En un viejo país ineficiente

algo así como España entre dos guerras

civiles, en un pueblo junto al mar,

poseer una casa y poca hacienda

y memoria ninguna…

Jaime Gil de Biedma

 

Acaba de publicarse el libro Dígaselo con Marx. Una original forma de conmemorar el Bicentenario del nacimiento de un tal Karl Marx, sobre cuya juventud acaba de estrenarse una película. En el libro escriben cerca de cuarenta personas procedentes de la Universidad, la política, el urbanismo, la poesía, la economía, el feminismo, la ecología, el arte, la psicología y hasta de la religión.

Me pareció que en el libro no podía faltar la opinión de alguien que representase a aquellos que fueron acusados por Marx de ir traficando con el opio del pueblo. Son conocidas las relaciones de amor y odio entre marxismo y cristianismo y no son pocos los elementos del clero que se han presentado en candidaturas de la izquierda, han participado en movimientos guerrilleros inspirados en el marxismo, o han construido la teología de la liberación sobre la base del diálogo entre marxistas y cristianos.

Sin embargo, el cura al que se lo propuse declinó la invitación a la manera de Gil de Biedma, aunque me autorizó a transcribir libremente su respuesta, dificultando la identificación del personaje. El llamado, en el artículo, padre Francisco, lleva ya 8 años recluido en un pueblo costero, rodeado de gente anónima, muchos de ellos extranjeros, viviendo junto a su esposa, una soledad elegida y, al modo de aquel otro fraile agustino Mendel, cruzando las numerosas plantas que adornan su jardín.

Su relación con Marx se inició siendo aún sacerdote en activo, en pleno franquismo, dos años después del mayo del 68, cuando en pleno Barrio Latino compró un ejemplar del Manifiesto Comunista. Aquel libro le revolucionó el cerebro y el corazón, por más que aquella revolución hacia la libertad, la justicia y la igualdad, no casaba demasiado bien con la dictadura del proletariado, al menos tal como la terminaron entendiendo leninistas, estalinistas, trotskistas, o maoístas.

De todo ello sacó una conclusión que le ha acompañado toda su vida. Independientemente de nuestras creencias, la felicidad, en esta vida, debe ser una aspiración de todo ser humano. De nada nos vale deleitarnos en la contemplación y la interpretación de la Naturaleza y el Mundo como grandiosa creación de Dios, si no hacemos cuanto podamos por transformar la vida y el mundo para construir una sociedad más libre, igual y solidaria.

Estas ideas le trajeron problemas con algunos padres de sus alumnos, cuando las enunció en sus clases de Filosofía. Recibió la visita y escuchó las amenazas de la Inspección educativa. Terminó dejando el sacerdocio, cuando nadie salió en su defensa. Luego se aventuró en nuevos proyectos educativos y hasta se metió en política para servir a su pueblo, en una candidatura de la izquierda.

Las ambiciones de unos y el poder inmobiliario de otros, dieron al traste con cada una de sus ilusiones transformadoras. Demandas, difamaciones, querellas, calumnias, campañas del consorcio político-empresarial, le hicieron perder las elecciones y le dejaron decenas de personaciones ante los juzgados encima de la mesa. Hasta los suyos le recomendaban menos pureza y más transigencia con quienes pueden hacer llover talones y dinero sobre cualquier partido, dejando de paso los bolsillos personales bien llenos.

Por eso terminó jubilado, en un pueblecito de la costa granadina, leyendo, mirando las estrellas, como recomendaba su admirado Stephen Hawking  y contemplando el mar desde la terraza donde cuida sus plantas, mientras ensaya y comprueba en ellas el estricto cumplimiento de las leyes genéticas de Mendel.

Reconoce que otra de sus ocupaciones y ensoñaciones favoritas es la de pensar qué habrá sido de los miles de alumnos y alumnas que tuvo. Porque este tiempo ya no es suyo. Ha renunciado a amistades, filias políticas, vecinales, sindicales. Este tiempo es de la juventud que viene empujando y de la que fue joven cuando él daba clases. Espera que hayan decidido luchar por ser libres y felices, ayudando a otros a serlo.

El padre Francisco, es evidente, nunca fue marxista, ni tampoco antimarxista. Me parece uno de esos modernos Prometeos, hecho de muchos fragmentos de ideas, principios, claras reglas éticas y mucha humanidad, que tan necesarios siguen siendo para que las largas manos de la corrupción y la mala política no terminen invadiéndolo todo. Por eso merece ser uno de los protagonistas de Dígaselo con Marx.

3 Jun, 2018

Díselo con Marx

Hay momentos en la historia, de esos que Antonio Gramci definía como de crisis, en los que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, en este interregno se producen los más variados y morbosos fenómenos. De esos que Walter Benjamin formulaba como jetztzeit, el tiempo que se sitúa al margen del discurrir contínuo de la historia. Momentos en los que se concentra toda la energía dispuesta a dar un salto hacia el futuro.

Uno de esos momentos se produjo hace 50 años, en torno a mayo de 1968. Se desencadenó en muchos lugares del planeta, aunque lo hemos terminado ubicando mentalmente en París. He conocido a no pocos que presumían de haber vivido aquel mayo del 68, en vivo y en directo, en pleno Barrio Latino, aunque, probablemente, todo se limitase a su participación en alguno de esos viajes turísticos informales y espontáneos, organizados para recorrer la Rive Gauche del Sena, tomando copas en sus bares bohemios.

Mayo del 68 fue la versión francesa de algo más que la puesta de largo de la estética “bobo” (burguesa-bohemia) y que el preámbulo de la iconografía hippie que vino después. En 1967, el Ché había caído en Bolivia. En el 68, en Estados Unidos, son asesinados el líder de los derechos civiles, Martin Luther King y el candidato a la Presidencia, Robert F. Kennedy. Al tiempo que  impresionantes movilizaciones estudiantiles recorren todo el país, contra la Guerra de Vietnam.

En México, un periodo de movilizaciones por la libertad, los derechos y contra la corrupción institucional, acaba siendo sofocado a balazos, produciendo una matanza policial de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, de la que aún desconocemos el número real de víctimas.

En Alemania, los disturbios estudiantiles precedieron al mayo francés. En el Este, la Primavera de Praga es aplastada por los tanques soviéticos y, con ella, el intento de construir un socialismo de rostro humano. La ofensiva del Tet, desencadenada por el Vietcong acaba en derrota, pero Vietnam del Norte gana ampliamente la batalla política y mediática. Indochina es una trampa mortal, un matadero donde el pueblo estadounidense se desangra. No hay victoria, ni tan siquiera gloria en el horizonte.

No estuve en aquellos escenarios. Era un estudiante de 10 años. Sí recuerdo que muchas de estas noticias asaltaban los telediarios, se difundían en el Parte con el que puntualmente conectaban todas  las cadenas radiofónicas, las leí en algunos periódicos atrasados y en algún que otro análisis y artículo del Reader´s Digest. En las casas de los pobres la información de pago entraba como de contrabando, de segunda mano y sin selección alguna de las fuentes. Captabas al vuelo, aleatoriamente, de forma arbitraria, sin orden ni concierto, pero terminabas haciéndote una composición de lugar.

Si no lo entendí mal, el mundo  construido sobre las ruinas de la II Guerra Mundial se estaba agotando. Nuevas generaciones apuntaban maneras. Exigían protagonismo, libertad, respeto a sus derechos, acceso al consumo, a la riqueza mal distribuida que se estaba generando. No quieren morir en guerras lejanas que muy poco tienen que ver con la vida a la que aspiran. La clase trabajadora siente que ha trabajado en la reconstrucción de un mundo destrozado, pero que está perdiendo la batalla del reparto equitativo de la riqueza.

Existía una sensación de que los partidos políticos de la posguerra (incluidos los socialistas y comunistas) y sus líderes, habían dado de sí hasta un límite que ya han sobrepasado hace tiempo. Abunda el sentimiento de que los sindicatos se han limitado a defender a los sectores organizados (transportes, grandes industrias, administraciones públicas y poco más), pero han dejado de representar al conjunto de la clase trabajadora.

La representación de la sociedad se fragmenta y dispersa en pequeñas organizaciones feministas, estudiantiles, ecologistas de la primera hornada, actores, pacifistas, maoístas, artistas, trotskistas, anarquistas, intelectuales, gays y lesbianas, hippies, que se unen, se separan, discrepan, convocan asambleas, convocan actos, aparecen, desaparecen, confluyen o se diluyen, se fusionan, o emprenden agrias polémicas.

Creo que, desde entonces, el mundo se ha transformado profundamente, aunque no siempre a gusto de todos. Algunos aprendieron aquella lección y otros siguieron a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Cambiaron las caras de los políticos, pero pronto los nuevos partidos fueron viejos y vuelta a empezar.

Las fuerzas que controlaban el poder económico tomaron buena nota y, durante 50 años, han ido imponiendo su libertad a base de consumo y mercado. Comprando, siempre que ha sido posible, domesticando a los rebeldes y, en el peor de los casos, eliminando cuantos intentos se han desencadenado para abrir las puertas a otro mundo, más o menos posible. Hasta China, sin dejar de ser maoísta y Rusia, sin dejar de ser imperial, forman ya parte de este paisaje.

La política ha pactado pequeños y limitados espacios de autonomía, siempre que no afecten a los grandes intereses del mercado. La izquierda, tras tímidos intentos de recomponer la figura, termina aplicando, no pocas veces, las políticas neoliberales, hasta con más fervor que la derecha.

Los sindicatos, que han modulado, moderado y resistido embates de todo tipo, siguen siendo víctimas de la percepción interesada de haberse retirado a los cuarteles de invierno, dejando las inmensas y heladas estepas de precariedad laboral y paro en manos de nadie.  La fractura social hace que el malestar se exprese en explosiones intensas, pero pasajeras.

Hace 50 años en París y en otros muchos lugares simultáneamente, los herederos de Lampedusa volvieron a escribir la historia del Gatopardo sobre el principio de que Si queremos que todo continúe como está, debemos hacer que todo cambie. Total, como bien explica el protagonista a alguien que teme las consecuencias de las revueltas, Habrá unos cuantos episodios de tiros inocuos y, después, todo será igual aunque todo habrá cambiado.

Conmemoremos, así pues, de buen grado, sin complejos, sin triunfalismos, este 50 aniversario de los Mayos del 68.

Hay momentos en la historia, de esos que Antonio Gramci definía como de crisis, en los que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, en este interregno se producen los más variados y morbosos fenómenos. De esos que Walter Benjamin formulaba como jetztzeit, el tiempo que se sitúa al margen del discurrir contínuo de la historia. Momentos en los que se concentra toda la energía dispuesta a dar un salto hacia el futuro.

Uno de esos momentos se produjo hace 50 años, en torno a mayo de 1968. Se desencadenó en muchos lugares del planeta, aunque lo hemos terminado ubicando mentalmente en París. He conocido a no pocos que presumían de haber vivido aquel mayo del 68, en vivo y en directo, en pleno Barrio Latino, aunque, probablemente, todo se limitase a su participación en alguno de esos viajes turísticos informales y espontáneos, organizados para recorrer la Rive Gauche del Sena, tomando copas en sus bares bohemios.

Mayo del 68 fue la versión francesa de algo más que la puesta de largo de la estética “bobo” (burguesa-bohemia) y que el preámbulo de la iconografía hippie que vino después. En 1967, el Ché había caído en Bolivia. En el 68, en Estados Unidos, son asesinados el líder de los derechos civiles, Martin Luther King y el candidato a la Presidencia, Robert F. Kennedy. Al tiempo que  impresionantes movilizaciones estudiantiles recorren todo el país, contra la Guerra de Vietnam.

En México, un periodo de movilizaciones por la libertad, los derechos y contra la corrupción institucional, acaba siendo sofocado a balazos, produciendo una matanza policial de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, de la que aún desconocemos el número real de víctimas.

En Alemania, los disturbios estudiantiles precedieron al mayo francés. En el Este, la Primavera de Praga es aplastada por los tanques soviéticos y, con ella, el intento de construir un socialismo de rostro humano. La ofensiva del Tet, desencadenada por el Vietcong acaba en derrota, pero Vietnam del Norte gana ampliamente la batalla política y mediática. Indochina es una trampa mortal, un matadero donde el pueblo estadounidense se desangra. No hay victoria, ni tan siquiera gloria en el horizonte.

No estuve en aquellos escenarios. Era un estudiante de 10 años. Sí recuerdo que muchas de estas noticias asaltaban los telediarios, se difundían en el Parte con el que puntualmente conectaban todas  las cadenas radiofónicas, las leí en algunos periódicos atrasados y en algún que otro análisis y artículo del Reader´s Digest. En las casas de los pobres la información de pago entraba como de contrabando, de segunda mano y sin selección alguna de las fuentes. Captabas al vuelo, aleatoriamente, de forma arbitraria, sin orden ni concierto, pero terminabas haciéndote una composición de lugar.

Si no lo entendí mal, el mundo  construido sobre las ruinas de la II Guerra Mundial se estaba agotando. Nuevas generaciones apuntaban maneras. Exigían protagonismo, libertad, respeto a sus derechos, acceso al consumo, a la riqueza mal distribuida que se estaba generando. No quieren morir en guerras lejanas que muy poco tienen que ver con la vida a la que aspiran. La clase trabajadora siente que ha trabajado en la reconstrucción de un mundo destrozado, pero que está perdiendo la batalla del reparto equitativo de la riqueza.

Existía una sensación de que los partidos políticos de la posguerra (incluidos los socialistas y comunistas) y sus líderes, habían dado de sí hasta un límite que ya han sobrepasado hace tiempo. Abunda el sentimiento de que los sindicatos se han limitado a defender a los sectores organizados (transportes, grandes industrias, administraciones públicas y poco más), pero han dejado de representar al conjunto de la clase trabajadora.

La representación de la sociedad se fragmenta y dispersa en pequeñas organizaciones feministas, estudiantiles, ecologistas de la primera hornada, actores, pacifistas, maoístas, artistas, trotskistas, anarquistas, intelectuales, gays y lesbianas, hippies, que se unen, se separan, discrepan, convocan asambleas, convocan actos, aparecen, desaparecen, confluyen o se diluyen, se fusionan, o emprenden agrias polémicas.

Creo que, desde entonces, el mundo se ha transformado profundamente, aunque no siempre a gusto de todos. Algunos aprendieron aquella lección y otros siguieron a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Cambiaron las caras de los políticos, pero pronto los nuevos partidos fueron viejos y vuelta a empezar.

Las fuerzas que controlaban el poder económico tomaron buena nota y, durante 50 años, han ido imponiendo su libertad a base de consumo y mercado. Comprando, siempre que ha sido posible, domesticando a los rebeldes y, en el peor de los casos, eliminando cuantos intentos se han desencadenado para abrir las puertas a otro mundo, más o menos posible. Hasta China, sin dejar de ser maoísta y Rusia, sin dejar de ser imperial, forman ya parte de este paisaje.

La política ha pactado pequeños y limitados espacios de autonomía, siempre que no afecten a los grandes intereses del mercado. La izquierda, tras tímidos intentos de recomponer la figura, termina aplicando, no pocas veces, las políticas neoliberales, hasta con más fervor que la derecha.

Los sindicatos, que han modulado, moderado y resistido embates de todo tipo, siguen siendo víctimas de la percepción interesada de haberse retirado a los cuarteles de invierno, dejando las inmensas y heladas estepas de precariedad laboral y paro en manos de nadie.  La fractura social hace que el malestar se exprese en explosiones intensas, pero pasajeras.

Hace 50 años en París y en otros muchos lugares simultáneamente, los herederos de Lampedusa volvieron a escribir la historia del Gatopardo sobre el principio de que Si queremos que todo continúe como está, debemos hacer que todo cambie. Total, como bien explica el protagonista a alguien que teme las consecuencias de las revueltas, Habrá unos cuantos episodios de tiros inocuos y, después, todo será igual aunque todo habrá cambiado.

Conmemoremos, así pues, de buen grado, sin complejos, sin triunfalismos, este 50 aniversario de los Mayos del 68.

El pequeño Cole, protagonista de El Sexto Sentido, declara en la película, En ocasiones veo muertos. Nunca hemos podido determinar, a ciencia cierta, que el niño supiera, desde el principio de la película, que también Malcom, el prestigioso psicólogo que trata su problema, encarnado por Bruce Willis, estaba también muerto.

Este tipo de situaciones, controversias y dudas, sólo se pueden dar en Estados Unidos. Cosas de Hollywood y sus películas. En España no pasan estas cosas. Somos un país de certezas absolutas, que cambian constantemente, pero que son absolutas mientras duran. Certezas que son fruto de nuestro carácter emprendedor, innovador y descubridor.

Una de esas grandes certezas, nos ha sido revelada por Albert Rivera, este fin de semana, durante la presentación de su proyecto electoral España Ciudadana. Nos ha desvelado el secreto de su película, que no es otro que haber emprendido, innovado y descubierto las gafas de la España Ciudadana.

Gracias a ellas, donde yo veo una señora mayor abandonada a su suerte, Albert puede ver un español. Y donde veo un chaval fracasado en los estudios, que ha abandonado el sistema educativo, él consigue ver un español. Donde cualquier ciudadano ve una persona parada, o dependiente, o con una pensión de miseria, o una niña sin escuela infantil, o directamente con hambre, las milagrosas gafas permiten ver a Rivera españoles, iguales, indefinidos, indiferenciados.

Ya no hay ricos y pobres. No hay trabajadores y empresarios. No hay religiosos y ateos. No hay corruptos y personas que viven gracias a su esfuerzo. No hay mujeres y hombres. Las gafas nos hacen iguales. Españoles, compatriotas, libres, iguales. El mensaje es sencillo, hasta simplón, pero muy efectivo.

Quien hasta hace poco denunciaba que el nacionalismo y el populismo eran lo peor de lo peor, ha evolucionado hacia un nacionalismo duro y un populismo  rampante, pero con gancho. Desde que Goebbels enunciara sus famosos 11 principios de la propaganda, los políticos dictatoriales de todo signo y no pocos políticos triunfantes en países democráticos, los han aplicado con diligencia.

Pocas ideas, repetidas hasta la saciedad, cuanto más simples mejor. Vale mentir, cuantas más veces lo hagas mejor, miente siempre, al final parecerá verdad. Búscate un enemigo que cargue con tus errores, céntrate en cargarle todos los males y problemas. Habla para los más tontos, populariza tus ideas, multiplícalas, airéalas desde todos los medios posibles. Somos nacionales, porque hay otros que no lo son. Identifícalos, individualízalos, apártalos, elimínalos.

Banderas, muchas banderas, aunque sean de plástico y una musa, una Marilyn esteparia, una diosa rubia que desciende sobre el escenario desde su monte olímpico allá en Miami, donde ha dado a luz un himno guerrero que agradezca a Dios haber nacido aquí. Un canto orgulloso, sin complejos, sin perdones, lleno de rojos, amarillos, rayos de sol.

Y yo, que siempre he preferido la ancestral denominación de las Españas. Que prefiero definir las patrias por los derechos de ciudadanía que amparan a sus habitantes, más que por las banderas que lucen en los edificios y los himnos que se acometen en los desfiles. Que he creído que ser iguales, siendo tan distintos, sólo es posible si quienes menos tienen y menos pueden, reciben más que quienes menos lo necesitan. Yo, empiezo a tener miedo.

El miedo ancestral de cuantos, a lo largo de nuestra historia, han pagado con sufrimiento, dolor, miedo y, no pocas veces, con sangre, el peso de una uniformidad impuesta, una bandera triunfante sobre otras banderas, unos himnos que ahogaban todos los cánticos, en lugar de invitar a la fiesta.

Si la respuesta al nacionalismo rampante, secesionista y segregacionista de Quim Torra, es el nacionalismo casposo, patriotero y también supremacista de Albert Rivera, mucho me temo que habrá que volver a Gabriel Aresti, el poeta vasco, citado por el propio Rey en su primer discurso, para recordar que Sólo es español quien sabe/ las cuatro lenguas de España.

Menos alimentar los bajos instintos y las letras ramplonas y sensibleras en nuestros himnos. Menos gafas trucadas para ver “españoles” y más estudiar idiomas patrios, para que podamos entendernos.

Este artículo es de esos que siempre te traen problemas. Existe la vieja costumbre nacional de justificar lo que el líder de turno hace, o dice, mientras que los mismos actos, salidos de las manos, o de la boca, de otros nos parecerían errores de bulto. Aunque, no es menos cierto que, cuando el líder cambia, todo cambia y donde dije digo, digo Diego. Así, Espe ya no es lo que era, Cifuentes ha dejado de ser lo que era y hasta Casado va camino de no llegar a ser lo que todos pronosticaban que fuera.

No es cuestión de derechas, o de izquierdas, porque esta característica especial de la marca España, funciona indistintamente a base de utilizar fuego amigo, o enemigo y cuando menos se los esperan los protagonistas. La verdad es que la condición humana hace que, quien más, quien menos, en una u otra ocasión, hayamos hecho algo reprobable, aunque sólo sea una infracción de tráfico.

Pero claro, el nivel de corrupción ha sobrepasado todos los límites, hasta el punto de que las exigencias para ocupar, o mantenerse en, una responsabilidad pública, han crecido mucho. Antes éramos laxos inasequibles al desaliento, hasta el punto de considerar natural que hubiera casos de corrupción y hasta corruptos de reconocido prestigio y ahora exigimos dimisiones ante cualquier desliz. Y no quiero decir, en ningún caso que muchos de esos deslices no lo merezcan.

Ahora le toca el turno a la familia Iglesias-Montero (o Montero-Iglesias). Parece que se han comprado un chalet en Galapagar (ellos prefieren decir Casa de Campo) y han desatado las iras de algunos propios y casi todos los ajenos. Es verdad que no es un ático en Marbella, ni un chalet en La Moraleja. También es verdad que tienen perfecto derecho a la intimidad y que pueden hacer lo que quieran con su dinero. Pero, como reconocen en el comunicado que han emitido, toca asumir que hoy la actividad política está sometida al escrutinio público. Y aceptar que les criticarán, hagan lo que hagan.

Probablemente, si esos más de 600.000 euros los hubieran invertido en un adosado en Rivas, en un pisazo en Puente de Vallecas, un ático en Lavapiés, o un chalet en Mejorada del Campo, las críticas parecerían tener menos fundamento. Y, sin embargo, el dinero es el mismo. Además no son los primeros en la izquierda que se van en busca de aires más limpios y espacios más abiertos.

Y, sin embargo, ellos dos son los líderes de un partido que quiere dar la vuelta a la tortilla en España y, en sus declaraciones pasadas, han dado buena cuenta de ese rollo de los políticos que viven en Somosaguas, en chalets, que no saben lo que es coger el transporte público.

En fin, que cada uno y cada una es muy libre de vivir donde quiera y hacer con su dinero lo que le da la gana, siempre que lo haya ganado honestamente. Pero también es cierto que, en la derecha se presupone el egoísmo y en la izquierda la solidaridad y la coherencia. Por eso, difícilmente, las fotos del chalet (o casa de campo), su piscina, su casita de invitados, su parcela, pueden tener, al final, una lectura de suma cero. Tal vez no por cuestión de ética, sino por cuestión de estética. Ya los romanos sabían que la mujer del César no sólo tiene que ser honrada, sino además parecerlo.

Me invitaron recientemente a participar en una mesa redonda organizada en el marco del Congreso de la Red Universitaria de Estudios de Posgrado y Formación Permanente (RUEPEP), celebrado en la Universidad Complutense de Madrid. El tema propuesto era el de La Formación Profesional para el Empleo en las Universidades.

Para responder a esta pregunta, conviene partir de la constatación de que el denominado subsistema de Formación Profesional para el Empleo (FPE), dependiente del Ministerio de Empleo, fue diseñado hace ya más de 25 años, al margen y de espaldas al sistema de Formación Profesional (ya sean centros de FP, de adultos, o universitarios), dependiente de la Administración Educativa. Por eso las Universidades y Centros de FP son hoy absolutamente marginales como proveedores de formación para el empleo.

Y la respuesta a la pregunta pasa por corregir ese problema de partida, de forma que las cualificaciones, las titulaciones, los estudios, los centros de formación de uno y otro ámbito, sean equiparables, actúen conjuntamente y trabajen a favor del objetivo común y único de proteger el derecho a la educación a lo largo de toda la vida y atender las necesidades formativas reales de las empresas.

Se me ocurre, por tanto, que las universidades públicas aglutinadas en RUEPEP, que han abierto esta interesante reflexión, podrían y deberían tener un papel importante en la detección de esas necesidades formativas existentes en el mundo empresarial y laboral.

Creo, también, que podrían ser fundamentales para analizar y estudiar las fortalezas y debilidades del sistema de Formación Profesional para el Empleo, proponiendo las correcciones y soluciones necesarias para su mejora y adaptación a las nuevas realidades económicas y productivas.

Entiendo que podrían jugar un papel importante para contribuir a la mejor gestión y administración del sistema. Deberían participar en el diseño de nuevas cualificaciones. Podrían recibir el encargo de evaluar la calidad de las acciones formativas y del propio sistema.

Las universidades están en condiciones de actuar en materia de reconocimiento de la experiencia laboral, a efectos de adquirir una cualificación profesional, o para el acceso a otro tipo de programas formativos de nivel medio o superior. Considero también que podrían ser colaboradoras muy valiosas de las administraciones para el reconocimiento e inscripción de nuevos centros formativos, con criterios claros y transparentes, de cualificación y calidad.

Las Universidades son Administración Pública y, de acuerdo a la incumplida ley de Formación para el empleo, deberían poder actuar de forma directa en la impartición de especialidades formativas necesarias para la formación de los trabajadores y trabajadoras, en las empresas, en el territorio y en los diferentes sectores de la producción y los servicios.

Sin ánimo de ser exhaustivo, creo que las universidades deberían tener un papel esencial en la formación de las personas que asuman responsabilidades en la formación para el empleo, ya sea en su diseño, gestión y administración, como en la impartición de determinadas especialidades formativas.

Esos profesionales existen, pero no son muchos, ni tienen la conciencia de formar parte de un sistema formativo del que se sientan mancomunadamente responsables. Esa tarea de formación de formadores y  de las administraciones,  empresariales, o sindicales, en Formación para el empleo, debería ser una tarea encomendada a nuestras universidades.

Perdemos demasiado tiempo anunciando nuevas apuestas como la formación dual, sin que nadie sepa explicar de forma coherente qué cosa sea la famosa formación dual. Perdemos demasiado tiempo compitiendo entre administraciones educativas y de empleo y entre éstas y las administraciones autonómicas, para ver quien se lleva los recursos y qué chiringuitos clientelares crean con ellos. Se nos va el día en intentar tener un peso esencial en un sistema cada vez más cuestionado, e incontestablemente cuestionable.

Mientras tanto, desaprovechamos un potencial como el que tienen las universidades, para mejorar el sistema, hacer frente a las debilidades y corregir los problemas. Es muy habitual en este solar patrio. Pero el que sea lo de siempre, lo habitual, no significa que sea lo bueno, lo mejor, ni tan siquiera lo deseablemente posible.

Mi experiencia en materia de formación para el empleo es limitada y se encuentra muy condicionada por la crisis económica y los efectos de las políticas de recortes aplicadas por el gobierno. Pero, a base de darle algunas vueltas al asunto de la formación de los trabajadores y trabajadoras en nuestro país, he llegado a la conclusión de que uno de los problemas de la Formación para el Empleo reside en que, desde sus comienzos, fue concebida como un instrumento separado de la administración educativa y exclusivamente vinculada a las políticas de empleo.

Los centros de formación profesional, los centros de educación de las personas adultas, o las universidades, han pintado siempre muy poco, tendiendo a nada, en el subsistema de formación para el empleo, que ha creado sus propias redes de formación, de espaldas al sistema educativo.

La crisis ha supuesto un aumento del paro y, en consecuencia, un deterioro brutal de los recursos dedicados a Formación Profesional para el Empleo (que se nutre de la cuota de formación que pagan empresas y trabajadores), que ha obligado a revisar en profundidad el funcionamiento del subsistema. Sin embargo ,en las reformas sin consenso, hasta las mejores intenciones acaban diluidas. Termina por reorganizarse el negocio, sin aportar soluciones reales.

Cuando la crisis cede paso a la recuperación, el empleo crece, se recauda más cuota de formación, comprobamos que el sistema se ha reorganizado para establecer los nuevos cauces a través de los cuales unos recursos cada vez mayores, fluyen por nuevas vías… hacia los mismos bolsillos. Eso sí, con menos intermediarios.

A la manera más clásica y lampedusiana, todo ha cambiado para que nada cambie. La formación se hará en función de las necesidades de las empresas de formación y las administraciones competentes, con un peso ínfimo de las necesidades reales de empresas y trabajadores. Creo, sinceramente, que la crisis no ha supuesto una oportunidad para corregir en profundidad los males del sistema de formación permanente de trabajadores y trabajadoras en nuestro país.

Un buen ejemplo práctico es el fracaso de uno de los empeños sindicales, ante la reforma planteada por el gobierno, que consistió en abrir las puertas a una mayor participación de los centros educativos públicos en la formación de las personas trabajadoras, incluyendo reservas específicas de recursos para este tipo de centros y facilitando que los centros públicos sean considerados como proveedores directos de formación desde la propia administración.

Al final ni las Comunidades Autónomas, ni el Gobierno Central, han hecho gran cosa, salvo honrosas excepciones, como el caso de las Islas Baleares, por abrir  esta vía de participación de los centros públicos de formación, que permitiría enriquecer el conjunto del sistema y vincular más al Ministerio de Educación con eso que se denomina subsistema de Formación para el Empleo, dependiente, en exclusiva, del Ministerio de Empleo.

Un sistema que ha olvidado que la formación es un derecho personal a lo largo de toda la vida y, además, una necesidad para el futuro de las empresas. Tal vez si hubiéramos aprovechado la crisis para revisar en profundidad nuestro sistema productivo, tendríamos una oportunidad de detectar nuevas necesidades formativas. Desgraciadamente no ha sido así y Mariano Rajoy ha preferido esperar a que la marea creciente de la economía libere al barco varado.

El problema es que volvemos a la construcción y el turismo, como motores de la economía. Volvemos al endeudamiento de las familias, a los servicios inmobiliarios. A la hostelería, el comercio, la pizza, la hamburguesa y mucho amazon, mucho reparto a domicilio en bicicleta, llueva, nieve, o aunque el sol derrita las aceras.

Empleo precario, temporal, mal pagado, sin derechos y hasta sin contrato, que para eso se ha inventado un falso empleo autónomo. Se ha puesto en marcha un empleo de baja cualificación. Se han promocionado contratos de formación sin formación real. Becarios que terminarán pagando  por trabajar y aprender algo en una cocina.

Cuando yo era un niño había una serie televisiva de médicos que condujo a toda una generación a engrosar las listas del paro sanitario. Pronto nos sobrarán cocineros, cantantes y sastres, además de aspirantes a youtuber, probadores, o diseñadores, de videojuegos, diseñadores de robots.

Cando los gobiernos no gobiernan, no evalúan, analizan, proponen, negocian, empujan, o tiran del carro, el mundo sigue girando y el país continúa funcionando, pero la selva se adueña del paisaje urbano. Todo funciona, pero bajo la ley de la selva, que suele ser la ley del más fuerte.

Lo público, lo de todas y todos, también en la formación, tiene que recuperar su papel de gobierno, de facilitar la participación, de orientación, de hacer posible la igualdad de oportunidades y la libertad real de las personas.

Desde hace unos días una calle de Madrid, en el barrio de Carabanchel, lleva el nombre de Marcelino Camacho. El barrio y la calle donde vivió Marcelino durante cincuenta años, en un piso sin ascensor. Tan sólo en los últimos años de su vida, cuando ya no podía hacer el esfuerzo de bajar a la calle y volver a subir, aceptó trasladarse a una vivienda de alquiler, cerca de sus hijos.

Nacía yo, cuando Marcelino, indultado por el régimen franquista, volvía  Madrid, junto a su inseparable Josefina. Poco después comenzaba a trabajar en la Perkins y, desde entonces, sus entradas y salidas de la cárcel, por sus vinculaciones con el incipiente sindicalismo de las Comisiones Obreras que defendían la libertad sindical en España, fueron parte de la vida cotidiana de la pareja.

Las CCOO nacieron en muchos sitios casi de forma simultánea, en el curso de unos pocos años a finales de los 50 y principios de los 60. Hay quien sostiene que ese nacimiento se produjo ese año en el que Marcelino regresó a España, en una mina asturiana, llamada La Camocha.

Para cuando la cúpula de las CCOO es detenida, en el convento de los Oblatos de Pozuelo de Alarcón, en junio de 1972, esas Comisiones Obreras se han ido organizando por sectores y territorialmente y Marcelino Camacho es reconocido ya como cabeza visible del sindicalismo de clase organizado.

Así lo trasladan sus compañeros de cárcel, que han pasado a la historia como los Diez de Carabanchel, los encausados en el Proceso 1001, cuando hablan de la figura de Marcelino. No es un líder elegido, sino un primero entre iguales.

Cuando se produce la Asamblea de Barcelona en el 76, de nuevo en una iglesia y, posteriormente, se toma la decisión de constituirse como sindicato, Marcelino es la voz y la cara más visible de las CCOO.

Desde el primer Congreso de las CCOO y hasta su IV Congreso, celebrado en 1987, en el que decidió dejar la Secretaría General, Marcelino fue reelegido como máximo dirigente de las CCOO. Por el camino, entre 1977 y 1981, fue diputado en el Congreso, por el PCE, en esos tiempos en los que las normas internas aún no estipulaban que, para asegurar la independencia del sindicato con respecto a los partidos, no se podía se responsable sindical y, al tiempo, cargo público elegido en las elecciones.

Primero  vinieron los tiempos que trasladaban al sindicato las fracturas internas del Partido Comunista, dando lugar al surgimiento de un minoritario sector carrillista. Luego llegaron los de la confrontación entre el sector seguidor de Antonio Gutiérrez, el sucesor en la Secretaría General desde 1987 y el sector crítico, que encabezaban Agustín Moreno y Salce Elvira, que pronto contó con el apoyo de Marcelino.

No ha sido tarea sencilla, ha costado décadas, ir limando algunas de las asperezas y tensiones, creadas en este choque de trenes. Muchos compañeros y compañeras han quedado abrasados en el camino de la confrontación, sin que hayan faltado quienes han sabido aprovechar la ocasión de alinearse acá o allá para mantener sus posiciones de poder. En la izquierda siempre hemos sido expertos en disfrazar ambiciones con lustrosas y barnizadas capas de “convicción”.

Pese a todo, el camino se ha recorrido y, cuando menos desde mi experiencia, el debate no ha sido, ni es estéril. La tensión entre la negociación y la movilización, sólo puede resolverse desde el debate libre y abierto y desde el compromiso con las decisiones que se adoptan, sin que nadie renuncie a sus convicciones, ni a sus ideas.

Marcelino fue y siguió siendo, hasta el final de sus días, un hombre convencido de que la unidad no es uniformidad. Que las ideas no se imponen con martillos. Que hay que hablar y negociar siempre. Que arrinconar la minoría y la discrepancia sólo empobrece. Que la movilización democrática, la huelga, la manifestación, la capacidad negociadora, son nuestros mejores instrumentos para defender nuestras propuestas y resolver nuestros problemas. Que somos muchos, muy distintos, muy diversos y, en nuestras ideas, muy plurales.

Por eso Marcelino no es patrimonio de las CCOO, ni tampoco del PCE. Marcelino es de Osma la Rasa (Soria), donde nació, de los frentes en los que combatió, del exilio que eligió para huir de la cárcel, del Carabanchel en que vivió, de la Carabanchel que le encarceló, de las iglesias donde se reunía, de quienes buscaron en él un poco de luz y esperanza de libertad y convivencia democrática. Y claro que también es nuestro, de las CCOO, pero no más nuestro que de cualquier trabajadora, cualquier trabajador, cualquier persona de bien en España.

Merecía una calle Marcelino y hoy tiene un Paseo en su Madrid. El paseo de un hombre que amó la libertad.

Estos días nos han recordado que un tal Karl Marx nació hace doscientos años en un lugar llamado Tréveris. Los chinos han puesto la guinda del pastel de cumpleaños, regalando a la ciudad alemana una impresionante estatua del filósofo de más de cuatro metros de altura y que pesa más de dos mil kilos.

Es verdad que la conmemoración merece los cientos de actos que, tan sólo en su ciudad natal, se han organizado. No en vano recordamos al pensador que un día nos advirtió que Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo. Las transformaciones que aquella reflexión produjo, han llegado hasta nuestros días con consecuencias positivas y negativas de todo tipo.

Mucha menos repercusión ha tenido otra noticia que, sin embargo, me parece también muy importante. Se cumple también el bicentenario de aquella modesta edición de 500 ejemplares del libro Frankenstein o el moderno Prometeo. Curiosamente no llevaba firma y, no pocos, sospecharon la autoría de Percy B. Shelley. Sin embargo, la segunda edición, publicada tres años después, despeja el nombre del autor, que resulta ser autora, Mary Shelley.

Es bien conocida la historia de aquellos cuatro personajes reunidos en la Villa Diodati, junto al Lago Lemán, cerca de Ginebra, donde Lord Byron, su médico personal Polidori, el poeta Shelley y su pareja Mary Wollstonecraft Godwin, quien más tarde se casará con el poeta y tomará el apellido del esposo.

En una de aquellas frías y lluviosas tardes veraniegas, Byron lanzó el reto de escribir la mejor historia de terror. Lo cierto es que el desafío quedó resuelto sólo a medias, aunque Mary esbozó una idea, a la que iría dando forma más tarde, hasta concluir la primera novela construida sobre los elementos que alimentan los terrores de la humanidad en los tiempos modernos.

¿De dónde sacó aquella jovencita de menos de veinte años una historia tan terrible, que aún representa un horror universal, un terror que nos perturba, doscientos años después de que viera la luz por primera vez? Aquella jovencita que había huido de su padre para unirse a uno de sus alumnos, Percy B. Shelley, era hija de Mary Wollstonekraft, una de las primeras feministas que lucharon por la igualdad. Una mujer que, contra todo pronóstico y corriente,  vivió de su escritura. De su mano salieron relatos, novelas, ensayos, libros de viajes, o para la infancia. Murió al poco de nacer su hija, pero el peso de su obra y de su vida, no murieron con ella.

Pero es que además, el padre de Mary era William Godwin, que ha pasado a la historia como filósofo, precursor y difusor de las ideas anarquistas, pero sobre todo por haber sido esposo y padre de estas dos mujeres llamadas Mary. Con estos antecedentes, con estos progenitores, no es extraño que Mary se adentrase en la narrativa, el ensayo, el teatro, la filosofía, la historia, o la biografía.

No en vano Mary creció, de la mano de su padre, escuchando a todo tipo de pensadores, filósofos, científicos, políticos, escritores. Unamos todos estos ingredientes en la coctelera del Lago de Ginebra, en aquel año sin verano, causado por el invierno volcánico que trajo consigo la erupción del Tambora, en la lejana Indonesia, que produjo cambio climático, pérdida de las cosechas, muerte de los animales y hambre generalizada en el hemisferio Norte.

La soberbia humana, la ciencia, la razón, enfrentadas al desencadenamiento descontrolado de las fuerzas de la naturaleza. El ser humano desafiante frente a un Dios que, lejos de morir, se convierte en espejo que nos devuelve la imagen del miedo que nos invade al comprobar las consecuencias monstruosas de nuestros actos. La ciencia frente a sus límites éticos y morales. La racionalidad, la razón, frente al terror que provoca el propio ser humano.

Aquella joven, que acudía al encuentro ginebrino con un hijo muerto y otro vivo, parecía llevar dentro de sí todas las preguntas que nos formularíamos mucho después, sobre el terror que puede emanar en un mundo de ciencia sin límites. El miedo que nos invade y atenaza en nuestros días, se encontraba ya en aquel primer libro de  ciencia ficción.

No fue fácil la vida de Mary, como si también el monstruo que creó, la persiguiese. Tres de sus cuatro hijos murieron. Su esposo, el poeta Percy B.Shelley murió joven, ahogado, al naufragar su velero en el golfo de La Spezia. Desde entonces dedicó su vida a difundir la obra de Percy, educar a su hijo y a escribir, escribir, escribir, aunque hasta fechas recientes sólo haya sido reconocida por su Frankenstein. Murió también joven, tras vivir sus últimos años aquejada por una larga enfermedad provocada por un tumor cerebral.

Supongo que si las fuerzas de la razón desencadenadas para transformar el mundo, se hubieran visto acompañadas desde el principio por el impulso de la libertad, la necesidad de la cooperación y ese valor de la compasión que Mary Shelley admiraba en las mujeres de su tiempo, nunca hubiéramos dado vida a los monstruos que nos han devorado durante todo el siglo XX y que, con renovada fuerza, atormentan nuestros sueños en el siglo presente.

Dicen que todo está inventado. Algunas cosas parecen nuevas tan sólo porque no nos hemos tomado el tiempo de echar la vista atrás, hacer memoria y comprobar que, salvadas algunas circunstancias coyunturales, casi todo forma parte de una espiral que nos devuelve al punto de partida, aderezado con los adornos de la modernidad.

Fueron los ilustrados del siglo XVIII los que achacaron el retraso secular de nuestra agricultura a la existencia de “manos muertas”, que acaparaban tierras y las mantenían improductivas. Con ese nombre de manos muertas designaban fundamentalmente a la iglesia, las órdenes religiosas, algunos nobles terratenientes y los ayuntamientos.

Carlos III, acosado por las revueltas provocadas por el Motín de Esquilache, ya hizo un intento de aplacar a los campesinos pobres, arrendando tierras comunales a bajo precio, aunque la cosa duró poco y terminó teniendo como destinatarios a los labradores ricos. No era una desamortización como tal, pero sentó un precedente.

Más tarde Godoy, antes de acabar el siglo de las luces, realizó la primera desamortización entrando a saco contra bienes de todo tipo de los jesuitas, con permiso papal, por cierto, con el fin de sanear la deuda pública. Luego vinieron los desamortizadores Bonaparte, los de Cádiz que no quisieron ser menos que los ocupantes en este tipo de medidas, los liberales de Riego, los de Mendizábal, los espadones como Espartero y O´Donnell.

Un siglo entero de furores desamortizadores que, dado el peculiar carácter patrio, se tradujeron en que ingentes cantidades de tierras pasaron a manos de los más ricos, sin cambiar la estructura agraria de propiedad de la tierra, en manos latifundistas. En algunos sitios, aunque no en todos, mejoró la producción agraria. Derribando conventos, se crearon algunas plazas en núcleos urbanos congestionados (a José Bonaparte, además de Pepe Botella, se le conoce como Rey Plazuelas). Los ministros de Hacienda de la época sanearon sus cuentas, al menos de momento.

Pero ya sabemos que la política española es de cortos plazos. Los nuevos propietarios buscaron beneficios inmediatos deforestando y causaron un desastre ecológico. Y lo peor de todo fue que los bosques y dehesas de los ayuntamientos, que eran utilizados por el pueblo de acuerdo con normativas municipales que permitían el acceso a pastos, madera y otros bienes comunes, se vieron privados de ellos de la noche a la mañana. Condenados a la pobreza y la miseria. El problema agrario quedó irresuelto y dejó una revolución agraria pendiente que pesó sobre el futuro como uno de los grandes males de España.

Si volvemos al presente, comprobaremos que ya llevamos unas cuantas décadas en las que conservadores, liberales y no pocos progres amantes del poder y del dinero, se empeñan en convencernos de las bondades de las nuevas desamortizaciones de bienes públicos, a favor de los nuevos ricos de nuestros días.

Banqueros, aseguradoras, empresas “especializadas” en la gestión de bienes y servicios, fondos de inversión más o menos buitres, oportunistas, cazafortunas de todo tipo, empresas constructoras, se lanzan a acaparar la gestión de los recursos públicos, los de todas y todos, los comunes, los comunales, en una neodesamortización, con la aquiescencia y la justificación de los propios poderes públicos.

La educación, la sanidad, las pensiones, las autopistas, el agua, las viviendas públicas, los servicios sociales, la seguridad pública, la atención a la dependencia, las políticas de empleo, los servicios funerarios, deportivos, culturales, la formación de los trabajadores. Todo es factible de convertirse en negocio.

Primero se desencadenan campañas de descrédito, a base de recortar los recursos y deteriorar la imagen de un servicio público, se le declara inoperante, improductivo, una “mano muerta” y luego se entrega a la gestión privada, porque quien busca el negocio particular se supone que tiene interés en gestionar mejor.

Al final, quienes necesitan esos servicios públicos se encuentran con que la cartera de prestaciones se recorta, los recursos públicos se debilitan, se introducen fórmulas de copago para financiar una parte de las prestaciones, la calidad no mejora y los costes, que iban a ser más baratos, terminan siendo más caros, los alquileres de vivienda social crecen, terminamos pagando una gestión centrada exclusivamente en el beneficio, costeando las pérdidas y hasta el precio del agua sube.

Las modernas desamortizaciones de los servicios públicos, se mire por donde se mire, son un gran negocio para unos pocos y un mal negocio para la mayoría de quienes más los necesitan.

Queridos habitantes de Lebu,

Escribo esta carta para agradecer la concesión del Premio Literario Gonzalo Rojas Pizarro, que el jurado ha decidido concederme en ésta su XV edición. Hace poco más de mes y medio recibí un correo electrónico del Coordinador del Concurso, Jaime Magnan, informándome del fallo del jurado.

De acuerdo con el Acta suscrita por el jurado de este apartado, publicada en el transcurso de este día, me complace notificar que su trabajo “Sagrada Familia”, registrada con el Nº 333, firmado con el seudónimo Dios, se ha ungido Primer Lugar en nuestro certamen. A continuación, Jaime, tras felicitarme, me informaba que el acto de entrega de premios tendría lugar el 4 de mayo.

Acudo a la manifestación del 1º de Mayo en Madrid. Decenas de miles de personas ocupan las amplias avenidas que discurren desde Atocha, hacia la Plaza de Neptuno, Cibeles y Alcalá arriba, para culminar en la Puerta del Sol. Los organizadores terminan hablando de unas 50.000 personas. Sea cual sea la cifra de manifestantes, lo cierto es que llenaron la Puerta del Sol con creces y llenar esa plaza supone haber reunido a unas 25.000 personas en la manifestación.

En algunas de las intervenciones de los oradores, se hizo mención a la editorial de un importante medio de comunicación, dedicada a los retos que tiene el sindicalismo por delante, en la que se airea que las protestas sociales se canalizan a través de colectivos o grupos que nada tienen que ver con el sindicalismo. Que los sindicatos no dominan ya la protesta y que, además, han perdido influencia institucional.

Eligió Madrid el 2 de Mayo como día para conmemorar su fiesta como Comunidad Autónoma. Un día de derrota y aplastamiento de la rebeldía de un pueblo que, muchas veces, ha encontrado en Madrid la espoleta que ha encendido España.

Ser la capital no ha concedido a la ciudadanía madrileña privilegios especiales, aunque sí algunos inconvenientes, al ser utilizada como tubo de ensayo, en el que experimentar todo tipo de políticas, negocios, extravagancias y no pocos desmanes. Madrid, siempre ha sido el machadiano rompeolas de todas las Españas.

Vamos, poquito a poco, avanzando hacia los 130 años de celebración del Primero de Mayo en Madrid, desde aquella primera vez, allá por 1890. El Congreso Socialista de París había decidido en 1889 convocar el Primero de Mayo en todo el mundo. Una jornada de lucha y reivindicación, en recuerdo de la huelga y movilizaciones de Chicago, en la que los trabajadores que exigían la jornada de 8 horas, habían sido reprimidos brutalmente por la policía y cinco de sus líderes fueron ejecutados, tras un juicio sin garantías.

Hace 20 años se me ocurrió escribir un libro en el que el recorrido anual de la manifestación del 1º de Mayo en Madrid, se convirtiera en una disculpa para la reflexión sobre nuestra historia. Así nació el Madrid del 1º de Mayo, que ya acumula tres ediciones, prologadas por el sindicalista Rodolfo Benito, el periodista Rodolfo Serrano y el arquitecto Eduardo Mangada.

La manifestación del Primero de Mayo arranca en una glorieta de Atocha, presidida por la imponente Estación de Atocha, con su cubierta a modo de casco de barco invertido. El ferrocarril permitió a Madrid dejar de ser una capital cortesana, para convertirse en una ciudad industrial, productiva, comercial. La circunvalación ferroviaria desde la estación de Príncipe Pío, donde llagaba el carbón leonés, hasta Atocha, pasando por las estaciones de Imperial y Peñuelas, actuó como motor que permitió la modernización de Madrid. En las inmediaciones el Hospital de San Carlos, actualmente Museo Reina Sofía, el Ministerio de Fomento, o el Museo Etnológico.

9 May, 2018

Profesionales

Entro en los hospitales, las escuelas, los centros de servicios sociales. Me indigna el deterioro que compruebo a mi alrededor. No son sólo las manos necesarias de pintura que faltan en sus paredes. Es, sobre todo, la masificación que amenaza a cada instante con colapsar en funcionamiento de los servicios que allí se prestan. La imposibilidad de trabajar planificando la oferta y atendiendo las nuevas demandas. La sensación de que la urgencia marca el frenético ritmo de la actividad.

Se deposita en los centros educativos la responsabilidad de formar a futuras generaciones. El cuidado de nuestra salud en los centros sanitarios. Nuestro bienestar personal en los centros de servicios sociales. Y, sin embargo, permitimos que los profesionales sobre los que descansan los bienes más preciados de nuestra existencia, se vean abandonados a su suerte. Consentimos que muchos de esos servicios esenciales para la calidad de nuestras vidas sean gestionados por empresas privadas, cuyo objetivo prioritario no es nuestro bienestar, sino su beneficio económico.

Corría el año 2006 y el gobierno de Zapatero conseguía aprobar en el Congreso (pese a las reticencias vergonzantes del PP) la que conocemos como Ley de Dependencia que, en realidad, se llamaba de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia. No era una ley de tantas. Venía a cubrir una de las grandes carencias de nuestro sistema de servicios sociales con respecto a los países avanzados de la Unión Europea.

El propio nombre de la ley es toda una declaración de intenciones. Nacemos completamente dependientes y, a lo largo de toda nuestra existencia, vamos consiguiendo ganarnos la vida por nosotros mismos y la capacidad de gobernar nuestras propias decisiones. Pero esto no ocurre así siempre, ni en todos los momentos de nuestras andadura personal. Desgraciadamente la suficiencia económica y la autonomía personal, son derechos nominales, que están lejos de ser aplicados con carácter universal.

No entiendo a quienes defienden la vida hasta justo antes de nacer y, de nuevo, en el preciso momento antes de morir. Todo lo que hay en mitad de esos dos instantes, les trae totalmente sin cuidado. No les preocupa si hay suficientes escuelas infantiles, si la desnutrición infantil aumenta, si la sanidad pública se deteriora, si el abandono escolar crece, si nuestro trabajo es paro, o moderna esclavitud, si las familias salen como pueden al paso de la imposibilidad de conciliar la vida laboral y personal.

No les preocupan tampoco nuestras pensiones, ni si la atención a la dependencia funciona, o si morimos en un hospital, entre terribles dolores. Al grito de Dios lo quiere, reconvertido por los ultraliberales en El mercado lo exige, han convertido a las personas en producto que se compra, se vende y es perfectamente intercambiable y hasta sustituible si un robot suple su papel en la producción.

4 May, 2018

El final de ETA

Leo en los medios de comunicación que ETA ha anunciado su final como banda terrorista. Deja tras de sí más de ochocientas personas muertas en atentados y un rastro de desolación, desencuentro, tensiones insostenibles, agresividad a flor de piel, que han envenenado la convivencia en el País Vasco a lo largo de las últimas décadas.

Hay quien se entretiene en dilucidar si las disculpas de ETA son suficientes o no y no seré yo quien niegue que esas disculpas me han sonado a mezquinas. Cada muerte relacionada con el terrorismo, o con el ejercicio de la violencia, no debe ser nunca justificada, ni merece la justificación de nadie.

Sin embargo, prima en mí el cansancio  de tan larga historia de atentados, pesando sobre cada instante de mis recuerdos, por muy atrás que me proyecte en el tiempo. Quiero ser optimista y esperar que más allá de tanta muerte, tanto sectarismo y tanto odio sembrado, tanta utilización del terrorismo para fines mezquinos, se puede abrir un camino de convivencia pacífica, justa, en libertad.

Siempre he querido ser Cronista de la Villa de Madrid, ese cuerpo selecto del que han formado parte personajes como Mesonero Romanos, Ramón de la Cruz, Fernández de los Ríos y ahora Pedro Montoliú, junto a Ruth Toledano, o Carmen Iglesias. Lleva Pedro toda su vida de periodista, volcado en la información local, como sabiendo que lo local, en Madrid, termina circulando por los mentideros de toda España.

Ha escrito Pedro muchos artículos con oficio y muchos libros sobre Madrid, con vocación. Sobre Madrid en la Guerra Civil, en la posguerra, la Dictadura y, ahora, El Madrid de la Dictadura a la Democracia. Pero también se ha detenido en el Madrid de la Ferias, el de las Fiestas y Tradiciones, el de hoteles como el Palace. Ha recorrido Madrid con sus novelas y ahora se apresta a abordar la Transición, el Madrid de la República, o el de los Años Veinte.

Qué mejor que la Sala 1001, de CCOO de Madrid, para que el Ateneo 1º de Mayo realizara la presentación del libro Madrid, de la Dictadura a la Democracia. No tiene el empaque del Ayuntamiento de Madrid, donde Pedro ya había presentado el libro junto a Manuela Carmena. Pero el Proceso 1001 contra los Diez de Carabanchel, la cúpula de las CCOO, detenida  en una reunión clandestina en el convento de los Oblatos de Pozuelo de Alarcón, allá por 1972, trae en el nombre y en las imágenes que llenan sus paredes, un esbozo de los muchos recuerdos que Montoliú desgrana en su libro, que abarca el Madrid de los años sesenta y setenta.

Sólo falta en el título la palabra Mujeres, pero resulta evidente, una especie de sujeto elíptico, omitido, tácito, que está, necesariamente, presente. Porque la mayoría de las personas mayores, con bajas pensiones y viviendo solas, son mujeres.

Su esperanza de vida es más larga. En general, tienen menos edad que sus maridos. No han cotizado a la Seguridad Social, o han cotizado poco tiempo y por poco dinero, porque han tenido empleos esporádicos, temporales, o sin cotizar, con lo cual su pensión no refleja cuanto han aportado a la economía doméstica, en forma de cuidado de la casa, de la familia y de las personas dependientes.

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