y a los y las mejores de nuestro pasado es la mejor manera de cambiar el sino de nuestro futuro.

Francisco Javier López Martín

Giner de los Ríos

Episodio I: LA FORJA DE FRANCISCO GINER DE LOS RIOS

Nació Giner en 1839, pocos años después de la llegada de Isabel II al trono. Siendo una reina-niña, menor de edad, era su madre María Cristina, quien actuaba como Regente, afrontando la primera Guerra Carlista, que cuestiona que la niña Isabel llegue a reinar.

Durante este reinado se forjará Francisco Giner de los Ríos. Nace en Ronda, pero se forma en Cádiz, estudia el Bachillerato en Alicante, inicia estudios de Jurisprudencia en Barcelona, pasante en Madrid y obtiene la Licenciatura de Derecho y Bachiller en Filosofía en Granada, donde tomará sus primeros contactos con el krausismo y conoce a Nicolás Salmerón, que llegará a ser Presidente de la I República Española y diputado, desde 1886 por circunscripciones como Madrid y Barcelona, hasta su fallecimiento en 1908. La formación de Giner cuenta con personas como el también Presidente de la República de 1873, Emilio Castelar, o Gumersindo de Azcárate.

Algo mayores eran Francisco Pi y Margall, también futuro Presidente de la República, o el introductor del krausismo en España, Julián Sanz del Río, aunque formaban parte del núcleo intelectual que, desde la defensa de la libertad de enseñanza, construyeron un modelo de educación que quería reformar España, con la convicción de que, ni las revoluciones, ni la violencia, aportan soluciones reales a los problemas.

Cada generación tiene la obligación de dar respuesta a los problemas que se encuentra, afrontar los retos propios de su momento y ellos lo hicieron con responsabilidad generosidad y con creces.

En 1863 Giner de los Ríos ya está en Madrid y, al tiempo que trabaja, obtiene un Doctorado en la Universidad Central, accediendo en 1866, con 27 años, a la Cátedra de Filosofía del Derecho y Derecho Internacional. Es aquí donde desarrolla su amistad con Sanz del Río y se adentra en el krausismo, como pensamiento inspirador de su acción.

Pero pronto, en 1867, el Ministro de Educación conservado, Manuel Orovio, publica un decreto contra la libertad de cátedra. Julián Sanz del río, Fernando de Castro, Nicolás Salmerón y otros, son separados de sus cátedras. Giner se pronuncia en solidaridad con ellos y en mayo es suspendido como catedrático.

Poco después estalla La Gloriosa. Isabel II abandona un trono acosado por las divisiones, las fuerzas carlistas y la corrupción generalizada, en torno al desarrollo de infraestructuras como el ferrocarril. Prim, toma el mando de la situación y el decreto de libertad de enseñanza repone en sus cátedras a los separados de las mismas.

Se inicia, de esta manera, el “sexenio democrático” que, tras diferentes intentos, desemboca en la designación como Rey de Amadeo de Saboya, el cual parte hacia España el mismo día que su mentor, el general Prim, es asesinado.  Un periodo marcado por la inestabilidad política impulsada por la iglesia, los carlistas, los unionistas, los progresistas, los republicanos, o por la aristocracia borbónica.  Muerto Prim, el único capad de poner algo de orden en la confusión del momento, el reinado de Amadeo nace herido de muerte, incapaz de frenar el independentismo cubano, la guerra carlista y las tensiones en torno a la definición del modelo de Estado.

Amadeo renuncia al trono y en 1873 se proclama la I República, que pronto tiene que hacer frente a tres guerras. La carlista, la cubana y la desencadenada por las tensiones entre federalistas y centralistas, que desemboca en la proclamación de cantones independientes, maravillosamente reflejada, años después, por Ramón J. Sénder, en su novela Mr. Witt en el cantón. La República, como bien sabemos, acabó con la entrada del general Pavía, a caballo, en el Congreso de los Diputados y dando paso a la Restauración Borbónica, con el hijo de Isabel II, Alfonso XII, en el trono.

Acaba con esta experiencia la forja de Francisco Giner de los Ríos y serán los primeros actos del nuevo gobierno de Cánovas del Castillo los que inaugurarán su nueva ruta vital.

Episodio II: LA RUTA DE GINER DE LOS RIOS

Tras el “sexenio democrático” para unos, o “sexenio revolucionario” para otros, la Restauración Borbónica trae consigo un nuevo Gobierno conservador y Cánovas del Castillo repone a Orovio en el Ministerio de Fomento.  De la misma forma que el carril se acaba y el tonto sigue, Orovio publica un nuevo decreto contra la libertad de cátedra. La novedad es que esta vez no se conforma con suspender a los catedráticos disidentes, sino que los envía a las cárceles militares. La prisión militar de Santa Catalina de Cádiz es el destino de Giner de los Ríos.

Es primero, en estas prisiones militares y luego en diferentes reuniones en Cabuérniga, o en Toledo, donde Giner comienza a trabajar, junto a Gumersindo de Azcárate, Riaño, o González Linares, la idea de una Institución Libre de Enseñanza (ILE), que comenzará su andadura en 1876. La ILE será presidida desde 1880 por Giner, con la ayuda de un Bartolomé Cossio, que fue alumno primero, mano derecha siempre y sucesor de Giner al frente de la Institución.

El krausismo y la libertad de enseñanza confluyen en un ideal regeneracionista que busca en la enseñanza el camino para moralizar la política y la gestión pública. Herramienta imprescindible para combatir los males de España, reformar el Estado y crear una “Generación culta y laica, que gobierne los cambios desde las ideas y no desde las revoluciones o las guerras. En la ILE se fraguará una generación que marcará la vida de España, hasta ser aplastada, o conducida al exilio, interior o exterior,  tras la Guerra Civil y la brutal represión franquista.

Recogiendo la herencia de los ilustrados españoles, Giner y sus compañeros van creando, en torno a la Institución Libre de Enseñanza, todo un sistema planetario.  Crean el Museo Pedagógico Nacional a cargo de Bartolomé Cossio y Lorenzo Luzuriaga. Ponen en marcha la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones científicas (precursores de los Erasmus y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas actuales) y ponen al frente a Ramón y Cajal.

Fundan la Residencia de Estudiantes, dirigida por Alberto Jiménez Fraud y luego, la Residencia de Señoritas, a cargo de la institucionista María de Maeztu. El Centro de Estudios Históricos será dirigido por Menéndez Pidal, secundado por Américo Castro. El Centro Nacional de Ciencias Físico Naturales. Y, tras la muerte de Giner, la ILE seguirá impulsando proyectos como el Instituto Escuela, las Misiones Pedagógicas, o las Colonias Escolares.

Por lo pronto, en 1883, un grupo de alumnos y profesores de la Institución, inician un periplo que les llevará a recorrer la Sierra de Guadarrama, la costa cántabra, Asturias, León, Picos de Europa, La Coruña y más tarde Lisboa. La ”memorable excursión”. El interés de los institucionistas por la Sierra de Guadarrama, constituye el preámbulo del largo camino que conducirá a la declaración de ese espacio natural como Parque Nacional, por más que el proyecto haya quedado desnaturalizado, en manos de una derecha aguirrista y castiza, más atenta al negocio y el pelotazo, que a los valores culturales y naturales que la Sierra de Guadarrama representa.

Este es el ambicioso y descomunal proyecto educativo, imaginado y construido por Francisco Giner de los Ríos, a quien su incondicional Bartolomé Cossio define así: “A su espíritu en perpetua vibración, acompañaba un cuerpo pequeño y también en movimiento perpetuo, coronado de una nobilísima cabeza grande, con cara alargada, ojos castaños, de una extraña mezcla, según los momentos, entre bondadosos y agresivos; barba en punta, espesa y dura, que fue blanca desde los cuarenta años y hasta entonces negra como el pelo, que perdió muy joven. En conjunto, en color y en estructura, si se descuenta la energía de sus rasgos, recordaba a los santos de Ribera”

Soñaban Giner y los suyos, una generación educada en los principios de la libertad, una amplia cultura, la coeducación de mujeres y hombres, la cooperación con las familias, la no separación entre la enseñanza elemental, secundaria, o universitaria, que deben regirse por la misma pedagogía activa, la conversación y el diálogo, la ausencia de castigos (sustituidos por la corrección y la reforma), el valor de la salud y la higiene y, por lo tanto, el contacto con la naturaleza.

Bajo estos principios se formaron las generaciones del escritor  Leopoldo Alas Clarín, el regeneracionista Joaquín Costa, el republicano Azaña, o los socialistas Julián Besteiro, o Fernández de los Río. Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. María Moliner, María Zambrano, Eugenio D’ors, Severo Ochoa, Manuel de Falla, Alejandro Casona, Pedro Salinas.  Y en su Residencia de Estudiantes, los Dalí, Lorca, Buñuel, Guillén o Altolaguirre, entre otros muchos.

En 1881 los liberales, encabezados por Sagasta, desbancan a los conservadores de Cánovas del Castillo. Giner de los ríos y sus compañeros recuperan sus cátedras. El nuevo Gobierno apoya el proyecto educativo de la Institución Libre de Enseñanza que, a partir de este momento, se convierte en referente de la educación en España y afianza su prestigio nacional y su influencia internacional.

Episodio III: LA LLAMA DE GINER DE LOS RIOS

Quedó dicho que, en 1881, los liberarles llegan al poder y Giner, junto a los catedráticos depuestos por los conservadores, vuelven a sus cátedras.  Quedó reseñado que la Institución Libre de Enseñanza (ILE) obtiene un respaldo gubernamental, que la consolida en España y la proyecta internacionalmente.  Quedó constancia del desarrollo impresionante de la ILE y la amplitud y variedad de los proyectos que se fraguaron en su entorno.  Consignamos el nombre de las muchas y los muchos profesores, colaboradores y alumnos que por allí pasaron.

La ILE, no obstante, tuvo que desarrollarse en el marco de un proceso histórico tremendamente complicado en el que los problemas, lejos de encontrar solución, no hicieron más que enquistarse, dando lugar a un conflicto que desembocó en una Guerra Civil, que arrasó a España con los españoles dentro.

En 1885 muere Alfonso XII, tras diez años de reinado.  Su hijo, el futuro Alfonso XIII, no ha nacido aún y las clases dirigentes no están dispuestas a revivir un periodo de inestabilidad como el del “sexenio democrático”, o “sexenio revolucionario”, según se mire. Por eso los conservadores de Cánovas del Castillo y los liberales de Sagasta, se apresuran a acordar, en El Pardo,  en vísperas de la muerte del monarca, un pacto que les asegura el poder, consolidando un turno pacífico en el Gobierno.

El problema consistía en que, para que el turno de relevo se produjese, eran necesarias unas elecciones amañadas, en las que los datos se manipulaban a placer. Un sistema que necesitaba del control absoluto de los votos, fomentando el caciquismo y el encasillado de los candidatos destinados a salir elegidos. El propio sistema bloquea el debate, la libertad del voto y cualquier perspectiva de introducir reformas que alteren el equilibrio acordado.

El sistema funcionó hasta que sus grietas se agrandaron  a partir de 1898.  Conducida a una guerra con los Estados Unidos, España pierde sus colonias de Cuba y Filipinas.  Prim, durante La Gloriosa, había planteado resolver el problema del independentismo cubano, mediante una amnistía general para los patriotas cubanos, la celebración de un referéndum y, en caso de ganar el independentismo, el establecimiento de una compensación avalada por Estados Unidos. Prim fue asesinado y, al final, la solución fue una de las más desastrosas posibles: La independencia tras una cruenta Guerra.

Una vez más, la misma España que aplaza sus problemas, los enquista y los resuelve a las bravas, a sangre y fuego. La España de las fracturas profundas y de las cuestiones nunca bien resueltas, cuyos periodos de paz son breves reposos entre dos guerras civiles. La España experta en no desaprovechar ninguna oportunidad de desaprovechar una oportunidad. La que se perpetúa en sus males.

Y entre esos males, el primero de ellos, la cuestión imperial. Definida España como un Imperio, tiene que cortar con sus  correspondientes colonias. Sin colonias no hay imperio y las últimas colonias dignas de tal nombre se perdieron en 1898.  Tras cuatrocientos años imperiales, España tiene que repensarse.

Podría haber escuchado a Joaquín Costa, otro hombre vinculado a la ILE, krausista y abanderado del regeneracionismo en España, quien propugnaba rehacer y refundir al español en el molde europeo. Poco más o menos, la desafricanización y europeización de España.  Escuela, despensa y dos llaves al sepulcro del Cid (se entiende que para que no cabalgue de nuevo).

Mira que insistió Costa, tras el desastre de Cuba y Filipinas en que “ningún ideal nos llama ya a ninguna parte del mundo fuera de la Península. No hay ya para nosotros cuestión colonial, los que sueñan con nuevas adquisiciones territoriales para rehacer en África la epopeya americana, no han caído en la cuenta de que mientras España dormía, enamorada de sus Antillas y de sus Filipinas y satisfecha con ellas, el planeta entero ha sido ocupado, sin que quede libre un palmo de suelo donde pudiera ser izada la bandera de marras”.

Una cuestión imperial o colonial, que no podemos dejar de relacionar con la cuestión militar. Ese turbio asunto de unos militones acostumbrados a intervenir en los asuntos de la política, que no dudan en protagonizar alzamientos, pronunciamientos y sublevaciones para “salvar a la patria” y que encuentran ahora acomodo en las agrestes montañas del Rif y el desértico Sahara, que nos corresponden en el reparto de África entre las potencias europeas.

Los militares africanistas obtendrán mejores sueldos y ascensos rápidos, mientras los que quedan en la península expresan su malestar a través de las Juntas de Defensa y en 1906, obtienen del Gobierno de Lloret la reinstauración de los tribunales militares para juzgar delitos contra el ejército y la patria.

A los Espartero, Narváez, Prim, Topete, Serrano, o Pavía, les seguirán pronto, Martínez Anido, Primo de Ribera, Sanjurjo y, al final, los Millán Astray, Mola, Queipo de Llano y el inefable Franco.

Imperio, ejército, iglesia. La cuestión religiosa, marcada por el intervencionismo de la iglesia, fraguado en siglos de inquisición, con un poder desmesurado en la beneficencia y en la educación, con posesiones inmensas, a lo largo de todo el territorio nacional y que se convertirá en barrera infranqueable para experiencias educativas como la Institución Libre de Enseñanza, o las Escuelas Modernas, que basan su funcionamiento en el laicismo, la libertad, el diálogo, el respeto de las ideas, o la coeducación.

No residen aquí todos los males de España. El cóctel explosivo, se completa con otros problemas como la cuestión nacionalista, o territorial. La Liga Regionalista Catalana, que vertebra a la burguesía catalana en torno a un líder como Francisco Cambó, que reclama autonomía, pero que ve con horror el ascenso de la clase obrera y no duda en respaldar la represión de la Semana Trágica, en 1909.

Tampoco duda en apoyar el pistolerismo antisindical del Gobernador Militar de Barcelona, el Coronel Martínez Anido. Persecución a sangre y fuego de los sindicalistas, que condujo al asesinato callejero del líder de la CNT, Salvador Seguí y que usó y abusó de la Ley de Fugas para matar por la espalda a los militantes obreros.

Un historial, éste de Anido, que le encumbró al generalato y que le llevó a ocupar el Ministerio de la Gobernación con el dictador Primo de Ribera, y el de Orden Público, en el primer Gobierno del dictador Franco, tras un breve exilio en Francia, durante la República.

Y todo ello con la connivencia y apoyo de Francesc Cambó que, cuando se ve desbordado por Esquerra Republicana, no duda en apoyar la sublevación militar que conducía a la Guerra Civil.

Mientras tanto, en el País Vasco, Sabino Arana crea el Partido Nacionalista Vasco, profundamente conservador, católico, liberal en lo económico y reformista en lo social. El modelo de Estado, centralista, federal, confederal, marcará el debate político durante décadas y llega hasta nuestros días

Quedan aún, al menos, dos problemas que reseñar. La cuestión agraria, con una siempre necesaria y nunca resuelta reforma agraria, hacia la que ya apuntaban las ideas ilustradas de personajes como Jovellanos.  Un problema de la tierra, que revela también la fractura de una España interior y profunda, en la que los caciques abusan del campesinado y una España periférica, (donde podemos incluir, paradójicamente, a Madrid) en la que una burguesía industrial, financiera, comercial, choca con una aristocracia de rentistas y con una clase obrera que reclama su papel en la historia.

Protagonismo de un campesinado hastiado de tanta miseria y opresión y una clase obrera, que paga con la vida, o con la cárcel, cada intento de mejorar sus trabajos y las condiciones de vida de sus familiares. Una clase obrera que, de la mano de Pablo Iglesias, crea el Partido Socialista (PSOE) en 1879 en Casa Labra y en 1888 la Unión General de Trabajadores (UGT) en Barcelona.

Mientras tanto, la Federación de Trabajadores de la Región Española, fiel a la I Internacional, termina creando la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en 1910, en el Teatro del Círculo de Bellas Artes de Barcelona.

Las tensiones y la crisis económica de la I Guerra Mundial, conducen al acuerdo de unidad de acción entre ambas organizaciones. Un acuerdo en el que se encuentran Julián Besteiro y Largo Caballero, por UGT, junto a Ángel Pestaña o Salvador Seguí, por la CNT y cuyo fruto inmediato será la Huelga General de 1917.

Este es el revuelto panorama económico, político y social que envuelve la vida de Francisco Giner de los Ríos y que alimenta una llama que intenta responder,  desde el regeneracionismo y desde la educación en la libertad, a unos males que ya apuntaban hacia la justificación de un enfrentamiento civil que daría al traste con lo mejor de España, abriendo las puertas a décadas de negra dictadura.

LA HOGUERA QUE CONSUMIÓ LA OBRA DE GINER DE LOS RIOS (Epílogo)

La España de la Restauración borbónica, la del caciquismo y el encasillado. La del ejército intervencionista y las tensiones nacionalistas no resueltas. La España católica, interior, profunda, plagada de oligarcas y una burguesía incipiente, pero temerosa del auge del sindicalismo y los partidos obreros.

Esa España, con todos sus males a cuestas, e incapaz de recomponer las fracturas políticas y sociales fue decantándose, de la llama hacia la hoguera inquisitorial y purificadora, a fuerza de golpe y represión, a lo largo del primer tercio de un siglo XX, convulso y desalentador.

En 1909, las tropas que habían de embarcar camino de Marruecos en el puerto de Barcelona, recibiendo los correspondientes e inevitables escapularios de manos de las señoras de la buena sociedad. Arrojaron los escapularios al agua y aquel gesto de desprecio y rabia, ante el miedo y el llanto de sus familias, desencadenó la Semana Trágica, que fue aplastada por el ejército, causando miles de detenciones, centenares de muertes, juicios con cientos de encarcelados y no pocas ejecuciones sumarias.

El fundador de la Escuela Moderna, en 1901, bajo principios laicos, racionalistas y coeducadores, Francisco Ferrer i Guardia, que se encuentra de paso por Barcelona,  donde había llegado desde Londres, es detenido, acusado, juzgado por tribunal militar y condenado a muerte, en un proceso irregular y sin defensa posible. Pese a las manifestaciones y protestas internacionales. Pese a los ruegos de la familia, al Rey de España, Ferrer será ejecutado en Montjuic.

Pagaba así Ferrer, con su propia vida, el odio provocado entre los jerarcas de la iglesia, por sus ideas coeducadoras y hasta el hecho de que en una de sus escuelas hubiera trabajado antaño, Mateo Morral, el anarquista que lanzó una bomba en Madrid, envuelta en ramo de flores, al paso de la carroza real, el día de la boda del monarca Alfonso XIII.

El brutal aplastamiento de la Semana Trágica y la represión subsiguiente, resquebrajan definitivamente la alianza entre liberales y conservadores. En 1910 Pablo Iglesias consigue su acta de diputado y algunos sectores liberales inician su acercamiento hacia los republicanos y socialistas, que en las elecciones habían sumado 27 diputados, coaligados en la Conjunción Republicano-Socialista.

La Huelga General de 1917 se convierte en la expresión del malestar de la clase trabajadora ante la crisis económica y el deterioro de las condiciones de vida, que la I Guerra Mundial produce también en España, pese a la neutralidad en la misma.

Una huelga que confluye con otros malestares, como las intentotas militares de las Juntas de Defensa, o la convocatoria de la Asamblea de Parlamentarios de toda España, auspiciada por la Liga Regionalista, en Barcelona, ese mismo año, a la que acudieron republicanos y socialistas, para abordar la reforma constitucional y la autonomía municipal, entre otros temas como la justicia, o los problemas sociales.

En diciembre de 1916, tras el acuerdo entre UGT y CNT, del que ya hemos hablado con anterioridad, se produjo una convocatoria de Huelga General de 24 horas, con amplio seguimiento en el país. Ante el silencio del Gobierno, ambas organizaciones, convocan una nueva Huelga General indefinida en marzo de 1917. Las divisiones internas y las maniobras del Gobierno, conducen a una Huelga General precipitada, convocada unilateralmente por UGT, seguida en muchos lugares por la CNT, pero que resultó irregular en su desarrollo.

Reprimida en Madrid y aplastada en Valencia, Bilbao o Barcelona. De nuevo decenas de muertos, centenares de heridos y miles de detenidos. El Comité de Huelga es acusado de sedición y condenado a cadena perpetua.  Largo Caballero, Saborit, Besteiro y Anguiano, acaban en el penal de Cartagena, del que saldrían al ser elegidos diputados en 1918, junto a Indalecio Prieto y Pablo Iglesias, en las listas de la Alianza de Izquierdas.

En 1920, el ya conocido Martínez Anido, es designado Gobernador Militar de Barcelona, donde dirige brutalmente la represión del sindicalismo, utilizando la Ley de fugas y organizando a los pistoleros del “Sindicato Libre”, que asesinan a los sindicalistas, entre ellos al Secretario General de la CNT, Salvador Seguí. Esas actuaciones de Martínez Anido en Barcelona, tras la Semana Trágica y la represión de la Huelga General de 1917, transforman la llama en hoguera.

Y por si todo esto fuera poco, más de 13.000 soldados mueren a manos de los rifeños en el Desastre de Annual.  El Informe posterior del general Picasso habla de incompetencia y corrupción por parte del Ejército, el Gobierno y el propio Rey. Hay pocas salidas para tanto desastre y en una maniobra desesperada, Alfonso XIII deja su destino en manos de Primo de Rivera, quien intentará lavar la cara de la corrupción y la incompetencia con operaciones militares como el Desembarco de Alhucemas en 1925.

Conviene releer “La Hija del Capitán” de Valle Inclán, escrita en 1927, para entender cómo los males de España, incluida la corrupción, intentaron de nuevo ser tapados por la mano dura y el populismo de la marcha militar.

Ya sólo cabía esperar un tiempo para que la República apareciese como la única vía y solución posible, ante el desprestigio que el Régimen monárquico había sembrado por toda España.

Mientras todo esto ocurría como un destino inexorable, la Institución Libre de Enseñanza (ILE) había ido construyendo su universo educativo. Durante la agonía del régimen monárquico y durante la República siguieron innovando y desarrollando ideas como las Misiones Pedagógicas, o las colonias escolares.

Hay un hermoso libro, que recoge una adaptación de la tesis doctoral del hoy Rector de la UNED, Alejandro Tiana, que mereció el Premio Nacional de Investigación e Innovación Educativa, titulado Maestros, Misioneros, Militantes. La educación de la clase obrera madrileña 1898-1917 y que nos muestra el esfuerzo educativo desarrollado en aquella España.

La ILE convivió con un amplio elenco de experiencias educativas. Las Escuelas de Artes y Oficios, la Escuela de Aprendices municipales, las clases nocturnas en escuelas públicas, las clases de adultos, los Centros Obreros Republicanos, la Extensión Universitaria, los Ateneos Científicos y Literarios, las Universidades Populares, los Círculos Católicos de carácter benéfico-docente, las Sociedades Obreras, los Ateneos Libertarios, las Escuelas Racionalistas, las Casas del Pueblo, la Formación Profesional Obrera, la Escuela Nueva, creada por los socialistas como punto de encuentro, de los trabajadores y trabajadoras, con los sectores intelectuales y reformistas.

Un esfuerzo de intercambio, de diálogo, que alcanzó también a los anarquistas como Federico Urales, que edita Tierra y Libertad y La Revista Blanca, donde se publican artículos de los institucionistas. Al igual que los miembros de la ILE publican las más diversas ideas y opiniones de autores nacionales y extranjeros en su Boletín.  Además de los institucionistas, de los que hemos hablado, aparecen firmas como Bertrand Russel, Bergson, Darwin, Dewey, Federico Urales, María Montessori, Leon Tolstoi, H.G. Wells, Rabindranath Tagore, Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán, Gabriela Mistral, los hermanos Antonio y Manuel Machado.

Pese a tan ingente esfuerzo, los males de España, nunca bien resueltos, condujeron a la Guerra Civil, que  arrasó con las ansias de libertad y de democracia, aplastando la Institución Libre de Enseñanza y cualquier experiencia que llevara dentro el germen de la regeneración, la modernización, o la europeización de España. Todo lo que supiera a laico, a coeducación, a diálogo y aprendizaje en libertad.

Las experiencias como la ILE fueron aplastadas. Quienes permanecieron en España terminaron en los paredones, en las cunetas o muriendo en las cárceles, como Besteiro, Lorca o Miguel Hernández. Miles de maestros forjados en la Institución Libre de Enseñanza, o en otras experiencias educativas, fueron fusilados, o depurados y alejados de la escuela. Fueron los maestros, uno de los cuerpos más golpeados por la represión franquista.

Quienes huyeron sembraron Europa y América, desde los Estados Unidos a la Argentina, de un caudal de experiencias educativas y conocimiento. Machado, Fernando de los Ríos, Buñuel, Alberti y otros muchos, que terminaron muriendo en el exilio, o retornando a su patria tras la larga noche del franquismo.

Las dictaduras aplastan, masacran, oprimen, ahogan, pero no solucionan los problemas. Me he detenido, por ello, en la descripción de algunos de los males de la España en la que tuvieron que vivir, asumiendo su responsabilidad, Francisco Giner de los Ríos y los miembros de la Institución Libre de Enseñanza.

Cuarenta años bajo la bota militar franquista y otros tantos, en una democracia construida desde el olvido premeditado y controlado de nuestro pasado, nos han terminado descubriendo que los males, las cuestiones, los problemas, siguen ahí, casi intactos en algunos casos y condicionando nuestro futuro.

Cada generación tiene que responder a sus retos y nosotros tenemos el deber de afrontar nuestros propios males, muy parecidos y no tan distintos de aquellos, aunque con algunas variaciones importantes, fruto de los tiempos.

Bajo otros disfraces, nuestros males endémicos siguen ahí. La gran diferencia, probablemente, lo que más podemos echar de menos, es tener que afrontar estos retos, sin la riqueza de instrumentos como la Institución Libre de Enseñanza y sus equipos fraguados en torno a seres humanos como Francisco Giner de los Ríos.

Se nota en el debate, se nota en la calidad humana, se nota en la política, y hasta en la ausencia de criterios éticos en la gestión pública, la económica y hasta en  las relaciones personales y sociales que, como pensaban los institucionistas, no pueden estar presididas por la competencia, sino por la cooperación y el diálogo.

Francisco Javier López Martín

javier lopez merecemos un gobiernoYa hemos vivido las segundas elecciones generales en menos de un año. Sus resultados han sido distintos, pero sus conclusiones son básicamente las mismas. Uno de los aspectos diferenciales con respecto al anterior proceso electoral procede del aumento de la abstención. Era algo cantado, aunque muchos se negaban a verlo.

Es muy difícil mantener la tensión política durante tanto tiempo, desde el 20-D para acá, sin pagar el precio del desencanto en una parte del electorado. Hemos vuelto a índices de abstención superiores al 30 por ciento, similares a los que vivimos en las elecciones generales de 2011, que dieron un aplastante triunfo a la derecha representada por el PP. Y es la izquierda la que, aparentemente, ha sufrido más este desgaste, lo cual, unido a otras circunstancias, ha beneficiado de nuevo a la derecha española.

Quienes no hicieron lo imposible para acordar la gobernabilidad de España, mediante un pacto de investidura, pensando que con ello conseguían una segunda oportunidad para obtener mejores resultados, han comprobado que la segunda oportunidad beneficiaba muy especialmente a quien, cómodamente sentado en su sillón de Moncloa, ha dejado madurar la fruta hasta que ha caído del árbol electoral.

Tras años de recortes perpetrados a base de políticas ultraliberales y neoconservadoras. Tras años de pelotazos, corrupción y mamandurrias, instalados en el centro de las instituciones, conformando un consorcio politicoempresarial, con raices en todas las administraciones. Tras escándalos políticos como el protagonizado en los últimos días por un Ministro del Interior, utilizando las instituciones en beneficio de su propio partido. El resultado es que no hay costes políticos, ni electorales, para quienes han cometido tales desmanes.

Todos son corruptos. Estos que gobiernan también lo son y hasta más. Pero ahí andan salvando España. Ya sé cómo son, pero mejor ellos que otros más impredecibles y que no han sabido fraguar un gobierno estable y necesario. Es lo que parecen haber pensado los votantes del PP y aquellos otros que han decidido que, tras un voto prestado a Ciudadanos el 20-D, es hora de volver al redil de la casa madre.

El PP ha conseguido rescatar 376.000 votos que fueron en las anteriores elecciones a Ciudadanos y captar 313.000 votos nuevos. Con ello ha alcanzado 14 diputados más, casi 700.000 votos más y, con sus insuficientes 137 diputados, asentar la falsa imagen de que tiene derecho a formar gobierno. Aunque esto sea sólo una media verdad, que será posible sólo en el caso de que Mariano Rajoy sea capaz de armar las mayorías necesarias para ello, o al menos suscitar la abstención de muchos otros.

Mientras tanto Unidos Podemos, que habían acariciado el sorpasso al PSOE y hasta soñaba con un supersorpasso al propio PP, ha pagado el crecimiento de la abstención y ha perdido más de un millón de votos, mientras que el PSOE ha perdido más de 100.000. No es un desastre insalvable, ni un hundimiento irreparable. Pero ambas fuerzas deberían ser responsables y reflexionar sobre una campaña desastrosa que no ha conseguido retener el voto, ni generar la ilusión necesaria para impulsar y reforzar el cambio político. El objetivo parecía conseguir, o evitar, el sorpasso, según el caso y no alentar un gobierno de progreso que acabe con la corrupción y restablezca libertades y derechos arrebatados.

Las peleas dentro de la izquierda siempre producen estos efectos. Los vaivenes en las ideas y las propuestas producen estos efectos. Las coaliciones suelen ser buenas, pero cuando no son estratégicas, sino tácticas, forzadas y de última hora, a veces no suman, sino que debilitan la confianza dentro de cada una de las partes coaligadas.

Es cierto que el hastío y el cansancio, el crecimiento de la abstención, el voto del miedo, el voto útil, el Brexit, la bronca electoral, la incapacidad de alcanzar un acuerdo de investidura, han facilitado aún más las cosas para una victoria relativa del PP, que tiene ahora la iniciativa para intentar formar gobierno. El problema es que pocos, por no decir nadie, quieren acompañar al PP, porque aparecer en esa foto no es plato de buen gusto para nadie.

De otra parte, las fuerzas que se han denominado a sí mismas del cambio siguen teniendo una mayoría de diputados y diputadas. Otra cosa es que algunas de esas fuerzas se comporten como agua y aceite y se muestren incapaces de alcanzar acuerdo alguno, como así lo demostraron durante las negociaciones de investidura, tras las elecciones del 20-D. Esa incapacidad condujo a las segundas elecciones, que han terminado beneficiando a las fuerzas del inmobilismo y los recortes.

Así las cosas, uno de los escenarios sería el de repetición de las elecciones. Pero esta posibilidad no debería figurar en el escenario de lo posible, ni sobre la mesa de los partidos políticos. Quienes hemos votado el 26-J hemos decido que, con algunos cambios, las cosas quedan como estaban, pero con un acuerdo aún más difícil, aunque no imposible.

Los sindicatos CCOO y UGT presentamos 20 propuestas a los partidos políticos, que intentaban ser la base para cualquier acuerdo de gobierno que quisiera solucionar los problemas políticos, económicos y sociales de España. Un gobierno que quisiera negociar, con respaldo suficiente, en Europa, los tiempos para cumplir obligaciones y compromisos en materia de deficit público.

Queremos salir de esta crisis, queremos crecer económicamente, pero con un reparto equilibrado de la riqueza disponible. Claro que queremos más empleo, pero no más empleo miseria, mal pagado, sin derechos. No queremos que encontrar un trabajo sea sinónimo de instalarse en la pobreza. Queremos empleos sin desigualdades que están consiguiendo que las mujeres, los jóvenes, los colectivos más precarizados, sean trabajadores y trabajadoras de segunda, de tercera, del final.

Queremos que se asegure el futuro de las pensiones. Para eso negociamos el Pacto de Toledo, que no se convoca de forma regular durante años. Y queremos que nuestras personas mayores se vean atendidas por la ley de Dependencia y no se vean solos y abandonados.

Queremos recuperar derechos sanitarios y educativos arrebatados. Queremos protección de los servicios sociales. Queremos servicios públicos de calidad, con la inversión necesaria, para asegurar nuestra calidad de vida y el Estado del Bienestar.

Queremos un país que potencie la investigación, que proteja el medio ambiente. Un país que restituya los derechos de sus trabajadores, arrebatados por sucesivas reformas laborales y que han hecho que la democracia brille por su ausencia en las empresas y que lo que debería ser un proyecto común se convierta en una dictadura de hecho, en la que el trabajador y la trabajadora tienen poco o nada que decir.

Hay que hacer esto. Y hay que hacer otras cosas que seguro que suscitan el acuerdo mayoritario de muchos partidos elegidos en las urnas. En último lugar en esta relación, pero en el primero en el orden de prioridades, hay que afrontar el combate directo y decisivo contra la corrupción. Hay que afrontar un acuerdo que permita encontrar espacios de convivencia en un marco constitucional que contemple la clave federal.

Son cosas que hay que hacer. Son tareas ineludibles. No seré yo quien diga, indique, aliente, estos o aquellos pactos posibles. Pero quienes quieran ponerse de acuerdo para gobernar este país tendrán que responder a estos problemas, salvo que opten por maniobras de distracción y hasta irresponsabilidades que nos terminen conduciendo a un nuevo proceso electoral, tras el cual, con una mínima participación, alguien pueda presumir de obtener una mayoría absoluta de dos votos contra uno.

El pueblo ha hablado una vez más. Puede que a algunos partidos no les guste cómo han quedado las cosas. Puede que alguien se permita decir que el pueblo es tonto, por votar, por no votar, por votar a otros. Piensen lo que quieran, hagan las valoraciones que les venga en gana. Pero el pueblo ha dicho que quiere un cambio, que quiere acabar con la corrupción, que quiere un buen gobierno que escuche nuestros problemas y trabaje en su solución, sin crearnos otros nuevos de forma artificial, por soberbia o cabezonería.

Tras un largo proceso electoral puede haber quien piense que total sin gobierno también se vive. Algo de razón hay en ello, puesto que un mal gobierno es muchas veces peor que no tener gobierno. A fin de cuentas las instituciones siguen funcionando y cumpliendo sus cometidos. Pero es un espejismo transitorio. Sin gobierno, con un gobierno en funciones, los cambios necesarios no cuentan con respaldo político, leyes, regulaciones, control parlamentario y, al final, tras un tran-tran de inoperancia, la parálisis se apodera de todo.

Por eso, queremos ya un buen gobierno. Nos merecemos ya un buen gobierno.

Francisco Javier López Martín

 

CkXGKDZWUAAROVnVamos directos a unas nuevas elecciones generales. No tengo ni idea de qué va a pasar en ellas. Puede que se repitan los mismos resultados, con leves variaciones y los partidos se vean en la misma tesitura que hace seis meses, o puede que no. Vaya usted a saber. No conviene hacerse demasiadas ilusiones en uno u otro sentido, porque el voto es caprichoso y se decide en función de tendencias inescrutables que se van generando, diseñando, calando, o no calando, en cientos de miles de personas. Hay quienes dicen que no van a votar, pero luego votan y quienes dicen y hacen lo contrario.

Lo único cierto y verdadero es que quienes tengan que gobernar este país, a partir del 26 de junio, se van a encontrar un país electoralmente exprimido, pero social y políticamente muy activo. Un país dispuesto a perseguir hasta las madrigueras los rastros de la corrupción. Un país y unos paisanos que comienzan a entender que la salida de la crisis sólo es realidad para unos pocos, porque estos mismos pocos  han diseñado un futuro de precariedad, temporalidad, bajos salarios, escasos derechos y ningún horizonte de futuro hacia el que dirigir nuestros esfuerzos de supervivencia.

Y no estamos dispuestos a acostumbrarnos a esa realidad, por mucho que la alabe el Presidente de la CEOE, el Gobernador del Banco de España, o cualquiera de aquellos que blindan férreamente sus salarios, sus beneficios y sus pensiones, ante cualquier eventualidad futura. Personajes de éxito que burlan la ley hasta que el escándalo es insoportable, e insostenible. Y aun así es casi seguro que no irán a la cárcel, porque en un país con una justicia diseñada para robagallinas, sólo va a la cárcel ese joven que se gastó 79 euros con una tarjeta falsa.

Hay cosas que queremos que cambien y vamos a empujar para que cambien, sea cual sea el signo (izquierda-derecha, arriba-abajo, acá-allá, colorao-descolorío) del partido, o partidos, que se encuentre (o encuentren) en condiciones de formar gobierno a partir del 26 de junio.

Hay 20 puntos que los sindicatos hemos presentado a los partidos políticos, ante esta nueva campaña electoral. Parafraseando a Carlos Puebla, en su famosa canción… 20 puntos, 20 son/ ni uno menos ni uno más/ Si quieren me los aceptan/ y si no chirrín, chirrán. Ese chirrín-chirrán, por cierto,no se lo tomen a guasa. Allá en Cuba viene a significar que hasta aquí hemos llegado. Que lo nuestro se acabó. Tomen ustedes nota, así pues, de las 20 actuaciones que no admiten demora, dilación, ni escamoteo, a partir del día en que votemos de nuevo.

Esos 20 puntos empiezan por el empleo. Este país necesita un Plan de Choque para crear empleo. A continuación la derogación de las reformas laborales impuestas y no negociadas, porque nos dejan a los pies de los caballos del empresariado. En tercer lugar, basta ya de austeridad para los más y derroche y corrupción para unos pocos. Queremos un Salario Mínimo decente que evite que cada vez haya más trabajadores con empleo y en la pobreza. Y una política fiscal justa, porque aquí sólo pagamos nosotros, los que trabajamos, mientras quienes más tienen dejan limosnas en la Hacienda Pública, a base de deducciones, desgravaciones, bonificaciones y maquinaciones fiscales a las que llaman ingeniería o viaje al paraíso.

En séptimo lugar queremos que haya unos mínimos, un suelo, de gasto social reconocido en la Constitución. Queremos recuperar, consolidar y fortalecer el gasto social, porque ese gasto en servicios sociales, en sanidad, en educación, en pensiones, en rentas mínimas, es lo que construye ciudadanía unida, en torno a un proyecto común. No se puede, decimos en noveno lugar, jugar con las pensiones, hay que recuperar el Pacto de Toledo, que el gobierno del PP ha inutilizado.

Y tras el desastre de la ley Wert, hay que derogar la LOMCE y abrir un diálogo sereno y no partidista sobre la educación. Queremos igualdad entre mujeres y hombres. Y no jugarnos la vida y la salud en el puesto de trabajo. Que la Ley de Prevención de Riesgos Laborales deje de ser papel mojado en muchos lugares.

Para quienes no tienen nada, queremos una Renta Mínima. Y queremos políticas reales de lucha contra la pobreza, la vieja pobreza y las nuevas formas de pobreza. Para ello es necesario reforzar los servicios sociales y que actúen de manera integral. Un buen ejemplo es la necesidad de acabar con el abandono, retraso, infradotación, al que se ha sometido a la ley de Dependencia. Las personas mayores y con alguna discapacidad lo necesitan ya.

Este país necesita invertir en su sistema productivo, en su industria, en la calidad de sus servicios. Y este país necesita defender la calidad de su democracia, acabando con leyes mordaza y artículos como el 315.3 del código penal que conducen a la cárcel a los huelguistas.

Necesitamos un gobierno que diga basta a la indecencia de las políticas de una Europa que no respeta los derechos humanos y los derechos sociales. Dramas como el de los refugiados no pueden formar parte de la memoria de Europa que dejemos a nuestros hijos e hijas. Como necesitamos un gobierno que nos defienda de los excesos que anuncian los tratados de libre comercio, que se negocian de espaldas a la gente y que sitúan las vidas y los derechos por debajo de los intereses de las grandes corporaciones. Y con esto acaban los 20 puntos a los que no vamos a renunciar, sea cual sea el gobierno. Vuelvo a parafrasear a Carlos Puebla…No somos intransigentes/ni nos negamos a hablar/pero aceptan nuestros puntos/ o no hay nada que tratar. Ya saben, que sea cual sea el nombre del partido, o partidos, agraciados con la lotería electoral… 20 puntos, 20 son, ni uno menos, ni uno más. Si quieren me los aceptan. Y si no chirrín, chirrán.

Francisco Javier López Martín

Urna-eleccionesEl Producto Interior Bruto comienza a crecer y hay quienes ven en ello un inicio de la recuperación económica y una salida de la crisis. Sin embargo, ese crecimiento del PIB no se está traduciendo en unas mejoras perceptibles de su situación para quienes han sufrido más intensamente los efectos de la crisis y de los recortes aplicados por el Gobierno del PP.

Entre otras cosas, porque el crecimiento español es un fenómeno peculiar en el marco de la Unión Europea y porque se ve acompañado de una inestabilidad mundial que amenaza a países emergentes como China, o como Brasil, que habían mantenido buenos ritmos de crecimiento en los años anteriores.

Algunos factores externos han ayudado a España a ver crecer su PIB. Uno de ellos las inyecciones de dinero del Banco Central Europeo, con una política monetaria expansiva, en sus intentos para salvar el euro, e impulsando el comercio exterior.La caída de los precios del petróleo ha contribuido también a esta situación de crecimiento positivo.

El Gobierno intenta contarnos que si estamos creciendo más que la media es porque han recortado mucho y bien. La verdad es que nuestro crecimiento tiene mucho que ver con situaciones excepcionales como el buen momento turístico, propiciado por la desestabilización de numerosos países mediterráneos que han dejado de recibir turistas. Además, aunque el Gobierno quiera ocultarlo, el gasto público ha crecido, a partir de 2015, porque todos los gobiernos incrementan su gasto cuando hay elecciones y eso siempre mueve la economía.

Nuestro crecimiento es muy frágil y, sobre todo, viene lastrado por la desigualdad. Estamos, por el momento, ante una salida en falso, que es más estancamiento que crecimiento sano y vigoroso. Las rentas se han debilitado de tal forma que el mayor consumo es muy desequilibrado, porque la desigualdad ha crecido en España más que cualquiera de los países desarrollados de nuestro entorno.

El Gobierno ha debilitado a conciencia los recursos para la sanidad pública, la educación pública, los servicios sociales, la atención a la dependencia, las inversiones, las políticas públicas. Las tasas de riesgo de pobreza han crecido hasta el punto de que casi una de cada tres personas se encuentra en esta situación, mientras que antes de la crisis eran una de cada cinco.

Y ahora vamos de cabeza a unas nuevas elecciones, a la repetición de un proceso que vamos a revivir como si de un año de la marmota se tratase. Un proceso que nos ha cansado y aburrido. Se les nota el desgaste a los propios candidatos, con la excepción de Rajoy, que no ha hecho nada de nada a lo largo de todos estos meses y se presenta fresco y lozano, salvo la mochila de escándalos vinculados a la corrupción que cada día se abulta más en susespaldas. Y aún así se consuela pensando que la corrupción no tiene coste electoral alguno.

Ese cansancio, ese aburrimiento puede traducirse en una menor participación electoral. Ya sabemos que cuando la abstención aumenta las fuerzas de progreso siempre salen perdiendo y los elementos más conservadores salen beneficiados.

Y sin embargo, es ahora, cuando comenzamos a ver una cierta luz en el horizonte, por débil que esta sea, cuando hay que impulsar políticas que reivindiquen una salida justa de las crisis, que combatan las desigualdades que amenazan con destrozar la convivencia en España.

Es ahora cuando hay que proteger a las personas desempleadas, consolidar las pensiones de nuestras personas mayores y dependientes. Es momento de fortalecerla inversión pública. Devolver a los trabajadores y trabajadoras los derechos arrebatados por las reformas laborales. Establecer un salario mínimo de, al menos 800 euros mensuales. Relanzar la ley de dependencia, e impulsar las rentas mínimas para quienes carecen de todo tipo de recursos. Es tiempo de que la calidad de los servicios públicos se convierta en prioridad frente a los abusos de las privatizaciones, externalizaciones y concesiones que sólo responden a intereses privados.

Estamos hastiados de que la corrupción se haya convertido en parte esencial del funcionamiento de tramas político-empresariales. Estamos hartos de que el dinero y el poder se hayan convertido en ejes vertebradores de la política. Estamos cansados de que la publicidad, la propaganda y el postureo, acaparen el debate, mientras las soluciones a nuestros problemas, se dilatan sine die. Pero, ese cansancio, ese hastío, ese aburrimiento, no deberían concluir en abstención, salvo que queramos realizar un intento fallido de castigar a los políticos castigándonos innecesariamente a nosotros mismos.

Es la hora de votar desde la conciencia de que nuestro voto masivo puede convertirse en nuestra mejor lección a la clase política. Un mandato para acabar con la corrupción e impulsar políticas que aporten soluciones y combatan las desigualdades. La campaña electoral es un buen momento para exigir que las promesas electorales se conviertan el 26-J en contrato de exigible cumplimiento para cuantos sean votados y elegidos.

Ser político ya no es lo que era. Hoy ser político debería ser firmar un contrato y cumplirlo. Y el voto es nuestra firma en dicho contrato.

Francisco Javier López Martín

desastre de la educacionEs cansino, pero muy eficaz, ese machacón bombardeo que sitúa a la formación y la educación como instrumentos al servicio de la economía. Alentar insistentemente este enfoque sesgado pretende hacernos olvidar, más temprano que tarde, que la educación y la formación son derechos constitucionales y que la “competitividad” de las empresas no puede prevalecer sobre las necesidades individuales y sociales.

Para alimentar aún más estas tendencias intencionadas se promueven estudios y encuestas que concluyen sistemáticamente que existen serios desajustes entre las aptitudes que demandan las empresas y la falta de personas la formación necesaria.  Se airean datos como que hay 59.000 vacantes de puestos de trabajo sin cubrir a finales de 2015, por falta de cualificación.

Pero claro, estos creadores de tendencia obvian dos circunstancias que no hay que olvidar: contamos con la generación de jóvenes en paro más cualificada de la historia y con 4.800.000 personas paradas en estas mismas fechas. Así visto, el planteamiento de la falta de personas cualificadas suena hasta ridículo.

Vivimos en un país poco valorado internacionalmente desde el punto de vista educativo.  Los niveles de fracaso y abandono escolar son demasiado altos. De otra parte, el famoso informe de pago, el llamado informe PISA, nos sitúa también bastante mal. La respuesta del PP, inducida por la soberbia de ministro Wert, ha consistido en atacar con brutalidad el eje vertebrador de la educación española, la escuela pública.

Si la LOMCE ha destrozado el consenso educativo, el Ministerio de Educación ha ido reduciendo la inversión en programas que compensan desigualdades, hasta un 24% entre 2009 y 2015. El número de docentes ha caído en 30.000 personas menos, mientras el alumnado crecía un 17%. Sin embargo los centros concertados han observado la tendencia contraria.  Más inversiones pese a que el alumnado en los mismos sólo ha crecido un 5%.

Las alumnas y alumnos son segregados, clasificados, dirigidos durante la educación infantil y la enseñanza obligatoria. Al final la desigualdad se consagra dirigiendo a las alumnas y alumnos con mayores dificultades hacia una artificialmente devaluada Formación Profesional. Ese procedimiento perverso consigue mantener la mala imagen de la formación profesional que es, sin embargo, prioritaria y preferente como opción en muchos países de Europa.

El gobierno del PP ha propiciado la caída de efectivos en el profesorado, el aumento del mínimo de alumnas y alumnos por profesor, o profesora, la elevada rotación de las plantillas. La única preocupación de la reforma de Wert y la aprobación sin acuerdos de su LOMCE, consiste en actuar sobre la formación del profesorado para que cumplan los objetivos de la nueva ley y mejorar así nuestra posición en el informe PISA, un informe devaluado y sesgado, que se elabora en función de los interesas económicos de la OCDE.

Se desprecian así, criterios y orientación de otros organismos mundiales, como la UNESCO, que prestan atención no solo a los contenidos, sino a la capacidad de las nuevas generaciones, para vivir en sociedades  complejas, lo cual exige un profesorado preparado para el diálogo y el consenso. Para preparar a las nuevas generaciones para analizar, diseccionar, juzgar y actuar sobre la realidad, desde diferentes puntos de vista.

Es verdad que mejorar la cualificación general es importante. Pero prestando atención, especialmente, a las personas desempleadas. Sólo se ha ejecutado el 60% del presupuesto para formación de personas desempleadas, mientras que sólo el 5% de ellas han recibido formación.

Una posible línea de actuación podría pasar por el impulso a la formación dual tanto desde el Ministerio de Educación, como el de Empleo. Sin embargo, más allá de las declaraciones rimbombantes, no existen evaluaciones de calidad, cantidad, e impacto de ese tipo de formación en nuestro país.

Además de que la implantación de programas autodenominados de “formación dual” en la educación y a través de los contratos de formación, deja mucho que desear y tiene muy poco que ver con el modelo alemán, o de otros países europeos. Hay recursos, se aplican bonificaciones y ayudas a las empresas, crecen los contratos de formación, pero la realidad es muy poca formación y muy baja y mala contratación.

Por último, en lugar de implicar a las universidades en estos retos de cualificación y empleo, se las embarca en la expansión de la oferta formativa descontrolada de másters, cursos, títulos propios, de cuestionable calidad en algunos casos.

En lugar de racionalizar y coordinar cada vez mejor la Universidad con la sociedad y la realidad de las empresas, se alienta la constitución de nuevas universidades privadas y la desregulación de la duración del primer ciclo, situándolo en 3ó 4 años, en lugar de buscar una mayor racionalización de la formación universitaria.

El panorama en la educación no es, ni mucho menos, prometedor. Y, sin embargo, cada vez aparece como más necesario un pacto de Estado, en esta materia, de la inmensa mayoría de los partidos políticos y del conjunto de la sociedad, que sustituya la imposición de las políticas por la capacidad de diálogo y negociación.

El horizonte de un nuevo gobierno que surja del aparentemente inevitable “ponte bien y estate quieto” de una nueva foto electoral, parece aún lejano, e incierto y, en el mientras tanto, las inercias de los recortes (también educativos), por más en funciones que las consideremos, siguen triunfando. Sembrando problemas y recogiendo malestares y contestación. Impidiendo acuerdos y soluciones negociados. Pero decididamente, en este país, cuando se trata de ir a la batalla, el fervor es imbatible. Otra cosa es cómo volvemos de la misma. Otra cosa es contabilizar los desastres de la guerra. Pero eso ya, que lo haga un tal Francisco de Goya, que se le da bien dibujar.

Francisco Javier López Martín

el 1 de mayo

Conmemoramos, este año, el 130 aniversario de aquel Primero de Mayo de 1886, en el que los trabajadores y trabajadoras de Chicago padecieron la brutal represión de una huelga y de las manifestaciones en las que reivindicaban la jornada laboral de ocho horas, que constituía la base de unas condiciones dignas de trabajo. Manifestaciones en las que murieron y fueron heridas muchas personas y que culminaron en la revuelta de Haymarket Square.

Es un buen momento para recordar, como cada año, los nombres de aquellos tres periodistas, Albert Parsons, August Spies y Adolf Fischer. El de aquel carpintero, Louis Lingg. Y de aquel tipógrafo, George Engel, que fueron condenados a muerte y ejecutados de forma inmediata, por participar, alentar, encabezaraquella huelga y aquellas manifestaciones. Mientras Samuel Fielden, Oscar Neebe y Michel Schwab, eran condenados a cadenas perpetuas o numerosos años de cárcel.

El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal y se ha vuelto loco de remate: piensa precisamente en estos momentos en iniciar una huelga por el logro del sistema de ocho horas, clamaba el Philadelphia Telegram, antes de la huelga.

Qué mejores sospechosos que la plana mayor de los anarquistas. ¡A la horca los brutos asesinos, rufianes rojos comunistas, monstruos sanguinarios, fabricantes de bombas, gentuza que no son otra cosa que el rezago de Europa que buscó nuestras costas para abusar de nuestra hospitalidad y desafiar a la autoridad de nuestra nación y que en todos estos años no han hecho otra cosa que proclamar doctrinas sediciosas y peligrosas! clamaban los tertulianos de turno desde las columnas de los periódicos, tras los sucesos de Haymarket del 4 de mayo.

Es buen momento para recordar que aquellas reivindicaciones que aspiraban a una vida digna y un trabajo decente, han tenido un largo recorrido cargado de persecuciones, cárcel, dolor, tortura y muerte, bajo acusaciones parecidas, a cargo de los poderosos, los ricos y su ejército de pícaros plañideros, holgazanes y perceptores de incontables mamandurrias.

Es buen momento para recordar que, pese a los años transcurridos, las formas de explotación de la clase trabajadora siguen siendo básicamente las mismas, aunque se han perfeccionado de tal manera que, al igual que en aquellos lejanos días, son presentadas y asumidas como inevitables y hasta necesarias.

Una de las consecuencias de esta explotación vigente es que el Primero de Mayo es explicado como una conmemoración obsoleta, anacrónica y caduca, a la que se aferran, tan sólo, aquellos que se niegan a adaptarse a unos supuestos nuevos tiempos, en los que la clase trabajadora ha desaparecido de la escena de la historia. Tesis, por cierto, en la que coinciden todos los tirios y hasta algunos troyanos de nuevo cuño.

Y, sin embargo, la clase trabajadora sigue existiendo, porque la explotación del hombre por el hombre no ha desaparecido. Es más, esa explotación se ha despojado de la careta y se nos muestra en su más cruda realidad. Sólo hay que escapar del bombardeo constante de imágenes publicitarias, que nos alientan a un consumo infinito e insaciable, para reparar en las enormes grietas y las horribles cicatrices que esa explotación produce en nuestra vida cotidiana.

La corrupción que se adueña de la economía y devora la política. El inmenso poder de corporaciones como Coca-Cola, capaces de burlar la justicia, incumplir sentencias, despreciar a las personas que trabajan en sus factorías, robar el agua a pueblos enteros, mientras, al mismo tiempo, dona ingentes cantidades de latas con sus productos a los bancos de alimentos y financia instituciones sanitarias predispuestas a cantar las bondades de sus productos.

La persecución a la que el Estado somete en España a centenares de sindicalistas que han tenido el atrevimiento de participar en huelgas contra los recortes brutales de los derechos laborales y sociales. Los 8 de Airbús han salido relativamente bien parados, no sin antes sufrir años de sufrimiento y amenaza. Han visto reconocida su inocencia, pero la propia sentencia establece la  plena vigencia del artículo 315.3 del Código Penal, que sigue siendo la base sobre la cual los fiscales sustentan las peticiones de cárcel para los sindicalistas, en otros centenares de juicios abiertos, de incierto resultado.

El deterioro del Estado Social y Democrático de Derecho, reconocido en nuestra Constitución, recortado y a punto de ser jubilado, atado de pies y manos en su imprescindible tarea de asegurar la calidad de la sanidad, de la educación, de los servicios sociales, de la atención a la dependencia, del derecho a una vivienda digna, del derecho a un trabajo decente y un salario digno.

Cada vez que un paciente se ve relegado a una larga lista de espera. Cada vez que desaparece una maestra o un maestro de una escuela pública, a causa de los recortes. Cada vez que una mujer anciana se ve imposibilitada para mantener un nivel digno de autonomía personal, porque ve recortada su ayuda a domicilio, o su grado de dependencia. Cada vez que quien no tiene recursos, ni puede acceder a un empleo, pierde su vivienda, sin que nadie le asegure eso que eufemísticamente se ha dado en denominar una “solución habitacional”.

Cada vez que una persona que necesita un empleo, no lo encuentra, o recibe una oferta que no cubre sus más mínimas necesidades básicas. Cada vez que un joven tiene que buscarse la vida fuera de nuestras fronteras, porque aquí es imposible labrarse un futuro. Cada vez que quien no tiene trabajo, ni salario, ve negado el acceso a unas rentas mínimas que aseguren su suficiencia económica, para atender sus necesidades familiares.

Cada vez que alguien muere en el trabajo, o a causa de enfermedades contraídas en el desempeño de unas tareas que no cuentan con las medidas de prevención adecuadas. Cada vez que alguien necesita una ayuda social y se topa con un muro infranqueable, legal pero injusto. Cada vez que quien huye de una guerra y se ve privado del derecho humano a encontrar refugio seguro, o que vuelve a morir una mujer a manos de su pareja.

Cada vez que estas cosas ocurren (y lo hacen con frecuencia pasmosa y pertinaz), el Primero de Mayo vuelve para recordarnos que sólo la voluntad de ser y existir puede sacarnos de este atolladero. Que otra vida mejor es posible. Que estas maldiciones no son condenas ineludibles. Que sólo nuestro miedo, nuestra falta de unidad, permiten la pervivencia de la explotación. Y que el trabajo sindical, la organización de la solidaridad, son una de las mejores herramientas con las que contamos para poner fin y coto a tanto desmán.

Hace años escribí un libro titulado El Madrid del Primero de Mayo. En él me detenía en los lugares, los edificios, que jalonan el recorrido tradicional de las manifestaciones del Primero de Mayo en la capital. No era, obviamente, un mero libro de arquitectura, ni una guía turística más ( al estilo del Madrid de los Austrias, los Borbones, o de Galdós), sino una reflexión sobre el esfuerzo de millones de personas, a lo largo de la historia, para construir lugares para la convivencia.

Lugares, espacios para la convivencia, que sólo podrán ser disfrutados plenamente cuando la libertad, la justicia, los derechos, sean el patrimonio común que a todas y todos nos pertenecen, nos albergan, nos protegen. Mientras tanto, mientras ese día llega, tras 130 años, tendremos que seguir saliendo a las calles de todo el mundo, cada Primero de Mayo, porque siendo los más, seguimos luchando por ser mejores.

Francisco Javier López Martín.

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Vaya por delante que las opiniones que vierto en este artículo son mías, sólo mías y no obedecen a consignas o decisiones adoptadas por ningún otra persona, individual o jurídica, que no sea yo. Y vaya por delante, ya puestos a prestar declaración de intenciones, que no pretendo que sean la verdad, sino tan sólo mi forma de ver las cosas en este momento, que bien pudiera cambiar mañana, si leo o escucho algo, si mantengo una conversación con alguien, si le doy un par de vueltas más y concluyo que todo podría ser de otra manera a como hoy lo expreso.

La frase que aparece como titular de este artículo no es mía. Todo parece ya estar inventado. La he encontrado atribuida a Ernesto Ché Guevara. Pero parece que el guerrillero argentino, cubano, congoleño, boliviano, fue más expeditivo y lo que dijo es que Seamos realistas y hagamos lo imposible. Es cierto que su aventura acabó de mala manera en aquella quebrada del Yuro y en la escuelita de La Higuera, tomada militarmente, pero donde hoy se asienta un museo de la memoria, según indican las guías del departamento de turismo boliviano.

Y, sin embargo, la frase tiene su aquel, si pensamos en estos tiempos extraños, en los que cosas que creímos imposibles, se han transformado en una realidad cotidiana. Corrupción por doquier y corruptos bajo cada ladrillo. Jóvenes que parten como nuevos indianos a buscar fortuna por el mundo. Empleos temporales, precarios, sin derechos, a los que llaman competitivos. Hospitales como negocio, escuelas como negocio, ancianos abandonados, pero negocio.

Así las cosas, si lo que parecía futuro imposible se ha convertido en perfectamente posible y hasta lógico y saludado como modernidad inevitable, también podemos considerar realista hacer lo que, los causantes de tanto desastre, consideran imposible. Ya lo dijo Humpty Dumpty,  La cuestión, Alicia, es saber quién es el que manda.

Otros atribuyen la frase al Mayo del 68, ese 15M, algo más expeditivo, que se adueñó de las calles de París, como de otras calles europeas y norteamericanas, o como lo hizo luego de las calles de Praga. Cuentan que, de la misma manera que un hombre mayor como Stéphane Hessell inventó aquello de Indignaos, hace casi 50 años, otro hombre mayor, Herbert Marcuse, lanzó aquello de Seamos realistas, pidamos lo imposible, convirtiéndolo en uno de los lemas favoritos  de las revueltas estudiantiles.

Luego llegaron los tiempos en los que de Gaulle se encargó de convencer a Francia de que bajo los adoquines de las calles no se encontraba la playa, al igual que inmediatamente después de nuestro 15M un impasible, impertérrito y lacónico Mariano Rajoy, se encargó de intentar convencernos de que una oleada de recortes no era otra cosa que una necesaria, obligada e imprescindible cruzada de “reformas estructurales”, que debía ser saludada de buena gana por los españoles, sobre todo los muy españoles y los mucho españoles.

También existe, para ir terminando con la divagación, la versión expeditiva de la aparente “contradictio in terminis” de Herbert Marcuse, según la cual la frase debería quedar redactada de la siguiente manera, Seamos realistas, exijamos lo imposible. Sea como fuere, contradictoria en sí misma, oxímoron o no, ha llegado el momento de plantear el fondo de la cuestión que me trae por estos derroteros.

En estos días, varias fuerzas políticas parece que se encaminan hacia uno de esos imposibles. Oyéndoles hablar a unos y otros, bien podríamos llegar a pensar que ese imposible es además fruto de un destino inevitable, que nos conduce de cabeza a unas nuevas elecciones generales. Como si, de nuevo, las muchas Españas que habitan las Españas, se hubieran embarcado en una “guerra civil”, esta vez sin inútiles derramamientos de sangre, que han sido sustituidos por un espectáculo televisivo de agresiones verbales de alto nivel de decibelios, alentado por palmeros tertulianos. Avance supone, sin duda alguna, haber cambiado la fiesta nacional taurina por este reality show de charanga y pandereta.

Creo que se equivocan quienes, a base de artículos de opinión y de opiniones machaconas, aderezadas con encuestas de encargo, intentan marcar la tendencia que alienta la celebración de unas nuevas elecciones generales. Y se equivocan porque unas nuevas elecciones supondría decirnos a la gente que hemos votado mal, que nos hemos  equivocado de voto y que estamos condenados a seguir votando hasta que lo hagamos bien y a gusto de los partidos. Yo aviso que votaré lo mismo y otros puede que decidan quedarse en su casa. En todo caso, supondría un fracaso de los políticos del momento para gestionar una realidad plural y fracturada por la crisis y por la corrupción estructural.

Por eso pienso que es conveniente pedir lo imposible. Ni siquiera lo exijo. Tan sólo animo a hacerlo. Y ese imposible comienza por alcanzar un acuerdo para regenerar la política nacional, combatir la corrupción y emprender una revisión de la Constitución (una buena Constitución si se me permite), para que en ella se vean reflejados la diversidad, la pluralidad, los regionalismos, o los nacionalismos, que habitan en la península.

Continúa lo imposible por ponerse de acuerdo en que las desigualdades y pobreza crecientes, no puede ser la marca distintiva de nuestro futuro ni en Europa, ni en el planeta. Que no hay recuperación económica, ni regeneración política posibles, si no nos dotamos de instrumentos, como una renta mínima, que eviten que haya personas que carecen de los recursos elementales para garantizar su supervivencia. Si no mejoramos nuestro Salario Mínimo Interprofesional llevándolo, cuando menos, a los 800 euros. Si no mejoramos la protección de esos millones de personas que se han enquistado en el desempleo, perdiendo todo tipo de prestaciones y sin esperanza alguna de que los servicios públicos de empleo les faciliten una nueva oportunidad.

No creo que sea imposible revertir las reformas laborales, que han destrozado las relaciones laborales y han apostado por un futuro de precariedad, temporalidad y falta de derechos para las personas trabajadoras. Un futuro de abuso laboral sin límites, incapaz de dar una sola señal de esperanza a nuestros jóvenes. O dar marcha atrás en reformas como la de la formación, que han destrozado un sistema construido durante décadas ( y por lo tanto mejorable, sin duda), para sustituirlo por un mercadeo abierto a la picaresca y que alienta el fraude, sin garantizar ni la calidad, ni la propia formación.

Tampoco veo nada imposible que pueda haber un acuerdo generalizado para evitar que la participación en una huelga sea constitutivo de delito y merecedor de penas de cárcel, tal y como establece el famoso artículo 315.3, que esgrimen los fiscales para exigir condenas desproporcionadas contra los sindicalistas, mientras aseguran la impunidad de los patronos  que vulneran el derecho de huelga de sus trabajadores, sin petición de condena alguna.

Creo que es realista pedir lo imposible de un cumplimiento de la ley de dependencia para que nuestras personas mayores cuenten con los servicios y recursos necesarios. Y creo que es realista exigir que, tras toda una vida de trabajo, las pensiones sean dignas y decentes y no pierdan nunca poder adquisitivo. Como creo en la necesidad de que tipos como Wert no destrocen la educación pública y que la sanidad, la educación, los servicios sociales, formen parte de esas políticas intocables, porque hay consenso en su carácter público, gratuito y universal.

Y no debiera ser imposible asegurar el derecho a una vivienda. O el derecho a pagar impuestos de forma equilibrada y justa, en un país en el que la inmensa mayoría terminamos pagando la fiesta de unos pocos. No creo en la imposibilidad de ponerse de acuerdo para combatir y prevenir la violencia de género, en las familias y en las empresas.

Unos más liberales y otros menos, no creo que nadie considere imposible tampoco ponerse de acuerdo en que la inversión pública (como ocurre en Estados Unidos) constituye un importante motor para impulsar la inversión privada y la creación de empleo.

Alcanzar estos imposibles y hasta algún otro que se me esté olvidando, o que no menciono, para no extenderme aún más, se me antoja realista y hasta acorde con la expresión del voto de la ciudadanía española. Si hubiéramos querido más turno de poder lo habríamos votado así. Pero parece que queremos otra cosa y ahora toca a los partidos ser realistas y hacer lo imposible. Alguien dirá que este deseo es una utopía, pero a fin de cuentas la utopía es, tan sólo, lo que todavía no existe.

 

Francisco Javier López Martín

escuela-aprendices_50552Cuando hablamos de la Formación, en un contexto de paro elevado y crisis económica, tendemos a creer que esa formación va a solucionar el problema por si misma. Los propios responsables políticos alimentan esta gran mentira al afirmar, cada vez que inauguran un nuevo programa de Formación, que va a mejorar mucho la empleabilidad de quienes participen en el mismo.

Y no es que sea mentira que la empleabilidad aumenta cuando se está más formado, pero si no hay puestos de trabajo, no hay empleo que valga. Y si el empleo que te ofrecen es un empleo basura, pues lo único que tendrás es precariedad, por muy cualificado que estés.

Lo cierto es que, si la economía genera empleo, es más probable que lo ocupen las personas más cualificadas, pero también es cierto que la cualificación, por si misma, no crea empleo, al menos de forma inmediata.

Otra cosa es que un buen nivel de cualificación de las personas atrae inversiones que necesitan de esa cualificación y que no van allí donde el nivel formativo es bajo. Pero estos son movimientos en el medio y largo plazo y no coyunturales y rápidos.

Cuando hablamos de la formación dual, que combina formación teórica y práctica en las empresas, podemos correr ese mismo riesgo de entonar un mantra repetitivo y pensar en una solución idílica de los problemas de empleo, para terminar descubriendo que esa formación dual no es más que la antesala de la precariedad laboral para toda la vida.  Una formación que, en el caso español, condena no pocas veces a ser aprendices de por vida, a base de contratos de formación, becas, prácticas y demás eufemismos que tan solo ocultan alta temporalidad y mucha, mucha, explotación laboral y precariedad.

Vivimos un momento político muy interesante, que debería permitirnos afrontar los problemas y abordar soluciones reales. De hecho, aún antes de formarse gobierno, ya existen algunas iniciativas parlamentarias (me acaba de llegar a las manos la del Grupo Parlamentario de Podemos-En Comú-En Marea) que abordan el problema concreto de las prácticas no laborales en las empresas, que realizan estudiantes universitarios y de formación profesional (FP).

Creo que son los primeros pasos que van en la buena dirección y tan sólo espero que el nuevo gobierno, que deseo no tarde demasiado en constituirse, ponga en marcha medidas para aprovechar un escenario europeo favorable a vincular formación con prácticas, pero evitando la explotación laboral y la precariedad en dichas prácticas.  Porque es verdad que la formación dual, cuando se aplica en condiciones decentes, contribuye a que el paro no sea tan elevado entre las personas jóvenes.

Así ocurre en Alemania, en Holanda o en Austria, por poner algunos ejemplos. Además, en estos países, la transición entre la formación y el empleo se ve facilitada. Eso sí, siempre que la formación se realice en el marco de centros educativos (FP, universidad), siempre que las prácticas se realicen en empresas que acrediten la calidad y obteniendo una titulación oficial de la cualificación adquirida.  Siempre, por último, que se garantice a la persona que se forma realizando prácticas en las empresas, la condición de empleado, con un salario digno y con derechos laborales regulados con carácter general y en la negociación colectiva.

Se quejan los empresarios de que, pese al aumento de los niveles de cualificación formales (en 2025 tan sólo el 14 % de los trabajadores y trabajadoras europeos tendrán un bajo nivel de cualificación), las personas que contratan, no tienen la preparación que requiere el puesto de trabajo que van a ocupar.  Pues bien, la formación dual, o formación con prácticas, es un buen instrumento para solucionar el problema. Y la Formación Profesional una herramienta muy útil para facilitar la inserción laboral.

De hecho, los jóvenes europeos aprecian cada vez más este tipo de formación. Más de la mitad de los jóvenes europeos que cursan el segundo ciclo de enseñanza secundaria, lo hacen en FP. Aunque las diferencias son muy notables entre países. Desde el 70% en Austria, al 13% en Chipre. Y junto a Austria, se encuentran Bélgica, Eslovaquia, República Checa, Alemania, Dinamarca, o Francia.  Sin embargo el desarrollo de la formación dual, con prácticas en las empresas, es mucho menor y sólo el 27% de la personas en FP participan en este tipo de programas.

Aquí son países como Alemania y Dinamarca los que lideran la implantación de la formación dual, seguidos de Austria, Eslovaquia, Suecia. Francia se encuentra cerca de esa media del 27% y hay países como Bélgica que, pese a tener una alta tasa de estudiantes de FP, de ellos, menos del 5% participan en programas que combinen el centro educativo y el empleo.

El mito de una FP asociada a una formación de segunda categoría, en comparación con la Universidad, se puede diluir a medida que nuevas profesiones, como las Técnicas de Información y Comunicación (TIC), informática, energías renovables, sanidad, etc…) vayan incorporando estas cualificaciones y en la medida en que establezcamos pasarelas de homologación, equivalencia, tránsito, hacia la educación universitaria y desde la formación universitaria hacia la FP.

En España tenemos un problema añadido. El tejido empresarial cuenta con mucha pequeña empresa y microempresa y pocas grandes empresas, lo cual dificulta el desarrollo de la formación dual, con prácticas de aprendizaje, si tenemos en cuenta que las grandes empresas, son las que mejor aprovechan y utilizan esta modalidad de formación.

Queda, así pues, todo un trabajo de información, formación y desarrollo de la Formación Profesional con prácticas en las empresas, que anime y organice esa participación de pequeñas y medianas empresas en este tipo de programas.

Formar aprendices es mejorar la innovación y la capacidad futura de la empresa para asegurar su desarrollo. Significa también poner en contacto a trabajadores y trabajadoras mayores, con mucha experiencia, con jóvenes que aspiran a trabajar. Supone una cultura empresarial que huye del pelotazo y el beneficio rápido y fácil, para buscar cualificación, calidad y futuro. No es algo muy propio de la cultura empresarial española y así nos va. Pero también hay otro tipo de culturas empresariales y las culturas viciadas hay que erradicarlas promoviendo modelos más sanos y sostenibles de crecimiento.

Los empresarios que quieran afrontar este reto, van a contar con el apoyo cooperación de unos sindicatos que históricamente hemos apostado por Formación de Aprendices, y que ya desde nuestros orígenes, cuando los gobiernos no ofrecían estas posibilidades, crearon Escuelas de Aprendices en los más diferentes artes y oficios.

Lo mismo que pueden esperar unos gobiernos, central, autonómicos, o municipales, que quieran regular y promover la formación dual, la formación con prácticas, la formación de aprendices, para dotarla de garantías, calidad y derechos para quienes participen en la misma.

Es una propuesta que realizamos por enésima vez y que ha sido imposible con un Gobierno de crisis y recortes de derechos, pero que debe abordarse en el futuro inmediato, si no queremos perder el tren de la cualificación y el empleo.

Abordar una formación dual, que se asiente en bases distintas a las del actual contrato de formación y aprendizaje, para evitar el fraude generalizado y la explotación abusiva de nuestros jóvenes. Dotar de calidad a los períodos de prácticas, negociando un Estatuto de la Persona en Prácticas. Hay que revisar las malas prácticas y el mal uso de las bonificaciones empresariales y subvenciones que incorporan prácticas. Reforzar el diálogo social de los gobiernos, empresarios, representantes de las trabajadoras y trabajadores, sobre las condiciones de la Formación Dual.

Son cosas sencillas. Son propuestas razonables, de puro sentido común, que aprovechan la experiencia europea. Propuestas que cualquier gobierno debería acometer cuanto antes. Empecemos a demostrar a nuestra ciudadanía y a Europa que España no es tan diferente. Que no hay un pícaro, cuando no un corrupto, o un salteador de caminos, tras cada esquina. Que África no empieza en los Pirineos.

Francisco Javier López Martín

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