11 Sep, 2017

Carta abierta a Alberto Ruiz-Gallardón

Alberto,

Te extrañará, tal vez, que te haya elegido para inaugurar esta serie de cartas abiertas que comienzo a publicar en Infolibre. Podría haber comenzado por alguien más cercano y afín. Pero resulta que estaba yo escuchando a Angels Barceló, presentando su programa nocturno, en el que hablaba del clima crispado que invade la convivencia en toda España. Por la mañana, en la misma cadena, era Juan Cruz quien reflexionaba sobre las situaciones límite de desencuentros y rupturas personales que estaba produciendo el problema de Cataluña.

Entonces tomé la decisión de elegirte como destinatario de esta carta, a cuenta de algo, de lo que oigo hablar muy poco en estos días y que tenía, hace no tanto tiempo, el pomposo nombre de “cultura del diálogo social”.

Tenías menos de 40 años cuando, en 1995, ganaste las elecciones que te condujeron a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Te había conocido como candidato, cuando nos convocaste para presentarnos tu programa electoral. Me pareciste un pelín prepotente, sabihondo y estirado. Pero traías el trabajo preparado y, hasta entonces, el PP no se había dignado explicar sus programas electorales a los sindicatos.

Si hubieran sido estos tiempos, deudores de los que inauguró la inefable Esperanza Aguirre (siento nombrarla en tu presencia), seguro que los años siguientes se hubieran saldado con sonoros conflictos. Pero tú heredaste Madrid de Joaquín Leguina y yo sucedí a un Rodolfo Benito, que participaba de una forma de entender un sindicalismo encabezado por Marcelino Camacho, primero y por Antonio Gutiérrez, después.

Habían transcurrido seis años desde la primera gran Huelga General unitaria de la democracia, la del 14D. Podía parecer que Felipe González, no había cedido un ápice tras aquella huelga, pero lo cierto es que en las Comunidades Autónomas, primero, y en el gobierno central, después, se abrieron espacios para negociar y acordar sobre temas que nos importaban y mucho: pensiones no contributivas, salarios sociales, desempleo, participación sindical en las empresas públicas, políticas de vivienda, calidad del empleo, negociación colectiva, formación de los trabajadores, educación, sanidad, servicios sociales. Hasta el Pacto de Toledo, aprobado en 1995, para asegurar el futuro de las pensiones, fue resultado de aquella huelga y de la posterior Propuesta Sindical Prioritaria.

A ese proceso es a lo que se dio en llamar cultura del diálogo social, que no era otra cosa que comenzar a cumplir el artículo 9 de la Constitución, garantizando que las políticas públicas se realizaban contando con la participación de aquellos a quienes afectaban. En Madrid también habíamos recorrido ese camino. Lejos de tirar por la borda aquel patrimonio, como nos temíamos que hicieras a las primeras de cambio, reforzaste el diálogo social en la Comunidad de Madrid. Aquella cultura significaba que nos reconocíamos como interlocutores, con intereses distintos y a veces encontrados, pero que teníamos que intentar resolver por la vía de la negociación. El diálogo no suponía renunciar a la movilización, la manifestación, la huelga, si el acuerdo era imposible, pero también implicaba intentar preservar de la quema otros espacios de acuerdo alcanzados.

Nunca he olvidado y siempre he tomado como referencia, una de las cosas que me enseñaste: En política, las formas son muy importantes, lo cual contrastaba con la afirmación que había escuchado en otros personajes públicos, según la cual en política vale mentir. Ignoran, quienes así piensan, que la lealtad, la confianza, el respeto a los acuerdos, son la condición para contar con un clima político que permita avanzar.

Además, siempre tuviste la virtud de saber rodearte de gente competente, mejor que tú en lo suyo, leales siempre, imbuidos de la cultura del diálogo. De todo hubo, no todo bueno, pero un Manuel Cobo en Presidencia, un Juan Bravo en Hacienda, una Pilar Martínez en Servicios Sociales, un Luis Blázquez en Economía, o una Alicia Moreno en Cultura, serán difíciles de olvidar.

Probablemente hay pocas personas tan distintas como tú y yo en este país. Y, sin embargo, durante un tiempo, aún no tan lejano, mantuvimos la voluntad de construir aquella cultura de diálogo social. Eso te dio fama de progresista y a mí fama de blando, a lo cual debió de ayudar que hubiera escrito algunos poemas. Sobre tu progresismo, tengo que confesarte que, a cuantos me preguntaban por él, siempre les dije que eras un hombre muy de derechas, pero de convicciones democráticas.

En cuanto a mí, tuvo que llegar tu sucesora para demostrar que escribir poesía, no era incompatible con defender, con la dureza que fuera necesaria, una forma de entender el sindicalismo y la política. Que te lo cuente Esperanza, para quien fuimos bestia negra, oposición y principio de su fin, o así lo anda diciendo allí donde quieren escucharla.

Siempre he creído que el problema de España no estaba en su izquierda. El Partido Socialista, la izquierda procedente del Partido Comunista, las organizaciones sindicales, habían demostrado templanza, serenidad y convicciones democráticas durante la transición y los años de libertad transcurridos.

Más bien me parecía que era la derecha política y empresarial la que no había traspasado los Pirineos hacia el modelo social europeo, ni había transitado con agilidad y firmeza suficiente hacia la superación de los males tradicionales de España.

Si me preguntaban quien podría encabezar un proyecto de derecha moderna, renovada y democrática, afirmaba que ese elefante blanco se llamaba Alberto Ruiz-Gallardón. Eso fue así hasta que caíste en la celada de Mariano. Siempre me han resultado incomprensibles, complicados y maquiavélicos, estos movimientos, frecuentes en la mayoría de las organizaciones, destinados a encumbrarte para luego, en un extraño movimiento, empujarte para caer.

Te vendieron la alta responsabilidad de ocupar el Ministerio de Justicia, como notario mayor del reino y creíste, probablemente, que era la oportunidad de entrar en el corazón del Estado por la puerta grande. No creo que fuera sólo ambición política, sino esa visión de servir a España que debiste heredar de tu padre.

Dejaste la alcaldía en manos de Ana Botella. La única persona, según tú, que podía contener la vitalidad curricular de Esperanza, quien tras haber sido ministra, Presidenta del Senado y luego de la Comunidad de Madrid, aspiraba a continuar su carrera como regidora madrileña, posiblemente con la intención de terminar algún día habiéndolo sido casi todo en política.

Me asombró ver cómo te metiste en el charco de la Ley del aborto y en el pantano de un sistema judicial endogámico, que funciona con claves propias. Esos tropezones con las tasas judiciales; las cuitas del Consejo General del Poder Judicial y los líos particulares de su Presidente. Esos indultos inexplicables.

Al final ese Mariano, del que nos dijiste que iba a sorprendernos por su talante dialogante, nos obligó a convocarle dos huelgas generales y terminó llevándote por delante al retirar por su cuenta el proyecto de Ley del Aborto que  pretendías aprobar en el Congreso de los Diputados.

Tras tu dimisión, ya sólo te he visto por la tele, participando en actos de Aznar y sus FAES; fichado por una gran empresa constructora francesa para presidir su filial española; embarcado en la defensa de los opositores venezolanos, que tan de moda se han puesto en tu partido;  o creando tu propio despacho de abogados.

Nadie es capaz de predecir el futuro, pero parece que un enjambre de mujeres y hombres jóvenes, asumen las portavocías de todos los partidos y esperan el momento oportuno para tomar las riendas. Puede que tu tiempo haya pasado, aunque los giros que da la historia en este país, pueden depararnos cualquier sorpresa.

Todo este recorrido en mi memoria, para recuperar un tiempo tan lejano, o tan cercano, según se mire. Para evocar aquellos días en los que una joven democracia estaba en construcción y muchas personas, en todos los rincones, se empeñaban en que aquello saliera bien, sin taparse los ojos ante los conflictos y los problemas, pero buscando nuevas fórmulas para negociar las soluciones.

Eran otros tiempos, pero para vivir los tiempos futuros alguien tiene que contar estas cosas, porque como nos recuerda Orwell: Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro. Y de eso se trata, de ser capaces de encontrar el camino para gobernar un futuro que a todas y todos pertenezca. Y eso es igual ayer, hoy y mañana.

Un fuerte saludo,

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