Amigas y amigos,

Suelo escribir mis cartas a personas concretas, pero sería injusto, en este caso, dirigirme exclusivamente a una, o uno de vosotros. Sois mis bibliotecarios pero, de alguna manera es como si formarais parte de una misma persona a la que me he ido encontrando, a lo largo de la vida.

Y no es que os reconozca en todas y todos los bibliotecarios que he conocido. Como en cada casa y profesión, hay de todo como en batica. Los riesgos de adocenamiento y resignación no son menores en vuestra profesión que en la mía de maestro. León Felipe percibía esos peligros entre los enterradores, Para enterrar a los muertos como debemos, cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero.

He ido adquiriendo, a lo largo de los años y las asiduas visitas a las bibliotecas, la habilidad de descubriros. En el profesor que cuidaba la biblioteca en el colegio y se extralimitaba en sus restringidas funciones de darte un libro de obligatoria lectura, y me presentaba a uno de esos escritores que luego me han acompañado durante toda la vida.

Atinar a ubicaros en aquella primera biblioteca pública en tiempos de franquismo, tipo búnker del saber, en la que había que traer apuntado el libro desde casa, localizarlo en un cajón de fichas, escribir los datos en un formulario y esperar a que uno de los vuestros lo depositara en el mostrador, o te viniera anunciando que había sido ya prestado. Era territorio de inhóspitas y ásperas formas, pero allí también estabais.

Luego topé con vosotros en un prefabricado de extrarradio, junto a las casas de realojo. Fue construido para ejercer como biblioteca provisional durante unos pocos años y que se quedó allí, en una esquina del barrio, durante décadas. Llegabais allí porque erais los últimos interinos, obligados a elegir aquel exclusivo y solitario puesto, en las fronteras del mundo. Luego os quedabais allí, durante años, hasta que un traslado forzoso os desplazaba.

No eran las fronteras del mundo de la cultura, que en esa materia cultural siempre he creído que los habitantes de ese Sur, que también existe (ya lo cantó magníficamente Serrat), son infinitamente más cultos que cualquier prosaico espía banquero, o político al uso.

No, me refiero a las fronteras de un mundo anclado en el tiempo, donde quien más, quien menos, intenta entreabrir alguna puerta,  resquebrajar el muro, para que entren los aires del cambio o, en el peor de los casos, intentar huir de una pobreza y una miseria, bendecidas por los poderes públicos.

Nuestra famosa inmemorial pobreza cuyo origen se pierde en las historias, que diría Gil de Biedma. A que te gustaría irte a Marte y allí perderte, eso es una cosa que más de uno tiene en mente, que dirían, ahora mismo, el Langui y el Gitano Antón, en su Infectado Distrito, desde Pan Bendito.

Allí estabais, en la biblioteca de aquel recóndito pueblo de Extremadura que al parecer los franceses no supieron encontrar, mientras recorrían la Vía de la Plata, ocupando España, camino de Lisboa. Arrellanado como se encuentra en el Valle del Ambroz, rodeado de montes de castaños y presidido por el castillo templario reconvertido en iglesia. No es la primera vez que veo estas transformaciones de arquitectura militar en religiosa, que lo uno y lo otro parece que marchan, desde siempre, sin demasiados problemas de la mano.

En aquel pueblecito de herrumbrosas y enmohecidas puertas clausuradas por los judíos exiliados, rehabilitadas puertas abiertas de los conversos y punto de encuentro de gentiles y judíos errantes de toda clase y condición, en busca de patria segura, gané mi primer premio de cuentos, convocado por la biblioteca municipal, ubicada en el palacio de los Pérez Comendador-Lerroux, que fuera antes de los Dávila de toda la vida y en cuyo jardín de rincones de diseño romántico me entregasteis el premio. El cuento se llamaba, por cierto, Templarios.

Luego fuisteis esforzada bibliotecaria en la Casa de la Cultura de Lekunberri, donde acudí para recoger el primer premio que me concedieron por un poemario, La Tierra de los Nadie. He sido celoso usuario de toda clase de bibliotecas. En todas ellas os he encontrado. Siempre me habéis ayudado a encontrar nuevas lecturas insospechadas y autores  insólitos y desconocidos. Siempre me habéis empujado suavemente a escribir.

He terminado descubriendo que muchos de aquellos autores fueron antes bibliotecarios. Desde Gloria Fuertes a Mario Vargas Llosa. Borges y el mismo León Felipe. Rubén Darío, Lewis Carroll y María Moliner, entre otros muchos. De ellos, tal vez, aprendisteis pasión por la lectura metamorfoseada deseo de contar historias, o de situar el lenguaje fuera del alcance del tiempo, como nos recuerda John Berger, los poemas están más cerca de las oraciones que los cuentos (…) ¿Dónde está uno realmente cuando llega un poema? En ningún lado, sin duda.

Ahora, cuando han desaparecido los cines de los barrios. Mientras la cultura malvive a merced de una derecha que pasa de ella y una izquierda que la quiere de gratis total, instrumental, compañera de viaje, domesticada. Habéis convertido las bibliotecas en lugar de estudio, punto de encuentro con los creadores, ludoteca, taller de cocina, sala de exposiciones, zona de acceso libre a internet, escenario para microteatro, plaza pública para cuentacuentos, espacio integrado con otras actividades culturales.

Me encanta ver a los niños y niñas con sus profes pasando la mañana entre libros. Me emocionan esas personas mayores que repasan los periódicos, las revistas, cambian sus libros o sus vídeos de préstamo, bucean en los ordenadores. Me gusta ver a la juventud universitaria hasta altas horas de la noche, en ascético silencio, preparando sus exámenes en las más complicadas asignaturas.

Los bibliotecarios, los maestros, los libreros, siempre me habéis parecido de una raza especial. La misma de la que formaban parte los impulsores de la Institución Libre de Enseñanza. Al frente de responsabilidades y tareas nunca bien agradecidas, ni reconocidas, ni pagadas. Os debía esta carta y, aunque sea a la manera de Pepe Isbert, esa carta que os debía os la quiero hoy pagar. Porque sin vosotros, esos Nadies que habitan mis poemas y mis cuentos, hubieran tenido, tendrían hoy,  muchas menos oportunidades.

14 Feb, 2019

Un año más en Atocha

Hace casi cuatro años, poco después del 24 de enero, día en el que como cada año conmemoramos el momento en que fueron asesinados los Abogados de Atocha, fallecía Lola González Ruiz. El pasado 20 de enero se cumplían 50 años del asesinato de su novio, Enrique Ruano, cuando se encontraba detenido por la Brigada Político-Social, la Gestapo del régimen franquista.

Hay pocas historias de amor tan tristes como la de Lola. Perdió primero a su novio Enrique, cuando ambos eran jóvenes estudiantes de Derecho y ocho años después, ya ejerciendo como abogada, dedicada a la defensa de los vecinos y vecinas de los barrios de Madrid, fue víctima del atentado perpetrado por un grupo ultraderechista en el despacho laboralista de la calle Atocha, 55. En el atentado quedó gravemente herida y perdió a su esposo Francisco Javier Sauquillo.

Se ha contado mil veces que el destino y el azar quisieron que aquella tarde los nueve abogados de los barrios intercambiaran su despacho, situado un poco más abajo, en la misma calle de Atocha, con el de los abogados laboralistas, que pasaban consulta en el número 55, dirigido por Manuela Carmena. Cinco de ellos murieron y cuatro sobrevivieron al atentado, pero quedaron marcados para el resto de sus vidas. Todos ellos. Especialmente Lola.

Cada nueva conmemoración del asesinato de los de Atocha suponía para ella un trago tan amargo que no pocas veces emprendía un viaje, para pasar ese día en un recogimiento que ni tan siquiera la distancia podía asegurarle.

La creación de la Fundación Abogados de Atocha en el Congreso de las CCOO de Madrid en el año 2004, pretendía mantener viva la memoria de los Abogados de Atocha y de ese impresionante movimiento de la abogacía antifranquista, que tuvo su expresión en las generaciones de abogados y abogadas jóvenes que se incorporaron a la defensa de los trabajadores, de la ciudadanía y de cuantos tuvieron que enfrentarse a los Tribunales de Orden Público de la dictadura.

Cada año, la Fundación concede los Premios Abogados de Atocha a personas e instituciones nacionales e internacionales que luchan por la libertad, la democracia, los derechos. Este año el premio ha recaído en el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio en México y en los Cantautores por la Libertad. Cada año, convoca un premio internacional de narrativa joven, así como estudios, publicaciones y actos vinculados al mundo del derecho y la justicia.

Sin duda una labor importante y elogiable, pero que obliga a quienes vivieron aquellos terribles días de enero a recuperar no sólo la memoria, sino el dolor que les fue infringido por la barbarie terrorista. Pienso, a veces, que el reconocimiento hacia ellos va acompañado por el peso insoportable de un instante que acabó con cinco vidas y seccionó en dos las de los sobrevivientes.

Para ellos ya nada volvió a ser igual. La ilusión por abrir las puertas de la democracia siguió ahí, sin duda, las ansias de libertad siguen intactas como entonces, pero con un sesgo de amargura que no es fácil reconocer en sus gestos, pero que está siempre presente.

Este año, además, acabamos de perder a la maestra de todos ellos, María Luisa Suárez Roldán, la mujer nacida en una familia republicana y laica, educada en la Institución Libre de Enseñanza y una de las primeras y escasas abogadas en las promociones universitarias de posguerra. La fundadora del primer despacho laboralista de Madrid, el de la calle de la Cruz, junto a Jiménez de Parga, o Antonio Montesinos.

Por ese despacho pasaron las jóvenes generaciones de abogados comprometidos con la defensa de las personas en los barrios, de los trabajadores en las empresas, de quienes eran perseguidos por buscar la libertad, la justicia, la convivencia democrática, la dignidad de las vidas y la decencia del trabajo. Muchas mujeres como Manuela, Cristina, Paca, la misma Lola.

Jóvenes que rondaban los treinta y que siguen marcando, desde su ya infinita juventud,  el nivel de compromiso, responsabilidad y ganas de vivir, que nos debemos exigir a nosotros mismos. Hoy serían mayores que yo, pero serán siempre más jóvenes de lo que hoy soy.

Son muy importantes en una democracia también joven como la española, pero en la que hemos cometido ya algunos peligrosos errores, hemos incurrido en disparates difícilmente justificables y hemos permitido perversos comportamientos hasta el punto de  aplaudir el envilecimiento, la iniquidad y no pocas vilezas, recorriendo el filo de la navaja de vernos abocados a la degeneración de la democracia y la degradación de la convivencia, que atraviesa territorios, ideologías, espacios políticos y sociales.

En nuestra democracia los de Atocha siguen siendo el espejo en el que juzgar si hacemos suficiente por la libertad, por la verdadera democracia en nuestras instituciones y organizaciones políticas y sociales. Si damos la talla en el esfuerzo de unir lo diverso y plural. Si pensamos en lo que es de todos, o sólo en el beneficio personal.

Los de Atocha hubieran querido, casi seguro, que el mejor homenaje que pudiéramos organizarles consistiera en nuestra defensa de la cada vez más maltrecha libertad, la cada día más deteriorada solidaridad y la cada vez menos valorada vida. La suya, la nuestra, la de cada persona.

Somos un país más complejo de lo que parece a primera vista. De opiniones contrapuestas, frecuentemente enfrentadas, difícilmente conciliables, porque se sustentan más en creencias ancestrales que en el conocimiento, la memoria, el estudio.

Es cierto que no es un fenómeno exclusivamente español. Hasta países que han pasado por ser los más cultos y formados, han caído en el pozo sin fondo de las soluciones mágicas enarboladas por líderes mesiánicos y extremadamente peligrosos. La Alemania de entreguerras que se abalanzó en brazos de Hitler, es uno de los mejores ejemplos, aunque no el único.

Parece que cuando los problemas se multiplican y los malestares crecen, la incapacidad de los gobiernos y las instituciones para ofrecer soluciones, termina alimentando el nacimiento y crecimiento de los monstruos. Basta una pequeña chispa para que la locura hasta entonces minoritaria se abra camino.

Una facción de la ultraderecha, escindida del Partido Popular, donde había encontrado acogida y mamandurrias de lideresas como Esperanza Aguirre,  acaba de obtener unos resultados inesperados en las elecciones andaluzas, recurriendo a unas cuantas ideas simplonas, pero fácilmente entendibles: Ilegalizar al independentismo; acabar con las competencias de las Comunidades Autónomas y volver a un Estado Unitario de corte franquista; eliminar las leyes de Violencia de Género, la del aborto, o la del matrimonio igualitario.

Uno de los temas estrella, con los que han conseguido atraer centenares de miles de votos andaluces, ha sido el de expulsar a todos los inmigrantes irregulares, deportar a los que hayan cometidos delitos, endurecer las políticas de arraigo y de acceso a la regularización, levantar muros en Ceuta y Melilla. Primero los españoles, resumen con énfasis.

Me detendré en esto de la inmigración. Haríamos mal en creer que el simplismo decae por sí mismo y no puede resultar exitoso a medio y largo plazo. Basta para ello comprobar que estos planteamientos han recogido más apoyo en las localidades más ricas, con mayor porcentaje de habitantes con estudios superiores, donde el número de inmigrantes es más alto y son más explotados como mano de obra barata en tareas que los nacionales no harían.

En una comunidad como la andaluza, cuyos habitantes originarios vinieron de África y luego se mezclaron con comerciantes fenicios y griegos, conquistadores cartagineses, romanos republicanos, tribus de godos, imperiales bizantinos, o musulmanes norteafricanos que llegaron, conquistaron, se quedaron y llenaron de progreso y cultura el territorio.

Luego vinieron los reconquistadores, cuyas mezclas no eran menores. Hasta dicen que, además de Tartessos, la Atlántida estuvo por esas tierras y no pocos alemanes, ingleses llegaron para repoblar, o para crear bodegas y explotaciones mineras. Se mire por donde se mire, Andalucía y toda España, es tierra construida por inmigrantes.

Pero también somos pueblo de emigrantes. De Andalucía partían los emigrantes hacia las Indias y allí llegaban los que volvían del Nuevo Mundo. Varios millones de españoles se asentaron en América Latina, incluso después de la independencia de las colonias, a los que vinieron a sumarse los que marcharon tras la Guerra Civil y durante la posguerra. Países como Venezuela, México, Cuba, Argentina, Uruguay, Chile, Cuba, Colombia, Puerto Rico, Costa Rica, Ecuador, contaban sus colonias españolas por cientos de miles y hasta por millones.

Hasta el Norte de África recibió cientos de miles de españoles en países como Argelia, o Marruecos. En los años sesenta se cuentan por millones los que protagonizan migraciones interiores, al tiempo que dos millones de españoles marchan a buscarse la vida fuera de España. La gran mayoría hacia Europa. Más de la mitad de ellos parte sin contrato y se encuentran en situación irregular en los países de acogida. Son clandestinos y no conocen ni el idioma en Alemania, Suiza, Bélgica, Holanda, Francia, Gran Bretaña.

Franco los deja marchar. No sabe ni cuántos se van, si prestamos atención  a que los datos de emigrantes ofrecidos por el gobierno español son muy inferiores a los facilitados por los países que los acogen. De lo que se trata para el régimen dictatorial es de recibir divisas y esconder la realidad de una fuga masiva de población. Los emigrantes y el turismo son el motor del desarrollo económico durante esa etapa del franquismo.

Los emigrantes españoles hacían el trabajo duro que no querían los nacionales. Vivían en barracones, o en lugares con ínfimas condiciones de salud. Sus salarios eran más bajos y las condiciones de trabajo mucho más difíciles. La integración y la reagrupación familiar, misión casi imposible.

Pero vamos, no nos liemos pensando que eso ya pasó, que son cosas del pasado, historias de nuestros abuelos. Ni mucho menos. En el año 2009, cuando comenzaban a sentirse los efectos de la crisis global en España, no llegaban a 1.500.000 el número de residentes españoles en el extranjero.

En el 2018 esta cifra de españoles por el mundo alcanzaba casi los 2.500.000 personas, repartidas por todos los continentes, pero especialmente por América (más del 60 por ciento) y Europa (en torno al 35 por ciento). El resto se encuentra en Asía, África y Oceanía. Unos son nuestros ascendientes, otros nuestros hermanos y, la mayoría, nuestros hijos. Porque son ellos quienes han terminado buscando un mejor horizonte de vida y trabajo.

Nos duele que los insulten cuando hablan en español en el metro londinense, o que sientan miedo de ser expulsados del país. Nos sentimos agraviados cuando los relegan a las tareas peor valoradas. Nos alegra que triunfen allá, después de que se les cerrasen todas las puertas acá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

España no iba a ser diferente a otros países europeos y anglosajones. Ya tenemos una ultraderecha cavernaria dispuesta a recoger los miedos y malestares más rancios y profundos de una parte de la población. Me preocupan muchas de las cosas que defienden estos personajes políticos venidos del pasado y que ya fueron tan bien reflejados por Bergman en El huevo de la serpiente, por Manuel Gutierrez Aragón en Camada Negra, o por Bardem en Siete días de enero.

Pero claro, esto de alimentar un racismo ex novo, una decrépita xenofobia, un patrioterismo intransigente, me parece tirar piedras en el mismísimo tejado de nuestra historia , nuestro pasado y nuestro presente como país en un mundo globalizado. Una falta de respeto a nosotros mismos. No es eso, no es eso.

Hay a quienes les gusta clasificar a las personas en función de su color, su religión, su sexo, su opción sexual, su ideología, su voto declarado, su voto intuido. Todo parece así más sencillo. Se adscribe una identidad y, a partir de ahí, ya no hay más que hablar. Sin embargo, creo que ese reduccionismo termina siendo una barrera de incomunicación, bebedero de tópicos y  recurso empobrecedor, a la par que simplista.

Cuanto más rica es una personalidad, más se producen intersecciones  de identidades. Ya lo decía Luis Eduardo Aute, citando a San Agustín, yo soy al menos dos y estoy en cada uno de los dos por completo. Pongamos el ejemplo de Karl Marx. Pudiera parecernos que el personaje se agota en la filosofía, en su visión de la economía, las clases sociales, sus predicciones históricas, fallidas, o acertadas.

Sin embargo, hay una lectura ecologista de Marx, otra educativa. Se puede mirar a Marx desde la poesía, o tomar en cuenta sus interpretaciones del nacionalismo, su opinión sobre la religión (no tan opiácea como la que se nos ha contado), su relación con las mujeres. Su opinión sobre la posesión de la tierra, sus cálculos matemáticos, el papel de los medios de comunicación, el modelo de ciudad, o detenernos en su activismo político incansable.

Ya he dedicado algunos artículos a reflexionar sobre su visión del trabajo humano, o sus reservas ante las opiniones sobre el derecho a la pereza sostenidas por su yerno. Unas reservas que tenían más que ver con el choque de una cultura alemana con otra hispanocubana y que menospreciaban el tremendo esfuerzo que Pablo Lafargue (el yerno en cuestión) desplegó a lo largo de su vida para difundir por España y Francia, las ideas de su suegro y, sobre todo, el amor que dispensó a su hija Laura.

En el año que se ha cumplido y nos ha dejado desamparados ante un horizonte cada vez más extraño de días y meses plagados de inseguridades, desasosiegos, e incertidumbres, conmemorábamos el nacimiento de Marx hace 200 años. Uno de los hombres cuyas ideas han influido más en los procesos históricos que se han desencadenado a lo largo del último siglo y medio.

El acontecimiento me ha dado la oportunidad de compartir páginas heterodoxas, cuando no abiertamente heréticas, respetuosas, o irreverentes, sobre el pensamiento y las diferentes lecturas a las que se presta Carlos Marx, en un libro al que titulamos Dígaselo con Marx. Un puñado de mujeres y hombres que se ha prestado a dar su versión de las identidades que habitaban en el Moro (que así le llamaban en la estrecha contorna de familiares y amigos).

Quiso Marx conocer el mundo y su funcionamiento para, inmediatamente, ponerse a la tarea de transformarlo. Nunca un filósofo se había volcado con tanto empeño en esa labor y muy pocos dedicaron su vida a sentar las bases para gobernar las transformaciones que se aceleraban en el tiempo.

Sin la figura de Marx y de su amigo Engels, sin sus mujeres, sus hijas, sus yernos, sería muy difícil interpretar nuestro tiempo. No sólo el pasado, sino sobre todo el presente. No podríamos entender la existencia de sindicatos, partidos de origen obrero, procesos revolucionarios y reaccionarios que conmocionaron y que siguen preocupando en el mundo.

Sin ellos no se explican los avances sociales, el Estado del Bienestar, los sistemas sanitarios, educativos y de servicios sociales. Las potencias imperialistas coloniales, las catastróficas consecuencias de la descolonización, las concentraciones de capital y las grandes guerras, desigualdades, hambrunas. La concentración de capitales y el hecho de que, pese al aumento general de la riqueza, los ricos sean cada vez más ricos y los pobres seamos más desiguales cada día.

Sin los marxistas no se explican los anarquistas, el socialismo, ni la teología de la liberación. El urbanismo pensado para la clase trabajadora, nacido en lugares como Berlín o Viena, antes de la llegada del fascismo, le debe mucho a Marx. El feminismo se universalizó cuando las mujeres trabajadoras entraron en acción y reclamaron igualdad laboral y derechos sociales, además del derecho al sufragio.

Es cierto que la prusiana ciudad de Tréveris ha celebrado activamente el nacimiento de su ciudadano más ilustre, pero no he visto gran entusiasmo en otros países, ni en la propia Alemania. Se ha presentado alguna atractiva película como El joven Karl Marx. En cuanto a España, algún Congreso Universitario, como el de la Complutense de Madrid y algunas publicaciones como el libro mencionado.

Son tantas las citas, acontecimientos, noticias, escándalos rosas, azules, de corrupción económica, que todo tipo de eventos conmemorativos terminan resultando flor de un día. Esa es una de las claves del sometimiento y la esclavitud a la que nos condena la modernidad. Todo es efímera efemérides.

No creo que todo sea elogiable en Marx. Para mi gusto, entró tan de lleno en la economía, el análisis de las clases sociales y acumuló tantos esfuerzos para luchar por la igualdad, que olvidó la capacidad corruptora del poder y terminó dejando la puerta entreabierta a lo que él creyó sería dictadura del proletariado y terminó siendo dictadura sobre el proletariado. De nada sirvió luego explicar que la dictadura del proletariado no era estalinismo, ni maoismo, ni polpotismo.

Pero de ahí a obviar que una parte muy importante de nuestro pensamiento, de nuestra capacidad para estudiar, analizar, juzgar, sentenciar y corregir las lacras de nuestro tiempo siguen necesitando de Carlos Marx y su gente, me parece un error de bulto.

Un error que nos permite pensar que inventamos el mundo cada vez que estallamos, nos organizamos, reivindicamos y conseguimos cambiar algo, en lugar se sentirnos parte de una corriente que a veces se transforma en marea, tempestad, o aguacero que ha recorrido y sigue recorriendo la historia humana desde tiempos inmemoriales. La corriente de la libertad, la justicia y la solidaridad, frente a la barbarie.

Nadie se horroriza, nadie se indigna

No recuerdo por qué circunstancia me topé con la referencia de un libro como Los grandes cementerios bajo la luna. Acudí a una librería religiosa especializada. Pregunté qué tenían de su autor, el católico Bernanos. La amable librera tuvo que buscar el nombre, que no le sonaba y terminó encontrando una de sus obras, Diálogos de Carmelitas, que se había vendido hace algunos meses. Algo raro hay en un autor católico, al que no reivindican ni los suyos.

Bernanos sigue incomodando. No es para menos. Un hombre que se reclamaba monárquico en la republicana Francia y que no dudaba en fustigar sin contemplaciones a los nacionalistas, monárquicos, derechistas y ultracatólicos de Acción Francesa. Que rechazaba abiertamente el escenario hitleriano, mussoliniano y estalinista, que se perfilaba en Europa.

La Guerra Civil española pilló a Bernanos en Mallorca. Se llevaba bien con los falangistas. Su hijo Yves se integró inmediatamente en las escuadras de la Falange que se hicieron con la isla. Pronto llegaron las detenciones, los paseos nocturnos, los fusilamientos sistemáticos de gentes que no habían herido ni matado a nadie.  Su hijo, desgarrando la camisa azul de falangista y gritando que aquella noche las escuadras habían matado a dos pobres viejos campesinos.

María Luisa Suárez Roldán

En estos tiempos de reivindicación de la igualdad de la mujer, me parece necesario recordar a María Luisa Suárez, que acaba de dejarnos con 98 años de edad. Una de esas personas que luchó por la emancipación, la libertad y los derechos en tiempos mucho más difíciles de los que hoy nos toca vivir.

Nació María Luisa en Madrid en 1920. Sus padres eran republicanos y decidieron que su hija tuviera una educación laica y librepensadora. Por eso su formación inicial se desarrolló en la Institución Libre de Enseñanza, ese proyecto de regeneración, modernización y europeización de la enseñanza que puso en marcha Francisco Giner de los Ríos.

Las botas militares pisotearon todas aquellas buenas intenciones pedagógicas, el reconocimiento de los derechos que la República había concedido a las mujeres y cualquier intento de reformas sociales, o políticas, que pudieran dar voz, protagonismo y poder al pueblo. Sin embargo, el poso de todo lo vivido en aquellos primeros años acompañó a María Luisa, a lo largo de toda su existencia.

Se empeñó, recién acabada la guerra, en ingresar en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, aunque fuera la única mujer matriculada allí en 1941. Hay que hacerse a la idea de dónde entraba nuestra joven heroína. Una facultad completamente masculina, cuando no abiertamente machista, en la que enseñaban profesores que habían superado todas las depuraciones del régimen franquista y que tenían un alto sentido y un elevado concepto de la clase a la que pertenecían y a la que estaban destinados a defender.

Operación Chamartín

Me gustaría comenzar el año de otra manera y no embarcado en el debate sobre la Operación Chamartín. Ese proyecto en el que andan atascados el Ayuntamiento de Madrid, el Ministerio de Fomento, RENFE, ADIF (Administrador de Infraestructuras Ferroviarias), con la necesaria aquiescencia cómplice de la Comunidad de Madrid. Todos a una para dar vía libre a un proyecto siempre polémico, continuamente aplazado y ampliamente cuestionado.

Especialmente desde mediados del año pasado la discusión y hasta el litigio se han abierto en canal. La historia viene de muy lejos. Nada menos que desde hace 25 años. La Estación de Chamartín fue construida hace más de medio siglo en un descampado y, desde entonces, los terrenos de su entorno se convirtieron en preciosa golosina para especuladores.

En 1993 se dio el pistoletazo de salida a la Operación Chamartín, con el objetivo de conectar barrios separados por el ferrocarril, soterrar vías y crear un entramado urbano. RENFE y Ministerio de Fomento decidieron que esta actuación se realizaría, por primera vez, mediante la fórmula de concesión al sector privado, cobrando un canon y privatizando el suelo público para venderlo, alquilarlo, o comercializar los edificios construidos sobre el mismo.

La pública Argentaria (absorbida luego por el BBVA) y la Constructora San José, se lanzaron a constituir una empresa que se quedó con la concesión y que hoy se llama Distrito Castellana Norte. Los procesos judiciales abiertos por los afectados y las críticas ciudadanas a causa de la escasez de vivienda social y protegida en el proyecto y la excesiva inversión pública en detrimento del necesario equilibrio territorial de la ciudad, han determinado que hasta ahora no se haya dado vía libre al proyecto.

Feliz Año Nuevo

Me pide mi amigo Javier Cuenca que me estire un poco y escriba algún breve artículo, de vez en cuando, sobre Villaverde. Agradezco que los amigos se acuerden de mí y me inviten a participar en sus sueños, sus ideas, sus proyectos. Así que a ello vamos.

Se lo debo a Javier y se lo debo a mi madre que, después de nacer en Mejorada, un pueblecito cercano a Talavera, después de atravesar una guerra, una posguerra, años de eso que hoy llamamos servicio doméstico y antes criada, hambrunas, desarrolismos, limpiar casas, fincas, colegios, terminó comprando piso en Villaverde y allí siguió viviendo hasta su muerte.

Para comenzar la ronda, vaya por delante esta felicitación de Año Nuevo que he difundido en las redes sociales. Una foto de ropa tendida en los balcones de Villaverde, con un escueto texto, Felices fiestas. Feliz 2019. Que ondeen nuestras banderas en las ventanas.

Me explico. Todos tenemos una patria. Decía la madre de Serrat que la suya era aquella en la que trabajaban sus hijos. Mi patria es la de mi madre, Villaverde. No creo que fuera el lugar donde ella encontrara más felicidad, pero sí su lugar en el mundo.

No era el mejor lugar de Madrid, ni el más hermoso. Era, tan sólo, el suyo. Aquel en el que cuando salía a la calle, o llamaba a la puerta de enfrente, encontraba personas con las que había compartido nacimientos, bodas y bautizos, enfermedades, jubilaciones, viudedad, funerales.

Ahora, después de tragarnos riadas de mensajes que nos hablaban del fin de trabajo y del final de la Historia, que iban a ser barridos por inevitables y acelerados procesos de digitalización y globalización, nos encontramos con que el debate que atraviesa la incorporación de nuevas tecnologías, el cambio climático, las migraciones, la globalización, es el problema del reparto de la riqueza, la decencia del empleo y, en consecuencia, la formación inicial y permanente de las personas.

El desempleo, la temporalidad, la baja calidad del empleo, la precariedad, la infracualificación de muchos y la sobrecualificación de otros tantos, la inadaptación entre cualificación y empleo disponible, el deterioro salarial y de derechos laborales atacan directamente al centro del modelo social que ha permitido construir Europa y la cohesión social.

La educación, la formación inicial y la formación permanente de las personas se nos presentan como llave para abordar estos retos. Es cierto que se consideran elementos esenciales para las empresas, pero se tiende a olvidar que, por encima de ello, son un derecho de la persona. Cada país pone el acento en una interpretación distinta de estos conceptos.

Proyecto Bikutsi en Camerún

Hay quien dice que los jóvenes se han vuelto individualistas y egocéntricos. Encerrados en sí mismos, e inmersos en el laberinto intrincado de las redes sociales. Y, sin embargo, la vida se empeña en demostrarnos que basta una pequeña chispa, para que el aislamiento se rompa y la solidaridad explote de forma sorprendente e imprevisible.

Hace meses, un amigo de Rivas, Marcos, me puso en contacto con una asociación local volcada en la solidaridad, que quería presentarme a un grupo de jóvenes, a las que alguna diputada llamaría jóvenas, que se habían embarcado en un proyecto de apoyo a la educación en Camerún. Sinceramente, conozco poco sobre esas tierras. Poco más que cuatro nociones básicas. Así que, de entrada, antes de verme con ellas, me puse a investigar algo sobre el país.

Parece que por el territorio que hoy llamamos Camerún, han pasado pueblos neolíticos, tribus, reinos y hasta un imperio. Luego pasaron, comerciando por allí, de paso hacia la India, los portugueses que, ante la abundancia de cangrejos, gambas y camarones, le dieron el nombre de Río dos Camaröes. Dejaron a su paso algunos puestos comerciales y unos cuantos misioneros.

Cine Tetuán

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que, en Tetuán de las Victorias, había hasta 25 cines. Cines míticos como el Metropolitano, Maravillas, Lido, Cristal, Bellas Vistas, Novedades, Regio, Savoy, Tetuán, Victoria, Windsor y otros muchos. Por eso  el barrio merecía el nombre de El pequeño Hollywood.

Hoy, al cabo de los años, en esas calles y plazas de leyenda, Bravo Murillo, Raimundo Fernández Villaverde, Cuatro Caminos, Reina Victoria, Francos Rodríguez, no queda un solo cine.  La Asociación de Vecinos acaba de publicar el listado de estos cines en uno de sus Pliegos del Cordel, incluyendo una pequeña referencia a la ubicación, historia y fecha en la que fue cerrado cada uno de ellos.

Hermoso proyecto, éste de los Pliegos del Cordel, cuyo primer número fue dedicado a las poesías escritas por las poetas del barrio, con la incursión de unos pocos hombres, entre los que tengo el privilegio de figurar. Retoman así una ancestral tradición, vinculada a las coplas de ciego y el romancero. Esos papeles sin encuadernar que se colgaban en cuerdas y que daban cuenta al vecindario de milagros, hechos extraordinarios, leyendas, cuentos, noticias, sucesos cotidianos, crónicas históricas.  

Es cierto que han cambiado mucho los tiempos. Que para ver una película no es estrictamente necesario ir a un cine. Que son muchas más las formas y maneras de entretenimiento y que las que había, han sufrido profundas transformaciones. La resolución es mucho mejor en las pantallas de televisión y su tamaño es ahora XXL.

Huelga general 14-D

En estos días se cumplen 30 años desde la realización de aquella primera Gran Huelga General de una democracia española que acababa de cumplir diez constitucionales años. No han abundado los actos conmemorativos de la fecha, pero tampoco han faltado, o van a faltar, aquellos en los que han participado algunos de sus principales protagonistas.

Entrevistas a quienes dirigían las organizaciones que convocaron la Huelga, como Antonio Gutiérrez y Nicolás Redondo. En casi todos los medios se publican noticias que recuerdan aquella Huelga, sus causas y sus repercusiones. Algún libro se ha escrito y un puñado de artículos de opinión se han dedicado a profundizar en aquel momento.

Historiadores pretendida, o pretenciosamente, considerados oficiales, o bien oficiosos, querrán fijar en la memoria la “verdadera” historia de aquellos días, ignorantes de que la historia colectiva tiene tantas versiones como personas, personajes, actores y actrices, héroes o villanos, la vivieron y participaron en la misma.

No faltarán, por último, los tertulianos que analizarán, explicarán, desentrañarán y examinarán cada instante, minuto a minuto, de la Huelga General, para alcanzar las conclusiones prefabricadas que contribuyan a ratificar sus ideas iniciales, con las que ya venían de casa. No pocos dirán que el éxito de la huelga se debió, tan sólo, al apagón de la televisión a las 12 de la noche.

Arte urbano

Querido Antonio,

Me dirijo a ti, como Presidente de la Asociación de Vecinos de Cuatro Caminos Tetuán, pero esta carta va dirigida a cuantas personas os conjuráis en esa aventura de defender los derechos de la ciudadanía, el vecindario, el pueblo llano, que sufre cada día las ineficacias, las ineficiencias, la desidia de nuestros gobernantes. Una carta abierta a quienes dedican tiempo de su vida a defender lo que es de todas y todos en las Asociaciones de Vecinos y Vecinas.

Acabáis de entregar los premios Constitución la del 31, inequívoca muestra de vuestras convicciones republicanas y me habéis honrado con uno de ellos. En el diploma habéis escrito, Por su contribución al conocimiento de “los nadies”. Entre los premiados se encuentran otras personas que, desde la política municipal y autonómica, el teatro, el urbanismo, el cine, la pintura, el diseño, colaboran con vuestro esfuerzo por situar al barrio en una de esas centralidades que pugnan por convivir con el Madrid Central. Reconocimientos que no han olvidado a mujeres y hombres que nos han dejado, pero que han compartido vuestra vida y empeños.

Mi primera afiliación, fue a una asociación de vecinos de Villaverde, cuando aún se llamaban Asociaciones de Cabezas de Familia. Dicho de otra manera, las mujeres y los jóvenes estábamos legalmente de prestado, aunque teníamos un extraoficial carnet juvenil. Eran aquellos tiempos dictatoriales de democracia orgánica (nunca supimos bien de qué órganos se trataba, aunque podíamos imaginarlo), en la que la representación venía de la familia, el municipio y el sindicato (vertical, por supuesto).  

Si los militantes de las CCOO, desde las empresas, se fueron infiltrando en el sindicato vertical hasta ganar las elecciones sindicales, en los barrios, como vecinos, también se fueron haciendo con algunas de aquellas asociaciones vecinales, especialmente las ubicadas en los barrios obreros.

Aún recuerdo aquellos discursos de Marcelino Camacho, en los que siempre reservaba una alusión a la revolución científico-técnica. Algunos dirigentes sindicales, muy acostumbrados a bregar diariamente, en las empresas, con los salarios, las jornadas, el convenio, las horas extraordinarias, las regulaciones de empleo, o las contrataciones, pero adormecidos en su capacidad de adelantarse a los cambios, sonreían, como si aquello fuera una muletilla  proverbial y típica de Marcelino.

Sin embargo, pasados los años, me parece que el núcleo central del debate y de la acción del sindicalismo, se encuentra, precisamente, en la revolución tecnológica en curso. Porque son los cambios tecnológicos los que van determinando qué empleos desaparecen y cuáles van a ser creados en el inmediato futuro, al tiempo que delimitan las necesidades de cualificación y las características de cada puesto de trabajo.

Vista la naturaleza de los acelerados cambios tecnológicos que se están produciendo, hay quien augura la desaparición del trabajo humano, pero esto no está ocurriendo, al menos por el momento. Ni en puestos de baja cualificación, que difícilmente pueden cubrir por el momento las máquinas, ni en las nuevas necesidades de puestos que requieren altas o medias cualificaciones.

La mayoría de los empleos sufren ya y van a sufrir aún más en el futuro inmediato, modificaciones importantes, a causa de la introducción de nuevas tecnologías. Determinadas operaciones quirúrgicas pueden ser realizadas por una máquina y a distancia, pero no por eso necesitamos menos cirujanos. Muchos procesos bancarios pueden ser realizados online, pero los bancos dedican mucho mayor esfuerzo a una atención personalizada de fidelización de sus clientes.

Línea del cielo en Madrid

Este año se ha cumplido el 35 aniversario de la aprobación del Estatuto de Autonomía de la Comunidad de Madrid. Es cierto que se prefiere celebrar las décadas redondas. El 10, el 20, incluso el 25 puede tener cierta notoriedad. El 35, sin embargo, viene un poco más a trasmano.

También es verdad que, en un momento como el que vivimos, marcado por una larga y dura crisis, primero financiera, luego económica, inmediatamente laboral, al final social, política y hasta cultural, merece la pena aprovechar cualquier fecha para provocar el encuentro y reflexionar sobre el estado de nuestra convivencia.

La cita del 35 aniversario de la autonomía madrileña me parece necesaria, máxime cuando también se conmemoran los 40 años de Constitución Española y ahora que el debate sobre el modelo de Estado se convierte en una constante que presenta aristas siempre pendientes de resolución.

Llegamos hasta aquí desde una dictadura centralista, tras la cual el Estado de las Autonomías se constituyó en punto de encuentro y acuerdo para construir una administración casi federal, sin llamarla así. La situación en Cataluña, o el reciente episodio de Andalucía revelan hasta qué punto el debate no está resuelto.

Trabajo en los tiempos modernos

Hace ya casi 500 años, el fraile franciscano Vasco de Quiroga, era designado por el emperador Carlos V como primer obispo de Michoacán, para lo cual, a sus 68 años de edad, fue ordenado aceleradamente sacerdote y obispo. Con el tiempo sería más conocido como Tata Vasco, que en el idioma de los indígenas purhépechas suponía el reconocimiento y otorgaba el cariño reservado para los padres.

Tata Vasco construyó iglesias y conventos, pero también y en este caso no sin oposición de los conquistadores, apoyados por el propio Virrey, se empeñó en la construcción de escuelas y hospitales. Desarrolló una amplia red de pueblos económicamente autosuficientes y autogestionados, a la manera en que podemos entender la autogestión en aquellos tiempos. Pueblos como Santa Clara del Cobre, Paracho, Páztcuaro, Janitzio y otros muchos, como el de Quiroga, que aún sobreviven en Michoacán.

Un hermoso poemario de Ernesto Cardenal, nos devuelve la figura de Tata Vasco y su obra. Sus pueblos con activa vida comunitaria, las casas familiares con su huerto anexo, jornadas laborales de seis horas diarias para que por el trabajo nunca nadie muriera, desarrollo de la agricultura y una enseñanza práctica de la artesanía, que aún sigue caracterizando a los pueblos que se expanden entre Michoacán y Chiapas.

Ahora el Papa Francisco anda empeñado en la canonización de aquel abulense de Madrigal de las Altas Torres, Vasco de Quiroga, que zarpó rumbo a las Indias para singlar una vida intensa dedicada a la construcción americana de la Utopía, pese a las tremendas dificultades, las trabas y los obstáculos de quienes allí llegaron sólo para enriquecerse a costa de las vidas humanas. Bien merece el reconocimiento.

Aviso Madrid Central

Ya está aquí Madrid Central. El proyecto me parece interesante. Afecta a más de 470 hectáreas del centro de Madrid. La idea es reducir la contaminación atmosférica, aminorar el ruido, conseguir más espacio público, convertir el centro de Madrid en un pulmón y no en un foco de emisión de gases contaminantes. La idea parece buena y da un paso adelante en la misma línea que están impulsando otras muchas ciudades, en otros muchos lugares del planeta.

Sin embargo, la polémica está sembrada. Organizaciones empresariales, el gobierno heredero de Aguirre y Cifuentes en la Comunidad de Madrid,  comerciantes del centro, algunos vecinos, la derecha política, al unísono, manifiestan su malestar por la implantación de la medida y amenazan con acudir a los tribunales.

No me centraré en las críticas de la derecha política, que sólo se sustentan en la impotencia de no haberlo hecho antes ellos, ni tampoco en el miedo egoísta de algunos comerciantes que, al final, terminarán formando parte de los principales beneficiarios de las restricciones al tráfico del centro. Me detendré en los matices aportados desde la izquierda y los sectores progresistas, porque siempre he pensado que el que las cosas salgan bien o mal, dependen mucho de nuestros propios errores y debilidades, no corregidos a tiempo.

Vaya pues, por delante, mi decidido apoyo al Madrid Central, porque es lo que toca, es lo que hay que hacer y es lo que yo quería que se hiciera. Coincido con Eduardo Mangada, en que supone un vuelco radical a las políticas que la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento, habían venido aplicando, utilizando la la coartada de la libertad de utilizar el coche, para pisotear la libertad de quienes no quieren enfermar a bocanadas de humo y desearían disfrutar la ciudad de otra manera.

Francisca Aguirre, Paca para cuantos la conocemos, acaba de recibir el magnifico reconocimiento del Premio Nacional de las Letras 2018. Poeta y no poetisa, como las llaman quienes buscan encasillar a las mujeres poetas en un mundo de sensiblería y ñoñería, muy alejado de la realidad de creación literaria que protagonizan las escritoras en nuestro tiempo.

Hace bien poco, leía un artículo que ponía de relieve la discriminación de la mujer, también en el mundo de la cultura y la creación poética. La presencia de mujeres en los jurados de premios de poesía se limita al 15 por ciento en las últimas décadas. Porcentaje que ha aumentado al 21 por ciento en los últimos diez años.

La divulgación, publicación, acceso a premios, de nuestras poetas sigue siendo un problema de poder acumulado por una serie de personajes que dominan y controlan el mundo literario, sostiene la autora del estudio. Una situación que va cambiando, pero muy lentamente.

Me invitaron los compañeros y compañeras de Castilla y León a participar, en Burgos, en una mesa redonda para reflexionar sobre las relaciones del movimiento feminista con el sindicalismo y con el resto de movimientos sociales. Acompaño a dos ponentes de lujo: Begoña San José y Paula Guisande.

Begoña comenzó en el trabajo doméstico, la contrataron más tarde en la fábrica Osram, militó en las clandestinas CCOO y en el PCE. Es detenida, despedida, se incorpora al Movimiento Democrático de Mujeres. Fue la primera Secretaria de la Mujer de CCOO de Madrid, en 1976 y de CCOO de España desde 1977, inaugurando así la andadura legal del sindicalismo español.

Estudia derecho, se prepara las oposiciones de Secretaria de Ayuntamiento y con ello se gana la vida. Dedica su tiempo al movimiento feminista y ha ocupado cargos como el de subdirectora de la Dirección General de la Mujer, o Presidenta del Consejo de la Mujer de Madrid.

Paula Guisande, por su parte, no se queda atrás. Ha sido Secretaria de Juventud, más tarde asumió también las Relaciones Internacionales en CCOO de Madrid y es actual Secretaria de Política Social y Movimientos Sociales de la Confederación de CCOO.  Tiene raíces en Italia, Francia, España, Brasil, Argentina y seguro que olvido algún país más. Acaba de traspasar esas raíces a un precioso niño. No hace ascos a nada porque como mujer y sindicalista, todo le interesa y todo le preocupa.

De un tiempo a esta parte se ha desencadenado un intenso debate vecinal, en algunos barrios de Madrid, en torno al desarrollo de unos proyectos que se denominan ARTEfactos. Parece ser que el Ayuntamiento de Madrid ha contratado a una empresa para diseñar una serie de edificios que incorporen viviendas sociales para colectivos desfavorecidos, espacios comunes para quienes vivan allí y usos dotacionales para el barrio. Los barrios elegidos parece que son Carabanchel, San Blas, Valdebebas y, recientemente, se presentó uno de estos proyectos en Retiro.

La verdad es que me ha costado entender el concepto y desvanecer las reticencias que me suscita el riesgo de que la idea acabe por crear guetos. Hay quienes los denominan, despectivamente, comunas. He buceado en internet y he intentado aclararme a qué se refieren los autores del proyecto y qué nos proponen con los ya famosos ARTEfactos.

De entrada, parece que plantean una intervención urbanística que sintetiza arte y habitabilidad, edificios donde vivir que funcionen bien internamente y que se relacionen provechosamente con el entorno. El edificio como mucho más que una colmena de jaulas incomunicadas hacia el interior y aisladas del espacio exterior. La idea, en principio, no parece mala.

En realidad, creo que esta forma de entender el urbanismo debería impregnar cualquier proyecto de desarrollo de la ciudad. Nos evitaría muchos problemas de barrios invivibles, como muchos de los que se están desarrollando en las grandes ciudades. Una suma inmensa de individualidades aisladas, mal comunicadas, con deficientes transportes públicos, en entornos feos, artificiosos, sin los servicios mínimos necesarios y dependientes de un gran centro comercial en las inmediaciones.

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