Hubo un momento, al principio de la crisis, allá por el año 2010, en el que el porcentaje de personas que se encontraban protegidas por alguna prestación por desempleo alcanzaba el 78,4 por ciento. Aquel tiempo en el que el gobierno socialista de Zapatero, intentaba aplicar recetas que inyectasen dinero en las economías familiares para animar el consumo, e iniciar la senda de la recuperación económica.

Esa política conducía, entre otras cosas, a que la tasa de cobertura por desempleo fuera elevada. Más de tres de cada cuatro personas paradas contaba con algún ingreso para asegurar su suficiencia económica y su autonomía personal. Hubo algunos meses en los que la cobertura por desempleo alcanzó el 80 por ciento. Cuatro de cada cinco personas paradas percibía alguna prestación económica.  Sin embargo eso iba a cambiar pronto.

En primer lugar, porque la crisis iba a ser extraordinariamente larga. Era una crisis atípica, sin precedentes. Y, sobre todo, porque los gobiernos europeos se embarcaron en una cadena de recortes y ajustes que alargaron el sufrimiento y  deterioraron la calidad de vida de la ciudadanía. Una política a la que el nuevo gobierno de mayoría absoluta del PP se apuntó de inmediato. Dos huelgas generales no consiguieron torcer este designio de los dioses del Olimpo bruselense, en connivencia con los pedestres semidioses monclovitas.

Las consecuencias sobre la sociedad y la política aún están por sentirse en toda su extensión y profundidad. Pero algunos de sus efectos ya son visibles en los comportamientos electorales y en determinados fenómenos como el racismo, el rechazo a la acogida de refugiados, o el resurgir de la ultraderecha.

La crisis ha destruido mucho empleo, es cierto. Las altas cifras de paro amenazan con perpetuarse como una realidad que nos acompañará durante muchos años más, por no decir para siempre. El desempleo se convierte en paro de larga duración y luego en paro de muy larga duración para muchas  personas y colectivos. Nuestros jóvenes huyen del país. Los mayores de 40 años, lo tienen bastante más difícil.

El hecho es que el porcentaje de personas cubiertas con alguna prestación por desempleo se encuentra ahora en un raspado 58,6 por ciento, Y esto, teniendo en cuenta que, al tratarse de personas que llevan años en el paro, sólo tienen ya derecho a percibir una ayuda asistencial, hasta el punto de que esas ayudas alcanzan ya al 57 por ciento de quienes cobran algún dinero del desempleo. La caída de la cobertura durante los últimos ochos años ha sido brutal.

Mientras la Ministra de Empleo sigue loando los pírricos triunfos gubernamentales en materia de creación de empleo, sigue obviando algunas propuestas que los sindicatos han planteado reiteradamente durante la crisis. A la vista de las limitaciones del PAE (Programa de Activación para el Empleo), sería urgente pensar en las personas paradas de larga duración, poniendo en marcha medidas como un Plan de Choque para la Recuperación de las personas paradas que llevan años hundidas en el desempleo.

Otra medida, para evitar la pobreza y la exclusión social de las personas paradas, sería la implantación de la Prestación de Ingresos Mínimos, que viene siendo sometida al ninguneo gubernamental, pese a haber sido tramitada en el Congreso de los Diputados como Iniciativa Legislativa Popular, tras recoger los sindicatos los centenares de miles de firmas necesarias. Una prestación que podría alcanzar a 1´9 millones de personas desempleadas y que podría ser costeada simplemente con recuperar esos 13.600 millones de euros que se han perdido en gastos por desempleo, a causa de los recortes del PP.

Si de verdad el gobierno cree que estamos saliendo de la crisis y creando empleo, éste sería, además, un gasto transitorio que permitiría animar la recuperación económica, crear empleo y reducir el paro. Una prestación que iría reduciendo su cuantía, por lo tanto.  Un gasto que evitaría la situación insostenible de muchas familias que llevan soportando la lacra del desempleo, durante largos años. Lo que no es de recibo es seguir mareando a las personas y a las organizaciones que las representan social y laboralmente.

9 Feb, 2018

Nosotros, los Nadies

Hace un par de años Antonio Ortiz, me invitaba a presentar el poemario La Tierra de los Nadie, en la Asociación de Vecinos de Cuatro Caminos-Tetuán. Ahora, han repetido la invitación, en Mimbrestudio, una antigua librería transformada en proyecto de comunicación. En este caso, para presentar el libro Cuentos en la Tierra de los Nadie.

Hace unos días hemos conmemorado el asesinato de los Abogados de Atocha. Muchos piensan que eran abogados laboralistas, porque murieron en un despacho laboralista que dirigía la ahora alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena.  Eran los abogados que en aquellos despachos se dedicaban, a la defensa de los vecinos y las vecinas de los barrios.

Libros de los Nadie, librerías desaparecidas que encuentran nuevos proyectos jóvenes, abogados de barrio que defendían a las asociaciones vecinales. Me presenta Dolquisa, la Directora de Proyectos en el Consulado de la República Dominicana. El círculo se cierra. Son muchos los inmigrantes dominicanos en estos barrios y la colaboración entre Asociaciones Vecinales y el Consulado, permite crear espacios de convivencia y prevenir problemas emergentes.

Podría hablar de los orígenes de la Tierra de los Nadie. Recitar el poema de Eduardo Galeano y sus Nadies salidos del español que se habla en los Andes. Recuperar los conceptos de proletariado y lumpemproletariado (el obrero andrajoso al que se parecen cada vez más -salvadas las distancias- los trabajadores pobres, temporales y precarios), según Carlos Marx. Citar a Franz Fanon y sus Condenados de la Tierra.

Podría remontarme a los pobres de la Tierra que inventó Jesucristo con sus Bienaventuranzas y seguir luego el hilo hasta desembocar en la Teología de la Liberación latinoamericana, con sus héroes y mártires. Y releer La epopeya de los miserables, según Naguib Mahfuz. Lo dejo para mejor ocasión.

Para conocer a los Nadies, con su imponente esplendor y su sobrecogedora presencia, basta adentrarse en las calles y las plazoletas de Cuatro Caminos- Tetuán, comprobar su poder de supervivencia en mitad de la degradación urbana programada, que anuncia y prepara el terreno para las grandes operaciones de “rehabilitación” y remodelación, que las grandes constructoras han comenzado ya en el Paseo de la Dirección, columna vertebral de esos barrios.

Estos somos los Nadies. Los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, jodidos, rejodidos. Los excluidos del dinero, los exiliados del poder, los expulsados del poder del dinero. Los expatriados de su propia tierra, en su propia tierra.

Los Nadies somos Nadies en Tetuán, o en Villaverde; en Vallecas, o en Usera. En Parla, o en Arganda. En las favelas, slums, township, musseques, en las Villas Miseria. En muchos lugares del mundo ya ni los llaman barrios pobres, sino simplemente barrios. Costamos menos que la bala que nos mata de hambre y desnutrición, o de exceso de grasa. Esa es la única diferencia.

La educación y la política, el sindicalismo, el trabajo social, la sanidad, deberían permitir que nosotros, los Nadies, accediéramos a la palabra y, con la palabra, a la oportunidad de gobernar nuestras vidas y nuestros asuntos comunales.

Pero, mientras esto llega y no llega, o lo empujamos, o lo traemos, no estaría mal que hablásemos de lo nuestro, de nuestros paisajes, de nuestras vidas y nuestras mil maneras de morir y resucitar. De los que fueron antes y de cómo seremos después. Vamos, que en lugar de dejar que otros nos engatusen hasta la estafa, tomemos en nuestras manos, con nuestras propias manos, la construcción de nuestro relato y contemos nuestras prodigiosas, o al menos sorprendentes, historias.  Nosotros.

Te sonará a idea romántica. Unos amigos y amigas bastante desencantados con la marcha de la cosa pública en este país y particularmente con los avatares de la izquierda política, andan preparando un libro conmemorativo del bicentenario del nacimiento de Carlos Marx. Quieren editarlo y entregarlo, como donación, en la Casa Museo de su lugar de nacimiento en Tréveris.

La verdad es que el tal Marx y su amigo Friedrich Engels, habían envejecido relativamente bien por estas tierras durante toda la dictadura franquista. Seguidores, o al menos simpatizantes, de sus tesis, sus antítesis y sus síntesis, su materialismo histórico y dialéctico, eran hasta los curas obreros, como el Padre Llanos, Francisco García Salve, o Mariano Gamo, precursores en España, de la Teología de la Liberación.

Pedro Casaldáliga, Alfonso Carlos Comín, José María Díez-Alegria, o Ignacio Ellacuría, bebieron de esas fuentes y, cuando algunos de ellos viajaron a América Latina y comprobaron que lo de las venas abiertas de Eduardo Galeano era literal y no una metáfora, se convirtieron en apóstoles, o agitadores (según se mire), de la Liberación de una Latinoamérica convertida en patio trasero del vecino del Norte.

Así iban las cosas, hasta que el PSOE decidió prescindir de tan ilustres pensadores, tras las peripecias de un Felipe González, que pareció tomarse como una afrenta personal el hecho de que el XXVIII Congreso socialista rechazase su propuesta de abandonar los principios marxistas como ideología oficial.

Tan personal fue el asunto, que se negó a dirigir una organización política que siguiera tras la senda de Don Carlos. Forzó así un Congreso Extraordinario, cuyo lema bien pudiera haber sido: Marx o yo. Bien conocido es quién tuvo que hacer las maletas y largarse del primer partido de la izquierda española. Esto ocurrió allá por el 79, en pleno proceso de Transición.

Para colmo, diez años después, algunas amistades peligrosas terminaron de dar la puntilla a Marx. Los regímenes comunistas del Este de Europa se fueron diluyendo como azucarillos, víctimas de los desafectos de sus propios pueblos. Habían sido fundados por algunos marxistas revolucionarios, como Vladímir Ilich Uliánov (alias Lenin, por el río siberiano Lena, donde vivió desterrado) y sus seguidores Iósif Vissariónovich Dzhugashvilli (más conocido como Stalin, el hombre de acero) y Lev Davídovich Bronstein (al que todos llamaban Trotsky, por el nombre de uno de sus carceleros, que utilizó para huir de Siberia).

Trotsky acabó sus días siendo víctima de un asesinato en diferido, cuando ya había huido a México para escapar de las garras de Koba el Temible (también conocido como el padrecito Stalin). Aquí se ve que nadie se llamaba como le pusieron sus padres en la pila bautismal y que cuanto más poder acumulaba uno, se hacía acreedor a más motes y apodos.

Así pues, el marxismo goza de buena salud en América Latina, pero no está demasiado bien visto en los países eslavos. No quiero ni imaginar lo que los dos amigos, Marx y Engels, hubieran pensado del comunismo experimental chino de Mao Zedong y del puesto en marcha por sus herederos, encabezados por Deng Xiaoping, para quien, No importa si el gato es negro o blanco mientras atrape ratones… ¡Enriquecerse es glorioso!

Por cierto, éste es el argumento proverbial que introdujo Felipe González en nuestro país, inaugurando así las importaciones indiscriminadas de productos chinos y la admiración de los políticos españoles, Esperanza Aguirre a la cabeza, por su modelo de comunismo capitalista.

Si Karl Marx y su amigo Friedrich Engels volvieran para celebrar el bicentenario del más conocido de los dos, a la vista de la inmutable condición humana, tal vez hubieran revisado sus innovadoras reflexiones sobre el conflicto entre Capital y Trabajo y no hubieran incorporado peligrosos conceptos como “dictadura del proletariado”, que al final acabó convertido en cimiento para la dictadura de las élites burocráticas del partido único sobre el proletariado.

Bien pudiera ser que ambos decidieran tomarse una buena botella de vino de Burdeos, o unas copas de absenta, con Mijaíl Bakunin. Y, tal vez al final, entonaran juntos una Internacional en la que la famélica legión conjurara las borracheras del poder con dosis suficientes de libertad.

En fin, que corren malos tiempos para conmemorar que el de Tréveris cumpliría 200 primaveras el próximo 5 de mayo. Y, sin embargo, aquí ando, dándole vueltas al breve artículo que mis amigos me han pedido para el libro. El tema, el que yo quiera.

Todo un lujo, teniendo en cuenta que vivimos momentos en los que el trabajo,  según se nos explica, se encuentra amenazado por los cuatro jinetes de la Precariedad, la Temporalidad, la Pobreza y hasta el de la Desaparición, en virtud de la revolución digital y tecnológica.

Creo que les diré a mis amigos que escribiré mi artículo sobre Marx y la Pereza.

Alejandro,

De cuantas cartas llevo escritas, ésta es la más difícil y te puedo asegurar que ninguna ha sido fácil. Temo siempre que la sensiblería se apodere de mí, tanto como caer en la frialdad de la distancia aséptica que nunca existe para con quien forma parte de tu vida. En tu caso se añade el miedo a hacer daño, agitando los fluidos que tan difícil e inestablemente se asientan en tu memoria.

No he querido hacerlo antes del 24 de enero, porque sé que son días en los que las entrevistas, los actos de reconocimiento, los viajes, las noches fuera de casa, se apelotonan y se encadenan, provocando una complicada y agotadora sucesión de emociones. He preferido esperar a que terminen los actos conmemorativos del 41 aniversario del asesinato de los Abogados de Atocha, en Madrid, en Salamanca y en otros lugares de España, para enviarte esta carta. Espero que la recibas cuando descanses ya en tu casa cordobesa, en uno de esos días tranquilos que deseo te haya traído tu reciente jubilación en la Universidad.

No te conocía, o al menos no te conocía tanto como ahora, en el año 2000. Hasta esa fecha eras para mí uno de los cuatro supervivientes (luego me enseñaste que preferíais definiros como sobrevivientes), de aquella trágica noche del 24 de enero de 1977, en la que un comando terrorista de ultraderecha decidió ejecutar la última sentencia de muerte del franquismo.

Un escarmiento que no pudieran olvidar quienes, en aquellos días, defendían la llegada de la libertad y la democracia con las únicas armas pacíficas de la manifestación, la huelga y la defensa de los derechos y de la justicia. Hemos escuchado muchas veces a Nicolás Sartorius (una de las cabezas más lúcidas con las que contamos para interpretar aquellos años, los que vinieron después y para intuir los que se avecinan), que Franco murió en la cama, pero el franquismo murió en las calles. Aquel asesinato, atentado (al que llamaron matanza) y el posterior entierro, masivamente secundado, pacífico, ordenado, en estremecedor silencio, fueron la condena definitiva de destierro de una dictadura que comenzó y terminó matando, haciendo desaparecer, condenando al exilio interior, o exterior, a los mejores.

Pronuncias cada 24 de enero, durante tu intervención en el Auditorio Marcelino Camacho, muy despacio, los nombres de los asesinados: Luis Javier Benavides Orgaz, Serafín Holgado de Antonio, Angel Rodríguez Leal, Francisco Javier Sauquillo Pérez del Arco, Enrique Valdelvira Ibáñez. A los cuales has ido añadiendo los de tres sobrevivientes que han ido falleciendo a lo largo de estos años: Miguel Sarabia Gil, Luis Ramos Pardo y Dolores González Ruiz.

Siempre nos cuentas que no haces otra cosa que seguir el consejo de Miguel Sarabia, que tantas veces nos dirigía unas palabras en aquellas frías y, con frecuencia, soleadas mañanas de cada 24 de enero, ante el portal de Atocha, 55, donde trabajabais los abogados laboralistas y los de barrios, de los que tú formabas parte: Hay que decir sus nombres despaciosamente, porque diciéndolos, cobra sentido la Historia y se pone en armonía el Universo.

En nuestros carteles omitimos casi siempre los segundos apellidos. Pero nos has contado muchas veces la importancia que para ti ha tenido el apellido de tu madre. Aún creo recordar aquella primera edición de tu libro La Memoria Incómoda, la que presentamos en 2002, en el que el nombre del autor en la portada figura como Alejandro RH Carbonell. Por eso, tal vez, te gusta decir sus nombres completos.

Ibas para sacerdote jesuita, hasta que pensaste que había otras maneras de servir a la gente. Tu padre, el militar de convicciones franquistas, te quería en el campo del derecho. Estudiaste derecho, pero lo tuyo no eran los despachos que defendían a los grandes. Aquellos habitantes anónimos de las barriadas populares, en los que vivían jesuitas como el Padre Llanos, o Díez-Alegría, necesitaban tus servicios y, como otros muchos de tus compañeros y compañeras, abandonaste tus orígenes de “buena familia” y te lanzaste al mundo de los despachos laboralistas y de barrio que había fundado María Luisa Suárez, junto a Pepe Jiménez de Parga, o Antonio Montesinos y que continuaron Cristina Almeida,  Manuela Carmena y  otros tantos como vosotros mismos.

Lo de Atocha conmovió al mundo. En Europa, se conmemora el Día del Abogado Amenazado cada 24 de enero. Y, sin embargo, durante décadas, en España, la memoria de los de Atocha ha querido ser olvidada. No fue fácil comenzar de nuevo. Has contado muchas veces que aquel bolígrafo Inoxcom, que te entregó esa misma mañana Ángel Rodríguez Leal, te había salvado la vida, pero dejó inconclusa aquella insoportable levedad del ser que se llevó a Luis Javier, mientras te dejaba a ti. Afrontar cada nuevo día, desde hace más de 40 años ha sido dura tarea.

Era imposible volver a un despacho. Incluso tuviste que soportar que otras puertas se cerrasen porque era demasiado “político” contratarte. Al final conseguiste un puesto en la Universidad de Valladolid, luego en la de Burgos y, en los últimos tiempos en la de Córdoba, especializandote en Derecho Constitucional. Habéis sido víctimas del franquismo, pero sin Franco. Habéis sido víctimas del terrorismo, pero sin ETA, ni Al Qaeda, ni Isis. Sois víctimas en tierra de nadie. Víctimas del olvido.

Escribiste  La Memoria Incómoda sobre todos estos años y, más tarde, creo recordar que en Círculo de Bellas Artes, presentamos Los ángulos ciegos: Una perspectiva crítica de la Transición Española (1976-1979). Lola estaba presente. Lola, la compañera de Enrique Ruano, asesinado en el 69. Lola, casada luego con Francisco Javier Sauquillo, que sufrió el atentado junto a vosotros. Sobrevivió a sus dos amores y rompió su silencio para escribir en el preámbulo de tu libro No murieron por este mezquino mundo que nos ha tocado vivir.

Desde dos perspectivas distintas, la personal y la del investigador que intenta desentrañas las claves para interpretar su propio lugar en el mundo, has intentado encontrar el hilo conductor que te permitiera recorrer el laberinto de nuestra historia reciente. Has combatido siempre el Pacto del Olvido en el que algunos quisieron basar la Transición. Aquello de lo que no se habla, no existe. No hablar facilita el olvido. Un Pacto que ha generado lo que tú denominas zonas oscuras, ángulos ciegos, complicidades de silencio siempre vinculadas a la violencia política en todas sus formas.

Me llamó la atención, ya entonces, que llegaras a tus conclusiones finales citando a dos periodistas tan distintos, como Hermann Tertsch y Emilio Silva. Luego he entendido que las trayectorias humanas no son lineales. La cita del primero plantea que La dignidad no puede plantearse desde la humillación. La de Silva nos recuerda que Esta democracia no estará lo suficientemente madura hasta que trate con justicia a los hombres y mujeres que escribieron el código genético de nuestra democracia cuando construyeron la Segunda República.

Estas reflexiones recuperan la idea de que la legitimidad republicaba es la fuente originaria en la que bebe la democracia recuperada. La libertad no puede ser heredera de la dictadura, ni ser explicada como un resultado evolutivo de la misma. Los problemas de España, los que dejó enquistados Alfonso XIII cuando tomó la vía de Cartagena, los que no pudo solucionar el régimen republicano, los que fueron aplastados y enterrados por las botas militares en el 36, siguen, en buena medida, presentes y pendientes.

Desde la corrupción que envenena las instituciones, al conflicto territorial, o la cuestión social, por no hablar de la cuestión religiosa. La democracia debería ser el marco donde dirimir pacíficamente estos conflictos, pero el olvido del pasado impide asumir los errores y corregir los problemas.

Alejandro, nunca te he agradecido suficientemente que aceptases el reto de alejarte  algunas veces de la seguridad de las aulas, para enfrentarte a los recuerdos y presidir la Fundación Abogados de Atocha, que decidimos crear hace casi quince años. Sé que has pagado el precio de vivir y revivir muchos momentos de amargura y no pocos de abatimiento y tristeza. Te he visto rebuscar en los cajones del teatro, la música, la poesía, por si el arte y la creación ayudaran a remontar el vuelo y ver este mundo a vista de pájaro.

Hace poco me topé con la diferenciación que establecía Marcelino entre lo que se debe y lo que se puede hacer. Nos quebramos la cabeza, doblegamos la voluntad, dominamos el hambre, para transitar por ese filo de navaja que corta el aire entre lo necesario y lo posible. Lo has hecho todos estos años, como pocos se hubieran atrevido a hacerlo. No quiero terminar con un Gracias. No es gratitud lo que siento, Alejandro. Es respeto.

Como cada 24 de enero el Auditorio Marcelino Camacho, con sus cerca de mil butacas, se llena para la entrega de los Premios anuales de la Fundación Abogados de Atocha. Muy de mañana, depositamos coronas de flores en el cementerio de Carabanchel, donde se encuentran enterrados Francisco Javier Sauquillo y Enrique Valdelvira. A continuación llevamos otra corona de flores al cementerio de San Isidro. Hacemos un recorrido entre los magníficos mausoleos levantados por familias de renombre y acabamos depositando la corona en la tumba de la familia Orgaz, donde descansa Luis Javier Benavides. Muy cerca se encuentra la tumba del Padre Llanos, al que tanto admiraba.

El cuarto de los abogados descansa en Salamanca y el compañero que trabajaba en el despacho, como administrativo, aquel que entregó aquella misma mañana del 24 de enero de 1977 un bolígrafo Inoxcrom a Alejandro Ruiz-Huerta, el bolígrafo que desvió, horas más tarde, la trayectoria de la bala que hubiera acabado con su vida, Angel Rodríguez Leal, descansa en su pueblo conquense de Casasimarro.

Pero iba diciendo que el Auditorio, como cada año, se encontraba lleno. En las primeras filas, los representantes institucionales de la Asamblea de Madrid, del Ayuntamiento de la capital, de otros municipios y de otras instituciones cercanas a la Fundación, como el Colegio de Abogados de Madrid, o el Consejo General de la Abogacía. Entre el público muchos de quienes fueron compañeros, o siguieron el camino de los de Atocha.

Veo a Enrique Lillo, fraguado en mil batallas legales, la última de ellas la de torcer el brazo de la todopoderosa multinacional Coca-Cola ante los tribunales.

Más abogados y abogadas, como Patri (al que casi nadie conoce como José Luis Núñez) o como Paca Sauquillo y Cristina Almeida. El Comandante Otero, de la UMD. Representantes de la Confederación de CCOO, encabezados por Unai Sordo. Hay bastantes jóvenes, pero es día de diario, de estudio y de trabajo y hay muchos mayores. Por allí andan Salce Elvira, Juanjo del Aguila, Paquita, Victor Díaz Cardiel, Agustín Moreno, Paco Hortet. Un niño llora en brazos de su madre.

Tras la inauguración a cargo del Secretario General de CCOO de Madrid, Jaime Cedrún, este año incorporamos al acto la novedad de la entrega de los premios de narrativa joven Abogados de Atocha. Hemos recibido ejemplares de toda España y de numerosos países latinoamericanos. El reconocimiento a los de Atocha desborda nuestras fronteras y su modelo de defensa pacífica de los derechos laborales y sociales tiene muchos seguidores por todo el mundo.

En esta ocasión, la ganadora del certamen de relatos viene de Cantabria, con un hermoso relato sobre una niña palestina titulado Hasta luego Futuro y el segundo y tercer premios, han llegado desde Madrid y Granada, con narraciones que hablan de igualdad y memoria. Los podéis leer en la página web de la Fundación.

Luego llega el momento de los saludos. En representación del Consejo General de la Abogacía, nos dirige la palabra Victoria Ortega y, como Decano del Colegio de Abogados de Madrid, José María Alonso. Son ellos quienes nos recuerdan que los Abogados de Atocha son referencia obligada en el mundo del derecho. No sólo en España. El 24 de enero, precisamente en recuerdo de los de Atocha, ha sido elegido por la Asociación Europea de Abogados Demócratas como Día del Abogado Amenazado.

Ya os conté que los Premios Abogados de Atocha de este año han recaído en Pepe Mujica y en Reporteros Sin Fronteras. Sólo reseñar que Mujica no puede viajar desde Uruguay hasta Madrid en pleno invierno español. Ya le entregaremos el premio cuando venga en primavera. Mientras tanto, manda un vídeo con una hermosa intervención de agradecimiento. Alfonso Armada, Presidente de Reporteros Sin Fronteras resalta la importancia de unir la defensa de la justicia, con la libertad de expresión y de información.

Si algo quiero retener en el recuerdo de este acto son, precisamente, algunas referencias reiteradas en las intervenciones, ponen en evidencia que la calidad del Estado de Derecho se asienta en el derecho a la defensa, por incómoda e ingrata que sea la tarea de hacer que nadie sea más que nadie ante la justicia. Quiero retener, también, esas gotitas libertarias, a las que alguien aludió, que representaban los jóvenes abogados laboralistas y vecinales de Atocha. Gotas de futuro, mucho más que herencia anclada en el pasado.

Recientemente, en el auditorio que lleva su nombre, rendíamos homenaje a Marcelino Camacho, con motivo de los 100 años de su nacimiento. Estos días han dado de sí para leer muchas reseñas y noticias sobre la vida de Marcelino, repasar muchas de sus frases y citas, escuchar muchos testimonios de quienes le conocieron, ver muchas fotos suyas en la cárcel; en su casa, junto a Josefina; rodeado de trabajadores y trabajadoras; junto a Nelson Mandela.

Muchos mencionan que Marcelino fue el primer Secretario General de las CCOO. Algunos menos son los que recuerdan que ese Marcelino, trabajador de la Perkins, que estudió maestría industrial en la especialidad de fresador, fue también diputado entre 1977 y 1981.

Da que pensar que los líderes obreros de las dos organizaciones sindicales más importantes de aquel momento, Marcelino y Nicolás, fueran diputados y que no fueran los únicos. El asunto parece extraño, pero entonces no lo era. He recurrido a diferentes fuentes para hacerme una idea. Los datos son demoledores. Más del 91 por ciento de los diputados son licenciados, diplomados, tienen un máster, o un doctorado. No llegan al 6 por ciento  los que sólo tienen el Bachillerato y un exiguo 3 por ciento no cuenta con titulación más allá de la básica obligatoria.

Tampoco es que antes la situación fuera muy distinta, A lo largo de todas las legislaturas democráticas, hemos contado con poco menos de 2.200 diputados, de los cuales sólo 80 eran eso que podríamos definir como obreros. Es verdad que han sido muchos menos los artistas, o curas en las nóminas del Congreso. Pero, sin duda, las profesiones de éxito son los abogados, seguidos a mucha distancia por los economistas, los titulados en ciencias políticas y sociología, magisterio, medicina, o filología.

Desde luego, al margen de cualquier otra consideración, la composición del parlamento no se corresponde con una sociedad española en la que más del 40 por ciento de las personas adultas no tiene más allá de los estudios básicos, en torno a un 35 por ciento estudios universitarios o superiores de FP y un pequeño 12 por ciento (en comparación con Europa) estudios de FP. Sólo 10 diputados o diputadas afirman haber estudiado Formación Profesional.

He conocido diputados y diputadas obreros, en el parlamento nacional, o en la Asamblea de Madrid y, la verdad, es que unos eran buenos y otros no tanto, en una proporción similar a la de los parlamentarios notarios, registradores de la propiedad, o abogados del Estado. No sólo Marcelino Camacho y Nicolás Redondo. Un ferroviario como el senador José Alonso, o el también senador José Luis Nieto, de profesión albañil.

Un Gerardo Iglesias, minero, o un Cayo Lara que, al ser campesino, figurará en las estadísticas parlamentarias como empresario, por más que pequeño, autónomo y agricultor. Y también a un diputado autonómico, luego concejal, como Julio Misiego, cuya voluntad de ayudar a su gente, defendiendo Madrid, le llevaba a negociar y hablar con cuantos en el gobierno, o en la oposición se pusieran a tiro para solucionar un problema. Os puedo asegurar que un Ángel Pérez salido de los túneles del Metro madrileño no tenía nada que envidiar en sus intervenciones incisivas y punzantes a los discursos monótonos y leídos de otros diputados aparentemente mejor preparados.

No es un hecho singular y diferenciador de nuestra España. La mayoría de los países parecen gobernados por un clandestino y anónimo Partido de los Licenciados. Alguien podrá decir que los más preparados al poder, pero no necesariamente esto es verdad, si tomamos en cuenta que la formación y las habilidades sociales y políticas adquiridas en una trayectoria laboral, en los barrios y en los pueblos, aunque siendo menos formal que la adquirida en una universidad, es reconocida cada vez más en las sociedades modernas.

Además de que ser un gran notario, registrador de la propiedad, economista, o químico, no te hace ni mejor persona, ni más atenta a las necesidades de la ciudadanía, ni más preparada para buscar las soluciones a las mismas, ni para dialogar con la sociedad. Ahí tenemos ejemplos como el de Pepe Mujica, sin estudios superiores, frente a un titulado superior en Economía por la Universidad de Pensilvania llamado Donald Trump.

Nadie entienda que realizo un canto a la ignorancia. Cualquier persona de orígenes humildes aspira a formarse y en muchos casos llegar a la Universidad, para contar con las herramientas que le permitan tener un empleo más decente y una vida más digna. Yo mismo hice primero magisterio y luego, trabajando, fui estudiando Geografía e Historia en la UNED. Camino similar al recorrido por un Agustín Moreno, un Antonio Gutiérrez, o una Salce Elvira.

Entiéndase que algo falla en política (reitero que no sólo en España) cuando los principios de igualdad y no discriminación que impregnan todos los textos constitucionales aparecen desdibujados en la composición de los parlamentos y los gobiernos.

No confiaría mi salud y mi vida a alguien que no tenga título de medicina, ni mi defensa jurídica a alguien que no sea abogado, pero tampoco confiaría la solución de problemas políticos, necesariamente, a un médico, o un abogado, por encima de cualquier otra persona honesta, sensata y con voluntad de buscar soluciones negociadas, acordadas y atentas siempre a los más débiles. Respetuosas siempre con la libertad y la igualdad.

La Formación Profesional (FP) parece ser un problema, pero tan sólo en tiempos de crisis. Cuando aumenta el paro se extiende, difunde y generaliza la idea de que la Formación Profesional podría reducir el desempleo, al aumentar la empleabilidad y las competencias de quienes buscan un puesto de trabajo. Pero lo que vale para un momento de crisis, debería valer para cualquier otro momento. Eso es, al menos, lo que ocurre en muchos países de nuestro entorno.

Son muchos los países europeos que persiguen una Formación Profesional que integre la Formación Inicial, la Formación Permanente, los estudios superiores, la creatividad, la calidad, la innovación, el emprendimiento (que no necesariamente el empresariado). Ensayan programas, itinerarios formativos, nuevas cualificaciones.

Y no sólo lo hacen los países más avanzados de Europa, como Alemania, Bélgica, Finlandia, Luxemburgo, Países Bajos, Austria, o Reino Unido. Hay otros países que ganan terreno en este campo, han reforzado y promovido la FP buscando una mayor conexión con el entorno laboral y desarrollando y regulando la formación de aprendices. Es el caso de Estonia, Grecia, Croacia,  Portugal, Polonia, o Rumanía.

En países como Italia ensayan conexiones que lleven de la FP a la obtención de títulos superiores y hasta doctorados. En Suecia experimentan en el campo de la formación de aprendices. En otros, como Países Bajos, o Estonia, desarrollan juegos interactivos, promocionan la FP en televisión, utilizan las redes sociales y crean aplicaciones para gestionar ofertas y demandas de puestos de aprendizaje.

En general Europa está desarrollando un interés creciente por la Formación Profesional. Muestra una preocupación cada vez mayor por una adecuada formación de aprendices. Desarrollan procesos de formación vinculados a entornos laborales regulados. Establecen mecanismos que permiten validar los conocimientos adquiridos durante la vida laboral en procesos de aprendizaje no formales, o informales.

Una de las claves del éxito es prestar atención al problema de la igualdad. Dicho de otra manera, volcar más esfuerzos en colectivos de baja cualificación, o en grupos de riesgo. Porque la persona debe ser el centro de la formación y porque la Formación Profesional es parte del proceso educativo de las persona, además de ser un elemento esencial en el desarrollo del tejido económico y social de cualquier país.

Una buena Formación Profesional facilita buenas trayectorias profesionales y calidad de vida. En el ámbito de la economía, las personas cualificadas, innovadoras, emprendedoras, mejoran el rendimiento de las empresas.

En España, como casio siempre, todo es más prosaico, menos imaginativo, menos innovador, menos emprendedor. Poco más que algunas experiencias dirigidas a los jóvenes, para disimular las altas tasas de paro juvenil y orientarlos para convertirse en empresarios autónomos, autoexplotados, de por vida. Mientras tanto se produce un abandono absoluto del sistema de Formación Profesional para el Empleo, al que se ha conducido al conflicto permanente. La FP del Ministerio de Educación va por un lado y la FPE (Formación Profesional para el Empleo), dependiente del Ministerio de Empleo, por otro muy distinto.

Se me ocurren algunas ideas para que esto deje de pasar. Lo primero de todo, la clave, sería prestigiar la Formación Profesional. Conectar el sistema de Formación Profesional con el de Formación para el Empleo. Hacer trabajar conjuntamente a esos dos ministerios que viven de espaldas el uno del otro. Y esto hay que hacerlo con la participación y el acuerdo de los sindicatos y de los empresarios.

Luego hay que difundirlo, contarlo, desarrollar estrategias de comunicación que impliquen a los trabajadores en su propia formación y a los empresarios en la cobertura de las necesidades de sus empresas. Tomarse en serio la orientación y la formación continua del profesorado. Crear plataformas sectoriales y territoriales en las que conectar la investigación, la innovación, las necesidades de la empresa y los procesos de formación. Aprovechar las experiencias de los países europeos más avanzados a los que queremos parecernos.

Necesitamos una Formación Profesional y para el Empleo integral, que actúe a favor de la igualdad, previniendo el fracaso escolar y el abandono educativo temprano. Que preste especial atención a las personas con baja cualificación, a los grupos de riesgo, a las personas paradas de larga duración.

Nos merecemos esta oportunidad como país.

31 Ene, 2018

Atención al ciudadano

Es frecuente que nuestros políticos anuncien su intención de gobernar de forma cercana a las personas. Cada vez con más frecuencia anuncian la creación de un servicio integral, oficina, departamento, página web, canal, red, de atención a cualquier tipo de reclamación, queja, felicitación, o sugerencia de la ciudadanía. No es necesario ni que te pases por una ventanilla, con el engorro que supone sacar un número, guardar cola hasta ser atendido, atenerse a un horario. Basta navegar a cualquier hora del día o la noche por los siderales mundos internautas para que los problemas encuentren un cauce de solución. Este tipo de iniciativas, puestas en marcha por ministerios, organismos, ayuntamientos, consejerías, empresas públicas y privadas, comunidades autónomas, tienen mucho éxito mediático. Se inauguran por primera vez, se inauguran los primeros datos del número de personas atendidas por el servicio en su primera semana, su primer mes, su primer semestre, o su primer año. Se inauguran las primeras evaluaciones y se reinaugura el servicio, mejorado gracias a las sugerencias de los propios ciudadanos y ciudadanas. No necesitas contratar personal de ventanilla especializado. Un solo funcionario, contratado y hasta una empresa subcontratada por una contrata privada del servicio público en cuestión pueden dar buena cuenta de lo acaecido, con muy poco coste y mucho beneficio para el responsable político de turno.

Caso Práctico: Diríjase a una de esas páginas, correos, redes, oficinas, servicios, con una sugerencia, reclamación, o queja. Lo de la felicitación siempre tendrá buena acogida. Recibirá inmediatamente un mensaje automático de que ha llegado a buen puerto y en menos de un mes recibirá respuesta. Antes del mes compruebe si recibe una respuesta similar a esta: Le agradecemos que haya utilizado el Sistema de Sugerencia, Reclamaciones, Felicitaciones y Quejas de (aquí el nombre de tal o cual organismo). En relación con su solicitud, le informamos que a través de este sistema sólo se tramitan las sugerencias, reclamaciones y felicitaciones relativas al funcionamiento de los servicios prestados por (aquí, de nuevo, nombre del organismo). Tras esta amable introducción, te indicarán las muchas ventanillas, registros físicos, registros telemáticos, dirección del callejero, o de correo electrónico, teléfonos, oficinas, páginas web, a las que deberás dirigirte si de verdad quieres resolver el asunto. Eso sí, exponiendo los hechos en los que fundamenta su pretensión, así como aportando las pruebas que estime oportunas para la defensa de sus derechos e intereses. Imagino que se refiere a los derechos e intereses de las personas que justifican la creación y mantenimiento del susodicho Servicio. Eso sí, todo viene debidamente firmado por la Subdirección correspondiente. La Dirección pocas veces se deja ver en estas cuestiones de poca monta y se ve que se reserva para casos de más enjundia.

Tras la prueba, amable lector, o lectora, ya me cuentas los resultados.

Esta semana pasada los pensionistas han salido a la calle. En Madrid se concentraron ante el Parlamento. Eran tantos que la Carrera de San Jerónimo quedó cortada y la Plaza de las Cortes estaba a rebosar. Algunos diputados salieron también a la calle a escuchar la voz de nuestras personas mayores, convocadas por CCOO y UGT.

Esto de salir a la calle es como un termómetro. Para que nuestras personas mayores hayan comenzado a salir por miles a la calle algo debe de estar pasando. España es así. Todo el solar patrio parece una engañosa balsa de aceite y quien gobierna piensa que puede seguir igual sin hacer nada de nada. Todo parece estar tranquilo.

Hasta que, de pronto, sin previo aviso, el malestar acumulado estalla. Nadie sabe muy bien por qué. Las calles se llenan. Los gobernantes se asombran. Ven conspiraciones por doquier. Echan la culpa a la oposición que calienta la calle porque huelen elecciones. Hacen de todo, menos ponerse a pensar en los motivos del estallido.

Lo cierto es que a cualquier persona decente le daría por pensar que, tal vez, la crisis está siendo demasiado larga y tremendamente dura para las personas. Tomaría en consideración que la falta de revueltas callejeras sólo se explica porque las familias actúan en España como paraguas protector para los jóvenes que no encuentran empleo, o para los hijos que pierden su trabajo y no encuentran nada durante meses y hasta años. Para los nietos, que tienen que seguir estudiando y comiendo, gastando ropa y rompiendo zapatillas de deportes.

Ahora llegan los economistas de postín y anuncian que nuestros pensionistas no son los más damnificados de la crisis. No deberían quejarse tanto porque han mantenido el “poder adquisitivo” mejor que sus hijos o sus nietos. No toman en cuenta, esos sesudos economistas, que adulan al gobierno y a los poderosos, que son esos pensionistas los que han corrido a tapar los agujeros familiares que ha ido dejando abiertos el gobierno.

Esos pensionistas que cobran, como media, menos de 920 euros al mes. Para los que la pensión más frecuente es de poco más de 650 euros. Los que ven que la revalorización de su pensión nunca supera el 0´25 por ciento, cuando la riqueza del país crece un 3. Que la mitad de los pensionistas no llega al miserable Salario Mínimo Interprofesional. Que casi uno de cada cuatro pensionistas vive bajo el umbral de la pobreza y que casi la mitad de los 9 millones de pensionistas ayudan a sus familias durante la crisis.

Los economistas que no vieron venir la crisis, se aplican ahora a espolear al gobierno para que tome decisiones sobre unas pensiones “insostenibles”. Y ese gobierno, servicial con los poderosos, se apresta a participar en el juego. La última propuesta-sonda, preparatoria del camino, consiste en plantear que la persona que se va a jubilar elija el periodo de cálculo pudiendo contabilizar toda la vida laboral. Eso beneficiaría hoy a algunos, pero perjudicará a casi todos en el futuro.

Es la hora de preguntar a nuestro gobierno si empezamos a negociar medidas que harían posible sostener las pensiones, en el marco del Pacto de Toledo. Medidas como incrementar las cotizaciones sociales, mientras la crisis persista; incrementar las bases máximas de cotización; equiparar las bases medias de cotización de asalariados y autónomos; financiar con impuestos determinadas prestaciones que ahora paga la Seguridad Social, como las de supervivencia; que el Estado pague los gastos de Administración de la Seguridad Social, como hace con cualquier ministerio; o combatir la economía sumergida, el fraude en las contrataciones y cotizaciones a la Seguridad Social.

Medidas como éstas, contribuirían a elevar los ingresos anuales de la Seguridad Social en más de 70.000 millones de euros, lo cual mejoraría la financiación de nuestro gasto en pensiones, teniendo en cuenta que no llegamos al 12 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB), cuando la mayoría de países europeos de nuestro entorno está ya dedicando en torno al 15 por ciento a pagar pensiones.

El gobierno elige. Dejar que las cosas se pudran para justificar el desmantelamiento de las políticas públicas, o defender a más de nueve millones de personas que comienzan a estar hartas y que no están dispuestas a apechugar con la carga del abandono de las políticas de protección social. Si de verdad la crisis se está superando, nuestros pensionistas lo tienen también que notar. Las pensiones de hoy y las de mañana son sostenibles, si nos lo tomamos en serio.

Comisiones Obreras de Madrid, decidimos crear, en el año 2004, la Fundación Abogados de Atocha, para recordar a aquellos cinco jóvenes que fallecieron en el brutal atentado en el despacho de abogados laboralistas de la calle de Atocha, número 55. Aquel atentado en el que murieron Francisco Javier Sauquillo, Javier Benavides, Enrique Valdelvira, Serafín Holgado y Angel Rodríguez Leal.

En ese mismo atentado quedaron gravemente heridos Dolores González Ruiz, Luis Ramos, Miguel Sarabia y Alejandro Ruiz-Huerta. Hoy sólo queda entre nosotros Alejandro, que preside la Fundación. Mantener vivo el recuerdo, los valores, el espíritu de aquella generación de jóvenes, sobradamente preparados, que se lanzaban a la defensa de una España en libertad y democracia, en los duros tiempos de una dictadura que moría y una democracia que nadie sabía si terminaría por llegar, ha sido uno de los fines de nuestra Fundación, a lo largo de todos estos años.

No se trata sólo de organizar actos que reconozcan la contribución de los de Atocha para acabar con la dictadura y abrir la etapa democrática en España. Se trata, sobre todo de hacer que esos jóvenes de Atocha sean hoy ejemplo para nuestros jóvenes y que los valores que impregnaban su vida, se conviertan también en referencia para la defensa de la libertad, la paz, la democracia, en la vida económica, política, social, de nuestros días.

Es importante que, a lo largo de estos años, la Fundación haya conseguido impulsar y promover que muchos lugares de España cuenten con calles, plazas, monumentos, parques, centros culturales, dedicados a los Abogados de Atocha. Entre ellos, el monumento del Abrazo, que Juan Genovés nos regaló, para ser instalado en la Plazuela de Antón Martín, muy cerca del portal donde se encontraba el despacho laboralista.

Es importante que España recuerde la historia de los de Atocha. Pero, aún más me lo parece el hecho de que, año tras año, vinculemos esa memoria con el presente. Por ejemplo, rindiendo homenaje, con un Premio, a personas que siguen alimentando ese espíritu de justicia para la libertad.

Los premios Abogados de Atocha han reconocido a sindicalistas como Marcelino Camacho (pronto se cumplirán 100 años de su nacimiento), y a políticos honestos como Joaquín Ruiz Jiménez. A los primeros despachos laboralistas de Madrid (el primero de ellos dirigido por María Luisa Suárez, junto a Antonio Montesinos y Pepe Jiménez de Parga), o a los abogados laboralistas de Colombia, o del Sahara.

José Luis Sampedro, Marcos Ana, Domingo Malagón, Manuela Carmena, Begoña Sanjosé, Pilar Bardem, Juan Genovés. La Fiscalía General de Guatemala, o la jueza argentina María Servini. Un amplio abanico de personas intachables que aquí, o más allá de nuestras fronteras, representan ese esfuerzo colectivo por abrir las puertas para que el aire fresco se adueñe de nuestras calles y nuestras plazas y la convivencia democrática se imponga sobre la barbarie, el abuso, la injusticia.

Se acerca el 41 aniversario del asesinato de los Abogados de Atocha y este año el premio ha ido a parar a José Mújica y a Reporteros sin Fronteras. De nuevo la dignidad de las personas, la decencia de las políticas, la defensa de la libertad de información, encuentran su reconocimiento en estos premios. La dignidad y decencia de un político como José Mújica. La libertad de información que defienden miles de reporteros en todo el planeta, pagando un alto precio, en muchas ocasiones, con la privación de libertad, torturas y con la muerte.

El acto de entrega de los premios tendrá lugar, como cada año, el 24 de enero en el Auditorio Marcelino Camacho de CCOO de Madrid, en la calle Lope de Vega 40. El que fuera presidente de Uruguay entre 2010 y 2015 no podrá desplazarse durante el invierno a Europa, porque así lo aconsejan sus médicos. Por ello, podremos escuchar su mensaje a través de un vídeo y será en el mes de mayo, cuando recogerá el premio personalmente.

Un año más la conmemoración del asesinato de los jóvenes Abogados de Atocha nos recuerda que tendremos futuro si, aún en condiciones extremas como las que ellos vivieron, somos capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos y ponerlo al servicio de la libertad y la justicia. Sin miedo, forjándonos constantemente, sin componendas injustificables con la corrupción y los corruptos, con audacia, coraje y alegría.

En el año 2000 fui elegido para dirigir las CCOO de Madrid. Lo hice durante 12 años. Unos dirán que para bien y otros que para mal. Son muchos los acontecimientos que me tocó vivir en esa docena de años. Dirigir tres huelgas generales en el escaparate capitalino de las Españas. Y participar en una cuarta, que fue más bien un paro laboral y social, contra la Guerra de Irak, en el que dimos libertad a nuestras afiliadas y afiliados para participar, aunque nuestra Confederación no lo hiciera.

En 2002 tuvimos que organizar la primera de aquellas huelgas generales. Y antes aún, desde enero de 2001 y durante más de seis meses, defender y canalizar la solidaridad con el Campamento de la Esperanza de los trabajadores de SINTEL, en la Castellana. Contra viento y marea, contra la mafia de Miami y los gobiernos de turno, en las calles. Al final, el triunfo fue amargo y el coste que tuvimos que pagar por tamaña osadía fue muy alto,  hasta dentro de la organización.

Estaba en la Asamblea de Madrid, como invitado, cuando se produjo el primer golpe de estado exitoso dentro de la democracia. El Tamayazo en Madrid, aquel 10 de junio de 2003, marcó un punto de no retorno en el atrevimiento de los corruptos nacionales y nacionalistas por hacerse con las riendas del poder económico y político, no sólo en Madrid, sino en toda España.

La Gürtel, la Púnica, Lezo, Pokémon, o los casos Pujol, Palau, Pretoria; los negocios oscuros tras las campañas privatizadoras de los hospitales; los regalos de suelos y mamandurrias para nuevos centros educativos concertados y universidades  privados, los chanchullos en el Canal de YII, las operaciones de control de Cajamadrid marcadas por los choques internos dentro del PP, recibieron el pistoletazo de salida aquel día en el que dos tránsfugas no votaron a Rafael Simancas como Presidente de la Comunidad de Madrid. Ese mismo día, casualmente, inaugurábamos el monumento a los Abogados de Atocha, esculpido por Juan Genovés, en la plazuela de Antón Martín.

Al final de aquel mandato, cuando preparábamos el Congreso Regional de CCOO, en mitad de un intenso debate interno, se produjeron los atentados del 11-M en los trenes que conducían a miles de trabajadores, trabajadoras, estudiantes, hacia Atocha. Aquel día en el que los heraldos negros de la muerte cayeron sobre Madrid y hasta el cielo lloró.

Aquel Congreso lo inauguró Miguel Ríos con un impresionante canto a la Paz y en homenaje a las víctimas del atentado. No busco crédito artístico, sino decir que otro mundo es posible: No queremos vivir no con injusticias ni con guerras, sino con el derecho a ser tratados como lo que somos, personas. NO A LA GUERRA.

Nunca he vivido un momento inaugural como aquel, en el que tan sólo Ana Botella, que acompañaba al alcalde Alberto Ruiz-Gallardón, como concejala del Ayuntamiento de Madrid, permaneció ostentosamente sentada. Su marido acababa de perder unas elecciones por mentir sobre aquel atentado, pero aún así creo que se equivocó.

Tan sólo aquellos primeros cuatro años al frente de las CCOO de Madrid darían para libros, documentales, artículos y hasta Misterios Bufos sin cuento. De nada me envanezco, porque las victorias tienen, como todo el mundo sabe, innumerables padres y tampoco me arrepiento de las derrotas, aunque su padre sea solo uno, es decir yo mismo.

Me ocurre, con la memoria de estos años,  un poco como al replicante de Blade Runner. Me parece haber visto cosas que vosotros no podríais creer. Ciertamente no son naves de combate en llamas más allá de Orión, pero tampoco creáis que fueron mucho menos intensas. En todo caso, si de algo me siento orgulloso es del camino que fuimos abriendo y que condujo a la creación de la Fundación Abogados de Atocha.

Cada 24 de enero, desde 1977, no más de veinte personas, visitábamos los cementerios donde se encontraban enterradas las víctimas de la mal llamada Matanza, en la que varios pistoleros de la ultraderecha quisieron dar un escarmiento a los huelguistas del transporte madrileño y a sus defensores, los abogados laboralistas de las CCOO, del PCE y de las Asociaciones de Vecinos, que trabajaban en la calle Atocha 55. Un despacho de abogados, cooperativo, que dirigía Manuela Carmena.

Luego, algunos cientos de personas, nos concentrábamos ante el portal del despacho de Atocha, número 55, donde habíamos logrado instalar una placa en memoria y recuerdo de los asesinados. Allí, junto al PCE y la Federación de Vecinos, las CCOO de Madrid, depositábamos unas coronas de flores y escuchábamos las palabras de Miguel Sarabia, uno de los cuatro sobrevivientes, junto a Luis Ramos, Lola González Ruiz y Alejandro Ruiz-Huerta.

Habíamos inaugurado, en el año 2000, un centro de formación al que dimos el nombre de Abogados de Atocha. Habíamos conseguido que muchas calles, centros culturales, plazas, parques, en numerosas localidades de toda España, llevaran el nombre de Abogados de Atocha. El monumento del Abrazo, en Antón Martín, suponía un reconocimiento perdurable en Madrid.

Pero, en una España como la que se venía encima, nos pareció que podíamos aportar algo que marcara el camino y crear una fundación para recordar a Francisco Javier Sauquillo, Javier Benavides Orgaz, Enrique Valdelvira, Serafín Holgado y Angel Rodríguez Leal, cinco jóvenes asesinados por defender los valores de la libertad, la justicia, la paz, la democracia, con las únicas armas de la palabra y el derecho. Acompañar a quienes sobrevivieron y a las familias y reconocer la labor de cuantos siguen defendiendo esos mismos valores.

Así, el Congreso de CCOO de Madrid, hace catorce años, aprobó crear la Fundación Abogados de Atocha, presidida hoy por Alejandro Ruiz-Huerta. De los cuatro que sobrevivieron al golpe mortal, ya sólo él  queda entre nosotros. Se cumplen 41 años del atentado de Atocha.

Pero la memoria de Atocha no es patrimonio de CCOO, ni de quienes creamos la Fundación, ni del PCE, ni de la izquierda de este país. Aquellos jóvenes de Atocha son algunos de los mejores frutos que este país llamado España ha dado. Sufrieron la última ejecución masiva y sumaria de una dictadura huérfana de dictador que se resistía a morir. A partir de entonces la dictadura fue irreversible pasado. La democracia era ya el imparable futuro.

Lo que no sabes por ti

no lo sabes.

Repasa la cuenta

tú tienes que pagarla.

Bertolt Brecht

 

Marcelino era de Madrid, a la manera en que lo somos los madrileños y madrileñas. Al estilo peculiar de quienes, siendo oriundos de cualquier otro lugar de España, o del mundo, desembarcamos un día de los trenes o las camionetas (ahora también de los aviones) y buscamos un lugar para trabajar y un hogar para vivir. No es necesario nacer en Madrid para tener ocho apellidos madrileños llegados de los cuatro puntos cardinales, como si fuera seña identitaria del nacionalismo sin fronteras que nos caracteriza y del que hacemos gala.

Marcelino Camacho nació allá por 1918, en la estación de ferrocarril de Osma La Rasa, en la provincia de Soria, donde su padre era guardagujas. Se afilió joven al Partido Comunista y a la UGT. Tras cortar las vías del tren, para retrasar el avance de las tropas alzadas contra la República, en el 36, atravesó a pie la Sierra madrileña para incorporarse al bando republicano. Luego la clandestinidad, las denuncias, la cárcel, los trabajos forzados en Tánger, la huida al exilio en Orán, su matrimonio con Josefina Samper en el 48 y el indulto que le permite volver a España en 1957.

Es entonces cuando desembarca en Madrid y encuentra trabajo en la Perkins, donde emprende las tareas organizativas de las primeras Comisiones Obreras en la capital y luego se aplica a intentar coordinar las Comisiones que han ido naciendo por toda España. Esas CCOO que comienzan a tener fuerza y que son sondeadas infructuosamente por el ministro Solís Ruiz, en un intento por incorporar al nuevo movimiento sindical a su peculiar reforma del Sindicato Vertical. Se trataba de un nuevo conato del falangismo, que controla el partido único, el sindicato vertical, los periódicos y radios del Movimiento, por hacerse con las riendas del futuro, en contra de los tecnócratas del Opus Dei, que se ve arruinado por la negativa de las CCOO, que exigen un sindicalismo libre y democrático.

Así las cosas, CCOO gana ampliamente las elecciones sindicales de 1966 en las principales empresas del país. El Régimen no podía tolerar que las vías de agua abiertas por las reivindicaciones obreras terminaran por hundir el barco. Por eso ilegalizan las CCOO y encarcelan a sus dirigentes. Los Tribunales de Orden Público, creados por la dictadura en diciembre de 1963, detienen, procesan, juzgan y condenan a más sindicalistas de las CCOO que a personas de cualquier otra organización social o política. El franquismo sabía bien por dónde podía comenzar el principio del fin.

Desde ese momento, Marcelino pasa más tiempo entre rejas, que en el trabajo o que en su casa. En Sudáfrica tenían una cárcel de Robben Island y en España una de Carabanchel. Allí tenían un Mandela y aquí teníamos un Camacho. Recuerdo esa foto del año 91, en la que ambos, trajeados, ya en libertad, conversan durante la primera visita de Mandela a España.

Conmemoramos este 21 de enero el nacimiento de Marcelino Camacho hace ya cien años. Van para ocho años desde aquellos dos días y una noche en que Marcelino reposó, antes de emprender su último viaje, en el auditorio que lleva su nombre, donde tantas huelgas, asambleas, homenajes, recitales, actos culturales y solidarios, han organizado sus Comisiones Obreras de Madrid. El mismo lugar donde cada año hacemos entrega de los premios de la Fundación Abogados de Atocha. Un premio que Marcelino recogió junto a Joaquín Ruiz Jiménez en el año 2006. El mismo que este año recogerán Pepe Mújica, Presidente de Uruguay entre 2010 y 2015, y la organización Reporteros Sin Fronteras, por su incansable labor en defensa de la libertad de prensa.

Hay quien hoy quisiera olvidar a Marcelino. Mandela recibió el premio Nobel y el Príncipe de Asturias. Wallesa recibió el Nobel. Marcelino ninguno de los dos. Marcelino sí recibió la Gran Cruz del Mérito Civil, la Orden del Mérito Constitucional, la Medalla de Oro del Mérito del Trabajo y otros muchos premios nacionales e internacionales, pero no el Nobel, ni el Príncipe de Asturias.

Los hubiera merecido, pero formaba parte, como los Abogados de Atocha, de esa memoria incómoda que tan bien ha descrito Alejandro Ruiz-Huerta, que nos lleva siempre, en este país de todos los demonios, a pasar páginas de nuestra historia, sin leerlas, para repetirlas tarde o temprano.

Pero también habrá quien anhela convertir a Marcelino en un mito, en un hombre raro, un ser excepcional pero inimitable. Marcelino era extraordinario, por eso es irrepetible. Nosotros le admiramos, mucho, pero nunca podremos parecernos a él. Además hoy las cosas no son como entonces. La conclusión no deseada, pero inevitable, es que hoy los dirigentes son otra cosa. Nosotros tampoco somos los mismos. Más domados. Más doblados. Más domesticados. Somos la viva imagen de la derrota. En el mejor de los casos de la resistencia.

Me niego a aceptar este pensamiento. Claro que Marcelino jugaba en la liga de los Mandela. Pero cada uno de nosotros y de nosotras tenemos nuestro propio campo de juego y en ese ámbito Marcelino no es un ídolo, un icono, un totem protector, un paño de lágrimas, sino un ejemplo a seguir. No para hacer lo que él hizo, sino para hacer lo que honestamente creamos que toca hacer.

La lección de Marcelino se encuentra en la voluntad. Consiste en estudiar siempre. Sin diferencias de sexo, o edad. En la cárcel, en la empresa, en la cocina, en el asilo, en el colegio, en el paro, estudia. No te canses. Nunca es demasiado tarde. Persigue el saber, empuña el libro, no te dejes convencer, no temas preguntar.

Marcelino, hace 30  años, insistía, una y otra vez, en contarnos aquello de la revolución cientificotécnica. Pocos creían que aquella formulación resultaba profética. Que, hoy la digitalización, la robótica, la nanotecnología, la informática, las comunicaciones, las redes, la realidad virtual, son términos que acaparan el diseño del futuro de nuestra economía y nuestra sociedad.

Marcelino Camacho era un madrileño, vecino de Carabanchel, que nos enseñó con su vida, su honestidad y su coherencia, la lección que aprendió de Bertolt Brecht, Apunta con tu dedo a cada cosa/ y pregunta: ¿Y esto por qué?/ Estás llamado a ser un dirigente. Un hombre que nos enseñó que ser un dirigente no es mandar, sino servir. Que la autoridad viene desde dentro y no por designación divina, o ambición humana, ni tan siquiera por elección para ostentar un cargo. Que no hay que confundir autoridad con potestad.

Por eso Marcelino, como Mandela, a fuerza de pegarse a su  gente se convierten en universales y siguen siendo  jóvenes que nos conmueven y al tiempo nos turban, porque, tal como nos explica Gloria Steinem, la idea de una autoridad personal interna resulta inquietante para las personas habituadas a recibir órdenes y sin duda también para quienes suelen dar esas órdenes.

Hace no mucho tiempo, ante la proliferación de estudios, publicaciones, documentales, sobre la historia del movimiento obrero y de las CCOO en particular, escuché de un compañero que había que escribir una historia “oficial” del sindicato, para evitar interpretaciones erróneas y confrontaciones inútiles de distintas versiones y opiniones.

No es la primera vez que había escuchado hablar de esta “apremiante” necesidad, utilizando argumentos parecidos. Creo que es legítimo y hasta necesario que cualquier organización, país, grupo social, escriba una versión propia de su historia, su cosmogonía, su cosmología y fije sus mitos fundacionales, aunque sólo sea, para inmediatamente después colocarla en un apartado del “quiénes somos” de su página web, algo así como una biografía “autorizada”, que sirva de contrapeso a la versión de Wikipedia.

Sin embargo, me parece que ese relato, cuyo destino es ser compartido, debería ser abierto. Tanto como para permitir que, en el mismo, convivan contradicciones que no pueden ser solventadas con decisiones salomónicas de un órgano de dirección.

Por ejemplo, es frecuente afirmar que las CCOO nacieron en la mina de La Camocha, en Asturias, allá por 1957. Es una afirmación muy generalizada y a mí me interesa darla por buena, porque es el mismo año en el que yo nací y, además, el año en el que también nació la Unión Europea, con la firma de los Tratados de Roma. Pero hay quien lo pone en cuestión y prefiere acercar el ascua de la fundación de las CCOO a su sardina territorial o sectorial.

No seré yo quien participe en polémicas de tan alta enjundia y tan escaso recorrido. Que historiadores titulados, no titulados, o aficionados, lo echen a cara o cruz. Lo cierto, lo que merece la pena retener, es que hubo un momento en toda España, allá por los años 50, en el que los trabajadores y trabajadoras de algunas empresas eligieron representantes eventuales y esporádicos para plantear sus reivindicaciones ante la empresa. Así se constituyeron las primeras comisiones de obreros.

Este año se cumplen 100 años del nacimiento de Marcelino Camacho. Cada vez que hablo con un compañero o compañera, sobre los orígenes de aquellas comisiones de obreros, o de obreras (que también hubo), suelo comprobar que, quien más, quien menos, se considera fundador de las CCOO. En una gran fábrica, en una modesta oficina, en taller textil, en un hospital, en un colegio, en los talleres del metro, o entre las vías del tren.

Por eso no cometeré el error de reivindicar a Marcelino como fundador de las CCOO. De la misma manera que no afirmaré que Mandela creó el Congreso Nacional Africano, ni que Lech Walesa fuera fundador único del sindicato Solidaridad. Pero, permítaseme al menos, constatar que, sin ellos, los orígenes no hubieran sido los mismos.

Porque nadie podrá negar el papel y el lugar de Marcelino, entre los Diez de Carabanchel, encarcelados en junio de 1972 y juzgados en diciembre de 1973, por pertenecer a la dirección de las ilegales y clandestinas CCOO. Aquel juicio que comenzó el día en el que asesinaron a Carrero Blanco, lo cual contribuyó a agravar las sentencias.

Para llegar ahí, Marcelino había acumulado muchas detenciones y mucha cárcel, por defender un sindicalismo en libertad y por no aceptar convertir a las CCOO en el sindicato vertical y renovado de un franquismo de los tiempos modernos  del desarrollismo, capitaneados por los tecnócratas del Opus Dei. Tampoco nadie podrá obviar su papel en la Asamblea de Barcelona, o como Secretario General elegido y vuelto a elegir y reelegido, por mayorías muy amplias, desde el primer Congreso del sindicato en la legalidad, celebrado en 1978.

La dirección de las CCOO era muy plural y las decisiones se adoptaban de forma muy colectiva, pero nadie podrá sortear el hecho de que el primus inter pares era Marcelino y no sólo por razones de edad. De forma que Marcelino forma parte del mito fundacional de las CCOO, por derecho propio y porque así es reconocido en la memoria de muchas personas en la sociedad española.

Basta echar la vista ocho años atrás y recordar el Auditorio, que llevaba su nombre, lleno de compañeros y compañeras que querían acompañarle y consolar a la familia,  mientras presentaban sus respetos y condolencias cientos de personas de la política, de las más diversas disciplinas artísticas, del empresariado. Desde Felipe de Borbón al más humilde poeta, o cantautor; desde el Presidente del Gobierno, a rectores de universidades, o conocidos actores y actrices, subían al escenario donde habíamos instalado el féretro, para rendir homenaje a Marcelino.

Si la grandeza de un hombre se mide no sólo por la grandeza de cuantos le amaron, sino también por la de cuantos tuvieron que medir sus fuerzas con él, sólo podemos sentimos orgullosos de haber compartido un tramo de nuestra vida con Marcelino Camacho. Orgullo de que su forma de ser persona sea parte inseparable de nuestro modo de conocernos e interpretarnos, de nuestras hechuras cotidianas, de la construcción de nuestro futuro y de los mitos fundacionales que nosotros elegimos.

Ya se ha visto que he tenido que emplear un primer artículo para señalizar y marcar el peligroso terreno político y social en el que Salvador Seguí pronunció su discurso en el Ateneo de Madrid. El segundo artículo describía el paisaje, sembrado de minas, cuyo último episodio, antes del discurso del Ateneo, había sido la huelga de La Canadiense, tan sólo dos años después de la huelga General del 17.

La huelga de La Canadiense acabó relativamente bien, cuando la anterior acabó mal. Entre otras cosas, porque algunos dirigentes sindicales no se entretuvieron en buscar disculpas de mal pagador, sino que aprendieron a organizar y dar la cara hasta el final.

Y no sólo ante la patronal, la policía, los jefes militares, sino ante los suyos, esos 20.000 trabajadores apiñados en la plaza de toros de las Arenas de Barcelona para tomar una decisión sobre la continuidad, o no, de la huelga.

Resulta que Salvador Seguí, en aquel famoso discurso del Ateneo, pronunció unas palabras que algunos independentistas esgrimen abundantemente para acercarse al anarquismo. Algo que vendría hoy de maravilla a la burguesía catalana, la misma que hace cien años pagaba a los “Sindicatos Libres” de la patronal, (con la ayuda y connivencia, por cierto, del general Martínez Anido, que llegó a ministro golpista de Orden Público en el primer gobierno de Franco), que ejecutaron a Seguí, en una esquina del barrio del Raval, allá por el año 1923.

El caso es que Seguí habló de los objetivos de su sindicato y de la forma en la que se estaban organizando para conseguirlo. En un momento de su intervención, cuando habla de los líos que montan los regionalistas de la Liga Catalana, viene a decir que, La independencia de nuestra tierra no nos da miedo. Y algunos independentistas le han sacado coplas y hasta carteles, con esa “demostración” de que hasta Seguí se había sumado antaño a su guerra particular.

No han sido pocos los que han ido a comprobar en las fuentes, en el discurso original, que Seguí reafirma sus principios anarquistas, que vienen a significar todo lo contrario. Dice Salvador, Se habla con demasiada frecuencia de los problemas de Cataluña. ¿Qué problemas de Cataluña? En Cataluña no hay ningún problema. El único problema que pudiera haber planteado en Cataluña está planteado por nosotros, pero el problema que está planteado por nosotros no es un problema de Cataluña, es un problema universal. (…)

La Liga Regionalista ha pretendido y en parte ha logrado, dar a entender a toda España que en Cataluña no hay otro problema que el suyo; el regionalista. Esta es una falsedad; en Cataluña no existe otro problema que el que existe en todos los pueblos libres del mundo, en toda Europa, un problema de descentralización administrativa que todos los hombres liberales del mundo aceptamos, pero un problema de autonomía que esté lindante con la independencia no existe en Cataluña, porque los trabajadores de allí no queremos, no sentimos ese problema, no solucionamos nuestro problema bajo esas condiciones.

Claro que el Noi del Sucre no deposita toda la responsabilidad en los regionalistas de la burguesía catalana que, tan pronto quieren más autonomía, como reclaman la independencia, con la misma facilidad que apoyan a los gobiernos centrales, o piden la intervención militar para sofocar los problemas laborales o sociales, cuando éstos se desbordan.

Seguí habla también, en el Ateneo, de la ineptitud y la miopía mental  de los políticos de España, que han dado una cierta importancia a un problema que realmente era nada más que una lucubración mental, una aspiración política de algo inconfesable de los líderes de la Liga.

No tiene miedo a la independencia, porque el problema es otro y porque si mañana hay independencia, el problema seguirá siendo el mismo y su tarea no habrá variado un ápice. En una Cataluña independiente el sindicato tendría que formar y organizar a los trabajadores y trabajadoras para dirigir su propio destino.

Sé que han cambiado los tiempos y que la historia no se repite mecánicamente, pero yo suscribiría, punto por punto, estas palabras de Salvador Seguí en el Ateneo de Madrid, en octubre de 1919. Las firmó con su compromiso y las pagó con su vida, unos años más tarde, justo cuando los nacionales y los nacionalistas se pusieron de acuerdo en sofocar y llevarse por delante a quienes pensaban como el Noi del Sucre.

My country, right or wrong

Carl Schurz

My mother, drunk or sober

Chesterton

My country, right or left

George Orwell

 

Iñigo,

Permite que te tutee. A fin de cuentas tenemos prácticamente la misma edad, año arriba, año abajo. Sólo hemos coincidido, personalmente y que yo recuerde, una vez. Creo que fue cuando el Congreso de los Diputados decidió colgar el cuadro de El Abrazo, de Juan Genovés, símbolo de la Transición española, en el vestíbulo de uno de sus edificios en la Carrera de San Jerónimo.

Creo recordar que hiciste un discurso centrado en la tesis de que el ciclo que abrió Picasso con el Guernica en 1937, concluye con El Abrazo de Genovés en 1976. Momento, según dijiste, en el que fuimos capaces de separar lo principal de lo accesorio y ponernos de acuerdo, abriendo una larga etapa de convivencia democrática.

Una convivencia de 40 años en la que el cuadro descansó el sueño de la memoria incómoda, en los sótanos del Museo Reina Sofía (pese a nuestras quejas reiteradas), hasta que las necesidades del guión político hicieron necesario  reivindicar un estilo de hacer política que terminó por coincidir con nuestras reivindicaciones.

Allí, en el cuadro, están unos españoles dándose un abrazo, junto a los retratos de los reyes eméritos, los de nos nuevos reyes y los bustos de los Presidentes de la República Niceto Alcalá Zamora, Manuel Azaña y de quien luchó con más ahínco por el derecho al voto de la mujer, Clara Campoamor.

Y, sin embargo qué vidas tan diferentes la tuya y la mía, ministro. Tu árbol genealógico hunde sus raíces en personajes como el Marqués de Cubas y va estableciendo transversales de parentescos cruzados con las casas aristocráticas de media España, que fueron sembrando racimos de títulos. Los de Cubas, los Aldama, los de Atarfe, Areny, Arcentales  y hasta el condado pontificio de Santa María de Sisla.

Pese a lo prolijo y abundante de las ascendencias y descendencias, hasta una baronía de Claret ha llegado hasta ti y terminaste casando con la nieta de los marqueses de  Bolarque, e hija del marqués de Albayda. Mis raíces son, al menos, tan largas como las tuyas, pero deben ser más hondas y no  tan expuestas a la luz.

Los tuyos, tu familia y tu gente eran monárquicos. Los míos debieron serlo poco. En la casa de tu abuela trabajó un tiempo, no  mucho (un día te contaré por qué), mi madre, como parte de lo que llamaban el” cuerpo de casa”. Lavaba ropa y planchaba, en una casa donde se servía el “té de la gallina”, reunión de señoras en la cual, en sonadas ocasiones, aparecía Carmen Polo de Franco. Ya tu abuelo había sido ayudante de cámara de Alfonso XIII y participó en el alzamiento del 36, falleciendo en combate. Mis abuelos también fueron a la guerra, en el otro bando y pagaron con la vida y con la cárcel su osadía.

Tu padre llegó a ayudante, o asistente, del dictador. A su boda, en San Jerónimo el Real, asistieron Carmen Polo, Ramón Serrano Suñer, Girón de Velasco.  El mío era cantero, albañil, portero y se casó en el pueblo por el mismo tiempo que el tuyo, por lo cual, siendo tú y yo primogénitos, nacimos año arriba o abajo.

Mi padre murió, como el tuyo, a principios de los 80. Tú has realizado la carrera de derecho y te has desenvuelto como profesor, europarlamentario, secretario de Estado, ministro. Yo hice magisterio, que era la carrera de los hijos tontos de los ricos y los hijos listos de los pobres. Luego Geografía e Historia en la UNED y soy maestro del ministerio que hoy diriges.

Pasas por pertenecer a los sectores ultracatólicos del PP, junto a  los Trillo, Guindos, Báñez, Morenés, o Tocino. Amante de las obras de beneficencia. Yo ya no sé bien ni lo que soy. Si de alguna iglesia he de ser, elijo la de los pobres y de la liberación. También un poco socialista, comunista, libertario, republicano… un laberinto por el que he tenido que aprender a transitar, vaya. De esa amalgama que tus ancestros llamaban de la “cáscara amarga”. Tus formas son educadas, las mías no tanto, no siempre. Por lo demás, imagino que intentas ser feliz, a tu manera, como yo lo intento, a la mía.

Henos aquí, Iñigo, tú al frente del ministerio de mi oficio, en un momento en el que hay que redefinir la educación para los próximos treinta, o cuarenta, años. Eso que todos llamáis el Pacto Educativo, del que dependerá que tengamos, o no, en el futuro, una educación para la libertad y la igualdad que actúe como pilar de la democracia.

La crisis ha destrozado buena parte de los compromisos adquiridos durante la transición democrática. La corrupción ha hecho el resto, promoviendo cesiones de suelo, prebendas y ayudas para centros privados concertados, frecuentemente de ideología neoconservadora. Las prácticas neoliberales en lo económico, han producido  un uso y abuso de la educación entendida como negocio y adoctrinamiento. Por eso el Pacto no puede ser un trágala, una aceptación de los recortes y las desigualdades que se han apoderado del sistema educativo.

Tal vez suscribieras la máxima de Carl Schurz y seguro que los dos nos acogeríamos a la divisa de Chesterton. Yo, por mi parte, estoy dispuesto a adoptar la posición de Orwell y aparcar nuestras vidas tan diferentes, la tuya y la mía, portadoras de las vidas de los tuyos y los míos, si de lo que se trata es de hacer que quienes vienen detrás de nosotros, crezcan educados en libertad y en igualdad. Nada más, Iñigo, pero tampoco nada menos.

Dale una vuelta estas Navidades.

Hablé en un artículo anterior de la apropiación indebida del toro de Manuel Prieto (también conocido como toro de Osborne), por parte de la derecha nacional, con el objetivo de dar mayor esplendor y engalanar la bandera rojigualda. Paradójicamente resultó ser un toro diseñado por un republicano y comunista, en los tiempos de la dictadura del general Franco.
La mente se lanza a giros imprevistos y crea parejas inesperadas y, tras releer el artículo, me sorprendo pensando en la cantidad de veces que escucho, en boca de portavoces de la derecha, que trabajan por una España de “mujeres y hombres libres e iguales”.
La primera vez que lo escuché en una de esas bocas, fue en la de Esperanza Aguirre, precisamente al poco tiempo de que yo comenzara a escribir artículos en los que planteaba que crear generaciones de mujeres y hombre libres e iguales, debería ser el principio inspirador de cualquier acción política, al tiempo, denunciaba que ese objetivo de toda política había sido claramente descuidado, cuando no abandonado, por los neoliberales económicos y los neoconservadores políticos.
Claro que yo no me había inventado la expresión. Viene de la Revolución Francesa (libertad, igualdad, fraternidad). Figura también en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Literalmente dice que Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.
La Constitución Española, viene a formular los mismos principios. El artículo 14 afirma que Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión, o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.
Y ya antes, en el artículo 9 se indica que Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en los que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social.
Mujeres y hombres libres e iguales. Esa es la única cuestión a resolver en política. La verdad, debo confesarlo, es que la primera vez que lo leí, quien escribía era Juan Gómez Casas, un anarcosindicalista poco recordado, que fue dos veces Secretario de la CNT. Una en la clandestinidad (lo cual le valió años de cárcel) y otra en los primeros años de la democracia. Articulista, polemista, historiador. En uno de sus libros leí y me apropié de la idea para siempre, que la aspiración de aquellos anarquistas era forjar mujeres y hombres libres e iguales.
Nada que ver, no confundir nunca, a esos anarcosindicalistas con los “anarcoliberales” (así les gusta llamarse) que tomaron como musa, patrona y financiadora a Esperanza Aguirre, logrando así crear plataformas estables (tink tank, las llaman ahora) que les ha proyectado hacia medios de comunicación y cargos públicos sin cuento ni medida.
Hoy les veo dar muchas lecciones de libertad (y pocas de igualdad) en todo tipo de programas, como si fuera de un buen gusto tremendo aplicar el lema de ponga un anarcoliberal en su plató. Esos mismo programas que, cuando hablan de paro, empleo, salarios, no invitan a un sindicalista, ni por asomo, pero sí a uno de esos anarquistas de la propiedad privada, o anarcocapitalistas.
No podemos ser libres si no tenemos las mismas oportunidades y no podemos tenerlas si no ponemos en el mismo punto de partida a quienes nacen marcados por la desigualdad. Si algo ha demostrado 2017 es que esa brecha de la desigualdad ha aumentado de manera inexorable. Que los ricos de hoy son más ricos, que los pobres de hoy no son menos, ni son menos pobres, sino todo lo contrario.
Que el fracaso escolar y el abandono de los estudios no mejora. Que la atención sanitaria pierde intensidad por falta de efectivos. Que nuestros mayores mueren sin percibir la ayuda de atención a la dependencia solicitada, o se les deniega, o que se les reduce y recorta. Que nuestros servicios sociales se ven obligados a trabajar a demanda y no pueden hacerlo a oferta.
Me sorprendo leyendo la noticia de que los altos ejecutivos ganan hasta 347 veces más que sus trabajadores. Que sus sueldos suben aleatoriamente, en porcentajes desorbitados y sin que tengan que ver con los resultados de la empresa, mientras que los salarios de los trabajadores bajan, o crecen mínimamente y los pensionistas ven subidas en su pensión de un 0´25 por ciento, que ni compensan la pérdida de poder adquisitivo.
Comienza 2018 y la Real Academia de la Lengua acaba de incorporar a su diccionario términos como buenismo, postureo y posverdad. Palabras que deberíamos desterrar este año de la política, para comenzar a aplicar de forma serena, sensata y coherente, los principios de libertad, igualdad y solidaridad. Porque la libertad sin igualdad no existe y vicecersa.

La I Guerra mundial había trastocado el comercio mundial y la propia producción. La crisis económica que se desencadenó en España movió el descontento social y los sindicatos terminaron convocando Huelga General de 24 horas, el 18 de diciembre de 1916. Una Huelga General, cuyas exigencias básicas eran la lucha contra el paro y la subida de los salarios, que se habían deteriorado notablemente, provocando un empobrecimiento generalizado. Nada muy distinto de lo que mueve las huelgas generales en nuestro días.

La huelga fue un éxito, pero la respuesta del gobierno tampoco fue muy distinta a la que suelen dar en nuestros días. Nada de nada. Así que, allá por finales de marzo del 17, los sindicalistas publicaron un Manifiesto convocando una nueva Huelga General, esta vez indefinida. El conde de Romanones, Presidente del Gobierno liberal del momento, suspendió las garantías constitucionales y metió en la cárcel a los sindicalistas firmantes.

Ahí comenzaron a funcionar la división interna y el trasteo externo, que abrió un debate sobre el carácter revolucionario, o pacífico, de la huelga, o sobre el papel de los partidos políticos, en la misma. En este contexto se produce la convocatoria de la Asamblea de Parlamentarios en Barcelona, para exigir la reforma de la Constitución de 1876 y asistimos a la creación, por parte de militares descontentos, de las Juntas de Defensa.

Para colmo, el desencadenamiento de la Huelga de Ferroviarios de Valencia, que se extendió como huelga ferroviaria por toda España el 10 de agosto, precipitó los acontecimientos y la UGT se lanzó a la huelga general el 13 de agosto. Son muchos los que pensaron entonces y nadie lo ha desmentido fehacientemente hasta hoy, que todo obedeció a una maniobra del entonces gobierno del conservador Eduardo Dato, que prefirió afrontar una revuelta desordenada a enfrentarse a una convocatoria unitaria y bien  organizada.

Aún así, la huelga general incendió numerosos lugares de España. La CNT, pese a todo, la secundó. Los grandes sectores de la producción y los transportes y las grandes capitales económicas se vieron paralizadas. Pero, en esas condiciones de partida, la huelga fue sofocada en pocos días, dejando su reguero de muertos, detenidos y disturbios callejeros.

Pese a ello, la Huelga General del 17 es uno de los acontecimientos relevantes en la historia del siglo XX en España. Tal vez porque marcó un punto de inflexión en el conflicto social, tras el cual la monarquía perdió la confianza de la clase trabajadora.

En esta situación, Salvador Seguí llega a Madrid para explicar en círculos obreros y en el Ateneo de Madrid, la visión, la opinión y las propuestas de la clase obrera catalana. Y lo hace precedido por la fama sobre el papel que acaba de desempeñar en la reciente Huelga de la Canadiense.

La Compañía Eléctrica De Riegos y Fuerzas del Ebro, es conocida popularmente como La Canadiense, al haber sido comprada por el Canadian Bank of Commerce of Toronto. La huelga se inició a principios de febrero de 1919 en solidaridad con 8 despedidos en oficinas. Pronto toda la plantilla se declaraba en huelga y el conflicto se extiende al sector eléctrico y al textil.

La huelga paraliza los tranvías, los diarios, la distribución de aguas… La militarización decretada por el capitán general Milans del Bosch sólo consigue encarcelar en Montjuich a 3000 trabajadores. La huelga, casi general en Cataluña, se va extendiendo hacia Aragón, Valencia, Andalucía y la UGT amenzaza con solidarizarse con el conflicto. La declaración, a mediados de marzo, del estado de guerra y el control de los medios de comunicación, sirven de poco.

El final de la huelga se produce tras un acuerdo que supone la libertad de los presos, la readmisión de los despedidos, la jornada de ocho horas, aumento de salarios y pago de la mitad de los días perdidos en la huelga. Pero, previamente, los trabajadores deben aceptar el acuerdo, lo cual no será nada fácil. Es Salvador Seguí quien tiene que explicar el acuerdo y la necesidad de finalizar la huelga en un mitin ante 20.000 trabajadores en la plaza de toros de Las Arenas. Tras la intervención del Noi del Sucre, los asistentes deciden desconvocar la huelga.

La huelga de La Canadiense será recordada como un gran triunfo fe la clase trabajadora y modelo de organización del sindicalismo. De su capacidad de autodisciplina, que permitió el control de los desmanes que momentos tan complicados pueden generar y que condujo a a alcanzar los objetivos que se planteaban. Las personas son importantes y Salvador Seguí lo fue en aquellos días, poco antes de pronunciar su discurso en el Ateneo de Madrid y pocos años antes de caer abatido por los pistoleros de la patronal catalanista.

Ya estamos en 2018. Un año en el que parece, de entrada, que no habrá elecciones. No hay en el horizonte votaciones europeas, ni municipales, ni autonómicas, ni generales. Claro, todo eso suponiendo que lo de Cataluña se encauce por las vías constitucionales y que Rajoy no haga balance y recuento de probabilidades y saque la conclusión de que le trae cuenta adelantar las elecciones generales. No parece probable, aunque estas cosas de la política las carga el diablo.

Se me ocurre que los partidos políticos en el gobierno y la oposición, acá o allá, en Comunidades, Ayuntamientos, diputaciones o gobierno central, sin los nervios de la elaboración de candidaturas y las premuras del titular periodístico, podrían aplicarse a dar solución a esos problemas que la preocupación por ganar votos impide abordar.

Cuentan con empleados públicos excelentes que se ocupan del urbanismo y la vivienda, de la salud, la educación, los servicios sociales, la atención a las personas dependientes, el medio ambiente, de impartir justicia, perseguir la corrupción, proteger la seguridad ciudadana. Cuidan todas esas cosas que hacen que cada día se nos llene de vida, o que, por el contrario, nos sintamos desatendidos y alejados de aquellos a quienes elegimos para velar por el bien común.

Pero estos empleados públicos se encuentran muy mermados en sus efectivos tras la crisis, con medios y recursos cada vez más escasos. Lo notan nuestros mayores y quienes necesitan de la sanidad pública. Lo notamos en el fracaso escolar y en el abandono temprano de los estudios. Hasta en la limpieza de las calles lo notamos. Nuestros servidores públicos se ven obligados a trabajar a demanda, sin poder planificar una oferta, en función de las necesidades de las personas.

Sin convocatorias electorales en el horizonte, sería bueno que 2018 se convirtiera en un año de buena, decente y necesaria gestión de las políticas públicas, situando a las personas por delante de los intereses partidarios, electorales, o de los siempre poderosos grupos de presión.

5 Ene, 2018

Feliz Año a Nosotros

 

 

Nosotros con nuestro errático lenguaje

nosotros con nuestros acentos incorregibles.

John Berger

 

 

Es tiempo de felicitar el nuevo año y las fiestas, familiares y de las otras. Vuelven las cenas de empresa y cuentan que algunos que trabajan han recibido esas cestas de Navidad que la crisis había puesto en suspenso. Reaparecen las cenas de beneficencia, con obispos y autoridades. Se repiten las colectas y se publicitan las obras de caridad. Regresan los que se fueron de casa y se acumulan los recuerdos, la nostalgia, la pesadumbre, por los que ya no están, pero continúan y se prolongan en nosotros. Un año, como todos, repleto de fechas cargadas de significado.

Es tiempo, sobre todo, de felicitar el año a Nosotros. Durante muchos años, en estos días, he felicitado a los Otros. He enviado cientos de correos electrónicos, más o menos originales. He utilizado las redes sociales para difundir entre miles de amigos virtuales y seguidores internautas, mis mejores deseos. Pero este año sólo tengo ganas de desearos felicidad a Nosotros.

Nosotros, aquellos que sobrevivimos en el extremo de finas ramas genealógicas, que se pierden en el tiempo, en busca de  unas raíces ignotas, carentes de apellidos, de estirpe, linaje y abolengo. Nosotros, que somos los Nadies, los que fuimos y seremos.

Los que hace 120 años, en el 98, volvimos vivos de las guerras imperiales de los otros, o no volvimos y dejamos la vida en uno de aquellos manglares y luego, por su obsesión de seguir siendo Imperio, nos mandaron a las escarpadas laderas del Atlas a morir en barrancos infames.

Años más tarde, mientras nos embarcaban en el puerto de Barcelona, tiramos al mar las medallitas que las señoras de la alta sociedad nos entregaban para protegernos de las balas que defendían las cabilas. Y luego fuimos aplastados en las calles, encarcelados, fusilados y devueltos a los barcos, como ganado, mientras aquellas señoras tomaban café con sus hijos, a los que habían pagado el derecho de no ir a Marruecos.

Nosotros que conocimos a los diez  condenados en el Proceso 1001, con Marcelino a la cabeza (cumpliría ahora 100 años); vimos a Saramago y a Sampedro, en el campamento de la Esperanza; abrazamos a los sobrevivientes de la Matanza de Atocha; al poeta Marcos Ana. Los reconocimos en vida, los acompañamos en su último viaje, los mantenemos vivos en nuestra memoria y los honramos con nuestros actos.

Aquellos que leímos poco más que el Manifiesto Comunista de un tal Carlos Marx, que este año cumplirá 200 años desde que naciera en Tréveris, en la ribera del Mosela. Cuantos creímos que nuestra emancipación era posible y veríamos una sociedad sin clases. Tomamos nota de sus debates con Bakunin y aprendimos la lección de que socialismo sin libertad no es lo uno ni lo otro. Ni chicha ni limoná.

Nosotros, que bajamos de los trenes, o de destartaladas furgonetas, con viejas maletas de cuero, en las grandes ciudades de España, de Europa, de América. Exiliados económicos, emigrantes políticos, o era al contrario, qué más da. Desterrados siempre. Los mismos que vinimos en viejos automóviles, en pateras sin mar, o perdidas en mitad de la nada mediterránea.

Nosotros, que vivíamos en la gris, cuando no negra, España el día que los tanques aplastaron la primavera de Praga, Nos llenamos de ilusiones por un mes de mayo que sucedió en París y nos dolió que aquellas esperanzas se difuminaran, igual que antes lo habían hecho en Berlín. Como luego nos ilusionaron Allende en Chile y los claveles en Lisboa y nos dolieron Pinochet y Videla y los golpes teledirigidos de los Estados Unidos en su patio trasero de América Latina.

Nosotros, que pese a todos los vientos en contra, a la sangre derramada, a la tortura todavía impune de quienes han sido luego condecorados,  mantuvimos vivas las ansias de libertad y empujamos la historia y tiramos del carro hasta traer una Constitución que cumplirá 40 años. Los que velaremos por mejorarla. Los que impediremos que acaben con ella, o la degraden, o la empeoren.

Nosotros, los costaleros de la democracia, que hartos de la sevicia de unos políticos narcisistas, sólo atentos a su permanencia en el poder (no muy distintos a los actuales en sus modos y maneras), forjamos la unidad y un 14 de diciembre de hace 30 años nos lanzamos a la primera gran huelga general de la democracia.

Nosotros que pagamos cada una de sus fiestas, cada crisis, cada guerra, cada desastre, cada recorte y hasta sus corrupciones y corruptelas. Nosotros, que mostramos la alegría con una risa más compleja que las lágrimas, porque aprendimos a reír con el hambre, a llorar de alegría, a desayunar nuestras penas.

Tenemos este año mucho que recordar. Recuerdos que los Otros no podrán nunca tener, que ni tan siquiera creerían, si alguna vez nos escuchasen. Recuerdos que nos ayudan a proseguir el viaje. Porque nosotros viajamos por la vida con nuestra insoportable levedad a cuestas, mientras ellos devoran a conciencia la vida, con todo cuanto habita en ella dentro y en lugar de viajar hacen turismo.

Como diría John Berger, sin condescencencia mezquina alguna, Nosotros, Transportamos poesía/ como los trenes de mercancías del mundo/ transportan ganado.

Por todo eso Feliz 2018 a Nosotras y Nosotros.

Toda obra de arte que se expone,debe ser juzgada bien o mal,por lo que tenga de buena o de malay sólo a ella le corresponde su defensa.

Manuel Prieto

Es tal la mezcolanza y mestizaje que impera en los países mediterráneos como Grecia, Italia, o España, que sería muy difícil implantar en ellos una ideología asentada en la pureza racial y en un pensamiento único. En eso somos absolutamente democráticos, en nuestro reto de integrar y hacer convivir la diversidad de culturas y la pluralidad de las ideas.

Viene todo esto a cuento de la utilización frecuente de banderas de España con el famoso toro de Osborne. Pareciera que portar bandera con torito, en lugar de la bandera constitucional, otorgara un plus de pureza racial, de autenticidad ideológica y rancio abolengo españolista, cuya máxima expresión se encontraría en el famoso “A por ellos, ”, que entronca con otros gritos guerreros como el famoso Aur, aur, desperta ferro y hasta con el no menos conocido Santiago y cierra España.

Pocos conocen, sin embargo, que el toro de Osborne es obra de Manuel Prieto, un reconocido pintor, muy apreciado por sus carteles, al que me atrevería a comparar, en nuestra posguerra, al Toulouse-Lautrec de finales del siglo XIX. Lo peculiar del asunto es que Manuel Prieto era un conocido republicano, miembro del Partido Comunista.

Buena parte de los carteles de la Milicia Popular, el Quinto Regimiento, las ilustraciones de los diarios republicanos Altavoz del Pueblo y El Sol, durante la Guerra Civil son obra suya, llegando a ocuparse de la dirección artística del periódico editado para las tropas del V Cuerpo del Ejército Republicano.

Tras la guerra, Manuel, gaditano y porteño en Madrid, es condecorado con un documento que acreditaba su condición de prisionero de guerra, clave E. Sobrevivió en las colas del Auxilio Social, donde conseguía una lata de sardinas, una cacerola de rancho, hasta que logra algunos trabajos ocasionales y puntuales. Los amigos republicanos poco podían ayudar y los antiguos amigos, vencedores franquistas, nunca sabía si acabarían denunciándole.

Así sobrevivió hasta que la Cámara de Comercio Alemana, ya comenzada la Guerra Mundial y pese a las denuncias de algún franquista envidioso, comenzó a encargarle algunos trabajos. Más tarde, sería la Embajada Americana la que le ofreció un contrato con sueldo, del que fue despedido cuando Truman llegó a la Presidencia y comenzó un programa de recortes y reducción de gastos.

Al final, fue una empresa de publicidad la que terminó ofreciéndole trabajo, Publicidad Azor, donde ocupó durante muchos años el puesto de Director Artístico. Es allí donde, en 1954, recibe el encargo de diseñar la valla publicitaria que Osborne quiere colocar en las carreteras españolas. Un diseño, por cierto, que no gustó demasiado a los clientes, pero que termina convirtiéndose en imagen de España. El toro es la mejor valla publicitaria que existe, el acierto más pleno de todos los tiempos, en lo que se refiere a publicidad exterior, afirma el barcelonés Luis Bassets.

Diseña portadas de libros para Novelas y Cuentos, carteles de teatro, ferias populares y festejos taurinos, anuncios de productos de todo tipo, bocetos, pinturas. Colabora con la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre como escultor de medallas. Gana premios, concursos, galardones, en decenas de certámenes.

Tuvo Manuel que cambiar de trabajo, a principios de los sesenta, en una de esas mutaciones generacionales que hacen que los mayores de 45, aun siendo portadores de un buen oficio,  sean sustituidos por jóvenes de 20, pero “con gran experiencia”. Sin embargo no se resigna y se convierte en escultor de medallas.

Esta es la poco reconocida andadura personal de un artista español, republicano y comunista, autor de un toro que, en palabras de Andrés Aberasturi “fue de Osborne y ahora es patrimonio de todos nosotros y ejemplo de diseño y publicidad en museos”. Desde el MoMa de Nueva York, al Museo Nacional de Varsovia.

Curiosas historias que te encuentras por el camino. Muestra inesperada de la vitalidad del esperpento en nuestra tierra. Demostración de que seguimos siendo más ricos y valemos mucho más como proyecto de convivencia que como realidad inmutable apresada en el tiempo.

Ya lo dejó claro Manuel Prieto cuando afirmaba que el boceto es siempre superior a la obra terminada y se teme que se conozca y se comparen, pero en el boceto está esa idea que ha pasado por la mente, que se ha agarrado al vuelo, ahí está la vida, lo más fresco de una obra de arte.

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