25 Mar, 2020

Coronavirus y contaminavirus, una pandemia humana

El coronavirus consume mucho tiempo, dedicación, preocupaciones y miedo en los informativos, las tertulias, las charlas de café, las comidas familiares. Es cierto que el famoso virus está teniendo efectos tremendos sobre la economía, la dinámica de la sociedad, los hábitos cotidianos y hasta lo tendrá en las formas de hacer política.

El famoso coronavirus, por su parte, es un mutante nuevo, desconocido en su evolución y sus itinerarios, se expande con facilidad y no hay aún vacuna, ni antivirales, para combatirlo, se encuentra muy lejos de tener efectos tan negativos en términos de muertes asociadas. El problema es que necesitamos ganar tiempo para evitar colapsos hospitalarios debidos a una expansión rápida y dar tiempo para encontrar vacunas, antivirales, tratamientos, evitando muertes en colectivos de riesgo, fundamentalmente personas mayores. Un motivo para estar preocupados y seguir las instrucciones de nuestros expertos y las decisiones de nuestro gobierno.

Un problema es que a veces de poco sirve, para sembrar un poco de serenidad, dar voz a los médicos, ni las aclaraciones de los comunicadores, o los comunicados de los responsables de la sanidad pública. De poco vale que haya quienes nos llaman la atención sobre el hecho de que tan sólo en España murieron el año pasado más de 6.000 personas a causa de la gripe. En la campaña 2017-2018 hubo 800.000 afectados, más de 50.000 ingresos hospitalarios y 15.000 fallecidos, porque apareció una nueva cepa japonesa contra la que no habíamos vacunado.

Es preocupante que el miedo se adueñe de nuestras decisiones, actuando al ritmo de fakes y rumores, acaparando mascarillas, alimentos, o papel higiénico, como si hacia el fin del mundo nos abocásemos irremediablemente. El miedo es caprichoso. Nos invade el miedo al coronavirus y sin embargo existe bastante menos preocupación ante el hecho de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) nos alerte de que la contaminación de nuestro aire es causante de 7 millones de muertes anuales en el conjunto del planeta, una cifra que para España se situaría en 35.000 personas cada año.

Así las  cosas, podríamos pensar que en un mundo globalizado, con más información que nunca, la capacidad del ser humano para desenfocar su mirada es infinita. El coronavirus es un formidable problema pero no puede ni debe conducir al miedo paralizante con respecto a otros urgentes problemas mundiales. La contaminación de nuestro aire, ese contaminavirus cotidiano, es una pandemia que no tiene su origen en un virus mutante, sino en la acción humana. Provoca problemas pulmonares, asma, afecciones bronquiales, dolencias y muertes a causa de  las numerosas sustancias cancerígenas en suspensión.

Aceptamos la contaminación del aire en las grandes ciudades como una plaga bíblica inevitable a la que nos hemos acostumbrado. Hace poco tiempo la alarma por el cambio climático se puso de moda, pero las modas pasan, cada vez más deprisa y se olvidan. Para eso tenemos a Greta, que tanto nos consuela cada vez que la vemos en televisión con sus diatribas catastrofistas.

La última actuación de Greta en el Foro Económico Mundial de Davos volvió a ser impactante, aunque menos radical que las anteriores. Los asistentes tomaron conciencia del problema y nos dijeron que situaban el clima y sus cambios entre las primeras preocupaciones de los ricos del planeta. Algo de dudosa credibilidad si pensamos en los 36.000 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono que los humanos emitimos cada año al aire, 36 Gigatones (Gt), una cantidad que debería de encontrarse como máximo en los 14 Gt. El reto de la humanidad es brutal. Mejor ni pensarlo.

Mucho más asequible mentalmente preocuparnos por un virus culpable de sí mismo. Nos permite hacer patria. Los ucranianos piensan que han sido los rusos, los chinos que el bicho es americano, los americanos que estamos ante un virus que se ha escapado de los laboratorios de armas químicas de China. Los europeos no saben, no contestan porque son de opinión cambiante, diversa y hasta compatiblemente contradictoria. Los españoles tenemos todas las opiniones y, en mi caso, hasta dos o tres simultáneamente.

Las reducciones de emisiones contaminantes en países líderes como Estados Unidos, Canadá, o Australia, son reales, pero pasando de 20 toneladas por persona a  unas 15, desde principios de este siglo. En Europa el esfuerzo ha sido mayor, pasado de 10 a 5 toneladas, en los  últimos 10 años. Aún así, el doble del nivel que sería deseable. Pero, lógicamente, los países llamados emergentes, aumentan sus emisiones a medida que crecen sus economías.

Tenemos dos soluciones compatibles y complementarias, mejorar la eficiencia energética y aumentar la intensidad de energía sostenible. Además, hoy el reto es más asumible que nunca. Para generar electricidad dependemos menos del carbón y del petróleo, las energías renovables han abaratado su coste y los avances tecnológicos permiten hacer más compatible la eficiencia económica y respeto al medio ambiente. Al menos en teoría.

No conviene ser optimistas, pero algo podría mejorar si somos capaces de superar la avaricia empresarial y el egoísmo de los países ricos que intentan preservar sus desigualdades con respecto a los pobres y que se  ven, a su vez, acosados por  escenarios internos de mayor desigualdad económica, menos sensación de seguridad, aumento de las brechas de rentas, ascenso de los populismos. Estaríamos en condiciones inmejorables de abordar estrategias de desarrollo sostenible para el conjunto de la población mundial, que permitieran ver la dimensión real de los problemas y buscar las soluciones más adecuadas.

Lejos de ello, parece que existen demasiados intereses creados en que el miedo se convierta en una sensación permanente, omnipresente y las políticas en algo cada vez más confuso. Ya sea el coronavirus, o contaminavirus, tenemos derecho a saber la dimensión del problema y hacia dónde vamos para solucionarlo.

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