Las elecciones generales se celebraron hace ya más de dos meses. Las municipales, autonómicas y europeas hace más de un mes. Todo parece apuntar a que vamos hacia un periodo veraniego entretenido, en el que nuestros políticos van a hacer todo lo posible para justificar que hacen honor a sus promesas electorales y hasta se dan el tiempo necesario para traicionarlas.

Los resultados electorales no son, ni mucho menos, concluyentes. España ha decidido repartir los votos como en lotería navideña y repartir juego para todos. El bipartidismo imperfecto y corregido del que venimos hacía que derechas, o izquierdas, gobernaran casi siempre de la mano de fuerzas nacionalistas moderadas.

El pluripartidismo al que hemos llegado no es mucho más perfecto, si tomamos en cuenta que el nacionalismo catalán se ha desquiciado y las fuerzas con implantación en todo el territorio nacional no encuentran la vía para propiciar los acuerdos necesarios para alcanzar, ni tan siquiera, un acuerdo de gobernabilidad.

El socialismo ha ganado las elecciones gracias a una minoría mayoritaria con la cual pretende gobernar como si hubiera conseguido una mayoría absoluta. Desconfiados barones, casi siempre varones, con regencia, marquesado o ministerio, visualizan cualquier compromiso estatal de gobierno con otras fuerzas de la izquierda, como una amenaza a su futuro.

La izquierda del PSOE ha visto crecer las fracturas internas de las confluencias, de los comunes con máximo común divisor, de los compromisos tan sólo parciales, adelante y atrás, atrás y adelante. Pareciera que tan sólo tocar poder podría calmar las aguas y permitiría repartir juego, hilvanar cuanto se ha ido deshilachando.

La Confederación Sindical Internacional (CSI) acaba de dar a conocer su Indice Global de Derechos. Tras echarle un ojo, lo primero que destaca es que España no es de los peores países del planeta, aunque sí ocupa puestos de cola cuando nos comparamos exclusivamente con los países europeos. Estamos entre los países en los que se producen vulneraciones regulares y habituales de los derechos laborales.

Nada que ver con esos países como Colombia, Brasil, Guatemala, Honduras, Pakistán, Filipinas, o Zimbabwe, donde se han producido asesinatos de sindicalistas. Pero no todo es crimen organizado por los ricos y poderosos contra los sindicalistas. En el 85% de los países se vulnera el derecho de huelga. En cuatro de cada cinco no existe pleno derecho a la negociación colectiva. En 107 países se excluye a los trabajadores del derecho a crear sindicatos y en más del 70 % no pueden defender sus derechos ante la justicia.

La violencia contra los sindicalistas, incluidos crímenes y desapariciones, la prohibición de reunirse, realizar asambleas, plantear sus reivindicaciones, inscribir sindicatos, defender derechos ante los tribunales, son prácticas frecuentes en muchos países del planeta.

En el continente europeo, España se encuentra entre esos países como Rusia, Bulgaria, Hungría, Polonia, Albania, o Reino Unido, en los que se producen frecuentes violaciones de los derechos laborales. Un nivel mejor que el de Rumanía, Bielorrusia, Ucrania, o Grecia, pero mucho peor que el de Francia, Alemania, Suecia, Irlanda, Noruega, Finlandia, Dinamarca, Bélgica, Suiza, Austria, Holanda, o Italia, entre otros.

El Indice Global de Derechos pone algunos ejemplos de lo que ocurre en nuestro país. Uno de ellos, la larga trayectoria de Amazon en vulneración de derechos laborales a sus trabajadores, que incluyen recortes salariales, abusos de trabajos en festivo, turnos de noche, sin obviar despidos de sindicalistas. La multinacional, según revela el informe, contrata despachos jurídicos bien relacionados con el poder para limitar los efectos de estas vulneraciones sistemáticas de derechos.

Lo que más me reconcilia con mi propia muerte es la imagen de un lugar: un lugar en el que tus huesos y los míos sean sepultados, tirados, desenterrados juntos. John Berger.

 

Me topo de nuevo con este curioso texto de título provocador, Doce tesis sobre la economía de los muertos, escrito por John Berger. Pintor, escritor, articulista, guionista, crítico de arte, poeta, autor teatral y uno de los mejores filósofos de nuestro tiempo.

A lo largo de su vida pasó por el cristianismo, el anarquismo, el marxismo, o el comunismo para, a través de las influencias de gentes como Orwell o Walter Benjamin, terminar haciendo de la libertad una bandera para defender a aquellos que Galeano denominara los Nadies, ya fueran campesinos de la Europa vaciada, zapatistas de Chiapas, negros estadounidenses, disidentes de más allá del Telón de Acero, emigrantes, exiliados, o gentes sin un techo bajo el que cobijarse cada noche. Y todo ello sin renunciar a ninguna de las fuentes de las que fue bebiendo a lo largo de su vida.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que la relación de los vivos y los muertos era cotidiana y se cuidaba intensamente. Hoy, mencionar esa relación en un artículo veraniego, cuando buena parte del personal se embarca en aventuras turísticas y nuestros políticos siguen empantanados en el tortuoso e inhóspito corral de las ambiciones humanas, a mí mismo me parece incómodo, cuando no inconveniente.

Ocuparse de nuestros muertos, tal como explica John Berger en sus tesis, suponía algo así como intentar visualizar la experiencia de quienes nos precedieron, intuir el fin hacia el que nos encaminamos. Sólo el egoísmo desenfrenado de la sociedad capitalista deshumanizada, de consumo compulsivo, ha permitido romper esa relación permanente y conseguir que pensemos en los muertos de forma esporádica, hasta considerarlos como eliminados.

A través de la religión, de todas las religiones, con sus ritos, sus ceremonias, sus oraciones, sus plegarias, los seres humanos hemos intentado establecer sistemas  y reglas de relación con quienes habitan ya fuera del tiempo. Difícil empeño éste de traspasar las fronteras que separan el tiempo de la infinitud.

Aquí es donde entra en escena la poesía. La poesía, ahora que la narración, el cuento, el artículo, se ponen al servicio de la construcción de eso que llaman un relato, que parece consistir en el imperio del chisme, el infundio, la patraña, o la certeza particular y no en el encuentro con el otro para buscar la verdad.

Preocupa en Europa el problema de las competencias. Se trata de prestar atención a la evolución de la economía y de la sociedad para que las personas puedan acceder a puestos de trabajo necesarios, empleos que van cambiando, o que van naciendo al ritmo de las transformaciones tecnológicas que se producen.

Preocupa bastante en Europa y mucho menos en España. Por eso Europa desarrolla instrumentos de seguimiento de los sistemas educativos y la formación permanente, para comparar experiencias, evaluar, indicar vías de mejora. Es una tarea necesaria, dificultosa y no siempre bien entendida.

No se trata, tan sólo, de medir y analizar el sistema educativo obligatorio, la Formación Profesional, universitaria y otros subsistemas informales. Se trata también de valorar la existencia de mecanismos que faciliten la transición al trabajo y la participación e integración real de quienes se cualifican en el mercado de trabajo.

Se trata de aprender a detectar si las competencia adquiridas se adaptan a las necesidades personales, sociales, económicas, o seguimos formando en competencias no sólo infrautilizadas, sino inadecuadas. Todos estos elementos aportan elementos de juicio para establecer una valoración de lo que cada país está haciendo.

Podríamos esperar, como así ocurre, que países como Suecia, Finlandia, Luxemburgo, o Dinamarca figurasen entre los primeros en el listado de los que mejor se comportan en materia de formación, para contar con trabajadores y trabajadoras con las competencias adecuadas y necesarias en cada momento.

Sin embargo hay otros como Eslovenia, o Estonia, que también figuran en los primeros lugares y, de forma inesperada, la República Checa se sitúa a la cabeza de Europa. Son países en los que queda mucho por hacer, que no alcanzan ni tan siquiera un nivel de 75 sobre 100. Pero son países en los que se apuesta por el sistema educativo, la formación permanente, la puesta en valor de las competencias y los procesos de empleo de las personas.

18 Jul, 2019

En defensa de Madrid

Ya han pasado dos meses desde las elecciones autonómicas y municipales. Anda aún la derecha perpetrando pactos extravagantes en los que, inevitablemente, se ven obligados a aceptar el concurso, las condiciones, la participación en el gobierno y hasta la firma de una ultraderecha escaldada con el pacto de gobierno en Andalucía, en el que se sienten tratados como apestados indispensables.

Dos meses y todavía me sigo preguntando qué ha pasado para que, tras un breve paso de cuatro años por la izquierda, la mayoría de votantes madrileños haya hecho posible una alianza cantada de las fuerzas de una derecha, antes aglutinada por un PP, sometido ahora a escisiones por su ultraderecha y por su otra derecha.

Eran previsibles reacciones inmediatas como la supresión de Madrid Central, el cuestionamiento del Día del Orgullo y ataques a la libertad de expresión, como la reciente prohibición del concierto de Def con Dos en las fiestas de Tetuán. Mal empezamos y, sin embargo, los resultados electorales son los que son y lo hacen posible.

Al igual que hubo muchos que, medio en broma, medio en serio, afirmaban que contra Franco vivíamos mejor, habrá ahora quien vuelva a la movilización contra esto y aquello, con la sana intención de unir a una izquierda que no supo unirse para defender sus soluciones y propuestas.

No digo que no haya que movilizarse, porque habrá que hacerlo y mucho. Pero creo que hay que dedicar tiempo a analizar en qué nos hemos equivocado, qué hicimos mal y qué tenemos que hacer ahora para corregir errores y generar propuestas ilusionantes, para la ciudadanía. Algo que creo ha faltado en los últimos tiempos.

Errores como el cometido por el PSOE, al presentar un candidato desde la Moncloa, que tuvo poco tiempo para situarse en Madrid y que se veía obligado a leer literalmente las propuestas que los solventes “expertos” en comunicación le iban preparando. Los resultados han sido escasos y claramente insuficientes.

Mientras andamos entretenidos con la entrada del verano, las bodas del futbolista y la modelo presentadora, o la princesa del pueblo y el discreto conductor de ambulancias, con los mismos efectos sedantes que los que antes tenía la del torero y la tonadillera. Mientras nos entretenemos con los pactos poslectorales cerrados, los que se encuentran en ciernes, o los que habrán de llegar en el futuro. Pocos están prestando atención a una noticia que se me antoja una de las más importantes que se han producido en los últimos días. El triunfo electoral del populismo en las elecciones sindicales de la policía.

Habrá quien piense que se trata de un asunto menor, pero yo creo que es un tema relevante y un buen ejemplo de lo que está pasando en este país de todos los demonios. Un sindicato fraguado hace poco más de dos años, legalizado hace un año y de cuyas propuestas sabemos muy poco, se ha alzado con la mayoría absoluta en la representación sindical de los policías nacionales. Todo un paradigma, prototipo y demostración práctica de lo que nos  pasando.

Lo ocurrido es de manual, traspasable y aplicable en cualquier otro ámbito. De hecho ya ha pasado en la política nacional. El mapa electoral del bipartidismo, corregido por los partidos nacionalistas, dejó paso a la pluralidad, diversidad y dispersión de fuerzas políticas. No digo que sea malo. Tan sólo que pasó.

Los argumentos de la autodenominada nueva política eran simplones, pero muy efectivos. La casta, la derechita cobarde, los corruptos, la renovación y el cambio generacional. Pronto se ha deshinchado el globo y la burbuja. En buena medida, la nueva política ha enseñado una cara de viejos perros con distintos collares, de cambiemos todo para que nada cambie. Un cierto dontancredismo y gatopardismo que se escondía tras la operación.

Tenemos nuevo alcalde en Madrid. Tras un paso por la izquierda, en el que se han saneado las cuentas de la capital y pagado a los bancos buena parte de las deudas contraídas, la derecha ha vuelto a tomar las riendas del gobierno municipal. Se puede ganar por casualidad, pero casi siempre se pierde a causa de tus propios errores.

Uno de los grandes debates del momento parece ser el de si para llegar al gobierno de la triple alianza deberían haber aceptado la el apoyo y la presencia de la ultraderecha, contraviniendo las prácticas de los partidos democráticos europeos.

Otro tema de gran interés es saber en qué quedará Madrid Central. Hasta el nuevo presidente de CEIM ha llamado a compatibilizar la sostenibilidad medioambiental con la solución de las trabas que pueden haber sufrido algunas actividades económicas ubicadas en el centro.

Yo mismo, en el momento de implantación de Madrid Central, recordé que, si no se previene, la peatonalización y limitación del tráfico en determinadas áreas centrales, termina convirtiéndolas en centros comerciales llenos de gente (gentificados), un decorado para la invasión masiva de consumidores compulsivos.

Luego, llega la gentrificación, la transformación de los centros urbanos en parque temático, hotelero, nuevos restaurantes y viviendas de lujo. Se rehabilitan viviendas, suben los precios de la compra y el alquiler Se termina expulsando a la población nativa, que es sustituida por élites nuevas venidas a más. Coincidía en esta apreciación con urbanistas, vecinos y hasta con algún sindicato. Madrid Central sí, pero previniendo esos riesgos. Construyendo nuevas centralidades en los barrios que eviten la degradación de la periferia.

Pero, con todo, creo que el gran problema de Madrid no está en el centro de la capital. En cuanto a la presencia de la ultraderecha, no es un problema  exclusivamente madrileño, sino derivado de las insuficiencias que habitan en los partidos de la derecha y que les impiden ver lo que a cualquier europeo sensato no se le escaparía. Lo aprenderemos, desgraciadamente, demasiado tarde, como siempre.

Lo que sí creo que constituye un problema específicamente madrileño, del que nadie habla, ni debate, es la montaña de desequilibrios que se avecinan por el Norte y que pueden aplastar nuestro futuro, propiciando el surgimiento de una ciudad fracturada, dos ciudades en una, polarizadas y, probablemente, enfrentadas.

Madrid se ha jugado la vida en cada partida que le ha tocado afrontar, ya fuera la partida de los comuneros, contra Esquilache, el 2 de mayo, frente al absolutismo fernandino, en la Gloriosa, el 14 de abril, o el 18 de julio. Más vale que nos hagamos a la idea. Madrid resistió casi tres años el embate del fascismo desencadenado. Las calles y ventanas se llenaban de pancartas con el lema, No Pasarán.

Al final de aquella triste guerra de exterminio, Celia Gámez, aquella inmigrante argentina triunfadora en la revista española, entonaba aquel chotis chulesco de los vencedores, Ya hemos pasao, que escuché por primera vez en la espléndida película, Canciones para después de una guerra, de Basilio Martín Patino.

Pese a lo que digan, la historia difícilmente se repite, o cuando menos no lo hace de la misma manera. Los mismos mensajes repetidos ahora en algunas redes sociales, con el No pasarán, los Ya hemos pasao y hasta esos Madrid será la  tumba del fascismo, me suenan voluntariosos, pero poco realistas y eficaces. Puede ser que nuestro tiempo pase de nuevo por  la misma latitud, pero lo hace en un punto diferente de la espiral de la historia.

La derecha que se autoproclama ciudadana, la derecha popular y la ultraderecha desvelada, han ganado el poder en la capital de España. Creo que Albert Rivera ha incurrido en un error histórico que pagará más temprano que tarde con escisiones, dimisiones y tensiones internas. Creo que Pablo Casado se ha adentrado en una senda peligrosa al intentar salvar su liderazgo. Ambos han perdido el centro para plegarse a las exigencias de la ultraderecha. Exigencias que no son meramente formales, sino de fondo y cuestionadoras de la convivencia democrática. Posiciones vetadas en Europa por las fuerzas democráticas de todo signo, pero aceptadas por la derecha española.

Tenemos nuevo alcalde en Madrid. La triple alianza de Colón ha situado al candidato del PP al frente del gobierno municipal. Ocupados en los dimes y diretes sobre las responsabilidades que cada quien asume en el consistorio, en función de los pactos, públicos, o secretos, son pocas las cosas que hemos podido conocer aún sobre los cambios que se avecinan.

Una de ellas es la intención de presentar la candidatura de Madrid para convertirse en ciudad olímpica más allá del 2030. En las intentonas anteriores protagonizadas por Gallardón y Ana Botella, salimos escaldados. Unas veces por novatos y otras porque es muy difícil predecir las decisiones del Comité Olímpico Internacional.

Decisiones que toman unos miembros que no se renuevan, son elegidos por sistemas endogámicos y representan intereses, en muchos casos, de las grandes multinacionales del deporte. Si hay suerte y gastas mucho dinero en la campaña, invitaciones y compromisos no escritos, ser ciudad olímpica puede ser una oportunidad, o la ruina de todo un país, como ocurrió con Atenas.

Otro de los anuncios estrella, consiste en sacar adelante la Operación Chamartín y la del cercano Paseo de la Dirección. Todos podemos coincidir en que el soterramiento de las vías del tren, para conectar barrios, es un reto inaplazable y siempre retardado en el  tiempo. Pero hay muchas maneras de hacerlo.

Acaba de fallecer Marta Harnecker. He visto muchas referencias a ella en las noticias latinoamericanas. Muy pocas en los medios de comunicación  españoles. Tal vez sea cosa del intenso trasiego y mercadeo político que nos traemos entre manos, de la obligación autoimpuesta de olvidar deprisa, o puede que la boda del futbolista y la presentadora, actriz y modelo, empalaga y satura toda nuestra capacidad de atención. La boda reencarnada del torero y la flamenca en la Sevilla eterna.

Me he atrevido a escribir un pequeño adiós, una despedida, un hasta siempre, en las redes sociales. Hay quien lo ha leído y ha callado. Quien recuerda lo jóvenes que éramos cuando cayó en nuestras manos su libro más famoso, Conceptos elementales de materialismo histórico. No falta quien la critica y hasta hay algún conocido compañero que me dedica un escueto, Lo que se aprendió de Marta Hacnecker explica en parte por qué la izquierda está como está.

Valoro en mucho esta opinión, sagaz y medida. He aprendido bastante de él en este bregar del sindicalismo. Le contesto, prudentemente, Maestro, o no sabían leer, o sólo leyeron lo que les interesaba. Inmediatamente me responde, Tal vez, camarada.

No pretendía yo juzgar a la persona, ni tan siquiera sus enseñanzas. Sólo recordar a alguien en el momento de su muerte. Mostrar mi imagen de ella. Recordar su vida. Poco más que dar curso a una necesidad de hacer memoria de aquellos años preconstitucionales, de transición y de comienzos de la democracia. Y van más de 40.

El bombardeo al que nos vemos sometidos, sin comerlo ni beberlo, no es normal. Que no ahorramos, dice el banco de España, al tiempo que nos espeta un bofetón en plena cara, afirmando que el salario mínimo de 900 euros al mes es demasiado y que, aunque no se haya cumplido su vaticinio de que se perderían cientos de miles de empleos, no da por perdida su capacidad de profetizar desastres hasta que se cumplan.

Los escuadrones de la Comisión Europea, la misma que nos condenó a duros y largos años de recortes y miseria, vienen a decir que vamos bien y que no nos vigilarán tanto, pero que prestemos atención a la desigualdad, la pobreza y la temporalidad del empleo. Vaya, que nos hemos pasado con los recortes y tenemos el país hecho unos zorros.

Sin dejar respiro alguno, ese organismo esotérico al que llaman Autoridad Fiscal Independiente (se entiende que independientes de la ciudadanía), viene a decirnos que los parados de larga duración no buscan ese empleo que no existe, porque reciben ayudas del Estado y, ya de paso, nos abofetean con una propuesta de que Correos no reparta cartas todos los días, porque eso ya no está de moda, entre otras lindezas.

25 Jun, 2019

Educar con Estilo

Mi amigo Manuel, creo que ya he hablado de él en alguna otra ocasión, me envía una noticia aparecida en los medios de comunicación. Parece que el colegio Estilo cierra sus puertas por diversos problemas económicos, entre los cuales figura que los edificios alquilados en los que funciona, han pasado a otros dueños y su futuro inmobiliario en un lugar tan cotizado de Madrid pasa por otros derroteros menos educativos y más lucrativos.

Acompaña mi amigo la noticia con un comentario: Otra baja importante… Y los bárbaros de fiesta. No le falta razón. El proyecto de reconstruir un territorio libre para la educación laica en el Madrid franquista, imaginado por Josefina Aldecoa en 1959, se hunde sesenta años después, acosado por los intereses inmobiliarios y por un Madrid en el que vuelven a patrullar los bárbaros de todas las tribus, engalanados con todas sus pinturas guerreras.

Josefina Aldecoa se había inspirado en su madre y en su abuela, dos maestras amantes de las ideas pedagógicas modernizadoras de la Institución libre de Enseñanza (ILE) para alumbrar su propio pensamiento educativo. Resulta curioso que la ILE acabase sus días, también, sesenta años después de su fundación en 1876, a manos de un golpe de estado militar que pretendia liquidar cualquier intento de modernización, alejarnos de Europa, sojuzgar la libertad, pisotear derechos, aunque para ello hubiera que encarcelar a media España dentro y fuera de los campos de concentración, o fusilarla en las tapias de los cementerios y en las cunetas de los caminos.

Pablo Manuel,

Perdona que te llame así. Creo que has decidido eliminar legalmente el Manuel, para pasar a llamarte tan sólo Pablo. A través de tu madre, Luisa, allá por 2005, supimos que le habíamos dado a nuestro hijo recién nacido el mismo nombre que ella te había puesto a ti, Pablo Manuel. Una de esas puras casualidades que no existen. Por eso prefiero llamarte por ese nombre. Tu madre es una buena mujer y una de esas abogadas laboralistas que se forjaron siguiendo la estela de los de Atocha.

Todo esto ocurría antes de que estallase la revuelta y se desencadenase el consiguiente gatopardismo lampedusiano. Ya sabes, aquello de cambiarlo todo para que nada cambie.  Allá por 2011, tocaba revuelta. Esa que, al calor de la crisis, el descontento indignado y la bonanza primaveral, estallaba en la Puerta del Sol. Debería haberse llamado de San Isidro, pero terminó denominándose del 15-M. Mucho más soso, la verdad.

Te pilló en la universidad, como profesor de Ciencias Políticas. Imagino que viviste intensamente aquellos días junto a tus compañeros, sopesando la posibilidad de estudiar en vivo y en directo un fenómeno que imitaba las primaveras árabes y anticipaba el Occupy Wall Street.

Pero sois hijos de vuestros padres, que somos nosotros y habéis mamado todo lo bueno y lo malo del pensamiento marxista. Entre lo bueno, esa necesidad del bicentenario Carlos Marx, de no conformarse con estudiar, investigar, interpretar el mundo y aventurarse a dar un paso adelante para transformarlo.

A estas alturas ya se han publicado tantos análisis electorales que es difícil decir algo nuevo. Hasta yo me he atrevido a hacer mis pinitos y escribir sobre el intrincado triunfo del Partido Socialista, sobre los Ciudadanos en su laberinto y hasta sobre la necesidad que tiene este país de una derecha democrática de corte europeo.

Lo de escribir sobre la ultraderecha no me apetece nada. Es algo  genético, hereditario, innato, aprendido también. La ultraderecha me supera como tema para escribir algo racional. Da, tal vez, para una película, una novela, algún cuento, un GIF, pero es imposible describir las perversiones tan sólo desde el entendimiento, la razón, el análisis.

Sin embargo, el retraso en escribir sobre la izquierda a la izquierda del PSOE, obedece a otras razones. No es tan difícil hablar de algo cuando lo miras desde lejos o, al menos, desde fuera. Pero la cosa se torna mucho más complicada cuando hablas de gente conocida, cercana, amigos, vecinos, familiares. Mucho más espinosa cuando entran en juego sus ilusiones, sus ideales y sus necesidades.

Cuando pienso en ese nosotros, me viene a la cabeza mi amigo Manuel, anarquista, afincado en la España vaciada y perteneciente al pueblo de los Nadies. Le gusta decirme, Estoy tan acostumbrado a perder que ganar tiene que ser la hostia y hasta me jode. Algo de eso hay en esta derrota electoral que se produce tan sólo una legislatura después de lo que se presentaba como el ascenso imparable de quienes, en muy poco tiempo, disputarían el puesto a un Partido Socialista en desbandada y sumido en el desconcierto.

12 Jun, 2019

Ciudadanía acosada

Hemos andado distraídos con las citas electorales. Entre unas cosas y otras, se han ido acumulando precampañas, campañas, votaciones, valoraciones de los resultados y nuevas campañas, más votaciones, renovadas valoraciones de los resultados. Un sinvivir, pero muy entretenido. Tertulias, tertulianos, mítines, festejos, debates, anuncios. Dale que te pego con Cataluña, alianzas de gobierno, el Valle de los Caídos, la ultraderechita que deja la casa madre y las crisis de la nueva política.

Pero esto se va acabando. Tendremos alcaldes y alcaldesas, presidentes y presidentas en las Comunidades Autónomas, nuevo gobierno de la nación y un reparto de cargos en al Parlamento Europeo. Intentarán mantener nuestra atención sobre sus problemas internos, de gobierno, o de oposición. Pero la naturaleza anuncia ya el verano, con sus bruscos cambios climáticos y sus vacaciones en el horizonte.

Vuelve la vida a pié de calle. Se adelanta el final de curso acatando esa nueva moda impuesta por algún ocurrente apoltronado. En colegios e institutos, desde primeros de junio, quienes han suspendido intentarán una acelerada recuperación y quienes no han suspendido irán a clase a hacer más bien poco, casi nada, o dejarán de ir a clase por su cuenta y riesgo.

12 Jun, 2019

La derecha necesaria

Como era previsible, las pasadas elecciones generales, autonómicas y municipales se han saldado con un revolcón considerable del Partido Popular. El voto de la izquierda se ha concentrado, en buena medida, en el Partido Socialista, mientras que el votante conservador ha evidenciado la indefinición en el espacio político de la derecha, donde queda mucho por decidir.

Es cierto que el Partido Popular es una organización estructurada que ha sido capaz de mantener en su poder un buen número de ayuntamientos y seguir siendo la primera fuerza de la derecha, el primer partido de la oposición, aunque ha sufrido un declive importante en algunas Comunidades Autónomas. En algunas de ellas, como Cataluña, ha desaparecido prácticamente del escenario político.

En el Partido Popular han convivido, desde sus comienzos, sectores centristas y de ultraderecha, democristianos y liberales, antifranquistas y herederos de la dictadura, miembros de ricas familias y de familias trabajadoras de barrios populares, pequeños comerciantes y grandes empresarios, sectores homófobos y potentes colectivos LGTBI. Durante mucho tiempo todo aquello se aglutinaba bajo la amplia denominación de centroderecha, donde cada cual se sentía bien representado.

La cosa fue bien hasta que la corrupción, las mentiras sobre el 11-M y su consiguiente teoría de la conspiración, los efectos devastadores de la crisis económica y sus consecuencias sociales, el aumento de las tensiones nacionales y nacionalistas, forjaron las bases para el surgimiento de eso que se ha venido en denominar nueva política.

La nueva política no era tanto, como después se ha demostrado, una revisión de la política, cuanto un cambio en las caras de la política y una segmentación del espacio electoral que el bipartidismo había representado y aglutinado hasta entonces. Como si quienes defienden el liberalismo económico hubieran decidido dejar a un lado a cuantos preservaban el papel protector del Estado.

Como si quienes se agarran a un modelo fundamentalista de la vida y la familia hubieran decidido alejarse de cuantos, en su mismo partido, defendían la eutanasia, el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo. Como si ser español impidiera sentirse catalán, hablar catalán, cantar tu propia rumba.

12 Jun, 2019

Haciendo memoria

Así se titula el Ciclo que ha iniciado la Fundación Ateneo 1º de Mayo de CCOO de Madrid. Un ciclo que comenzó el mismo día de la reflexión electoral, el sábado pasado, con la proyección de la película documental Huérfanos del olvido y que terminará el próximo fin de semana con la representación, el viernes, de la obra Palabras de mujer, basada en textos de García Lorca protagonizados por mujeres y con la proyección de El silencio de otros, el sábado, 1 de junio.

Creo que es una gran idea dedicar un tiempo a esta tarea ineludible de hacer memoria. Iniciarlo con los Niños de la Guerra, no es banal, ni ocioso. La memoria es siempre incómoda, aún más si es la de los supervivientes. Los supervivientes nos recuerdan aquello que nunca debió ocurrir. La tragedia de la guerra, los bombardeos aéreos sobre población civil, que sirvieron de ensayo para la posterior Guerra Mundial. Nunca debió ocurrir. Nunca deberíamos olvidarla. Más que nada para que nunca vuelva.

Familias divididas, separadas, obligadas a buscar refugio en el extranjero para sus hijos e hijas. Rusia fue uno de los países que abrió más generosamente sus puertas. De esto va Huérfanos del olvido. De la ausencia, la huida, la pérdida inevitable. Creyeron que sería una corta separación. Tres meses como mucho. Salieron de una guerra civil y cayeron, poco tiempo después, en una guerra mundial.

Quienes nunca retornaron, se sintieron siempre españoles, pero habían construido su historia en su segunda patria. Sobrevivieron al asedio nazi en lugares como Leningrado, viendo miles de muertos congelados por las calles. Estudiaron, trabajaron, hicieron carreras profesionales, se enamoraron, tuvieron hijos, nietos. Cuando pensaron volver ya era demasiado tarde. Eran españoles, pero su vida estaba ya en Rusia.

Ciudadanos pasa por ser uno de los partidos que ha perdido las elecciones autonómicas y municipales. Quienes realizan esta afirmación argumentan que no han conseguido superar al Partido Popular en las circunscripciones en las pretendían visualizar el sorpasso, como es el caso de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid.

En consecuencia Albert Rivera no consigue convertirse en líder de la oposición y seguirá siendo segunda fuerza de la derecha, al menos por el momento, porque con el panorama político que tenemos, nada es permanente y todo es tremendamente evanescente.

Sin embargo, Ciudadanos no ha salido tan mal parado como pudiera parecer en un primer momento. La dispersión del mapa político español hace que su presencia sea determinante a la hora de configurar gobiernos municipales y autonómicos. Los casos más paradigmáticos son, tal vez, los de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid. Aunque no conviene olvidar la relevancia del paso que ha dado el ex-primer ministro francés, Manuel Valls, al frente de la candidatura del partido en Barcelona.

El Partido Socialista parece haber resultado ganador de la intensa ronda de elecciones que, en menos de un mes, hemos vivido en España. Se confirma como el partido más votado en las elecciones generales y aún más en las elecciones europeas.

Consigue una holgada mayoría en el Senado, amplía sus posiciones en los gobiernos de las Comunidades Autónomas y en muchos ayuntamientos. Recupera buena parte del voto cedido a otras formaciones en anteriores procesos electorales. Así visto el triunfo es incuestionable.

Sin embargo, cuando vemos las portadas de los periódicos y de los noticiarios, parece que los ganadores hubieran sido aquellos que, en otras circunstancias, serían ineludiblemente considerados como clamorosos perdedores. Hasta la ultraderecha que ha visto escapar, en poco menos de un mes, una parte considerable de sus votantes de abril, saca pecho y se reclama determinante triunfadora de las elecciones.

En cuanto al PP, habiéndose dejado en el camino numerosas astillas de su poder autonómico y municipal, con unos menguantes resultados en las europeas, se da por satisfecho con mantener su puesto como primera fuerza de la oposición, aunque tenga que verse obligado a mantener los restos del naufragio, merced a humillantes pactos con la ultraderecha.

El cuarto martes de cada mes publico un artículo en Nueva Revolución. Podría haber optado por esperar al lunes para escribirlo y poder realizar un análisis de las elecciones europeas, autonómicas y municipales, cuyos resultados casi definitivos se conocerán a lo largo de la noche. Prefiero entregarlo la noche del domingo, cuando el recuento no ha terminado.

Probablemente, cuando leas estas notas, todos los partidos se darán por satisfechos y se autoproclamarán triunfadores de las elecciones. Ya se ha votado y ahora que mi opinión no puede ser utilizada en campaña electoral para justificar los errores de nadie, creo que puedo esbozar algunas consideraciones que me han asaltado estos días.

Creo que el Partido Socialista va a volver a ganar las elecciones, como hace un mes, avanzando posiciones con respecto a las anteriores, lo cual se visualizará claramente en las elecciones europeas, pero quedará mucho más matizado en municipios y Comunidades Autónomas. Su resultado es bueno, porque ha recuperado buena parte del voto que le fuera arrebatado por Podemos y por Ciudadanos no hace tanto tiempo. En el país de los ciegos el tuerto es rey. Pero errores de soberbia como forzar la candidatura de Pepu en el Ayuntamiento, no pueden ser pasados por alto y merecen una reflexión, para evitar futuros disgustos innecesarios.

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