25 Oct, 2017

Carta abierta a Paquita

Paquita,

Te debía esta carta desde que te vi en aquel programa de La Sexta prorrumpiendo aquel contundente, e inmediatamente viral, Tengo 91 años, pero no soy gilipollas. Aquel airado alzarse del suelo me sacudió de golpe y me hizo pensar en la cantidad de actos, asambleas, manifestaciones, en los que hemos coincidido y en todos aquellos en los que tú ya estabas, estás, estarás, cuando yo aún no estaba, en los que ya no estoy, o donde nunca estaré.

Haber sido Secretario General de las CCOO en Madrid me ha traído no pocos sinsabores. Unos previsibles y generalmente llegados de fuera. Otros, de aquellos que, cuando menos te lo esperas, te atrapan desde el interior de las organizaciones. Pero cada uno de ellos se ha visto compensado por decenas de momentos en los que el mundo se ordenaba gracias a la magia de las personas con las que los compartía. Personas cuyos sinsabores y alegrías son muchos y más hondos que los míos. Tú eres una de esas personas.

Hace mucho tiempo que descubrimos, gracias a mujeres como tú, que la historia de los trabajadores españoles era también una historia de trabajadoras que se jugaban mucho en los centros de trabajo y que sostenían a sus familias cuando los hombres eran encarcelados. No era sencillo mantener el tipo cuando faltaba el sustento y la supervivencia dependía de cuanto allegaban la familia y las familias amigas.

Es cierto que aún se cuenta una historia preciosa sobre los 10 de Carabanchel. Esos diez dirigentes de las CCOO que fueron detenidos mientras se reunían clandestinamente en un convento de los monjes oblatos, en Pozuelo de Alarcón. Era el mes de junio del 72 y fueron juzgados en el proceso 1001, justo antes de las Navidades del 73. Precisamente el día que eligió ETA para culminar la Operación Ogro con el asesinato del almirante Carrero Blanco, el hombre de confianza de Franco. No hay mal que por bien no venga, parece que dijo un decaído y achacoso Caudillo.

Las condenas, en aquel juicio, contra pacíficos trabajadores, que sólo defendían la libertad sindical y los derechos laborales, resultaron desmesuradas y la solidaridad internacional, que ya había sido inmensa, se multiplicó, dejando en evidencia la imposibilidad del franquismo de sostenerse como régimen más allá de la desaparición del dictador.

Son historias poco aireadas en estos tiempos en los que parece que hay interés en hacer que creamos que nos regalaron la democracia. Y aún menos recordadas, aún más en la sombra, quedan las mujeres que visitaban las cárceles: las que se entrevistaban con altos cargos franquistas, jueces, policías torturadores; las que mantenían a sus familias al tiempo que asistían a las reuniones con embajadores, cargos eclesiásticos, personajes conocidos y reconocidos en aquellos tiempos.

Es la historia de Josefina Samper, por mencionar tan sólo a la compañera de Camacho, que conseguía sacar tiempo de donde no lo había para confeccionar los famosos jerséis de cuello alto y cremallera, modelo Marcelino. Pero es la historia de tantas otras mujeres, en los centros de trabajo, en los despachos laboralistas, en las casas trabajadoras. Mujeres sin las cuales no existiría el sindicalismo, ni la propia libertad en España.

Entre ellas había una Manuela Carmena, hoy alcaldesa de Madrid; una Begoña San José, defensora incansable de los derechos de la mujer; una María Luisa Suárez, que fundó el primer despacho laboralista en Madrid; la incansable Cristina Almeida; mi inolvidable y divina impaciente Salce Elvira; Dolores Sancho, la esposa de Pedro Patiño, asesinado por guardias civiles en el barrio de Zarzaquemada (Leganés) durante una huelga “ilegal” de la construcción, allá por septiembre del 71.

Son incontables, Paquita, los nombres que deberían de figurar antes o después de los que aquí quedan reflejados. Tú podrías recordarme los de centenares de mujeres  con las que has compartido luchas, alegrías y tristezas, pero no puedo olvidar la triste historia de nuestra amiga, la abogada Lola González Ruiz. Perdió a su pareja, Enrique Ruano, en 1969, al caer desde una ventana, durante un registro domiciliario. La policía política del franquismo habló de suicidio. La familia habló de asesinato.

El 24 de enero de 1977 las balas de un comando fascista, acabaron con la vida de los abogados del despacho laboralista de la calle de Atocha 55. Su esposo, Francisco Javier Sauquillo, murió en aquel atentado. Ella misma resultó herida de gravedad. Las secuelas la acompañaron el resto de sus días. Cada 24 de enero suponía una prueba de dolor para ella. Un momento muchas veces intransitable. Algunos años, durante esos días, permanecía sólo localizable para un estrecho círculo de personas muy cercanas.

Paquita, tienes un año menos que mi madre. Ella nació en 1924 en un pueblecito cercano a Talavera de la Reina y tú en Madrid. Tú fuiste a una escuela republicana y ella no tuvo otros estudios que la vida del campo. La guerra os sorprendió siendo muy niñas y las dos acabasteis en la triste posguerra madrileña. Tú visitabas a tu padre en la prisión y mi madre visitaba a la suya en la cárcel de Ventas. Su padre estaba incomunicado. Habían sido detenidos cuando alguien del pueblo reconoció por la calle a mi madre y la siguió hasta dar con el paradero de ambos. Luego el chivatazo, la detención, la cárcel, las torturas.

En la cárcel de Ventas estaban recluidas las Trece Rosas, que serían ejecutadas en la tapia de la Almudena, por pertenecer a las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas). La misma organización que mis abuelos dirigían en el pueblo. Las mismas Trece Rosas, a cuya memoria y recuerdo has dedicado buena parte de tu vida.

Nada es casual, decía mi amigo Indio Juan. Todo en la vida se comporta como un horizonte de sucesos, en la frontera de un agujero de gusano, que termina conectando espacios lejanos más allá de las limitaciones del tiempo presente. Conexiones que dan sentido a nuestras vidas. A tu vida y a la de mi madre. A la de Carmen, Martina, Blanca, Pilar, Julia, Adelina, Elena, Virtudes, Ana, Joaquina, Dionisia, Victoria, Luisa. Trece Rosas y otras trece veces trece mujeres luchadoras, que defienden la vida en cada barrio, en cada empresa, en cada familia.

Lo dicho, Paquita, te debía esta carta. Os debía esta carta.

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