Se acerca el 8 de Marzo. Las fotos de los perfiles en las redes sociales de partidos políticos y organizaciones de todo tipo, hasta las empresariales, se tiñen de morado. Resulta una curiosidad de nuestro tiempo que nadie se corte un pelo a la hora de presumir, sin contemplaciones ni pudor alguno, de aquello de lo que carece. Vivimos el tiempo de los lobos con piel de cordero.

En lugares como Madrid, tan grandes, tan capitalinos, pero tan desmadrados e incontrolables, la simulación y el postureo adquieren tintes grotescos y extravagantes. Nadie intentará negar, durante un día, que el salario medio de la mujer es inferior al del hombre en más de 5.700 euros. Significa que en Madrid una mujer cobra un 20 por ciento menos que un hombre.

Según el informe anual de CCOO de Madrid sobre brecha salarial y mercado laboral, la diferencia de salarios entre mujeres y hombres disminuye en la industria, pero crece en los servicios. La diferencia es mayor, de un 26 por ciento entre hombres y mujeres con contrato indefinido, pero baja en los contratos temporales, en los que la brecha salarial entre mujeres y hombres se sitúa en el 10 por ciento.

Pero no se trata tan sólo de una brecha salarial, sino de un foso entre los recursos de los que disponen las mujeres y los hombres. En la declaración de la renta las mujeres declaran unos rendimientos medios del trabajo de cerca de 22.000 euros, mientras que esa cantidad asciende en los hombres a más de 31.000 euros anuales. La diferencia es de casi un 30 por ciento a favor de los hombres. No es nada descabellado, si tomamos en cuenta que las mujeres ocupan casi el 78 por ciento de los contratos con jornada a tiempo parcial y cobran, en consecuencia un salario parcial.

Si estas son las condiciones de trabajo y retributivas de la mujer en la España moderna, qué podemos haber heredado de la España del pasado franquista y la difícil transición democrática. La herencia de las pensiones es aún más cruel con las mujeres, que trabajaron en muchas ocasiones sin cotizar a la Seguridad Social.

La pensión media de un hombre es de algo más de 20.000 euros anuales, mientras que la de la mujer no llega a los 14.000 euros. La diferencia en pensiones medias es del 31´5 por ciento. Dicho de otra manera, más de la mitad de las mujeres cobra menos que el Salario Mínimo, mientras que esto ocurre sólo en uno de cada tres hombres.

Brechas salariales, diferencias de rentas, desigualdad en las pensiones. No queda ahí la cosa. Las mujeres son minoría en el empleo y en los empleos indefinidos, pero son mayoría en las contrataciones a tiempo parcial y también en el paro. Y aquí encontramos un problema añadido. Se han recortado mucho las prestaciones por desempleo, pero aún así más del 56 por ciento de los hombres tiene cobertura por desempleo, frente a menos del 47 por ciento de las mujeres y encima cobran menos al tener ingresos salariales inferiores.

Las mujeres tienen menos empleo, de peor calidad, peor retribuido y resultan menos protegidas en el momento de quedarse en el paro, o cuando llegan a la edad de jubilación. Merece la pena valorar, ante esta realidad, si podemos permitirnos la pervivencia de la discriminación y las desigualdades. Merece la pena pensar si cuatro gestos publicitarios de diseño para un día, de usar y tirar, puede solucionar el problema.

Conviene que pensemos si un día como el 8 de Marzo, de movilización y huelga estudiantil, laboral, de consumo, de cuidados, debería convertirse en un revulsivo contra la violencia y discriminación contra la mujer y en un acicate para hacer real la igualdad y la libertad de mujeres y hombres. Hemos dado pasos, cada año se producen avances, pero el nivel de conciencia del que presumimos tiene que hacerse vida cotidiana todos y cada uno de los días del año.

Las fake news, las noticias falsas, marcan el signo de nuestro tiempo. Cada día nos vemos sorprendidos por una batería de primicias inventadas y opiniones manipuladas, vertidas en las redes sociales, en tertulias televisivas o radiofónicas, en artículos de opinión y luego difundidas en conversaciones, grupos, barras de bar. Van creando tendencias negacionistas de la verdad, a base de repetir mentiras, o medias verdades, que calan en la sociedad y terminan por configurar realidades paralelas que nunca confluyen, fracturando la sociedad, cerrando las puertas a cualquier transacción, negociación, acuerdo, o diálogo.

Así parece ocurrir con la igualdad de la mujer en nuestra sociedad, especialmente cuando llegan fechas como el 8 de Marzo, que deberían permitir una confluencia de toda la ciudadanía en torno a unas cuantas ideas compartidas que harían posible dar pasos hacia la puesta en marcha de actuaciones políticas, sociales, personales, que resolvieran los problemas.

Es cierto que, año tras año, vamos asistiendo a avances, fruto de la constante reivindicación de mayores cotas de igualdad, pero no es menos cierto que esos avances son demasiado lentos en un mundo acelerado como el que vivimos. Por eso es necesario recordar unas cantas ideas que no pueden verse tapadas por el discurso negacionista, ni mucho menos por el postureo al uso, que tiñe de morado los perfiles de quienes poco hacen por alentar la igualdad.

Las mujeres son más numerosas que los hombres en nuestra sociedad madrileña. Sin embargo observamos que, entre las personas que componen la población activa (que tienen trabajo, o lo buscan) hay casi 95.000 mujeres menos que hombres. El 68 por ciento de los hombres en edad laboral trabaja, o quiere trabajar, mientras que esa tasa de actividad baja al 57 por ciento en el caso de las mujeres.

Es curioso que las mujeres y los hombres activos desde el punto de vista laboral tengan muy pocas diferencias hasta los 25 años, pero que esas tasas de actividad se abran en canal a partir de esa edad, hasta situarse por encima de los 12 puntos porcentuales. La curiosidad en cuestión consiste en que cuando entramos en las causas de la inactividad laboral hay 435.000 mujeres que renuncian a trabajar para atender a la familia, los hijos, los abuelos, mientras que sólo 43.000 hombres esgrimen ese motivo.

Las cargas familiares terminan impidiendo un acceso igualitario de la mujer al trabajo. Los negacionistas dirán que son motivos vocacionales y hasta el ejercicio de la libertad de la mujer los que producen este efecto, ocultando así que son causas educacionales, una cultura patriarcal, una insuficiencia evidente de servicios públicos para atender las dependencias y un mal reparto de roles, lo que machaca a la mujer, e impide su desarrollo profesional.

Todo ello repercute en el número de mujeres que trabajan. Hay 100.000 mujeres menos trabajando en Madrid, que hombres. Y, sin embargo eso no impide que las mujeres supongan el 58 por ciento del total de personas paradas que hay en la Región. Además, de cuantas se encuentran trabajando, las mujeres son dirigidas hacia los empleos a tiempo parcial, donde suponen el 75 por ciento de los mismos, mientras que los hombres son preferidos para contratos con jornada a tiempo completo, donde pesan el 56 por ciento del total. Volvemos a escuchar el argumento manido de  que las mujeres eligen libremente este tipo de empleos, cuando se trata tan sólo de una imposición y una preferencia de los empresarios.

Supongo también esgrimirán el mismo argumento de la libertad personal para justificar que las mujeres sean preferidas para ocupar puestos de trabajo en sectores como el comercio, los servicios sociales, la educación, la sanidad, el servicio doméstico, las residencias, guarderías, agencias de viajes, servicios personales, o las oficinas y servicios administrativos, donde se encuentran sobrerrepresentadas, mientras que pesan mucho menos en actividades industriales, logísticas, de almacén y distribución, informática y telecomunicaciones, venta y reparación de vehículos, o construcción.

Estos son los datos y las cifras. Se mire por donde se mire, parecería imposible negar que las diferencias y la desigualdad siguen perviviendo. La conclusión lógica se desprende por sí misma: Los empresarios y los gobiernos, no pocos responsables políticos, por mucho que se  tiñan de morado para la fecha, siguen tolerando y promoviendo, aun cuando sólo sea por pasiva, una situación de mayor precariedad del empleo de la mujer, el abuso de los contratos temporales y a tiempo parcial.

Siguen aceptando como inevitable que se condene a la mujer a no poder elegir su proyecto de vida, cuándo y cómo tiene hijos, a carecer de la estabilidad laboral y la suficiencia económica necesarias. Eso sí, su boca no dejará de repetir las consignas consabidas de prohibición del aborto, derecho a la vida,  exigencia de mayores tasas de natalidad, libertad de mercado, olvidando que todo comienza por el empleo de la mujer, su calidad y su retribución justa. Por ahí comienza la igualdad. Por ahí comienza el 8 de Marzo.

Manuel,

He seguido con bastante interés y no poca inquietud tu decisión de presentarte a las elecciones primarias para ser el candidato del Partido Socialista al Ayuntamiento de Madrid. Mi interés tiene que ver con lo inusual que sigue siendo, en nuestros tiempos, que alguien que no cuenta con los respaldos del aparato dirigente de cualquier organización, se atreva a plantar cara y defender sus ideas y sus proyectos.

En cuanto a la inquietud proviene de mi experiencia de cómo esos mismos aparatos despliegan toda su capacidad de comprar voluntades y asegurar que se salen con la suya, demostrando así que quien se mueve no sale en la foto.

No te conozco demasiado. Conservo de ti una referencia antigua de cuando eras alcalde de Fuenlabrada. Aquel pueblecito que no llegaba a 3.000 habitantes en los años 60, que no alcanzaba los 20.000 cuando murió el dictador y que hoy tiene diez veces más habitantes que  hace 40  años y setenta veces más que hace 50.

Allí fueron a parar muchas parejas jóvenes. Por aquellos años, mi hermana, recién casada y nacido su hijo, recibió las llaves de su piso y se fue a vivir a Fuenlabrada. Nunca te he envidiado, cuando echo cuentas del esfuerzo que debiste realizar para que hubiera colegios, institutos, centros de salud, comercios, transportes decentes, bibliotecas, centros culturales, escuelas infantiles y un modelo de urbanismo decente, en mitad de aquel desarrollo inmobiliario acelerado.

Al cabo de los años, he coincidido contigo como abogado de la UGT y también como diputado socialista. He compartido algunos momentos de negociación con los responsables del Ministerio de Empleo, o en encuentros con los grupos parlamentarios del Congreso, cuando fuiste diputado, para intentar buscar acuerdos sobre el futuro de de la Formación Profesional para el Empleo en España.

Me consta, a través de los abogados laboralistas de CCOO, el buen trabajo que has desplegado en la defensa de los sindicalistas procesados por participar en huelgas generales. Los encausados por ese tristemente famoso artículo 315.3 del Código Penal, que se ha terminado conviertiendo en una espada de Damocles sobre la cabeza de cientos de personas.

No soy socialista, ni puedo considerarte amigo personal, más allá de alguna caña que podamos haber tomado tras una reunión, o un café antes de entrar en otra. Sin embargo, te has ganado mi respeto, porque conoces los temas, los preparas y me parece que no actúas con dobleces, ni otras intenciones que las de mejorar aquello que te ha sido encomendado. Tu forma de entender la política demuestra que no todo vale, que las formas son importantes, que son parte del fondo y de las consecuencias de las decisiones.

Acabo de leer tus últimas declaraciones en un lugar tan clasista como el Casino de Madrid, en el transcurso de un acto informativo. Cuestionas la Operación Chamartín, tal como está quedando. Tres millones de metros cuadrados de suelo público de infraestructuras ferroviarias, entregados al BBVA y a la Constructora San José, con una edificabilidad que se ha multiplicado por cinco y con una reserva escuálida del 20 por ciento para vivienda pública. El resto irá destinado a construir una gran ciudad financiera y miles de viviendas de lujo a precios inasequibles para la mayoría de la ciudadanía.

La Operación Chamartín viene coleando desde 1993 y hay que reformularla. El Ayuntamiento ha caído en la trampa que dejó tendida el PP cuando perdió la alcaldía y con la complicidad del Ministerio de Fomento, ADIF, RENFE, y la Comunidad de Madrid, se apresta a dar el visto bueno al proyecto.

Se han retocando detalles, pero todo ha quedado reducido a cambiar el nombre Distrito Castellana Norte (DCN), por Madrid Nuevo Norte (MNN), profundizando en un pelotazo urbanístico que multiplica el desequilibrio territorial entre el Norte y el Sur de la capital y que pone de relieve el abandono de los barrios, para atender los intereses de las ricas, grandes y poderosas corporaciones financieras e inmobiliarias. Hay que ser muy valiente para plantear que el proyecto tiene que ser reformulado. Ya sabemos cómo se las gasta el BBVA contratando a tipos como Villarejo.

Me gusta que apuestes por la unidad de la izquierda en el gobierno de la ciudad y el reconocimiento de que el PSOE se equivocó no entrando en el gobierno municipal cuando pudo hacerlo, para dotar de sensatez algunas decisiones que ha ido tomando el ayuntamiento. Quienes creyeron en los ayuntamientos del cambio desde los barrios populares tienen no pocos motivos para sentirse defraudados.

De alguna manera me recuerdas a aquel Enrique Tierno Galván que supo interpretar las necesidades y unir las voluntades de una ciudadanía que salía, con decisión, pero con muchas incógnitas, recelos y miedos, de la larga noche del franquismo.

A ese Berny Sanders que plantó cara en las primarias a la candidata del aparato del Partido Demócrata, Hillary Clinton, desde posiciones socialistas democráticas, progresistas y comprometidas con las necesidades de la mayoría de la población estadounidense. Me traes a la memoria la ilusión suscitada en el laborismo británico por la candidatura de Jeremy Corbyn, un hombre de profundas convicciones democráticas y sociales.

No soy socialista. No voto en estas primarias. No está en mi mano participar en la decisión sobre quién será el candidato socialista para ser alcalde de Madrid. No sé qué pensarán otras amigas y amigos, pero si resultas elegido, a finales de mayo, cuando haya que votar una la lista de candidatos y candidatas para ser concejales del Ayuntamiento de Madrid, mucho tendría que cambiar de opinión, para que no sea la papeleta que tú encabeces, la que escoja para depositarla en la urna.

Un abrazo, mucha suerte y buen trabajo, amigo,

Vengo de aquellos lejanos tiempos en los que la rebeldía juvenil de unos barrios recién llegados a la democracia constitucional, se topó de bruces con la ofensiva del tráfico de drogas que desquició cabezas y destrozó cuerpos. Vimos a niños iniciándose en el pegamento, como si fueran alevines en proceso de entrenamiento para pasar al canuto, el caballo, la coca.

Aquellas drogas, especialmente la heroína, se llevaron por delante a la generación de la Movida, causando más víctimas que una guerra y más muertes que todos los atentados terroristas juntos, muchas más que los accidentes anuales de tráfico o en el trabajo.

Las madres, las asociaciones vecinales, intentaron cortar aquella ruleta rusa que jugaba con la vida y la muerte de nuestros jóvenes, no siempre con éxito y teniendo que soportar el dolor de muchas vidas perdidas en los rincones más tenebrosos y apartados de los barrios.

Los ricos y altos ejecutivos jugaban con la coca, que terminó extendiéndose como una mancha hacia los lugares de diversión juvenil. Se nos llenó el diccionario coloquial de nuevos términos como éxtasis, speed, crack, que requerían un pastillero completo, mezclado con alcohol y tabaco para quemar las noches del bakalao y sus numerosas rutas.

Han pasado los años. Los médicos y policías se pasean por los institutos aleccionando a nuestros adolescentes sobre los daños y peligros que acechan tras el consumo de drogas. Los anuncios de tabaco y de alcohol de alta graduación han desaparecido de las televisiones y los medios de comunicación. Sigue existiendo el consumo de drogas, pero las tareas de prevención, información, tratamiento, se han incrementado.

Hoy, como hace décadas, los jóvenes vuelven a mirar con preocupación su futuro. Todo cuanto habíamos aprendido las generaciones anteriores sobre estrategias vitales parece desmoronarse. Una mayor formación reglada no garantiza siempre un mejor empleo, ni mucho menos mayores recursos económicos. La precariedad  se nos presenta como algo mejor que no tener empleo. Los salarios de miseria nos hacen creer que el mileurismo es un horizonte más que aceptable.

Mientras tanto los barrios se pueblan de salones y casas de juego y apuestas. Lo que antes eran apacibles comercios, sucursales bancarias, cafeterías, se transforman en “ludopatecas” en las que se rinde culto al juego compulsivo. Especialmente en los barrios más necesitados y afectados por problemas económicos y sociales.

Si juegas a la lotería, o a la quiniela, hay un momento para apostar, otro de espera y  otros de alegría, o desengaño. Si se puede apostar sobre todo y en todo momento, las cosas se complican. Todo es inmediato, todo es compulsivo. En cada instante se reproduce la apuesta, la espera, el resultado. Hay café y bollería baratos. No es un lugar de paso. Invita a quedarse y seguir jugando. Hombres, mujeres, mayores, menores. Una sociedad en juego permanente. La ludopatía, la ludomanía, como esperanza vital.

Las asociaciones vecinales se han dado cuenta de la jugada y han reaccionado frente a una administración dispuesta a sacar todo el jugo económico que puede dar la desregulación y liberalización absoluta del juego. Así ha ocurrido en barrios y pueblos madrileños, donde los cines han desaparecido y dónde muchas decenas de casas de apuestas han abierto sus puertas separadas por unos pocos metros las unas de las otras. Es una realidad por todo Madrid.

Me parece que no basta regular esta actividad, impedir que en esos antros entren niños, que se abran cerca de los colegios, o dedicar un poquito de dinero de sus beneficios a curar la ludopatía. Creo que hay que ser más ambiciosos y tratar al juego como tratamos al tabaco, o al alcohol. Para empezar no estaría mal prohibir los anuncios de casas de apuestas y apuestas online.

Hacen bien los vecinos y vecinas en defender en los barrios que la droga del juego no se apodere de los deseos de felicidad de mucha gente, acabando con vidas y destruyendo familias enteras. No parece mucho pedir que Ayuntamientos, Comunidad y Estado escuchen a estas gentes y se pongan a colaborar de inmediato.  Nuestros barrios, nuestra gente, no merecen un horizonte vital tan mediocre.

Vivimos tiempos extraños. De esos malos tiempos de los que hablaba Dürrenmatt, en los que hay que volcar un ingente esfuerzo en demostrar lo evidente. Parece algo increíble en momentos de sobresaturación informativa y expansión del Big Data tendente al infinito.

Probablemente sea ese exceso de datos el que determina nuestra incapacidad para detenernos a pensar con dos dedos de frente y nos conduce, indefectiblemente, a aceptar como verdad, la mentira mil veces repetida, siguiendo el inestimable consejo del jefe de la propaganda nazi Joseph Goebbels.

Es cierto, como escucho a una tertuliana de reality show (obsérvese que para escucharla tengo que verla, por más que luego diga que pasaba por allí), que vivimos tiempos de auge de las mujeres. Y, sin embargo, aunque pudiera parecer lo contrario, las desigualdades siguen persistiendo y las violencias en manada siguen arreciando.

Si miramos hacia el interior de las familias, comprobamos que las mujeres siguen dedicando el doble de tiempo que los hombres a tareas domésticas de todo tipo. Tareas que no son agradecidas, ni reconocidas, ni mucho menos pagadas. Es cierto que las cosas han cambiado, pero me parece observar que sigue persistiendo el concepto de ayudar a la mujer, en lugar de asumir el de la corresponsabilidad.

Si nos fijamos en el externo, la infrarrepresentación femenina sigue siendo evidente en los consejos de administración, los cargos políticos, las tareas de dirección en las empresas, el desarrollo de carreras profesionales y hasta en los salarios, en los que las mujeres soportan retribuciones más del 30 por ciento inferiores a las de los hombres.

No seré yo quien haga el correlato de las desigualdades de género aún existentes. Tan sólo utilizo estos ejemplos para establecer un contraste con las posiciones cada vez más cuestionadoras de la igualdad, que repuntan con fuerza en el panorama político y social de nuestro país.

Porque frente a la realidad de una mayor visibilización de la mujer y su discriminación, compruebo cómo, abiertamente y sin complejos, hay quienes comienzan a identificar a los extranjeros, a quienes denominan “feminazis”, a los homosexuales, o a los catalanes, como focos de todos nuestros males.

Observo, además, que las gradaciones y tonos de gris de estas afirmaciones, brillan por su ausencia. Todos los inmigrantes (sólo si son pobres), todas las feministas, todos los catalanes, todas las opciones no heterosexuales (sin entrar en disquisiciones de L-G-T-B-I-Q…).

De nuevo Goebbels, para quien todos los enemigos son un único enemigo. Hay que simplificar, no hacer matices, no dificultar la fácil asimilación del mensaje. El enemigo es uno y culpable de todos nuestros fracasos, disfrazado, eso sí, de muchas maneras. No hay matices. Socialistas, cristianos, socialdemócratas, comunistas, judíos, sindicalistas, masones, homosexuales, mujeres libres. El mismo enemigo. El mismo trato. La misma solución final.

Hace ya casi 110 años que Clara Zetkin propuso que el 8 de Marzo fuera un día de conmemoración y de la lucha de las mujeres trabajadoras. La decencia de los trabajos, la formación de las trabajadoras, el derecho al voto, acabar con las discriminaciones de género, constituían el eje vertebrador de una fecha que terminaría convertida en Día Internacional de la Mujer, tras el reconocimiento de la Naciones Unidas hace ya más de cuarenta años.

Cada año, parece más oportuna y necesaria esta movilización social hacia la que nos encaminamos. Y digo movilización social porque el 8 de Marzo se representa  como mucho más que una huelga al uso. No se trata sólo de no ir a trabajar, sino de convertir el día en un instante para la reflexión compartida sobre las discriminaciones que confluyen al mismo tiempo en nuestras vidas.

Desigualdades y discriminaciones que tienen muchos orígenes. Uno de esos orígenes es el género al que perteneces. Otro, es la brecha, cada día mayor, que separa a los ricos de los pobres, junto a tu formación, tu empleo, tu raza, tu religión, tu opción sexual, o tu lugar de nacimiento.

Por eso, creo que es verdad que todos los feminismos suman, como lo es que ésta de la igualdad es una lucha en todo lugar, todo tiempo, todo modo y toda circunstancia personal y social. Una lucha de cuantas organizaciones, movimientos, sindicatos, partidos, asociaciones, corrientes ideológicas, han tirado de la Historia hacia un horizonte de mujeres y hombres libres e iguales.

Un día para parar el consumo, para que los cuidados sean realizados por los hombres, para no ir al trabajo, ni a los centros de estudio y para reivindicar en las calles la igualdad y el final de las discriminaciones y la violencia de género.

Habrá mujeres que puedan hacer huelga laboral y otras no. Habrá hombres que hagan huelga para ocupar en casa el puesto que cubren habitualmente las mujeres en la atención y cuidados familiares y otros que no puedan. En todo caso los sindicatos deben defender que ninguna persona que vaya a la huelga, pueda verse perseguida, sancionada, despedida. De ahí la importancia de una cobertura legal que permita que quien pueda y quiera vaya a la huelga.

En todo caso, me parece que si algo debe caracterizar la movilización del 8 de Marzo, es convertirse en una bandera alzada por la libertad. La única bandera que merece la pena ser defendida. Una bandera que no puede izarse si la igualdad no existe, si la solidaridad es olvidada, porque entonces la libertad no sería ya un derecho universal, sino una nueva y poderosa máscara de la opresión de mujeres y hombres.

Anda el país un poquito raro, bastante raro, hay que reconocerlo. Es como si quienes se han postulado y obtenido el mandato electoral para gobernar, ya sea en el Estado, la Comunidad, o los Ayuntamientos, lo hicieran con porte aguerrido, sacando pecho, pero con mano temblorosa.

El gobierno del Estado acaba de presentar y retirar de inmediato, la idea de designar un Relator que actúe como una especie de mediador entre los partidos catalanes. No se sabe muy bien con qué funciones, ni tan siquiera ha llegado a concretarse el nombre en cuestión, pero ahí queda como resultado inmediato la manifestación, más o menos pinchada, que las derechas unidas han convocado en Colón.

Mi amiga Yolanda Moya, compañera de mi otro amigo, el periodista Alfonso Roldán, me recuerda desde su blog que no hace más que pensar en Julia esa estatua de niña catalana, de doce metros de altura, que sueña Madrid con los ojos cerrados en plena Plaza de Colón. Qué habrá pensado, imbuida como está en su seny, su prudente silencio, su paz interior, al ver ese despliegue de banderas nacionales enarboladas como barrera frente a las otras Españas.

Andan, por otro lado, los vecinos de Malasaña revueltos por la masiva afluencia de gente al barrio. Se convierten los fines de semana en un tiempo sin sueño, ni descanso posibles. Viene de lejos el asunto. De hecho es uno de los efectos del centralismo gentificante y gentrificante. Daños colaterales que acarrea la peatonalización de los centros urbanos, que se ven convertidos en parques temáticos, centros comerciales y de ocio.

Tras reunirse los vecinos con la alcaldesa, el Ayuntamiento ha decidido nombrar un Comisionado para Malasaña, con el cual parece que podrán contactar hasta por whatsapp y al cual podrán contar la evolución de sus masificadas noches, centrándose en resolver los problemas del barrio.

Al hilo de esto, escucho en la radio, que se va a elegir por sorteo a 49 vecinos que van a constituir un Observatorio de la Ciudad de Madrid. Al parecer es un órgano de participación inspirada en las asambleas ciudadanas de otros países y cuya misión es debatir, debatir, debatir y hacer recomendaciones sobre temas que preocupen en la ciudad. Algún concejal espabilado recurre, para justificarlo, al ejemplo de la democracia ateniense.

De otra parte, veo atascarse un tema como el conflicto entre los taxis madrileños y las opacas empresas de VTC, instaladas mayoritariamente en paraísos fiscales, como las Islas Vírgenes. Ni Hacienda, ni Ayuntamiento, ni Ministerio de Fomento, han impedido que la Comunidad de Madrid haya dado el portazo por respuesta.

Ya sé que la política no goza de muy buena reputación y que los políticos, diga lo que diga las justicia,  han pasado a ser presuntos culpables. Imagino que eso debe de producir un sentimiento de apocamiento y prevención sobre las consecuencias de cualquier decisión que se tome. Además el mínimo y tradicional entendimiento entre partidos de gobierno y oposición ha volado por los aires y ha sido sustituido por la confrontación, la crispación, la acusación permanente y hasta el insulto desenfrenado. Si hay un relator de por medio, un mediador, un Comisionado, un observador, puede parecer que todo será más sencillo.

El problema es que cada barrio quiera tener un Comisionado, que cada Comunidad reclame un relator, que los observatorios y sus observadores se multipliquen y que haya mucho ruido y pocas nueces. Que si el problema es gordo, como el del taxi, unos se laven las manos y otros impongan sus decisiones inapelables.

Es curioso que cuando se trata de temas polémicos, pero en los que se mueve mucho dinero, muchos intereses bancarios e inmobiliarios, como son los casos del Paseo de la Dirección, o la Operación Chamartín, en el norte de Madrid, ya no hay relatores, mediadores, observadores, o comisionados que valgan. Las administraciones y los grandes poderes económicos no necesitan entonces de esos ingenios.

Me pregunto entonces de qué sirven los responsables políticos que votamos, elegimos y pagamos. Visto lo visto, a lo mejor no es tan mala idea que volvamos al sistema ateniense de sortear públicamente los cargos públicos. Tal como defendía Aristóteles, un ciudadano elegido por sorteo, por incompetente que resulte, mientras esté asesorado por empleados públicos bien preparados y cualificados, puede terminar dando mejor resultado que quienes habitualmente acaban utilizando los cargos para enriquecerse y aumentar su poder.

Total, la suerte, o mala suerte, les habrá elegido, casi seguro que con paridad entre mujeres y hombres, por cierto. Cuando acaben su mandato se someterán a auditoría y si salen con los bolsillos llenos de dinero, o han abusado de su poder, se les juzga y condena. Si lo han hecho lo mejor que han sabido, o podido, se les nombra hijos predilectos y hasta se les da un premio, ya se vería cuál, en agradecimiento.

Lo dicho, aunque no sea una fórmula utilizada en las modernas democracias, a lo mejor no está mal darle una vuelta, pensarlo, poner en marcha un ensayo acotado en el tiempo y el espacio. A lo mejor evitamos corruptores, corrompidos, puertas giratorias, intereses creados, votos comprados, campañas electorales permanentes y de diseño, crispaciones innecesarias, insultos estridentes, ocurrencias variadas y mucho Paquí Pallá Sociedad Limitada.

No sé. Tal vez está todo tan raro que una rareza más, ni se nota. Y, a lo mejor, hasta funciona.

Venezuela me pilla lejos. Si me pongo a opinar sobre los problemas que atraviesa, seguro que meto la pata. Si me animo a decir algo sobre la cuestión es tan sólo porque veo que desde la tertulia televisiva hasta la barra del bar, nadie se recata en dar su versión y explicar qué hay que hacer y qué no se debe permitir. No será muy grave que me meta en el charco y chapotee un poco en la ciénaga. Seguro que no va a quedar más fangosa por el hecho de que lo haga.

Vamos a ello. Venezuela significa la Pequeña Venecia. Parece que Américo Vespucio, cartógrafo italiano en una expedición capitaneada por Alonso de Ojeda, al llegar al Lago de Maracaibo vio la costa poblada de chozas nativas, asentadas en pilares sobre el agua.

Se ve que el tal Vespucio andaba ya ensayando eso de dar nombre a las tierras descubiertas por otros y se le ocurrió llamar Venezziola, en honor de la Serenísima República de Venecia, al territorio que tan sólo un año antes Colón había denominado Tierra de Gracia, porque por allí cerca le parecía que debía encontrase el Paraíso Terrenal.

Como viera el tal Américo que nadie objetó nada, debió de animarse a darle su nombre a cuanto Colón había ido descubriendo poco antes y con ese sencillo acto populista las Indias Occidentales terminaron llamándose América. Una muestra más de que la verdad es de quien la escribe, la cuenta, la vende, o la impone. Al fin y al cabo, ya Orwell dejó meridianamente claro que quien controla el presente, controla el pasado.

Cuesta entender que esta Tierra de Gracia, este Paraíso terrenal, esta Pequeña Venecia, en la que se terminaron descubriendo los más inmensos yacimientos de petróleo, se encuentre sumida hoy en el desasosiego, la agitación y al borde de una confrontación interna de sombrías consecuencias.

Hubo un tiempo no tan lejano, hace poco más de una docena de años, en el que los gobiernos de Chávez en Venezuela, Lula da Silva en Brasil, Evo Morales en Bolivia, Humala en Perú, Correa en Ecuador, Mujica en Uruguay, o Bachelet en Chile, hicieron concebir la esperanza de que América Latina sería capaz de erigirse en protagonista y dueña de su futuro.

Denominar bolivarianos a todos ellos sería un error. Pero casi todos llegaron al poder marcados por la ilusión de recuperar para América Latina los ideales libertadores de Simón Bolívar, tras largas décadas sufriendo desigualdades, injusticias, pobreza, aplastamiento de los pueblos indígenas, gobiernos dictatoriales y populistas, siempre bendecidos por el vecino del Norte, que consideraba aquellas tierras su patio trasero, escenario ideal donde ensayar sus experimentos ultraliberales, explotar los recursos y despreciar la vida de las gentes.

En aquellos días, por CCOO de Madrid pasó Evo Morales, cuando era un líder sindical cocalero; la senadora colombiana Piedad Córdoba, defensora del proceso de Paz entre guerrillas y gobierno, cuando arreciaban los asesinatos de sindicalistas de grandes compañías como Coca-Cola y de líderes indígenas, a manos de militares y paramilitares.

Allí nos reunimos con Rigoberta Menchú, años antes de recibir el Premio Nobel, cuando era tan sólo una mujer indígena perseguida, combativa y comprometida en la defensa de su pueblo y en la persecución del genocidio contra los pueblos indígenas.

En el Auditorio Marcelino Camacho, abarrotado de trabajadores y trabajadoras madrileños, acogimos el encuentro con Hugo Chávez, cuando visitó España, allá por noviembre de 2004. Aún conservo una corbata roja que llevaba aquel día el Presidente venezolano.

Todo esto es cierto. Y también lo es que conozco a personas que han huido de la situación insostenible que vive el país, abocado a la ruina económica, al empobrecimiento y a una confrontación civil galopante, que se ha venido fraguando durante años y de la que no creo que pueda exculparse ni al gobierno de Maduro, ni a la oposición que ahora encabeza Guaidó. Son buena gente, parte de esa comunidad de casi 300.000 venezolanos que viven en España.

La confrontación de intereses, de esos que llaman geoestratégicos, entre las grandes potencias, echa leña al fuego y prepara una hoguera que amenaza con devorar al país. Por eso los reconocimientos de un Presidente autodesignado me parece que sólo alimentan las ansias militaristas de intervención de uno de los tipos más peligrosos que haya conocido el planeta.

Si aplicásemos el mismo criterio con carácter general, nos veríamos obligados a romper relaciones con más de la mitad de los países del mundo y con más de tres cuartas partes de la humanidad. Si diéramos por bueno el reconocimiento del autoproclamado deberíamos hacernos mirar mucho de lo dicho y actuado en Cataluña.

Así las cosas, sólo me atrevo a buscar algo de mesura y buen juicio en las palabras de un par de personas sensatas. Uno de ellos Pepe Mujica que nos recuerda que el problema no es de legitimidad, sino de opción entre la Paz, o la Guerra y que apuesta por el diálogo, la negociación, las elecciones libres, que están propiciando países como México, o el propio Uruguay.

El segundo, Antonio Guterres, Secretario General de la ONU, ha dejado claro que la organización sólo reconoce a Maduro como Presidente legítimo, ha reclamado que se deje de utilizar la ayuda humanitaria como instrumento en el conflicto político y apuesta también por los países que han impulsado el Mecanismo de Montevideo, que debe permitir la negociación, el acuerdo, el compromiso.

No sé si será posible, ni tan siquiera estoy seguro de que sea probable. Pero si algo debería ser imposible, indeseable, eso tendría que ser, siempre, la Guerra.

Dos acontecimientos me han incitado a escribir sobre los cantautores. El primero de ellos, la entrega de los premios anuales que intentan mantener viva la memoria de aquellos abogados jóvenes, defensores de la libertad y el derecho, que fueron acribillados a balazos, hace más de 40 años, en el despacho laboralista de Atocha, 55. Los premios han recaído este año en el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio y en los Cantautores y Cantautoras por la Libertad.

El segundo acontecimiento, el concierto de Paco Ibáñez, conmemorativo de aquel que, hace 50 años, celebró en el Olympia de París, en plena descomposición de una dictadura que, tal vez por ello, endurecía la represión. Ese año era arrojado desde un séptimo piso, el estudiante de Derecho Enrique Ruano, mientras se encontraba detenido por la Brigada Político-Social, la policía política del franquismo.

Tuve el honor de hacer la entrega del premio Abogados de Atocha al Colectivo de Cantautores, representado por Luis Pastor y Manuel Gerena. Dos piedras lanzadas en la laguna de nuestras memorias. Nos recuerda Gianni Rodari en su maravilloso libro La piedra en el estanque, que la memoria funciona así. La piedra provoca ondas concéntricas en la superficie del agua que afectan, con mayor o menor fuerza, al pequeño barquito de papel y hasta a la barca del pescador.

Al hundirse, asusta a los peces, agita las algas y cuando llega al fondo, remueve el lodo, golpea objetos olvidados, los desentierra, o los tapa. Así funciona nuestra memoria. De forma que cuando Luis Pastor recitó su conocido ¿Qué fue de los cantautores?, se me apareció mucho más joven, cantando en el Gayo Vallecano.

Viejas camionetas nos trasladaban desde Villaverde hasta Vallecas, en un largo recorrido por la periferia sur poblada de chabolas. Luis era uno de los promotores del proyecto Gayo Vallecano, junto a los inolvidables Juan Margallo, su compañera Petra Martínez y algunos otros como Fermín Cabral, o Luis Mendo, el de Suburbano, el de La puerta de Alcalá.

Justo antes de nacer la democracia constitucional ya hubo quienes hicieron posible que pudiéramos asistir, alucinados, a las representaciones de La cuadra de Sevilla, al estreno de Suburbano, el flamenco de Manuel Gerena, o los conciertos de Ana Belén, Elisa Serna, Joaquín Sabina, Olga Manzano y Manuel Picón, Pablo Guerrero, las hermanas Rosa y Julia León.

Un lujo para quienes escuchábamos sin parar, en cintas de cassette pirateadas y en vinilos destrozados por agujas de mala calidad, al Paco Ibáñez que unas veces nos enseñaba Lo que puede el dinero según el Arcipreste de Hita, otras galopaba con Alberti y siempre nos animaba a vivir con Goytisolo sus Palabras para Julia.  Se nos enredaban las cintas y se quemaban los tocadiscos escuchando a Joan Báez y Bob Dylan, Víctor Jara y Violeta Parra, o Alfonsina y el mar, en la voz de Mercedes Sosa.

Aún recuerdo con un poco de amargura y un mucho de aprensión, el día en que un grupo de jóvenes me paró por la calle, al oírme tararear aquel Están cambiando los tiempos de Luis Pastor y me ofrecieron una versión, a voz en grito, del Cara al Sol. Tuve suerte, aquello no tuvo mayores consecuencias, pero ahí quedó, de nuevo, la humillación de los  vencidos, de sus nietos, de sus hijos.

Conservo la memoria de aquel Que mi voz suba a los montes, del ya para siempre joven e impetuoso Miguel Hernández, en la voz flamenca de Gerena. Miguel había realizado su elección de perdedor, y aquí estoy para morir/ cuando la hora me llegue/ en los veneros del pueblo/ desde ahora y desde siempre./ Varios tragos es la vida/ y un solo trago la muerte.

Llegó la libertad. Pergeñamos una Transición. Votamos una Constitución. Estrenamos democracia. Emprendimos una segunda Restauración borbónica. No fue fácil. No fue gratis. Los Pactos de la Moncloa supusieron un costoso sacrificio que convirtió a los trabajadores en Costaleros de la Democracia, como le gusta recordar a Nico Sartorius.

Queríamos olvidar la dictadura a toda prisa, entrar en Europa y, aunque de entrada No, en la OTAN. Aferrarnos a un futuro mejor, arrinconar el blanco y negro y los incontables tonos de grises. Visto en la distancia, cambiamos el poder y la cara de los políticos, sin tocar el poder económico. Con el tiempo, algunos de esos nuevos políticos encontraron acomodo en los sillones giratorios del todopoderoso dinero.

Pronto los cantautores fueron, para muchos, los llorones. No se adaptaban a la nueva realidad. No interesaban sus quejas susurrantes guitarra en mano. Sus canciones antiguas incomodaban y las nuevas no podían competir en ritmo, medios, instrumental, potencia de sonido, con la extraordinaria explosión musical de La Movida y los 80.

Unos pocos, como Serrat, Sabina, Ana Belén, Víctor Manuel, Miguel Ríos, encontraron la manera de sobrevivir entre lo hispano y lo americano, haciendo bolos colectivos, o constituyendo parejas de hecho en un intento de matar Dos pájaros de un tiro. Otros ensayaron formas de renovarse conectando con nuevos cantautores como Javier Álvarez, Pedro Guerra, o Ismael Serrano. Casos de supervivencia como el de Lluis Llach, Amancio Prada, Luis Eduardo Aute, María del Mar Bonet no han sido frecuentes.

Titánico esfuerzo, éste de la supervivencia de los cantautores, en un país en el que la izquierda quiere artistas de voluntariado, compañeros de viaje, gratis total. Y donde la derecha considera que la cultura es sólo para quien se la pague de su propio bolsillo. Cantautores sí, pero amables, de diseño, con tonos pastel.

Merece algo más esta gente. Tal vez un poco de agradecimiento. Un poquito de reconocimiento y, como cualquier artista y creador, una posibilidad de ganarse la vida con lo que saben, quieren y pueden seguir haciendo: cantar nuestra libertad y nuestra vida. A fin de cuentas, quien cantó nuestro pasado, interpreta nuestro futuro. Vengan a ver lo que no quieren ver.

10 Mar, 2019

La banca siempre gana

Me voy de gestiones bancarias. La verdad es que procuro no consumir demasiado tiempo esperando turno en una sucursal, o haciendo cola ante una caja. Me he ido acostumbrando (o me han ido amoldando), a realizar  gestiones sencillas desde casa, conectado a un viejo ordenador. Me he instalado cómodamente en el más básico de los niveles, sin haberme atrevido a incurrir en las prácticas de esos jóvenes que ponen el móvil encima de un datáfono y pagan la hamburguesa.

Pero, aún con ese Nivel Below, bajo, de abajo, ínfimo, me doy cuenta de que hace meses que no piso una oficina bancaria más allá del cajero. Pero hay veces en las que no hay más remedio que poner un papel sobre la mesa física de un bancario, o bancaria, que no banquero, o banquera y firmar algo delante de él.

Procuro concentrar las gestiones bancarias en un solo día, para quitármelo de en medio de un plumazo. En estos pocos meses en los que les he dejado solos, me asombro de que la oficina ya no existe. La caja ha desaparecido. Allí no hay dinero. Si quieres dinero te acompañan amablemente a los cajeros automáticos.

Te acomodan ante una mesa de terraza de bar y te sirves un café, mientras esperas que las otras mesas se vayan despejando. Entre sorbo y sorbo ojeo un folleto en el que me cuentan que acabo de adentrarme en un espacio inspirado por mí. Más tecnológico, pero más personal, humano, cercano y transparente. La verdad es que si prestara un poco de atención, no sería difícil enterarme de los trámites que se van realizando a mi alrededor. Transparencia absoluta.

Cuando por fin me atienden, me explican que no pueden realizar ninguna de las gestiones que me habían traído hasta aquí, porque esto es un store y me dirigen a una oficina física, donde podrán atenderme adecuadamente. En fin, será para otro día, porque cuando salgo compruebo que he consumido hora y media y un par de cafés de máquina.

A ver si hay más suerte en el siguiente banco. También sigue siendo un banco, pero tampoco hay sucursal. Cinco cajeros automáticos a mi disposición y unas maravillosas explicaciones. Esto ahora es una cosa que llaman coworking space, o work cofee. Un montón de mesas en las que, según me entero, se puede trabajar, conectarse a internet, realizar operaciones financieras, recibir asesoramiento, mantener reuniones y asistir a eventos.

Buen café, buen trato y, si hay suerte, pasteles de autor. Tampoco me pueden atender.  Si lo deseo me ayudan a tramitar algo por internet, pero los asuntos físicos quedan fuera de su alcance. En fin que me voy a la tercera y última entidad bancaria que tengo programada, desolado porque no resuelvo nada, pero confiado en que pueda terminar solucionando algo esta mañana.

Ahora sí, en mi último encuentro con la banca desvirtualizada, encuentro una sucursal con cajeros automáticos, cajeros humanos, despachitos, enormes colas para ser atendido y hasta me siento reconfortado. Cuando me reciben, el problema es que no pueden tampoco aclararme nada porque, tras la fusión reciente con otro banco, el sistema informático se viene abajo cada dos por tres y hoy toca una de esas dos.

Además, me avisan de que en mi próxima visita, la que ahora me parece acogedora y hasta familiar oficina, se habrá transformado en una  Fintech que formará parte de una smart red, especializada en atención multicanal y Tecnología Financiera. Eso sí, todo con mucho human touch. Me entregan un folleto que lo explica.

He echado la mañana. No he resuelto nada de cuanto había previsto. Al salir me encuentro con una jovencita que he visto trabajando en la sucursal. Me cuenta que la han contratado temporalmente hasta que la oficina se reestructure y el ERE de miles de trabajadores del banco termine de negociarse.

Ya no hay quien entienda nada cuando hasta las catedrales y las modestas iglesias de la religión del dinero se transforman en cafeterías donde se puede charlar sin resolver nada en concreto. De pronto me asalta una reveladora visión: La banca se ha convertido en una gran mascarada transitoria para entretener al cliente hasta que termine asimilando que el dinero ya no existe y que su reencarnación cabalga por los algoritmos de la red, a lomos de un teléfono móvil.

Amigas y amigos,

Suelo escribir mis cartas a personas concretas, pero sería injusto, en este caso, dirigirme exclusivamente a una, o uno de vosotros. Sois mis bibliotecarios pero, de alguna manera es como si formarais parte de una misma persona a la que me he ido encontrando, a lo largo de la vida.

Y no es que os reconozca en todas y todos los bibliotecarios que he conocido. Como en cada casa y profesión, hay de todo como en batica. Los riesgos de adocenamiento y resignación no son menores en vuestra profesión que en la mía de maestro. León Felipe percibía esos peligros entre los enterradores, Para enterrar a los muertos como debemos, cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero.

He ido adquiriendo, a lo largo de los años y las asiduas visitas a las bibliotecas, la habilidad de descubriros. En el profesor que cuidaba la biblioteca en el colegio y se extralimitaba en sus restringidas funciones de darte un libro de obligatoria lectura, y me presentaba a uno de esos escritores que luego me han acompañado durante toda la vida.

Atinar a ubicaros en aquella primera biblioteca pública en tiempos de franquismo, tipo búnker del saber, en la que había que traer apuntado el libro desde casa, localizarlo en un cajón de fichas, escribir los datos en un formulario y esperar a que uno de los vuestros lo depositara en el mostrador, o te viniera anunciando que había sido ya prestado. Era territorio de inhóspitas y ásperas formas, pero allí también estabais.

Luego topé con vosotros en un prefabricado de extrarradio, junto a las casas de realojo. Fue construido para ejercer como biblioteca provisional durante unos pocos años y que se quedó allí, en una esquina del barrio, durante décadas. Llegabais allí porque erais los últimos interinos, obligados a elegir aquel exclusivo y solitario puesto, en las fronteras del mundo. Luego os quedabais allí, durante años, hasta que un traslado forzoso os desplazaba.

No eran las fronteras del mundo de la cultura, que en esa materia cultural siempre he creído que los habitantes de ese Sur, que también existe (ya lo cantó magníficamente Serrat), son infinitamente más cultos que cualquier prosaico espía banquero, o político al uso.

No, me refiero a las fronteras de un mundo anclado en el tiempo, donde quien más, quien menos, intenta entreabrir alguna puerta,  resquebrajar el muro, para que entren los aires del cambio o, en el peor de los casos, intentar huir de una pobreza y una miseria, bendecidas por los poderes públicos.

Nuestra famosa inmemorial pobreza cuyo origen se pierde en las historias, que diría Gil de Biedma. A que te gustaría irte a Marte y allí perderte, eso es una cosa que más de uno tiene en mente, que dirían, ahora mismo, el Langui y el Gitano Antón, en su Infectado Distrito, desde Pan Bendito.

Allí estabais, en la biblioteca de aquel recóndito pueblo de Extremadura que al parecer los franceses no supieron encontrar, mientras recorrían la Vía de la Plata, ocupando España, camino de Lisboa. Arrellanado como se encuentra en el Valle del Ambroz, rodeado de montes de castaños y presidido por el castillo templario reconvertido en iglesia. No es la primera vez que veo estas transformaciones de arquitectura militar en religiosa, que lo uno y lo otro parece que marchan, desde siempre, sin demasiados problemas de la mano.

En aquel pueblecito de herrumbrosas y enmohecidas puertas clausuradas por los judíos exiliados, rehabilitadas puertas abiertas de los conversos y punto de encuentro de gentiles y judíos errantes de toda clase y condición, en busca de patria segura, gané mi primer premio de cuentos, convocado por la biblioteca municipal, ubicada en el palacio de los Pérez Comendador-Lerroux, que fuera antes de los Dávila de toda la vida y en cuyo jardín de rincones de diseño romántico me entregasteis el premio. El cuento se llamaba, por cierto, Templarios.

Luego fuisteis esforzada bibliotecaria en la Casa de la Cultura de Lekunberri, donde acudí para recoger el primer premio que me concedieron por un poemario, La Tierra de los Nadie. He sido celoso usuario de toda clase de bibliotecas. En todas ellas os he encontrado. Siempre me habéis ayudado a encontrar nuevas lecturas insospechadas y autores  insólitos y desconocidos. Siempre me habéis empujado suavemente a escribir.

He terminado descubriendo que muchos de aquellos autores fueron antes bibliotecarios. Desde Gloria Fuertes a Mario Vargas Llosa. Borges y el mismo León Felipe. Rubén Darío, Lewis Carroll y María Moliner, entre otros muchos. De ellos, tal vez, aprendisteis pasión por la lectura metamorfoseada deseo de contar historias, o de situar el lenguaje fuera del alcance del tiempo, como nos recuerda John Berger, los poemas están más cerca de las oraciones que los cuentos (…) ¿Dónde está uno realmente cuando llega un poema? En ningún lado, sin duda.

Ahora, cuando han desaparecido los cines de los barrios. Mientras la cultura malvive a merced de una derecha que pasa de ella y una izquierda que la quiere de gratis total, instrumental, compañera de viaje, domesticada. Habéis convertido las bibliotecas en lugar de estudio, punto de encuentro con los creadores, ludoteca, taller de cocina, sala de exposiciones, zona de acceso libre a internet, escenario para microteatro, plaza pública para cuentacuentos, espacio integrado con otras actividades culturales.

Me encanta ver a los niños y niñas con sus profes pasando la mañana entre libros. Me emocionan esas personas mayores que repasan los periódicos, las revistas, cambian sus libros o sus vídeos de préstamo, bucean en los ordenadores. Me gusta ver a la juventud universitaria hasta altas horas de la noche, en ascético silencio, preparando sus exámenes en las más complicadas asignaturas.

Los bibliotecarios, los maestros, los libreros, siempre me habéis parecido de una raza especial. La misma de la que formaban parte los impulsores de la Institución Libre de Enseñanza. Al frente de responsabilidades y tareas nunca bien agradecidas, ni reconocidas, ni pagadas. Os debía esta carta y, aunque sea a la manera de Pepe Isbert, esa carta que os debía os la quiero hoy pagar. Porque sin vosotros, esos Nadies que habitan mis poemas y mis cuentos, hubieran tenido, tendrían hoy,  muchas menos oportunidades.

14 Feb, 2019

Un año más en Atocha

Hace casi cuatro años, poco después del 24 de enero, día en el que como cada año conmemoramos el momento en que fueron asesinados los Abogados de Atocha, fallecía Lola González Ruiz. El pasado 20 de enero se cumplían 50 años del asesinato de su novio, Enrique Ruano, cuando se encontraba detenido por la Brigada Político-Social, la Gestapo del régimen franquista.

Hay pocas historias de amor tan tristes como la de Lola. Perdió primero a su novio Enrique, cuando ambos eran jóvenes estudiantes de Derecho y ocho años después, ya ejerciendo como abogada, dedicada a la defensa de los vecinos y vecinas de los barrios de Madrid, fue víctima del atentado perpetrado por un grupo ultraderechista en el despacho laboralista de la calle Atocha, 55. En el atentado quedó gravemente herida y perdió a su esposo Francisco Javier Sauquillo.

Se ha contado mil veces que el destino y el azar quisieron que aquella tarde los nueve abogados de los barrios intercambiaran su despacho, situado un poco más abajo, en la misma calle de Atocha, con el de los abogados laboralistas, que pasaban consulta en el número 55, dirigido por Manuela Carmena. Cinco de ellos murieron y cuatro sobrevivieron al atentado, pero quedaron marcados para el resto de sus vidas. Todos ellos. Especialmente Lola.

Cada nueva conmemoración del asesinato de los de Atocha suponía para ella un trago tan amargo que no pocas veces emprendía un viaje, para pasar ese día en un recogimiento que ni tan siquiera la distancia podía asegurarle.

La creación de la Fundación Abogados de Atocha en el Congreso de las CCOO de Madrid en el año 2004, pretendía mantener viva la memoria de los Abogados de Atocha y de ese impresionante movimiento de la abogacía antifranquista, que tuvo su expresión en las generaciones de abogados y abogadas jóvenes que se incorporaron a la defensa de los trabajadores, de la ciudadanía y de cuantos tuvieron que enfrentarse a los Tribunales de Orden Público de la dictadura.

Cada año, la Fundación concede los Premios Abogados de Atocha a personas e instituciones nacionales e internacionales que luchan por la libertad, la democracia, los derechos. Este año el premio ha recaído en el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio en México y en los Cantautores por la Libertad. Cada año, convoca un premio internacional de narrativa joven, así como estudios, publicaciones y actos vinculados al mundo del derecho y la justicia.

Sin duda una labor importante y elogiable, pero que obliga a quienes vivieron aquellos terribles días de enero a recuperar no sólo la memoria, sino el dolor que les fue infringido por la barbarie terrorista. Pienso, a veces, que el reconocimiento hacia ellos va acompañado por el peso insoportable de un instante que acabó con cinco vidas y seccionó en dos las de los sobrevivientes.

Para ellos ya nada volvió a ser igual. La ilusión por abrir las puertas de la democracia siguió ahí, sin duda, las ansias de libertad siguen intactas como entonces, pero con un sesgo de amargura que no es fácil reconocer en sus gestos, pero que está siempre presente.

Este año, además, acabamos de perder a la maestra de todos ellos, María Luisa Suárez Roldán, la mujer nacida en una familia republicana y laica, educada en la Institución Libre de Enseñanza y una de las primeras y escasas abogadas en las promociones universitarias de posguerra. La fundadora del primer despacho laboralista de Madrid, el de la calle de la Cruz, junto a Jiménez de Parga, o Antonio Montesinos.

Por ese despacho pasaron las jóvenes generaciones de abogados comprometidos con la defensa de las personas en los barrios, de los trabajadores en las empresas, de quienes eran perseguidos por buscar la libertad, la justicia, la convivencia democrática, la dignidad de las vidas y la decencia del trabajo. Muchas mujeres como Manuela, Cristina, Paca, la misma Lola.

Jóvenes que rondaban los treinta y que siguen marcando, desde su ya infinita juventud,  el nivel de compromiso, responsabilidad y ganas de vivir, que nos debemos exigir a nosotros mismos. Hoy serían mayores que yo, pero serán siempre más jóvenes de lo que hoy soy.

Son muy importantes en una democracia también joven como la española, pero en la que hemos cometido ya algunos peligrosos errores, hemos incurrido en disparates difícilmente justificables y hemos permitido perversos comportamientos hasta el punto de  aplaudir el envilecimiento, la iniquidad y no pocas vilezas, recorriendo el filo de la navaja de vernos abocados a la degeneración de la democracia y la degradación de la convivencia, que atraviesa territorios, ideologías, espacios políticos y sociales.

En nuestra democracia los de Atocha siguen siendo el espejo en el que juzgar si hacemos suficiente por la libertad, por la verdadera democracia en nuestras instituciones y organizaciones políticas y sociales. Si damos la talla en el esfuerzo de unir lo diverso y plural. Si pensamos en lo que es de todos, o sólo en el beneficio personal.

Los de Atocha hubieran querido, casi seguro, que el mejor homenaje que pudiéramos organizarles consistiera en nuestra defensa de la cada vez más maltrecha libertad, la cada día más deteriorada solidaridad y la cada vez menos valorada vida. La suya, la nuestra, la de cada persona.

Somos un país más complejo de lo que parece a primera vista. De opiniones contrapuestas, frecuentemente enfrentadas, difícilmente conciliables, porque se sustentan más en creencias ancestrales que en el conocimiento, la memoria, el estudio.

Es cierto que no es un fenómeno exclusivamente español. Hasta países que han pasado por ser los más cultos y formados, han caído en el pozo sin fondo de las soluciones mágicas enarboladas por líderes mesiánicos y extremadamente peligrosos. La Alemania de entreguerras que se abalanzó en brazos de Hitler, es uno de los mejores ejemplos, aunque no el único.

Parece que cuando los problemas se multiplican y los malestares crecen, la incapacidad de los gobiernos y las instituciones para ofrecer soluciones, termina alimentando el nacimiento y crecimiento de los monstruos. Basta una pequeña chispa para que la locura hasta entonces minoritaria se abra camino.

Una facción de la ultraderecha, escindida del Partido Popular, donde había encontrado acogida y mamandurrias de lideresas como Esperanza Aguirre,  acaba de obtener unos resultados inesperados en las elecciones andaluzas, recurriendo a unas cuantas ideas simplonas, pero fácilmente entendibles: Ilegalizar al independentismo; acabar con las competencias de las Comunidades Autónomas y volver a un Estado Unitario de corte franquista; eliminar las leyes de Violencia de Género, la del aborto, o la del matrimonio igualitario.

Uno de los temas estrella, con los que han conseguido atraer centenares de miles de votos andaluces, ha sido el de expulsar a todos los inmigrantes irregulares, deportar a los que hayan cometidos delitos, endurecer las políticas de arraigo y de acceso a la regularización, levantar muros en Ceuta y Melilla. Primero los españoles, resumen con énfasis.

Me detendré en esto de la inmigración. Haríamos mal en creer que el simplismo decae por sí mismo y no puede resultar exitoso a medio y largo plazo. Basta para ello comprobar que estos planteamientos han recogido más apoyo en las localidades más ricas, con mayor porcentaje de habitantes con estudios superiores, donde el número de inmigrantes es más alto y son más explotados como mano de obra barata en tareas que los nacionales no harían.

En una comunidad como la andaluza, cuyos habitantes originarios vinieron de África y luego se mezclaron con comerciantes fenicios y griegos, conquistadores cartagineses, romanos republicanos, tribus de godos, imperiales bizantinos, o musulmanes norteafricanos que llegaron, conquistaron, se quedaron y llenaron de progreso y cultura el territorio.

Luego vinieron los reconquistadores, cuyas mezclas no eran menores. Hasta dicen que, además de Tartessos, la Atlántida estuvo por esas tierras y no pocos alemanes, ingleses llegaron para repoblar, o para crear bodegas y explotaciones mineras. Se mire por donde se mire, Andalucía y toda España, es tierra construida por inmigrantes.

Pero también somos pueblo de emigrantes. De Andalucía partían los emigrantes hacia las Indias y allí llegaban los que volvían del Nuevo Mundo. Varios millones de españoles se asentaron en América Latina, incluso después de la independencia de las colonias, a los que vinieron a sumarse los que marcharon tras la Guerra Civil y durante la posguerra. Países como Venezuela, México, Cuba, Argentina, Uruguay, Chile, Cuba, Colombia, Puerto Rico, Costa Rica, Ecuador, contaban sus colonias españolas por cientos de miles y hasta por millones.

Hasta el Norte de África recibió cientos de miles de españoles en países como Argelia, o Marruecos. En los años sesenta se cuentan por millones los que protagonizan migraciones interiores, al tiempo que dos millones de españoles marchan a buscarse la vida fuera de España. La gran mayoría hacia Europa. Más de la mitad de ellos parte sin contrato y se encuentran en situación irregular en los países de acogida. Son clandestinos y no conocen ni el idioma en Alemania, Suiza, Bélgica, Holanda, Francia, Gran Bretaña.

Franco los deja marchar. No sabe ni cuántos se van, si prestamos atención  a que los datos de emigrantes ofrecidos por el gobierno español son muy inferiores a los facilitados por los países que los acogen. De lo que se trata para el régimen dictatorial es de recibir divisas y esconder la realidad de una fuga masiva de población. Los emigrantes y el turismo son el motor del desarrollo económico durante esa etapa del franquismo.

Los emigrantes españoles hacían el trabajo duro que no querían los nacionales. Vivían en barracones, o en lugares con ínfimas condiciones de salud. Sus salarios eran más bajos y las condiciones de trabajo mucho más difíciles. La integración y la reagrupación familiar, misión casi imposible.

Pero vamos, no nos liemos pensando que eso ya pasó, que son cosas del pasado, historias de nuestros abuelos. Ni mucho menos. En el año 2009, cuando comenzaban a sentirse los efectos de la crisis global en España, no llegaban a 1.500.000 el número de residentes españoles en el extranjero.

En el 2018 esta cifra de españoles por el mundo alcanzaba casi los 2.500.000 personas, repartidas por todos los continentes, pero especialmente por América (más del 60 por ciento) y Europa (en torno al 35 por ciento). El resto se encuentra en Asía, África y Oceanía. Unos son nuestros ascendientes, otros nuestros hermanos y, la mayoría, nuestros hijos. Porque son ellos quienes han terminado buscando un mejor horizonte de vida y trabajo.

Nos duele que los insulten cuando hablan en español en el metro londinense, o que sientan miedo de ser expulsados del país. Nos sentimos agraviados cuando los relegan a las tareas peor valoradas. Nos alegra que triunfen allá, después de que se les cerrasen todas las puertas acá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

España no iba a ser diferente a otros países europeos y anglosajones. Ya tenemos una ultraderecha cavernaria dispuesta a recoger los miedos y malestares más rancios y profundos de una parte de la población. Me preocupan muchas de las cosas que defienden estos personajes políticos venidos del pasado y que ya fueron tan bien reflejados por Bergman en El huevo de la serpiente, por Manuel Gutierrez Aragón en Camada Negra, o por Bardem en Siete días de enero.

Pero claro, esto de alimentar un racismo ex novo, una decrépita xenofobia, un patrioterismo intransigente, me parece tirar piedras en el mismísimo tejado de nuestra historia , nuestro pasado y nuestro presente como país en un mundo globalizado. Una falta de respeto a nosotros mismos. No es eso, no es eso.

Hay a quienes les gusta clasificar a las personas en función de su color, su religión, su sexo, su opción sexual, su ideología, su voto declarado, su voto intuido. Todo parece así más sencillo. Se adscribe una identidad y, a partir de ahí, ya no hay más que hablar. Sin embargo, creo que ese reduccionismo termina siendo una barrera de incomunicación, bebedero de tópicos y  recurso empobrecedor, a la par que simplista.

Cuanto más rica es una personalidad, más se producen intersecciones  de identidades. Ya lo decía Luis Eduardo Aute, citando a San Agustín, yo soy al menos dos y estoy en cada uno de los dos por completo. Pongamos el ejemplo de Karl Marx. Pudiera parecernos que el personaje se agota en la filosofía, en su visión de la economía, las clases sociales, sus predicciones históricas, fallidas, o acertadas.

Sin embargo, hay una lectura ecologista de Marx, otra educativa. Se puede mirar a Marx desde la poesía, o tomar en cuenta sus interpretaciones del nacionalismo, su opinión sobre la religión (no tan opiácea como la que se nos ha contado), su relación con las mujeres. Su opinión sobre la posesión de la tierra, sus cálculos matemáticos, el papel de los medios de comunicación, el modelo de ciudad, o detenernos en su activismo político incansable.

Ya he dedicado algunos artículos a reflexionar sobre su visión del trabajo humano, o sus reservas ante las opiniones sobre el derecho a la pereza sostenidas por su yerno. Unas reservas que tenían más que ver con el choque de una cultura alemana con otra hispanocubana y que menospreciaban el tremendo esfuerzo que Pablo Lafargue (el yerno en cuestión) desplegó a lo largo de su vida para difundir por España y Francia, las ideas de su suegro y, sobre todo, el amor que dispensó a su hija Laura.

En el año que se ha cumplido y nos ha dejado desamparados ante un horizonte cada vez más extraño de días y meses plagados de inseguridades, desasosiegos, e incertidumbres, conmemorábamos el nacimiento de Marx hace 200 años. Uno de los hombres cuyas ideas han influido más en los procesos históricos que se han desencadenado a lo largo del último siglo y medio.

El acontecimiento me ha dado la oportunidad de compartir páginas heterodoxas, cuando no abiertamente heréticas, respetuosas, o irreverentes, sobre el pensamiento y las diferentes lecturas a las que se presta Carlos Marx, en un libro al que titulamos Dígaselo con Marx. Un puñado de mujeres y hombres que se ha prestado a dar su versión de las identidades que habitaban en el Moro (que así le llamaban en la estrecha contorna de familiares y amigos).

Quiso Marx conocer el mundo y su funcionamiento para, inmediatamente, ponerse a la tarea de transformarlo. Nunca un filósofo se había volcado con tanto empeño en esa labor y muy pocos dedicaron su vida a sentar las bases para gobernar las transformaciones que se aceleraban en el tiempo.

Sin la figura de Marx y de su amigo Engels, sin sus mujeres, sus hijas, sus yernos, sería muy difícil interpretar nuestro tiempo. No sólo el pasado, sino sobre todo el presente. No podríamos entender la existencia de sindicatos, partidos de origen obrero, procesos revolucionarios y reaccionarios que conmocionaron y que siguen preocupando en el mundo.

Sin ellos no se explican los avances sociales, el Estado del Bienestar, los sistemas sanitarios, educativos y de servicios sociales. Las potencias imperialistas coloniales, las catastróficas consecuencias de la descolonización, las concentraciones de capital y las grandes guerras, desigualdades, hambrunas. La concentración de capitales y el hecho de que, pese al aumento general de la riqueza, los ricos sean cada vez más ricos y los pobres seamos más desiguales cada día.

Sin los marxistas no se explican los anarquistas, el socialismo, ni la teología de la liberación. El urbanismo pensado para la clase trabajadora, nacido en lugares como Berlín o Viena, antes de la llegada del fascismo, le debe mucho a Marx. El feminismo se universalizó cuando las mujeres trabajadoras entraron en acción y reclamaron igualdad laboral y derechos sociales, además del derecho al sufragio.

Es cierto que la prusiana ciudad de Tréveris ha celebrado activamente el nacimiento de su ciudadano más ilustre, pero no he visto gran entusiasmo en otros países, ni en la propia Alemania. Se ha presentado alguna atractiva película como El joven Karl Marx. En cuanto a España, algún Congreso Universitario, como el de la Complutense de Madrid y algunas publicaciones como el libro mencionado.

Son tantas las citas, acontecimientos, noticias, escándalos rosas, azules, de corrupción económica, que todo tipo de eventos conmemorativos terminan resultando flor de un día. Esa es una de las claves del sometimiento y la esclavitud a la que nos condena la modernidad. Todo es efímera efemérides.

No creo que todo sea elogiable en Marx. Para mi gusto, entró tan de lleno en la economía, el análisis de las clases sociales y acumuló tantos esfuerzos para luchar por la igualdad, que olvidó la capacidad corruptora del poder y terminó dejando la puerta entreabierta a lo que él creyó sería dictadura del proletariado y terminó siendo dictadura sobre el proletariado. De nada sirvió luego explicar que la dictadura del proletariado no era estalinismo, ni maoismo, ni polpotismo.

Pero de ahí a obviar que una parte muy importante de nuestro pensamiento, de nuestra capacidad para estudiar, analizar, juzgar, sentenciar y corregir las lacras de nuestro tiempo siguen necesitando de Carlos Marx y su gente, me parece un error de bulto.

Un error que nos permite pensar que inventamos el mundo cada vez que estallamos, nos organizamos, reivindicamos y conseguimos cambiar algo, en lugar se sentirnos parte de una corriente que a veces se transforma en marea, tempestad, o aguacero que ha recorrido y sigue recorriendo la historia humana desde tiempos inmemoriales. La corriente de la libertad, la justicia y la solidaridad, frente a la barbarie.

Nadie se horroriza, nadie se indigna

No recuerdo por qué circunstancia me topé con la referencia de un libro como Los grandes cementerios bajo la luna. Acudí a una librería religiosa especializada. Pregunté qué tenían de su autor, el católico Bernanos. La amable librera tuvo que buscar el nombre, que no le sonaba y terminó encontrando una de sus obras, Diálogos de Carmelitas, que se había vendido hace algunos meses. Algo raro hay en un autor católico, al que no reivindican ni los suyos.

Bernanos sigue incomodando. No es para menos. Un hombre que se reclamaba monárquico en la republicana Francia y que no dudaba en fustigar sin contemplaciones a los nacionalistas, monárquicos, derechistas y ultracatólicos de Acción Francesa. Que rechazaba abiertamente el escenario hitleriano, mussoliniano y estalinista, que se perfilaba en Europa.

La Guerra Civil española pilló a Bernanos en Mallorca. Se llevaba bien con los falangistas. Su hijo Yves se integró inmediatamente en las escuadras de la Falange que se hicieron con la isla. Pronto llegaron las detenciones, los paseos nocturnos, los fusilamientos sistemáticos de gentes que no habían herido ni matado a nadie.  Su hijo, desgarrando la camisa azul de falangista y gritando que aquella noche las escuadras habían matado a dos pobres viejos campesinos.

María Luisa Suárez Roldán

En estos tiempos de reivindicación de la igualdad de la mujer, me parece necesario recordar a María Luisa Suárez, que acaba de dejarnos con 98 años de edad. Una de esas personas que luchó por la emancipación, la libertad y los derechos en tiempos mucho más difíciles de los que hoy nos toca vivir.

Nació María Luisa en Madrid en 1920. Sus padres eran republicanos y decidieron que su hija tuviera una educación laica y librepensadora. Por eso su formación inicial se desarrolló en la Institución Libre de Enseñanza, ese proyecto de regeneración, modernización y europeización de la enseñanza que puso en marcha Francisco Giner de los Ríos.

Las botas militares pisotearon todas aquellas buenas intenciones pedagógicas, el reconocimiento de los derechos que la República había concedido a las mujeres y cualquier intento de reformas sociales, o políticas, que pudieran dar voz, protagonismo y poder al pueblo. Sin embargo, el poso de todo lo vivido en aquellos primeros años acompañó a María Luisa, a lo largo de toda su existencia.

Se empeñó, recién acabada la guerra, en ingresar en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, aunque fuera la única mujer matriculada allí en 1941. Hay que hacerse a la idea de dónde entraba nuestra joven heroína. Una facultad completamente masculina, cuando no abiertamente machista, en la que enseñaban profesores que habían superado todas las depuraciones del régimen franquista y que tenían un alto sentido y un elevado concepto de la clase a la que pertenecían y a la que estaban destinados a defender.

Operación Chamartín

Me gustaría comenzar el año de otra manera y no embarcado en el debate sobre la Operación Chamartín. Ese proyecto en el que andan atascados el Ayuntamiento de Madrid, el Ministerio de Fomento, RENFE, ADIF (Administrador de Infraestructuras Ferroviarias), con la necesaria aquiescencia cómplice de la Comunidad de Madrid. Todos a una para dar vía libre a un proyecto siempre polémico, continuamente aplazado y ampliamente cuestionado.

Especialmente desde mediados del año pasado la discusión y hasta el litigio se han abierto en canal. La historia viene de muy lejos. Nada menos que desde hace 25 años. La Estación de Chamartín fue construida hace más de medio siglo en un descampado y, desde entonces, los terrenos de su entorno se convirtieron en preciosa golosina para especuladores.

En 1993 se dio el pistoletazo de salida a la Operación Chamartín, con el objetivo de conectar barrios separados por el ferrocarril, soterrar vías y crear un entramado urbano. RENFE y Ministerio de Fomento decidieron que esta actuación se realizaría, por primera vez, mediante la fórmula de concesión al sector privado, cobrando un canon y privatizando el suelo público para venderlo, alquilarlo, o comercializar los edificios construidos sobre el mismo.

La pública Argentaria (absorbida luego por el BBVA) y la Constructora San José, se lanzaron a constituir una empresa que se quedó con la concesión y que hoy se llama Distrito Castellana Norte. Los procesos judiciales abiertos por los afectados y las críticas ciudadanas a causa de la escasez de vivienda social y protegida en el proyecto y la excesiva inversión pública en detrimento del necesario equilibrio territorial de la ciudad, han determinado que hasta ahora no se haya dado vía libre al proyecto.

Feliz Año Nuevo

Me pide mi amigo Javier Cuenca que me estire un poco y escriba algún breve artículo, de vez en cuando, sobre Villaverde. Agradezco que los amigos se acuerden de mí y me inviten a participar en sus sueños, sus ideas, sus proyectos. Así que a ello vamos.

Se lo debo a Javier y se lo debo a mi madre que, después de nacer en Mejorada, un pueblecito cercano a Talavera, después de atravesar una guerra, una posguerra, años de eso que hoy llamamos servicio doméstico y antes criada, hambrunas, desarrolismos, limpiar casas, fincas, colegios, terminó comprando piso en Villaverde y allí siguió viviendo hasta su muerte.

Para comenzar la ronda, vaya por delante esta felicitación de Año Nuevo que he difundido en las redes sociales. Una foto de ropa tendida en los balcones de Villaverde, con un escueto texto, Felices fiestas. Feliz 2019. Que ondeen nuestras banderas en las ventanas.

Me explico. Todos tenemos una patria. Decía la madre de Serrat que la suya era aquella en la que trabajaban sus hijos. Mi patria es la de mi madre, Villaverde. No creo que fuera el lugar donde ella encontrara más felicidad, pero sí su lugar en el mundo.

No era el mejor lugar de Madrid, ni el más hermoso. Era, tan sólo, el suyo. Aquel en el que cuando salía a la calle, o llamaba a la puerta de enfrente, encontraba personas con las que había compartido nacimientos, bodas y bautizos, enfermedades, jubilaciones, viudedad, funerales.

Ahora, después de tragarnos riadas de mensajes que nos hablaban del fin de trabajo y del final de la Historia, que iban a ser barridos por inevitables y acelerados procesos de digitalización y globalización, nos encontramos con que el debate que atraviesa la incorporación de nuevas tecnologías, el cambio climático, las migraciones, la globalización, es el problema del reparto de la riqueza, la decencia del empleo y, en consecuencia, la formación inicial y permanente de las personas.

El desempleo, la temporalidad, la baja calidad del empleo, la precariedad, la infracualificación de muchos y la sobrecualificación de otros tantos, la inadaptación entre cualificación y empleo disponible, el deterioro salarial y de derechos laborales atacan directamente al centro del modelo social que ha permitido construir Europa y la cohesión social.

La educación, la formación inicial y la formación permanente de las personas se nos presentan como llave para abordar estos retos. Es cierto que se consideran elementos esenciales para las empresas, pero se tiende a olvidar que, por encima de ello, son un derecho de la persona. Cada país pone el acento en una interpretación distinta de estos conceptos.

Proyecto Bikutsi en Camerún

Hay quien dice que los jóvenes se han vuelto individualistas y egocéntricos. Encerrados en sí mismos, e inmersos en el laberinto intrincado de las redes sociales. Y, sin embargo, la vida se empeña en demostrarnos que basta una pequeña chispa, para que el aislamiento se rompa y la solidaridad explote de forma sorprendente e imprevisible.

Hace meses, un amigo de Rivas, Marcos, me puso en contacto con una asociación local volcada en la solidaridad, que quería presentarme a un grupo de jóvenes, a las que alguna diputada llamaría jóvenas, que se habían embarcado en un proyecto de apoyo a la educación en Camerún. Sinceramente, conozco poco sobre esas tierras. Poco más que cuatro nociones básicas. Así que, de entrada, antes de verme con ellas, me puse a investigar algo sobre el país.

Parece que por el territorio que hoy llamamos Camerún, han pasado pueblos neolíticos, tribus, reinos y hasta un imperio. Luego pasaron, comerciando por allí, de paso hacia la India, los portugueses que, ante la abundancia de cangrejos, gambas y camarones, le dieron el nombre de Río dos Camaröes. Dejaron a su paso algunos puestos comerciales y unos cuantos misioneros.

Cine Tetuán

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que, en Tetuán de las Victorias, había hasta 25 cines. Cines míticos como el Metropolitano, Maravillas, Lido, Cristal, Bellas Vistas, Novedades, Regio, Savoy, Tetuán, Victoria, Windsor y otros muchos. Por eso  el barrio merecía el nombre de El pequeño Hollywood.

Hoy, al cabo de los años, en esas calles y plazas de leyenda, Bravo Murillo, Raimundo Fernández Villaverde, Cuatro Caminos, Reina Victoria, Francos Rodríguez, no queda un solo cine.  La Asociación de Vecinos acaba de publicar el listado de estos cines en uno de sus Pliegos del Cordel, incluyendo una pequeña referencia a la ubicación, historia y fecha en la que fue cerrado cada uno de ellos.

Hermoso proyecto, éste de los Pliegos del Cordel, cuyo primer número fue dedicado a las poesías escritas por las poetas del barrio, con la incursión de unos pocos hombres, entre los que tengo el privilegio de figurar. Retoman así una ancestral tradición, vinculada a las coplas de ciego y el romancero. Esos papeles sin encuadernar que se colgaban en cuerdas y que daban cuenta al vecindario de milagros, hechos extraordinarios, leyendas, cuentos, noticias, sucesos cotidianos, crónicas históricas.  

Es cierto que han cambiado mucho los tiempos. Que para ver una película no es estrictamente necesario ir a un cine. Que son muchas más las formas y maneras de entretenimiento y que las que había, han sufrido profundas transformaciones. La resolución es mucho mejor en las pantallas de televisión y su tamaño es ahora XXL.

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