23 Ene, 2021

Educación digital

La pandemia nos ha puesto en la tesitura de tener que realizar muchas tareas utilizando medios digitales, desde pedir comida, a teletrabajar, desde estudiar en casa a ser atendidos por el médico con cita telefónica, o desde comprar un libro o un jersey hasta pedir una prestación por desempleo.

Las grandes empresas tecnológicas como Apple, Amazon, Facebook, Google, o Microsoft han disparado sus beneficios durante los meses más duros de la pandemia. Grandes beneficios que vuelven a contrastar con la desigualdad observada en muchos sectores de la sociedad con respecto a su acceso al mundo digital.

Para empezar, desde el punto de vista del empleo, no todos los trabajadores y trabajadoras han podido teletrabajar, no todas las personas tienen los conocimientos y habilidades digitales suficientes para realizar trámites administrativos en la Seguridad Social, en los Servicios de Empleo, en los propios centros de salud.

Hay empleos que exigen presencialidad, pero también hay otros en los que nadie había pensado que algunas de las actividades pudieran ser realizadas online, nadie se ocupó de formar y preparar a las personas para utilizar las nuevas tecnologías, nadie vio la necesidad de invertir en equipos informáticos y medios tecnológicos.

23 Ene, 2021

Vivir peligrosamente

-Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver.

Dicen que es una frase atribuida a James Dean, aunque parece que no era del famoso rebelde sin causa, sino que se encuentra en el guión de la película Llamad a cualquier puerta, dirigida por un joven Nicholas Ray y la primera producida por Humphrey Bogart, que interpreta a uno de esos abogados que defienden causas justas y casi siempre perdidas, la de hacerse cargo de la defensa de un joven John Derek, acusado de asesinar a un policía.

Es, al parecer, Derek quien en un momento de la película pronuncia la frase

-Nada puede frenarme ya. Desde ahora viviré a lo loco. Ahora vale lo que yo decía: vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver.

Como la frase cuadraba a la perfección con la vida y la muerte de James Dean, alguien decidió cerrar el círculo mítico atribuyéndole la frase, tal vez sin reparar en que, tras un accidente en un potente Porsche, al que el propio Dean bautizo como Pequeño bastardo (Little Bastard), el cadaver que terminas componiendo no puede quedar demasiado bonito.

Hace tiempo que Madrid ha dejado de ser un ejemplo y modelo para España. Madrid se ha convertido en una figuración, prototipo fallido, molde pergeñado, de un país de políticos conductores de secano que derrapan y se atascan ante los menores signos de lluvia y no te digo de nieve. Una nieve que ha traído problemas por toda España, pero que ha convertido a Madrid en capital de la España colapsada.

Fenómenos meteorológicos como el que hemos vivido estos días, copiosa nevada y frio polar, no son muy frecuentes por el momento en nuestras tierras, aunque todo indica que el cambio climático nos llevará de temperaturas extremadamente altas a otras extremadamente bajas, de inundaciones a sequías, pasando por momentos como el que vivimos, de nieve, frío y hielo.

No parece aconsejable, por lo tanto, realizar cuantiosas inversiones en máquinas quitanieves, o en medidas para prevenir los golpes de calor. Todo en su justa medida, en su punto medio. Pensar, planificar, probar soluciones, estar preparados para mantener los servicios esenciales.

La COVID-19 nos ha situado ante el reto de intentar explicarnos a nosotros mismos qué nos está pasando, familiarizarnos y aprender a tomar en cuenta cosas que nos habían pasado desapercibidas como el cambio climático, la globalización económica, la invasión de espacios medioambientales preservados hasta nuestros días, los desplazamientos febriles de los seres humanos, o el comercio desenfrenado.

Los científicos han intentado explicar, al parecer con escaso éxito, a los gobernantes y a la ciudadanía que no se trataba tanto de eliminar al virus, sino más bien de aprender a convivir con él. Aprender a respetar reglas nuevas de convivencia con la vida que nos rodea en el planeta.

De nada sirve intentar salvar la economía, nuestro sistema político, o social, sin entender que el más pequeño de los seres casi vivos, casi muertos, puede ponernos en situaciones dramáticas como las que estamos viviendo en estos momentos.

Van cayendo noches y la nieve sigue ahí, convertida ya en hielo. Filomena sigue ocupando las calles, dueña y señora de una ciudad en la que las excavadoras han despejado la calzada de las vías principales y en la que unas pocas palas de los vecinos han abierto unos pocos caminos en las aceras.

Camino junto a una escuela infantil municipal, del Ayuntamiento de Madrid. Hay un estrecho camino abierto por los vecinos hasta una de las puertas de acceso, pero toda la instalación está cercada por la nieve. Junto a otra de las puertas, bloqueada por el hielo, escucho un reguero, un surtidor, una fuente. Imagino que una tubería helada, un contador, ha reventado y el agua ha comenzado a brotar a borbotones.

Vuelvo a casa y llamo al 010, Línea Madrid, no es cosa de que el agua siga brotando toda la noche, el Ayuntamiento tiene que saber que una de sus escuelas infantiles tiene una cascada de agua en su interior. Tardan en levantar el teléfono, después de darme un montón de avisos sobre las incidencias meteorológicas, el colapso de los servicios de emergencia, la cantidad de llamadas que están recibiendo.

Al final alguien me escucha, pero no puede darme solución alguna. Al tratarse de un daño de agua me ofrecen el teléfono del Canal de Isabel II. De nada sirve que les diga que la escuela infantil es suya, del Ayuntamiento, ellos no van a llamar a nadie, pero están dispuestos a darme el teléfono del Canal.

Las fiestas navideñas más extrañas de nuestras vidas han venido aderezadas por un par de insólitas noticias que más bien parecen sacadas de un aquelarre que de unas luminosas Navidades que intentaban, infructuosamente, compensar un año que parecía sacado de un delirio febril, un mal sueño, una indeseable ilusión distópica.

La primera de esas noticias ha sido que, en plena Navidad, con los fríos nocturnos invernales, se ha mantenido cortado el suministro eléctrico en la Cañada Real Galiana. Siempre suponemos que son fiestas de Paz, tregua, buenos deseos  y mejores intenciones. Pero no parece ser así para los administradores de una empresa eléctrica, con la connivencia de algunos responsables administrativos y políticos de la zona afectada.

Hace años, más de tres, la Comunidad de Madrid, los Ayuntamientos de Madrid capital, Coslada  y Rivas, la Delegación del Gobierno, acompañados por los grupos políticos de la Asamblea de Madrid, asesorados por expertos y organizaciones sociales y vecinales, acordaron un Pacto para dar soluciones sociales, de vivienda, educacionales, sanitarias, de movilidad, para un espacio urbano degradado, en el que a lo largo de más de 14 kilómetros se ordenan más de 2500 viviendas que alojan a más de 7000 habitantes.

En agosto de 2020, aquel en que dio comienzo la pandemia, se cumplieron 75 años desde la explosión de la primera bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki. Ya en aquellos momentos el físico Robert Openheimer, uno de los participantes en el Proyecto Manhattan, los que serían conocidos después como padres de la bomba atómica, revelaba,

-Los físicos han conocido el pecado y este es un conocimiento que ya no pueden perder.

El estallido de aquellas dos primeras bombas atómicas tendría que haber movido de tal manera las conciencias que nunca debió ser posible la guerra fría, la carrera de armamentos, otras guerras como las de Corea, Vietnam, esos cientos de conflictos silenciosos y silenciados, alrededor de todo el planeta, en los que se dirimía la explotación de los recursos naturales a cargo de las grandes potencias, ni accidentes como el de Chernóbil, o el de Fukushima.

La primera oleada de la pandemia hizo que nos diéramos cuenta de la terrible vulnerabilidad de nuestros mayores y especialmente cuando viven en instituciones residenciales. La mitad de las muertes ocasionadas por la pandemia se han producido precisamente en residencias de personas mayores.

Pudimos creer que era un efecto coyuntural de la brutalidad de la pandemia sobre unas sociedades que no estaban preparadas para encajar semejante desastre. Sociedades cuyos gobiernos habían cedido demasiado terreno a la iniciativa privada, abandonando a su suerte a muchos ciudadanos y ciudadanas, especialmente los más débiles.

Pero no, hay algo más que lo coyuntural, hasta el punto de que organizaciones como Amnistía Internacional hayan denunciado las violaciones de Derechos Humanos en las residencias durante la pandemia. El derecho a la salud, el derecho a la vida, a la no discriminación, al respeto a la vida privada y familiar, el derecho a una muerte digna.

Ni tan mal la ley Celaá, ni tan bien la Ley Celaá. Esa es la tristeza de una educación española convertida siempre en campo de confrontación donde se ventilan diferencias ideológicas, guerras de religión, conflictos políticos, luchas de clases, de ricos contra pobres, siempre de ricos contra pobres.

De la Educación se predica con la boca chica que es la solución de todos nuestros problemas, aunque en realidad nadie se lo toma en serio, ni dedica los recursos y los medios necesarios para que la educación pueda desempeñar un papel de palanca del cambio y las transformaciones que hagan posible la igualdad de oportunidades.

La Ley de Educación a la que han llamado LOMLOE lleva en su nombre toda una declaración de intenciones, una ley orgánica que viene a modificar otra ley orgánica anterior, planteada, defendida y aprobada con los únicos y exclusivos votos del PP.

No pasó la pandemia. La pandemia es un proceso que lleva su tiempo. Es un hito más, un desastre anunciado, en la Era del Antropoceno, un producto más de la aceleración depredadora que la especie humana está produciendo en la vida del planeta, en la propia vida de los seres humanos.

El golpe sobre la economía, el empleo, los modelos de convivencia y el conjunto de la sociedad ha sido brutal. Aún no nos habíamos repuesto de la primera oleada y ya teníamos encima la segunda, que parece que no será la última, por mucho que nos intenten convencer de que las vacunas ya están aquí y nos van a salvar, lo cual será cierto, pero tan sólo en el medio plazo, en el mejor de los casos.

Por lo pronto lo más probable es que comencemos el año con nuevas restricciones inevitables, a la vista del aumento de los contagios, las hospitalizaciones y los riesgos evidentes de nuevos colapsos en el sistema sanitario.

Venimos de un mundo que se preparaba para vivir los más intensos momentos de felicidad gracias al uso de la Inteligencia Artificial, por lo menos así nos lo anunciaban en el caso de los países más desarrollados del planeta, entre los que creímos encontrarnos. El periodo de mayor libertad de elección de las personas estaba al alcance de la mano.

Pronto me bastaría desear algo, sin tan siquiera expresarlo verbalmente, para que mis ondas cerebrales hicieran que los billetes de avión llegaran a mi mesa, o para que los productos más insospechados fueran depositados ante mi puerta gracias a esos intrépidos porteadores llamados riders.

Modernas corporaciones dispuestas a anticiparse a mis deseos pugnarían por poner a mi servicio cuanto desease, gracias a la utilización de los famosos algoritmos, capaces de predecir de forma fiable qué voy a necesitar incluso antes de que comience a intuir que lo necesito. Eso sí, una libertad personal, intransferible, individualizada, casi incompatible con el uso de los derechos colectivos, con el compromiso social, o político, que parecen ya cosa anticuada.

31 Dic, 2020

Mensaje en Navidad

Queridos ciudadanos y ciudadanas,

No soy muy partidario de esa costumbre política de empañar la Navidad con mensajes políticos partidistas e interesados. La Navidad es una fiesta religiosa y el monopolio de ese tipo de mensajes debería corresponder al Papa de Roma. Bueno, tal vez y como mucho, otros concesionarios y franquicias del cristianismo, desde anglicanos a evangelistas, ortodoxos, pentecostales, luteranos, mormones y demás creencias cristianas, también tienen cierto derecho a dirigir mensajes navideños a sus seguidores.

En cuanto a los políticos en funciones de gobierno deberían abstenerse de dirigir proclamas navideñas, aunque cualquier partido político mantiene cierto carácter milenarista de transformación, alguna patente de cambio (a veces para mal), bien común, Reino de Dios en la Tierra, que puede hacerle creer que la Navidad merece un mensaje a la ciudadanía.

En un Estado laico estas sobreactuaciones impostadas están claramente de más. En todo caso, del Rey abajo ninguno y hasta me camelo que este año el propio Rey preferiría quedarse sin mensaje, por cuestiones familiares y para no tener que aguantar críticas sobre lo dicho, lamentos sobre lo que debió decir y hasta tortuosas explicaciones de los gestos y los silencios.

Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo. Así comenzaba el Manifiesto del Partido Comunista, escrito por Marx y Engels en 1848, uno de los libros más leídos e influyentes de la Historia. No pretendo perpetrar un remedo de tal llamamiento a la unidad de los trabajadores del mundo. Un breve artículo puede constituir una proclama, una breve arenga, un ajustado bando, mucho más que una circular, pero mucho menos que un manifiesto.

Me da la impresión de que este nuevo año va a necesitar de muchos manifiestos, mensajes, proclamas, arengas, reflexiones, artículos, palabras intercambiadas, para que nos hagamos una idea aproximada del mundo en el que nos estamos adentrando, de los mundos hacia los que queremos ir, de la Nueva Era hacia la que vamos avanzando.

No eran pocos los que nos anunciaban buena parte de los desastres que han ido llegando. La crisis iniciada en 2008 nos situó ante la realidad de un mundo en el que la especulación contaminaba las finanzas mundiales creando burbujas de riqueza financiera que terminaban por estallar sobre la economía real, las sociedades, la propia política.

Si hace un año nos hubieran vaticinado que viviríamos unas Navidades tan extrañas como las de 2020 no lo hubiéramos creído. Era impensable un año como el que hemos atravesado, cargado de infortunios, confinamientos forzados, enfermedad y muerte. No entraba en nuestros cálculos, no entraba en ninguna de nuestras peores previsiones. Y, sin embargo, aquí estamos, a punto de celebrar la Navidad, la más extraña de nuestras vidas.

Diez meses, los transcurridos entre marzo y finales de año, nos han hecho ver lo endeble del mundo que hemos construido. Hemos visto poderosos sectores económicos que se desplomaban como castillos de naipes, empleos que desaparecían, mientras otros sectores y otros empleos adquirían una pujanza inesperada.

Mi apreciado amigo Eduardo Mangada me remite unas reflexiones sobre la posibilidad y la necesidad de rescatar Chamartín, liberarlo de invasores, enemigos, conquistadores. Y los invasores sabemos quiénes son, tienen nombre de banco como el BBVA, o de inmobiliaria, socimi, consorcio, como DCN (Distrito Castellana Norte), o San José y sus acuerdos con Merlin Properties.

Nombres, empresas, que se aprestan a emprender un gran negocio de control del suelo, construcciones de vivienda a precios libres, oficinas y centros comerciales en Madrid hasta más allá de 2050. La pandemia les ha frenado el ritmo, pero les ha dado también la oportunidad de ver aprobadas sus intenciones por parte de Ayuntamiento y Comunidad de Madrid sin molestos, o al menos con escasos, ruidos ciudadanos y vecinales. En pleno confinamiento Ayuso reunió a su gobierno regional con la casi exclusiva intención de aprobar el último y definitivo nihil obstat al proyecto.

Con este paso, el Ayuntamiento de Madrid, la Comunidad y el Ministerio de Fomento han entregado a la iniciativa privada de inversores financieros e inmobiliarios los suelos y la capacidad de protagonizar la planificación, el desarrollo, la ejecución y el tremendo negocio especulativo de enladrillar (hormigonar al menos) el futuro de nuestra ciudad.

Cada vez que asistimos a debates sobre los problemas más diversos son generalizadas las opiniones que escuchamos sobre la importancia de la Educación, la Formación, el Aprendizaje, para superar los más variados  escollos con los que lidiemos.

Algo de verdad y algo de mito hay en esas afirmaciones tan contundentes. Es cierto, por ejemplo, que cuando hay mucho desempleo es más fácil encontrar un puesto de trabajo si tienes cualificación y formación. Sin embargo, la educación, por sí misma, no crea empleo y tan sólo determinadas empresas toman decisiones inversoras que generarán empleo en un determinado espacio geográfico tomando en cuenta el nivel formativo de eso que denominarían capital humano, o mano de obra.

Va ganando peso en los países desarrollados (por cierto, la OCDE acaba de cumplir 60 años) y especialmente en la Unión Europea, el concepto de transiciones gemelas, la toma de conciencia de que hay que dar un giro muy importante en las necesarias transformaciones hacia sociedades y economías digitales y verdes, al tiempo y de forma equilibrada.

La agitación y propaganda fue inventada por los revolucionarios rusos. El término agitprop fue acuñado por Gueorgui Plejánov y abundantemente utilizado más tarde por Vladimir Ilich Ulianov, alias Lenin. El Comité Central y cada Comité Territorial del Partido Comunista de la Unión Soviética contaban con un Departamento de Agitprop que tenía encomendada la misión de difundir la ideología marxista-leninista en un pueblo tremendamente diverso y disperso en un inmenso territorio.

El famoso tren cargado de militares del ejército rojo en el que viajaba Strélnikov, el duro e intransigente revolucionario en que se había convertido aquel joven e idealista Pável Pávlovich, alias Pasha, en el transcurso de Doctor Zhivago, la famosa obra de Boris Pasternak, tuvo su versión agitprop en aquel otro tren cargado de poetas, escritores, actores y políticos de la revolución que recorrió Rusia representando el nuevo mundo que se acercaba.

Conviene recordar que aquellas famosas estepas rusas, los Montes Urales y hasta las calles plagadas de revolucionarios cantando La Internacional en la famosa película se correspondían con la Soria de los Campos de  Castilla, el Moncayo, las cumbres nevadas de Granada, o el barrio de Canillas. La famosa agitprop fue luego conducida por Stalin a la máxima expresión y la convirtió en parte de la vida cotidiana durante  los siguientes más de sesenta años.

Hubo un tiempo en que la pandemia arreciaba y nos veíamos encerrados entre las cuatro paredes de casa, salíamos cada tarde a mirar por la ventana mientras aplaudíamos (decíamos que a los sanitarios, pero la verdad es que nos aplaudíamos a nosotros mismos, para no sentirnos solos, en nuestro pequeño núcleo familiar).

En esos días, parece que fueron un sueño, todos temíamos caer enfermos, contagiar a nuestros seres queridos y deseábamos sobre todo ser bien atendidos en la sanidad pública (la otra no existía, o estaba a otra cosa, como vender rastreadores a buen precio, hospitalizar hoteles, medicalizar residencias, crear hospitales, cerrarlos, realizar pruebas para detectar el COVID19, todo a buen precio).

Pero, además de ser bien atendidos en la sanidad pública, nos salvaba el día una cantautora que había compuesto algo nuevo y nos lo regalaba, un actor que recitaba, unos músicos que tocaban cada uno desde su casa y sonaba como si estuvieran juntos, alguien que nos leía un cuento recién escrito, un poema recién nacido, una danza interpretada en el salón de una casa. Eran los artistas, las artistas, las trabajadoras y trabajadores de la cultura.

Uno de los problemas morales más graves suscitados por el golpe de la pandemia ha sido el de tomar decisiones inevitables en condiciones extremas, por ejemplo cuando los hospitales se encuentran colapsados y la UCIs saturadas. Cuando no podemos salvar a todos y es determinante quién tendrá un respirador y quién no, quién será hospitalizado y quien permanecerá en su vivienda o en la residencia. Quién va a vivir y quién morirá casi con seguridad.

Ninguno queremos asumir el peso de tomar esas decisiones. Es muy duro hacerse cargo del resultado de uno de esos famosos triajes que consisten en escoger, clasificar, separar, priorizar a unos pacientes sobre otros. Parece más llevadero que esas decisiones sean el resultado de los cálculos geométricos y espaciales realizados por un algoritmo.

Unos quedan a este lado de la línea y otros al otro lado. No es lo mismo comunicar una decisión que ser el responsable de la misma. Al final es la Inteligencia Artificial, el algoritmo, el ordenador, los que producen una división espacial que termina separando a unas personas de otras, aunque lo hagan casi siempre de la misma manera.

14 Dic, 2020

El año de Galdós

Cien años han pasado desde su muerte, no había cumplido los 77 aquel enero de 1920, cundo la muerte vino a visitarle. Han pasado cien años y el año del centenario ha adquirido tintes de drama mundial que nos ha hecho olvidar cualquier otra circunstancia que no sea el destrozo sanitario, económico, mental,  producido por la pandemia.

Es cierto que se han publicado artículos y libros, se han organizado exposiciones, paseos literarios, recorridos históricos, se han pronunciado conferencias, se han presentado documentales, realizado jornadas, el profesorado ha volcado su esfuerzo en que las alumnas y alumnos realicen trabajos sobre Benito Pérez Galdós, su época, los recorridos de un canario por Madrid.

No es poco, no ha sido poco, pero ha sabido a poco, puede que sea porque la pandemia ha hecho que esta sociedad que pasa por ser la de la información, la más informada, ha desvelado su verdadera cara, el exceso de información puede convertirse fácilmente en desinformación, en ausencia de conocimiento, en analfabetismo funcional, falta de preparación para tomar decisiones con todos los datos significativos.

Galdón merecía actos, eventos, efemérides, pero necesitaba sobre todo memoria, más que recuerdo, memoria y no quiero dejar pasar el año, por terrible que esté siendo, por duro que esté resultando, por mucho que deseemos que acabe, sin convocar la memoria de aquel constructor de nuestra historia.

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