Hay quien dice que la especie humana sólo reacciona en momentos extremos, en el filo de la navaja, cuando ya el desastre parece inevitable, mientras intenta engañarse a sí misma el resto del tiempo. Supongo que es un efecto sobrevenido e inevitable de esa mezcla de instinto de supervivencia y egoísmo del que estamos hechos, o del que nos hemos dotado.

Escucho hablar de reconstrucción y me pregunto si alguien se ha puesto a pensar qué es lo que hay que reconstruir y qué otras cosas más valdría que quedaran en ruinas. El Rey de España acaba de clausurar la cumbre convocada por la CEOE, en la que han participado casi todos los grandes empresarios, destacando la labor que realizan y animándoles a correr riesgos ante las grandes oportunidades que ofrece la crisis.

No sé si se trata de dorar la píldora a quienes tienen el dinero y manejan el poder en momentos bajos de la institución monárquica en España, o más bien se trata de un velado mensaje, un llamamiento prudente a sustituir el pelotazo por la inversión, apostar por el bienestar de toda la sociedad y el diálogo con las organizaciones sindicales.

Me resisto a creer que nadie en su sano juicio pueda bendecir los cantos al egoísmo que han caracterizado a muchos de los empresarios en cuanto se han visto con el micrófono frente a la boca y una cámara delante. Toda una consabida cantinela de viejas recetas a base de menos impuestos, más ayudas del gobierno a sus empresas, planes especiales de inversión estatal en cada uno de sus sectores, liberalización absoluta de horarios comerciales y sobre todo que nadie toque la reforma laboral, dejar que la nueva normalidad sea la precariedad de los empleos y de las vidas, todo un canto al pelotazo que fue pero con mascarilla (por el momento).

Creí que estos meses de extraño confinamiento iban a dar de sí para repensar algunas cosas. Así lo afirmaban algunos tertulianos (no pocas tertulianas también), los numerosos supuestos expertos asiduos en todas las cadenas televisivas. Vamos a aprender, vamos a ser de otra manera, el mundo ya no va a aser el mismo. Pero ha acabado el estado de alerta, alarma, excepción y confinamiento para que todo pretenda volver a su ser.

Los mismos tertulianos ultraliberales (y no pocos de los otros) que nos dejaron la sanidad pública (y los servicios públicos en general) como unos zorros, famélicos, incapaces de contener los terribles efectos de la pandemia, han vuelto a la cantinela sempiterna de la recuperación de la confianza, la vuelta a la senda del crecimiento y las bajadas de impuestos para promover la inversión y el retorno del consumo.

No hemos repensado nada y cada cual pretende volver a las andadas allí donde las había dejado. Se me ocurre que una de las cosas que deberíamos repensar y fortalecer (además de la sanidad, claro), sería la educación. Nadie va a ofrecer viajes gratis, ni considerar héroes tipo Princesa de Asturias,  a esos profesionales de la docencia que han tenido que reinventar la enseñanza y reinventarse a sí mismos, para seguir dando clases con sus propios ordenadores, inventando programas educativos  y aprendiendo a enseñar olvidando lo aprendiendo. No serán considerados héroes, pero sí han sido revolucionarios, partisanos, innovadores de los de verdad.

Y ahora toca que nuestros gobernantes demuestren que han aprendido también algo. La enseñanza, incluso en las peores condiciones ha seguido funcionando como herramienta de distribución de igualdad de oportunidades, pero también ha demostrado que hay mucho que mejorar y son los gobiernos los que tienen que poner los medios para preservar la salud y asegurar la educación.

No se daría cuenta quien se acercara a un agujero negro y se adentrase en el horizonte de sucesos. De pronto, sólo podría escapar de allí (de la atracción destructiva del campo gravitatorio extremadamente intenso) alcanzando velocidades superiores a la de la luz, pero eso parece imposible, al menos por el momento.

Hasta que te internas en el horizonte de sucesos no puedes observar nada de su interior, una vez dentro nada puedes transmitir hacia el exterior. Tampoco nada sabemos sobre el estado de la materia desde que se adentra en el horizonte de sucesos hasta que se produce su colapso en el centro del agujero negro.

El colapso, de eso se trata. Tampoco nosotros nos hemos percatado de que nos acercábamos a un horizonte de sucesos del que sólo aquellos a los que considerábamos más catastrofistas nos habían avisado, todo ha sido demasiado rápido. Habíamos vivido guerras mundiales infernales, amenazas nucleares imprevisibles sólo contenidas por el miedo a la desaparición de la especie humana.

En algunos momentos, con o sin humanos de por medio, el planeta ya había colapsado. Aunque no lo parezca, uno de esos primeros grandes colapsos fue provocado por el oxígeno en la atmósfera hace 2400 millones de años, la Crisis del Oxígeno, el Holocausto del Oxígeno, que acabó con todo el planeta bajo los hielos y un cambio sustancial a favor de los organismos capaces de procesar oxígeno y generar mayor diversidad biológica. La Revolución del Oxígeno, la Gran Oxidación, la Catástrofe del Oxígeno, cambió la Tierra, pero no había seres humanos ni aún imaginados en el horizonte.

La desaparición de los dinosaurios es lo más conocido de otro colapso que cambió la vida en el planeta. Aún pervive el debate sobre si todo aquello fue efecto de masivas erupciones volcánicas, por la caída repentina de un asteroide de gran tamaño, o por la combinación encadenada en un corto periodo de tiempo de ambos sucesos.

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No me digáis que no hay algo de oxímoron, de combinación de significados opuestos, en estas formulaciones que nos empujan a salir de la crisis cuanto antes, reconstruir, crear una nueva normalidad. Algo se está tramando. Construir futuro a base de reconstruir pasado, suena extraño.

Hasta hace unos días todo eran multas, confinamiento, horarios restringidos de salida, deporte, paseo, fases de desconfinamiento, denuncias, aplausos a las 8 de la tarde, caceroladas variadas (algunas callejeras) a las 9, contra esto o aquello, contabilidad monótona de muertos (la mayoría en las residencias de ancianos), noticias machaconas, el monopolio informativo del coronavirus.

Hoy todo ha cambiado, de las páginas web han desaparecido las referencias a pandemias, todo se convierte en animada cháchara que te invita a salir a la calle (con todas las medidas de precaución, mascarillas, lavados y distancias, pero a la calle), los tertulianos vuelven a ocuparse de macabros asesinatos, okupas, restauraciones patéticas de vírgenes de Murillo y hasta Cataluña ha vuelto a ser la casa de todos los españoles. Cataluña es tu casa, dice la Generalitat a los turistas que, durante este aciago año, serán españoles todos, catalanes todos, o casi todos.

Todo los días nos asaltan las noticias de nuevas demandas presentadas aquí, allá y acullá. Denuncias, de entidades vinculadas a unos, por no haber prohibido la manifestación del 8 de Marzo, denuncias de entidades vinculadas a otros por la gestión desastrosa de la crisis de este o de aquel gobierno, denuncias de familiares por haber permitido las muertes de ancianos en las residencias.

Denuncias por homicidio, prevaricación, omisión de socorro, imprudencias temerarias, contra la seguridad de los trabajadores, por lesiones. Ha llegado a nuestras tierras la costumbre americana de acudir a los tribunales cada vez que sientas que se han vulnerado tus derechos.

Lo aprendimos en alguna de esas películas y series en las que se montan espectaculares procesos para obtener cuantiosas indemnizaciones por accidentes sucedidos en la vía pública, que deben ser responsabilidad, a todas luces, de algún concejal que no dio la orden de reparar a tiempo, o de algún responsable de mantenimiento que ejecutó tarde, mal y nunca, aunque cobró la factura como si todo hubiera ocurrido pronto y bien.

Justo antes de que diera comienzo la pandemia los sindicatos CCOO y UGT presentaron una Iniciativa Sindical por el Derecho a la Vivienda. No sólo preocupan a los trabajadores de este país la subida salarial, la seguridad en el empleo, la brutal precariedad que se apodera de la vida laboral, o la posibilidad de tener simplemente una vida digna. La vivienda es un problema generalizado que condiciona nuestra vida diaria y nuestro futuro.

Ha sido España, desde tiempo inmemorial, país de especuladores caóticos pero bien organizados, que han sabido hacer negocio de todo, incluidas las necesidades más acuciantes de las personas. Cuentan que fue la reina regente María Cristina (esta familia de los Borbones siempre ha estado muy atenta a la economía y a la aparición de nuevas oportunidades de negocio), la que reunió un buen día a los empresarios madrileños para orientarles, que se ve que andaban un poco perdidos,

-Puesto que Madrid no tiene industria, hagamos industria del suelo.

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El cinismo de nuestra sociedad roza por momentos la pura, simple y llana hipocresía. La hipocresía de un egoísmo compulsivo disfrazado con dosis abrumadoras de mojigatería, pamplina a veces disfrazadas de pragmatismo realista. Lo hemos comprobado en este proceso dramático que hemos vivido con COVID-19, sin ir más lejos, con el trato dado a nuestros mayores en las residencias.

Lo percibimos a diario en otros casos como el de las personas con discapacidad, pero no reparamos en ello. Cambiamos los nombres de las cosas para que parezcan distintas, pero sólo que lo parezcan. Cuando yo era pequeño había deficientes, mongólicos, subnormales. Nadie se ofenda, ni queme a los Cristobal Colón de aquella época, porque así eran llamadas muchas personas en aquellos días.

Luego fueron discapacitados, minusválidos, personas con discapacidad, síndrome de Down, sordos, ciegos, invidentes, pero todo ello ha ido cambiando. Ahora hay quienes hablan de personas con diversidad funcional, una denominación que intenta resaltar que en una sociedad tan diversa cada persona funciona de manera distinta y necesita, en todo caso, que el entorno se adapte para que cada uno pueda realizar sus tareas habituales. Otros prefieren personas en situación de discapacidad.

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En algún artículo anterior he hablado del impacto del coronavirus en el empleo, en la educación y las respuestas posibles, que ya existían pero permanecían inexploradas, aplicando la Inteligencia Artificial (IA). El tiempo dirá si somos capaces de utilizar ese potencial para conseguir la igualdad de oportunidades, o si las nuevas tecnologías se convierten en un nuevo foco de desigualdad.

La IA es una realidad también en el campo de la medicina y la salud. Cada día comprobamos que la realización de pruebas diagnósticas, los resultados de las mismas, las intervenciones quirúrgicas, los tratamientos, el seguimiento de la evolución de los pacientes, son realizados utilizando un buen número de herramientas digitales que trabajan con sistemas de tratamiento de imágenes, que ayudan a los profesionales médicos, o que utilizan algoritmos para solucionar problemas de salud.

Esas pruebas, diagnósticos, imágenes, instrumentos médicos, son cada vez más precisos. Pensemos por un momento en la cantidad de datos sobre nuestra salud que generamos a lo largo de nuestras vidas, imposibles de ser procesados y valorados por cualquier profesional sanitario, pero que pueden ser seleccionados y sintetizados en muy poco tiempo para extraer conclusiones por una máquina entrenada para hacerlo, o que aprende de su propia experiencia en el tratamiento de nuestros datos.

Imagen de JacLou DL en Pixabay

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Así nos definía el tío catalán de Esperanza Aguirre, Jaime Gil de Biedma, cuando pensaba en esa media España que había ocupado España entera con la vulgaridad, con el desprecio total de que es capaz, frente al vencido, un intratable pueblo de cabreros.

Pasan los cabreros por ser gente libre porque andan con caprichosos rebaños que van buscando los brotes tiernos, las jugosas hojas que nacen al final de las ramas de los árboles. Esa manía de las cabras, a la que llaman ramoneo, tiene al parecer un papel importante en la prevención de incendios.

Algo de cierto debe haber. Cabreros han sido hombres libres como Miguel Hernández, o como el cantaor flamenco José Domínguez Muñoz, más conocido precisamente  por su oficio, El Cabrero. He compartido algún que otro día de infancia y de verano con cabreros de la Sierra de Gredos y las cabras dejan tiempo para la contemplación, para disfrutar del paisaje, comer junto al arroyo que baja de la sierra y hasta para leer.

Mientras las cabras vagan libres por el monte abierto todo va bien, el problema es cuando un día hay que sacarlas por caminos y veredas en las que su caprichosa actitud ante la vida las conduce a invadir campos particulares a fuerza de saltar ágilmente las tapias. Entonces el cabrero ya no es tan libre y tiene que andar con mil ojos, antes de que los vecinos vengan más tarde a visitarle en su casa para trasladarle sus quejas.

18 Jun, 2020

Desconfina como puedas

Tan importante como escalar una montaña es saber cómo hay que bajarla. No pocos accidentes se han producido al descender de una cumbre ya conquistada. Quienes se han ocupado de este tipo de sucesos aseguran que tres cuartas partes de los accidentes se producen al descender de la montaña.

Casi la mitad de esos accidentes son caídas, pero abundan también los desvanecimientos, el agotamiento físico y hasta los ataques al corazón. Conquistas la cima, estás eufórico, te confías, bajas exaltado y cuando menos lo esperas te caes, te hundes y sólo depende de la suerte que los daños sean mayores o menores.

Los riesgos habituales siempre, hay que añadir, se multiplican cuando no conoces bien el camino, no has estudiado la ruta, improvisas el itinerario, no tienes experiencia previa, o infravaloras anteriores riesgos, o accidentes de los que saliste bien parado.

De todo ello nos ha pasado en este largo proceso de coronavirus, en el que llevamos ya escalando y desescalando más de tres meses. Nadie sabía bien dónde estaba la cima, ni cuando la alcanzaríamos. Hay países que han tenido más suerte y otros menos. No creo que nadie supiese bien las dificultades que jalonaban el ascenso, ni las tormentas que se iban a desencadenar.

La experiencia anterior más parecida, la de la mal llamada gripe española, se produjo hace ya más de 100 años y, pese a su fiereza, sus más de 50 millones de muertes y sus 500 millones de infectados (un tercio de la humanidad de aquellos días) pasa muy desapercibida en nuestra memoria histórica, al originarse en las inmediaciones del final de la horrible Primera Gran Guerra.

Salimos de una dictadura, hace ya más de 40 años, con un proceso de transición democrática en el que los hijos de los golpistas que ganaron una sangrienta guerra civil se sentaron con los hijos de quienes la perdieron. No debió ser nada fácil. Había muerto el dictador y nadie quería volver a más muerte, al enfrentamiento civil, a la larga noche del franquismo.

Me asombra ahora, cuando el momento es tremendamente complicado, no menos que lo fue entonces, aunque por causas distintas, que hablar con unos y con otros, sentarse a hablar, constituya un crimen contra la unidad de España, esa unidad que siempre termina por coincidir con la unidad de los negocios en marcha.

Durante los años sesenta y setenta del siglo pasado fueron muchos los países que intentaron encontrar caminos hacia la convivencia libre y democrática y acabaron ahogados por golpes militares, auspiciados por los ricos y poderosos  de cada lugar, pagados por las grandes corporaciones multinacionales y dirigidos por el país que ha venido ejerciendo como gendarme del mundo, los Estados Unidos.

Hoy, ese tipo de operaciones parece impensable. Todos aquellos pronunciamientos militares que dieron lugar a las dictaduras de América Latina, o del continente africano, que desgraciadamente sigue azotado por las guerras, asolado por los virus y sitiado por la muerte.

Esos métodos expeditivos están siendo sustituidos en Latinoamérica por nuevos mecanismos que permiten conseguir los mismos efectos, pero sin tener que ejercer la violencia de las bayonetas.

Una de las consecuencias de la pandemia es que las comunidades educativas, ya sean de enseñanza básica, secundaria, formación profesional, universitaria, se han visto obligadas a realizar su actividad en condiciones absolutamente distintas a las que regían en la antigua normalidad, esa que no volverá, aunque muchos lo intenten.

Ha sido una dinámica forzada, no plenamente satisfactoria, pero que nos ha obligado a reinventar el sistema educativo y que cambiará la lógica del próximo curso, con aulas reducidas a la mitad del alumnado y obligando a combinar la presencialidad con el trabajo personal en casa. Incluso algunas prestigiosas universidades, como Cambridge, o Mánchester, han decidido no impartir clases presenciales en el próximo curso.

No creo que ese famoso e-learning (literalmente aprendizaje electrónico) deba impedir la socialización en el aula, pero sí debe permitir romper la lógica de jornadas de estudio equiparables, o incluso superiores, a las jornadas laborales de los padres.

De paso debería conducirnos hacia una economía más preocupada de que las personas trabajadoras vivan satisfactoriamente su vida personal y familiar y realicen su actividad profesional lo mejor posible, pero sin ese presencialismo absurdo que nos ha caracterizado, también denominado calentamiento de silla, que tanto éxito tiene en España.

Hasta este momento pandémico la inteligencia Artificial (IA) se había desarrollado con fuerza en campos como la medicina para detección de enfermedades, diagnóstico, tratamientos, intervenciones quirúrgicas. También en la industria los procesos de robotización permiten una producción acelerada. El entretenimiento y los videojuegos han consumido un gran esfuerzo para diseñar la actuación y los movimientos de aquellos con, o contra, los que jugamos.

11 Jun, 2020

Respetar a los virus

Nos extraña el funcionamiento de los virus, no habíamos reparado en estos ínfimos pequeños seres a los que no todos consideran vivos, a los que nadie considera completamente muertos. Algo me ha explicado mi primo veterinario, por mensajes de móvil,

-Hola, primo, mira los seres vivos tenemos tres tipos de ARN en nuestras células, el Mensajero, el de Transferencia y el Ribosomal, cada uno tiene una función diferente.

Comenzamos a meternos en el lío. Algo me suena de cuando estudiaba biología en el instituto. Nuestro código genético se encuentra en el núcleo de cada una de nuestras células y, en nuestro caso, está formado por 2 cadenas de ADN.

Los virus son mucho más variados, aunque sean las partículas vivas, medio vivas, o casi muertas, más pequeñas que se conocen. En esto de vivas o muertas no hay acuerdo, porque al no poder autorreproducirse parece que les falta esta capacidad que caracteriza a los seres vivos.

Son un código genético encapsulado. Eso sí, su código genético puede estar formado por una cadena (o dos) de ARN, o por una cadena (o dos) de ADN y hasta los hay mixtos, con una cadena de ADN y otra de ARN. Algunos se buscan complementos como este coronavirus rodeado de salientes de proteína para facilitar su invasión de las células.

He comentado en alguno de estos artículos, antes de que el mundo se desplomase sobre nosotros, que los cambios introducidos por la Inteligencia Artificial (IA) hacían que un buen número de trabajadoras y trabajadores europeos sintieran que la amenaza se cernía sobre sus empleos actuales.

Una realidad que muchos de ellos ya han percibido en sus puestos de trabajo, viendo cómo una parte de sus funciones han cambiado, han sido asumidas por las máquinas, o que han tenido que reciclarse para asumir nuevas tareas y métodos, o directamente han perdido su empleo a causa de la automatización de la mayor parte de su anterior actividad laboral.

Desde tiempos de los luditas (esos trabajadores que destruían las máquinas que les quitaban el trabajo, ya fueran cosechadoras, o telares de vapor), hemos comprobado que los puestos de trabajo sustituidos por las máquinas no siempre significan el fin de los empleos, sino a veces su sustitución por otros empleos, generalmente más cualificados.

Sin embargo, una de las características de la revolución tecnológica es la tremenda rapidez con la que se produce. El fuego, la rueda, la escritura, la imprenta, o incluso la máquina de vapor, produjeron profundos cambios, pero a lo largo de miles de años, o como mínimo, en unas cuantas generaciones.

Las nuevas tecnologías han entrado de lleno en una sola generación, partiendo en dos el mundo de quienes nacimos analógicos y moriremos digitales del de nuestros hijos que ya actúan y piensan digitalmente. Pero otra característica impactante es que nuestros futuros empleos dependerán de nuestra capacidad y docilidad para adaptarnos a ser coordinados y dirigidos por máquinas que planifican nuestro trabajo y se comunican entre ellas para organizarnos de la forma más eficiente.

Madrid ha disfrutado durante cientos de años del título de capital de las Españas, primero, y de España después. No nacimos siendo un único reino, sino una especie de confederación de reinos, un reino de reinos, fruto de la herencia, o la conquista, de dos personas, de Granada a Navarra, de Galicia al Reino de Valencia, de Asturias al de Murcia, o de Sevilla a Aragón, atravesando en las encrucijadas los reinos de León, Córdoba, Sevilla, Jaén, o las Castillas.

Una pluralidad política, territorial, cultural y hasta de costumbres sociales, que dificultaba elegir una capital. La capital de los Reyes Católicos venía a ser el lugar donde se asentaban, siempre temporalmente, rodeados de sus numerosos cortesanos itinerantes, acogidos por la nobleza local. Un tiempo en Toledo, otro en Sevilla, o en Granada.

Por su parte su nieto Carlos fue conocido por gobernar a lomos de su caballo, batallando dentro (contra los comuneros, o las germanías), o fuera (contra franceses, luteranos y príncipes germanos dispuestos a apoyar a cualquiera con tal de mantener su autonomía y hasta con el Papa de la cristiandad, cuya capital (Roma), saqueó a sangre y fuego bien ayudado por un fuerte componente de tropas luteranas alemanas deseosas de venganza y riqueza (paradojas de la vida).

Madrid llegó a ser capital por accidentes diversos. Por los inmensos terrenos que el rey había arrebatado a los comuneros, porque además no había por aquí muchos nobles poderosos, o porque no tenía obispo que hiciese sombra (la iglesia siempre prefirió Toledo, Santiago, o Sevilla).

Hace treinta años, tras la Huelga General del 14-D de 1988, los sindicatos nos metimos en el debate del salario social en toda España. En nuestra Propuesta Sindical Prioritaria planteábamos una herramienta que constituyera la última red de protección social frente a las crisis cíclicas del capitalismo y para ayudar a todas esas personas que de forma transitoria, o permanente, eran arrojadas fuera del mercado laboral y de cualquier tipo de acceso a ingresos regulares. Condenados a la marginación, la exclusión social y la pobreza.

No fue fácil, porque incluso en la izquierda había quienes ponían serias objeciones, considerando que la puesta en marcha de las Pensiones No Contributivas (PNC) eran más que suficientes para dar por cerrado el círculo de la protección social. Aún recuerdo las presiones que sufrió Joaquín Leguina, presidente de la Comunidad de Madrid para no poner en marcha el Ingreso Madrileño de Integración (IMI), porque era mejor enseñar a pescar que dar peces, algo que desmontaron luego estudiosos como Mario Gaviria, asesor del gobierno madrileño desde la Universidad de Navarra, en aquel magnífico libro La Caña y el pez, estudio sobre los Salarios Sociales en todas las Comunidades Autónomas bajo unas u otras denominaciones

Los empresarios han considerado de forma recurrente que cualquier cantidad entregada a las familias sin ingresos desincentivaría la necesidad de buscar un empleo, argumento que siguen enarbolando aunque haya sido desmentido por la propia realidad. Si alguien puede trabajar buscará un empleo y un salario, en lugar de conformarse con ser perceptores de 400, 500, o 600 euros mensuales.

El Coronavirus no es ninguna broma. Lo hemos aprendido a costa de muchas muertes, mucho dolor y no pocos errores. Nadie sabe muy bien cómo se comporta cada virus hasta que impacta sobre nosotros. Los hay muy virulentos y otros cuyos efectos son mucho más leves, algunos dan la cara de inmediato y otros tardan tiempo en hacerse notar en cada organismo, unos son muy contagiosos, otros son selectivos y atacan especialmente a jóvenes (como la gripe española), o a mayores (como este Covid19), otros pasan casi desapercibidos. Unos se detienen con el calor, otros no.

Pueden mantenerse latentes durante miles de años bajo el permafrost siberiano, en las profundidades de una selva y, de pronto, se derrite el hielo, o nos adentramos en un bosque intrincado y el virus pasa a un animal, a un hongo, una planta, una bacteria, otro virus y decide acompañarnos de vuelta, amablemente lo transportamos en nuestros aviones y luego depende tan sólo de la suerte que tengamos que pase de largo, o que se instale entre nosotros, que nos enferme, o nos mate.

Cada país ha adoptado unas medidas para contenerlo, con mayor o menor fortuna, con más o menos confinamiento, nadie sabía si iba a acertar porque ha dependido de la suerte que hayan tenido nuestros asesores científicos, nuestros expertos, los investigadores. Al final parece que han acertado los que han buscado con tests a los contagiados asíntomáticos, los han aislado a tiempo y han adoptado medidas para mantener las distancias y usar mascarillas (yo no te contagio, tu no me contagias), medidas como el cierre de actividades que implican contacto social.

No seré yo quien diga que la pandemia es otra cosa que un desastre que se ha llevado por delante vidas, ha golpeado la economía y los empleos, ha demostrado las insuficiencias dramáticas de una sanidad pública sometida a esos recortes presupuestarios que se llevaron los recursos y el personal para alimentar las insaciables fauces de los inversores privados. El Estado y sus administraciones autonómicas y locales habían debilitado los sistemas de protección hasta tal punto que ha habido que acudir a las colas de la beneficencia para taponar el hambre de las familias.

No puedo decir que el Coronavirus es una oportunidad porque sería una broma macabra, como no lo fue ninguna anterior pandemia, guerra, ni catástrofe planetaria. Sin embargo, lo cierto es que el COVID19 ha puesto delante de nosotros la desnudez, la debilidad, la imprevisión y las miserias humanas de las que nos hemos ido adornando durante demasiados años, creyendo que el dinero lo podía todo y que todo lo justificaba. En este país, del rey abajo, todos vamos desnudos por un mundo que se rompe, se agota, se desgaja, a causa de la avaricia desmedida y el descontrol absoluto de unos cuantos bribones a los que hemos entregado los mandos.

La pandemia ha obligado a abordar retos que, de otra manera, hubiéramos aplazado indefinidamente. Me detendré en la educación. Hace décadas, aún antes de que llegase la Inteligencia Artificial (IA), la reflexión sobre los necesarios cambios en la enseñanza estaba abierta. Un sistema educativo basado en alumnos y alumnas sentados en la aulas durante las jornadas laborales de sus padres para no dejarlos solos en casa seguía instalada entre nosotros desde los comienzos de la historia. Y si la jornada escolar no bastaba se ponían en marcha actividades extraescolares, las que hiciera falta.

Le ha preguntado a mi sombra

a ver cómo ando, para reírme

mientras el llanto, con voz de templo

rompe en la sala regando el tiempo.

Silvio compuso la canción, La era está pariendo un corazón, pensando en el Ché

(había muerto ejecutado en Bolivia, en la escuelita de La Higuera en 1967)

y la grabó en 1968, acompañado por su guitarra, por el órgano de Leo Brower y la batería de Enrique Plá.

No está de moda pensar en aquellos jóvenes que recorrieron su mundo compartiendo los días y las noches con un pueblo que vivía con las venas abiertas, mientras los ricos patriotas crecían, los poderosos patriotas apoyaban golpes militares y las grandes corporaciones estadounidenses

(por definición sin patria, sin fronteras, por encima del bien y del mal)

acaparaban y destruían sus recursos naturales, al tiempo que reclamaban el apoyo de la CIA para aplastar cualquier foco de resistencia, armada o pacífica, daba igual, a golpe de juntas militares, secuestros, desaparecidos, torturas, asesinatos, fosas por toda América Latina.

Cling, clang, clinc, clanc, clong, clong, clang, clan, clan, clan, klong, klang, clinc

Andan de cacerolada, liados, muy liados, el malestar va por barrios, las mentiras, los bulos, la incertidumbre, el miedo, van haciendo su tarea, incansables, pertinaces, persistentes, cualquiera anda cabreado, se nos ha ido la vida tal como la teníamos pensada,

(ni tan siquiera pensada, para ser más exactos como nos la habían pensado otros),

los pobres para ser pobres, eso no ha variado mucho la verdad, los que llaman clases medias para irse acostumbrando a la nueva normalidad del precariado de las vidas, los trabajos y los ingresos,

(eso era ya así antes de que el coronavirus campara a sus anchas entre nosotros, esa era la herencia, el resultado prefabricado, de la crisis que comenzó en 2008)

los ricos nada, no cuentan para el caso, siguen a lo suyo, algunas pequeñas molestias, recluidos en sus pisacos, sus áticos, sus chalets, sus cortijos, cada vez más, siguen creciendo y cuanta más crisis más ricos, 979.000 el año pasado, 172.000 en 2010, cuando estábamos comenzando a notar los efectos de la crisis.

Y, sin embargo, han sido ellos los que primero han escuchado el llamamiento, han aprendido en qué armario de cocina se encuentran los cazos y se han lanzado a los caminos, la cruzada de los ricos, cacerola en mano dispuestos a reconquistar España y librarla del azote de los advenedizos de izquierdas que amenazan el orden establecido, la unidad y la grandeza, sobre todo la suya, la de los grandes de España.

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