Llevamos dos meses confinados, encerrados, atrincherados en casa, mientras realizamos esporádicas salidas para comprar y, últimamente, para realizar cortos paseos de una hora, a un kilómetro de distancia, una vez al día, como mucho con una persona que conviva con nosotros.

Los psicólogos ya nos alertaron de que mientras durase el confinamiento responderíamos dando el do de pecho, en parte atenazados por el miedo y la incertidumbre, pero que cuando comenzase el desconfinamiento las tensiones acumuladas comenzarían a desbocarse, de diferentes maneras.

Son reacciones humanas previsibles. Hasta ahora se nos saltaban a veces las lágrimas en la soledad de nuestras casas, al escuchar una vieja canción venida de un tiempo anclado en nuestro tiempo hecho a medida. Pero ahora creemos ver una luz al final del túnel y el desconcierto de las pasiones que se han desorientado se apodera de nosotros.

Por causas naturales dice la noticia, Juan Genovés ha fallecido esta noche (este viernes, dicen en otros lugares) por causas naturales en su domicilio madrileño (en un hospital madrileño, dicen otros medios). Lo que duele es que ha muerto un hombre al que queremos mucho y debemos mucho. No el único con el que tenemos deudas, pero sí uno de los que se ha ganado a pulso el reconocimiento de la inmensa mayoría de las mujeres y hombres que  vivimos en este país al que llamamos España.

En las casas de quienes aspirábamos, hace más de 40 años, a que la dictadura cuartelaria (que había durado otros 40) dejara paso a algo distinto, a eso que llamábamos democracia (aunque la gran mayoría no teníamos ni idea de a qué sabía tal cosa), teníamos colgado en la pared el cuadro del Abrazo, el mismo que la Junta Democrática había acordado que fuera símbolo de la deseada Amnistía y punto de llegada de la política de Reconciliación Nacional que el Partido Comunista había adoptado como estrategia de futuro desde 1956.

El cuadro fue comprado por un coleccionista particular al poco de ser terminado por Genovés, al final recuperado por el Estado español en la etapa democrática, eso sí, tuvo bastante menos suerte que el Guernica de Picasso que terminó expuesto en un espacio relevante del Museo Reina Sofía,  mientras que El abrazo fue encerrado en los almacenes del museo.

Al final, la presión de Izquierda Unida, de Comisiones Obreras de Madrid y de la Fundación Abogados de Atocha, consiguió rescatar la obra de los sótanos para ser expuesto en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso de los Diputados, junto a los retratos de los reyes de España, o los bustos de Niceto Alcalá Zamora, Clara Campoamor y Manuel Azaña, hace cuatro años.

Allí, ante el cuadro, se han hecho algunas fotos nuestros políticos cuando han querido trasladar una voluntad de encuentro, tal vez no estaría mal que para superar los efectos de esta pandemia que vivimos volviéramos a elegir el lugar para suscribir los Pactos del Abrazo, si nuestros políticos consiguen demostrar la grandeza y la responsabilidad de aquellos que protagonizaron la tan denostada Transición.

El mismo cuadro cuya reproducción se encontraba en el despacho de los abogados laboralistas de la calle Atocha, 55, donde aquel 24 de enero de 1977 un comando ultraderechista cometió el atentado que acabó con la vida de cinco jóvenes y dejó gravemente heridos a otros cuatro.

El coronavirus nos ha situado ante la realidad de una revolución digital que podíamos percibir pero de cuya profundidad y dimensiones no habíamos tomado conciencia. Como si de un iceberg se tratase, lo que era una punta visible se ha convertido en un inmenso espacio virtual en el que hemos vivido el confinamiento

Desde el trabajo al entretenimiento, desde los estudios a las actividades culturales, de las compras a las gestiones administrativas y buena parte de nuestra información (desinformación a veces) los hemos realizado utilizando internet y las nuevas tecnologías. El confinamiento hubiera sido otro muy distinto sin estas herramientas. Aún así sus potencialidades, sus problemas, lagunas, e insuficiencias, también han quedado en evidencia.

Eso que llaman ciencia de datos ha demostrado ser muy útil para las grandes corporaciones económicas privadas, sin embargo no lo está siendo tanto para las organizaciones sociales y para las personas que padecen las peores consecuencias de la desigualdad. Los invisibles lo son hoy más que nunca y la brecha que los recluye en la pobreza es cada vez mayor.

Hasta en la muerte la brecha está presente. Con unos u otros criterios los muertos europeos por coronavirus serán contabilizados. Los muertos por COVID19 en países como Ecuador sólo se contabilizarán si se producen en un hospital. Los demás no existirán.

En Europa nos preocupa que el Gran Hermano nos vea, controle, utilice nuestros datos más de la cuenta, invada nuestra privacidad. Reclamamos el derecho al olvido, como la posibilidad de borrar todos nuestros datos de internet. Sin embargo, lo hemos comprobado también con el coronavirus, el problema para muchas personas consiste en conseguir ser vistas, un poco vistas, entrevistas al menos.

Miles de millones de personas en este planeta son invisibles, no podrían demostrar su existencia (dónde nacieron, cuando, quienes eran sus padres), a veces ni papeles tienen que demuestren su identidad, dónde viven, ni tener una cuenta bancaria, ni comprar una vivienda, contratar un seguro, o un teléfono móvil, ni conseguir un trabajo regular, ni tan siquiera votar, no acceden a la educación, ni al sistema sanitario, ni viajar pueden.

Tras casi dos meses de confinamiento, vividos como inesperada experiencia desquiciante, la sociedad española se lanza hacia un desconfinamiento competitivo en el que quien más quien menos quiere volver a la calle y retomar la fiesta, en el nivel que cada uno la dejara cuando el coronavirus decidió aprovechar nuestra invitación y volar en nuestros propios aviones para visitarnos desde los más lejanos lugares del mundo

(cosas de la globalización y la facilidad de los desplazamientos),

-Me voy de vacaciones a China, Vietnam, Tailandia y Camboya, un circuito todo incluido, superbarato.

-Cursos de chino mandarín para empresarios financiados por la Comunidad de Madrid, en colaboración con la Cámara de Comercio.

Esto es una pandemia, nada que ver con la crisis del 2008, la quiebra de Lehman Brothers, las hipotecas basura, los desquiciados fondos buitre, la crisis financiera, de la construcción, de sus industrias auxiliares, de la industria en general, de los empleos, las ventas de coches, la disminución de los ingresos del estado, los recortes presupuestarios en sanidad, educación, servicios sociales, los rescates europeos, las rebajas salariales, el paro, la precariedad laboral y de las vidas, las pensiones.

La crisis duró una década y se saldó con un millón de millonarios en España,

(seis veces más de los que había antes de la crisis)

y 12 millones de persona en riesgo de pobreza

(uno de cada cuatro españoles vive en el filo de la navaja),

un crecimiento sin precedentes de las desigualdades económicas en el reparto de las rentas y las brechas y fracturas sociales.

Esta crisis es mucho más profunda porque, de forma acelerada, va a obligar a repensar cada actividad económica y nuestras más arraigadas costumbres sociales. Lo que llaman nueva normalidad va a ser una nueva realidad en la que tendremos que reinventarlo casi todo.

Durante los últimos años el debate sobre las consecuencias de la crisis económica en los empleos y en la calidad de vida de las personas en Europa ha fomentado debates como la aplicación de un impuesto a las empresas tecnológicas, la creación de una renta básica más o menos universal, la necesidad de sostener unos servicios públicos de calidad.

Los recortes habían debilitado el sistema sanitario, el educativo y colocado a los pies de los caballos los servicios sociales que aseguran la atención a nuestros mayores, las pensiones, las situaciones de dependencia, las redes de protección social, o de lucha contra la pobreza.

Nos gusta encontrar culpables casi tanto como a los italianos, si es un gobierno mejor que mejor,

-Piove, porco governo

(literalmente,

-Está lloviendo, cerdo gobierno).

Siempre hay que buscar un culpable, porque nos libera de nuestras responsabilidades y, aunque no solucione nada, nos permite dar rienda suelta a la rabia acumulada, al malestar crecido, al miedo desbocado. No es la primera vez que vivimos pandemias despiadadas, pero son invasiones que se producen cada muchas generaciones y no las recordamos ni estudiando historia, aprendemos la I Guerra Mundial y sus 10 millones de muertos a su final en 1918, pero no la Gripe española de Kansas que mató a partir de 1918 a 50 millones,

(olvidar, no hablar de ello a nuestros hijos, no mentar la enfermedad, la muerte, la pandemia, como si el silencio evitase que siguieran existiendo).

Siempre que nos ha acometido una devastación tipo peste negra, bubónica, aviar, porcina, la de cristal de la varicela, la del sarampión, o la gripe española, cada vez que la hambruna ha llegado sin previo aviso a nuestras casas, hemos reaccionado con indignación y nos hemos alzado inclementes, hemos quemado algún convento (con o sin monjas dentro), hemos asaltado un palacio (con o sin un Esquilache, o un Godoy,  dentro), o hemos saqueado, desvalijado e incendiado la judería (con sus judíos dentro), aunque desde que los expulsamos, tuvimos que emprenderla a mamporros (hogueras incluidas) con los conversos, cristianos nuevos, judaizantes, blasfemos, marranos, brujas, herejes, masones, sodomitas y rojos en general.

Sin embargo, aunque algunos señalen con el dedo, se enzarcen en caceroladas, acusen al gobierno en el Parlamento, o en los medios de comunicación, cualquiera que tenga dos dedos de frente puede darse cuenta de que, te gusten más los unos, o losç otros, no podemos más que compadecer a cualquiera de nuestros gobernantes, desde la presidencia del gobierno al más humilde de los concejales del más pequeño pueblo de España y desde el responsable de la sanidad, al de las residencias. Se van a comer un marrón de esos que sólo se producen una vez cada bastantes generaciones.

La pandemia, esta peste moderna, nos ha invadido así, de golpe, de forma tan inesperada, sembrando el desconcierto. Pensábamos que el mundo se había desbocado porque la globalización y las nuevas tecnologías estaban acelerando de tal manera nuestras vidas, que no nos dimos ni cuenta de que los verdaderos cambios los produce la propia Naturaleza cuando despreciamos sus reglas, sus lógicas internas y despreciamos a los virus deseosos de expandirse por el planeta utilizando como transporte a los animales, hongos, seres humanos, bacterias y hasta otros virus.

El mundo que salga de este desastre no sólo será distinto, sino que tendrá que repensar seriamente sus relaciones económicas, sociales y las del género humano con el resto de los seres vivos del planeta. La primera tentación será olvidar deprisa y repetir la fiesta, como si nada hubiera pasado.

Pensando en un futuro deseable quiero detenerme en cómo han tenido que vivir (cómo viven aún) nuestros mayores este complicado proceso en el que nos hemos metido, no diré que sin comerlo ni beberlo, pero sí, al menos, sin olerlo, ni verlo venir por ninguna parte. Lo que ha ocurrido con las personas mayores (de otra manera también con los niños) les ha convertido en víctimas propiciatorias ofrecidas a los dioses de la muerte desbocada e incontrolable.

Se veía venir. Con cada vez mayor frecuencia queremos controlar la vida de nuestros mayores. Es cierto que hay motivos de seguridad en juego. Escuché recientemente a un hijo (experto en seguros) que las noches de su padre y sus frecuentes visitas al baño, sin atinar con el alejado interruptor de la luz, le habían acarreado varias caídas, sin consecuencias, pero con el temor de que llegue el momento en que esa caída sea más grave.

Encontraron una solución contratando uno de esos asistentes virtuales que permiten decirle al móvil que encienda la luz desde la cama y zas, la luz se enciende. Desde ese momento se acabó el problema de las caídas de su padre. Hasta aquí todo bien. El problema comienza cuando invadimos la intimidad de nuestros mayores y les colocamos un dispositivo para saber su qué, cómo, cuándo y dónde y hasta el por qué de cada momento de su día.

Escucho a los tertulianos, a los políticos, opinadores, influencers, profesores, expertos, hablar incansablemente de la nueva normalidad, me parece algo así como una invitación desesperada, desengañada y monótona para que terminemos aceptando el descubrimiento de una nueva realidad, la hemos liado (la han liado con nuestra cooperación indispensable y necesaria) y ahora hay que resignarse a que cambiemos todo en nuestras vidas para que no cambie nada en las suyas, siguiendo los más elementales principios del gatopardismo lampedusiano. He leído,

-La normalidad es la muerte.

Ahora vas y me analizas la frase de Theodor Adorno, citada en ingles por los estudiosos de su vida y de su obra,

-Normality is death.

Aunque lo más probable es que aquel buen músico y compositor de origen judío (que terminó deviniendo filósofo durante sus intensos y juveniles años 20 en Viena), no lo formulase en inglés, sino en su alemán natal de Fráncfort del Meno, en el corazón del estado de Hesse,

-Normalität ist der Tod

Y bien pudiera ser que, aquel marxista que criticaba la sociedad capitalista y defendió la libertad hasta sus últimos días y hasta las últimas consecuencias, no estuviera formulando una metáfora filosófica, sino pensando en las rejas de entrada de Auswichtz,

-Arbeit macht frei

Con la naturaleza no se juega, si la provocas, la desafías, no respetamos sus leyes, sus reglas, sus normas, el precio que terminamos pagando es el de nuestras propias vidas, o el de un buen número de vidas de nuestra misma especie.

La contaminación acaba con millones de personas cada año en el planeta y provoca innumerables enfermedades crónicas, o procesos cancerígenos de todo tipo. Cada vez que entramos en una selva virgen para deforestar, extraer petróleo, oro, minerales, capturar especies exóticas, instalar industrias ganaderas, o cultivos transgénicos, nos traemos de vuelta bacterias, virus y otros especímenes vivos y muertos, o medio vivos y medio muertos, para los que nuestro organismo no está preparado.

Les pasó a los indios americanos con la viruela que los diezmó cuando nos la llevamos puesta en la conquista imperial y nos pasa a nosotros con estos virus, cada vez más afinados y perfectos, que pasan de un animal a otro y luego acaban en un ser humano, tarde o temprano se lo contagiamos a un animal y éste a otro y lo volvemos a recibir transmutado, renovado, modificado para hacernos daño de nuevo.

Las industrias farmacéuticas podrían investigar, invertir, dedicar tiempo, dinero y recursos a prevenir, pero prevenir no da beneficios. Gastas dinero y creas productos baratos que previenen antes de que la enfermedad llegue. ¿Dónde está el negocio? No hay negocio.

Lo que da dinero es curar, esperar a que aparezcan los daños, cunda la alarma, dejar que la tensión aumente y el miedo haga su trabajo. Entonces se aceleran las tareas de investigación para encontrar un remedio, una vacuna, un antiviral, que justifican el alto precio de los medicamentos.

Pero claro, son multinacionales, se deben a sus accionistas mayoritarios, a los beneficios empresariales, el reparto de dividendos y cosas así. La distancia moral facilita que ni los dueños, ni los accionistas, ni  los altos ejecutivos, ni los gobiernos, se sientan responsables de nada. Ellos hacen su trabajo y un lejano virus, en un sucio mercado oriental, comienza a hacer el suyo. Nadie es responsable, nadie es culpable. Entre aplausos aparecerán un día con la vacuna y santas pascuas.

Algunos economistas se han convertido en obligada referencia en no pocos programas televisivos especializados en echar carnaza al circo donde los tertulianos se enzarzan a mamporros de amañada lucha americana, en defensa de tal o cual partido, de tal o cual líder político. Luego acaba el espectáculo, se saludan, se toman juntos una cervecita, cobran y se van para casa, solos, o acompañados, pese al confinamiento

(esa desgarbada figura que cruza en ropa interior ante la cámara por detrás del pretencioso tertuliano online)

-Hay dos clases de economistas, los que no saben hacer predicciones y los que no saben que no saben hacer predicciones.

(dice Xabier Sala i Martin en su libro Economía liberal per a no economistes i no liberals)

Recuperación en V, recuperación en U, recuperación en L, ya no sé cuantas clases de recuperaciones llevamos escaladas y desescaladas. Parece evidente que nuestros economistas no han vivido nunca antes (nosotros tampoco) una situación como la que padecemos en estos momentos. No vivieron la Gran Crisis del 29,

(esa que llamaron Gran Depresión, Crac, Jueves Negro, Lunes Negro, Martes Negro)

más parecida a la que se desencadenó con la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008, de la que aún no acabábamos de salir y que sigue instalada entre nosotros, con sus secuelas de precariedad laboral e inestabilidad económica, con periodos frecuentes y alternos de crecimiento, desaceleración y recesión.

Tampoco vivieron las consecuencias de la crisis generada por la Gripe Española de Kansas. Curiosa la historia de esa gripe estadounidense exportada por las tropas que acudían a combatir en la I Guerra Mundial y que se expandió por todo el planeta, cuando la contienda terminó y los jóvenes, felices, e infectados soldados, volvieron a sus casas repartidas todo el mundo

(algo así como 500 millones de infectados, casi un tercio de los habitantes del planeta y más de 50 millones de muertos, más jóvenes que mayores, más jóvenes que niños, muchos más pobres que ricos).

Los países en guerra no hablaban de fallecimientos de tropas, pero en la España neutral no había problemas para informar, por lo cual el mundo acabó creyendo que el virus venía de España y terminamos dando nombre a la famosa gripe, Spanish Influenza

Uno de los grandes debates sobre el acelerado desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA) se centra en la ética de quienes utilizan la capacidad de esta nueva y poderosa herramienta para mejorar la vida de las personas y el bienestar del conjunto del planeta, o para anteponer el beneficio económico, el enriquecimiento acelerado, a cualquier otra consideración.

Quienes defienden la neutralidad de los algoritmos olvidan intencionadamente que los resultados del algoritmo dependen de los datos que introducimos, datos sesgados conducen a conclusiones sesgadas. Este olvido puede conducir a la “distancia moral”, esa buena concia de quien dispara a bulto y no se interesa por saber quién se encontraba detrás del matorral, aún a sabiendas de que tras el matorral siempre mueren los mismos.

Un viejo debate formulado ya por el Concilio de Letrán, hace casi mil años, que tuvo que discernir si era moral el uso de la ballesta, esa nueva y terrible arma que abatía enemigos irreconocibles en la distancia. Al final decidieron prohibir esta herramienta del diablo que mataba a cualquiera, bueno sólo prohibida si se usaba entre cristianos, si eran moros la cosa era ya distinta y se podía permitir su uso.

Está claro que los cuerpos de ballesteros, mucho más eficaces que los arqueros y mucho más fáciles de formar,

(carga, apunta, dispara, carga, apunta, dispara, poco más que aprender y te quitas de enmedio a un conde, un barón, o un vasallo y, si se pone a tiro, al mismísimo rey)

no dejaron de funcionar, porque la iglesia sólo es escuchada por los militares si bendicen a los que parten hacia la muerte, o a los que van a ser fusilados.

Dediqué mi anterior artículo a la muerte de mi tío Ramón en un trágico accidente de tráfico. Poco podía pensar en esos momento, hace más de un mes, que la tragedia de otras muertes se iba a cernir sobre nosotros con la brutalidad con que lo ha hecho este coronavirus. En casi todas las familias, entre personas cercanas y amigas, hemos sufrido enfermedad, muerte y lágrimas.

Nos parece increíble el daño que puede infringirnos una molécula capaz de realizar sólo algunas funciones de los seres vivos a la que muchos no consideran viva y no pocos ni viva ni muerta, todos coinciden en que no muere, no envejece, puede desactivarse, pero puede volver a activarse, se reproduce, aunque para ello utiliza las células de otros seres vivos para hacer copias de sí misma. Zombis mutantes, eso es lo que son. No muertos, no vivos.

Les da igual entrar en animales, hongos, plantas, no desprecian a las bacterias, ni tan siquiera a otros virus. A la mayoría de esos virus ni con microscopios podemos verlos. No tienen conciencia, no tienen inteligencia, al menos como nosotros la entendemos, hacen lo que saben hacer, con eficacia y adaptándos sin cesar. A veces sus muchos cambios y mutaciones les permiten pasar de animales a personas, o de personas a animales y otras veces los convierten en mortales.

Es el caso, al parecer, del COVID19. Viaja deprisa, muta deprisa, hasta el punto de que el que se encuentra entre nosotros ya no es igual que el chino y a América habrán llegado nuevas mutaciones, invade selectivamente, especialmente a nuestros mayores, ataca los pulmones, ensaya y se equivoca mucho pero se expande por cualquier otro, no en todos los casos los mismos, no se hace notar pero provoca colapsos repentinos y lo peor es que no tenemos antivirales, ni tratamientos y tardaremos en tener vacunas.

Mientras tanto muere gente, seguirá muriendo gente, habrá momentos en los que parecerá que lo controlamos y otros en los que las cifras empeoren, hubo quien dijo que el buen tiempo acabaría con él, porque destruye las proteínas que lo rodean y que le permiten invadir nuestras células, pero ya nadie está seguro de eso, nadie descarta que pueda rebrotar incluso con más virulencia, ni que quien lo ha padecido no pueda volver a infectarse.

Me lo decía mi madre cuando liaba una trastada, me pillaba, yo compungido y ella,

-Mucho miedo y muy poca vergüenza

Me acuerdo de esto ahora, en este encierro forzoso que vivimos, cada casa se ha convertido en celda y pensar en el barrio de al lado, en el pueblo cercano, no te digo ya en una playa, una montaña, un viaje al extranjero, se me antoja como algo irreal, un sueño lejano, el recuerdo de un tiempo pasado que tal vez no vuelva.

Está muriendo gente, mucha gente, no más que otras veces, pero algo es distinto ahora, porque nos encierran. Algo es distinto ahora, puede que este nuevo virus con corona sea micho más peligroso porque es muy rápido en su difusión, de un país a otro, de una persona a otra, con enorme facilidad, además de ser muy selectivo, busca nuestros puntos débiles, los que ni nosotros mismos conocemos y se ceba con ellos.

Es muy rápido, hoy te sientes mal, mañana no tan mal y de repente, como dicen los médicos, estás comprometido, al borde del colapso. No hay tratamientos generalizados, no hay antivirales probados, no hay vacuna, ni la habrá hasta dentro de un año, como muy poco, así están las cosas.

Encerrados, confinados, aislados. O cortamos su avance o no hay sistema sanitario que soporte la presión de miles de pacientes en cuidados intensivos. Es cuestión de dar oportunidad y tiempo a los que más lo necesiten. Aquí tenemos el primer problema.

130 años, esos son los que se van a cumplir este 1º de Mayo, una fecha redonda para conmemorar de forma especial el Día del Trabajo. En esta ocasión comenzábamos a dar por superada la larga crisis económica iniciada en 2008,

(en el horizonte siempre hay alguna nueva crisis apuntando)

pero por lo pronto parecía que la nueva economía

(de la precariedad, la temporalidad, los bajos salarios, la fractura laboral, la brecha digital, la desigualdad social)

creaba suficiente empleo

(de mala calidad y mal pagado, eso sí)

como para exigir un reparto más justo y equitativo de las rentas.

Con un gobierno de izquierdas, esa hubiera sido la naturaleza de la celebración del 130 aniversario del 1º de Mayo,

(recuperar parte del terreno perdido por la crisis en la negociación colectiva y en las empresas)

pero una vez más la vida y la muerte son imprevisibles, por más que los humanos creamos que pesamos algo en estas decisiones del universo.

En muy poco tiempo hemos comprobado nuestra fragilidad como especie en un planeta al que estamos sobreexplotando y maltratando sistemáticamente, en muy poco tiempo hemos comprobado que un mundo construido al servicio de los poderosos y sometido al dios dinero, se vuelve contra nosotros y nos devuelve toda la miseria y la maldad que hemos ido sembrando.

Este 1º de Mayo lo viviremos sin una manifestación callejera, lo cual no quiere decir que dejemos de recordar que hace 131 años el Congreso de París, el que convirtió a los partidos socialistas y laboristas en Segunda Internacional, decidió conmemorar al año siguiente la lucha por las 8 horas de trabajo, la Huelga de Chicago, la Revuelta de Haymarket y el juicio y ejecución de cinco anarquistas acusados de organizar aquello.

No hay un solo país que estuviese preparado para hacer frente a una pandemia como la que estamos viviendo, los hay que han atinado más que otros, por casualidad, porque tuvieron asesores que acertaron, porque contaban con más medios, porque lo vieron venir y aprendieron de las experiencias ajenas, porque estaban más alejados de las rutas comerciales y turísticas, pero librarse, lo que se dice librarse, nadie. En Lombardía ha sido un desastre, en el vecino Véneto les ha ido bastante mejor.

Por eso no conviene culpar a nadie de lo que ha pasado, ni de lo hecho para parar el golpe, nadie pensaba que el COVID19 saltaría tan rápido de China a Europa y cuando ya estaba en Italia y rápidamente en España, los ingleses presumían y Trump ni las veía venir, el Presidente de México abrazaba a los niños y Bolsonaro convocaba actos masivos por todo Brasil, de la mano de sus mesiánicos evangelistas.

No lo vimos venir, confiados en que nuestras formas de vida no pueden verse amenazadas por un virus, alguien vendría inmediatamente con una vacuna y lo solucionaría, si tenemos teléfonos inteligentes cómo nos va a humillar un bicho que ni es vivo, ni muerto, un zombi.

Compadezco a cualquier responsable político estatal, autonómico, o local, que haya tenido que afrontar este reto, imprevisto y desconocido. Las televisiones se han llenado de coronavirus y los programas de expertos de todo pelaje, empeñados en defender a sus amos y atacar al contrario, los tuyos lo hacen todo bien, los otros lo hacen todo mal, de vez en cuando

un psicólogo

(o psicóloga),

un médico

(o médica),

un economista

(o una idem)

explicando lo inexplicable, unos más acertados, otros menos, pero tan desconcertados como cualquiera, unos prudentes para no meter la pata, seguros hoy y seguros de lo contario mañana, las redes sociales echan humo entre consejos buenistas, insultos profusos, defensas encendidas, miedos desbocados, aplausos y caceroladas.

Cuando todo parece ir bien, cada grupo de intereses, cada clase social, hasta cada persona, encuentra la manera de encajar en el puzle que supone vivir en sociedad. Unos ganan mucho, otros ganan poco, pero todos ganan algo, muchos ganan lo suficiente para vivir con ciertas comodidades, comprar una casa, un coche, veranear, criar a los hijos, darles carrera, o una profesión, en el horizonte no hay nubarrones, lo que venga después parece que será siempre mejor que lo que tenemos.

Es pura defensa psicológica sin base científica alguna, la historia nos dice que, cada cierto tiempo algo se enreda, se lía, empiezan a venir mal dadas y lo que iba a ser mejor termina siendo peor. No aprendemos, pero al menos por un tiempo creemos, deseamos, que todo siga igual, que nada vaya a peor. Lo cierto es que todo lo que puede empeorar, termina empeorando, si nadie lo impide.

Es en esos momentos de crisis desbocada, latente, o desvelada, cuando se pone a prueba el valor de un gobierno, de una oposición, o de las organizaciones sindicales, empresariales, sociales que vertebran la sociedad. Si los gobiernos son débiles, la oposición intranscendente y las organizaciones sociales sólo representan clubs de intereses particulares, poco podemos hacer.

Me ha tocado vivir momentos duros provocados por el terrorismo, las crisis económicas, los problemas sociales desbocados a causa de desequilibrios enquistados y lacerantes. En Madrid no han faltado. En mi experiencia, los Pactos de la Moncloa fueron un acuerdo político y social para dar el pistoletazo de salida y el respaldo definitivo al proceso democrático.

Costó mucho, porque las limitaciones salariales firmadas no compensaban el poder adquisitivo perdido por los salarios, pero hubo otras medidas que incidían en la reforma de la fiscalidad, e inversiones públicas sanitarias, o educativas. Los acuerdos siempre son temporales, al cabo de un tiempo vuelven a aparecer desequilibrios, hay que volver a las movilizaciones, a las negociaciones, a nuevos acuerdos.

Por eso en 1988 la Huelga General del 14-D supuso un aldabonazo de los trabajadores y trabajadoras del país para exigir un reparto más equitativo de la riqueza en el país, una mayor participación en las políticas públicas. La gota que colmó el vaso fue el intento de aprobar un Plan de Empleo Juvenil que intentaba crear un mercado laboral que condenaba a los jóvenes a salarios más bajos y menos derechos laborales. Entre los motivos de la Huelga se incluían las pensiones, o los derechos sindicales de los trabajadores, incluidos los empleados públicos.

Segundas partes nunca fueron buenas, vaya por delante, por eso no podremos reeditar unos Pactos de la Moncloa, por mucho que nos empeñemos, ha llovido mucho desde entonces, los actores no son los mismos, la guerra civil queda mucho más lejos y hay demasiados intereses políticos y económicos en juego.

Los Pactos de la Moncloa se produjeron al calor de una crisis económica que producía subidas de los precios de más del 27% al año, el modelo de Transición hacia la democracia no estaba decidido, la Constitución no había sido aprobada, el franquismo seguía matando

(el asesinato de los Abogados de Atocha, el impresionante y pacífico entierro, la demostración pacífica de organización y fuerza del PCE y de las CCOO, abrieron las puertas a la legalización definitiva del Partido Comunista y luego, al final, de los sindicatos, de las Comisiones Obreras)

las tensiones políticas y sociales arreciaban, buena parte de la derecha política añoraba el franquismo, mientras los poderes económicos emanados de los privilegios franquistas necesitaba legitimidad y seguridad para sus fortunas y los torturadores necesitaban seguir siendo policías y recibiendo méritos y condecoraciones.

La Ley de Amnistía y los Pactos de la Moncloa son de octubre del 77

(vaya qué casualidad, la amnistía el 15 y los Pactos el 25)

y hoy, con más de cuarenta años de por medio, me admira cómo creímos que la Ley de Amnistía limpiaba todos los juicios, expedientes, fichas policiales, de los cientos de miles de rojos juzgados, condenados y asesinados por el franquismo, pero no,

(ahí siguen las condenas, ahí siguen las fosas)

limpiamos la imagen de Billy el Niño y todas las bandas de cuatreros torturadores y asesinos de la dictadura.

Uno de los primeros daños que produce una crisis como la que vivimos es el miedo, nos gusta tener aseguradas las circunstancias en las que se desenvuelven nuestras vidas, pero no siempre es  posible, la vida y la muerte son impredecibles, cuando la muerte acecha y se mueve entre nosotros con la libertad de quien pisotea un sembrado, el miedo es legítimo, inevitable, forma parte de nosotros, el miedo siembra el camino de las mentiras repetidas y aceptadas,

(Noam Chomsky,

-Si no paras de decir mentiras, el concepto de verdad simplemente desaparece)

El miedo es poderosa herramienta que nos convierte en arcilla maleable, permite moldear sociedades enteras, conduce a la docilidad, la sumisión, la obediencia. Nos conduce a admitir la mentira y alinearnos con posiciones morales que en otros momentos serían inaceptables, nos arrellana en una ética de baja estofa, de ínfima categoría.

Recientemente he escuchado al profesor Paul Dembinski,

(director del Observatorio de las Finanzas, con sede en Ginebra)

hablar de las categorías morales propuestas por Lawrence Kohlberg

(psicólogo, docente en Chicago, Yale, Harvard, se suicidó antes de  cumplir los 60 años)

que podríamos reducir a tres etapas, la pre-convencional que busca el bienestar y confort personal a base de clasificar lo bueno y lo malo en función de los premios y castigos que recibes. El palo y la zanahoria determinan el comportamiento de este homo oeconomicus.

Otra etapa más avanzada del juicio moral, a la que denomina convencional, caracterizada por aceptar lo bueno y lo malo en relación con el comportamiento del rebaño, la masa, el grupo al que perteneces. Si todos lo hacen debe de ser bueno. No hacer lo que hacen todos es, cuando menos, inapropiado. Lo normal, lo convencional, formar parte de la manada, da sentido moral a la vida del homo congregabilis.

La tercera categoría, a la que pertenecen los menos, la post-convencional, supone que la persona es capaz de alcanzar un juicio ético propio que tiene que ver con una serie de valores y el análisis crítico  de las normas. A estas personas las denomina homo ethicus.

Kohlberg no debía tener toda la razón, su colaboradora Carol Guilligan se dio cuenta de que las mujeres no siempre respondían a estos esquemas morales y solían quedarse por debajo, o al margen, al dar respuesta a problemas morales, observó que la mujeres prestan atención a la verdad, la justicia, o los derechos, pero tomando en cuenta vínculos humanos, como las responsabilidades, la interdependencia, los cuidados.

Este famoso coronavirus ha viajado por el mundo a la velocidad de nuestros aviones, ha dejado desiertas las avenidas de nuestras ciudades, las calles de nuestros pueblos, como en mitad de un bombardeo, sin explosiones, sin casas derruidas, ni fuego, ni llamaradas, pero con una metralla microscópica que siembra la muerte sin regueros de sangre.

No me gustan las comparaciones de esta crisis sanitaria con la guerra, por mucho que así pretendan convocarnos en calidad de obedientes y heroicos soldados, no me siento ni lo uno, ni lo otro, esto no es una guerra, como mucho una que nos hemos declarado a nosotros mismos, los virus siempre han estado ahí, hay quien no los considera ni formas de vida, estaban aquí antes que nosotros, se encuentran en planetas a los que nunca llegaremos  y continuarán en este planeta, ya no me atrevo a decir nuestro, cuando las condiciones hagan imposible que nosotros podamos sobrevivir por estos parajes.

Tampoco es la primera pandemia que han producido, cada cierto tiempo mutan, o invadimos

(para cortar árboles, para extraer petróleo, colonizar tierras para nuevos cultivos, arrancar minerales, construir industrias ganaderas)

lugares donde se encontraban recluidos, las selvas amazónicas, o las asiáticas, se vienen con nosotros, con sus eficaces sistemas de expansión, su capacidad de mutación, su eficiencia mejorada para introducirse en nuestras células y convertirlas en nuestras enemigas.

Son mecanismos que conocemos y hemos estudiado, ha sido la soberbia humana la que nos ha incitado a la imprudencia de ignorar las reglas de la vida, los peligros que nos acechan, nosotros que doblegamos a la Naturaleza, la sometemos, la provocamos, por eso esta crisis está siendo más dura que cualquier crisis económica, en ella nos va la vida.

Los acelerados procesos de desarrollo de la digitalización no parece que se vayan a ver afectados sustancialmente por el COVID19, sino todo lo contrario. Es un pronóstico tan sólo, pero puede que no esté muy descaminado. Parece evidente que la economía ha sufrido un impacto brutal que va a obligar a muchos sectores a reinventarse y, si algo ha puesto de relieve esta crisis es que la digitalización se va a ver reforzada en la economía y en las relaciones sociales, sobre todo en el consumo.

Las empresas tecnológicas y las que prestan sus servicios mediante la utilización de la Inteligencia Artificial (IA) han  caído, como todas, en un primer momento de estallido de la crisis del coronavirus, pero ya quisieran para sí las previsiones más optimistas en el conjunto de las economías planetarias conseguir un rebote como el que protagonizan la mayoría de estas empresas tecnológicas.

Ya lo quisieran las empresas de construcción, transportes, energéticas, o turísticas. Basta echar un ojo a la evolución de sus acciones en los últimos meses para hacerse una idea de lo improbable de una recuperación económica de esas que llaman en V y que consisten en hacernos creer que todo volverá rápidamente a ser igual.

De otra parte, la crisis del COVID19 ha demostrado que los efectos sobre las cotizaciones de las empresas en la bolsa se ven con mucha mayor rapidez que en cualquier otra crisis anterior, precisamente por la utilización de la IA y sus famosos algoritmos. Hoy son ellos los que deciden el destino de un buen número de inversiones. Es lo que se llama el algorithmic trading, el comercio algorítmico.

Son las máquinas las que deciden en periodos cortos de tiempo dónde va el dinero, qué acciones se compran y cuáles otras son vendidas. Los programadores, analistas, economistas, introducen datos y reglas de utilización de los mismos, eso es un algoritmo, no es tanto una fórmula matemática como un cálculo geométrico que divide un espacio de múltiples dimensiones. Algo complicado. No soy matemático, pero me imagino, como en un sueño, el proceso.

Los inversores se fían del algoritmo porque ni tiene pasiones, ni trabaja con afectos, ni entra en pánico si el proceso se desmanda, ni tiene miedo y prejuicios tan sólo los que se le hayan introducido para cortar por aquí, o un poco más allá y, además, son tremendamente rápidos tomando decisiones. El problema es que, como dice cualquier buen experto en IA,

-Si introduces  datos sesgados, el algoritmo tomará decisiones sesgadas.

-Resistiré para seguir viviendo, soportaré los golpes y jamás me rendiré

Es el himno que recorre las ventanas, los medios de comunicación, las redes sociales, infundiendo ánimo, valor y ganas de vivir. Con la que está cayendo no es poco, la verdad. Cada vez que se cruza en nuestro camino un desastre como el que vivimos nos agarramos a una imagen, una canción.

Nos lo recordó Basilio Martín Patino en aquellas hermosas Canciones para después de una guerra, aquella película sobre la música que abrió un resquicio de vida a nuestros padres, sobre todo a nuestras madres, en aquella larga posguerra de 40 años, una guerra prolongada por otros medios, con sus vencidos, humillados y ofendidos y sus vencedores soberbios, irascibles, dueños de la hacienda, la casa, el caballo y la pistola.

La canción se hizo famosa cantada por el Dúo Dinámico. De hecho, uno de sus miembros, Manuel de la Calva, es el autor de la música, pero la letra, esa que nos emociona en estos días,

-Resistiré erguido frente a todo, me volveré de hierro para endurecer la piel

la letra es de Carlos Toro Montoro, autor de 1.800 letras de canciones y periodista deportivo. Compuso esta canción pensando en su padre, Carlos Toro Gallego, combatiente republicano, militante del PCE, condenado a muerte por el franquismo y  con 17 años de cárcel a sus espaldas. Cuando escucho la canción en la televisión, o en los atronadores altavoces que algunos sacan por la ventana a las 8 de la tarde, en estos días aciagos, me pregunto cuántos conocerán esta historia.

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