12 Nov, 2017

L´esquerra al vent

Hace unos días unos amigos de La Izquierda me invitaron a participar en un acto en el Ateneo de Madrid. Presentaban un Manifiesto en el que realizaban un llamamiento a la unidad de la izquierda, para recuperar el protagonismo de las fuerzas progresistas en la superación de una situación política y económica que trae al país por la calle de la amargura.

Saben mis amigos que no milito en ningún proyecto político en estos momentos. Por eso me piden que mi intervención se dedique a explicar cómo veo hoy la izquierda y las posibilidades de unidad de la misma. No parece tarea fácil, cuando la izquierda se manifiesta incapaz de conjurar la maldición del sectarismo y la división.

Uno es de izquierdas por nacimiento, por convicción, o por las dos cosas al mismo tiempo. Mi abuelo paterno vivía en la Sierra de Guadarrama, pertenecía a la UGT y al PSOE. Ya he contado en otras ocasiones que partió voluntario a la guerra con sus 42 años a cuesta (le llamaban el abuelo) y nunca volvió. Aún no sé dónde murió. Dejó mujer y tres hijos. Luego, mi abuela, recogió a una niña huérfana del pueblo y ya eran cuatro hijos en esa familia sin padre.

En la otra rama de la familia, mis abuelos maternos dirigían las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), en su pueblo, cercano a Talavera de la Reina. El avance de las tropas sublevadas el 18 de julio del 36 les llevó a huir por los caminos para llegar a Madrid. Mi abuelo combatió, fue soterrado por una bomba y terminó pagando con la cárcel su osadía. Mi abuela también fue encarcelada, en la misma cárcel en la que se encontraban las 13 Rosas. Sus siete hijos repartidos entre familiares y hospicios.

Ese es mi ADN. Pero el destino no está escrito. Podría haber acabado siendo de derechas, conservador, o fraile. Pero también, en este caso, la vida se conjuró para que viviera en un barrio obrero. Un barrio rodeado por fábricas como Marconi, Barreiros, Standard Eléctrica y pespunteado con pequeños comercios y talleres.

La gente decente que he conocido era, casi siempre y mayoritariamente, de izquierdas. Fueron esas personas trabajadoras las que condujeron mi personal transición hacia la democracia. No sabíamos qué cosa sería aquello. La libertad, a fin de cuentas, era un  sueño siempre postergado en la pesadilla del franquismo.

Por eso, ahora, cuando veo algunas gentes poner en solfa y cuestión aquel camino, eso que llaman, despectivamente, el régimen del 78, no puedo dejar de sentir tristeza por la tremenda injusticia que se comete con cuantos combatieron el franquismo e hicieron palanca para traer la libertad.

Para entender aquel momento y las decisiones que tomaron hay que recordar lo que decía Largo Caballero, en Berlín, tras ser liberado en 1945, por el Ejército Rojo, del campo de concentración nazi de Sachsenhausen: Hace algunos años, en un mitin celebrado en el cine Pardiñas de Madrid hablamos Besteiro, Saborit y yo. En mi peroración dije, Si me preguntan qué es lo que quiero, contestaré República, República, República. Hoy si me hicieran la misma pregunta respondería: Libertad, Libertad, Libertad. Pero libertad efectiva; después ponga usted al régimen el nombre que quiera.

No había dejado de ser, el Lenin español, socialista y republicano. No se había hecho monárquico, ni mucho menos fascista. Había entendido la necesidad de priorizar la libertad, tras el horror sembrado por el terror nazi. Esas son las banderas que la izquierda no puede dejarse arrebatar. Las banderas de la libertad, la igualdad y la solidaridad.

Para ello la izquierda necesita unidad, que no uniformidad. El mérito no consiste en unir a los que piensan igual, sino en mantener unido lo diverso y plural. Aceptar el debate a tumba abierta, respetar las decisiones mayoritarias, integrar a quienes quedaron en minoría. Abandonar la enfermedad infantil del egoísmo sectario que nos hace creer que nuestras pasiones coinciden con el interés general.

Esa es hoy la responsabilidad de la izquierda española. Construir la unidad para que el momento histórico que afrontamos se resuelva a favor de quienes más necesitan sentirse libres e iguales.

Hubo un día en el que tiramos la estaca. Hoy la responsabilidad exige ponerse en marcha, recorrer nuestro propio camino, Nosaltres al vent, la cara al vent, el cor al vent, les mans al vent, els ulls al vent, al vent del mon.

Los medios de comunicación se hacen eco de que las organizaciones empresariales CEOE y CEPYME han iniciado una ronda de encuentros con grupos parlamentarios del Congreso de los Diputados, para presentar una propuesta de Ley de Formación, a la que han denominado de Formación Profesional en el Trabajo, con la cual pretenden reemplazar la actual Ley 30/2015 por la que se regula el Sistema de Formación Profesional para el Empleo en el ámbito laboral.

El intento merece un comentario y tiene su aquel. Es verdad que la Ley actual fue remitida hace dos años por el gobierno al Congreso y fue aprobada con un nivel de consenso que no se corresponde con el alto grado de incumplimiento de sus objetivos que luego ha demostrado, traicionando todas y cada una de las expectativas creadas y promesas públicas realizadas para justificar aquella reforma impuesta de la formación, que no contó con el acuerdo de empresarios y sindicatos.

De hecho, la única convocatoria estatal de formación que se ha puesto en marcha tras la aprobación de la ley, se ha dilatado en el tiempo para su resolución y se ha visto acompañada por el escándalo. Ha demostrado que los males perviven, que la libre concurrencia desordenada de “expertos” en la captación de subvenciones ha convertido la formación en un pantano ingobernable. Ha vuelto a poner de relieve que merecería la pena afrontar, sin tardanza, la negociación de un pacto político y social en torno a la Formación Profesional de los trabajadores y trabajadoras en nuestro país.

No es mala idea, me parece, proponer una nueva Ley. Sólo que eso debería ser el resultado de una negociación previa para no sustituir la imposición del gobierno por la imposición de otra de las partes en conflicto. Dirán los responsables empresariales que otros pueden presentar sus propuestas y, ya si eso, luego las compaginamos.

Pero hubiera sido mejor que los sectores empresariales hubieran negociado con los sindicatos, para luego dirigirse al gobierno y a los partidos políticos con una propuesta conjunta. Nos ahorraríamos tiempo y estériles debates. Un problema de método, dirán entonces, pero es que el método en política es muy importante. Que se lo pregunten a un tal Carles.

Claro que, si lo hubieran hecho así, los sindicalistas les podrían haber espetado que, “ya puestos, por qué hablar sólo de la formación, que os trae por la calle de la amargura, y no de salarios, jornadas de trabajo, combate contra la precariedad, de Salario Mínimo Interprofesional, salud laboral, o de contratos decentes… De la negociación colectiva, vaya”. Y, claro, eso no.

El motivo es que la cúpula empresarial considera que lo primero para los empresarios debe ser “recuperar los altos beneficios empresariales y, cuando nos hayamos hartado, ya caerán las migajas de la mesa, casi por sí mismas, por hartazgo, por hastío, hacia las bocas de los trabajadores, aunque sea en forma de salarios de miseria y empleos precarios. La modernidad es eso. El futuro es así, inevitablemente”.

Han preferido, de nuevo, ir a lo suyo. El propio nombre que han elegido para la ley lo deja claro: Formación Profesional en el Trabajo, frente a Formación Profesional para el Empleo. Dicho de otra manera, las organizaciones empresariales plantean utilizar los recursos de la cuota de formación para formar a quienes ya tienen trabajo y, exclusivamente, en función de las necesidades de la empresa. Incluso los parados que, cuando tenían empleo, habían cotizado a la seguridad social, serían objetivo residual de esta ley. Y eso no es justo. Y lo saben.

Saben que vivimos en una sociedad de alto paro estructural, a causa de un tejido productivo que aporta muy poco valor añadido y que obtiene beneficios para los empresarios a costa de salarios bajos y de una rotación permanente de los trabajadores.

En estas condiciones, salvo unas pocas grandes y medianas empresas que invierten en cualificación de sus trabajadores y trabajadoras, el resto de la formación tiende a convertirse, casi exclusivamente, en una forma de retorno de las cotizaciones de formación, utilizando para ello las bonificaciones empresariales, a cambio de facturar algunos cursillos de formación. O en un requisito molesto, pero fácilmente sorteable y hasta eludible, cuando realizas un contrato laboral que incorpora compromisos de formación a cambio de pagar menos cotizaciones a la Seguridad Social. Basta ponerte en manos de “buenos” asesores de formación y puede que no tengas ni que hacer formación. O como mucho una cosita a distancia.

Se olvidan, además, de que la formación, a lo largo de toda la vida, es un derecho de la persona y una necesidad para el futuro de las empresas. La formación mejora la posibilidad de encontrar empleo, de promocionar, de cambiar de categoría profesional, puesto de trabajo, empresa, o de profesión.

La formación es el mejor capital de los trabajadores. El trabajo y nuestra formación es aquello con lo que contamos, casi lo único con lo que contamos, para abrirnos camino en la vida, atender las necesidades familiares, obtener derechos futuros a una pensión, o una prestación por desempleo.

Es incomprensible que, cuando los organismos europeos y las experiencias sobre mejores prácticas en materia de formación, aconsejan que los procesos y planes de formación de los trabajadores y trabajadoras sean fruto de la negociación entre empresarios y trabajadores, en el marco de la empresa y a niveles sectoriales, la CEOE y la CEPYME sigan considerando que la formación es competencia exclusiva del empresario y que los trabajadores y trabajadoras no tienen nada que decir al respecto, salvo ser informados.

El gobierno, con su ley, ha destrozado el sistema de formación para el empleo. Los empresarios, con su propuesta de Ley, ofrecen la exótica solución de establecer una dictadura del empresariado sobre la formación de los trabajadores y trabajadoras. Sin participación alguna, por lo tanto, de quienes tienen necesidad de  formarse y deberían tener mucho que decir sobre en qué formarse y cómo hacerlo.

Vivimos un tiempo en el que el cómo es tan importante como el qué. Y en este caso, las propuestas de una de las partes (las organizaciones empresariales), son formuladas unilateralmente, de forma egocéntrica y, además, lo hacen sin tomar en cuenta las necesidades, los intereses y las preocupaciones de los demás actores de la formación en nuestro país, ya sean sindicatos, o administraciones.

Comenzar la casa por el tejado es lo que tiene. Te ves obligado a cubrir aguas y poner la bandera, antes de que los muros y sus cimientos hayan sido construidos, consolidados y reforzados, de forma que sean capaces de sostener un entramado tan complejo. Aunque la intención inicial fuera buena, ni el cómo, ni el qué, hacen posible aceptar esta propuesta empresarial como animal de compañía.

6 Nov, 2017

Acoso a artistas

Hace poco leí una noticia en los medios de comunicación sobre las denuncias de algunas grandes actrices estadounidenses contra el superproductor Harvey Weinstein por acoso sexual. Todo un escándalo de agresiones que ha destapado uno de los inframundos sustentan el suelo sobre el que se construyen los escenarios y platós de la industria cinematográfica.

Al parecer, el miedo a no trabajar y ver arruinadas sus carreras profesionales ha permitido que el silencio imperase durante mucho tiempo en torno a un escándalo que era ampliamente conocido, pero no publicitado fuera del inframundo en cuestión.

Un suplemento periodístico dedicado a la mujer ha decidido preguntar a unas cuantas actrices españolas, para saber si la situación en España era la misma. Para ello se ha dirigido a algunas actrices conocidas, como Aitana Sánchez-Gijón, Carla Hidalgo, Ana Gracia, o María Valdivieso.

La respuesta generalizada ha sido que nuestro país no es muy diferente del Imperio en estas cuestiones de acosos sexuales, amenazas y chantajes para obtener un papel. O eso, o no hay trabajo que valga. No todo es así, evidentemente, pero hay ejemplos notorios y silenciados.

He recordado que un amigo mío contaba que su incipiente y casi non nata carrera musical, se vio malograda, merced a una negativa dirigida a un conocido crítico musical y comentarista en los medios. Mis amigos de la Unión de Actores me han referido, no pocas veces, que en una profesión tan desregulada, precaria, temporal y caprichosa como ésta, no faltan abusos, atropellos y arbitrariedades. No importa cuán cualificado te encuentres. Tus oportunidades poco tienen que ver con ello.

Tengo dos hijas que se dedican a este mundillo y, a través de su experiencia, puedo comprobar cada día lo difícil que es abrirse camino en esta profesión. Hay países europeos, conozco el caso de Bélgica, que conceden un Estatuto del Artista a quienes demuestran cada año que esa es su forma de vida principal.

Ese “status” no se regala, sino que se concede cuando se demuestra objetivamente la condición de artista. Permite acceder al desempleo cuando no se trabaja y dejar de cobrarlo cuando se producen ingresos por la actividad artística, o facilita el acceso a asesoramiento y ayuda en los temas más complejos para un artista, como contratación, facturación, o declaración de impuestos.

Pero claro, Bélgica es un país avanzado, aún con crisis y recortes, al que le preocupa seguir siendo referente cultural en Europa y en el mundo. De hecho conozco artistas españoles que actúan por Europa, con ayuda de la Embajada Española, la marca España y hasta el Instituto Cervantes, mientras que aquí no consiguen abrirse camino de forma alguna. Nuestra juventud sabe que para trabajar hay que probar suerte del lado de allá de las fronteras.

Y no es un problema de derechas o izquierdas, porque esas definiciones, en muchas ocasiones y desgraciadamente,  parecen ser tan sólo los apellidos que identifican a los caciques del lugar, elegidos, cooptados por el partido, o de carrera. La dedocracia, el amiguismo, el enchufismo, siguen siendo prácticas comunes, frecuentes y “admitidas” como animal de compañía en demasiados departamentos administrativos.

No hace mucho tiempo, paseaba por unas fiestas de barrio, amenizadas por un nutrido grupo musical. Me saludó la presidenta de la Asociación de Vecinos, que compartía mesa en la terraza de un bar, con el concejal del distrito. Comenté algo sobre la calidad de la música y la respuesta inmediata y satisfecha de aquella buena mujer fue que el grupo actuaba sin cobrar un duro.

Quizá sonó descortés mi respuesta, cuando le dije que quienes limpiasen la plaza, las calles y el parque, tras la fiesta, seguro que cobrarían un salario. Y que quienes ponían el escenario y las luces, mal que bien, también pasarían factura. En cuanto a los del bar, cobrarían las cañas y raciones servidas.

Pero en España la cultura es otro mundo. Tiene valor aleatorio y no tiene precio. Si te lo montas bien, te contrataré de vez en cuando y si, también de vez en cuando, me lo haces por la jeta. Las vidas de nuestros músicos y gentes de la escena, no son muy distintas de la que transitaron sus antecesores medievales y hasta nuestros días. En España hay cosas que nunca cambian. El acoso a los artistas y el desprecio a su trabajo, tampoco.

Dice la Fiscalía Anticorrupción que ha quedado acreditado y probado que Luís el Cabrón es Luís Bárcenas, el extesorero, exgerente y exsenador del PP. Y que en el PP había una caja “B” opaca. Y que no su grupo municipal, sino el susodicho partido, se ha lucrado de la Gürtel. Y que todo este desparramo no ha beneficiado al Estado ni a los españoles.

Andamos sin embargo, tan entretenidos en el jugueteo que se traen Mariano y Carles, que no prestaremos mucha atención a una noticia que, por sí misma, daría lugar a la convocatoria inmediata de elecciones anticipadas en muchos de los países de nuestro entorno.

Un escándalo no muy diferente al vivido en Italia en la década de los 80 del siglo pasado, en torno al Banco Ambrosiano, ligado al Banco Vaticano y bien relacionado con la logia masónica P2 y hasta con elementos de la mafia. Escándalo que tuvo continuidad en los 90, cuando se desencadenó Tangentópolis, un proceso de investigación al que se dio el nombre de Manos Limpias (no confundir en modo alguno con ese engendro sometido ahora a investigación y procesos judiciales en España).

Las corruptelas, corrupciones, sobornos, comisiones y mordidas generalizadas que se destaparon dieron lugar a más de 1200 condenas de responsables empresariales y políticos y condujeron al hundimiento político de la Democracia Cristina y el Partido Socialista de Bettino Craxi.

La maraña de la justicia hizo que peces gordos como Berlusconi o Craxi fueran un día condenados, luego absueltos. Más tarde fueron declarados prescritos algunos de sus delitos. Entre medias se beneficiaron de la inmunidad parlamentaria y por último se acogieron al “Decreto Salvaladrones”, aprobado por un gobierno presidido por el propio Berlusconi, que evitaba la cárcel para este tipo de delitos.

Se me hace a mí que esto de la corrupción forma parte de la idiosincrasia nacional de algunos lugares de Europa, al sur de los Pirineos y los Alpes. En España parece venir de largo. Un buen número de magistrados romanos destinados en Hispania durante un tiempo (pretores, cuestores y demás) acababan a su vuelta a la capital del imperio en cárceles romanas, incapaces de justificar los orígenes de su rápido enriquecimiento.

No en vano el género picaresco es una invención española y buena parte de sus héroes accidentales deambulan por las calles de la capital económica de la península, a mediados del siglo XVI. Madrid era la Corte, pero Sevilla gobernaba el mundo. Al menos el Nuevo.

Esa Sevilla a la que llegaban los barcos cargados de oro y plata de las Indias y en la que buscaban acomodo y supervivencia Rinconete y Cortadillo, Guzmán de Alfarache, el Buscón llamado Don Pablos, la hija de la Celestina, o el Burlador de Sevilla, que no es más que un pícaro por otros medios. Hasta el Diablo Cojuelo recala en Sevilla y el pobre Lázaro de Tormes, se nos aparece doblemente pobre perdido por derroteros salmantinos y toledanos mientras suspira, sin atreverse a decirlo, por emprender camino hacia Sevilla.

El mismísimo Don Quijote, que nunca traspasó la frontera de Sierra Morena, ni nunca entró en Sevilla (aunque sí lo hizo en Barcelona), se topa por los caminos con la presencia recurrente de la ciudad. Su puerto hacia las Indias, su poderío y sus gentes, los personajes que conoció Miguel de Cervantes mientras en Sevilla vivió, se le aparecen al Ingenioso Hidalgo, como destino deseable y como paradigma de la riqueza, el poder, la pobreza de solemnidad y la marginación.

Es verdad que la riqueza americana pasa por Sevilla, enriqueciendo a unos pocos y sembrando migajas entre la numerosa población que allí mora. Pero no es menos cierto que, inmediatamente, el mayor bocado es devorado por aquellos que financian las aventuras de nuestros reyes, ya sean estas aventuras festivas, o guerras continuas. Conquistar todo un imperio para dilapidarlo en disputas interminables entre monarcas de la época y todo por dominar pequeños y ajados territorios europeos.

El españolito malvive y muere pronto en su tierra. Se alista en los tercios para ganar poco y morir joven al modo de Alatriste. O emigra a América para perderse en la inmensidad de las selvas, los valles y los desiertos, como lo hiciera Lope de Aguirre, navegando el Orinoco, en busca de un inalcanzable El Dorado, perdiendo vidas, condenando sus almas y sembrando muerte, dolor y esclavitud a su paso.

Tan solo unos pocos volvieron como ricos indianos, merecedores de reconocimiento general, por la magnificencia de las obras públicas, de caridad y construcción de palacetes que emprendieron y merced a la compra de voluntades que pagaron a buen precio en los pueblos donde habían nacido.

Otros pocos quedaron ricos allá, fortaleciendo las raíces de árboles genealógicos que aún gobiernan los destinos aquellos países, mientras sus descendientes acusan, a quienes nunca hicimos ese camino de ida, ni de vuelta, de haber explotado y masacrado nada menos que todo un continente.

Eduardo Mendoza con su Ciudad de los Prodigios, o Valle-Inclán, con su hija del Capitán dan buena cuenta de cómo asesinatos y hasta directorios militares encuentran acomodo en este país, siempre que se trate de tapar una corrupción generalizada y ventilar el olor a podredumbre cuando ya todo lo impregna.

Visto el desarrollo del culebrón catalán, no es extraño que el mismo día en que Luís Bárcenas resulta desenmascarado como Luís el Cabrón, benefactor de toda su familia política, homologable a nivel estatal con las artes que la familia Pujol desplegaba en Cataluña. Ese mismo día, el drama catalán que se encaminaba a un desenlace trágico, haya girado hacia la comedia, para acabar en melodrama. Retransmitido en directo, en ediciones especiales, exclusivas, monotemáticas.

Y mientras tanto, la vida sigue y todo funciona, más mal que bien, pero funciona. Y, cada día, la ciudadanía se pregunta para qué sirven una política y unos políticos que están como ausentes. Cada vez hay menos diferencia entre los famosos invitados a participar en Gran Hermano y los políticos embarcados en el reality catalán. Es más, el resultado es bien parecido. El país se entretiene, la corrupción pervive, las bajas pasiones afloran en torno a nacionales y nacionalistas, mientras los jefes de Luis el Cabrón y el pujolismo disfrutan de la Gürtell y del tres por ciento, al tiempo que se frotan las manos.

Me gustaría escribir este artículo “objetivamente”, pero bien es sabido que la objetividad de cada cual depende muy mucho del lugar que elige para mirar. Hablar de Paco (oficialmente Francisco) Naranjo, con motivo del libro que presenta esta semana, no puede tener nada de objetivo, porque la amistad es pura subjetividad.

El libro se titula Los carriles de la Vida. El título resulta ineludible porque, según cuenta él mismo, nació debajo de una traviesa negra y alquitranada, contraviniendo las normas más elementales, que dictaban explícitamente que todos los niños debían venir de París, en el pico de una cigüeña. La traviesa en cuestión se encontraba en un lugar llamado Esparragalejo, porque el padre de Naranjo era ferroviario en el cercano apeadero de Proserpina, muy próximo a Mérida.

Avisa la portada que nos encontramos ante un libro de Crónicas de un ferroviario extremeño. Crónicas porque cuanto leeremos es mucho más que un diario de transcripciones aburridas de hechos, acontecimientos y conocimientos personales del autor. Cada breve capítulo recrea momentos, desvela sensaciones, esparce opiniones, disemina anécdotas y evoca en nosotros momentos de nuestras propias vidas.

La verdad del ferroviario, porque eso es lo que ha sido Naranjo, con orgullo, toda su vida. Los dos colectivos más golpeados por la represión franquista tras la guerra civil, le gusta recordar a Almudena Grandes, fueron los maestros y los ferroviarios. Los maestros porque preservaban la cultura para las nuevas generaciones. Los ferroviarios, porque en sus viajes por toda España, transportaban los libros, los panfletos, las enseñanzas de los maestros.

La verdad del extremeño que nunca se sintió charnego en el Madrid que le adoptó y donde se convirtió en un experto en comunicación, mucho antes de que llegaran los “media expert” y se percató de las posibilidades de internet antes de que aparecieran como una novedad los Community Manager.

Paco Naranjo es  ejemplo de trabajador autodidacta, en una España en la que abundan los analfabetos funcionales, con título a cuestas y cargo público, o privado, en ristre. Claro que ha cursado estudios profesionales, pero ha aprendido lo primordial de cuanto sabe por sus propios medios. Fijándose en los mejores, leyendo a los imprescindibles, escribiendo comunicados de prensa, extrayendo lecciones de los momentos vividos, asistiendo a actos culturales, aunque para ello tuviera que disfrazarse de figurante romano en una obra del Teatro Clásico de Mérida.

Si un día, un investigador de las sociedades pasadas (uno de esos que no se fija sólo en los acontecimientos y sus protagonistas  oficiales y autorizados), encontrase el libro Los carriles de la Vida de Francisco Naranjo, en una de las traviesas estanterías de una estación bibliotecaria, habría descubierto las vías de acceso a  lo que Unamuno denominaba la intrahistoria de nuestro tiempo.

Por este tren, pasan los más variados personajes. Desde sus padres, hasta Rafael Alberti, Lorca, Miguel Hernández, o Marcos Ana. Por allí transitan su mujer, Isabel y sus hijos, compartiendo vagón con Dolores Ibarruri, con Lola González, o con Cármen Rodríguez, la mujer de Simón Sánchez Montero.

En el tren, de largo recorrido y lenta velocidad, viajan Marcelino y Josefina, en animada conversación con Genovés y en el mismo vagón un tal Antonio que, más tarde, descubrimos que se apellida Gutiérrez. El senador Pepe Alonso, comparte el mismo compartimento, con literas reservadas, con el profesor anarquista Agustín García Calvo, el sindicalista Paco el Cura y el luchador vecinal Paco Caño.

A través de las ventanillas podemos contemplar escenas de la vida del pueblo y de la ciudad. Recordar las tragedias que nos han marcado en el despacho laboralista de la calle Atocha, o en los trenes que llegaban a la estación de Atocha. Descubrir los paisajes de las luchas mineras y bajarse en la estación del Campamento de la Esperanza de SINTEL. En cada andén podemos reconocer a muchas mujeres y algunos hombres que nos han acompañado y que nos siguen acompañando, aunque ya no estén.

El libro de Paco Naranjo partió, como ya quedó dicho, del apeadero de Proserpina y realiza paradas en más de sesenta estaciones. Se encamina ahora hacia la montaña de Príncipe Pío, a la que el lector puede ascender desde la estación y detenerse un momento en el mirador, para allí asombrarse del largo y sinuoso camino que ya ha recorrido nuestro tren. Para sentir, a continuación, la fascinación de unos carriles que se proyectan hacia un horizonte al que nos encaminaremos en el momento en que bajemos de la colina y Paco Naranjo toque el silbato, baje la bandera y dé la señal de partida.

Paquita,

Te debía esta carta desde que te vi en aquel programa de La Sexta prorrumpiendo aquel contundente, e inmediatamente viral, Tengo 91 años, pero no soy gilipollas. Aquel airado alzarse del suelo me sacudió de golpe y me hizo pensar en la cantidad de actos, asambleas, manifestaciones, en los que hemos coincidido y en todos aquellos en los que tú ya estabas, estás, estarás, cuando yo aún no estaba, en los que ya no estoy, o donde nunca estaré.

Haber sido Secretario General de las CCOO en Madrid me ha traído no pocos sinsabores. Unos previsibles y generalmente llegados de fuera. Otros, de aquellos que, cuando menos te lo esperas, te atrapan desde el interior de las organizaciones. Pero cada uno de ellos se ha visto compensado por decenas de momentos en los que el mundo se ordenaba gracias a la magia de las personas con las que los compartía. Personas cuyos sinsabores y alegrías son muchos y más hondos que los míos. Tú eres una de esas personas.

Hace mucho tiempo que descubrimos, gracias a mujeres como tú, que la historia de los trabajadores españoles era también una historia de trabajadoras que se jugaban mucho en los centros de trabajo y que sostenían a sus familias cuando los hombres eran encarcelados. No era sencillo mantener el tipo cuando faltaba el sustento y la supervivencia dependía de cuanto allegaban la familia y las familias amigas.

Es cierto que aún se cuenta una historia preciosa sobre los 10 de Carabanchel. Esos diez dirigentes de las CCOO que fueron detenidos mientras se reunían clandestinamente en un convento de los monjes oblatos, en Pozuelo de Alarcón. Era el mes de junio del 72 y fueron juzgados en el proceso 1001, justo antes de las Navidades del 73. Precisamente el día que eligió ETA para culminar la Operación Ogro con el asesinato del almirante Carrero Blanco, el hombre de confianza de Franco. No hay mal que por bien no venga, parece que dijo un decaído y achacoso Caudillo.

Las condenas, en aquel juicio, contra pacíficos trabajadores, que sólo defendían la libertad sindical y los derechos laborales, resultaron desmesuradas y la solidaridad internacional, que ya había sido inmensa, se multiplicó, dejando en evidencia la imposibilidad del franquismo de sostenerse como régimen más allá de la desaparición del dictador.

Son historias poco aireadas en estos tiempos en los que parece que hay interés en hacer que creamos que nos regalaron la democracia. Y aún menos recordadas, aún más en la sombra, quedan las mujeres que visitaban las cárceles: las que se entrevistaban con altos cargos franquistas, jueces, policías torturadores; las que mantenían a sus familias al tiempo que asistían a las reuniones con embajadores, cargos eclesiásticos, personajes conocidos y reconocidos en aquellos tiempos.

Es la historia de Josefina Samper, por mencionar tan sólo a la compañera de Camacho, que conseguía sacar tiempo de donde no lo había para confeccionar los famosos jerséis de cuello alto y cremallera, modelo Marcelino. Pero es la historia de tantas otras mujeres, en los centros de trabajo, en los despachos laboralistas, en las casas trabajadoras. Mujeres sin las cuales no existiría el sindicalismo, ni la propia libertad en España.

Entre ellas había una Manuela Carmena, hoy alcaldesa de Madrid; una Begoña San José, defensora incansable de los derechos de la mujer; una María Luisa Suárez, que fundó el primer despacho laboralista en Madrid; la incansable Cristina Almeida; mi inolvidable y divina impaciente Salce Elvira; Dolores Sancho, la esposa de Pedro Patiño, asesinado por guardias civiles en el barrio de Zarzaquemada (Leganés) durante una huelga “ilegal” de la construcción, allá por septiembre del 71.

Son incontables, Paquita, los nombres que deberían de figurar antes o después de los que aquí quedan reflejados. Tú podrías recordarme los de centenares de mujeres  con las que has compartido luchas, alegrías y tristezas, pero no puedo olvidar la triste historia de nuestra amiga, la abogada Lola González Ruiz. Perdió a su pareja, Enrique Ruano, en 1969, al caer desde una ventana, durante un registro domiciliario. La policía política del franquismo habló de suicidio. La familia habló de asesinato.

El 24 de enero de 1977 las balas de un comando fascista, acabaron con la vida de los abogados del despacho laboralista de la calle de Atocha 55. Su esposo, Francisco Javier Sauquillo, murió en aquel atentado. Ella misma resultó herida de gravedad. Las secuelas la acompañaron el resto de sus días. Cada 24 de enero suponía una prueba de dolor para ella. Un momento muchas veces intransitable. Algunos años, durante esos días, permanecía sólo localizable para un estrecho círculo de personas muy cercanas.

Paquita, tienes un año menos que mi madre. Ella nació en 1924 en un pueblecito cercano a Talavera de la Reina y tú en Madrid. Tú fuiste a una escuela republicana y ella no tuvo otros estudios que la vida del campo. La guerra os sorprendió siendo muy niñas y las dos acabasteis en la triste posguerra madrileña. Tú visitabas a tu padre en la prisión y mi madre visitaba a la suya en la cárcel de Ventas. Su padre estaba incomunicado. Habían sido detenidos cuando alguien del pueblo reconoció por la calle a mi madre y la siguió hasta dar con el paradero de ambos. Luego el chivatazo, la detención, la cárcel, las torturas.

En la cárcel de Ventas estaban recluidas las Trece Rosas, que serían ejecutadas en la tapia de la Almudena, por pertenecer a las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas). La misma organización que mis abuelos dirigían en el pueblo. Las mismas Trece Rosas, a cuya memoria y recuerdo has dedicado buena parte de tu vida.

Nada es casual, decía mi amigo Indio Juan. Todo en la vida se comporta como un horizonte de sucesos, en la frontera de un agujero de gusano, que termina conectando espacios lejanos más allá de las limitaciones del tiempo presente. Conexiones que dan sentido a nuestras vidas. A tu vida y a la de mi madre. A la de Carmen, Martina, Blanca, Pilar, Julia, Adelina, Elena, Virtudes, Ana, Joaquina, Dionisia, Victoria, Luisa. Trece Rosas y otras trece veces trece mujeres luchadoras, que defienden la vida en cada barrio, en cada empresa, en cada familia.

Lo dicho, Paquita, te debía esta carta. Os debía esta carta.

Ya sé que andamos muy entretenidos con ese inmenso árbol que ha crecido en mitad del camino y que no sabemos cómo sortear para continuar andando entre el bosque. Anda el país dándole vueltas al tronco del independentismo catalán, que alimenta sus raíces gracias a la inestimable cooperación del gobierno de Mariano.

El resultado es que los nacionales han redescubierto las esencias patrias con tonificantes gritos guerreros como el inimitable ¡A por ellos, Oé! Al tiempo que entonan el nuevo himno nacional ¡Que viva España! De vez en cuando, por poner en práctica las ideas, se les va la mano, o se les va de las manos, y se lían a porrazos en las terrazas de los bares, antes o después de un partido de futbol. Otras veces intentan quemar una bandera que no les arde en condiciones y en otros momentos intentan sembrar el caos a base de palos en algún acto nacionalista.

Un paréntesis, para evitar confusiones en torno al mejor intérprete del himno nacional, un tal Manolo Escobar, andaluz de nacimiento, charnego en Badalona, internacional de oficio y fallecido en Benidorm, conviene recordar la anécdota de López Bulla, el que fuera Secretario General de CCOO de Cataluña, quien cuenta que en los duros años de la dictadura franquista, cuando abordaban al cantante para solicitar ayuda para los detenidos en alguna huelga, en una manifestación, en una reunión clandestina, Manolo sonreía y contestaba, Aquí estamos pa lo que haga falta” y, consciente de su fama, terminaba diciéndoles, Decidme si hay que hacer algunas gestiones. Cierro el paréntesis.

Por su parte, los independentistas, conscientes de las tremendas limitaciones de un ideario nacionalista, que tantos desastres ha sembrado por el mundo y en la vieja Europa, se han lanzado, con buen oficio, a la escenificación de la socorrida obra dramática (unas veces comedia y otras tragedia), de la construcción de Arcadia, la república de Platón, o la de Utopía, el Reino de los Cielos, la Ciudad del Sol, la Nueva Jerusalén, o la Nueva Atlántida. Lo llaman INN (Independentismo No Nacionalista). Es imposible vivir en esta España busquemos refugio en una utopía, aunque termine en distopía.

El caso es que mientras Mariano y Carles dirigen la función, en Barcelona y en Madrid, hay cosas que se nos escapan entre los dedos. Asuntos a los que habíamos comenzado aprestar atención han desaparecido de la agenda política y de la escena social.

Este 17 de octubre se conmemoraba el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. Cada año un buen número de organizaciones sociales organizan actos para ratificar un compromiso de la sociedad y reivindicar soluciones de los gobernantes. Se presentan informes sobre la situación de la pobreza en el mundo y en España. Se organizan manifestaciones, actos. Este año no faltan motivos, pero el día ha pasado mucho más desapercibido.

Vivo en Madrid. Según CCOO hay 84.000 pobres más que hace un año, en mi Comunidad. Una de cada cinco personas vive bajo el umbral de la pobreza. Son 280.000 los niños y niñas pobres, lo cual supone más de uno de cada cuatro en la Región capital de España. Más de 380.000 trabajadores y trabajadoras, que cobran un salario mensual, viven en situación de pobreza. Trabajar ya no te saca automáticamente de la pobreza. Una de cada dos familias monoparentales es pobre.

La pobreza ya no es la consecuencia de vivir en familias con problemas y desestructuradas. Ana González, la responsable de Política Social y Diversidad de CCOO de Madrid, advierte que hoy la pobreza convive con nosotros de forma cotidiana y corremos el riesgo de que se asuma como “algo normal”. Efectivamente, no podemos asumir como normales los recortes y el deterioro programado de la protección social. Hechos como que antes de la crisis la cobertura por desempleo fuera de más del 41 por ciento y hoy esa cobertura no llegue al 25 por ciento.

Imagino que esta situación, con ligeras variables, es similar en los lugares que, como Madrid, ostentan las rentas más altas de España, como el País Vasco o Cataluña. Y estoy seguro de que la situación será notablemente peor en otras Comunidades con rentas mucho más bajas. El aumento de las desigualdades es el gran drama de sociedades como la española.

Somos mucho más vulnerables de lo que parece. Entrar en la pobreza es muy fácil, pero salir de ella es muy difícil. Por eso es esencial que la sociedad permanezca alerta y que los poderes públicos se sientan forzados a hacer cuanto está en sus manos, utilizando los recursos necesarios, para erradicar la pobreza de nuestra sociedad.

Convendría que, mientras estos juegan a ser nacionales, aquellos a ser nacionalistas y los de más allá buscan una identidad independentista no nacionalista, delegaran las responsabilidades de gobierno de la res pública en un puñado de buenas y voluntariosas gentes que se ocuparan de cosas prosaicas como erradicar la pobreza económica y la miseria cultural “en un viejo país ineficiente, algo así como España entre dos guerras civiles”.

Mi amigo acaba de volver de su merecido puente. Parece que su salida hacia el Sur había sido buena, escalonada, sin demasiados atascos. La vuelta ya ha sido otra cosa. Mientras transitaba por la autovía soportando retenciones, veía cómo un carril adicional estaba habilitado, pero sin circulación. Eso sí, al cabo de unos 50 kilómetros un cartel luminoso indicaba la incorporación del carril vacío al atasco. Ha perdido tan sólo una hora. Se da por satisfecho.

Mañana tendrá que ir a trabajar atravesando una ciudad altamente contaminada. Parece que, por el momento, se han retirado las restricciones al tráfico, pero en cualquier momento la boina sobre la ciudad puede jugarle una mala pasada, teniendo en cuenta que tiene un solo coche, con sus añitos y de matrícula par.

Comenzará su jornada llevando a los críos a la guardería privada, en unos bajos de mala muerte. Menos mal que le han dejado retrasar la hora de entrada al curro a cambio de retardar también la de salida. Su mujer no tiene esa suerte, así que le toca a él llevarlos y luego ella los recoge.

La verdad es que tienen una Escuela Infantil municipal a la puerta de casa, pero entrar en ella es tarea que cada año intentan y nunca consiguen. Las plazas son escasas y siempre hay quien queda por delante en las puntuaciones. Unos porque efectivamente tienen necesidades especiales y otros porque saben administrar sus circunstancias personales, o laborales, para obtener puntuaciones ventajosas. Si no, dice mi amigo, no se explica los cochazos que desembarcan niños y niñas en la guardería.

El caso es que, su niña y su niño, terminan haciendo una jornada más larga que la de sus padres. Así desde pequeños se van acostumbrando a que la vida es dura. Luego vendrán las largas jornadas escolares con complementos de extraescolares y, al final, un trabajo precario, mal pagado y sin horarios fijos. De los de disponibilidad 24 horas.

Con suerte, si tienen buen expediente y currículum, puede que tengan alguna oportunidad en el extranjero. En uno de esos lugares del planeta donde el mérito y la capacidad tienen algún valor y son tomados en cuenta.

Mi amigo acabará su jornada hacia las 6 de la tarde, pero antes de volver a su domicilio tendrá que pasar por casa de su madre a dar una vuelta y comprobar que todo va bien por allí. Su madre es viuda, vive sola y acaba de sufrir una operación, de la que se ha repuesto a fuerza de hacer de la necesidad, virtud.

Intentó que pasase la convalecencia en un hospital de rehabilitación traumatológica, pero, como en el caso de la escuela infantil, las plazas en este tipo de centros son escasas. Recurrió a los servicios sociales del Ayuntamiento, pero tres cuartos de lo mismo.  Las ayudas para casos de urgencia se agotan pronto y lo de las ayudas a la dependencia va despacio y, aún eso, después de presentar un buen número de papeles que hay que recopilar en las más variadas ventanillas. Como si no existiera una bonita ley que explica claramente que la administración no tiene que pedirte aquello que obra en poder de alguna administración.

Al final, mi amigo ha tenido que contratar a una persona que realiza las tareas imprescindibles para que su madre pueda ver atendidas sus mínimas necesidades de aseo, limpieza de la casa, comida. Y todas las tardes, al salir del trabajo supervisa que todo va bien, que su madre resiste, como buena mujer forjada en la posguerra.

El presidente Carles anda entretenido enviando cartas a Mariano, declarando la independencia de Cataluña y dejándola en suspenso y el presidente Mariano se entretiene sopesando la respuesta a Carles, deshojando la margarita del artículo 155 de la Constitución, para luego aplicarlo en diferido, al mejor estilo del despido de Bárcenas.

Mientras esto ocurre, mi amigo piensa que vive en un país lleno de derechos suspendidos y en diferido y que más valdría que estos dos (y sus palmeros) se dedicaran sin tardanza a que las cosas funcionasen. Que nuestras vidas fueran un poquito más fáciles cada día. Que éste fuera un país para niños, para jóvenes, para viejos, para su mujer, para él mismo. No le parece mucho pedir.

12 Oct, 2017

Che

 

Aprendimos a quererte,

desde la histórica altura,

donde el sol de tu bravura

le puso cerco a la muerte.

Carlos Puebla.

Hasta siempre, comandante

 

Cómo pasa el tiempo. Hace 50 años era yo un niño.Los escasos noticiarios de la época daban cuenta de la muerte del guerrillero Ernesto Guevara, al que llamaban Che. Todo era confuso. Luego fuimos sabiendo que había sido acorralado y capturado por el ejército boliviano en la quebrada del Yuro, con la ayuda de agentes de la CIA y había sido ejecutado en la escuelita de La Higuera.

Pocos personajes resultan hoy tan polémicos como el Che. Su nacimiento en Argentina. Su infancia a caballo entre Buenos Aires y la provincia de Córdoba. Sus estudios de medicina, Sus largos viajes por América Latina. Su enrolamiento en la expedición guerrillera organizada por Fidel Castro en México para liberar Cuba de la dictadura de Batista. La dureza de la lucha guerrillera en Sierra Maestra, en la que su principal enemigo era el asma que combatía a base de voluntad y fumando puros.

El triunfo de la guerrilla, sus cargos en el gobierno de la revolución, sus desencuentros con Fidel y sus consejeros soviéticos. Su huida hacia adelante, emprendiendo aventuras que pretendían extender focos revolucionarios, primero en el Congo y luego en Bolivia.

Bien mirada, la historia del Che es la historia de un fracaso. Tal vez resida en ello buena parte su capacidad de seducción. No tanto sus logros, como el trágico final de su marcha incansable, por tortuosos caminos, en busca de la libertad para los pueblos oprimidos por el imperio que hoy gobierna Trump.

Un imperio para el cual América Latina era patio trasero en el que actuar con total impunidad, apoyando, e impulsando golpes militares, allí donde cualquier gobernante intentara contravenir sus designios. Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Honduras, Brasil, Paraguay, Chile, Argentina, Uruguay, Perú. Toda América Latina sufrió la brutalidad de botas militares pagadas y fabricadas en Estados Unidos.

Su imagen, retratada por Korda, se convirtió en icono equiparable al del fundador del cristianismo. Un ejemplo para jóvenes rebeldes que participan en cualquier  acto de protesta, descontento, o reivindicación. Desde mayo del 68, hasta el 15M. Sin embargo, el Che era un revolucionario, un guerrillero y eso ha suscitado odios exacerbados.

Recuerdo septiembre de 2008, cuando los sindicatos madrileños fuimos invitados por el partido gobernante en Madrid, liderado por Esperanza Aguirre, para asistir a la clausura de su Congreso Regional. La euforia despertada por el discurso de Aguirre, con su reiterado lema de pico y pala (por más que lo más parecido a pico y pala que ha esgrimido Esperanza, es un palo de golf) se vio precedido por la fogosidad del jefe de las Nuevas Generaciones madrileñas, un joven llamado Pablo Casado.

Arrancó aplausos a rabiar y puso en pie al auditorio (yo permanecí sentado), a base de gritar consignas oídas en algún foro exclusivo: ser de izquierdas ya no está de moda, porque son unos carcas y están todo el día con la guerra del abuelo, con el aborto, la eutanasia y la muerte.

Atacó a los sindicatos como parte de este entramado y contrapuso todo ello al carácter “emprendedor”, palabra mágica, de los jóvenes del PP. Los mayores aplausos del público agradecido y el “olé, olé, olé” de la propia Esperanza, surgieron cuando aseguró con vehemencia que los jóvenes del PP idolatran a mártires como Miguel Angel Blanco y no a asesinos como el Che Guevara, como hace la izquierda.

Estuve a punto de abandonar la clausura del Congreso. Permanecí sentado y preferí aguantar el chaparrón, pero salí preocupado por el tipo de juveniles fuerzas de choque que comenzaban a surgir en el PP y que un día llegarían a puestos más importantes, medrando a la sombra de personajes como Aguirre.

50 años son muchos años en una vida. Lo cierto es que personajes de otro tiempo son muy difíciles de juzgar con los ojos de hoy: Espartaco, Nelson Mandela, Juana de Arco, Sandino, Bolivar, Churchil, Zapata, Washington, o el propio Che.

Prefiero recrear la imagen de un joven que se buscaba a sí mismo a lomos de una motocicleta, al tiempo que descubría las venas abiertas de América Latina. A ese hombre, al que los indígenas andinos rezan, ponen velas y veneran bajo la advocación de San Ernesto de La Higuera. Aquellos indígenas que dieron origen a los Nadies de Eduardo Galeano.

Ya sé que habría que hablar de Cataluña de nuevo. De la disparatada espiral de despropósitos desencadenados por la inacción política de Mariano Rajoy durante años y su exceso de ejercicio de la fuerza de última hora, que han conducido a que un referéndum ilegal se convierta en un espectáculo bochornoso de violencia callejera en las páginas de los diarios internacionales. Y de la estrategia nacionalista que camina de triunfo en triunfo mediático hasta la derrota final. Porque, no nos engañemos, en un escenario como el diseñado por Mariano y Carles, todo son derrotas y todas y todos somos derrotados, en Cataluña y España.

Me parece que hay temas, menos mediáticos, pero que no pueden pasar desapercibidos. Hemos iniciado la semana conmemorando, el 1 de octubre el Día Internacional de las Personas de Edad. Las Naciones Unidas, explican que la Asamblea General decide estas fechas para “sensibilizar, concienciar, llamar la atención, señalar que existe un problema sin resolver, un asunto importante y pendiente en las sociedades para que, a través de esa sensibilización, los gobiernos y los estados actúen y tomen medidas, o para que los ciudadanos así lo exijan a sus representantes”.

Esto último es lo que CCOO y UGT han querido hacer, iniciando el 30 de septiembre las Marchas a Madrid por unas pensiones dignas. Porque el problema de nuestros mayores tiene mucho que ver son la suficiencia económica para vivir dignamente en su entorno y eso es algo que el Estado español no garantiza ni de lejos.

La crisis ha servido de disculpa para que los gobiernos de Mariano Rajoy hayan puesto en solfa el Pacto de Toledo, adoptando medidas para que las pensiones pierdan poder adquisitivo año tras año. Para ello se inventaron una ininteligible fórmula de revalorización de las pensiones, cuyo resultado es que las pensiones no suben más de un 0´25 por ciento cada año.

La mitad de nuestros pensionistas no alcanza el Salario Mínimo Interprofesional. El 40 por ciento de los pensionistas viva por debajo del umbral de la pobreza, o que la pensión media, en España, sea de poco más de 900 euros y la pensión más extendida de 650 euros al mes.

La crisis ha sido especialmente dura en los países del Sur de Europa, como España. Países en los que la solidaridad familiar ha contenido los peores efectos sobre las personas. Hasta el punto de que cuatro de cada diez pensionistas han tenido que soportar la carga de sostener las economías familiares durante estos años.

Nueve millones de personas dependen de su pensión para vivir. Las pensiones, desde este punto de vista, aportan vertebración de los territorios que componen España, equilibrio entre generaciones y cohesión social.

La mayor amenaza contra el futuro del sistema de pensiones procede de la inacción del gobierno para garantizar el futuro del sistema público de pensiones, pese a las demandas, alternativas y propuestas formuladas por las organizaciones sindicales.

Día sí, día también, entidades financieras, aseguradoras, fundaciones dependientes de ellas, expertos de pago y demás intereses económicos privados, anuncian el fin del sistema de pensiones público y su sustitución por sistemas privados de capitalización, fracasados allí donde se han implantado, ansiosos por hincar el diente a los cuantiosos recursos que los trabajadores y trabajadoras depositamos, en la Seguridad Social.

Lo dijo muy claro mi amiga Paquita, en un programa de televisión, Tengo 91 años, pero no soy gilipollas. Nuestras personas de edad, nuestras personas mayores, necesitan seguridad sobre la viabilidad futura del sistema público de pensiones. Sobre la mejora de las pensiones mínimas. Sobre un mecanismo de revalorización de las pensiones que impida pérdidas de poder adquisitivo. Sobre el futuro del sistema de Seguridad Social, que ha funcionado y sigue funcionando y sobre el que los sindicatos han propuesto medidas que permitirían incrementar sus ingresos en más de 70.000 millones de euros anuales.

Rajoy puede seguir instalado en su cada vez más insostenible dolce no far niente. Pero lo ideal sería que escuchara los problemas de quienes han comenzado a marchar hacia Madrid. El día 9 se manifestarán por las calles de la capital. Luego volverán a sus casas. Pero no van a tolerar un silencio por respuesta, ni un No como solución a sus problemas. Y no sólo por ellos, sino porque saben que las pensiones futuras dependen de su lucha de hoy.

ITUC-WDDW-logo-spanish

Hace 11 años, en Viena, se reunían en Congreso conjunto las dos grandes centrales sindicales internacionales, la CIOSL (Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres) y la CMT Confederación Mundial del Trabajo). En dicha reunión, el 31 de octubre disolvieron ambas organizaciones y el 1 de Noviembre crearon la CSI-ITUC (Confederación Sindical Internacional).

Era muy complicado que los diferentes modelos ideológicos y organizativos del sindicalismo mundial se pusieran de acuerdo en juntarse en una Confederación Internacional de carácter mundial. Sindicatos de orígenes socialistas, comunistas, católicos, nacionalistas, democratacristianos, o sin adscripción ideológica, cuyo principal vínculo de unión era la defensa de los trabajadores y trabajadoras de un país, o de un sector de la producción, o de los servicios.

Componían un puzle muy difícil de unir. Y, sin embargo, lo hicieron. Cerca de 200 millones de trabajadores y trabajadoras de todo el mundo, organizados en más de 300 organizaciones de trabajadores y trabajadoras crearon una internacional sindical mundial.

Desde el primer momento coincidieron en que debían proponerse un objetivo común. Y ese objetivo bien podía partir del concepto de trabajo decente, acuñado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de la que forman parte organizaciones empresariales, Gobiernos y organizaciones sindicales. Un objetivo que podría, por lo tanto, ser asumido y defendido en todo el planeta.

Tras abordar las urgentes tareas de organización de la Internacional, una de las primeras actuaciones de la CSI fue convocar la primera Jornada Mundial por el Trabajo Decente, el 7 de octubre de 2008. Afrontamos, así pues, este año, la 10 convocatoria de la Jornada Mundial.

Recuerdo que aquel primer año un mapa en internet se iba abriendo poquito a poco, a medida que amanecía en todos los países del planeta. En ese momento aparecían las acciones que en cada lugar del mundo se iban a llevar adelante. Manifestaciones, paros, concentraciones, actos festivos, marchas, mítines, en más de 500  ciudades del planeta.

En Madrid, en aquella primera convocatoria, nos concentramos en la plaza Mayor, con el apoyo de casi 400 organizaciones sociales de todo tipo, denunciando que la mitad de los trabajadores y trabajadoras del mundo carecen de protección social y exigiendo que las políticas de desarrollo mundial, impulsadas por organismos internacionales, centrasen sus esfuerzos en conseguir que el empleo sea decente, estable, con derechos. Uno de los principales motivos de aquella convocatoria se centró en la lucha contra el trabajo forzoso de los niños.

Comenzó su andadura, la jornada Mundial por el Trabajo Decente, con vocación de convertirse en referencia de lucha y reivindicación para todos los trabajadores y trabajadoras del planeta. Pero ya se sabe que cuando conocemos las respuestas, nos cambian las preguntas. La crisis financiera de las hipotecas basura se desencadenó con toda su virulencia aquel mismo año. Pronto se transformó en crisis de empleo y ya de paso fue convertida en crisis social y política. Ya nada es igual y la Jornada Mundial por el Trabajo Decente ha ido perdiendo fuelle en el marasmo de la destrucción y descomposición del empleo por todo el planeta.

El efecto más duro de la crisis es que ha reforzado inevitablemente la parte más corporativa y nacionalista de la ciudadanía y del propio sindicalismo. Vaya, que conscientes de la dificultad de gobernar el mundo salvaje de capitalistas sin freno, procuramos blindar nuestro empleo, nuestra empresa, nuestro sector, nuestro pueblo y, como mucho, nuestro país. Si el país es grande, adquiere carta de naturaleza su fragmentación en nuevas y más pequeñas nacionalidades, con la vana esperanza de que los trabajadores y trabajadoras pesemos algo en un nuevo gobierno más cercano de las cosas.

Este año, los informes que sustentan la Jornada Mundial por el Trabajo Decente, ponen el acento en que, tras la crisis, el 1 por ciento más rico del planeta acumula más riqueza que el 99 por ciento restante. Que los empleos son más precarios que nunca y los salarios más bajos. Todos y todas, en este planeta, somos conscientes del deterioro generalizado del empleo y los salarios.

Necesitamos hoy más que nunca eso que llamábamos internacionalismo proletario. La capacidad de los trabajadores y trabajadoras y sus organizaciones, de responder al reto del trabajo decente y la vida digna. Más que nunca, tiene sentido que un día al año constatemos nuestra fuerza y nuestra capacidad de responder a un capitalismo globalizado, gobernado por la avaricia y el egoísmo de unos pocos.

Y lo necesitamos, porque no estamos ante un problema puntual, sino ante un fenómeno estructural que amenaza las posibilidades de supervivencia, no tanto del planeta que seguirá aquí reconstruyéndose a  sí mismo cuando nosotros hayamos desaparecido. La supervivencia de los seres humanos en este planeta.

Por eso, este 7 de octubre, volvemos a exigir, en todo el mundo, un Trabajo Decente.

Se habla, con demasiada frecuencia por cierto, de
los problemas de Cataluña.¿Qué problemas de Cataluña? 
En Cataluña no hay ningún problema, 
el único problema que pudiera haber planteado en Cataluña 
está planteado por nosotros, 
pero el problema que está planteado por nosotros 
no es un problema de Cataluña, es un problema universal.
Salvador Seguí | Discurso en el Ateneo de Madrid. 1919

Salvador Seguí, el Noi del Sucre, Secretario General de la CNT en Cataluña, lo tenía meridianamente claro, hace ya casi cien años, cuando en Madrid, en el  Ateneo y en otros centros obreros, planteaba que la cuestión social, las reivindicaciones de la gente trabajadora, se situaban por encima de cualquier otro problema y, muy especialmente, por encima de la cuestión nacional, planteada por elementos reaccionarios vinculados a la Liga Regionalista.

Aquella Liga Regionalista que se dedicaba a visitar ministerios en Madrid, pidiendo cargos, dineros y, si era necesario, el aplastamiento militar de los molestos sindicalistas que se lanzaban de cuando en cuando a las calles para defender a cuantos unas veces se negaban a ir a combatir por la patria en Marruecos, como había ocurrido en la Semana Trágica de Barcelona (1909) y otras veces se empeñaban en mejoras salariales y laborales, como en la famosa huelga de La Canadiense (1919), que desembocaba en huelga general. Una huelga reprimida por el general Milans del Bosch (¿de qué me suena a mí este nombre?) a base de la  militarización de servicios  y de meter presos a 3.000 obreros en el cartillo de Montjuich.

Fue Salvador Seguí, quien ante 20.000 trabajadores y trabajadoras, convocados en la plaza de toros de Las Arenas, cambió el curso de la historia y convenció al auditorio de la necesidad de poner fin a la huelga. Ningún baño de sangre, de las dimensiones del que se avecinaba, justificaba seguir adelante. El sindicalismo cambió derramamiento de más sangre por organización y fortaleza sindical en las empresas y en la sociedad catalana. A explicar esas cosas que estaba haciendo el sindicalismo en Cataluña, es a lo que vino Seguí a Madrid, en otoño de ese mismo año.

De nada le valió en lo personal, a Salvador, mantener estas posiciones poco violentas y bastante sensatas. Aquellos nacionalistas de la Liga no dudaron en apoyarse en un nuevo general, Martínez Anido, designado Gobernador de Barcelona, para organizar grupos de pistoleros, en torno a los denominados Sindicatos Libres, que fueran asesinando sindicalistas. El 10 de marzo de 1923, le tocó ser asesinado a Salvador Seguí, el Noi del Sucre (el Chico del Azúcar).

Salvador Seguí no tenía miedo a la independencia, como bien explicó en su discurso en Madrid. Si llegaba, la independencia sería utilizada por los trabajadores catalanes para unirse más que nunca a los trabajadores de toda España en su lucha por la emancipación. Y esto lo dice mientras explica que no hay un problema nacional en Cataluña, sino otro problema universal, el del movimiento obrero que quiere emanciparse.

Está claro lo que pensaba Seguí, como está claro lo que piensa Joan Coscubiela, mal que le pese a cuantos se han apresurado a lanzar sus dardos envenenados, ante su intervención en el parlamento.

Lo que no llego a entender bien (no soy sociólogo, ni psicólogo, ni politólogo, ni me juego el voto en unas elecciones) es el mecanismo por el cual los intereses de la clase trabajadora terminan convertidos en reivindicaciones nacionalistas. No es un fenómeno específico de Cataluña. Lo ocurrido con otros temas y en otros países, como el referéndum sobre el Brexit son elementos a tomar en cuenta. ¿Algo ha cambiado a lo largo de las últimas décadas, o los últimos años, que pueda explicar qué está pasando?

En primer lugar, creo que el fenómeno de la globalización financiera y económica, o nuestro propio ingreso en la Unión Europea, han contribuido a debilitar la convicción de que los gobiernos nacionales tengan capacidad alguna para controlar su economía y decidir las mejores políticas que pueden aplicar, especialmente en momentos de crisis.

De otra parte, el desarrollo de internet y de las redes sociales, ha creado realidades virtuales compartidas por personas muy diversas, que poco tendrían que ver entre ellas si se conocieran realmente, pero que pueden vivir juntas en un mundo paralelo, alimentando la ilusión de que comparten ideas, sentimientos, sensaciones, consumo, imágenes y hasta convocatorias de movilizaciones.

Otra vida dentro de la vida, en la que podemos elegir seguidores, bloquear a quienes no nos gustan, crearnos personajes ficticios con los que insultar, opinar, crear opinión. Sin duda un mundo apetecible lleno de satisfacciones y grandes batallas que no se libran, pero que siempre ganamos.

El ultraliberalismo ya había conseguido tomar el poder sobre las grandes decisiones económica. Los partidos socialistas parecían abocados a aceptar el desastre y aceptar su papel de mitigadores de los efectos más dañinos de la nueva realidad mundial. El comunismo se desplomó dejando tras de sí un recuerdo de opresión política y aplastamiento de las personas en aras de un mundo nuevo cada vez más lejano. La crisis ha llegado para quedarse y dejarnos una herencia de precariedad, pobreza laboral, desigualdad y desprotección social.

Como pocas veces en la historia del mundo, el futuro es percibido con rasgos de peligro y oscuridad comparables a los peores tiempos del pasado. El refugio en las redes puede que funcione como un placebo, pero quien más y quien menos sabe que el futuro personal y colectivo será peor que el pasado conocido.

En una situación así es muy difícil resistir la tentación de escuchar los mensajes simples pero eficaces del populismo autoritario: cerrar las fronteras y atrincherarse en un espacio que se supone unido por una identidad cultural. Seamos pocos, pero de los nuestros.

Ocurre que ni Cataluña, ni España, difícilmente Europa, podemos ya garantizar eso. Una cosa es reclamar autonomía para dirigir las políticas cercanas de un modo cercano y otra muy distinta, creer que la independencia es la solución al problema de cada quien. Porque el problema de cada quien es un problema universal, hoy más aún que en los tiempos de Salvador Seguí. Un problema de desigualdades brutales de las personas en un mundo dirigido por grandes corporaciones, en un escenario de  Estados siempre demasiado pequeños, débiles e impotentes.

Es cierto que Rajoy le está echando una mano inapreciable a Puigdemont y que Carles está ayudando de forma inestimable a Mariano. Nada mejor que dos nacionalismos confrontados por razones culturales, para hacer olvidar los problemas de corrupción, incapacidad, ineficacia, recortes, debilitamiento de la protección social, destrozo del mercado laboral, que ambos representan de la misma manera.

Pero por encima de ellos, hay mucha gente en este país que aún está dispuesta a mirar hacia sus problemas reales. Exigir diálogo, negociación y búsqueda de acuerdos, frente a las imposiciones de una y otra parte. Si una mayoría de personas en Cataluña quiere un referéndum, habrá que negociar un referéndum. Habrá que hablar de un quórum mínimo en la votación y con qué porcentaje de votos es válida una decisión de separación.

Y habrá que hablar y negociar, en todo caso, lo que es una demanda no sólo de los catalanes, sino de los gallegos, los extremeños, los murcianos, andaluces, vascos, aragoneses y de cualquier castellano, por no nombrar a todas las autonomías españolas: una administración cercana, reconocible, transparente, controlable, que pueda responder ante nosotros de cada uno de sus actos. Pero esto es algo que reclamamos también a niveles aún más cercanos, como los municipales. Algo que reclaman todos los ayuntamientos con respecto al centralismo del Estado y las Comunidades Autónomas.

No sé si eso se llamará España plurinacional, si la solución será un modelo federal. En todo caso, exige combatir la corrupción, promover la transparencia y reforzar la voluntad de negociar. Algo muy difícil de hacer si la izquierda política y social se arroja en brazos de quienes pretenden solucionar sus problemas embarcando a la clase trabajadora en guerras sin sentido, mientras enmascaran el conflicto fundamental y universal que amenaza la existencia en cada rincón del planeta.

Es la izquierda la que debe parar esta locura. Con más razones aún y tanta convicción y firmeza, como las que en su tiempo llevaron a Salvador Seguí a viajar a Madrid para explicar qué estaba haciendo la clase trabajadora en Cataluña; como las que le pusieron ante 20.000 trabajadores decididos a mantener la huelga y convencerles de la necesidad de parar una revuelta en ciernes; como las que le hicieron mantener un paso decidido y un camino reconocible y claro, hasta que las balas de los pistoleros organizados por la burguesía nacionalista y por aquel general que luego sería ministro de orden público en el primer gobierno franquista de la Guerra Civil, segaran su vida en la esquina de la calle de San Rafael con la de la Cadena (hoy Rambla del Raval).

Salvadas las distancias temporales y la perspectiva, teniendo en cuenta que él luchaba con la mirada puesta en una emancipación de la clase trabajadora hoy mucho más difusa, Seguí tuvo su responsabilidad y nosotros tenemos la nuestra. A cada generación lo suyo.

He escrito varios artículos sobre el tremendo follón de Cataluña, que nadie parece querer abordar con diálogo y sentido común. He recibido respuestas de todo tipo en las redes sociales. Algunos insultos he recibido y también otros han manifestado coincidencias sobre mis opiniones.

Un familiar, catalán e independentista, me recuerda, desde una ciudad próxima a Barcelona, que mi análisis no es acertado, que no he mencionado el tema de las infraestructura, los desdoblamientos de carreteras, el eje ferroviario del mediterráneo, la escasa ejecución presupuestaria de inversiones del gobierno de Madrid en Cataluña.

También me recuerda que el Estatut, aprobado por el parlamento y luego por el pueblo de Cataluña, fue modificado por el Tribunal Constitucional, cuando algunos artículos anulados son idénticos en otros estatutos de autonomía. La injusticia presupuestaria y la falta de respeto a la autonomía prometida, que han producido el paso de la política del catalanismo al independentismo.

Le hago notar a mi pariente catalán que tengo amigos extremeños, que me inundan de artículos y opiniones parecidas sobre el abandono en Extremadura de inversiones esenciales, como las infraestructuras ferroviarias. Mis amigos extremeños no son independentistas, pero parecen tener los mismos problemas a casi mil kilómetros de distancia.

Mi pariente es un independentista convencido y va a degüello en su respuesta. Me dice que no convenceré ni a los nacionalistas catalanes nacidos en Extremadura, ni a sus hijos, porque ellos han viajado por aquella tierra que ya no es su nación y ven autovías gratuitas  vacías de coches, donde  anidan cigüeñas sobre los indicadores de tráfico.

La diferencia, según su criterio, es que unos (se entiende los catalanes) generan con creces el coste de las infraestructuras propias y las tienen saturadas, lo cual impide su progreso y otros no (debo entender, entre líneas, que los extremeños).

Culmina ratificándose en que mi análisis no es acertado. Termina con un repaso de detenciones, abusos de la fuerza pública, acciones judiciales, desmanes del gobierno de Madrid en Cataluña, el fin de la democracia y unas cuantas fotos y memes muy ocurrentes, para reforzar su argumentario. Me insta, con toda solemnidad, a no ser neutral.

Por la misma red social que me comunica con mi pariente catalán, me llega otro mensaje de un amigo jubilado. Me informa de que mientras miramos a Cataluña la Audiencia Nacional rechaza el careo entre Rajoy y Bárcenas, el Banco de España da por perdidos más de 42.500 millones de euros de dinero público gastados en el rescate bancario, el 30 por ciento de los dependientes siguen sin ser atendidos (muchos mueren cada día sin haber recibido ayuda alguna), más de un millón de nuestros jóvenes tienen que buscarse la vida en el extranjero, los enfermos pierden tratamientos, se queman dependencias judiciales dónde se custodian expedientes sobre la corrupción del PP, hay colegios públicos saturados, mientras se promueven los negocios educativos privados. Y así una larga lista de noticias perdidas.

Se me ocurre que el problema no es Madrid, ni Barcelona, ni Mérida. El problema es que Mariano Rajoy tenía muy complicado el futuro, con un horizonte plagado de casos de corrupción maduros para juicio. Y que Artur Mas y su sucesor forzado, Puigdemont, tenían un partido en descomposición atenazado por la corrupción de los porcentajes de mordida.

Nada mejor para ellos que tirar de soberanía, nación, lengua, patria, cultura, bandera, símbolos nacionales, iglesias nacionales, para echar tierra sobre sus problemas y sus escabrosos asuntos. El mismo Puigdemont que votó con los de Rajoy contra el referéndum en el Sahara, Palestina, o el Kurdistán, se aferra ahora al salvavidas del Procés.

Otro amigo me manda esta noche una foto de Puigdemont estrechando la mano de Rajoy en la mismísima puerta de la Moncloa. Unas letras explican que así, a lo tonto, hemos convertido a los corruptos y chorizos catalanes en héroes de la libertad y a los del resto de España en defensores de la Constitución.

No soy neutral, pero me siento de una izquierda que no pinta nada en este fregado. Que ni los nacionalistas, ni los nacionales, cuenten conmigo para sumarme a lo tonto a su estropicio. Es más, dedicaré mi tiempo y mi esfuerzo a desenmascarar a quienes destrozan las vidas y juegan con las esperanzas e ilusiones de las personas. Los mismos que traicionan la defensa de una vida digna y un trabajo decente, para el que fueron elegidos democráticamente.

Madrid es el centro geográfico, centro absoluto del poder político y judicial español, junto con los principales medios de comunicación. Me lo dice un pariente catalán, nacionalista, independentista, para el cual esta afirmación debe ser parte esencial de su cosmovisión (su weltanschauung).

Según parece, no hace sino dar continuidad a esa percepción tan italiana de las cosas que lleva a proclamar, ante cualquier adversidad, Piove, porco Governo!, algo así como, Llueve, ¡Gobierno de cerdos!

Existe otra variante, Piove, governo ladro!, no menos contundente y muy aplicable a los tiempos de corrupción que se han instalado por las cuatro esquinas de España y que se ejecutan utilizando las cuatro lenguas patrias (quizá menos el vasco, porque los corruptos son de mente cerrada y poco dispuestos a aprender lenguas complicadas y difíciles. Con aprender el contundente Tres por ciento, el mágico Tres por cento y el elegante y cautivador Tres per cent, ya te mueves bien por España entera y, decididamente, no es necesario aprender a pronunciar Hiru ehuneko).

Además, estas fórmulas mágicas se pueden enunciar en positivo y en negativo: Non piove, porco Governo! o Non piove, Governo ladro! Así, llueva o no llueva y a sabiendas de que Nunca llueve a gusto de todos, siempre viene a cuento echar las culpas al maestro armerode turno, que invariablemente está en Madrid. Madrid es el mantra que permite iluminar el camino y que entonan cuantos ya no saben cómo enmendar los desastres que, en muchos casos, ellos mismos han provocado.

No funciona la atención a la dependencia… Porco Madrid. Hay listas de espera sanitarias… Madrid nos mata. Hay aulas sobrecargadas de alumnado… Madrid nos roba la cultura. Hay corrupción… Nos roba Madrid. No se invierte en transporte público… Todo para Madrid. Nuestro empleo es malo y miserablemente pagado… el gobierno de Madrid. Da igual que muchas de estas materias se encuentren transferidas. Siempre cabe argüir que no mandaron dinero suficiente… Madrid lladro.

Dicho lo cual, podría continuar intentando emular a Albert Pla y escribir una carta troleada, una carta trampa, llena de mentiras sobre las maldades de Madrid. Pero Albert es un maestro de la provocación, al que, como bien presume él mismo, en justo reconocimiento, han terminado echando hasta de la CNT.

No elegiré esta vía para continuar el artículo, no por miedo a ser echado de ningún sitio (sólo podrían intentar echarme de mí mismo y en eso me he ganado, no sin rasguños, mi independencia), sino porque nunca seré tan bueno como él (ya lo siento) en ese arte del monólogo sarcástico, tierno y cruel al mismo tiempo. Nunca le alcanzaré.

Me conformaré con recordar, a quienes tiran de Madrid para justificar la maldición de la lluvia, o la sequía, que este Madrid del que hablan tenía, hasta hace bien poco, un rey nacido en Roma. Que el dictador que le precedió era gallego de El Ferrol (un día me entretendré en detallar el peso de la idiosincrasia ferrolana en el caso del caudillo). Que el primer Presidente de la democracia era abulense y que los ha habido sevillanos, algún nacido en Madrid emigrado a Valladolid, un astur-leonés y de nuevo un gallego.

Vale que José María Cuevas nació en Madrid, pero el primer Presidente de los patronos de CEOE, fue un barcelonés, Ferrer Salat y el último otro barcelonino, Juan Rosell.

Samaranch, podría haberlo sido todo en Madrid, pero prefirió ser presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) durante veintiún años, entre 1980 y 2001. Nació y murió en esa Barcelona a la que ayudó a ser olímpica. Pero antes fue falangista de joven y luego franquista de corte más nacional que nacionalista. Pasó por la embajada de España en Rusia y consiguió que la imagen de la Virgen de Montserrat tuviera su altar en una iglesia de Moscú. Poco después lamentó con amargas palabras la muerte del dictador, al que consideraba uno de los jefes de Estado más importantes del siglo XX y creó un partido franquista al que llamó Concordia Nacional.

El Presidente de la Conferencia Episcopal es de Avila y el arzobispo de Madrid, un cántabro. Y qué decir de los partidos políticos. Cierto que los líderes del PSOE y Podemos son madrileños. Pero el del PP es compostelano afincado en Pontevedra. El de Ciudadanos viene de Barcelona. El de Izquierda Unida nació en Logroño, de padres malagueños y desde la provincia andaluza se lanzó a Madrid.

En cuanto a los sindicatos, qué decir de una UGT cuyo primer secretario general en la democracia vino de Baracaldo (Nicolás Redondo), el segundo era extremeño-andaluz (Cándido Méndez) y el tercero astur-catalán (Pepe Álvarez).

En cuanto a mi sindicato, CCOO, las cosas no son muy distintas. Marcelino nació en un pueblecito de Soria, hijo de ferroviario. Antonio Gutiérrez salió de Orihuela, como antes lo había hecho Miguel Hernández. José María Fidalgo es de León. Hasta hace bien poco nos dirigía un gallego de El Ferrol (Toxo) y ahora un vasco de Barakaldo, de familia originaria de Valladolid. Obsérvese que este último Secretario de CCOO, Unai Sordo, nació en el mismo lugar que Nicolás Redondo. Este en el 27 y aquel en el 72. No hay casualidades. Algo querrá decir.

Podríamos seguir por los bancos. Al frente del BBVA, un cántabro, como cántabros los Botín que gobiernan el Santander y el bilbaino Goirigolzarri preside Bankia. Inolvidable el manresano Isidre Fainé, al frente de Gas Natural-Fenosa, Caixabank-La Caixa, la Confederación Española de Cajas de Ahorros (CECA), numerosos bancos y organismos internacionales y sus meritorios sillones en la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras y en la Real Acedemia de Doctores de España.

En el capítulo de las multinacionales, la omnipotente y omnipresente Sol Daurella, la Presidenta de Coca-Cola, es barcelonesa y tan pronto coquetea con el independentismo, como concede premios desde el patronato de la Fundación Princesa de Asturias, en el que tampoco podía faltar Isidre Fainé. Para terminar, sin ánimo de exhaustividad, la Presidenta de Microsoft España, Pilar López Álvarez, nació en Astorga, se formó en la Universidad Pontificia de Comillas y tras una intensa y veloz trayectoria internacional y nacional ha sido elegida leonesa del año.

Vistas así las cosas, cuando se habla de Madrid convendría pensar en un foro de encuentro, el meeting point, punto d´incontro, punt de trobada, punto de encontro, topagunea, de personajes venidos de toda España. Si no existiera Madrid, decididamente, habría que inventarse uno a modo de ágora. Dicho de otra manera, sin Madrid, España sería un donut, con un agujero negro en el centro.

Otra razón para no imitar a Albert Pla, escribiendo una carta irónica y sarcástica, pidiendo perdón por la existencia de Madrid. Porque Madrid existe, tan sólo, ya lo dijo Machado, como rompeolas de todas las Españas. Madrid existe, para hacer realidad una greguería de Ramón Gómez de la Serna: Una pedrada en la Puerta del Sol mueve ondas concéntricas en toda la laguna de España.

Las banderas de mi casa

son la ropa tendía

en mi casa las banderas

son los pájaros sin amo

Robe Iniesta

 

Andamos, a la espera del otoño oficial, distraídos discriminando banderas cuya diferencia estriba en el número de franjas rojas y gualdas que ondean por los aires. Mientras tanto, a ras de suelo, las ciudadanas y ciudadanos, rumiamos malestar acumulado, indignación, ira y hasta odio. Se respira aire enrarecido por aquí abajo.

No había, al principio de esta crisis (económica, de empleo, social, política, cultural), tanta necesidad de exhibir banderas para distracción del personal. Se ve que hay tanta corrupción bajo las alfombras, tanta ineptitud en la gestión de los asuntos públicos, tanta demolición descontrolada de lo construido a lo largo de años de democracia, tanta mala política aplicada para combatir la crisis, que bien pareciera que Mariano y Carles hubieran decidido echarse mutuamente una mano. Nada mejor que una batalla de banderas para hacer patria, diluir los matices, desacreditar  cualquier voz de disidencia.

Carles y Mariano, saben que son meras marionetas en manos de unos poderes económicos globalizados y descontrolados, que toman decisiones a muchos kilómetros de Madrid, o de Barcelona. Saben, ellos dos, que no han hecho otra cosa que rendir pleitesía a quienes decidieron que el cambio del mundo pasaba por menos empleo, más precario, peor pagado. Por el debilitamiento de los sistemas de protección social. Haciendo que los que más tienen paguen menos, mientras los de abajo pagamos más.

Fortalecer la democracia, renovarla, limpiarla de abusos, hubiera sido la única llave que nos hubiera permitido abrir la puerta del futuro, aplicando otras políticas. Pero la democracia, no sólo en España, muestra los peores signos de fragilidad, vulnerabilidad, inoperancia, corrupción, que parecen demostrar la fatiga de los materiales que la componen. Esa fatiga democrática da lugar al encumbramiento, por la vía de las elecciones, de personajes que evocan a Nerón, o a Calígula, cuando no a su caballo.

La desigualdad generada por la crisis conduce al miedo, la desilusión, la impotencia y éstas provocan la indignación, primero, el odio y la ira después. La gente salió a las calles. Ocurrió en las primaveras árabes, en Occupy Wall Street, en Grecia contra los recortes impuestos, en España el 15-M. Un rechazo justo, justificado, necesario, ante la imposición de las políticas y la falta de horizontes, la negación del futuro.

Aquellas revoluciones populares fueron sucedidas por las revoluciones populistas de quienes supieron aprovechar las circunstancias históricas para convertir el odio en populismo autoritario. Incapaces de gobernar la globalización y las decisiones arbitrarias de las grandes multinacionales, los nuevos líderes populistas asientan su fortaleza en el llamamiento a la soberanía cultural, mientras mantienen excelentes relaciones con los dueños de la riqueza.

No hay mucha diferencia entre Putin, Trump, Erdogan, Theresa May, Viktor Orban. El leitmotiv, en todos ellos, pasa por la soberanía cultural, como condición para conseguir la seguridad necesaria para afrontar el terrorismo y la amenaza de los inmigrantes. Aunque de un simplismo aplastante, estos argumentos resultan exitosos.

Recuerdo el poderoso y solidario Yes We Can de Obama (Nosotros podemos), que ilusionó a cuantos creían que el futuro era aún posible, con un esfuerzo colectivo y compartido. Futuro en empleo, en sanidad, en educación, en protección social, en la inversión pública.

Frente a ese lema, se alza hoy el Make America Great Again (Haz grande a América otra vez), que ha llevado a Trump a la presidencia. Todo un llamamiento a un mito fundacional inexistente, a una cultura de blancos- anglosajones-protestantes (wasp) de muy difícil encaje histórico en la realidad de inmigrantes que construyeron los Estados Unidos.

Un lema cuyo efecto práctico consiste en el cierre de fronteras, la expulsión de inmigrantes sin papeles, el control policial, el aislacionismo, el supremacismo, el militarismo y paradojas así. Extrañas, pero de gran éxito, por su simplismo publicitario. No es extraño que Putin y Trump se lleven a la maravilla.

Recurrir, en cualquier rincón del planeta, al argumento de la soberanía cultural puede estar muy de moda y hasta arrancar aplausos y movilizar a sectores importantes de la población, pero son el camino más corto para que, por la vía democrática, lleguen al poder populistas autoritarios, cuya misión declarada es acabar con las únicas banderas que ya merecen la pena: la libertad y la democracia. Y esto es así en Washington, en Ankara, en Nueva Delhi, o en Budapest. También en Madrid, o en Barcelona.

Tras el ataque desencadenado contra Joan Coscubiela, por parte de algunos personajes del independentismo catalán, me he sentido obligado a sumarme a cuantos han defendido que Joan puede ser criticado, como cualquiera, pero siempre ha sido honesto y sereno en sus apreciaciones y opiniones, por encima de los gustos y pasiones del momento.

Así lo he podido comprobar cuando hemos coincidido como Secretarios Generales de la CONC (la histórica Comisión Obrera Nacional de Cataluña) y de CCOO de Madrid, respectivamente y, posteriormente, cuando he tenido que tratar con él para plantear las posiciones sindicales en torno a los problemas de la Formación Profesional para el Empleo, durante la primera legislatura con Rajoy en el gobierno, en la que Coscubiela fue diputado por ICV.

Joan Coscubiela es buen sindicalista y gran político. No merece los ataques de los que ha sido objeto por haber dicho con claridad, en el parlamento de Cataluña, algunas cosas incómodas que proceden del patrimonio acumulado por la izquierda y que forman parte del patrimonio general de este país.

En Twitter he escrito, Hay que ver lo difícil que es mantener sensatez en mitad del huracán. Es lo que hace grandes a personas como Joan Coscubiela. Y en otro tuit escribí, No tememos un referéndum, ni la independencia, pero nuestro enemigo es otro. Los sindicalistas como Joan Coscubiela no lo olvidamos nunca. Este tuit va acompañado de una foto de Salvador Seguí, histórico sindicalista catalán de la CNT, con la siguiente frase: El único enemigo que hay en Cataluña es el mismo que hay en Madrid, el capitalismo.

Ha habido de todo en las contestaciones a estos mensajes. Hay quien los ha difundido, quien los ha comentado y quien los ha criticado. Me contesta un tuitero, Vale, en consecuencia: dejaremos que sea la oligarquimonarquía española la que nos gobierne, nos gusta más explotados por el capitalismo español. Cuando le respondo que ni dios, ni patria, ni lengua van conmigo, me responde que tampoco con él, pero que la única patria y lengua que le han impuesto es la española y que lo de la religión ya es otro tema.

Estoy seguro de que el tuitero, en cuestión, es un tipo de izquierdas, respetuoso y, además, declara estar muy interesado por la historia de la educación y la política educativa. Un tipo interesante, sin duda, que no insulta, que es real y opina de cara. Procura decir algo de peso, para él, en estos momentos.

Va a tener razón Luis García Montero cuando afirma que esto del nacionalismo en el siglo XXI va a ser cuestión de sentimientos y que sólo es respetable porque los sentimientos son respetables. Despertar nacionalista, al cabo de los años, por el hecho de que te impusieron de chico una nación y una lengua, es respetable, como sentimiento personal. Pero en eso, creo haber dicho ya en alguna ocasión, que me declaro, como Arrabal, un convencido nacionalista radical y sin fronteras.

En cuanto a la decisión de declararse nacionalista para no ser gobernado por la oligarquimonarquía española, imagino que también forma parte de un sentimiento aprendido. Leer Crematorio, o En la Orilla, de Rafael Chirbes, sin ir más lejos, debería habernos dejado vacunados contra este tipo de sentimientos.

Salvador Seguí, el Noi del Sucre, Secretario General de la CNT de Cataluña, explicaba, en el Ateneo de Madrid, que la independencia de Cataluña no le daba miedo, porque los trabajadores no son un pueblo leproso y, al contrario que los reaccionarios catalanistas, lo tendrían todo por ganar, porque en Cataluña sólo hay un problema universal, el del movimiento obrero.

Las balas de los pistoleros del Sindicato Libre, al servicio de la patronal catalana, aglutinada en torno a la Liga Regionalista y bajo protección del gobernador de Barcelona, el general Martínez Anido, acabaron con la vida de Seguí el 10 de marzo de 1923. Quien quiera conocer esta triste etapa de la historia de Cataluña, puede hacerlo leyendo la impresionante novela de Eduardo Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta.

Un poquito de “seny” no vendría mal para romper esa danza perversa de  sentimientos y pasiones. Algo debería hacer la izquierda que, no hace tanto, contaba con mucha gente como Coscubiela, para escapar de la trampa del nacionalismo y reivindicar la resolución del verdadero problema de Cataluña. El problema universal de Cataluña.

Todos los que no tienen nada que decir hablan a gritos.

Enrique Jardiel Poncela

Comienzo por reconocer que soy un ser venido de otro tiempo, para que nadie sienta como insultantes mis comentarios. Es muy difícil poder entender la lógica del futuro, si vienes del pasado remoto. Sólo unos pocos privilegiados, como Aldoux Huxley, Julio Verne, o George Orwell, han sido capaces de intuir lo que se venía encima y entender su lógica, para explicárnoslo.

Lo dicho, nadie lo tomen a mal. En un mundo en el que tantos hablan, frecuentemente a gritos, mientras tan pocos escuchan, no sería lógico que fuera yo a estar acertado en mis interpretaciones. Máxime, viniendo desde tan lejos en el pasado.

Verán ustedes, mi idea de tertulia se fijó en aquella época en la que un periodista llamado José Luis Balbín creó y presentó un espacio llamado La Clave. Le concedieron este espacio en el segundo de los dos únicos canales televisivos existentes, en Enero de 1976. El formato procedía de un programa similar emitido en la segunda cadena de la televisión francesa, Les dossiers de l´écran.

El programa duraba cuatro horas. Tras la presentación de los invitados que participaban en la tertulia y del tema del día, se veía una película y, a continuación, Balbín moderaba un debate en torno al tema sugerido tomando en cuenta los diferentes puntos de vista. A lo largo de su andadura, se abordaron casi todos los temas prohibidos durante la dictadura franquista. Desde el aborto, a la crisis, el desempleo, o la legalización del Partido Comunista.

Por allí pasaron personas del periodismo, la política, el sindicalismo, la universidad, las artes, expertos de todo tipo. Lo nunca visto y los nunca vistos en el mundo conocido por la mayoría de nosotros. No es raro que aquello nos marcara de por vida.

Para los más nuevos en la fiesta patria conviene aclarar que acababa de morir Franco, España se precipitaba, entre 1975 y 1976, en una galerna de huelgas. CCOO había ganado las elecciones sindicales en julio de 1975. Ha ganao el equipo colorao, publicaba en portada la revista Doblón, aun antes de haber muerto Franco. La clase trabajadora se preparaba para actuar como punta de lanza de la democratización de España. Costaleros de la democracia, gusta decir Nicolás Sartorius.

No es extraño que, en este clima en el que el franquismo se resistía a morir y preparaba atentados como el de los Abogados de Atocha; en el que los GRAPO y ETA redoblaban sus atentados y secuestros; en el que lo nuevo, la democracia, no había nacido, ni aún se la esperaba, la Clave emitiera sus 13 primeros programas y fuera silenciada y prohibida hasta que, ya bajo el gobierno de Adolfo Suárez, comenzara a emitirse de nuevo, a finales de 1976.

Así hasta 1985, cuando el programa no fue renovado por el gobierno socialista de Felipe González. Desde TVE adujeron caídas en la audiencia, pero otros opinan que La Clave hubiera sido molesta en un año en el que iba a decidirse, en referendum, nuestra permanencia en la OTAN, tema vetado por la dirección de la cadena durante su última temporada. Ya sabemos…De entrada, No…

Han pasado los años, han cambiado los tiempos. Parece que hemos superado, o no, la prehistoria, el franquismo, la transición y hasta el régimen del 78. Ahora nadie parece necesitar las claves para formarse una opinión sobre el mundo en el que vivimos. Todos parecemos más interesados en buscar banderines de enganche que confirmen nuestros prejuicios sobre el origen de nuestros perjuicios.

Esos banderines de enganche nos los proporcionan, en dosis virales de 140 caracteres, o a base de consignas gritadas en las tertulias, unos cuantos “agitadores” (así los llaman ya en uno de esos programas de “debate” televisivo), que han alcanzado su efímera fama a base de histrionismo en las redes sociales.

Que nadie se ofenda, pero empiezo a añorar aquellos viejos dinosaurios como Balbín y sus ocasionales invitados en La Clave. Necesito con urgencia a quienes me hacían pensar, a aquellas personas que hoy me hagan pensar (como las meigas, creo que haberlas haylas). Y me sobran los que me animan y me incitan a gritar, a falta de algo que merezca la pena ser dicho.

Uno de los efectos de la política del gobierno ante la crisis económica es que las empresas no financieras han recuperado ya el nivel de beneficios anterior a 2008. Aunque la producción siga siendo inferior, los excedentes brutos empresariales han crecido. Si no producimos más, la única explicación para este aumento de beneficios se encuentra en los recortes salariales y el abuso de fórmulas como la temporalidad, o el contrato a tiempo parcial, que permiten reducir costes salariales.

El resultado es que la devaluación salarial está produciendo mayor desigualdad social y en el propio mercado laboral. Dicho de otra manera, el crecimiento económico no llega a las personas y se queda en los bolsillos de los empresarios. No es extraño, en estas circunstancias, que la brecha española entre ricos y pobres sea la más alta de toda la Unión Europea.

La riqueza del 10 por ciento más rico es casi 14 veces mayor que la del 10 por ciento más pobre, mientras que este dato se encuentra en torno al 8´5 por ciento en la media europea. También el Coeficiente Gini, que mide las desigualdades, nos deja mal parados. Lo dicho, de nuevo a la cabeza de Europa en desigualdad.

Explica Rajoy que el crecimiento de la desigualdad en España se debe al alto nivel de paro y que todo tendrá arreglo cuando crezca el empleo, pero esa afirmación no lo explica todo. Los recortes en protección por desempleo producidos por la reforma del gobierno, también tienen que ver con esta situación. Si en 2010 uno de cada cuatro personas paradas no tenía protección por desempleo, hoy son ya dos de cada cuatro quienes carecen de protección.

Tampoco nos engaña Rajoy cuando oculta que los contratos basura; la incentivación de la contratación a tiempo parcial, de la temporalidad y del falso empleo autónomo; la propia devaluación salarial, provocados también por su reforma laboral, tienen mucho que ver con el aumento del riesgo de pobreza en España. Casi el 16 por ciento de quienes tienen un trabajo en España se encuentra en esta situación de riesgo de pobreza.

El empleo precario y la devaluación salarial tienen, además, otra consecuencia añadida: Aunque crezca el empleo, no crecen al mismo ritmo las cotizaciones a la Seguridad Social, porque las bases de cotización también se reducen. Este fenómeno da de nuevo alas, a quienes anhelan meter mano en las abultadas cuentas de las pensiones, para emprender maniobras de privatización.

La Negociación Colectiva puede contribuir a mejorar este escenario y, de hecho, gracias a la capacidad protectora del convenio colectivo, los males no han sido mayores. Pero cuando la política económica del gobierno y sus reformas laborales y de  la normativa de empleo, caminan en el sentido contrario, debilitando la propia capacidad negociadora de los sindicatos en la empresa, en los sectores y en el diálogo social, parece evidente que es imposible que los convenios puedan corregir esta tendencia al aumento de las desigualdades.

Entramos en un momento histórico, en el que tendremos que definir cómo será la España de las próximas décadas. En muy poco tiempo se va a prefigurar el escenario laboral, social, económico y político, en el que los diferentes actores vamos a tener que dirimir los conflictos inevitables que toda sociedad produce. Conflictos de intereses que se resuelven en la negociación, o que se enquistan y emponzoñan la convivencia social hasta ahogarla.

La defensa del empleo decente y de una vida digna vuelve a ser el objetivo sindical prioritario para los próximos meses. Eso significa que hay que dar marcha atrás a la reforma laboral, restituyendo derechos; fortalecer la negociación colectiva; proteger a las personas desempleadas; responder a la demanda de una renta mínima que dote de recursos a quienes carecen de todo tipo de protección. Significa reponer las inversiones y los recursos necesarios en Sanidad, Educación, Servicios Sociales, atención a la dependencia. Significa asegurar el futuro de las pensiones públicas.

Es mejor ir de cara y a las claras. Decir qué queremos y cómo lo queremos. Anunciar que estamos dispuestos a negociar hasta la saciedad, pero que la movilización no esperará si la negociación no tiene el grado de compromiso necesario para alcanzar acuerdos. Y que no renunciamos a ningún tipo de movilización democrática. Que tenemos nuestras cartas y estamos dispuestos a jugarlas hasta el final.

Cuando escribo esto se me viene a la cabeza un tema de Robe Iniesta, ya sabéis, el de Extremoduro: No queremos estar metidos en una caja/ o nos dejáis jugar, o sos rompemos la baraja/ O todos a la vez, o todos o ninguno. Aunque para deciros la verdad, siempre me ha gustado más cómo comienza esa misma canción del toro que mató a Manolete, Islero, Shirlero o Ladrón:

Para ganar cuando hay algún conflicto

hay que tenerlos bien puestos en su sitio,

para ceder si te has equivocado

hay que comerse los cojones a bocados.

Robe Iniesta, Extremoduro

Hay, por supuesto, maneras más finas de decirlo: Recuperar la iniciativa y el protagonismo de los trabajadores y trabajadoras. Restablecer el diálogo social. Reforzar el poder contractual de la clase trabajadora. Analizar, reconocer y corregir nuestros errores. Combinar adecuadamente movilización y negociación, como las dos caras de la misma moneda. Hay maneras y maneras de decirlo, pero la del extremeño tiene la ventaja de dejar las cosas meridianamente claras.

 

 

El Ministerio de Empleo va anotando en su Registro de Convenios Colectivos el incremento salarial medio pactado, pero ese dato no siempre coincide con la realidad. Existen otras fuentes, fundamentalmente publicadas por el Instituto Nacional de Estadística (INE), como la Encuesta Trimestral de Coste Laboral, la Encuesta Anual de Coste Laboral, o el Índice de Coste Laboral Armonizado. La Encuesta de Población Activa (EPA), indica los deciles salariales y la Contabilidad Nacional informa de la remuneración de los asalariados. El INE ha preparado un nuevo indicador, el Índice de Precio del Trabajo (IPT) para completar la información salarial que permitan conocer la variación del salario en nómina entre periodos, La Agencia Tributaria también informa sobre las retribuciones medias y vidas laborales.

Todas estas fuentes nos cuentan una misma historia reciente. La moderación y el recortes de los salarios han sido muy intensos a lo largo de toda la crisis económica que nos ha sacudido, tanto en retribuciones por cada persona que trabaja, como en cada hora trabajada.

Al principio de la crisis, en 2008 y 2009, las retribuciones aumentan porque las indemnizaciones por despido son contabilizadas en ese momento. Luego, a partir de ese momento, las pérdidas son generalizadas. Hablamos de medias, por supuesto. Porque si miramos los tramos salariales, son los salarios más bajos los que pierden en torno a un 15 por ciento entre 2007 y 2011 y, de nuevo, otro 15 por ciento entre 2011 y 2014.

Las personas trabajadoras menos cualificadas, o con empleos peor pagados, son quienes más han perdido en esta crisis. Y eso tiene que ver con dos factores. El primero, el impresionante número de personas desempleadas dispuestos a encontrar un empleo en cualquier condición y con cualquier salario y, en segundo lugar, la menor implantación sindical en estos sectores de alta rotación laboral.

El PP gobernante ha apostado desde el principio por esta devaluación de los salarios, para recomponer los beneficios empresariales. No pudiendo devaluar la moneda, o imprimir más dinero, se han ajustado milimétricamente a la parte más dura de las recetas anteriores aplicadas para salir de las crisis, cuando no había euro por medio, ni autoridad monetaria europea. El entusiasmo con las recetas de recorte impuestas por Merkel ha hecho el resto. Nuestra tasa de paro se ha disparado a los niveles más altos de Europa.

El instrumento aplicado fue una nueva reforma laboral impuesta que ha aumentado la devaluación de los salarios producida por la crisis. A partir de esa reforma del PP, casi todos los segmentos de retribuciones han perdido poder adquisitivo, a excepción de los salarios más altos que, aunque no retroceden, se congelan.

A partir de la reforma laboral de 2012, se aprueban, además, menores indemnizaciones por despido, desaparecen los salarios de tramitación, se crea un nuevo contrato para empresas de menos de 50 trabajadores con periodos de prueba de un año, se elimina la autorización previa necesaria para proceder a despidos colectivos y se amplían las causas de despido.

La reforma laboral ha tenido dos medidas negativas añadidas. La primera la que permite que los salarios puedan ser reducidos por el empresario unilateralmente. Si los salarios de los nuevos trabajadores se han reducido por efecto del abultado desempleo, a partir de ese momento también lo hacen los de los más antiguos en la empresa. El efecto salarial ha sido devastador.

La segunda medida ha supuesto una intromisión del gobierno en la negociación colectiva, a favor del empresariado. El gobierno ha rebajado la cobertura de los convenios colectivos y ha facilitado el descuelgue de los mismos por parte de los empresarios, además de imponer la prevalencia del convenio de empresa sobre el de sector.El gobierno ha apostado descaradamente por que la crisis la paguen los trabajadores y trabajadoras de este país y ha cerrado las puertas a la posibilidad de que la clase trabajadora se beneficie en modo alguno de la recuperación económica.

Es lo que ya está ocurriendo en estos momentos. Los beneficios empresariales se recuperan paulatinamente, pero el empleo que se crea es temporal, a tiempo parcial y precario. Los salarios no recuperan poder adquisitivo y las organizaciones empresariales no parecen muy dispuestas a alcanzar acuerdos salariales, que permitirían un aumento de la demanda interna.

Acabamos de conocer, por ejemplo, que el gobierno ha dejado que se agote la vigencia del programa PREPARA, sin proceder a su renovación, reforma, o al menos prórroga, abandonando a su suerte a las personas desempleadas que han agotado todas las prestaciones por desempleo, lo cual da buena cuenta del desinterés, cuando no desidia, por cubrir las necesidades mínimas de quienes más necesitan del Estado y de su protección.

El PP ha conseguido que superemos la recesión sin salir de la crisis. Un aumento de la riqueza, sin un reparto equilibrado de la misma. El abandono de aspectos esenciales de las políticas públicas. Estamos ante un error de bulto, porque mayores los beneficios de unos pocos, sin un reparto equitativo y equilibrado, sólo incrementa las desigualdades, multiplica los focos de conflicto y nos instala en una crisis social y política de carácter permanente.

Si a este panorama desolador le añadimos la corrupción estructural instalada en nuestro país, que ha deteriorado la confianza de la ciudadanía de forma irreparable en el corto plazo, podemos intuir la dimensión del trabajo que tenemos por delante. Por alguna parte hay que empezar. Los tiempos han cambiado y no admiten las viejas prácticas y las añejas recetas de la imposición.

No sería malo que una clase política interiorizada y alejada de las personas y una clase empresarial instalada en los fáciles beneficios, a costa de deteriorar los salarios y el empleo, se aviniesen a negociar el futuro de este país repartiendo las cargas y los beneficios. La calidad del empleo y los salarios.

No sería malo que dejasen de hacerse los suecos, o los sordos, o los indolentes. No sería malo que entendieran que, cuando la vía se acaba, sólo el tonto sigue adelante, sin inmutarse, como si nada.

 

Alberto,

Te extrañará, tal vez, que te haya elegido para inaugurar esta serie de cartas abiertas que comienzo a publicar en Infolibre. Podría haber comenzado por alguien más cercano y afín. Pero resulta que estaba yo escuchando a Angels Barceló, presentando su programa nocturno, en el que hablaba del clima crispado que invade la convivencia en toda España. Por la mañana, en la misma cadena, era Juan Cruz quien reflexionaba sobre las situaciones límite de desencuentros y rupturas personales que estaba produciendo el problema de Cataluña.

Entonces tomé la decisión de elegirte como destinatario de esta carta, a cuenta de algo, de lo que oigo hablar muy poco en estos días y que tenía, hace no tanto tiempo, el pomposo nombre de “cultura del diálogo social”.

Tenías menos de 40 años cuando, en 1995, ganaste las elecciones que te condujeron a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Te había conocido como candidato, cuando nos convocaste para presentarnos tu programa electoral. Me pareciste un pelín prepotente, sabihondo y estirado. Pero traías el trabajo preparado y, hasta entonces, el PP no se había dignado explicar sus programas electorales a los sindicatos.

Si hubieran sido estos tiempos, deudores de los que inauguró la inefable Esperanza Aguirre (siento nombrarla en tu presencia), seguro que los años siguientes se hubieran saldado con sonoros conflictos. Pero tú heredaste Madrid de Joaquín Leguina y yo sucedí a un Rodolfo Benito, que participaba de una forma de entender un sindicalismo encabezado por Marcelino Camacho, primero y por Antonio Gutiérrez, después.

Habían transcurrido seis años desde la primera gran Huelga General unitaria de la democracia, la del 14D. Podía parecer que Felipe González, no había cedido un ápice tras aquella huelga, pero lo cierto es que en las Comunidades Autónomas, primero, y en el gobierno central, después, se abrieron espacios para negociar y acordar sobre temas que nos importaban y mucho: pensiones no contributivas, salarios sociales, desempleo, participación sindical en las empresas públicas, políticas de vivienda, calidad del empleo, negociación colectiva, formación de los trabajadores, educación, sanidad, servicios sociales. Hasta el Pacto de Toledo, aprobado en 1995, para asegurar el futuro de las pensiones, fue resultado de aquella huelga y de la posterior Propuesta Sindical Prioritaria.

A ese proceso es a lo que se dio en llamar cultura del diálogo social, que no era otra cosa que comenzar a cumplir el artículo 9 de la Constitución, garantizando que las políticas públicas se realizaban contando con la participación de aquellos a quienes afectaban. En Madrid también habíamos recorrido ese camino. Lejos de tirar por la borda aquel patrimonio, como nos temíamos que hicieras a las primeras de cambio, reforzaste el diálogo social en la Comunidad de Madrid. Aquella cultura significaba que nos reconocíamos como interlocutores, con intereses distintos y a veces encontrados, pero que teníamos que intentar resolver por la vía de la negociación. El diálogo no suponía renunciar a la movilización, la manifestación, la huelga, si el acuerdo era imposible, pero también implicaba intentar preservar de la quema otros espacios de acuerdo alcanzados.

Nunca he olvidado y siempre he tomado como referencia, una de las cosas que me enseñaste: En política, las formas son muy importantes, lo cual contrastaba con la afirmación que había escuchado en otros personajes públicos, según la cual en política vale mentir. Ignoran, quienes así piensan, que la lealtad, la confianza, el respeto a los acuerdos, son la condición para contar con un clima político que permita avanzar.

Además, siempre tuviste la virtud de saber rodearte de gente competente, mejor que tú en lo suyo, leales siempre, imbuidos de la cultura del diálogo. De todo hubo, no todo bueno, pero un Manuel Cobo en Presidencia, un Juan Bravo en Hacienda, una Pilar Martínez en Servicios Sociales, un Luis Blázquez en Economía, o una Alicia Moreno en Cultura, serán difíciles de olvidar.

Probablemente hay pocas personas tan distintas como tú y yo en este país. Y, sin embargo, durante un tiempo, aún no tan lejano, mantuvimos la voluntad de construir aquella cultura de diálogo social. Eso te dio fama de progresista y a mí fama de blando, a lo cual debió de ayudar que hubiera escrito algunos poemas. Sobre tu progresismo, tengo que confesarte que, a cuantos me preguntaban por él, siempre les dije que eras un hombre muy de derechas, pero de convicciones democráticas.

En cuanto a mí, tuvo que llegar tu sucesora para demostrar que escribir poesía, no era incompatible con defender, con la dureza que fuera necesaria, una forma de entender el sindicalismo y la política. Que te lo cuente Esperanza, para quien fuimos bestia negra, oposición y principio de su fin, o así lo anda diciendo allí donde quieren escucharla.

Siempre he creído que el problema de España no estaba en su izquierda. El Partido Socialista, la izquierda procedente del Partido Comunista, las organizaciones sindicales, habían demostrado templanza, serenidad y convicciones democráticas durante la transición y los años de libertad transcurridos.

Más bien me parecía que era la derecha política y empresarial la que no había traspasado los Pirineos hacia el modelo social europeo, ni había transitado con agilidad y firmeza suficiente hacia la superación de los males tradicionales de España.

Si me preguntaban quien podría encabezar un proyecto de derecha moderna, renovada y democrática, afirmaba que ese elefante blanco se llamaba Alberto Ruiz-Gallardón. Eso fue así hasta que caíste en la celada de Mariano. Siempre me han resultado incomprensibles, complicados y maquiavélicos, estos movimientos, frecuentes en la mayoría de las organizaciones, destinados a encumbrarte para luego, en un extraño movimiento, empujarte para caer.

Te vendieron la alta responsabilidad de ocupar el Ministerio de Justicia, como notario mayor del reino y creíste, probablemente, que era la oportunidad de entrar en el corazón del Estado por la puerta grande. No creo que fuera sólo ambición política, sino esa visión de servir a España que debiste heredar de tu padre.

Dejaste la alcaldía en manos de Ana Botella. La única persona, según tú, que podía contener la vitalidad curricular de Esperanza, quien tras haber sido ministra, Presidenta del Senado y luego de la Comunidad de Madrid, aspiraba a continuar su carrera como regidora madrileña, posiblemente con la intención de terminar algún día habiéndolo sido casi todo en política.

Me asombró ver cómo te metiste en el charco de la Ley del aborto y en el pantano de un sistema judicial endogámico, que funciona con claves propias. Esos tropezones con las tasas judiciales; las cuitas del Consejo General del Poder Judicial y los líos particulares de su Presidente. Esos indultos inexplicables.

Al final ese Mariano, del que nos dijiste que iba a sorprendernos por su talante dialogante, nos obligó a convocarle dos huelgas generales y terminó llevándote por delante al retirar por su cuenta el proyecto de Ley del Aborto que  pretendías aprobar en el Congreso de los Diputados.

Tras tu dimisión, ya sólo te he visto por la tele, participando en actos de Aznar y sus FAES; fichado por una gran empresa constructora francesa para presidir su filial española; embarcado en la defensa de los opositores venezolanos, que tan de moda se han puesto en tu partido;  o creando tu propio despacho de abogados.

Nadie es capaz de predecir el futuro, pero parece que un enjambre de mujeres y hombres jóvenes, asumen las portavocías de todos los partidos y esperan el momento oportuno para tomar las riendas. Puede que tu tiempo haya pasado, aunque los giros que da la historia en este país, pueden depararnos cualquier sorpresa.

Todo este recorrido en mi memoria, para recuperar un tiempo tan lejano, o tan cercano, según se mire. Para evocar aquellos días en los que una joven democracia estaba en construcción y muchas personas, en todos los rincones, se empeñaban en que aquello saliera bien, sin taparse los ojos ante los conflictos y los problemas, pero buscando nuevas fórmulas para negociar las soluciones.

Eran otros tiempos, pero para vivir los tiempos futuros alguien tiene que contar estas cosas, porque como nos recuerda Orwell: Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro. Y de eso se trata, de ser capaces de encontrar el camino para gobernar un futuro que a todas y todos pertenezca. Y eso es igual ayer, hoy y mañana.

Un fuerte saludo,

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