Ya se ha visto que he tenido que emplear un primer artículo para señalizar y marcar el peligroso terreno político y social en el que Salvador Seguí pronunció su discurso en el Ateneo de Madrid. El segundo artículo describía el paisaje, sembrado de minas, cuyo último episodio, antes del discurso del Ateneo, había sido la huelga de La Canadiense, tan sólo dos años después de la huelga General del 17.

La huelga de La Canadiense acabó relativamente bien, cuando la anterior acabó mal. Entre otras cosas, porque algunos dirigentes sindicales no se entretuvieron en buscar disculpas de mal pagador, sino que aprendieron a organizar y dar la cara hasta el final.

Y no sólo ante la patronal, la policía, los jefes militares, sino ante los suyos, esos 20.000 trabajadores apiñados en la plaza de toros de las Arenas de Barcelona para tomar una decisión sobre la continuidad, o no, de la huelga.

Resulta que Salvador Seguí, en aquel famoso discurso del Ateneo, pronunció unas palabras que algunos independentistas esgrimen abundantemente para acercarse al anarquismo. Algo que vendría hoy de maravilla a la burguesía catalana, la misma que hace cien años pagaba a los “Sindicatos Libres” de la patronal, (con la ayuda y connivencia, por cierto, del general Martínez Anido, que llegó a ministro golpista de Orden Público en el primer gobierno de Franco), que ejecutaron a Seguí, en una esquina del barrio del Raval, allá por el año 1923.

El caso es que Seguí habló de los objetivos de su sindicato y de la forma en la que se estaban organizando para conseguirlo. En un momento de su intervención, cuando habla de los líos que montan los regionalistas de la Liga Catalana, viene a decir que, La independencia de nuestra tierra no nos da miedo. Y algunos independentistas le han sacado coplas y hasta carteles, con esa “demostración” de que hasta Seguí se había sumado antaño a su guerra particular.

No han sido pocos los que han ido a comprobar en las fuentes, en el discurso original, que Seguí reafirma sus principios anarquistas, que vienen a significar todo lo contrario. Dice Salvador, Se habla con demasiada frecuencia de los problemas de Cataluña. ¿Qué problemas de Cataluña? En Cataluña no hay ningún problema. El único problema que pudiera haber planteado en Cataluña está planteado por nosotros, pero el problema que está planteado por nosotros no es un problema de Cataluña, es un problema universal. (…)

La Liga Regionalista ha pretendido y en parte ha logrado, dar a entender a toda España que en Cataluña no hay otro problema que el suyo; el regionalista. Esta es una falsedad; en Cataluña no existe otro problema que el que existe en todos los pueblos libres del mundo, en toda Europa, un problema de descentralización administrativa que todos los hombres liberales del mundo aceptamos, pero un problema de autonomía que esté lindante con la independencia no existe en Cataluña, porque los trabajadores de allí no queremos, no sentimos ese problema, no solucionamos nuestro problema bajo esas condiciones.

Claro que el Noi del Sucre no deposita toda la responsabilidad en los regionalistas de la burguesía catalana que, tan pronto quieren más autonomía, como reclaman la independencia, con la misma facilidad que apoyan a los gobiernos centrales, o piden la intervención militar para sofocar los problemas laborales o sociales, cuando éstos se desbordan.

Seguí habla también, en el Ateneo, de la ineptitud y la miopía mental  de los políticos de España, que han dado una cierta importancia a un problema que realmente era nada más que una lucubración mental, una aspiración política de algo inconfesable de los líderes de la Liga.

No tiene miedo a la independencia, porque el problema es otro y porque si mañana hay independencia, el problema seguirá siendo el mismo y su tarea no habrá variado un ápice. En una Cataluña independiente el sindicato tendría que formar y organizar a los trabajadores y trabajadoras para dirigir su propio destino.

Sé que han cambiado los tiempos y que la historia no se repite mecánicamente, pero yo suscribiría, punto por punto, estas palabras de Salvador Seguí en el Ateneo de Madrid, en octubre de 1919. Las firmó con su compromiso y las pagó con su vida, unos años más tarde, justo cuando los nacionales y los nacionalistas se pusieron de acuerdo en sofocar y llevarse por delante a quienes pensaban como el Noi del Sucre.

My country, right or wrong

Carl Schurz

My mother, drunk or sober

Chesterton

My country, right or left

George Orwell

 

Iñigo,

Permite que te tutee. A fin de cuentas tenemos prácticamente la misma edad, año arriba, año abajo. Sólo hemos coincidido, personalmente y que yo recuerde, una vez. Creo que fue cuando el Congreso de los Diputados decidió colgar el cuadro de El Abrazo, de Juan Genovés, símbolo de la Transición española, en el vestíbulo de uno de sus edificios en la Carrera de San Jerónimo.

Creo recordar que hiciste un discurso centrado en la tesis de que el ciclo que abrió Picasso con el Guernica en 1937, concluye con El Abrazo de Genovés en 1976. Momento, según dijiste, en el que fuimos capaces de separar lo principal de lo accesorio y ponernos de acuerdo, abriendo una larga etapa de convivencia democrática.

Una convivencia de 40 años en la que el cuadro descansó el sueño de la memoria incómoda, en los sótanos del Museo Reina Sofía (pese a nuestras quejas reiteradas), hasta que las necesidades del guión político hicieron necesario  reivindicar un estilo de hacer política que terminó por coincidir con nuestras reivindicaciones.

Allí, en el cuadro, están unos españoles dándose un abrazo, junto a los retratos de los reyes eméritos, los de nos nuevos reyes y los bustos de los Presidentes de la República Niceto Alcalá Zamora, Manuel Azaña y de quien luchó con más ahínco por el derecho al voto de la mujer, Clara Campoamor.

Y, sin embargo qué vidas tan diferentes la tuya y la mía, ministro. Tu árbol genealógico hunde sus raíces en personajes como el Marqués de Cubas y va estableciendo transversales de parentescos cruzados con las casas aristocráticas de media España, que fueron sembrando racimos de títulos. Los de Cubas, los Aldama, los de Atarfe, Areny, Arcentales  y hasta el condado pontificio de Santa María de Sisla.

Pese a lo prolijo y abundante de las ascendencias y descendencias, hasta una baronía de Claret ha llegado hasta ti y terminaste casando con la nieta de los marqueses de  Bolarque, e hija del marqués de Albayda. Mis raíces son, al menos, tan largas como las tuyas, pero deben ser más hondas y no  tan expuestas a la luz.

Los tuyos, tu familia y tu gente eran monárquicos. Los míos debieron serlo poco. En la casa de tu abuela trabajó un tiempo, no  mucho (un día te contaré por qué), mi madre, como parte de lo que llamaban el” cuerpo de casa”. Lavaba ropa y planchaba, en una casa donde se servía el “té de la gallina”, reunión de señoras en la cual, en sonadas ocasiones, aparecía Carmen Polo de Franco. Ya tu abuelo había sido ayudante de cámara de Alfonso XIII y participó en el alzamiento del 36, falleciendo en combate. Mis abuelos también fueron a la guerra, en el otro bando y pagaron con la vida y con la cárcel su osadía.

Tu padre llegó a ayudante, o asistente, del dictador. A su boda, en San Jerónimo el Real, asistieron Carmen Polo, Ramón Serrano Suñer, Girón de Velasco.  El mío era cantero, albañil, portero y se casó en el pueblo por el mismo tiempo que el tuyo, por lo cual, siendo tú y yo primogénitos, nacimos año arriba o abajo.

Mi padre murió, como el tuyo, a principios de los 80. Tú has realizado la carrera de derecho y te has desenvuelto como profesor, europarlamentario, secretario de Estado, ministro. Yo hice magisterio, que era la carrera de los hijos tontos de los ricos y los hijos listos de los pobres. Luego Geografía e Historia en la UNED y soy maestro del ministerio que hoy diriges.

Pasas por pertenecer a los sectores ultracatólicos del PP, junto a  los Trillo, Guindos, Báñez, Morenés, o Tocino. Amante de las obras de beneficencia. Yo ya no sé bien ni lo que soy. Si de alguna iglesia he de ser, elijo la de los pobres y de la liberación. También un poco socialista, comunista, libertario, republicano… un laberinto por el que he tenido que aprender a transitar, vaya. De esa amalgama que tus ancestros llamaban de la “cáscara amarga”. Tus formas son educadas, las mías no tanto, no siempre. Por lo demás, imagino que intentas ser feliz, a tu manera, como yo lo intento, a la mía.

Henos aquí, Iñigo, tú al frente del ministerio de mi oficio, en un momento en el que hay que redefinir la educación para los próximos treinta, o cuarenta, años. Eso que todos llamáis el Pacto Educativo, del que dependerá que tengamos, o no, en el futuro, una educación para la libertad y la igualdad que actúe como pilar de la democracia.

La crisis ha destrozado buena parte de los compromisos adquiridos durante la transición democrática. La corrupción ha hecho el resto, promoviendo cesiones de suelo, prebendas y ayudas para centros privados concertados, frecuentemente de ideología neoconservadora. Las prácticas neoliberales en lo económico, han producido  un uso y abuso de la educación entendida como negocio y adoctrinamiento. Por eso el Pacto no puede ser un trágala, una aceptación de los recortes y las desigualdades que se han apoderado del sistema educativo.

Tal vez suscribieras la máxima de Carl Schurz y seguro que los dos nos acogeríamos a la divisa de Chesterton. Yo, por mi parte, estoy dispuesto a adoptar la posición de Orwell y aparcar nuestras vidas tan diferentes, la tuya y la mía, portadoras de las vidas de los tuyos y los míos, si de lo que se trata es de hacer que quienes vienen detrás de nosotros, crezcan educados en libertad y en igualdad. Nada más, Iñigo, pero tampoco nada menos.

Dale una vuelta estas Navidades.

Hablé en un artículo anterior de la apropiación indebida del toro de Manuel Prieto (también conocido como toro de Osborne), por parte de la derecha nacional, con el objetivo de dar mayor esplendor y engalanar la bandera rojigualda. Paradójicamente resultó ser un toro diseñado por un republicano y comunista, en los tiempos de la dictadura del general Franco.
La mente se lanza a giros imprevistos y crea parejas inesperadas y, tras releer el artículo, me sorprendo pensando en la cantidad de veces que escucho, en boca de portavoces de la derecha, que trabajan por una España de “mujeres y hombres libres e iguales”.
La primera vez que lo escuché en una de esas bocas, fue en la de Esperanza Aguirre, precisamente al poco tiempo de que yo comenzara a escribir artículos en los que planteaba que crear generaciones de mujeres y hombre libres e iguales, debería ser el principio inspirador de cualquier acción política, al tiempo, denunciaba que ese objetivo de toda política había sido claramente descuidado, cuando no abandonado, por los neoliberales económicos y los neoconservadores políticos.
Claro que yo no me había inventado la expresión. Viene de la Revolución Francesa (libertad, igualdad, fraternidad). Figura también en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Literalmente dice que Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.
La Constitución Española, viene a formular los mismos principios. El artículo 14 afirma que Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión, o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.
Y ya antes, en el artículo 9 se indica que Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en los que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social.
Mujeres y hombres libres e iguales. Esa es la única cuestión a resolver en política. La verdad, debo confesarlo, es que la primera vez que lo leí, quien escribía era Juan Gómez Casas, un anarcosindicalista poco recordado, que fue dos veces Secretario de la CNT. Una en la clandestinidad (lo cual le valió años de cárcel) y otra en los primeros años de la democracia. Articulista, polemista, historiador. En uno de sus libros leí y me apropié de la idea para siempre, que la aspiración de aquellos anarquistas era forjar mujeres y hombres libres e iguales.
Nada que ver, no confundir nunca, a esos anarcosindicalistas con los “anarcoliberales” (así les gusta llamarse) que tomaron como musa, patrona y financiadora a Esperanza Aguirre, logrando así crear plataformas estables (tink tank, las llaman ahora) que les ha proyectado hacia medios de comunicación y cargos públicos sin cuento ni medida.
Hoy les veo dar muchas lecciones de libertad (y pocas de igualdad) en todo tipo de programas, como si fuera de un buen gusto tremendo aplicar el lema de ponga un anarcoliberal en su plató. Esos mismo programas que, cuando hablan de paro, empleo, salarios, no invitan a un sindicalista, ni por asomo, pero sí a uno de esos anarquistas de la propiedad privada, o anarcocapitalistas.
No podemos ser libres si no tenemos las mismas oportunidades y no podemos tenerlas si no ponemos en el mismo punto de partida a quienes nacen marcados por la desigualdad. Si algo ha demostrado 2017 es que esa brecha de la desigualdad ha aumentado de manera inexorable. Que los ricos de hoy son más ricos, que los pobres de hoy no son menos, ni son menos pobres, sino todo lo contrario.
Que el fracaso escolar y el abandono de los estudios no mejora. Que la atención sanitaria pierde intensidad por falta de efectivos. Que nuestros mayores mueren sin percibir la ayuda de atención a la dependencia solicitada, o se les deniega, o que se les reduce y recorta. Que nuestros servicios sociales se ven obligados a trabajar a demanda y no pueden hacerlo a oferta.
Me sorprendo leyendo la noticia de que los altos ejecutivos ganan hasta 347 veces más que sus trabajadores. Que sus sueldos suben aleatoriamente, en porcentajes desorbitados y sin que tengan que ver con los resultados de la empresa, mientras que los salarios de los trabajadores bajan, o crecen mínimamente y los pensionistas ven subidas en su pensión de un 0´25 por ciento, que ni compensan la pérdida de poder adquisitivo.
Comienza 2018 y la Real Academia de la Lengua acaba de incorporar a su diccionario términos como buenismo, postureo y posverdad. Palabras que deberíamos desterrar este año de la política, para comenzar a aplicar de forma serena, sensata y coherente, los principios de libertad, igualdad y solidaridad. Porque la libertad sin igualdad no existe y vicecersa.

La I Guerra mundial había trastocado el comercio mundial y la propia producción. La crisis económica que se desencadenó en España movió el descontento social y los sindicatos terminaron convocando Huelga General de 24 horas, el 18 de diciembre de 1916. Una Huelga General, cuyas exigencias básicas eran la lucha contra el paro y la subida de los salarios, que se habían deteriorado notablemente, provocando un empobrecimiento generalizado. Nada muy distinto de lo que mueve las huelgas generales en nuestro días.

La huelga fue un éxito, pero la respuesta del gobierno tampoco fue muy distinta a la que suelen dar en nuestros días. Nada de nada. Así que, allá por finales de marzo del 17, los sindicalistas publicaron un Manifiesto convocando una nueva Huelga General, esta vez indefinida. El conde de Romanones, Presidente del Gobierno liberal del momento, suspendió las garantías constitucionales y metió en la cárcel a los sindicalistas firmantes.

Ahí comenzaron a funcionar la división interna y el trasteo externo, que abrió un debate sobre el carácter revolucionario, o pacífico, de la huelga, o sobre el papel de los partidos políticos, en la misma. En este contexto se produce la convocatoria de la Asamblea de Parlamentarios en Barcelona, para exigir la reforma de la Constitución de 1876 y asistimos a la creación, por parte de militares descontentos, de las Juntas de Defensa.

Para colmo, el desencadenamiento de la Huelga de Ferroviarios de Valencia, que se extendió como huelga ferroviaria por toda España el 10 de agosto, precipitó los acontecimientos y la UGT se lanzó a la huelga general el 13 de agosto. Son muchos los que pensaron entonces y nadie lo ha desmentido fehacientemente hasta hoy, que todo obedeció a una maniobra del entonces gobierno del conservador Eduardo Dato, que prefirió afrontar una revuelta desordenada a enfrentarse a una convocatoria unitaria y bien  organizada.

Aún así, la huelga general incendió numerosos lugares de España. La CNT, pese a todo, la secundó. Los grandes sectores de la producción y los transportes y las grandes capitales económicas se vieron paralizadas. Pero, en esas condiciones de partida, la huelga fue sofocada en pocos días, dejando su reguero de muertos, detenidos y disturbios callejeros.

Pese a ello, la Huelga General del 17 es uno de los acontecimientos relevantes en la historia del siglo XX en España. Tal vez porque marcó un punto de inflexión en el conflicto social, tras el cual la monarquía perdió la confianza de la clase trabajadora.

En esta situación, Salvador Seguí llega a Madrid para explicar en círculos obreros y en el Ateneo de Madrid, la visión, la opinión y las propuestas de la clase obrera catalana. Y lo hace precedido por la fama sobre el papel que acaba de desempeñar en la reciente Huelga de la Canadiense.

La Compañía Eléctrica De Riegos y Fuerzas del Ebro, es conocida popularmente como La Canadiense, al haber sido comprada por el Canadian Bank of Commerce of Toronto. La huelga se inició a principios de febrero de 1919 en solidaridad con 8 despedidos en oficinas. Pronto toda la plantilla se declaraba en huelga y el conflicto se extiende al sector eléctrico y al textil.

La huelga paraliza los tranvías, los diarios, la distribución de aguas… La militarización decretada por el capitán general Milans del Bosch sólo consigue encarcelar en Montjuich a 3000 trabajadores. La huelga, casi general en Cataluña, se va extendiendo hacia Aragón, Valencia, Andalucía y la UGT amenzaza con solidarizarse con el conflicto. La declaración, a mediados de marzo, del estado de guerra y el control de los medios de comunicación, sirven de poco.

El final de la huelga se produce tras un acuerdo que supone la libertad de los presos, la readmisión de los despedidos, la jornada de ocho horas, aumento de salarios y pago de la mitad de los días perdidos en la huelga. Pero, previamente, los trabajadores deben aceptar el acuerdo, lo cual no será nada fácil. Es Salvador Seguí quien tiene que explicar el acuerdo y la necesidad de finalizar la huelga en un mitin ante 20.000 trabajadores en la plaza de toros de Las Arenas. Tras la intervención del Noi del Sucre, los asistentes deciden desconvocar la huelga.

La huelga de La Canadiense será recordada como un gran triunfo fe la clase trabajadora y modelo de organización del sindicalismo. De su capacidad de autodisciplina, que permitió el control de los desmanes que momentos tan complicados pueden generar y que condujo a a alcanzar los objetivos que se planteaban. Las personas son importantes y Salvador Seguí lo fue en aquellos días, poco antes de pronunciar su discurso en el Ateneo de Madrid y pocos años antes de caer abatido por los pistoleros de la patronal catalanista.

Ya estamos en 2018. Un año en el que parece, de entrada, que no habrá elecciones. No hay en el horizonte votaciones europeas, ni municipales, ni autonómicas, ni generales. Claro, todo eso suponiendo que lo de Cataluña se encauce por las vías constitucionales y que Rajoy no haga balance y recuento de probabilidades y saque la conclusión de que le trae cuenta adelantar las elecciones generales. No parece probable, aunque estas cosas de la política las carga el diablo.

Se me ocurre que los partidos políticos en el gobierno y la oposición, acá o allá, en Comunidades, Ayuntamientos, diputaciones o gobierno central, sin los nervios de la elaboración de candidaturas y las premuras del titular periodístico, podrían aplicarse a dar solución a esos problemas que la preocupación por ganar votos impide abordar.

Cuentan con empleados públicos excelentes que se ocupan del urbanismo y la vivienda, de la salud, la educación, los servicios sociales, la atención a las personas dependientes, el medio ambiente, de impartir justicia, perseguir la corrupción, proteger la seguridad ciudadana. Cuidan todas esas cosas que hacen que cada día se nos llene de vida, o que, por el contrario, nos sintamos desatendidos y alejados de aquellos a quienes elegimos para velar por el bien común.

Pero estos empleados públicos se encuentran muy mermados en sus efectivos tras la crisis, con medios y recursos cada vez más escasos. Lo notan nuestros mayores y quienes necesitan de la sanidad pública. Lo notamos en el fracaso escolar y en el abandono temprano de los estudios. Hasta en la limpieza de las calles lo notamos. Nuestros servidores públicos se ven obligados a trabajar a demanda, sin poder planificar una oferta, en función de las necesidades de las personas.

Sin convocatorias electorales en el horizonte, sería bueno que 2018 se convirtiera en un año de buena, decente y necesaria gestión de las políticas públicas, situando a las personas por delante de los intereses partidarios, electorales, o de los siempre poderosos grupos de presión.

5 Ene, 2018

Feliz Año a Nosotros

 

 

Nosotros con nuestro errático lenguaje

nosotros con nuestros acentos incorregibles.

John Berger

 

 

Es tiempo de felicitar el nuevo año y las fiestas, familiares y de las otras. Vuelven las cenas de empresa y cuentan que algunos que trabajan han recibido esas cestas de Navidad que la crisis había puesto en suspenso. Reaparecen las cenas de beneficencia, con obispos y autoridades. Se repiten las colectas y se publicitan las obras de caridad. Regresan los que se fueron de casa y se acumulan los recuerdos, la nostalgia, la pesadumbre, por los que ya no están, pero continúan y se prolongan en nosotros. Un año, como todos, repleto de fechas cargadas de significado.

Es tiempo, sobre todo, de felicitar el año a Nosotros. Durante muchos años, en estos días, he felicitado a los Otros. He enviado cientos de correos electrónicos, más o menos originales. He utilizado las redes sociales para difundir entre miles de amigos virtuales y seguidores internautas, mis mejores deseos. Pero este año sólo tengo ganas de desearos felicidad a Nosotros.

Nosotros, aquellos que sobrevivimos en el extremo de finas ramas genealógicas, que se pierden en el tiempo, en busca de  unas raíces ignotas, carentes de apellidos, de estirpe, linaje y abolengo. Nosotros, que somos los Nadies, los que fuimos y seremos.

Los que hace 120 años, en el 98, volvimos vivos de las guerras imperiales de los otros, o no volvimos y dejamos la vida en uno de aquellos manglares y luego, por su obsesión de seguir siendo Imperio, nos mandaron a las escarpadas laderas del Atlas a morir en barrancos infames.

Años más tarde, mientras nos embarcaban en el puerto de Barcelona, tiramos al mar las medallitas que las señoras de la alta sociedad nos entregaban para protegernos de las balas que defendían las cabilas. Y luego fuimos aplastados en las calles, encarcelados, fusilados y devueltos a los barcos, como ganado, mientras aquellas señoras tomaban café con sus hijos, a los que habían pagado el derecho de no ir a Marruecos.

Nosotros que conocimos a los diez  condenados en el Proceso 1001, con Marcelino a la cabeza (cumpliría ahora 100 años); vimos a Saramago y a Sampedro, en el campamento de la Esperanza; abrazamos a los sobrevivientes de la Matanza de Atocha; al poeta Marcos Ana. Los reconocimos en vida, los acompañamos en su último viaje, los mantenemos vivos en nuestra memoria y los honramos con nuestros actos.

Aquellos que leímos poco más que el Manifiesto Comunista de un tal Carlos Marx, que este año cumplirá 200 años desde que naciera en Tréveris, en la ribera del Mosela. Cuantos creímos que nuestra emancipación era posible y veríamos una sociedad sin clases. Tomamos nota de sus debates con Bakunin y aprendimos la lección de que socialismo sin libertad no es lo uno ni lo otro. Ni chicha ni limoná.

Nosotros, que bajamos de los trenes, o de destartaladas furgonetas, con viejas maletas de cuero, en las grandes ciudades de España, de Europa, de América. Exiliados económicos, emigrantes políticos, o era al contrario, qué más da. Desterrados siempre. Los mismos que vinimos en viejos automóviles, en pateras sin mar, o perdidas en mitad de la nada mediterránea.

Nosotros, que vivíamos en la gris, cuando no negra, España el día que los tanques aplastaron la primavera de Praga, Nos llenamos de ilusiones por un mes de mayo que sucedió en París y nos dolió que aquellas esperanzas se difuminaran, igual que antes lo habían hecho en Berlín. Como luego nos ilusionaron Allende en Chile y los claveles en Lisboa y nos dolieron Pinochet y Videla y los golpes teledirigidos de los Estados Unidos en su patio trasero de América Latina.

Nosotros, que pese a todos los vientos en contra, a la sangre derramada, a la tortura todavía impune de quienes han sido luego condecorados,  mantuvimos vivas las ansias de libertad y empujamos la historia y tiramos del carro hasta traer una Constitución que cumplirá 40 años. Los que velaremos por mejorarla. Los que impediremos que acaben con ella, o la degraden, o la empeoren.

Nosotros, los costaleros de la democracia, que hartos de la sevicia de unos políticos narcisistas, sólo atentos a su permanencia en el poder (no muy distintos a los actuales en sus modos y maneras), forjamos la unidad y un 14 de diciembre de hace 30 años nos lanzamos a la primera gran huelga general de la democracia.

Nosotros que pagamos cada una de sus fiestas, cada crisis, cada guerra, cada desastre, cada recorte y hasta sus corrupciones y corruptelas. Nosotros, que mostramos la alegría con una risa más compleja que las lágrimas, porque aprendimos a reír con el hambre, a llorar de alegría, a desayunar nuestras penas.

Tenemos este año mucho que recordar. Recuerdos que los Otros no podrán nunca tener, que ni tan siquiera creerían, si alguna vez nos escuchasen. Recuerdos que nos ayudan a proseguir el viaje. Porque nosotros viajamos por la vida con nuestra insoportable levedad a cuestas, mientras ellos devoran a conciencia la vida, con todo cuanto habita en ella dentro y en lugar de viajar hacen turismo.

Como diría John Berger, sin condescencencia mezquina alguna, Nosotros, Transportamos poesía/ como los trenes de mercancías del mundo/ transportan ganado.

Por todo eso Feliz 2018 a Nosotras y Nosotros.

Toda obra de arte que se expone,debe ser juzgada bien o mal,por lo que tenga de buena o de malay sólo a ella le corresponde su defensa.

Manuel Prieto

Es tal la mezcolanza y mestizaje que impera en los países mediterráneos como Grecia, Italia, o España, que sería muy difícil implantar en ellos una ideología asentada en la pureza racial y en un pensamiento único. En eso somos absolutamente democráticos, en nuestro reto de integrar y hacer convivir la diversidad de culturas y la pluralidad de las ideas.

Viene todo esto a cuento de la utilización frecuente de banderas de España con el famoso toro de Osborne. Pareciera que portar bandera con torito, en lugar de la bandera constitucional, otorgara un plus de pureza racial, de autenticidad ideológica y rancio abolengo españolista, cuya máxima expresión se encontraría en el famoso “A por ellos, ”, que entronca con otros gritos guerreros como el famoso Aur, aur, desperta ferro y hasta con el no menos conocido Santiago y cierra España.

Pocos conocen, sin embargo, que el toro de Osborne es obra de Manuel Prieto, un reconocido pintor, muy apreciado por sus carteles, al que me atrevería a comparar, en nuestra posguerra, al Toulouse-Lautrec de finales del siglo XIX. Lo peculiar del asunto es que Manuel Prieto era un conocido republicano, miembro del Partido Comunista.

Buena parte de los carteles de la Milicia Popular, el Quinto Regimiento, las ilustraciones de los diarios republicanos Altavoz del Pueblo y El Sol, durante la Guerra Civil son obra suya, llegando a ocuparse de la dirección artística del periódico editado para las tropas del V Cuerpo del Ejército Republicano.

Tras la guerra, Manuel, gaditano y porteño en Madrid, es condecorado con un documento que acreditaba su condición de prisionero de guerra, clave E. Sobrevivió en las colas del Auxilio Social, donde conseguía una lata de sardinas, una cacerola de rancho, hasta que logra algunos trabajos ocasionales y puntuales. Los amigos republicanos poco podían ayudar y los antiguos amigos, vencedores franquistas, nunca sabía si acabarían denunciándole.

Así sobrevivió hasta que la Cámara de Comercio Alemana, ya comenzada la Guerra Mundial y pese a las denuncias de algún franquista envidioso, comenzó a encargarle algunos trabajos. Más tarde, sería la Embajada Americana la que le ofreció un contrato con sueldo, del que fue despedido cuando Truman llegó a la Presidencia y comenzó un programa de recortes y reducción de gastos.

Al final, fue una empresa de publicidad la que terminó ofreciéndole trabajo, Publicidad Azor, donde ocupó durante muchos años el puesto de Director Artístico. Es allí donde, en 1954, recibe el encargo de diseñar la valla publicitaria que Osborne quiere colocar en las carreteras españolas. Un diseño, por cierto, que no gustó demasiado a los clientes, pero que termina convirtiéndose en imagen de España. El toro es la mejor valla publicitaria que existe, el acierto más pleno de todos los tiempos, en lo que se refiere a publicidad exterior, afirma el barcelonés Luis Bassets.

Diseña portadas de libros para Novelas y Cuentos, carteles de teatro, ferias populares y festejos taurinos, anuncios de productos de todo tipo, bocetos, pinturas. Colabora con la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre como escultor de medallas. Gana premios, concursos, galardones, en decenas de certámenes.

Tuvo Manuel que cambiar de trabajo, a principios de los sesenta, en una de esas mutaciones generacionales que hacen que los mayores de 45, aun siendo portadores de un buen oficio,  sean sustituidos por jóvenes de 20, pero “con gran experiencia”. Sin embargo no se resigna y se convierte en escultor de medallas.

Esta es la poco reconocida andadura personal de un artista español, republicano y comunista, autor de un toro que, en palabras de Andrés Aberasturi “fue de Osborne y ahora es patrimonio de todos nosotros y ejemplo de diseño y publicidad en museos”. Desde el MoMa de Nueva York, al Museo Nacional de Varsovia.

Curiosas historias que te encuentras por el camino. Muestra inesperada de la vitalidad del esperpento en nuestra tierra. Demostración de que seguimos siendo más ricos y valemos mucho más como proyecto de convivencia que como realidad inmutable apresada en el tiempo.

Ya lo dejó claro Manuel Prieto cuando afirmaba que el boceto es siempre superior a la obra terminada y se teme que se conozca y se comparen, pero en el boceto está esa idea que ha pasado por la mente, que se ha agarrado al vuelo, ahí está la vida, lo más fresco de una obra de arte.

Debo reconocer que, hastiado de tanto debate sobre Cataluña, he dejado de escribir sobre el tema durante semanas, con la secreta esperanza de que no alimentar la confrontación entre las fuerzas en conflicto, podía contribuir a que la reflexión serena, apaciguase los ánimos. Ya se han celebrado las elecciones catalanas y la espiral ha vuelto a situarnos en lo que algunos han denominado la vuelta a la casilla de salida, aunque esos retornos nunca nos conducen exactamente al mismo punto de partida, ni en las mismas condiciones.

Creo que ya os he contado que unos amigos me invitaron, no hace mucho, a pronunciar una intervención, no querían excesivamente larga, sobre la izquierda, en un acto público convocado en el Ateneo de Madrid. Acepté porque creo que es necesario extender, hasta que cale, un mensaje que convoque a la unidad de la izquierda sensata y serena, en defensa de la libertad, la igualdad y la solidaridad.

Además, ocurre que el Salón de Actos del Ateneo, me resulta un espacio irresistible. Siempre me sorprendo considerando la cantidad de oradores que han pronunciado, en ese mismo espacio, sus discursos, invitados por los miembros del Ateneo, que procuraban escuchar todas las voces provenientes de los más distintos lugares de las Españas, de los más diversos rincones del planeta y de las más variadas posiciones ideológicas y políticas.

Hace casi 99 años, en octubre de 1919, le tocó el turno a Salvador Seguí, el Secretario General de la CNT en Cataluña, donde el sindicato anarcosindicalista era la fuerza abrumadoramente mayoritaria. Estaba viajando por toda España para explicar qué opinaba su organización sobre la situación que se vivía en Cataluña, tras la Huelga General de 1917 y la huelga de la Canadiense, convocada ese mismo año, y su relación con los problemas de la clase trabajadora en el resto del Estado. Habló sobre el papel de los trabajadores catalanes en una coyuntura histórica muy complicada.

Los tiempos cambian, pero en este país somos expertos en vivir un eterno retorno, una interminable sucesión de vueltas y revueltas a la casilla de salida, porque nunca terminamos de leer cada página de nuestra historia antes de pasarla, lo cual nos obliga a repetir las mismas historias, siempre inconclusas. Ya dijo un político conservador, hace más de un siglo, que España aburre a la Historia.

Conviene, así pues, explicar un poco el contexto histórico en el que pronuncia su conferencia el Noi del Sucre (el chico del azúcar), que así era como llamaban a Seguí por Cataluña. En 1914, el mismo año en que estallaba la Primera Guerra Mundial, la Liga Regionalista (fruto de la fusión del Centre Nacional Català y de Unió Regionalista), liderada por Prat de la Riba, obtenía del Presidente Eduardo Dato una Mancomunidad de Cataluña.

Se trataba de una forma de autonomía basada en la cesión de competencias de las Diputaciones provinciales, que permitía la gestión unificada de los recursos, aunque carecía de capacidad legislativa. Francesc Cambó, sucesor de Prat de la Riba desde 1917, alentado tal vez por su presencia en un gobierno de España, que pretendía impulsar reformas federalistas, dirigió la redacción de un proyecto de Estatuto para Cataluña, que fue aprobado a principios de 1919 por los parlamentarios catalanes y por la Mancomunidad.

Pero para cuando llegó el momento las cosas habían cambiado, Cambó había salido del gobierno y las revueltas sociales, como la huelga de la Canadiense, habían hecho saltar todas las alertas y miedos ancestrales de las clases altas y la propia burguesía catalana, con respecto a las reivindicaciones de la clase trabajadora. Las Cortes, bajo un nuevo gobierno, terminaron rechazando el proyecto de Estatuto, hasta mejor ocasión.

En el camino, las organizaciones sindicales mayoritarias habían firmado en julio de 1916 el Pacto de Zaragoza, constituyendo un Comité Conjunto integrado por dirigentes como Julián Besteiro, o Francisco Largo Caballero, por UGT y Angel Pestaña y Salvador Seguí, por la CNT, con el objetivo de preparar una huelga general que exigiera soluciones para los problemas derivados de la crisis generada por la I Guerra Mundial.

El conflicto político decretado por el nacionalismo burgués estaba siendo desbancado por los objetivos de una clase trabajadora emergente, cuyas condiciones de vida y trabajo pasaban a primer plano. Algo distinto al momento presente, en el que parece que el imaginario de las pasiones nacionalistas han desbancado al conflicto social.

Vivimos bajo la égida de un gobierno tan acostumbrado a ganar que no se resigna a perder, ni a gobernar desde el diálogo, ni tan siquiera lo contempla como escenario, aunque para ello tenga que torcer los caminos, dilatar indefinidamente, o acelerar, alternativamente, los tiempos, o incumplir sentencias, interpretarlas torticeramente, o embridarlas hasta que terminen por no decir lo que decían.

Mariano, que pasará a la historia con minúsculas como el Indolente, se ha convertido en un maestro en estas lides. Hasta las gracias de sus plasmas, sus andares, sus bailes y sus lapsus verbales, parecen formar parte de este plan premeditado, cuyo último epígrafe consiste en “hacerse el bobo”. Y que nadie entienda esto último en demérito del ufano Presidente, dados los jugosos réditos electorales que le producen.

Alumna meritoria de esta exitosa escuela política parece ser la ministra de Empleo, Fátima Báñez, quien, tras haber puesto en marcha una reforma de la Formación Profesional para el Empleo (FPE), que ha destrozado el preexistente (e indudablemente mejorable) sistema español de formación permanente de los trabajadores y trabajadoras, sin sustituirlo por otra cosa que no sea la mera improvisación, la chapuza, el clientelismo y la persistencia de los males anteriores.

Para empezar, la convocatoria de subvenciones del Plan de FPE para el año 2014, terminó siendo anulada por la Audiencia Nacional, por ser “disconforme” con el ordenamiento jurídico, al privar a los empresarios y a los representantes de los trabajadores y trabajadoras de su derecho a la participación en los informes sobre las propuestas de subvenciones. Es decir, no poder conocer, ni informar las propuestas de subvención. Con la disculpa de no ser jueces y parte, ahora no son ni lo uno ni lo otro.

En el año 2015, para empeorar las cosas, no se convocaron subvenciones, lo cual no significa que no se ejecutasen las partidas asignadas a la Comunidades Autónoma, especialmente para formación de personas desempleadas, o los fondos dedicados a formación bonificada por parte de las empresas, aunque se ha notado un menor interés de las mismas por embarcarse en una maraña reguladora que, en muchas ocasiones, obliga a devoluciones de cantidades y complejos procesos administrativos. Son los fondos gestionados directamente por el Servicio Estatal Público de Empleo (SEPE), los que dejaron de ejecutarse.

Las estimaciones de fondos aprobados y no ejecutados, procedentes de las cuotas de formación, que ingresamos en la Seguridad Social quienes trabajamos y las propias empresas,  alcanzan ya casi 1.100 millones de euros, que no se han reanualizado, ni han sido reutilizados en sucesivos presupuestos, según estimaciones de CCOO.

En cuanto a la convocatoria de subvenciones para 2016, lo más triste es que fue publicada, de nuevo, sin acuerdo con quienes, según la ley, son los protagonistas del sistema y beneficiarios de mismo: las empresas que necesitan cubrir necesidades formativas y los trabajadores que necesitan de la formación para encontrar empleo, para consolidarse en el mismo, para promocionar, o para encontrar un empleo más satisfactorio. Para las empresas, la formación es una necesidad, para quienes trabajamos es también una necesidad y, además, un derecho individual y personal.

Así las cosas, las organizaciones empresariales y sindicales volvieron a recurrir la convocatoria ante los tribunales y son esos tribunales los que, de nuevo, se pronuncian duramente contra las decisiones del Gobierno. La libre concurrencia que propugna el gobierno, no puede entrar en contradicción con la participación empresarial y sindical en el gobierno del sistema. La convocatoria no contó, por ejemplo, con el informe preceptivo de la Comisión estatal de FPE, en la que están presentes la Administración de Empleo, los agentes económicos y sociales y las Comunidades Autónomas.

Tampoco el gobierno ha corregido la expulsión de organizaciones sindicales y empresariales de las comisiones (llamadas órgano colegiado) donde se informa (aunque no se decide) sobre las solicitudes que se han presentado a la convocatoria. Es precisamente esta reiterada exclusión, la que ha motivado que los tribunales vuelvan a condenar al gobierno por exclusión de los agentes sociales del órgano colegiado establecido por la convocatoria 2016, como ocurría en la anterior sentencia.

La ley es muy clara, reconocen los Tribunales de Justicia. Los empresarios y los sindicatos tienen que participar en la planificación y aprobación de las acciones formativas, así como en su concreción y control de su ejecución y en la evaluación de la adecuación a la normativa, la eficacia y la eficiencia en el cumplimiento de los fines. Algo que ha obviado claramente un gobierno que prefiere actuar sin testigos.

Los Tribunales van más allá, indicando al gobierno que el hecho de poder hacer una norma que establezca la composición de los órganos colegiados no le permite actuar de manera arbitraria. No se puede incluir, o excluir, caprichosamente, a los interlocutores sociales, del órgano colegiado que informa las propuestas de subvención. Una decisión que los jueces estiman no tiene justificación alguna y además perturbadora. Para colmo y, dando un zasca final al ministerio de Empleo, califican su actuación como “desviación de poder”, entroncada con el abuso de derecho, al actuar de manera espuria y sin justificación alguna.

Y me pregunto, llegados a estos extremos, que si el gobierno es competente para exigir el cumplimiento de leyes y sentencias, no es posible que al mismo tiempo ese mismo gobierno tenga bula para incumplir leyes, e inaplicar sentencias, de forma reiterada. Nadie debería olvidar que la función de un gobernante es cumplir y hacer cumplir las leyes. Los votos electorales no habilitan para hacer cosa distinta. Conseguir victorias pírricas aplicando el filibusterismo y la patente de corso con las leyes y las sentencias, no puede conducir a otro sitio que a una derrota final, no de Rajoy, sino de la Formación Profesional para el Empleo en este país.

Estoy cansada de no saber dónde morirme. Esa es la mayor tristeza del emigrado. ¿Qué tenemos que ver nosotros con los cementerios de los países donde vivimos?

María Teresa León

 

Hay quien dice que las redes sociales están sustituyendo a los medios de comunicación como fuente de información habitual. Sin embargo, la mayoría de esas informaciones en las redes nos remiten a medios de comunicación convencionales, con los cuales nos enlazan para leer la noticia detenidamente.

En otros casos, sin embargo, a través de esas redes nos enteramos de cosas que no merecen tratamiento, o como mucho un tratamiento muy escueto en las páginas de los periódicos, las radios, o los informativos televisivos. Así me ha ocurrido, cuando un amigo cuelga, en una de esas redes, un fragmento de  poema de Rafael  Alberti y recuerda que nació en el Puerto de Santa María en 1902, hace 115 años.

Me encanta que alguien conocido, o no, amigo o enemigo, me saque de la rutinaria sucesión de acontecimientos a los que me veo obligado a prestar atención a lo largo del día. Y éste es un acontecimiento de los que caen en mitad de la laguna de la memoria y crea ondas superficiales y hacia el interior.

No da para menos ese porteño, por nacer en el Puerto y por haber pasado aún más tiempo de su vida, 23 años, en Buenos Aires, donde nació su hija Aitana. Allí es donde Alberti veía venir volando un mapa de España que las nubes traían hasta el Paraná. Qué fuentes de inspiración no bebería Alberti en el Rio de la Plata, qué sonidos no escucharía, qué luminosos colores no llenarían sus ojos, qué olores, qué caricias. Hay quien pensará qué maravillosa la vida de este Alberti que luego terminó siendo romano.

Y es, en parte, verdad. Cómo negarlo. La riqueza de los versos de Alberti se nutre de Baladas del Paraná, de la Punta del Este, de los peligros que acechan al caminante en Roma, o de las canciones del Alto Valle de Aniene. Sin embargo, el precio pagado por cualquier emigrante forzoso, por razones económicas, políticas, o de otro tipo, por cualquier exiliado, es siempre demasiado alto.

Basta escuchar a la mujer que le acompañó durante todos estos años de exilio, María Teresa León, Nosotros hemos ido perdiendo siempre nuestras eternidades, dejándolas atrás a lo largo de nuestra vida, siempre con los zapatos puestos para echarnos a andar.

Desde la lejanía de sus eternidades perdidas y la dentellada de sus soledades, a orillas del Paraná o, ya más cerca de España, en su casa del Trastévere, cerca del Tíber, María Teresa, (cuya obra sigue siendo la gran desconocida de la Generación del 27, sin que casi nadie haga gran cosa por recuperarla), vuelve a decirnos que memoria del exilio es la de quien dejó atrás la destrucción de la guerra como la única patria, el último paraíso desolador tras la muerte de las ilusiones y las esperanzas.

¿No comprendéis? Nosotros somos aquellos que miraron sus pensamientos uno por uno durante treinta años. Durante treinta años suspiramos por nuestro paraiso perdido, un paraíso nuestro, único, especial. Un paraíso de casas rotas y techos desplomados. Un paraíso de calles desiertas, de muertos sin enterrar. Un paraíso de muros derruidos, de torres caídas y campos devastados (…) Podéis quedaros con todo lo que pusisteis encima. Nosotros somos los desterrados de España (…) Dejadnos las ruinas. Debemos comenzar desde las ruinas. Llegaremos.

María Teresa descansa en el cementerio de Majadahonda, tras su duro combate contra el Alzheimer, sin que pudiera concluir su Memoria de la Melancolía. Las cenizas de Rafael, marinero en tierra, navegan por fin en la bahía de Cádiz.

Agradezco a ese conocido que me haya traído por las nubes un recuerdo de España. La memoria del exilio de allende y del exilio interior, que me ha permitido reconstruir viejos y nuevos recuerdos, aunque me hagan sentir el tonto de Rafael, en una patria madrastra que vive una amnesia premeditada, una conjura del olvido, una demencia sin edad, que no parece enfermedad, sino proyecto de país.

20 Dic, 2017

Famélica Legión

En voz baja indícanos donde están

los cazadores de tormentas

Javier García Cellino

 

Famélica Legión es el título del poemario que ha escrito el asturiano Javier García Cellino, en la editorial El Sastre de Apollinaire. Un título que se inspira en la letra de un himno, La Internacional, en su versión en castellano, en las diferentes variantes del comunismo. Esa letra que compuso en francés el militante obrero Eugène Pottier, después de haber participado en la Revolución de 1848 y en la Comuna de París, en 1871. Debout! les damnés de la terre! / Debout! les forçats de la faim!

De la misma forma que les damnés de la terre son traducidos como los pobres del mundo, en las versiones socialista y anarquista y como parias de la tierra, en la comunista, los forçats de la faim, son traducidos por los primeros como esclavos sin pan, mientras que los segundos prefieren hablar de famélica legión.

En cualquier caso, todos ellos vienen a hablar de lo que Franz Fanon denominaba Condenados de la Tierra y Eduardo Galeano Los Nadies; aquellos a los que Paulo Freire dedicó su Pedagogía de los Oprimidos, o los que constituían la iglesia de los pobres en la Teología de la Liberación; el proletariado y el subproletariado de Carlos Marx, de cuyo nacimiento, por cierto, estamos a punto de conmemorar el bicentenario.

De ellos habla Javier García Cellino en su poemario. Un Javier con el que me siento identificado y del que me siento deudor desde que le conocí en Oviedo, allá por 1997, cuando la Asociación Voces del Chamamé, que él presidía, me concedió su premio de narrativa, por un cuento titulado La Academia Club Social.

Javier acababa de ganar el Premio Leonor, en Soria, con un hermoso poemario titulado Disposición de la Materia y tres años antes había ganado el Gerardo Diego, en Santander, con el poemario La cuidad deshabitada. Después ganaría el Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez con su Sonata para un abecedario. Más tarde se adentró en la novela, sin abandonar la poesía, género en el que también ha conseguido varios premios.

La naturaleza de mi deuda con él estriba en que, si una vez me animé a escribir un poemario como La Tierra de los Nadie, se lo debo a la envidia y los celos que despertaron en mí sus poemas. Se notaba que no eran poemas escritos de un tirón y dejados a su suerte, sino reposados, pulidos, reescritos, repensados. Encontré en su poesía, como en la de Cardenal, o en la de Gil de Biedma, lo mismo que busqué en la narrativa de García Márquez, Aldecoa, o Cortázar. Una manera de escribir, interpretando una realidad casi siempre incomprensible, a menudo indignante y por momentos mágica.

En cuanto a aquello en lo que me identifico con Cellino, comienza con su voluntad de escribir, siguiendo a Walter Benjamin, con el propósito de “captar el cuadro de la historia en las más insignificantes apariencias de la realidad, en sus escorias, por decirlo así”. Tal vez por eso, anuncia el autor, Famélica Legión se vertebra en torno a un puñado de cuadros de artistas que, en las formas y en el fondo, se han preocupado de la ética, aunque por ello hayan tenido que pagar el alto precio de “una actitud marginal que se ha traducido en un desgarramiento interior y en una exclusión del entorno social”.

Me identifico con él cuando afirma que la escritura le protege. “Es un mecanismo que me transforma y me sirve para enfrentarme a esta ciénaga de corrupción”. O cuando proclama, hablando de su tierra asturiana, que “nuestro futuro es negro, triste y lleno de nubarrones. Aquí tenemos un gobierno mediocre, con todo lo que significa”.

He leído cada poema mirando antes el cuadro que lo inspira y comprobando, después, que la lectura había transformado mi mirada y al propio cuadro. Hacerlo con El Joven Mendigo de Murillo; Las Espigadoras, o El Angelus, de Millet; La nevada, de Goya; El bosque sexual de Lorca; El pájaro migratorio de Miró; La Gioconda de Leonardo; o los grabados y pinturas de los torturados en las paredes de la cárcel de Abú Grahib. Hacerlo sin prisa, obra a obra, dejando tiempo entre cada poema, nos permite el redescubrimiento del artista y de su obra.

Lo dicho, Javier García Cellino me suscita envidia, sana, o insana, qué más da, si es una envidia que me llena de ideas, de ganas de escribir, de necesidad de seguir buscando, en la tierra de los Nadie, las huellas de sus pobladores, y adentrarme en los caminos de su Famélica Legión.

Van ya tres artículos desde que me pidieron que escribiera alguno de vez en cuando y hablase de temas de actualidad política. Mira que hay temas de alta política, en estos momentos, al galope libre por España.  Sin embargo, en la primera ocasión, se me cruzó por medio el Día de la Infancia y, en la segunda, lo que se me atravesó en el camino es el recibo de la luz y del gas.

Ahora lo que me ha pillado por sorpresa, a través de una noticia radiofónica, es el bono social del Canal que, al parecer, es un descuento que reduce a la mitad el  recibo del agua si eres perceptor de la Renta Mínima de Integración, si tu familia es numerosa, vives en un hogar con mucha gente, si cobras una Pensión No Contributiva, o vives en riesgo de exclusión social, acreditado por la trabajadora social, por ejemplo.

Bueno, pues parece que de los casi 40.600 bonos sociales que se han concedido a lo largo de 2017, poco más de 8.200 son para hogares en exclusión social. Con los datos cerrados de 2016, llama la atención que, de los más de 30.000 hogares que percibieron la Renta Mínima, sólo 1.192 se acogieron al bono social del agua, es decir el 4 por ciento. O que, de las más de 40.000 personas con pensión no contributiva, con derecho al bono, ni una sola lo solicitase.

Dicen desde el Gobierno que ellos han difundido 2500 carteles y 30.000 folletos entre los cerca de 90 centros de servicios sociales de la Región y casi 90 organizaciones sociales. Y que cuentan con un equipo de cuatro trabajadores sociales que se reúnen con esos centros, con esas organizaciones y con el Canal de Isabel II. Dice la oposición que los carteles y folletos en los centros, o las campañas en redes sociales, parece que sirven de poco.

Sea como fuere, algo no ha funcionado, porque cuando se crea un bono social del agua, para atender esencialmente a personas que viven la exclusión social y esas personas no se enteran, ni tan siquiera lo piden, a lo mejor hay que buscar soluciones para que el derecho sea real y efectivo. Saber buscar estas soluciones es política, actualidad política, alta política.

20 Dic, 2017

Las criadas españolas

 

Estas criadas son unos monstruos,

como nosotros mismos cuando soñamos.

Jean Genet

 

Escribí un artículo sobre el acoso que han sufrido numerosas actrices para conseguir un papel, o para mantenerse a flote en la profesión. Algunos escándalos desencadenados en el mundo del cine estadounidense han animado a bastantes actrices españolas a salir al escenario de los medios para denunciar que no muy distinta ha sido (y es) su situación en España. Gesto valiente y necesario.

Recientemente he podido ver en las redes sociales una breve grabación de una mujer de 94 años, la Tía Julia, subida a las redes sociales por su sobrina, en la que nos cuenta “una anécdota que ejemplifica lo asumido que estaba, incluso por la familia, que los “señoritos” se propasasen con las criadas”.  Esas criadas formaba parte del “cuerpo de casa” que atendía a las familias de la alta sociedad franquista, básicamente las mismas familias que componen hoy la alta sociedad de nuestro país.

Estos días se ha representado, en Madrid, Las Criadas de Jean Genet, bajo la dirección de Ana Carrasco. La obra fue estrenada en París en 1947 y refleja las confusas relaciones de odio, tensión y fascinación de dos criadas, Solange y Claire, con su señora, a la que intentan asesinar.

Es una obra  clásica que se pone en escena con frecuencia en España y en América. Un reto en el que se han embarcado actrices consagradas, como Aitana Sánchez Gijón y Emma Suárez, Nuria Espert y Julieta Serrano, junto a Mayrata O´Wisiedo, o una Ana Morgade que no era tan conocida como hoy, cuando se enfrentó papel de Solange.

Algunos actores se han arriesgado a meterse en el papel de criadas y señora (así parece que lo imaginaba Genet, para impresionar y escandalizar aún más al público), igual que otros actores se han atrevido con la Celestina, o con Bernarda Alba.

En esta ocasión, la versión de Las Criadas está interpretada por la propia Ana Carrasco, junto a Ainhoa Pareja y Marta Maestro y aporta como novedad que las criadas no se encuentran en una casa de la alta burguesía francesa. Viven en la España franquista de 1954 y se llaman Clara y Sara. A lo largo de la obra, como regresando de un pasado sórdido, la voz de otra Sara, la abuela de la directora, que fue criada desde la infancia, deja un reguero de memoria que alcanza al presente.

Las Criadas pueden convertirse en un ejercicio teatral necesario para cualquier actriz, o cualquier director o directora, o en una pesadilla y su más sonoro fracaso. Porque, pese a la minuciosidad con la que Genet describe cada escena, el resultado depende de la credibilidad y autenticidad que las criadas-actrices sean capaces de transmitir y de la atmósfera opresiva y agobiante que sean capaces de crear.

Quien asiste a cualquiera de las representaciones de Las Criadas puede salir valorando, positiva, o negativamente, la labor de dirección y el trabajo de las actrices, la puesta en escena. Pero lo que presumo que Genet pretendía y lo que cualquier director o directora y sus actores ambicionan al final de este laberinto, es la conmoción del silencio sobrecogido que se produce antes de irrumpir en un aplauso, al tiempo consciente y emocionado.

No es para menos esta historia de dos mujeres, dos hermanas, que se debaten entre la resignación y el asesinato que puede hacerlas libres. Entre la opresión de unas vidas miserables y el deseo de ser, ellas mismas, la señora. Entre la aceptación de una realidad que las aplasta y la única liberación posible en un mundo que funciona como campo de concentración: la destrucción en alguna de sus múltiples formas.

Da igual el nombre que tengas (Sara, Clara, Solange, Claire, o Julia) porque en ese mundo de Criadas no hay individualidades definidas, somos intercambiables en nuestro destino. El verdugo me mece. Me aclaman. Estoy pálida y voy a morir, dice Sara en el monólogo al final de la obra.

La grandeza de Las Criadas de Genet procede de ese remolino de ideas, sensaciones, sentimientos, que nos adentran en la dominación, la opresión, el poder, la violencia, la muerte. En cada representación descubrimos unas criadas distintas. La propuesta de Ana Carrasco es tremendamente sugerente porque sus criadas son parte de nosotras y nosotros. La memoria de las criadas españolas de los años 50 es parte de esa memoria que no podemos perder sin dejar de ser nosotros mismos.

Mi amigo Carmelo Plaza ha sido distinguido con el Reconocimiento en Prevención de Riesgos Laborales de la Comunidad de Madrid, instituido por primera vez este año. La entrega del reconocimiento se realizó el pasado 22 de noviembre, en el marco de la conmemoración del 20 aniversario del Instituto Regional de Salud y Seguridad en el Trabajo (IRSST) y con motivo de una Jornada sobre Buenas Prácticas en Prevención de Riesgos Ergonómicos.

La creación del IRSST fue fruto de esa cultura de diálogo social que se abrió camino en el conjunto del Estado como fruto de la Huelga General del 14-D de  1988. Los gobiernos, ya fuera en Ayuntamientos, Comunidades Autónomas, o a nivel Central, se dieron cuenta de que ganar unas elecciones y vertebrar la voluntad política de la ciudadanía, tal como establece el artículo 6 de la Constitución, no justificaba hacer sordina en torno al contenido del artículo 7, que considera a las organizaciones sindicales y empresariales como vertebradoras de los intereses de los colectivos a los que representan.

Tampoco legitima a los partidos políticos para prescindir del artículo 9, que establece que los poderes públicos deben gobernar asegurando la participación de la ciudadanía y de las organizaciones sociales en las que se organiza. Esta nueva concepción del gobierno desde el diálogo ha tenido muchas virtudes y algunos inconvenientes de los que hablaré en otro momento.

Entre las virtudes, se encuentra, en el caso de Madrid, la creación de instrumentos institucionales para asegurar la participación social, como el IRSST, el Consejo Económico y Social, el Instituto Madrileño de la Formación, el Ingreso Madrileño de Integración. Primero Joaquín Leguina y luego su sucesor en la presidencia de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, se mantuvieron fieles a esta forma de entender la política.

Luego llegó Esperanza Aguirre, como si de una guerrera bárbara se tratase, desmontando, o suprimiendo, uno por uno, estos instrumentos, con el argumento de ahorrar unos costes marginales que luego nos hemos enterado que eran sobradamente sobreutilizados en mamandurrias de sus gentes de absoluta confianza, como Granados, o Ignacio González, en operaciones como Lezo, ático, Púnica, Gürtel, y demás.

Sin embargo, de la quema se salvó el Instituto Regional de Seguridad y Salud en el Trabajo. Gentes como Carmelo Plaza han tenido mucho que ver en ello, trabajando, acertadamente, en los años más duros de la crisis y de los recortes aguirristas, en la búsqueda de consensos del gobierno, sindicatos y empresarios para mantener un Plan Regional de Prevención de Riesgos Laborales, que ha contribuido a que las condiciones de Seguridad y Salud en las empresas cumplan la Ley de Prevención, con la ayuda y colaboración imprescindible de instituciones como la inspección de trabajo  y la justicia.

Carmelo siempre tuvo muy claro, desde su responsabilidad como Secretario de Salud Laboral de CCOO de Madrid, que no quería dedicarse a contar accidentes, sino a prevenirlos. Que no quería dedicarse sólo a valorar estadísticas de accidentes laborales leves, graves, muy graves, o mortales, sino a acordar las medidas que asegurasen que cuanto puede ser previsto, cuente con las medidas de seguridad adecuadas. Que los accidentes no podían ocultar la lacra de las enfermedades profesionales, esas auténticas desconocidas, que ni aparecen en las estadísticas. ¿Te duele el hombro? ¡Cuidado con el carrito de la compra! Qué importa que seas cajera y realices miles de veces al día el mismo movimiento mecánico.

Creen los dirigentes que su gran trabajo mejora las cosas y contribuye al éxito de sus organizaciones. Yo, en esto, soy más de la opinión de Hammerstein, el general alemán que no se acostumbró nunca a convivir con un monstruo como Hitler. Creo que un dirigente tiene que saber otear el horizonte, visualizar el camino y sus riesgos, seleccionar bien a quienes van a ocuparse de organizar el viaje y depositar en ellos la confianza para que su libertad se ponga en movimiento a favor de un empeño común.

Carmelo Plaza aceptó, sin condiciones, ocuparse de la Secretaría de Salud Laboral de las CCOO de Madrid, allá por 2004 y ha mantenido el tipo durante trece años. Eran aquellos años muy duros, por el alto número de accidentes laborales y porque la crisis abierta en el sindicato con el cese de Rodolfo Benito (mi antecesor en el cargo de Secretario General) al frente de sus tareas en la Confederación de CCOO, había abierto un frente interno, que no tenía que comprometer el trabajo cotidiano en defensa de la clase trabajadora.

A lo largo de todos estos años ha mimado la cultura del diálogo, sin renunciar a los objetivos y los intereses de quienes dependían de su buen trabajo. Ha creado un buen equipo de sindicalistas comprometidos con la salud laboral en sus empresas. Le he visto defender sus posiciones frente a la patronal, frente a las administraciones, frente a las empresas y, en ocasiones, en el propio ámbito sindical.

Tal vez por eso la propuesta de que fuera él quien recibiera el primer reconocimiento de la Comunidad de Madrid a quienes han contribuido a difundir una cultura de la prevención y a incentivar soluciones para mejorar las condiciones de seguridad y salud y bienestar en el trabajo, ha contado con el apoyo de organizaciones sindicales y empresariales, el IRSST y la propia administración laboral de la Comunidad de Madrid.

Un merecido premio para un hombre que representa, como pocos, la firme decisión de unidad de la diversidad y hasta de la discrepancia (si no qué gracia tiene la unidad), la capacidad de elaborar propuestas sensatas, movilizar voluntades, negociar con rigor y firmeza y mantener el compromiso con los acuerdos alcanzados.

Un hombre que ha hecho mejores a cuantos hemos compartido trabajo con él y que ha realizado, con incansable responsabilidad, un trabajo del cual dependen la vida, la salud y las condiciones de trabajo de muchas personas en Madrid. Un hombre de las CCOO. De esos que convierten en amplias las alamedas por las que transitan.

8 Dic, 2017

Libreros de leyenda

He hablado en algunos artículos de los maestros. Maestros de escuela como Angel Llorca. Profesores de universidad que dedicaron sus mejores años a mejorar la enseñanza en España, como Francisco Giner de los Ríos. Educadores que lo fueron sin tener título, como Francisco Candel. La generación de los maestros que transformaros las escuelas durante ese jetztzeit que fueron los años 70, en una España que afrontaba la transición hacia la democracia.

Hoy quiero hablaros de otros maestros que abrieron puertas y nos enseñaron recónditos y olvidados caminos en aquellos tiempos aciagos: Los libreros. Podría referirme a míticas librerías madrileñas, como la Antonio Machado, o Fuentetaja, pero seguro que hay otros que las conocen mucho mejor que yo y desgranarían singulares aventuras, vividas en ellas, durante aquellos tiempos de libros prohibidos por la autoridad, recortados por los inquisitoriales censores, condenados por la iglesia, ilegales, clandestinos.

Tras un primer artículo sobre uno de los problemas políticos que considero más importantes en España, el de la infancia, voy a otro de los temas que me parecen más relevantes en estos momentos en este país: el de nuestros mayores. Pero prefiero ilustrarlo con un “caso práctico”, teniendo en cuenta que se ha puesto de moda aprender a base de “estudio de casos”.

Son muchas las viudas que perciben pensiones de viudedad en este país. Unos 2´3 millones de personas. Pondré el caso de una de esas viudas que percibe aproximadamente la pensión media de estas mujeres. Pongamos que esa pensión no llega a 650 euros.

La mujer ha recibido un recibo que asciende a 49´99 euros. Parece el precio de un producto en oferta, pero no lo es. Es su recibo del gas. Normalmente no es tan alto, pero este mes es el doble de lo habitual. Me lo enseña y compruebo que el coste del gas que la mujer ha consumido realmente no llega a 5´50 euros.

Todo lo demás parece mucho, pero viene muy bien explicado. Hay una cosa que llaman “término fijo”, imagino que porque fijo que te lo cobran y que se lleva más de 8´50 euros. Luego están el alquiler de contador y el impuesto especial de hidrocarburos que suman más de 5 euros más y el resto, más de 24´50 euros, responden a algo que se llama Canon de Finca, que viene marcado con un asterisco.

Abajo, el susodicho asterisco explica que se trata de la “cuota que cobra la empresa distribuidora por el uso y mantenimiento de la instalación receptora común del edificio conforme al Real decreto” tal y pascual, del año 2002 y que se cobra una vez al año. En fin, que este mes la viuda en cuestión ha gastado en gas casi un 8 por ciento de su pensión, rayana con la pobreza, cuando su consumo real de gas no llega al 1 por ciento.

Leo una noticia que dice que en lo que va de año el gas ha subido un 4 por ciento. Verás cuando la pobre mujer pague el recibo de la luz, cuya subida ha sido del 12 por ciento. A estas alturas espero haberles convencido de que el recibo de la energía de nuestras viudas es el caso práctico que ilustra un grave problema que nuestros políticos deberían resolver de forma prioritaria.

Es bien sabido que veinte años son nada. Al principio piensas que es sólo una canción. Según cumples años y te das cuenta de que la canción no tiene desperdicio. Pero cuarenta años… Cuarenta años son toda una vida en la mayoría de los países de este planeta y la mitad de la vida tan sólo en unos pocos.

Me cuenta Isabel Galvín, la Secretaria de la Federación de Enseñanza de CCOO de Madrid, que la organización cumple 40 años y que han decidido celebrarlo en el marco del Forum de la Enseñanza, que ya va por su XVI edición y cuyo lema es este año Más Educación, Más Libertad.

Cuarenta años, de los cuales me he perdido cinco. El primero de ellos, el de 1977, en el que, recién titulado, ejercí como profesor en la enseñanza privada, en un centro religioso y, en aquellos años, el sindicalismo en general y el de clase, en particular, no estaban demasiado bien vistos en esos centros.

Los otros cuatro, ya en la enseñanza pública, me los pasé en la CNT. Es una larga historia y llevaría tiempo, contar esta peripecia. Prometo hacerlo en otro momento. Y que nadie lo entienda en dobles, o triples sentidos. Me siento orgulloso, no me arrepiento de aquellos años.

El caso es que yo trabajaba en Villaverde, mi barrio. El sindicalismo comenzaba a caminar en libertad en todo el país y también en los centros educativos, pero los sindicalistas entre el profesorado eran pocos. Hacer crecer la afiliación sindical ha sido una tarea larga y un ejercicio de constancia.

En el Villaverde de aquellos años, quienes andaban metidos en las Asociaciones de Vecinos y echaban una mano para mejorar los colegios, eran mayoritariamente de CCOO. Quienes se implicaban, desde las familias, en las Asociaciones de Padres (aún no se denominaban de Madres), eran también mayoritariamente de CCOO. De las CCOO y, muchos de ellos y ellas, del PCE.

Si había manifestación para exigir soluciones a los problemas de vivienda, o para las continuas inundaciones que las lluvias producían, allí estaban ellos. Y si había una huelga en alguna de las fábricas que circundaban Villaverde, allí, acampados en las puertas, estaban los de CCOO. Alguna noche de Navidad he pasado acampado ante esas puertas de Barreiros, junto a los bidones cargados de traviesas ardiendo, guitarra en mano.

Si había que informar al profesorado de los salarios, las pensiones que iban a cobrar, las continuar reformas retributivas y de las condiciones de trabajo que se producían, tenía que copiar las meticulosas tablas de CCOO, que, sin excel ni nada, elaboraba Cándido, director en el colegio Velázquez de Orcasitas. Y si me embarcaba en un proyecto de innovación pedagógica y “renovación educativa”, tenía que irme al colegio República de El Salvador, de la Ciudad de los Angeles, por la zona del Cruce, donde trabajaban Pepa y Pilar, de CCOO, por supuesto.

No tenía mucha escapatoria. Así que una buena tarde, calurosa y soleada de julio del 82 crucé la calle y pedí a Ramiro que me hiciera el carnet del PCE. Ese mismo verano me trasladaron como maestro a Ubrique y allí, entre petaqueros, y albañiles (también mayoritariamente de CCOO), pedí el carnet del sindicato. Y ahí sigo. En CCOO, quiero decir.

Cuando volví a Madrid (para mejor ocasión quedan las andanzas en la serranía gaditana), me destinaron a un colegio de Leganés, el Severo Ochoa de Zarzaquemada. Allí viví mi primera huelga general, la de las pensiones de 1985. Ya ves, nos parecía un retroceso tremendo aquello que hoy nos parecería un logro.

CCOO de Enseñanza estaba en la calle Salitre. Un joven Miguel Escalera era el Secretario General y otro joven, Teo, tendió los cables para que abandonase la dirección del colegio y fuera uno de los primeros 5 “liberados” que tuvimos en Madrid.

Teo moriría joven, tras una larga, honesta e intensa trayectoria sindical y Miguel, tras hacerse cargo, durante cuatro años, de la Secretaría de Formación y Cultura de la Confederación de CCOO, moriría en Córdoba con 43 años. Uno de esos jodidos cánceres que se muestran tan agresivos con los jóvenes. Quién me iba a decir que, pasados los años, tomaría el relevo de Miguel, en su misma Secretaría de Formación y que presidiría la Fundación de Formación y Empleo que lleva su nombre (FOREM Miguel Escalera).

No cabrían aquí los nombres de aquellas personas con las que he compartido debates, manifestaciones, elaboración de propuestas, negociaciones, huelgas como aquella del 88, que duró casi un mes… No habría espacio suficiente en muchos artículos para hablar de los Cecilio, Pío, Agustín, Timoteo, Pamela, Salce, Joaquín, Atauri, Concha, Rafa, Paco, Blanca, Jaime, Isabel, y otros muchos, con los que he tenido el placer de construir sindicalismo, junto a los ya reseñados anteriormente.

Junto a ellas y ellos comprendí que había una cantera de profesionales de la enseñanza capaces de tomar el relevo de la Escuela Nueva, la Escuela Racionalista, o la Institución Libre de Enseñanza. Junto a ellos y ellas he comprobado siempre que eso del “carácter” sociopolítico de CCOO nos permitía concebir un sindicalismo (que Marcelino gustaba llamar “de nuevo tipo”) cuyas reivindicaciones profesionales se entendían siempre vinculadas a la mejora de la educación y el avance democrático de nuestro país.

En el programa del Forum, que me envía Isabel, figuran temas como Nosotros y los otros: La educación, pasaporte a la ciudadanía. El neoliberalismo en educación: desigualdad, desequilibrio, fragmentación y soledad. La educación inclusiva: más educación para tod@s y de to@s. La educación que queremos: reivindicando la pedagogía. En la introducción al programa queda clara la confianza en la educación como motor del cambio, del bienestar y de la transformación social.

Cuarenta años. Se dice pronto. Toda mi vida adulta, imposible de resumir en un par de páginas. Pero que merecen ser recordados, celebrados, conmemorados, pensados, debatidos y contados. Porque mientras no olvidemos a esas personas, su trabajo, su esfuerzo, su sensibilidad y coherencia, podremos aprender de su experiencia y de su capacidad de interpretar el mundo y aplicar su magisterio para transformarlo.

Gracias por todos estos años y por los que seguiréis cumpliendo  enseñándonos a vivir con dignidad y con decencia.

Que el tiempo es relativo, ya quedó científicamente demostrado por un ser humano tan impagable como Einstein. Hace ahora diez años que murió en Barcelona un escritor llamado Francisco Candel. Vivía yo en Villaverde y algunas de mis primeras hambres de lecturas juveniles se saciaban con los libros de Francisco Candel.

Identificaba muchos de sus personajes. Reconocía a muchos de mis amigos y vecinos en los barrios en los que transcurrían sus historias. Me sentía aquel joven que peleaba por publicar su primer libro en Hay una juventud que aguarda. Aquel barrio de aluvión del Sur de Madrid, en el que yo vivía, era el mismo barrio que describe Candel  en su novela Donde la ciudad cambia su nombre.

Había nacido Paco Candel en 1925, en un pueblecito de Valencia llamado Casas Altas. Un enclave valenciano situado entre Teruel y Cuenca. De allí salieron los Candel para buscar oportunidades de vida y trabajo en Barcelona, aunque fuera a costa de tener que vivir en las barracas de Montjuich, poco más que chabolas. Allá por las Casas Baratas, Can Tunis, Plus Ultra, o Port, que tenía iglesia parroquial.

A los catorce años tuvo que abandonar los estudios y comenzar a trabajar, como tantos otros hijos de charnegos en aquella época. Sin embargo, cuanto llevaba dentro, sus experiencias y sentimientos en esos andurriales que yo llamaré la Tierra de los Nadie tenían que encontrar un cauce. Su primo hermano, Juan Genovés, lo encontró en la pintura y Paco Candel lo encontró en la escritura.

Su primera novela, cuya portada fue pintada por su primo, es un collage de sensaciones, ideas, a mitad de camino entre el cuento, el diario, el periodismo. Hay quien ha comparado, acertadamente, el estilo de Candel con el de Hemingway. No fueron grandes los éxitos editoriales de estos primeros libros, le trajeron problemas, fueron censurados y hasta alguno prohibido, pero afianzaron su voluntad de escribir y le permitieron granjearse fama de escritor realista y cercano a su entorno.

Entraron los años sesenta y Candel seguía escribiendo, a lo suyo, de lo suyo, de los suyos. Recuerdo haber devorado en los setenta sus novelas Han matado a un hombre, han roto el paisaje, ¡Dios, la que se armó!, o Historia de una parroquia.

En su afán por escribir, Paco acometía artículos y se aventuró en el, por aquellos días peligroso, mundo del ensayo, dejándonos una herencia de ideas, observaciones y juicios, diría que imprescindibles para cuantos quieran estudiar ese periodo del desarrollismo franquista en su intrahistoria.

Desde la cultura obrera hasta el modelo urbanístico y social de las periferias de las grandes ciudades españolas, siguen guardando algunas de sus claves de interpretación en ensayos como Los otros catalanes, Ser obrero no es ninguna ganga, Los que nunca opinan, o Carta abierta a un empresario.

Es difícil entender las decisiones de los sectores antifranquistas, el importante desarrollo del movimiento obrero en Cataluña bajo la dictadura, la constitución de las CCOO, o la creación de Asamblea de Cataluña en una iglesia del Raval, en 1971, sin acercarse a los escritos de este charnego militante del PSUC.

El clamor de Llibertat, Amnistía, Estatut de Autonomía, adquiere todo su sentido cuando lo ponemos en relación con los artículos, las novelas, los ensayos de Candel. Algunas sus obras sólo pudimos leerlas en su versión íntegra y sin censura tras la muerte del dictador.

Llegó la transición democrática y Candel fue elegido senador por Barcelona. Más tarde, en 1979, fue concejal, en las listas del PSUC, en el Ayuntamiento de Hospitalet de Llobregat, donde se ocupó de la cultura. De ahí nacen Un charnego en el senado, o Candel contra Candel.

Hace ya diez años, murió un hombre de esos que pensaba lo mismo que la madre de Serrat, Soy de donde comen mis hijos. A lo cual añadiría Aquí tengo a mi gente enterrada. Un catalán de adopción y valenciano de nacimiento. Un escritor catalán, que escribía en castellano y que aparece en los listados de grandes escritores valencianos.

Un hombre que, con más de 80 años, seguía sintiéndose parte de una juventud que aguarda un empleo, un horizonte para su vida, o que una editorial publique su novela, mientras desea que el relato que terminemos escribiendo sobre Cataluña y España no se olvide nunca de los otros catalanes.

30 Nov, 2017

Maestro Angel Llorca

Paseo una mañana de domingo por las proximidades de los viejos cuarteles de Daoiz y Velarde. Los mismos cuarteles que sirvieron de improvisado hospital de campaña, cuando los atentados del 11-M convirtieron las vías de los trenes que conducen a Atocha en una amalgama de hierros y sangre de centenares de personas. Nunca esas paredes, que fueran cuarteles y talleres del ejército, dejarán de ser lugar de memoria, recuerdo, homenaje y dolor.

La Nave-Teatro Daoiz y Velarde, se encuentra abierta y en su interior se ha instalado una Exposición sobre Angel Llorca, el maestro que soñó la República desde el Grupo Escolar Cervantes. Doy una vuelta leyendo los paneles y contemplando las fotos que ilustran la vida y la obra de Ángel Llorca. Materiales procedentes del legado de documentos, libros, fotografías, que los herederos entregaron a la asociación Acción Educativa, quien creó una Fundación para mantener viva su labor pedagógica vinculada con las ideas educativas de la Escuela Nueva y de la Institución Libre de Enseñanza, de Giner de los Ríos.

El último tercio del siglo XIX y el primero del siglo XX son tiempos convulsos, fuera y dentro de España. En este contexto, al calor de las ideas liberales, reformistas, regeneracionistas, socialistas, libertarias, o krausistas, se desarrollan, en Europa y América, movimientos de renovación de la enseñanza, que pretenden superar la escuela Tradicionalista y abrir puertas y ventanas de las aulas, para que el aire fresco de las familias, de la ciencia, de los campos y el rico interior de cada niño y cada niña, trabajando en grupo,  inunden los centros educativos.

De aquellas ideas surgen experiencias como la Escuela Libertaria de Yasnaia, Poliana, de Tolstoi, en Rusia; las Escuelas de Munich, de Kerschensteiner, en Alemania; la Escuela Laboratorio de John Dewey en Chicago; la Escuela del Hermitage de Decroly, en Buselas; la Maison del Petits de Claparède, en Suiza; el Método de Proyectos, de William Kilpatric, en Estados Unidos; la Casa de los Niños de María Montessori, en Italia; la École Nouvelle de Cousinet en Francia; Summerhill, de Alexander S. Neill, en Inglaterra; la Colonia Gorki, de Anton Makarenko, en la Unión Soviética; la Imprenta en la Escuela, de Celestin Freinet, en Francia. Y éstas son sólo algunas de las experiencias europeas más significativas.

Llorca nació en 1866. Inició su labor como maestro en Elche. Su trabajo allí mereció el Premio de Honor y la Medalla de Oro de la exposición escolar de Bilbao, de cuyo jurado formaban parte Miguel de Unamuno, o Bartolomé Cossío.

A los 44 años recibió el encargo de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, presidida por Ramón y Cajal, de viajar por Europa y estudiar la enseñanza en Francia, Bélgica, Francia, Italia. Luego le encargarán organizar viajes de maestros por esos países, para conocer sus sistemas educativos. Todas estas experiencias sustentarán su labor como director del Colegio Público Cervantes desde 1916 a 1936, año en el que se jubila el 25 de julio, con 70 años.

Pese a la jubilación, a la vista del desastre de la Guerra Civil, organiza una residencia infantil en el Colegio Cervantes y, más tarde, crea en Perelló (Valencia) un internado para niños y niñas evacuados. Terminada la Guerra, vuelve a Madrid. Es depurado como maestro, pierde su pensión y sus obras son prohibidas  Muere en diciembre de 1942.

Estas gentes aprendían y ensayaban nuevas metodologías para la educación española. Partían de los intereses de sus alumnos para extraer de ellos lo mejor de sí mismos. Implicaban a toda la familia en el proceso educativo. Mostraban, sin imponer. Provocaban la curiosidad y facilitaban el aprendizaje.

Organizaban sus clases, conferencias, veladas con las familias, salidas al campo, cine, comedores, bibliotecas, viajes educativos en familia para conocer otros lugares. Participaban en intercambios con el extranjero. Crearon las misiones pedagógicas. Promovían obras de teatro, conciertos, escuelas nocturnas para personas analfabetas. Acudían a cursos y congresos nacionales e internacionales para intercambiar, aprender, mostrar sus experiencias.

Pocos hicieron tanto como los maestros y las maestras de la República para que la libertad, el respeto, el bien público, el desarrollo personal, la democracia, fueran la base sólida de nuestra convivencia y nuestro futuro. Pocos sufrieron, como ellas y ellos, los efectos de las pasiones desbocadas, de la guerra y el negro futuro que se apoderó de España durante décadas. Recuperar su memoria, hablar, escribir sobre ellos, es tanto como aprender a convivir.

Manuela,

No había pensado escribir esta carta, en este momento. Claro que había pensado mandarte una carta abierta, pero más adelante, con motivo de algún acontecimiento menos desagradable que el que se ha producido en los últimos días, cuando unos cuantos policías municipales han sacado a pasear, con nocturnidad, alevosía y publicidad, a través de una red social, toda la batería de insultos racistas y xenófobos, bajas pasiones, malos deseos, maldiciones. Vaya, que han desenfundando todo el odio patrio del que han sido capaces y que llevaban dentro.

Algo falla, Manuela, en el sistema de selección para puestos de los que depende la garantía de nuestros derechos, cuando semejantes molleras, como pedruscos, han conseguido atravesar el tamiz que debería suponer la oposición y ocupar un puesto investido de autoridad y dotado con arma reglamentaria, desde el que se permiten ensalzar dictaduras y dictadores genocidas, desear la muerte de su máxima autoridad, políticos, periodistas, “moros”, extranjeros y despreciar a los muertos causados por la dictadura. Hasta alcanzar la desfachatez de afirmar que matar es nuestro lema.

Cuando me adentré en el sindicalismo de las CCOO conocía tu historia, pero ya eras jueza y no andabas tanto por el sindicato. Allá por 2004, las CCOO de Madrid decidimos crear la Fundación Abogados de Atocha, para mantener viva la memoria de los abogados laboralistas asesinados el 24 de enero de 1977, en un atentado de la ultraderecha franquista, en el despacho laboralista de Atocha, número 55.

Queríamos recordar y preservar la memoria de cuanto significaron aquellos jóvenes en un momento tan complicado como el que vivía España en 1977. Eras la directora de aquel despacho y tan sólo una casualidad hizo que te reunieras aquella tarde con tu equipo en otro lugar situado unos números más abajo, mientras que los abogados vecinales se reunían en el tuyo. Una casualidad que te salvó la vida y te marcó para siempre.

Por eso formabas parte de aquel primer patronato de la Fundación y eso me permitió conocerte un poco más de cerca. Luego he compartido contigo un pequeño puñado de momentos. En 2011 te entregamos, junto a Pilar Bardem y Begoña San José, un reconocimiento de CCOO de Madrid, en las inmediaciones del 8 de Marzo, por vuestra defensa de las mujeres. Aquel día recuerdo que agradeciste el reconocimiento diciendo que el mismo era el de todas aquellas mujeres que os habían llevado a ser como sois. Mujeres como Paquita, mujeres como Cristina, como Paca, o como Josefina.

En 2013 interviniste en un Curso de Verano de la Universidad Complutense en El Escorial, organizado por el sindicato y en que reflexionamos sobre Pasado, presente y futuro democrático en España. Un debate, en plena crisis, sobre el empleo, la pobreza, la solidaridad, el asesinato de los Abogados de Atocha por defender una justicia democrática, la lucha de sindicalistas como los condenados en el Proceso 1001 por defender la libertad. Recuerdo que por la mañana interviniste presentada por Maricruz Elvira y, de nuevo, por  la tarde, en una mesa redonda, junto al profesor de la Universidad de Barcelona, Manuel Aguilar, moderada por Ana González.

Manejaste unas cuantas ideas que siempre me han parecido tan innovadoras, atractivas y sugerentes en ti. Comenzaste afirmando que Decimos grandes palabras que no sirven para nada: las normas tienen que indicar una conducta (…) O vinculamos la justicia y las leyes a la sociedad, o no valen para nada.

Te escuché hablar sin tapujos y sin complejos de la irrupción de la corrupción en la política española. De los problemas de una justicia que, pese a su independencia, no puede, ni cuenta con todos los medios, para enfrentar esta situación. Diagnosticar la corrupción, con datos transparentes en la mano, es imprescindible para ser capaces de gobernarnos a nosotros mismos.

Planteaste con valentía la necesidad de que la sociedad civil se organice para exigir justicia y evitar que la justicia se convierta en lo que denominabas una “tecnojerarquía” que anula la justicia y la aleja del pueblo y sus necesidades. Recientemente hemos colaborado en la edición y presentación de un libro escrito por algunos buenos amigos, titulado Cristina, Manuela y Paca. Tres vidas cruzadas, entre la justicia y el compromiso. Tres abogadas laboralistas unidas por el mismo esfuerzo y trabajo y marcadas por la misma tragedia de Atocha.

Y ahora, Manuela, llegan estos personajes siniestros y armados, investidos de autoridad, a poner en solfa todo esto. A hacer risas con asesinatos. Cantos a la intolerancia, la xenofobia, el racismo. A enarbolar, al mejor estilo de Millán Astay, su particular y renovado ¡Viva la Muerte! No es justo, no es razonable, no es mentalmente saludable, pero es.

Manuela, siempre he tenido miedo al poder de las instituciones. Creo que los mismos miedos que tiene cualquier pobre en este mundo, cualquier condenado de la tierra. Cualquier ciudadano, sin mucho dinero y sin mucho poder. Miedo un poco irracional, como de una memoria ancestral de humillación. Miedo al poder y sus abusos. Creo que las instituciones deben asegurar nuestros derechos, sin entrometerse demasiado en nuestras vidas. El poder que delegamos en ellos no puede ser jamás una herramienta para aplastarnos.

Un miedo que he aprendido a no generalizar, pero que sigue presente, pese al paso de los años.  El miedo reverencial que tenía a los maestros que podían arruinarte aquella incipiente vida infantil. Miedo a los policías, tal vez porque cuando los grises circulaban en sus lecheras por las calles de Madrid, nada bueno podía avecinarse. O porque cuando los guardias civiles lo hacían con su Dyane 6 por Villaverde, algo impreciso y vago, pero tampoco bueno, estaba a punto de ocurrir.

Miedo a estar en manos de un médico, en un hospital, sin control de lo que me pasa y a merced absoluta de su buen oficio. Miedo a verme ante un juez. En un tribunal sabes cómo entras, pero nunca cómo sales. Puede que haber conocido a muchos “robagallinas” en el barrio, me haya hecho creer que la justicia no es ciega y puede castigar y condenar mucho, o muy poco, por los mismos delitos, en función de circunstancias agravantes, o atenuantes, que se encuentran en manos del juez que te toca.

Ya ves que soy maestro y conservo muchos amigos y amigas en una profesión que considero de las más dignas y respetables que alguien puede escoger. Y me he relacionado con magníficos policías nacionales del SUP, municipales de CCOO, con los guardias civiles de la AUGC y con la Asociación Unificada de Militares Españoles. Su lucha es tan sindical como la mía, pero en unas condiciones mucho más duras, marcada por sanciones, arrestos, discriminaciones, persecuciones.

Conozco médicos excelentes, los tengo en la familia, como vecinos, o como compañeras y compañeros del sindicato. Y cómo temer a los jueces, si lo eres tú y lo es Ricardo Bodas y lo era Javier Martínez Lázaro, recientemente fallecido, que comenzasteis vuestra andadura como abogados laboralistas de las CCOO. Y sin embargo, el miedo sigue ahí.

Son muchos los buenos profesionales y pocos los que ensucian la profesión, pero los hay. No podemos, sectariamente, convertirlos en la imagen de una profesión, pero tampoco el corporativismo puede conducirnos a tapar a los malos profesionales y mucho menos a los que utilizan su autoridad contra la dignidad de  las personas y los derechos de la ciudadanía. Ese delegado de CCOO que ha denunciado la situación es un modelo de ciudadanía y merece todo el reconocimiento y la protección ante las amenazas violentas.

Somos libres para discrepar, opinar, disentir y movilizarnos contra lo que no nos gusta, o creemos injusto. Yo mismo no coincido con todo lo que hace el Ayuntamiento que presides, ni comparto las maneras, formas y procedimientos de algunos concejales de tu equipo. Lo puedo decir más alto, más claro, o si lo prefiero, callarme. Puedo plantearlo educadamente, en un artículo, ante un juzgado, o puedo ser grosero, aun sabiendo que, al serlo, perderé buena parte de la razón y las razones que pudiera tener. Pero, por experiencia, he aprendido que en la violencia y en la incitación a la violencia, está el límite de mi libertad.

Creo que lo ocurrido con estos policías municipales, aparte del tratamiento administrativo y judicial, debe hacernos reflexionar sobre el modelo de profesionales que queremos que protejan nuestra seguridad y nuestras libertades. Qué formación inicial necesitan, cómo los seleccionamos, qué carrera profesional tienen por delante, qué sistemas de promoción, qué formación permanente deben realizar obligatoriamente. Cuál es su manual de procedimiento y su libro de estilo. Qué esperamos de ellos y qué no toleraremos que hagan.

Manuela, tienes mi afecto, mi respeto y mi confianza en que sabrás juzgar la situación y adoptar las medidas que permitan que salgamos a las calles convencidos de que hemos delegado autoridad, poder y hasta la posibilidad de desenfundar un arma en otras personas que se encargan de de que nuestros pasos sean libres y seguros, porque son defensores de nuestra convivencia democrática.

Un abrazo,

Javier López.

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