10 Mar, 2019

Cantautores de la libertad

Dos acontecimientos me han incitado a escribir sobre los cantautores. El primero de ellos, la entrega de los premios anuales que intentan mantener viva la memoria de aquellos abogados jóvenes, defensores de la libertad y el derecho, que fueron acribillados a balazos, hace más de 40 años, en el despacho laboralista de Atocha, 55. Los premios han recaído este año en el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio y en los Cantautores y Cantautoras por la Libertad.

El segundo acontecimiento, el concierto de Paco Ibáñez, conmemorativo de aquel que, hace 50 años, celebró en el Olympia de París, en plena descomposición de una dictadura que, tal vez por ello, endurecía la represión. Ese año era arrojado desde un séptimo piso, el estudiante de Derecho Enrique Ruano, mientras se encontraba detenido por la Brigada Político-Social, la policía política del franquismo.

Tuve el honor de hacer la entrega del premio Abogados de Atocha al Colectivo de Cantautores, representado por Luis Pastor y Manuel Gerena. Dos piedras lanzadas en la laguna de nuestras memorias. Nos recuerda Gianni Rodari en su maravilloso libro La piedra en el estanque, que la memoria funciona así. La piedra provoca ondas concéntricas en la superficie del agua que afectan, con mayor o menor fuerza, al pequeño barquito de papel y hasta a la barca del pescador.

Al hundirse, asusta a los peces, agita las algas y cuando llega al fondo, remueve el lodo, golpea objetos olvidados, los desentierra, o los tapa. Así funciona nuestra memoria. De forma que cuando Luis Pastor recitó su conocido ¿Qué fue de los cantautores?, se me apareció mucho más joven, cantando en el Gayo Vallecano.

Viejas camionetas nos trasladaban desde Villaverde hasta Vallecas, en un largo recorrido por la periferia sur poblada de chabolas. Luis era uno de los promotores del proyecto Gayo Vallecano, junto a los inolvidables Juan Margallo, su compañera Petra Martínez y algunos otros como Fermín Cabral, o Luis Mendo, el de Suburbano, el de La puerta de Alcalá.

Justo antes de nacer la democracia constitucional ya hubo quienes hicieron posible que pudiéramos asistir, alucinados, a las representaciones de La cuadra de Sevilla, al estreno de Suburbano, el flamenco de Manuel Gerena, o los conciertos de Ana Belén, Elisa Serna, Joaquín Sabina, Olga Manzano y Manuel Picón, Pablo Guerrero, las hermanas Rosa y Julia León.

Un lujo para quienes escuchábamos sin parar, en cintas de cassette pirateadas y en vinilos destrozados por agujas de mala calidad, al Paco Ibáñez que unas veces nos enseñaba Lo que puede el dinero según el Arcipreste de Hita, otras galopaba con Alberti y siempre nos animaba a vivir con Goytisolo sus Palabras para Julia.  Se nos enredaban las cintas y se quemaban los tocadiscos escuchando a Joan Báez y Bob Dylan, Víctor Jara y Violeta Parra, o Alfonsina y el mar, en la voz de Mercedes Sosa.

Aún recuerdo con un poco de amargura y un mucho de aprensión, el día en que un grupo de jóvenes me paró por la calle, al oírme tararear aquel Están cambiando los tiempos de Luis Pastor y me ofrecieron una versión, a voz en grito, del Cara al Sol. Tuve suerte, aquello no tuvo mayores consecuencias, pero ahí quedó, de nuevo, la humillación de los  vencidos, de sus nietos, de sus hijos.

Conservo la memoria de aquel Que mi voz suba a los montes, del ya para siempre joven e impetuoso Miguel Hernández, en la voz flamenca de Gerena. Miguel había realizado su elección de perdedor, y aquí estoy para morir/ cuando la hora me llegue/ en los veneros del pueblo/ desde ahora y desde siempre./ Varios tragos es la vida/ y un solo trago la muerte.

Llegó la libertad. Pergeñamos una Transición. Votamos una Constitución. Estrenamos democracia. Emprendimos una segunda Restauración borbónica. No fue fácil. No fue gratis. Los Pactos de la Moncloa supusieron un costoso sacrificio que convirtió a los trabajadores en Costaleros de la Democracia, como le gusta recordar a Nico Sartorius.

Queríamos olvidar la dictadura a toda prisa, entrar en Europa y, aunque de entrada No, en la OTAN. Aferrarnos a un futuro mejor, arrinconar el blanco y negro y los incontables tonos de grises. Visto en la distancia, cambiamos el poder y la cara de los políticos, sin tocar el poder económico. Con el tiempo, algunos de esos nuevos políticos encontraron acomodo en los sillones giratorios del todopoderoso dinero.

Pronto los cantautores fueron, para muchos, los llorones. No se adaptaban a la nueva realidad. No interesaban sus quejas susurrantes guitarra en mano. Sus canciones antiguas incomodaban y las nuevas no podían competir en ritmo, medios, instrumental, potencia de sonido, con la extraordinaria explosión musical de La Movida y los 80.

Unos pocos, como Serrat, Sabina, Ana Belén, Víctor Manuel, Miguel Ríos, encontraron la manera de sobrevivir entre lo hispano y lo americano, haciendo bolos colectivos, o constituyendo parejas de hecho en un intento de matar Dos pájaros de un tiro. Otros ensayaron formas de renovarse conectando con nuevos cantautores como Javier Álvarez, Pedro Guerra, o Ismael Serrano. Casos de supervivencia como el de Lluis Llach, Amancio Prada, Luis Eduardo Aute, María del Mar Bonet no han sido frecuentes.

Titánico esfuerzo, éste de la supervivencia de los cantautores, en un país en el que la izquierda quiere artistas de voluntariado, compañeros de viaje, gratis total. Y donde la derecha considera que la cultura es sólo para quien se la pague de su propio bolsillo. Cantautores sí, pero amables, de diseño, con tonos pastel.

Merece algo más esta gente. Tal vez un poco de agradecimiento. Un poquito de reconocimiento y, como cualquier artista y creador, una posibilidad de ganarse la vida con lo que saben, quieren y pueden seguir haciendo: cantar nuestra libertad y nuestra vida. A fin de cuentas, quien cantó nuestro pasado, interpreta nuestro futuro. Vengan a ver lo que no quieren ver.

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