Feliz Año Nuevo

Me pide mi amigo Javier Cuenca que me estire un poco y escriba algún breve artículo, de vez en cuando, sobre Villaverde. Agradezco que los amigos se acuerden de mí y me inviten a participar en sus sueños, sus ideas, sus proyectos. Así que a ello vamos.

Se lo debo a Javier y se lo debo a mi madre que, después de nacer en Mejorada, un pueblecito cercano a Talavera, después de atravesar una guerra, una posguerra, años de eso que hoy llamamos servicio doméstico y antes criada, hambrunas, desarrolismos, limpiar casas, fincas, colegios, terminó comprando piso en Villaverde y allí siguió viviendo hasta su muerte.

Para comenzar la ronda, vaya por delante esta felicitación de Año Nuevo que he difundido en las redes sociales. Una foto de ropa tendida en los balcones de Villaverde, con un escueto texto, Felices fiestas. Feliz 2019. Que ondeen nuestras banderas en las ventanas.

Me explico. Todos tenemos una patria. Decía la madre de Serrat que la suya era aquella en la que trabajaban sus hijos. Mi patria es la de mi madre, Villaverde. No creo que fuera el lugar donde ella encontrara más felicidad, pero sí su lugar en el mundo.

No era el mejor lugar de Madrid, ni el más hermoso. Era, tan sólo, el suyo. Aquel en el que cuando salía a la calle, o llamaba a la puerta de enfrente, encontraba personas con las que había compartido nacimientos, bodas y bautizos, enfermedades, jubilaciones, viudedad, funerales.

Esas cosas que nos hacen patriotas. Porque los patriotas, como las meigas, existen y no son cuatro chulos a caballo, cargados de pulseras, relojes, collares de perro de raza, colgantes y camisetas rojigualdas. Patriotas somos los que nos sentimos ligados a una tierra, a una familia, a un clan, a un barrio, a un pueblo, aunque hayamos, o no, nacido allí.

Somos los que hemos jugado en sus calles, hemos visto películas en sus cines ya desaparecidos, hemos chupado tardes de domingo en sus billares, convertidos en casas de apuestas, hemos ocupado sus plazas, nos hemos disfrazado en sus carnavales, nos hemos manifestado para pedir colegios, institutos, centros de salud, centros culturales, asfaltado, limpieza. Nos organizamos en asociaciones, vecinales, culturales, sindicales, deportivas.

El himno de mi patria es el ritmo de nuestra vida convertido en músicas venidas de todas las partes del mundo. Hoy mi himno es una copla y mañana un rap. Hoy un son cubano y dentro de un rato el himno se transforma en rock. Unas veces el ritmo se convierte en danza bikutsi, salsa, merengue y otras en pasodoble o chotis. El himno de mi patria es rico, ecléctico, variado y universal.

Y la bandera. Qué decir de la bandera de mi patria. Ahí, me inclino y soy del parecer de Robe Iniesta, el de Extremoduro. Creo firmemente que no hay mejor bandera que la ropa tendida, los pájaros sin amo, la lluvia, el agua, o esos duendes del parque que registran las basuras. Ropa tendida de todos los colores. Y no hay más patrias, ni fanfarrias, ni banderas.

Vamos a un año en el que hay elecciones municipales, europeas y autonómicas, puede que hasta generales haya en camino. Nos van a llenar la cabeza con su patria, sus cancioncitas facilonas, sus machaconas proclamas y sus banderas, muchas banderas. Que no falte parafernalia.

Yo, por mi parte, seguiré a lo mío, en mi patria, con mi gente, mi ropa tendida y mis canciones. No quiero que me griten, ni me llenen la cabeza de odios ancestrales y rencores sobrevenidos. No quiero que me cuenten que el problema es mi vecino, que vino de Andalucía, Cataluña, Marruecos o Ecuador. Su piel, su religión, su sufrimiento, no le hacen menos patriota mío.

Cuando llegue el momento buscaré a personas sencillas, que no simplonas, dispuestas a cuidar de todas y todos, que nos protejan de los poderosos y los ricos, que consigan que los servicios públicos funcionen sin grandes propagandas publicitarias, que nos dediquen su tiempo sin enriquecerse a cambio, que paseen por las calles y escuchen nuestros problemas, nuestras necesidades y tranquilicen nuestros miedos. Y si los encuentro, les daré mi voto.

Ahora, después de tragarnos riadas de mensajes que nos hablaban del fin de trabajo y del final de la Historia, que iban a ser barridos por inevitables y acelerados procesos de digitalización y globalización, nos encontramos con que el debate que atraviesa la incorporación de nuevas tecnologías, el cambio climático, las migraciones, la globalización, es el problema del reparto de la riqueza, la decencia del empleo y, en consecuencia, la formación inicial y permanente de las personas.

El desempleo, la temporalidad, la baja calidad del empleo, la precariedad, la infracualificación de muchos y la sobrecualificación de otros tantos, la inadaptación entre cualificación y empleo disponible, el deterioro salarial y de derechos laborales atacan directamente al centro del modelo social que ha permitido construir Europa y la cohesión social.

La educación, la formación inicial y la formación permanente de las personas se nos presentan como llave para abordar estos retos. Es cierto que se consideran elementos esenciales para las empresas, pero se tiende a olvidar que, por encima de ello, son un derecho de la persona. Cada país pone el acento en una interpretación distinta de estos conceptos.

Hay países, como Suecia, en los que prima la visión de la Formación Profesional como parte de la Educación de las personas. El Estado financia, regula, planifica, una Formación Profesional bien conectada con los niveles medios y superiores de la educación. Esta visión pone más el acento en el progreso personal y profesional que en las necesidades específicas de las empresas.

En otros países, sin embargo, se entiende la Formación Profesional, como un complemento de la educación. Países acosados por el paro y golpeados por la crisis, que orientan la formación profesional hacia la mejora de las oportunidades de inserción laboral. Un instrumento para suministrar trabajadores cualificados en función de las necesidades empresariales, El Estado pierde protagonismo y son múltiples proveedores los que diseñan, imparten, deciden, sobre la mayor o menor cualificación necesaria en cada caso. Un ejemplo de este modelo sería Irlanda.

Se habla mucho por estas tierras del modelo alemán de Formación Profesional, eso que allí denominan formación dual y que constituye un referente en España para cuantos, desde las organizaciones empresariales, sindicales, o el propio gobierno, se ven forzados a fijar una posición pública sobre la formación profesional. La susodicha dualidad consiste, básicamente, en poner el acento en el aprendizaje práctico en las empresas.

El modelo alemán exige compromiso y cooperación entre empresarios, sindicatos y los gobiernos de los Estados Federales (el equivalente a nuestras Comunidades Autónomas), así como una regulación del trabajo de los aprendices que evite su explotación. En Alemania funciona. En España no ha pasado casi nunca de ser una declaración de intenciones, defraudada por demasiadas prácticas poco recomendables, que obvian la formación y fomentan la explotación laboral del aprendiz.

Uno de sus puntos débiles, en mi opinión, es que todo se organiza al servicio de que el empresario cuente con personas cualificadas para atender las necesidades de la empresa, lo cual es necesario, siempre que no se convierta en el objetivo único y permita el desarrollo personal y profesional, así como el acceso a niveles superiores de formación y cualificación de las personas.

Países como Finlandia han intentado una mezcla de todas estas modalidades. Se puede realizar formación en un centro educativo, en una empresa, en una universidad. El Estado, a través de sus centros, o entidades privadas, pueden desarrollar procesos formativos. Incluso los profesionales que imparten dicha formación, pueden ser profesores, tutores de prácticas, maestros, formadores especialistas en determinadas materias.

El modelo se convierte en flexible para atender demandas de cualificaciones más específicas o más generalistas. Su objetivo es atender las necesidades de la empresa, pero también las necesidades personales de igualdad, de integración laboral, o de inclusión social.

Ya vemos que contamos con formas bastante dispares de entender la Formación Profesional, en países cercanos y miembros de un mismo proyecto político, económico y social, al que llamamos Europa. Creo que conviene extraer, al menos, unas pocas conclusiones prácticas sobre las que trabajar a lo largo de 2019.

En primer lugar, parece bueno diversificar la oferta de Formación Profesional, tanto en las cualificaciones que se ofertan, como en las edades y los grupos sociales a los que se facilita el acceso. Hay países que ensayan programas de FP incluso por debajo de los 16 años, como es el caso de Portugal.

Junto a esta diversificación la Formación Profesional, la Permanente, o la Formación para el Empleo, deben estar bien coordinadas y, a su vez,  conectadas con el sistema educativo y la Formación Superior universitaria. Son muchos los países que ya lo hacen, entre ellos, Alemania, Reino Unido, Francia, Austria, o Dinamarca.

Incluso se facilita el acceso a la universidad mediante acreditación de la experiencia profesional, pruebas de acceso específicas, o cursos de acceso a la universidad. Las universidades están cada vez más interesadas en incorporar, en el nivel superior de la educación, metodologías y competencias propias de la Formación Profesional no universitaria.

En un país como España en el que los índices de fracaso escolar y abandono educativo temprano son excepcionalmente altos, sería muy positivo conectar bien la educación de personas adultas con la FP. No se trata sólo de combatir el desempleo, sino de brindar una segunda oportunidad a quienes fueron expulsados, o abandonaron demasiado pronto los estudios y a quienes sufren las consecuencias de la desigualdad, ofreciéndoles nuevos itinerarios formativos diversificados.

Creo que es positivo que se vaya extendiendo una Formación Profesional que intenta ir más allá del entorno escolar y pone el acento en las prácticas en empresas y en entornos laborales, tanto en las enseñanzas medias, como en las universidades. Sólo creo que hay que prevenir que la Formación se ponga exclusivamente al servicio del empresario, cuando debe ser un derecho que asegure el desarrollo individual y la promoción laboral permanente de cada persona. Eso sólo es posible si los procesos de formación son fruto de la negociación y cuentan con la participación sindical, social y de las administraciones, junto a los sectores empresariales. Así ocurre en los países de Europa con una mejor Formación Profesional.

La Formación Profesional ha sido siempre el patito feo de la educación en España. Quien no “valía”, o no podía, seguir estudios superiores, terminaba en la Formación Profesional. No es tanto mala imagen, como una consideración social inferior. Este escenario va cambiando, pero muy lentamente.

En conclusión, la Formación Profesional que incorpora prácticas en las empresas está contribuyendo a ofrecer más oportunidades de empleo, que cuando la formación es exclusivamente teórica lo cual mejora el prestigio y la imagen de la FP. La Educación Técnica y Formación Profesional (ETFP) gana peso en los sistemas educativos, al tiempo que diversifica sus modalidades, metodología y contenidos, incorporando formación y prácticas en las empresas.

España debe asumir este reto y regular mejor este espacio de formación profesional permanente, asegurando los derechos de las personas que participan en estos procesos. La Unión Europea nos reclama negociar y aprobar un Estatuto del Aprendiz. De resolver bien estos desafíos va a depender no sólo el futuro de nuestras empresas, sino la propia calidad del empleo y la cohesión social de nuestro país. La Formación Profesional no puede seguir esperando.

Proyecto Bikutsi en Camerún

Hay quien dice que los jóvenes se han vuelto individualistas y egocéntricos. Encerrados en sí mismos, e inmersos en el laberinto intrincado de las redes sociales. Y, sin embargo, la vida se empeña en demostrarnos que basta una pequeña chispa, para que el aislamiento se rompa y la solidaridad explote de forma sorprendente e imprevisible.

Hace meses, un amigo de Rivas, Marcos, me puso en contacto con una asociación local volcada en la solidaridad, que quería presentarme a un grupo de jóvenes, a las que alguna diputada llamaría jóvenas, que se habían embarcado en un proyecto de apoyo a la educación en Camerún. Sinceramente, conozco poco sobre esas tierras. Poco más que cuatro nociones básicas. Así que, de entrada, antes de verme con ellas, me puse a investigar algo sobre el país.

Parece que por el territorio que hoy llamamos Camerún, han pasado pueblos neolíticos, tribus, reinos y hasta un imperio. Luego pasaron, comerciando por allí, de paso hacia la India, los portugueses que, ante la abundancia de cangrejos, gambas y camarones, le dieron el nombre de Río dos Camaröes. Dejaron a su paso algunos puestos comerciales y unos cuantos misioneros.

Luego los yihadistas de entonces declararon, como los de ahora, una guerra santa y crearon un emirato, desplazando a gente de un lado para otro. Con tanto trasiego, para cuando quisieron darse cuenta, los alemanes, ansiosos de participar en el reparto de títulos coloniales en Africa, se hicieron con aquellas tierras y las sembraron de factorías, negocios, comercios y tropas.

Cuando los alemanes perdieron la Primera Guerra Mundial, franceses y británicos se repartieron la colonia, produciendo una división y desencadenando un conflicto nunca bien resuelto, entre anglófonos y francófonos, antes, durante y después del propio proceso de descolonización.

Identidades confrontadas que vinieron a sumarse a las diferencias tribales y la pluralidad de religiones que profesan los musulmanes, cristianos, animistas, musulmanes-animistas, o cristianos-animistas. Entre Nigeria y el Congo, en la frontera con Boko Haram, Camerún no parece un  país nada fácil para unas pocas jóvenes, ni jóvenos.

La cosa tenía su explicación. Las tres jóvenes, porque tres eran tres, habían viajado escalonadamente a Camerún. Primero llegó una para coordinar un proyecto de prevención de la violencia en escuelas rurales, urbanas y en orfanatos. Luego fueron llegando las otras. Al cabo de unos meses se separaron de la ONG con la que colaboraban y dos de ellas marcharon a Dschang, la ciudad más grande del departamento de Menoua, en la Región Occidental de la república.

Y allí, en un país con dos lenguas oficiales, francés e inglés, que no hablan la mayoría de la población y con otras más de 230 lenguas que vienen del Congo, del Nilo, del Sahara y hasta de Asia. En un lugar donde los franceses,  ingleses, chinos, o los alemanes, invierten para promocionar su lengua, su cultura, sus empresas. En una universidad perdida en una de las diez regiones en las que se divide Camerún, nuestras jóvenes fueron a encontrar a cientos de alumnos y alumnas, estudiando en una Facultad de Estudios Hispánicos. Me pareció increíble, pero era cierto.

Cientos de alumnos apiñados en un edificio construido con ayuda del gobierno español. Ahí quedó la obra, en el olvido, nada más, nada menos. Una biblioteca vacía, gente sin ordenadores y con pocos libros, sentada en los pasillos. Y unas jóvenes españolas que se lanzan a hacer algo que las instituciones españolas ni se plantean. Intentar contribuir al desarrollo local, echando una mano en la formación de los estudiantes. Mejorar un sistema educativo neocolonial, poco participativo, desvinculado de las necesidades de desarrollo de la población local. Reducir las carencias de material didáctico. Alimentar la solidaridad entre la población española y camerunesa, sin paternalismos, sin maternalismos.

Aquellas jóvenes volvieron a casa, crearon una modesta asociación a la que llamaron Bikutsi. Han organizado el viaje a España de algún profesor y algún alumno, para que expliquen aquella realidad en nuestro país, para que contacten con universidades españolas. Han enviado libros de literatura para la Biblioteca de la Facultad, lo cual parece sencillo, pero termina resultando tremendamente difícil, dadas las dificultades para que alguien asegure la entrega del envío.

Desde que me explicaron su proyecto, Letras Españolas en Dschang, hemos conseguido contactar con la UNED, a través de su Consejo Social y se han producido donaciones de libros de Filología por parte de la universidad. Se han establecido relaciones entre el profesorado de ambas universidades. Se han grabado programas de la universidad y organizado conferencias.

Se me ocurre que otras instituciones universitarias, el Ministerio de Asuntos Exteriores, o el Instituto Cervantes, deberían prestar alguna atención a aquellos cientos de personas que quieren formarse en estudios hispánicos, en las peores condiciones imaginables, aunque sus ojos estén puestos no tanto en venir a España, sino en atravesar el Atlántico hacia América Latina.

Se me ocurre que estas jóvenes se han empeñado en hacernos bailar Bikutsi, esa danza que significa algo así como Vamos a golpear la tierra. Danzar, bailar, golpear, patear la tierra, hacerla temblar, hasta que las cosas cambien. Hasta que los caminos se desbrocen y la voz, el ritmo, el canto, la lengua, nos acerquen lo suficiente como para contar, sin miedo, nuestras historias, nuestras leyendas, nuestros mitos y nos ayuden a superar los problemas del aquí y del ahora.

Hay maneras y maneras de celebrar festejos navideños. Ésta de bailar, danzar, pensar, hablar y ponerse a andar en bikutsi, me parece increíblemente hermosa, joven, sugerente. Aún a riesgo de caer en el tópico y la generalización, diría que no se me ocurre mejor cuento de Navidad, fábula o leyenda del desierto, o relato oral, para contar y preservar del olvido, en una pequeña capilla, en una madrasa, en una Casa de la Palabra, en cualquier universidad española.

Cine Tetuán

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que, en Tetuán de las Victorias, había hasta 25 cines. Cines míticos como el Metropolitano, Maravillas, Lido, Cristal, Bellas Vistas, Novedades, Regio, Savoy, Tetuán, Victoria, Windsor y otros muchos. Por eso  el barrio merecía el nombre de El pequeño Hollywood.

Hoy, al cabo de los años, en esas calles y plazas de leyenda, Bravo Murillo, Raimundo Fernández Villaverde, Cuatro Caminos, Reina Victoria, Francos Rodríguez, no queda un solo cine.  La Asociación de Vecinos acaba de publicar el listado de estos cines en uno de sus Pliegos del Cordel, incluyendo una pequeña referencia a la ubicación, historia y fecha en la que fue cerrado cada uno de ellos.

Hermoso proyecto, éste de los Pliegos del Cordel, cuyo primer número fue dedicado a las poesías escritas por las poetas del barrio, con la incursión de unos pocos hombres, entre los que tengo el privilegio de figurar. Retoman así una ancestral tradición, vinculada a las coplas de ciego y el romancero. Esos papeles sin encuadernar que se colgaban en cuerdas y que daban cuenta al vecindario de milagros, hechos extraordinarios, leyendas, cuentos, noticias, sucesos cotidianos, crónicas históricas.  

Es cierto que han cambiado mucho los tiempos. Que para ver una película no es estrictamente necesario ir a un cine. Que son muchas más las formas y maneras de entretenimiento y que las que había, han sufrido profundas transformaciones. La resolución es mucho mejor en las pantallas de televisión y su tamaño es ahora XXL.

Pero nada justifica la desaparición de todos los cines de Cuatro Caminos y Tetuán, ni de la inmensa mayoría de nuestros barrios. Hace no tanto tiempo, casi cada barrio tenía uno o varios cines. Habrá quien diga que ya no son necesarios, o que ya no son negocio. Pero tras esa afirmación se oculta la justificación para que mañana desaparezcan las bibliotecas, los museos, los teatros, los centros culturales y, ya puestos, hasta los colegios.

La desaparición de los cines, como la de las abejas, deja el terreno libre para la desertificación cultural de nuestros barrios. Ahora son las casas de apuestas las que pueblan los escaparates, como si aquella inmensa operación de los años ochenta, que pretendía convertir a muchos de nuestros jóvenes en drogadictos, con sus terribles consecuencias de adormecimiento, cicatrices y condenas a muerte, estuviese siendo sustituida por esa nueva droga, no menos mortífera, del juego infinito y la falacia del enriquecimiento repentino. El pequeño Hollywood se ha convertido en pequeña Las Vegas.

Permitir la desaparición de los cines de los barrios, para aglomerarlos en un centro peatonalizado, supone acabar con la pluralidad de centralidades que necesita una ciudad. Significa convertir barrios que siempre tuvieron vida propia en lugares mortecinos, inseguros y sin personalidad. Por eso hay que reivindicar, en cada barrio, al menos, un cine.

Huelga general 14-D

En estos días se cumplen 30 años desde la realización de aquella primera Gran Huelga General de una democracia española que acababa de cumplir diez constitucionales años. No han abundado los actos conmemorativos de la fecha, pero tampoco han faltado, o van a faltar, aquellos en los que han participado algunos de sus principales protagonistas.

Entrevistas a quienes dirigían las organizaciones que convocaron la Huelga, como Antonio Gutiérrez y Nicolás Redondo. En casi todos los medios se publican noticias que recuerdan aquella Huelga, sus causas y sus repercusiones. Algún libro se ha escrito y un puñado de artículos de opinión se han dedicado a profundizar en aquel momento.

Historiadores pretendida, o pretenciosamente, considerados oficiales, o bien oficiosos, querrán fijar en la memoria la “verdadera” historia de aquellos días, ignorantes de que la historia colectiva tiene tantas versiones como personas, personajes, actores y actrices, héroes o villanos, la vivieron y participaron en la misma.

No faltarán, por último, los tertulianos que analizarán, explicarán, desentrañarán y examinarán cada instante, minuto a minuto, de la Huelga General, para alcanzar las conclusiones prefabricadas que contribuyan a ratificar sus ideas iniciales, con las que ya venían de casa. No pocos dirán que el éxito de la huelga se debió, tan sólo, al apagón de la televisión a las 12 de la noche.

Poco que agregar, por tanto. Inutilidad de un artículo que poco podría añadir, sin caer en la reiteración de cuanto se haya dicho y hecho para recordar aquel día, sus circunstancias, sus prolegómenos y sus consecuencias. Tal vez he echado de menos, al recordar aquellos días, salvo algunas excepciones, la ausencia de quienes eran jóvenes por entonces y encabezaron y supieron unir al movimiento estudiantil y las organizaciones juveniles, en la defensa de la decencia del empleo y contra aquel Plan de Empleo Juvenil, precursor de la discriminación laboral y vital, a la que la juventud se ve hoy sometida, como si de una maldición bíblica, e inevitable, se tratase.

Personas, como Jesús Montero al frente de las Juventudes Comunistas, o como Paco Moreno, responsable de los Jóvenes de CCOO, a las que he conocido y tratado por diferentes razones, que encabezaron las manifestaciones y movilizaciones previas que sirvieron de ensayo general para el 14-D.

Hay muchas veces, especialmente en un país como España, en que las propuestas más razonables topan con la aparente desidia, el presunto desinterés, la supuesta pereza, de quienes parece que deberían ser los principales interesados en alzarse del suelo y sacarlas adelante.

Siempre hay algún motivo. Una Huelga General anterior, la del 85, convocada contra la reforma  del sistema de pensiones, que anticipaba los recortes del primer gobierno socialista, no logró tanto eco, tal vez porque ese gobierno se encontraba aún en estado de gracia y porque, aunque Nicolás Redondo votó, en el parlamento, a favor de devolver el proyecto a los toriles del Consejo de Ministros, la UGT no terminó dando el paso y CCOO se quedó sola en la convocatoria de la Huelga del 85.

Tres años después, sin embargo, el felipismo no gozaba ya de tan buena salud y sus relaciones con la UGT se habían deteriorado a marchas forzadas. El movimiento estudiantil se había rebelado abiertamente contra las subidas de tasas, la selectividad, las dificultades de acceso a la universidad, el numerus clausus, las reformas educativas.

El profesorado salíamos de una larga y dura huelga indefinida que reivindicaba la homologación salarial con otros cuerpos de funcionarios, o la solución a los problemas de responsabilidad civil de los docentes. Los empleados públicos se veían privados de derechos sindicales como el de negociación colectiva.

En esta ocasión, bastó la intentona del gobierno de aprobar un Plan de Empleo Juvenil, estableciendo un modelo de contrato juvenil temporal, precario y mal pagado, para que las movilizaciones juveniles arreciasen y los sindicatos CCOO y UGT, convencidos de la importancia de la unidad de acción, convocasen una Huelga General el 14 de Diciembre de 1988, añadiendo reivindicaciones como la equiparación de la pensión mínima al salario mínimo, o el derecho a la negociación colectiva de los empleados públicos.

De aquella Huelga, el gobierno salió tocado y, aunque no dio su brazo a torcer, la Propuesta Sindical Prioritaria (PSP) aprobada poco después por los sindicatos, sentó las bases de un modelo de participación sindical y diálogo social estatal, autonómico y municipal, que desarrollaba los artículos 7 y 9 de la Constitución Española y que fortaleció el Estado social en todo cuanto afectaba a la vida de los trabajadores y trabajadoras, desde la seguridad social y las pensiones, a la sanidad, la educación, el salario social, las pensiones no contributivas, o los derechos sindicales.

La clase trabajadora, que había sido la auténtica costalera (y costeadora) de la democracia, en palabras de Nicolás Sartorius, reclamaba participación en el reparto de los recursos y la riqueza disponibles y la Huelga General del 14-D abrió las puertas para conseguirlo.

Arte urbano

Querido Antonio,

Me dirijo a ti, como Presidente de la Asociación de Vecinos de Cuatro Caminos Tetuán, pero esta carta va dirigida a cuantas personas os conjuráis en esa aventura de defender los derechos de la ciudadanía, el vecindario, el pueblo llano, que sufre cada día las ineficacias, las ineficiencias, la desidia de nuestros gobernantes. Una carta abierta a quienes dedican tiempo de su vida a defender lo que es de todas y todos en las Asociaciones de Vecinos y Vecinas.

Acabáis de entregar los premios Constitución la del 31, inequívoca muestra de vuestras convicciones republicanas y me habéis honrado con uno de ellos. En el diploma habéis escrito, Por su contribución al conocimiento de “los nadies”. Entre los premiados se encuentran otras personas que, desde la política municipal y autonómica, el teatro, el urbanismo, el cine, la pintura, el diseño, colaboran con vuestro esfuerzo por situar al barrio en una de esas centralidades que pugnan por convivir con el Madrid Central. Reconocimientos que no han olvidado a mujeres y hombres que nos han dejado, pero que han compartido vuestra vida y empeños.

Mi primera afiliación, fue a una asociación de vecinos de Villaverde, cuando aún se llamaban Asociaciones de Cabezas de Familia. Dicho de otra manera, las mujeres y los jóvenes estábamos legalmente de prestado, aunque teníamos un extraoficial carnet juvenil. Eran aquellos tiempos dictatoriales de democracia orgánica (nunca supimos bien de qué órganos se trataba, aunque podíamos imaginarlo), en la que la representación venía de la familia, el municipio y el sindicato (vertical, por supuesto).  

Si los militantes de las CCOO, desde las empresas, se fueron infiltrando en el sindicato vertical hasta ganar las elecciones sindicales, en los barrios, como vecinos, también se fueron haciendo con algunas de aquellas asociaciones vecinales, especialmente las ubicadas en los barrios obreros.

Barrios como Vallecas, Chamartín de la Rosa, Carabanchel, Canillejas, Fuencarral, Villaverde, habían sido antes pueblos, absorbidos por la capital a finales de los 40 y principios de los 50 del siglo pasado. Se habían convertido en lugares de asentamiento de los miles de trabajadores y trabajadoras que llegaban de toda España buscando un empleo en la siempre pujante industria del suelo y la construcción, en sus empresas auxiliares, talleres y en las industrias del metal, automoción, la alimentación, la electricidad, el gas, tabacos, o la confección.

Casa baratas, chabolas, Unidades Vecinales de Absorción, poblados dirigidos, colonias benéficas, obras sindicales del hogar, fueron rodeando los viejos núcleos urbanos, conformando extraños desarrollos urbanísticos. Calles sin asfaltar, alcantarillados deficientes, transportes insuficientes, sin centro sanitarios, ni colegios.

Luego vendría el asalto a los pueblos de la periferia, esta vez sin absorciones de por medio, que dieron lugar al crecimiento acelerado de los pequeños municipios que rodeaban Madrid. Alcobendas y San Sebastián de los Reyes, Coslada y San Fernando, Getafe y Leganés, Móstoles y Alcorcón, Fuenlabrada, entre otros muchos.

No fue fácil el duro recorrido vecinal. Cuando llegó la democracia era mucho el trabajo por hacer, muchas las carencias, los desastres urbanísticos, las necesidades de servicios públicos esenciales. No fue fácil ir construyendo espacios de convivencia. La limpieza de las calles, el asfaltado de las calzadas, las aceras transitables, plazas, parques, colegios, centros de salud, ambulatorios y hospitales, centros de atención a la drogodependencia que consumió a muchas familias, universidades, centros culturales, autobuses, metros, cercanías. Nada hubiera sido posible sin vuestro trabajo vecinal.

Miro el tablón de anuncios de vuestra asociación y allí veo que los años han pasado deprisa, pero los problemas siguen siendo parecidos. Muestras de cine en barrios que han ido viendo echar el cierre a todos sus cines. Premios Superbache para unas calles abandonadas de la mano de los gobernantes. Defensa de los servicios públicos. Derecho a la vivienda. Convivencia de generaciones, culturas, nacionalidades distintas. Comercio de barrio. Oposición a la proliferación de las casas de juego. Teatro comunitario. Cuestionamiento de movimientos especulativos como la Operación Chamartín, o el Paseo de la Dirección.

Ahora entiendo mejor esa reivindicación de lo constitucional y republicano en vuestros premios. España fue un día República democrática de Trabajadores organizada en régimen de Libertad y Justicia. Luego, tras una larga dictadura, se convierte en Estado social y democrático de Derecho que persigue la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. Dicho de otra manera, la legitimidad de los valores republicanos de la Constitución del 31, son los que legitiman la Constitución del 78.

Ahora comprendo que lo esencial de ser republicano, ya sea bajo una dictadura, o en una monarquía constitucional, no es esperar el advenimiento de un régimen republicano, sino trabajar por la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, en cada momento del día, en cada instante de la vida. Proteger lo que es de todos y de todas. Ser republicano, como lo sois en Cuatro Caminos-Tetuán, es sostener los valores republicanos. Defender la vida.

Aún recuerdo aquellos discursos de Marcelino Camacho, en los que siempre reservaba una alusión a la revolución científico-técnica. Algunos dirigentes sindicales, muy acostumbrados a bregar diariamente, en las empresas, con los salarios, las jornadas, el convenio, las horas extraordinarias, las regulaciones de empleo, o las contrataciones, pero adormecidos en su capacidad de adelantarse a los cambios, sonreían, como si aquello fuera una muletilla  proverbial y típica de Marcelino.

Sin embargo, pasados los años, me parece que el núcleo central del debate y de la acción del sindicalismo, se encuentra, precisamente, en la revolución tecnológica en curso. Porque son los cambios tecnológicos los que van determinando qué empleos desaparecen y cuáles van a ser creados en el inmediato futuro, al tiempo que delimitan las necesidades de cualificación y las características de cada puesto de trabajo.

Vista la naturaleza de los acelerados cambios tecnológicos que se están produciendo, hay quien augura la desaparición del trabajo humano, pero esto no está ocurriendo, al menos por el momento. Ni en puestos de baja cualificación, que difícilmente pueden cubrir por el momento las máquinas, ni en las nuevas necesidades de puestos que requieren altas o medias cualificaciones.

La mayoría de los empleos sufren ya y van a sufrir aún más en el futuro inmediato, modificaciones importantes, a causa de la introducción de nuevas tecnologías. Determinadas operaciones quirúrgicas pueden ser realizadas por una máquina y a distancia, pero no por eso necesitamos menos cirujanos. Muchos procesos bancarios pueden ser realizados online, pero los bancos dedican mucho mayor esfuerzo a una atención personalizada de fidelización de sus clientes.

Bien pudiera ser que desaparecieran los conductores de taxi, pero no por ello desaparecerán los taxistas, aunque sus funciones puede que no se encuentren manejando un volante. El hecho de no comprar en una tienda física no significa que la producción desaparezca, al tiempo que gana peso la distribución. Cambian las formas y los contenidos del trabajo, pero el trabajo permanece,

Muchos trabajos se tecnifican, automatizan, robotizan, informatizan, o como queramos llamarlo, pero eso exige cada vez más expertos en robótica, informática, diseño de sistemas, automatización, simuladores, probadores, o lo que antes llamaríamos comerciales y hoy encuentran un nuevo nombre cada poco, al tiempo que incorporan nuevas funciones, de forma acumulativa.

Lo podemos comprobar a diario, cuando repasamos las ofertas de empleo en las que se exigen conocimientos y cualificaciones múltiples sobre informática, comunicación, sistemas operativos, matemáticas, además de experiencia previa y posibilidad de desenvolverse en varios idiomas.

Hay algo que está cambiando para bien, si somos capaces de participar y gobernar el futuro, o para mal, si dejamos que sean los fundamentalistas del mercado, los beneficios, la desregulación, los que se hagan con las riendas de los cambios que se están produciendo.

La revolución tecnológica, por ejemplo, demanda más capacidad de cooperación que de competencia y rivalidad. Nadie sabe de todo, ni controla todas las claves de los complejos procesos de innovación. Las transformaciones son, cada día más, el producto de una intensa cooperación entre personas expertas en las más variadas disciplinas, trabajando en equipo, en entornos abiertos y sin rígidas jerarquías. Eso es positivo.

Lo negativo es que muchas de estas personas se ven obligadas a prestar sus servicios en condiciones lamentables, como becarios, aprendices, precarios y mal pagados. Basta repasar esas cientos y miles de ofertas de trabajos forzados, sin sueldo, sin derechos y con la única esperanza de ir rellenando un currículum siempre insuficiente, ya sea como chef, diseñador gráfico, asistente jurídico, o desarrolador.

Lo negativo es que nos estemos acostumbrando a ver como normal, e incluso como una necesidad de los tiempos modernos, que nuestra juventud se inserte en el trabajo y en la vida, en unas condiciones que, salvadas las distancias mecánicas y estéticas, no tienen mucho que envidiar a las del joven Chaplin, perdido en el engranaje de la producción industrial fordista. 

Qué cooperación, sentido de equipo, identificación con un proyecto, se puede pedir a quien se obliga a trabajar en estas condiciones. Qué compromiso con la política y los políticos se puede reclamar de quien constata, día tras día, la más absoluta desidia y desatención de sus expectativas y necesidades, mientras los discursos se ven plagados de promesas y buenas intenciones que cualquiera sabe que no llegarán a buen puerto si quien las formula toca pelo del poder.

Este año hemos conmemorado el bicentenario del nacimiento de Carlos Marx, aquel personaje que un día anunció que, los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo. No le faltaba razón y sobraban las razones, para que el nuevo proletariado, sometido a la explotación de su fuerza de trabajo y a vivir hacinado en barriadas inmundas, e infectas, en la periferia de las grandes ciudades, se rebelara y se organizara en sindicatos y partidos obreros para tomar el poder y cambiar la lógica capitalista.

Tampoco faltan hoy las razones para que, ante una revolución tecnológica imparable y acelerada, nos organicemos para que esos cambios tengan rostro humano y la mayor riqueza tenga un mejor reparto, en lugar de generar más desigualdad. En esto, el mundo globalizado y robotizado, reclama las mismas respuestas, ideales y banderas de libertad, igualdad y solidaridad, que hace casi doscientos treinta años enarbolaron los revolucionarios franceses.

El año 2019 viene cargado de citas importantes con nuestro futuro y debería estar marcado por el compromiso político y social con un empleo decente y una vida digna para las personas.

Línea del cielo en Madrid

Este año se ha cumplido el 35 aniversario de la aprobación del Estatuto de Autonomía de la Comunidad de Madrid. Es cierto que se prefiere celebrar las décadas redondas. El 10, el 20, incluso el 25 puede tener cierta notoriedad. El 35, sin embargo, viene un poco más a trasmano.

También es verdad que, en un momento como el que vivimos, marcado por una larga y dura crisis, primero financiera, luego económica, inmediatamente laboral, al final social, política y hasta cultural, merece la pena aprovechar cualquier fecha para provocar el encuentro y reflexionar sobre el estado de nuestra convivencia.

La cita del 35 aniversario de la autonomía madrileña me parece necesaria, máxime cuando también se conmemoran los 40 años de Constitución Española y ahora que el debate sobre el modelo de Estado se convierte en una constante que presenta aristas siempre pendientes de resolución.

Llegamos hasta aquí desde una dictadura centralista, tras la cual el Estado de las Autonomías se constituyó en punto de encuentro y acuerdo para construir una administración casi federal, sin llamarla así. La situación en Cataluña, o el reciente episodio de Andalucía revelan hasta qué punto el debate no está resuelto.

Sobre la autonomía madrileña no he visto grandes preocupaciones políticas, ni en la Asamblea de Madrid, ni en los partidos, ni en la propia sociedad, al respecto. Pese a ello, unas cuantas organizaciones, aglutinadas en la Cumbre Social de Madrid, han decidido realizar unas Jornadas sobre el 35 aniversario del Estatuto de Autonomía, bajo el título Construyendo otro Madrid.

Un intento de valorar lo acontecido a lo largo de todos estos años, los logros alcanzados, los problemas nuevos que aparecen y los viejos que siguen perviviendo, propiciando el debate sobre las propuestas para afrontarlos. De todo ello habla la Declaración pública de la Cumbre Social, que destaca los cambios que se han producido a lo largo de estos años.

Dos millones de personas más vivimos en Madrid. Un 13 por ciento de quienes cotizan a la Seguridad Social en Madrid, son personas de origen extranjero. La crisis ha dejado a una de cada cinco personas madrileñas en riesgo de pobreza y casi la mitad de las familias madrileñas lo pasa mal para  llegar a fin de mes. 300.000 niños y niñas viven en la pobreza. La tasa de abandono escolar se acerca al 15 por ciento.

El paro registrado alcanza tasas de casi el 12 por ciento. Más de 350.000 personas deberían de recibir una Renta Mínima de Inserción, pero no llegan a 120.000 las que se benefician de esta última red de protección social. La burbuja inmobiliaria comienza a hincharse de nuevo, mientras los desahucios aumentan, sin que haya remedio o solución a la vista.

Es verdad que la visibilidad de la discriminación de la mujer es mayor. Que la vitalidad y fortaleza de la lucha feminista es cada día mayor y esperemos que no tenga vuelta atrás, pero la desigualdad pervive, se mantiene la intolerable la violencia de género, el patriarcado y el machismo siguen formando parte de la cultura social y amenazan la libertad y la igualdad de las mujeres, en la vida y en el trabajo.

La Cumbre Social no es una organización. Nació cuando los sindicatos pusimos pie en pared frente a las políticas de imposición de recortes de derechos y libertades, que hicieron insoportables los largos y duros años de la crisis. No podíamos, ni queríamos, ir solos a las tres huelgas generales que convocamos entre 2010 y 2012 y a las numerosas manifestaciones y movilizaciones de todo tipo que acometimos.

Organizaciones vecinales, de consumidores, de madres y padres, de defensa de la sanidad pública, de mujeres, jóvenes, inmigrantes, de solidaridad, de la memoria, el Foro Social de Madrid, el Consejo de la Juventud, junto a los sindicatos de clase, constituimos la Cumbre Social de Madrid. El punto de encuentro de quienes dedican su esfuerzo en numerosos campos para conseguir una sociedad madrileña más libre, más igualitaria, más solidaria.

Quiénes mejor que la Cumbre Social para presentar, como acaba de hacerlo, 35 propuestas, una por cada año de autonomía de Madrid, para acordar una reforma del Estatuto aprobado en 1983, que blinde los derechos sociales y que permita construir un Madrid de las personas.

Propuestas que hablan de igualdad, vivienda, transportes, servicios sociales, protección a las personas, educación, sanidad, empleo de calidad, desarrollo productivo, medio ambiente, servicios sociales, servicios públicos, reequilibrio territorial, dependencia, prestaciones públicas, impuestos, personas mayores, jóvenes, erradicación de la pobreza, lucha contra el machismo, cultura, desarrollo sostenible, protección a las víctimas de la violencia, contra las violencias de todo tipo.

Madrid nació porque ni Castilla-La Mancha, ni Castilla-León, quisieron soportar el desequilibrio que introduciría en cualquiera de las dos Castillas, el peso humano y económico de un Madrid que además era capital de Estado. Nos inventamos una bandera, sobre la que claveteamos siete estrellas, vinieran o no a cuento, encargamos un himno a Pablo Sorozábal y una letra patria a un anarquista, como Agustín García Calvo, expulsado de la universidad franquista al tiempo que Enrique Tierno Galván y José Luis López Aranguren.

Por estas tierras, no sabemos muy bien qué significan las estrellas, casi nadie conoce el himno y aún menos su letra, pero cuidado, no crean los patriotas de banderita y fanfarria, que Madrid no haya de ser pueblo de gatos encaramados a los tejados, capaz de defender como nadie su libertad, sus derechos, su igualdad. Madrid, ya fuera el comunero, el del Motín de Esquilache, el del No Pasarán, el de los Abogados de Atocha, el que resistió los embates de Aguirre, y las tramas corruptas que brotaron como setas (ya se llamaran Gürtel, Púnica, Lezo, o vaya usted a saber), nunca ha faltado a su cita.

Y ahora, 40 años de Constitución y 35 años de Estatuto de Autonomía más tarde, si hay que hablar de modelo territorial, ese Madrid diverso y plural, venido de cada rincón de España y del Mundo, dirá, una vez más y como siempre, Libertad, igualdad y derechos. Luego pinte la bandera que quiera y toque el himno que le venga en gana. ¡Viva mi dueño, que sólo por ser algo, soy madrileño! Bienvenida sea, así pues, la iniciativa de la Cumbre Social.

Trabajo en los tiempos modernos

Hace ya casi 500 años, el fraile franciscano Vasco de Quiroga, era designado por el emperador Carlos V como primer obispo de Michoacán, para lo cual, a sus 68 años de edad, fue ordenado aceleradamente sacerdote y obispo. Con el tiempo sería más conocido como Tata Vasco, que en el idioma de los indígenas purhépechas suponía el reconocimiento y otorgaba el cariño reservado para los padres.

Tata Vasco construyó iglesias y conventos, pero también y en este caso no sin oposición de los conquistadores, apoyados por el propio Virrey, se empeñó en la construcción de escuelas y hospitales. Desarrolló una amplia red de pueblos económicamente autosuficientes y autogestionados, a la manera en que podemos entender la autogestión en aquellos tiempos. Pueblos como Santa Clara del Cobre, Paracho, Páztcuaro, Janitzio y otros muchos, como el de Quiroga, que aún sobreviven en Michoacán.

Un hermoso poemario de Ernesto Cardenal, nos devuelve la figura de Tata Vasco y su obra. Sus pueblos con activa vida comunitaria, las casas familiares con su huerto anexo, jornadas laborales de seis horas diarias para que por el trabajo nunca nadie muriera, desarrollo de la agricultura y una enseñanza práctica de la artesanía, que aún sigue caracterizando a los pueblos que se expanden entre Michoacán y Chiapas.

Ahora el Papa Francisco anda empeñado en la canonización de aquel abulense de Madrigal de las Altas Torres, Vasco de Quiroga, que zarpó rumbo a las Indias para singlar una vida intensa dedicada a la construcción americana de la Utopía, pese a las tremendas dificultades, las trabas y los obstáculos de quienes allí llegaron sólo para enriquecerse a costa de las vidas humanas. Bien merece el reconocimiento.

Más recientemente, hace poco más de 120 años, un tal Paul Lafargue, también español, pero en este caso nacido en Cuba, ferviente difusor de las ideas de su suegro Carlos Marx, publicaba un folleto que se ha convertido en el segundo libro marxista más leído, tan sólo por detrás del Manifiesto Comunista, al que dio el provocador título de El Derecho a la Pereza.

Paul Lafargue ha envejecido bien. Tal vez porque era un amante de la vida y encontró en Laura Marx el amor de su vida. Me parece que, cuando menos, dos de sus planteamientos conservan una tremenda modernidad. El primero el derecho a la vida, que no sería tal sin poder elegir el momento de la muerte. Una decisión que adoptaron ambos cuando consideraron que su tiempo ya sólo podía depararles un deterioro irreparable.

Antes, en todo caso, de quela vejez les arrebatase los placeres y alegrías de la vida, les despojase de las fuerzas físicas e intelectuales. Antes de ver paralizada su energía y resquebrajada su voluntad, convertidos en una carga para ellos mismos y los demás. No consideraban su elección como obligación para nadie más. Pero ejercieron su derecho a la eutanasia, con una tremenda serenidad, en su casita de Davreil, cerca de París, junto al Sena, después de ir al cine, pasear por el pueblo, tomar un helado.

El segundo planteamiento, que me parece extraordinariamente vigente y moderno es el de la reducción del tiempo de trabajo. En su Derecho a la Pereza, aboga por establecer jornadas laborales de tres horas diarias, mejorando el poder adquisitivo de la clase trabajadora.

Reducir las jornadas y subir los salarios. Medidas justificadas en el avance del maquinismo, que no puede convertirse en pretexto para el empobrecimiento y el desempleo de la clase trabajadora, sino, muy al contrario, para trabajar menos y dedicar más tiempo a la creatividad y al ejercicio físico e intelectual.

Las revoluciones industriales y tecnológicas del pasado permitían sustituir trabajo manual, rutinario y poco especializado. Tras cada una de esas transformaciones del trabajo, se abrían nuevos espacios laborales, nuevas ocupaciones..

Hoy, sin embargo, las máquinas, los robots, pueden realizar tareas complejas. Desde operaciones quirúrgicas, hasta análisis financieros, inversiones, o conducción de vehículos. Pueden gestionar sistemas complejos de transporte, distribución, producción.

La tecnología destruye empleos y va creando otros que ni se nos habrían ocurrido hace pocos años, como analistas web, o especialistas en big data. Traerá beneficios y perjuicios difíciles de adivinar en este momento en que determinadas innovaciones se están produciendo.

La tecnología transformará nuestros empleos, sus funciones, sus modelos. Pero dependerá de nosotros mismos, de nuestras políticas, nuestros políticos, de nuestra voluntad, de nuestras demandas sociales, que esas transformaciones se traduzcan en reducción del tiempo de trabajo y recursos suficientes para asegurar una vida digna, o permitir y aceptar una dualidad, una polarización, una desigualdad cada vez mayores entre quienes acceden a empleos cualificados y bien remunerados y aquellos otros que tienen que conformarse con trabajos poco especializados, mal pagados y vidas en precario.

Es uno de los mayores retos que tenemos por delante. No es la economía la que debe decidir las respuestas, sino las sociedades y la política democrática quienes tenemos que decidir qué trabajo queremos tener y en qué tipo de sociedad queremos vivir. De la misma forma que un día conseguimos abolir la esclavitud y otro decidimos combatir el trabajo infantil, nada está escrito de antemano. Nada nos fue nunca regalado. Aún en la peores condiciones, somos los dueños de nuestro destino.

Aviso Madrid Central

Ya está aquí Madrid Central. El proyecto me parece interesante. Afecta a más de 470 hectáreas del centro de Madrid. La idea es reducir la contaminación atmosférica, aminorar el ruido, conseguir más espacio público, convertir el centro de Madrid en un pulmón y no en un foco de emisión de gases contaminantes. La idea parece buena y da un paso adelante en la misma línea que están impulsando otras muchas ciudades, en otros muchos lugares del planeta.

Sin embargo, la polémica está sembrada. Organizaciones empresariales, el gobierno heredero de Aguirre y Cifuentes en la Comunidad de Madrid,  comerciantes del centro, algunos vecinos, la derecha política, al unísono, manifiestan su malestar por la implantación de la medida y amenazan con acudir a los tribunales.

No me centraré en las críticas de la derecha política, que sólo se sustentan en la impotencia de no haberlo hecho antes ellos, ni tampoco en el miedo egoísta de algunos comerciantes que, al final, terminarán formando parte de los principales beneficiarios de las restricciones al tráfico del centro. Me detendré en los matices aportados desde la izquierda y los sectores progresistas, porque siempre he pensado que el que las cosas salgan bien o mal, dependen mucho de nuestros propios errores y debilidades, no corregidos a tiempo.

Vaya pues, por delante, mi decidido apoyo al Madrid Central, porque es lo que toca, es lo que hay que hacer y es lo que yo quería que se hiciera. Coincido con Eduardo Mangada, en que supone un vuelco radical a las políticas que la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento, habían venido aplicando, utilizando la la coartada de la libertad de utilizar el coche, para pisotear la libertad de quienes no quieren enfermar a bocanadas de humo y desearían disfrutar la ciudad de otra manera.

Alguien tenía que hacer frente a la contaminación, el despilfarro energético, el cambio climático, o la degradación del paisaje urbano. Alguien tenía que dar en Madrid  el paso que han dado ya muchas capitales de nuestro entorno europeo más inmediato, para facilitar la vida en nuestras ciudades. Concluye mi amigo Eduardo que Madrid Central es una pieza significativa, aunque pequeña, de una nueva y necesaria sensibilidad política.

He visto también cómo algunas voces de apoyo a Madrid Central, se han detenido en varias consideraciones que deberían ser valoradas, si queremos que la medida no termine por descarrilar, o avanzar a trompicones. Voces como las de Manuel de la Rocha, Daniel Morcillo, CCOO de Madrid,  o algunos partidos de la izquierda.

Vienen a poner el acento en que el proyecto de Madrid Central merece la pena, pero sólo puede alcanzar sus objetivos, si otras instituciones como el Ministerio de Fomento, la Comunidad de Madrid y la Federación Madrileña de Municipios, se implican también en su desarrollo.

Porque el buen funcionamiento de Madrid Central exige inversiones reales en el transporte público, sustituir la flota de autobuses contaminantes, solucionar los problemas endémicos de la red de cercanías, reforzar la red de METRO, construir intercambiadores y aparcamientos disuasorios, o abrir carriles bus-VAO en los principales accesos a la capital.

De otra parte, en una sociedad como la nuestra, lejos de fomentar las banderías de quienes se sitúan mecánicamente en unas u otras posiciones, es conveniente sensibilizar, informar, explicar, debatir, negociar hasta la extenuación y establecer consensos. Desgraciadamente no es algo deseable exclusivamente en el proyecto de Madrid Central.

Lo comprobamos en Operaciones como la de Chamartín, el Paseo de la Dirección, o los famosos ARTEfactos. Primero presentan a bombo y platillo los proyectos ya aprobados, se decretan las prohibiciones, se pintan las calles, se ponen carteles, se gasta dinero en el diseño y planificación y luego, deprisa y corriendo, se intenta explicar, informar, negociar y hasta corregir, cuando los miedos, las dudas, los malestares, estallan y aparecen en los medios de comunicación.

No quisiera terminar sin hacer referencia a un cierto temor que se me ha suscitado leyendo estudios, artículos, documentos, la mayoría publicados hace años y nada sospechosos, por lo tanto, de intentar atacar el proyecto de Madrid Central.

Parece que  las inversiones públicas en peatonalización, en la mayoría de las ciudades, suelen traducirse en aumento del potencial comercial, turístico y en revitalización de los valores del consumo. El escenario urbano se convierte así en escaparate privilegiado del prestigio, la excelencia del capitalismo, el éxito de los triunfadores.

Me preocupa un escenario de inversiones públicas, salidas del bolsillo de toda la ciudadanía, cuyo efecto sea reforzar la centralidad y fomentar la gentificación, la gentrificación, las grandes marcas, o el turismo masivo, mientras se expulsa a la población y se abandonan a su suerte los barrios.

Un ayuntamiento de izquierdas debe cuidarse mucho de permitir que esto ocurra, porque se le juzgará por la coherencia (a la derecha le basta con izar la bandera de cualquier burdo egoísmo, o invertir en cualquier atávico miedo).

Habrá quien diga que soy un anticuado, que el mundo ya no va por ahí, que no soy realista, sino un moralista caduco, como el tal Bernanos, para quien el realismo es la buena conciencia de los hijos de puta. Puede que tengan razón, pero es lo que aprendí de mis padres y de mis mejores maestros. El cómo, a fin de cuentas, es tan importante como el qué.

Francisca Aguirre, Paca para cuantos la conocemos, acaba de recibir el magnifico reconocimiento del Premio Nacional de las Letras 2018. Poeta y no poetisa, como las llaman quienes buscan encasillar a las mujeres poetas en un mundo de sensiblería y ñoñería, muy alejado de la realidad de creación literaria que protagonizan las escritoras en nuestro tiempo.

Hace bien poco, leía un artículo que ponía de relieve la discriminación de la mujer, también en el mundo de la cultura y la creación poética. La presencia de mujeres en los jurados de premios de poesía se limita al 15 por ciento en las últimas décadas. Porcentaje que ha aumentado al 21 por ciento en los últimos diez años.

La divulgación, publicación, acceso a premios, de nuestras poetas sigue siendo un problema de poder acumulado por una serie de personajes que dominan y controlan el mundo literario, sostiene la autora del estudio. Una situación que va cambiando, pero muy lentamente.

Me invitaron los compañeros y compañeras de Castilla y León a participar, en Burgos, en una mesa redonda para reflexionar sobre las relaciones del movimiento feminista con el sindicalismo y con el resto de movimientos sociales. Acompaño a dos ponentes de lujo: Begoña San José y Paula Guisande.

Begoña comenzó en el trabajo doméstico, la contrataron más tarde en la fábrica Osram, militó en las clandestinas CCOO y en el PCE. Es detenida, despedida, se incorpora al Movimiento Democrático de Mujeres. Fue la primera Secretaria de la Mujer de CCOO de Madrid, en 1976 y de CCOO de España desde 1977, inaugurando así la andadura legal del sindicalismo español.

Estudia derecho, se prepara las oposiciones de Secretaria de Ayuntamiento y con ello se gana la vida. Dedica su tiempo al movimiento feminista y ha ocupado cargos como el de subdirectora de la Dirección General de la Mujer, o Presidenta del Consejo de la Mujer de Madrid.

Paula Guisande, por su parte, no se queda atrás. Ha sido Secretaria de Juventud, más tarde asumió también las Relaciones Internacionales en CCOO de Madrid y es actual Secretaria de Política Social y Movimientos Sociales de la Confederación de CCOO.  Tiene raíces en Italia, Francia, España, Brasil, Argentina y seguro que olvido algún país más. Acaba de traspasar esas raíces a un precioso niño. No hace ascos a nada porque como mujer y sindicalista, todo le interesa y todo le preocupa.

De un tiempo a esta parte se ha desencadenado un intenso debate vecinal, en algunos barrios de Madrid, en torno al desarrollo de unos proyectos que se denominan ARTEfactos. Parece ser que el Ayuntamiento de Madrid ha contratado a una empresa para diseñar una serie de edificios que incorporen viviendas sociales para colectivos desfavorecidos, espacios comunes para quienes vivan allí y usos dotacionales para el barrio. Los barrios elegidos parece que son Carabanchel, San Blas, Valdebebas y, recientemente, se presentó uno de estos proyectos en Retiro.

La verdad es que me ha costado entender el concepto y desvanecer las reticencias que me suscita el riesgo de que la idea acabe por crear guetos. Hay quienes los denominan, despectivamente, comunas. He buceado en internet y he intentado aclararme a qué se refieren los autores del proyecto y qué nos proponen con los ya famosos ARTEfactos.

De entrada, parece que plantean una intervención urbanística que sintetiza arte y habitabilidad, edificios donde vivir que funcionen bien internamente y que se relacionen provechosamente con el entorno. El edificio como mucho más que una colmena de jaulas incomunicadas hacia el interior y aisladas del espacio exterior. La idea, en principio, no parece mala.

En realidad, creo que esta forma de entender el urbanismo debería impregnar cualquier proyecto de desarrollo de la ciudad. Nos evitaría muchos problemas de barrios invivibles, como muchos de los que se están desarrollando en las grandes ciudades. Una suma inmensa de individualidades aisladas, mal comunicadas, con deficientes transportes públicos, en entornos feos, artificiosos, sin los servicios mínimos necesarios y dependientes de un gran centro comercial en las inmediaciones.

Casi cada día iba a ver a mi madre. Desde hacía más de cuarenta y cinco años vivía en un pequeño piso del barrio de Villaverde, uno de esos lugares que han quedado como anclados en el tiempo. Ha cambiado el perfil de sus habitantes, pero social y económicamente, quienes siguen viviendo allí, quienes vivimos hace años, o aquellos que han ido llegando desde los más diversos rincones del mundo, llevamos grabada a fuego la marca de los Nadie.

Pero bueno, vamos a lo que vamos. En una de aquellas idas y venidas, en uno de aquellos paseos por el barrio, o en el pequeño salón de su casa (ya no lo recuerdo), comentando alguno de los jaleos en los que me he visto embarcado a lo largo de mi vida, a costa de los cargos que me ha tocado asumir en el sindicalismo madrileño y español, mi madre me espetó a bocajarro, sin alzar un ápice su tono de voz, Os engañan, hijo, siempre os engañan.

En aquellos tiempos no presté mucha atención, aunque la frase se me quedó dentro, como esperando mejor momento para retornar, tal vez cuando los signos de los tiempos lo hicieran posible. Cuando ahora contemplo, con más calma, los avatares de la política y de la vida nacional, no puedo dejar de recordar aquellas palabras que tenían algo de premonitorias y proféticas.

Claro que creo que han tenido sentido cada una de las batallas en las que me he visto involucrado. Desde las primeras huelgas democráticas del profesorado, hasta la defensa de los trabajadores de SINTEL. Desde las manifestaciones contra los atentados terroristas, ya fueran islamistas como el 11-M, o etarras como en la T-4 de Barajas, hasta la defensa de las trabajadoras y trabajadores del hospital Severo Ochoa de Leganés, de SOS-Cuétara, Pan Rico, o Coca-Cola en Lucha frente a las imposiciones injustas irracionales de la multinacional.

Vivimos en un país en el que sigue imperando el sentido trágico de la vida. Campa a sus anchas el instinto sangriento de la fiesta, mientras escasea el tacto y buen gusto para el espectáculo. Tal vez en cosas así, resida nuestra facilidad innata para pasar las páginas de nuestra historia, sin haberlas leído y aún a costa de repetirla.

Cualquier país celebraría con orgullo, algunos acontecimientos como el centenario de la fundación del Instituto-Escuela. La memoria de un tiempo en el que un puñado de iluminados intentó la modernización de España, haciendo frente a los males seculares que la atenazaban. Unos males que se resumían en unas cuantas cuestiones: la cuestión religiosa, la imperial, la social, la militar, sin olvidar, otras como la cuestión agraria.

Aquellos visionarios se aglutinaron en torno a la figura de Francisco Giner de los Ríos, un catedrático expulsado de la universidad, por solidarizarse con otros catedráticos como Nicolás Salmerón, depurados por un ministro de educación, cuyo nombre no merece emborronar estas páginas, en pié de guerra isabelina contra la libertad de cátedra.

De nada sirvió el subsiguiente Sexenio Democrático, o Revolucionario, (al gusto del lector lo dejo) con su Revolución Gloriosa del 68 y su Primera República de bandera rojigualda. Al final volvieron nuevas generaciones de Borbones, idénticos gobiernos conservadores y el mismo ministro de educación, con sus mismas obsesiones contra la libertad de cátedra y sus mismas depuraciones universitarias de los mismos catedráticos. Venga pasar páginas, para volver siempre al principio.

Existe una preocupación recurrente en algún sector del empresariado y entre algunos responsables políticos, sobre la falta de correspondencia entre las cualificaciones disponibles y las necesidades para cubrir puestos de trabajo. Eso que llaman el desajuste de competencias.

Reclaman insistentemente que el sistema educativo provea de personas cualificadas para ocupar los puestos de trabajo ofertados por las empresas. Esta demanda es desproporcionada. El sentido común indica que es imposible que el sistema educativo cumpla esa función, entre otras cosas porque no es su papel.

El sistema educativo puede aportar personas que sepan leer, no sólo un libro, sino interpretar sus propias vidas, ubicar su lugar en el mundo, en la sociedad, en su desarrollo profesional, ejercitar sus derechos, asumir sus responsabilidades. Personas creativas, con las habilidades necesarias para convivir, comunicarse, ganarse honradamente la vida, vivir. Cosas así puede hacer la educación.

La educación es un derecho de cada persona, a lo largo de toda la vida y una necesidad para la sociedad y, en consecuencia, para la economía y las empresas. Eso es lo que podemos pedir a la educación. Luego están la Formación Profesional, la Formación universitaria, la Formación para el Empleo, que tienen como misión que la persona adquiera determinadas habilidades, las actualice, o se recicle para adquirir otras nuevas.

Querido Francisco,

No escribo tu nombre real, para que nadie se anime a incordiar tu retiro, alejado de la trivial, mustia y frívola vida mundanal en la que nos hemos ido aventurando, como sin darnos cuenta. Me acordé de ti, cuando andaba embarcado en la recopilación de artículos para ese singular libro-recuerdo sobre el Bicentenario de Carlos Marx, que unos cuantos iluminados decidimos echar a andar, sin mucha esperanza de que pudiera terminar viendo la luz, a la vista de lo exiguos que fueron los primeros resultados de nuestra cosecha.

Pensé que, entre las invitaciones a escribir sobre el de Tréveris, faltaba una dirigida a alguien que pudiera pensar sobre Marx y la Religión, Marx y Dios, o el Infinito y Marx. No sé, una reflexión que fuera un poco más allá de la conocida referencia de que la Religión es el opio del pueblo. Una cita que, por otra parte, no era originaria de Marx y Engels, sino que ya había sido esbozada por pensadores anteriores como Kant, Feuerbach, o Heine, entre otros. De hecho, Engels estudió, en algún momento, el papel de las ideas religiosas como sustentadoras de no pocas revoluciones.

Me apetecía que alguien hablara en el libro del camino recorrido por los seguidores de Marx, hasta llegar a la Teología de la Liberación, pasando por Rosa Luxemburgo, Gramsci, el diálogo marxismo-cristianismo, Mariátegui, o el Padre Llanos y sus jesuitas del Pozo del Tío Raimundo, los curas obreros, con sus flamantes carnés del Partido Comunista y de las CCOO.

Recordé aquel tiempo, relativamente lejano, en términos de una vida humana, cuando fui tu alumno. Días en los que bajabas a Villaverde en una vieja Vespa, para echar una mano al párroco de la iglesia del Pino, alojada en unos sótanos que, pasados los años, han sido gimnasio y abandono. Todos recordamos siempre a ese puñado de maestros que dejaron su huella en nosotros.

El pasado mes de octubre hemos celebrado el Día del Trabajo Decente (7 de octubre) y el dedicado a la Erradicación de la Pobreza en el Mundo (el 17-O). La virtud de estos días mundiales, o internacionales, es que durante un día del año, las noticias, los eventos, los informes, ayudan a centrar la atención de mucha gente sobre un problema.

El inconveniente es que podemos perder la cuenta de los días y pasar de uno a otro sin solución de continuidad. Por ejemplo, el 16 de octubre se conmemora el Día de la Alimentación, el mismo 17 también el Día del Dolor y el 18 el Día de la Menopausia. No cabe duda de que cada día tiene su afán y que todos requieren atención. Nos acostumbramos a ello y nos habituamos a pensar o hacer algo que tenga que ver con cada día en cuestión. Mañana será otro día.

Por eso, para romper la monotonía de un día tras otro, para no aclimatarnos en exceso, me atrevo a volver al Día de la Pobreza, porque para muchas personas y familias, es todos y cada uno de los días. Pongamos un ejemplo, Madrid pasa por ser la región más rica de España. Nuestro Producto Interior Bruto per cápita se encuentra un 35% por encima del nacional. Por detrás de nosotros, comunidades como País Vasco, Navarra y Cataluña.

Y, sin embargo, en este capitalino, orondo y boyante, Madrid musulmán y comunero, de los Austrias y los Borbones, Republicano y obrero, franquista y democrático, una da cada cinco personas vive por debajo del umbral de la Pobreza, según un Informe recientemente presentado por CCOO de Madrid, titulado Marcadores de Pobreza, riesgo social y desigualdad en la población madrileña.

Tenía pensado escribir este artículo sobre alguno de los temas que me preocupan. Sobre El fascismo que viene, o tal vez sobre La vida con filosofía. Sin embargo, una noticia ha trastocado mis intenciones y me ha incitado a adentrarme, una vez más, en un asunto espinoso, de aquellos de los que nunca sales bien parado, porque a muchos incomoda, a otros contraría y a no pocos duele.

Un medio de comunicación ha publicado una noticia sobre un supuesto homenaje de la “vieja cúpula” de CCOO a uno de los condenados por las tarjetas Black, antes de que entre en la cárcel. Sólo dan el nombre de dos de los asistentes y uno de ellos soy yo, lo cual me llena de cólera, simplemente porque no es verdad.

Ya he vivido episodios parecidos, cuando han confundido mi nombre, Francisco Javier López Martín, con el del compiyogui zalzuelero y yernísimo de Villar Mir, Javier López Madrid, también implicado en el asunto tarjetas. Como cada vez que esto ocurre, me toca desencadenar una campaña en todas las redes a mi alcance, hasta que el medio correspondiente, espero que sólo desinformado y no malintencionado, termina corrigiendo la noticia.

Así ha ocurrido también ahora. Disculpas privadas y rectificación pública de la noticia. Nada de esto merecería más atención y ya me parece hasta mucha. Avatares de la vida en el solar patrio. Si lo traigo a colación es por dos comentarios que he recibido, uno público y otro privado. El público, viene de toda una profesora de universidad con alguna responsabilidad en CCOO. Viene a decir, Bueno, seguramente es porque tú eras uno de sus amigos, sindicalmente me refiero. Los que no nos gustó nunca no figuramos en ninguna quiniela.

Recientemente falleció la madre de un buen amigo. Tal vez el mejor amigo que tengo. Una mujer, viuda, de 94 años de edad, que vivía sola hasta el momento en que cayó gravemente enferma. Una de esas señoras que, cuando mueren, dejan a las comunidades de vecinos y los viejos barrios del Sur sin una de esas presencias que hilvanaba el tejido de relaciones que sustentan toda convivencia vecinal.

Me cuenta mi amigo que, en los últimos meses, andaba  cada vez más débil y enferma. Tuvo que ser hospitalizada. Por eso, intentando anticiparse a los avatares que se pudieran desencadenar, acudió a ver a su trabajadora social, en el Ayuntamiento. Fue ella la que le pidió los papeles necesarios para iniciar el trámite de revisión de la situación de Dependencia ante la Comunidad Autónoma, avisándole de que no son cosas que se resuelvan en un día, ni en dos, ni en meses.

Cuando mi amigo pidió, por primera vez, el reconocimiento de la situación de dependencia para su madre, que ya andaba en el entorno de los 90 años, la mujer había sufrido varios internamientos hospitalarios por enfermedades que no pueden considerarse menores. Tras los meses correspondientes de papeleos y tramitaciones administrativas, le fue reconocido el más ínfimo, menor y más bajo de los grados de dependencia, al que han dado en llamar Grado I. El resultado inmediato es que la ayuda a domicilio que recibía del Ayuntamiento, le fue reducida por la Comunidad. En total pasó de seis horas a cuatro horas y media a la semana.

Categorías