8 Feb, 2018

Carta abierta a Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell

Alejandro,

De cuantas cartas llevo escritas, ésta es la más difícil y te puedo asegurar que ninguna ha sido fácil. Temo siempre que la sensiblería se apodere de mí, tanto como caer en la frialdad de la distancia aséptica que nunca existe para con quien forma parte de tu vida. En tu caso se añade el miedo a hacer daño, agitando los fluidos que tan difícil e inestablemente se asientan en tu memoria.

No he querido hacerlo antes del 24 de enero, porque sé que son días en los que las entrevistas, los actos de reconocimiento, los viajes, las noches fuera de casa, se apelotonan y se encadenan, provocando una complicada y agotadora sucesión de emociones. He preferido esperar a que terminen los actos conmemorativos del 41 aniversario del asesinato de los Abogados de Atocha, en Madrid, en Salamanca y en otros lugares de España, para enviarte esta carta. Espero que la recibas cuando descanses ya en tu casa cordobesa, en uno de esos días tranquilos que deseo te haya traído tu reciente jubilación en la Universidad.

No te conocía, o al menos no te conocía tanto como ahora, en el año 2000. Hasta esa fecha eras para mí uno de los cuatro supervivientes (luego me enseñaste que preferíais definiros como sobrevivientes), de aquella trágica noche del 24 de enero de 1977, en la que un comando terrorista de ultraderecha decidió ejecutar la última sentencia de muerte del franquismo.

Un escarmiento que no pudieran olvidar quienes, en aquellos días, defendían la llegada de la libertad y la democracia con las únicas armas pacíficas de la manifestación, la huelga y la defensa de los derechos y de la justicia. Hemos escuchado muchas veces a Nicolás Sartorius (una de las cabezas más lúcidas con las que contamos para interpretar aquellos años, los que vinieron después y para intuir los que se avecinan), que Franco murió en la cama, pero el franquismo murió en las calles. Aquel asesinato, atentado (al que llamaron matanza) y el posterior entierro, masivamente secundado, pacífico, ordenado, en estremecedor silencio, fueron la condena definitiva de destierro de una dictadura que comenzó y terminó matando, haciendo desaparecer, condenando al exilio interior, o exterior, a los mejores.

Pronuncias cada 24 de enero, durante tu intervención en el Auditorio Marcelino Camacho, muy despacio, los nombres de los asesinados: Luis Javier Benavides Orgaz, Serafín Holgado de Antonio, Angel Rodríguez Leal, Francisco Javier Sauquillo Pérez del Arco, Enrique Valdelvira Ibáñez. A los cuales has ido añadiendo los de tres sobrevivientes que han ido falleciendo a lo largo de estos años: Miguel Sarabia Gil, Luis Ramos Pardo y Dolores González Ruiz.

Siempre nos cuentas que no haces otra cosa que seguir el consejo de Miguel Sarabia, que tantas veces nos dirigía unas palabras en aquellas frías y, con frecuencia, soleadas mañanas de cada 24 de enero, ante el portal de Atocha, 55, donde trabajabais los abogados laboralistas y los de barrios, de los que tú formabas parte: Hay que decir sus nombres despaciosamente, porque diciéndolos, cobra sentido la Historia y se pone en armonía el Universo.

En nuestros carteles omitimos casi siempre los segundos apellidos. Pero nos has contado muchas veces la importancia que para ti ha tenido el apellido de tu madre. Aún creo recordar aquella primera edición de tu libro La Memoria Incómoda, la que presentamos en 2002, en el que el nombre del autor en la portada figura como Alejandro RH Carbonell. Por eso, tal vez, te gusta decir sus nombres completos.

Ibas para sacerdote jesuita, hasta que pensaste que había otras maneras de servir a la gente. Tu padre, el militar de convicciones franquistas, te quería en el campo del derecho. Estudiaste derecho, pero lo tuyo no eran los despachos que defendían a los grandes. Aquellos habitantes anónimos de las barriadas populares, en los que vivían jesuitas como el Padre Llanos, o Díez-Alegría, necesitaban tus servicios y, como otros muchos de tus compañeros y compañeras, abandonaste tus orígenes de “buena familia” y te lanzaste al mundo de los despachos laboralistas y de barrio que había fundado María Luisa Suárez, junto a Pepe Jiménez de Parga, o Antonio Montesinos y que continuaron Cristina Almeida,  Manuela Carmena y  otros tantos como vosotros mismos.

Lo de Atocha conmovió al mundo. En Europa, se conmemora el Día del Abogado Amenazado cada 24 de enero. Y, sin embargo, durante décadas, en España, la memoria de los de Atocha ha querido ser olvidada. No fue fácil comenzar de nuevo. Has contado muchas veces que aquel bolígrafo Inoxcom, que te entregó esa misma mañana Ángel Rodríguez Leal, te había salvado la vida, pero dejó inconclusa aquella insoportable levedad del ser que se llevó a Luis Javier, mientras te dejaba a ti. Afrontar cada nuevo día, desde hace más de 40 años ha sido dura tarea.

Era imposible volver a un despacho. Incluso tuviste que soportar que otras puertas se cerrasen porque era demasiado “político” contratarte. Al final conseguiste un puesto en la Universidad de Valladolid, luego en la de Burgos y, en los últimos tiempos en la de Córdoba, especializandote en Derecho Constitucional. Habéis sido víctimas del franquismo, pero sin Franco. Habéis sido víctimas del terrorismo, pero sin ETA, ni Al Qaeda, ni Isis. Sois víctimas en tierra de nadie. Víctimas del olvido.

Escribiste  La Memoria Incómoda sobre todos estos años y, más tarde, creo recordar que en Círculo de Bellas Artes, presentamos Los ángulos ciegos: Una perspectiva crítica de la Transición Española (1976-1979). Lola estaba presente. Lola, la compañera de Enrique Ruano, asesinado en el 69. Lola, casada luego con Francisco Javier Sauquillo, que sufrió el atentado junto a vosotros. Sobrevivió a sus dos amores y rompió su silencio para escribir en el preámbulo de tu libro No murieron por este mezquino mundo que nos ha tocado vivir.

Desde dos perspectivas distintas, la personal y la del investigador que intenta desentrañas las claves para interpretar su propio lugar en el mundo, has intentado encontrar el hilo conductor que te permitiera recorrer el laberinto de nuestra historia reciente. Has combatido siempre el Pacto del Olvido en el que algunos quisieron basar la Transición. Aquello de lo que no se habla, no existe. No hablar facilita el olvido. Un Pacto que ha generado lo que tú denominas zonas oscuras, ángulos ciegos, complicidades de silencio siempre vinculadas a la violencia política en todas sus formas.

Me llamó la atención, ya entonces, que llegaras a tus conclusiones finales citando a dos periodistas tan distintos, como Hermann Tertsch y Emilio Silva. Luego he entendido que las trayectorias humanas no son lineales. La cita del primero plantea que La dignidad no puede plantearse desde la humillación. La de Silva nos recuerda que Esta democracia no estará lo suficientemente madura hasta que trate con justicia a los hombres y mujeres que escribieron el código genético de nuestra democracia cuando construyeron la Segunda República.

Estas reflexiones recuperan la idea de que la legitimidad republicaba es la fuente originaria en la que bebe la democracia recuperada. La libertad no puede ser heredera de la dictadura, ni ser explicada como un resultado evolutivo de la misma. Los problemas de España, los que dejó enquistados Alfonso XIII cuando tomó la vía de Cartagena, los que no pudo solucionar el régimen republicano, los que fueron aplastados y enterrados por las botas militares en el 36, siguen, en buena medida, presentes y pendientes.

Desde la corrupción que envenena las instituciones, al conflicto territorial, o la cuestión social, por no hablar de la cuestión religiosa. La democracia debería ser el marco donde dirimir pacíficamente estos conflictos, pero el olvido del pasado impide asumir los errores y corregir los problemas.

Alejandro, nunca te he agradecido suficientemente que aceptases el reto de alejarte  algunas veces de la seguridad de las aulas, para enfrentarte a los recuerdos y presidir la Fundación Abogados de Atocha, que decidimos crear hace casi quince años. Sé que has pagado el precio de vivir y revivir muchos momentos de amargura y no pocos de abatimiento y tristeza. Te he visto rebuscar en los cajones del teatro, la música, la poesía, por si el arte y la creación ayudaran a remontar el vuelo y ver este mundo a vista de pájaro.

Hace poco me topé con la diferenciación que establecía Marcelino entre lo que se debe y lo que se puede hacer. Nos quebramos la cabeza, doblegamos la voluntad, dominamos el hambre, para transitar por ese filo de navaja que corta el aire entre lo necesario y lo posible. Lo has hecho todos estos años, como pocos se hubieran atrevido a hacerlo. No quiero terminar con un Gracias. No es gratitud lo que siento, Alejandro. Es respeto.

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