Hablar de nuevas maneras de buscar empleo en un país en el que la tarea de encontrar un trabajo es algo abordado de forma particular, privada y que cada uno resuelve como puede, suena raro, pero no viene mal que tomemos nota de cosas que están pasando en nuestro mundo (eso que algunos llaman entorno europeo) y de las que algo podemos aprender.

Existen lugares en los que quienes están acostumbrados a los videojuegos pueden encontrar simulaciones y juegos de rol que detectan las capacidades personales para aprender, comunicarse, adaptarse a nuevos entornos, actividades que pueden permitir completar tu portafolio profesional de habilidades, competencias, o detección de necesidades formativas. Una práctica que comienza a conocerse como edutainment, algo así como entretenimiento educativo, combinación de dos palabras (education y entertainment).

Son experiencias novedosas, no demasiado extendidas, pero que comienzan a estar presentes en determinados países, especialmente al servicio de las necesidades de empleo de los jóvenes. Cuando los expertos en empleo, los responsables políticos, los empresarios y sindicatos, junto a las personas desempleadas y los desarrolladores y diseñadores de videojuegos trabajan juntos aparecen experiencias novedosas que ayudan a las personas a trazar objetivos de empleo en función de sus capacidades, sus necesidades de aprender y adaptarse a las realidades cambiantes del  empleo.

Cuando alguien muere nos afanamos en llegar los primeros a las redes sociales con nuestra condolencia y ya de paso glosar la figura siempre insustituible de quien fallece. Han muerto muchas personas conocidas y reconocidas en coronavirus y algunas con coronavirus.

Se nos han ido muchos, Aute, Ennio Morricone, Anguita, Chato Galante, Luis Sepúlveda, sólo por dejar ahí colgados algunos nombres, sin entrar en más personas, más detalles, sin situar unas vidas por encima de las otras que no quedan aquí inscritas. Ahora Francisco Frutos, Paco para amigos y no tan amigos.

Pocos serán quienes dediquen en este duro momento una sola línea a criticar a quien se ha ido de entre nosotros. Como mucho existirán clamorosos silencios que pasarán desapercibidos en el fragor de los ruidos que entorpecen la escucha en las redes y que impiden la percepción de los silencios.

Qué penita, que pena más grande, qué cinismo hipócrita enorme y agobiante. Andan lamentándose los tertulianos de turno, en las cadenas de turno, por los más de 90.000 visones de turno que van a ser sacrificados en una granja turolense. Nadie se preocupaba cuando, poco a poco, esos 90.000 ejemplares son torturados, gaseados, exterminados y despellejados para obtener beneficios con la comercialización de sus pieles.

Noventa mil, uno tras otro, más de 90.000 sacrificados. Nadie se para a pensar que estos seres vivos suelen ser animales solitarios en su entorno americano. Nadie piensa en el estrés que sufren al tener que convivir hacinados. Nadie enseña las fotos de los daños físicos que se producen entre ellos, o a sí mismos, a causa del forzado encierro y confinamiento.

Nadie, aparte de algunos ecologistas, se ha parado a pensar que cuando esos visones inquietos, nerviosos, huidizos y ágiles, consiguen escapar de la granja se transforman en especie invasora que acaba con la vida de otros visones europeos, menos apreciados por sus pieles, pero más acoplados a nuestros ecosistemas. Cerca de 50 especies europeas se encuentran amenazadas por la presencia del visón americano. Cerca de 40 granjas en España. Millones de pieles de visón producidas cada año en países como Holanda, Dinamarca, Suecia, Francia, Bélgica, o España (sí, cerca de 500.000 pieles anuales en España).

En estos días de desasosegado encierro y desbandada, proceso interminable de confinamiento y desconfinamiento, brotes y rebrotes, ha muerto Ennio Morricone, un comunista que compuso algunos de los más hermosos temas y bandas sonoras del cine reciente. No recuerdo la primera la versión de Joan Baez, la Balada de Sacco y Vanzetti,

Here´s to you Nicola and Bart

Rest forever here in our hearts

The last and final moment is your

That agoni is your triumph!

(ahí seguís en nuestros corazones, este último, extremo y final momento convierte vuestra agonía en triunfo)

Ni tan siquiera recuerdo en qué año se estrenó la película en España, parece que en Italia en 1971, pero para esas fechas en nuestro país el franquismo estaba preparando sus más estruendosos coletazos, la detención de la cúpula de las CCOO, con Marcelino Camacho a la cabeza, en el convento de los Oblatos de Pozuelo de Alarcón, que dio lugar al famoso proceso 1001, con unas condenas particularmente duras para sindicalistas cuya única culpa era organizar pacíficamente a los trabajadores y a las trabajadoras para defender sus derechos laborales,

(las condenas fueron tan duras porque un atentado etarra contra el almirante Carrero Blanco, Jefe del Gobierno y mano derecha del dictador, acabó con su vida el mismo día en que comenzaba el juicio contra los sindicalistas, la Operación Ogro convirtió en monstruo al Presidente del Tribunal,

-Si por mí fuera los fusilaba a todos ahora mismo)

Comienzan a aparecer los primeros resultados de estudios psicológicos en los que participan investigadores españoles sobre los efectos del coronavirus en la población. Una investigadora Marta Evelia Aparicio, profesora de Psicología en la Complutense, me hace llegar el primer avance de conclusiones del estudio internacional en el que participa el Grupo de Investigación de Estilos Psicológicos, Género y Salud.

Mucho se ha hablado de las muertes e infecciones producidas por el COVID19. De las carencias e insuficiencias de nuestro sistema sanitario para atender al desbordamiento de los servicios de urgencias. De las tremendas dificultades de los servicios sociales para dar respuesta a las colas del hambre, o a los problemas sobrevenidos de alojamiento por impago de alquileres.

Se ha debatido sobre las pérdidas de empleo, la necesidad de los ERTEs, la urgencia del Ingreso Mínimo Vital. De las caídas del Producto Interior Bruto, la actividad productiva y otras consecuencias económicas que tardaremos en digerir, con sectores muy vulnerables y difícilmente recuperables en las mismas condiciones en las que venían funcionando. De las necesidades educativas cubiertas con la utilización masiva y ex novo del e-learning.

No esgrimiré la teoría de la conspiración y no porque dude que hay conspiradores, muchos y de toda clase de pelajes y convicciones ideológicas. No la esgrimiré porque, por buenos que sean en su empeño los tales conspiradores, al final todo se acaba sabiendo y las grandes maniobras terminan abortadas, o produciendo desastres inesperados. Todo porque la vida es mucho más compleja de lo que cualquier algoritmo pudiera determinar.

No diré, por lo tanto, que la pérdida de derechos producida a cuenta del coronavirus, sea consecuencia y efecto planificado, preparado, de diseño, fruto de los ensayos previos en el tratamiento de las cada vez más abundantes y frecuentes pandemias.

La protección de la salud ha obligado a la restricción de derechos como el de desplazarse libremente. El confinamiento ha sido una medida inevitable para controlar la expansión de la pandemia, pero hay quienes han tenido la oportunidad de opinar e influir en que las restricciones hayan sido las mínimas y proporcionales, mientras que otros han tenido que sufrirlas de forma desproporcionada. Especialmente las personas mayores y los niños.

28 Jul, 2020

Una crisis tras otra

No había comenzado el coronavirus y la Comisión Europea alertaba de que la participación de las rentas salariales de los trabajadores y trabajadoras perdía cada vez mayor peso en el reparto del Producto Interior Bruto (PIB) de sus países. No es que ocurriera en toda Europa, pero en dos tercios de los países de la UE los trabajadores reciben una parte menor del PIB que hace 10 años, cuando estábamos comenzando a sentir los efectos de la crisis.

Es cierto que esa disminución de la participación de las rentas de los trabajadores en la riqueza nacional no es igual en todos los  estados de la Unión Europea. En general las mayores disminuciones de la riqueza de las renta del trabajo se produce en países como Irlanda, Croacia, Chipre,  Grecia, España, Portugal, o Malta. Como podemos observar, países del Sur, aunque también se  observan retrocesos más moderados en Bélgica, Dinamarca, o Finlandia, mientras que otros países como Italia, Francia, Austria, o Suecia, quedan casi igual que estaban.

En España el retroceso fue de 4´3 puntos, los salarios representaban el 53´5 por ciento en 2019, cuando hace diez años representaban un 57´8 por ciento. Un dato que se corresponde con el hecho de que los datos de pobreza en España no retroceden, hasta el punto de que 10 millones de personas, un 21´5 por ciento de la población española vive en la pobreza.

Creí que estos meses de extraño confinamiento iban a dar de sí para repensar algunas cosas. Así lo afirmaban algunos tertulianos (no pocas tertulianas también), los numerosos supuestos expertos asiduos en todas las cadenas televisivas. Vamos a aprender, vamos a ser de otra manera, el mundo ya no va a aser el mismo. Pero ha acabado el estado de alerta, alarma, excepción y confinamiento para que todo pretenda volver a su ser.

Los mismos tertulianos ultraliberales (y no pocos de los otros) que nos dejaron la sanidad pública (y los servicios públicos en general) como unos zorros, famélicos, incapaces de contener los terribles efectos de la pandemia, han vuelto a la cantinela sempiterna de la recuperación de la confianza, la vuelta a la senda del crecimiento y las bajadas de impuestos para promover la inversión y el retorno del consumo.

No hemos repensado nada y cada cual pretende volver a las andadas allí donde las había dejado. Se me ocurre que una de las cosas que deberíamos repensar y fortalecer (además de la sanidad, claro), sería la educación. Nadie va a ofrecer viajes gratis, ni considerar héroes tipo Princesa de Asturias,  a esos profesionales de la docencia que han tenido que reinventar la enseñanza y reinventarse a sí mismos, para seguir dando clases con sus propios ordenadores, inventando programas educativos  y aprendiendo a enseñar olvidando lo aprendiendo. No serán considerados héroes, pero sí han sido revolucionarios, partisanos, innovadores de los de verdad.

La Inteligencia Artificial (IA) amenazaba con cambiar radicalmente los puestos de trabajo y la formación requerida por los trabajadores para desempeñarlos. El coronavirus ha supuesto la constatación definitiva de esta nueva realidad. Una buena parte de los trabajos han pasado a ser desempeñados de forma completamente distinta y los trabajadores y trabajadoras han tenido que aprender rápidamente y de forma autodidacta en muchas ocasiones.

Un buen ejemplo de esta situación ha sido el de los profesionales de la enseñanza y sus alumnos y alumnas. En el caso del profesorado porque ha tenido que adaptarse aceleradamente a dar clases no presenciales utilizando aplicaciones desconocidas hasta entonces y aprendiendo a motivar, impartir clases, preparar ejercicios, corregirlos y evaluar en la distancia y sin haber sido entrenados para ello. Los alumnos y alumnas porque (salvo aquellos que utilizaban medios informáticos en algunas asignaturas casi como un experimento) han pasado de los videojuegos a un proceso de estudio ordenado y sistemático online.

Hay quien asegura que la humanidad sólo reacciona y busca soluciones urgentes a sus problemas en situaciones extremas. Puede que sea verdad y también que sea en esos momentos cuando se ponen de relieve las peores miserias de una sociedad.

Las personas mayores han sido, sin duda, las principales víctimas de la pandemia, pero también han contribuido a desvelar la peor cara de la sociedad que hemos construido, asentada en el egoísmo, la barbarie y la más absoluta falta de empatía que nos conduce a aplicar una resilencia sectaria y xenófoba.

El coronavirus se ha cebado en las personas mayores, hasta el punto de que el 95 por ciento de las muertes se produce entre mayores de 60 años y, especialmente, mayores de 70. La mayoría de las personas con estas edades tienen afecciones previas y subyacentes que facilitan el impacto del COVID19 y producen riesgos de muerte hasta cinco veces superiores a la media.

La pandemia nos ha situado ante la realidad de la existencia de eso que llaman triajes y decisiones sobre atención médica y aplicación de terapias destinadas a salvar la vida de determinadas personas aplicando criterios como la edad. Nos ha familiarizado con la existencia de desigualdades que impiden que muchas personas mayores puedan ejercer su derecho a una atención social y sanitaria de calidad. Nos ha colocado ante los terribles efectos de los recortes en políticas de atención a las personas mayores.

Vivimos tiempos extraños, muy extraños, tiempos desconcertantes en los que los centros de salud siguen cerrados para la enfermedad y las terrazas de los bares abiertas para tomar copas. Tiempos en los que las listas de espera de pruebas médicas tienden al infinito mientras las playas se encuentran atestadas de gente obcecada por tirarse sobre una toalla y meter los pies en el agua de mar. Los viejos siguen enfermando y muriendo en sus casas y en las residencias mientras sus nietos se atracan de virus en los botellones y en los parques, dispuestos a compartirlos luego con la querida familia.

Un mundo de locos, hemos descubierto un mundo atrincherado contra sí mismo, contradictorio y obnubilado, capaz de imponer sanciones y multas por doquier un día, para llamar inmeditamente a una nueva normalidad que consiste en la vieja anormalidad con mascarilla.

Escucho al ministro de sanidad explicar que  tenemos controlada la pandemia hoy, hoy controlada, porque ayer nadie daba abasto para ingresar, diagnosticar, tratar, aplicar respiradores, morir dignamente, enterrar con dignidad. Ni mascarillas, ni guantes, ni batas y trajes protectores tenían nuestros sanitarios.

Ahora sí, hay que reactivar la economía. Dudo que hayamos controlado la pandemia, pero hay que decir que sí, ya hemos vuelto a la normalidad del futuro, un absurdo remake de regreso al futuro. Lo dicho, de locos, no hay quien lo entienda. Por eso me asombra que en este desenfreno de pasiones y bandazos incontrolables haya quien sigue leyendo e interpretando el mundo con voces de poesía.

Cuando hayan pasado unos años los analistas, economistas, los opinadores profesionales de cada día, en cada cadena de televisión, o tertulia radiofónica, los que saben de todo y los que no entienden de nada, vendrán a contarnos que ya anunciaron, profetizaron, intuyeron las profundas transformaciones que la Inteligencia Artificial (IA) ha aportado a los empleos de hoy en día dentro de unos años.

Pero eso será en un incierto mañana. Ahora mismo nadie sabe hasta donde llegarán los cambios. Hay quien avanza que en espacios económicos como el europeo sólo el 14% de los empleos se verán afectados gravemente hasta el punto de que los procesos de automatización los hagan desaparecer para los seres humanos, a causa de que los algoritmos se encontrasen en condiciones de sustituir la mayor parte de las tareas que ahora realizan las personas.

Pero claro, estamos hablando, tan sólo, de los puestos de trabajo con alto riesgo de desaparecer. Algunas cadenas de montaje, operadores de maquinaria, sectores de componentes eléctricos y electrónica, los que realizan tareas como operadores y conductores de maquinaria en plantas de almacenaje, clasificación y distribución.

Hay quien dice que la especie humana sólo reacciona en momentos extremos, en el filo de la navaja, cuando ya el desastre parece inevitable, mientras intenta engañarse a sí misma el resto del tiempo. Supongo que es un efecto sobrevenido e inevitable de esa mezcla de instinto de supervivencia y egoísmo del que estamos hechos, o del que nos hemos dotado.

Escucho hablar de reconstrucción y me pregunto si alguien se ha puesto a pensar qué es lo que hay que reconstruir y qué otras cosas más valdría que quedaran en ruinas. El Rey de España acaba de clausurar la cumbre convocada por la CEOE, en la que han participado casi todos los grandes empresarios, destacando la labor que realizan y animándoles a correr riesgos ante las grandes oportunidades que ofrece la crisis.

No sé si se trata de dorar la píldora a quienes tienen el dinero y manejan el poder en momentos bajos de la institución monárquica en España, o más bien se trata de un velado mensaje, un llamamiento prudente a sustituir el pelotazo por la inversión, apostar por el bienestar de toda la sociedad y el diálogo con las organizaciones sindicales.

Me resisto a creer que nadie en su sano juicio pueda bendecir los cantos al egoísmo que han caracterizado a muchos de los empresarios en cuanto se han visto con el micrófono frente a la boca y una cámara delante. Toda una consabida cantinela de viejas recetas a base de menos impuestos, más ayudas del gobierno a sus empresas, planes especiales de inversión estatal en cada uno de sus sectores, liberalización absoluta de horarios comerciales y sobre todo que nadie toque la reforma laboral, dejar que la nueva normalidad sea la precariedad de los empleos y de las vidas, todo un canto al pelotazo que fue pero con mascarilla (por el momento).

Creí que estos meses de extraño confinamiento iban a dar de sí para repensar algunas cosas. Así lo afirmaban algunos tertulianos (no pocas tertulianas también), los numerosos supuestos expertos asiduos en todas las cadenas televisivas. Vamos a aprender, vamos a ser de otra manera, el mundo ya no va a aser el mismo. Pero ha acabado el estado de alerta, alarma, excepción y confinamiento para que todo pretenda volver a su ser.

Los mismos tertulianos ultraliberales (y no pocos de los otros) que nos dejaron la sanidad pública (y los servicios públicos en general) como unos zorros, famélicos, incapaces de contener los terribles efectos de la pandemia, han vuelto a la cantinela sempiterna de la recuperación de la confianza, la vuelta a la senda del crecimiento y las bajadas de impuestos para promover la inversión y el retorno del consumo.

No hemos repensado nada y cada cual pretende volver a las andadas allí donde las había dejado. Se me ocurre que una de las cosas que deberíamos repensar y fortalecer (además de la sanidad, claro), sería la educación. Nadie va a ofrecer viajes gratis, ni considerar héroes tipo Princesa de Asturias,  a esos profesionales de la docencia que han tenido que reinventar la enseñanza y reinventarse a sí mismos, para seguir dando clases con sus propios ordenadores, inventando programas educativos  y aprendiendo a enseñar olvidando lo aprendiendo. No serán considerados héroes, pero sí han sido revolucionarios, partisanos, innovadores de los de verdad.

Y ahora toca que nuestros gobernantes demuestren que han aprendido también algo. La enseñanza, incluso en las peores condiciones ha seguido funcionando como herramienta de distribución de igualdad de oportunidades, pero también ha demostrado que hay mucho que mejorar y son los gobiernos los que tienen que poner los medios para preservar la salud y asegurar la educación.

No se daría cuenta quien se acercara a un agujero negro y se adentrase en el horizonte de sucesos. De pronto, sólo podría escapar de allí (de la atracción destructiva del campo gravitatorio extremadamente intenso) alcanzando velocidades superiores a la de la luz, pero eso parece imposible, al menos por el momento.

Hasta que te internas en el horizonte de sucesos no puedes observar nada de su interior, una vez dentro nada puedes transmitir hacia el exterior. Tampoco nada sabemos sobre el estado de la materia desde que se adentra en el horizonte de sucesos hasta que se produce su colapso en el centro del agujero negro.

El colapso, de eso se trata. Tampoco nosotros nos hemos percatado de que nos acercábamos a un horizonte de sucesos del que sólo aquellos a los que considerábamos más catastrofistas nos habían avisado, todo ha sido demasiado rápido. Habíamos vivido guerras mundiales infernales, amenazas nucleares imprevisibles sólo contenidas por el miedo a la desaparición de la especie humana.

En algunos momentos, con o sin humanos de por medio, el planeta ya había colapsado. Aunque no lo parezca, uno de esos primeros grandes colapsos fue provocado por el oxígeno en la atmósfera hace 2400 millones de años, la Crisis del Oxígeno, el Holocausto del Oxígeno, que acabó con todo el planeta bajo los hielos y un cambio sustancial a favor de los organismos capaces de procesar oxígeno y generar mayor diversidad biológica. La Revolución del Oxígeno, la Gran Oxidación, la Catástrofe del Oxígeno, cambió la Tierra, pero no había seres humanos ni aún imaginados en el horizonte.

La desaparición de los dinosaurios es lo más conocido de otro colapso que cambió la vida en el planeta. Aún pervive el debate sobre si todo aquello fue efecto de masivas erupciones volcánicas, por la caída repentina de un asteroide de gran tamaño, o por la combinación encadenada en un corto periodo de tiempo de ambos sucesos.

Imagen de Omni Matryx en Pixabay

No me digáis que no hay algo de oxímoron, de combinación de significados opuestos, en estas formulaciones que nos empujan a salir de la crisis cuanto antes, reconstruir, crear una nueva normalidad. Algo se está tramando. Construir futuro a base de reconstruir pasado, suena extraño.

Hasta hace unos días todo eran multas, confinamiento, horarios restringidos de salida, deporte, paseo, fases de desconfinamiento, denuncias, aplausos a las 8 de la tarde, caceroladas variadas (algunas callejeras) a las 9, contra esto o aquello, contabilidad monótona de muertos (la mayoría en las residencias de ancianos), noticias machaconas, el monopolio informativo del coronavirus.

Hoy todo ha cambiado, de las páginas web han desaparecido las referencias a pandemias, todo se convierte en animada cháchara que te invita a salir a la calle (con todas las medidas de precaución, mascarillas, lavados y distancias, pero a la calle), los tertulianos vuelven a ocuparse de macabros asesinatos, okupas, restauraciones patéticas de vírgenes de Murillo y hasta Cataluña ha vuelto a ser la casa de todos los españoles. Cataluña es tu casa, dice la Generalitat a los turistas que, durante este aciago año, serán españoles todos, catalanes todos, o casi todos.

Todo los días nos asaltan las noticias de nuevas demandas presentadas aquí, allá y acullá. Denuncias, de entidades vinculadas a unos, por no haber prohibido la manifestación del 8 de Marzo, denuncias de entidades vinculadas a otros por la gestión desastrosa de la crisis de este o de aquel gobierno, denuncias de familiares por haber permitido las muertes de ancianos en las residencias.

Denuncias por homicidio, prevaricación, omisión de socorro, imprudencias temerarias, contra la seguridad de los trabajadores, por lesiones. Ha llegado a nuestras tierras la costumbre americana de acudir a los tribunales cada vez que sientas que se han vulnerado tus derechos.

Lo aprendimos en alguna de esas películas y series en las que se montan espectaculares procesos para obtener cuantiosas indemnizaciones por accidentes sucedidos en la vía pública, que deben ser responsabilidad, a todas luces, de algún concejal que no dio la orden de reparar a tiempo, o de algún responsable de mantenimiento que ejecutó tarde, mal y nunca, aunque cobró la factura como si todo hubiera ocurrido pronto y bien.

Justo antes de que diera comienzo la pandemia los sindicatos CCOO y UGT presentaron una Iniciativa Sindical por el Derecho a la Vivienda. No sólo preocupan a los trabajadores de este país la subida salarial, la seguridad en el empleo, la brutal precariedad que se apodera de la vida laboral, o la posibilidad de tener simplemente una vida digna. La vivienda es un problema generalizado que condiciona nuestra vida diaria y nuestro futuro.

Ha sido España, desde tiempo inmemorial, país de especuladores caóticos pero bien organizados, que han sabido hacer negocio de todo, incluidas las necesidades más acuciantes de las personas. Cuentan que fue la reina regente María Cristina (esta familia de los Borbones siempre ha estado muy atenta a la economía y a la aparición de nuevas oportunidades de negocio), la que reunió un buen día a los empresarios madrileños para orientarles, que se ve que andaban un poco perdidos,

-Puesto que Madrid no tiene industria, hagamos industria del suelo.

Imagen de PublicDomainPictures en Pixabay

El cinismo de nuestra sociedad roza por momentos la pura, simple y llana hipocresía. La hipocresía de un egoísmo compulsivo disfrazado con dosis abrumadoras de mojigatería, pamplina a veces disfrazadas de pragmatismo realista. Lo hemos comprobado en este proceso dramático que hemos vivido con COVID-19, sin ir más lejos, con el trato dado a nuestros mayores en las residencias.

Lo percibimos a diario en otros casos como el de las personas con discapacidad, pero no reparamos en ello. Cambiamos los nombres de las cosas para que parezcan distintas, pero sólo que lo parezcan. Cuando yo era pequeño había deficientes, mongólicos, subnormales. Nadie se ofenda, ni queme a los Cristobal Colón de aquella época, porque así eran llamadas muchas personas en aquellos días.

Luego fueron discapacitados, minusválidos, personas con discapacidad, síndrome de Down, sordos, ciegos, invidentes, pero todo ello ha ido cambiando. Ahora hay quienes hablan de personas con diversidad funcional, una denominación que intenta resaltar que en una sociedad tan diversa cada persona funciona de manera distinta y necesita, en todo caso, que el entorno se adapte para que cada uno pueda realizar sus tareas habituales. Otros prefieren personas en situación de discapacidad.

Imagen de Markus Winkler en Pixabay

En algún artículo anterior he hablado del impacto del coronavirus en el empleo, en la educación y las respuestas posibles, que ya existían pero permanecían inexploradas, aplicando la Inteligencia Artificial (IA). El tiempo dirá si somos capaces de utilizar ese potencial para conseguir la igualdad de oportunidades, o si las nuevas tecnologías se convierten en un nuevo foco de desigualdad.

La IA es una realidad también en el campo de la medicina y la salud. Cada día comprobamos que la realización de pruebas diagnósticas, los resultados de las mismas, las intervenciones quirúrgicas, los tratamientos, el seguimiento de la evolución de los pacientes, son realizados utilizando un buen número de herramientas digitales que trabajan con sistemas de tratamiento de imágenes, que ayudan a los profesionales médicos, o que utilizan algoritmos para solucionar problemas de salud.

Esas pruebas, diagnósticos, imágenes, instrumentos médicos, son cada vez más precisos. Pensemos por un momento en la cantidad de datos sobre nuestra salud que generamos a lo largo de nuestras vidas, imposibles de ser procesados y valorados por cualquier profesional sanitario, pero que pueden ser seleccionados y sintetizados en muy poco tiempo para extraer conclusiones por una máquina entrenada para hacerlo, o que aprende de su propia experiencia en el tratamiento de nuestros datos.

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