22 Oct, 2020

Cuarta revolución

Nos encontramos de lleno en la cuarta revolución industrial y ya hay quienes amenazan con la llegada inmediata de la quinta, sin solución de continuidad. La primera revolución fue aquella que analizó Carlos Marx, la de los motores de vapor, el ferrocarril, las grandes fábricas industriales que sustituyeron a los talleres artesanos.

La que creó el proletariado y dio el poder a la burguesía a base de quemar carbón y concentrar capitales, la que trajo cambios profundos en la vida de las gentes que fueron descritos perfectamente por Friedrich Engels, simplemente con estudiar las condiciones de vida de la clase trabajadora de Manchester, donde su padre era propietario de una fábrica textil.

La segunda revolución nos trajo la masiva producción de bienes en cadena, el fordismo, la fabricación en serie, el desarrollo de nuevos combustibles, nuevas energías, nuevos medios de comunicación y de transporte, las grandes factorías, la mano de obra cualificada.

La tercera es la revolución de la sociedad de la información, la informática, la automatización y ya estamos aquí, en la cuarta, en la robótica, en el internet de las cosas, en mitad de una nube donde vamos dejando recuerdos, información, datos, montones de datos, big data, grandes datos, gestionados por la inteligencia artificial y sus algoritmos.

Lo percibimos por todas partes, cuando nos atienden virtualmente en alguna consulta médica y mantenemos una conversación, un chat con una máquina, o cuando hablamos de algo y al poco comenzamos a recibir ofertas, anuncios, contenidos relacionados con ese algo. También cuando traducimos online desde cualquier idioma.

Cuando nos sometemos a una prueba médica y no es un profesional sanitario el que la realiza, ni tan siquiera el que avanza un primer diagnóstico. El margen de error de las máquinas en muchas pruebas de detección de enfermedades como el cáncer se ha reducido desde un tercio hasta el 3 por ciento en menos de una década.

Y todo al servicio de la humanidad nos dicen, la revolución tecnológica al servicio de la mejora de nuestras vidas, pero no, no hay para tanto, no siempre, no para todas y todos. La cuarta revolución ya anuncia la quinta, de la que muchos aún especular cómo será, sin saber muy bien si nosotros seremos colaboradores de las máquinas, o al revés.

Por lo pronto, lo cierto es que no todos nos hemos beneficiado de la misma manera de los avances tecnológicos. Con la llegada de la pandemia no todos nuestros niños y niñas han podido afrontar el problema del cierre de los centros educativos con los recursos necesarios para trabajar desde casa, empezando por el wifi y su calidad, siguiendo por los dispositivos necesarios y terminando por un profesorado que no esperaba tener que impartir docencia en estas condiciones.

Tampoco quienes han tenido que seguir trabajando lo han hecho en las mismas condiciones. Hay quienes han tenido que seguir acudiendo a su centro de trabajo y tratar con el público, mientras que otros han podido teletrabajar, aunque la falta de regulación de esta modalidad ha producido que tengan que hacerlo con su ordenador, su wifi, sus dispositivos y sin compensación alguna por los gastos generados.

Qué decir de quienes han tenido que realizar cualquier gestión con administraciones, en los servicios sanitarios, sociales, de empleo, o con empresas privadas suministradoras de servicios bancarios, seguros, energéticos. Una locura de teléfonos escacharrados, páginas web que no funcionan, enlaces que se bloquean, requisitos que no cumples, vuelva usted mañana, llame usted más tarde, inténtelo de nuevo pasados algunos minutos.

La revolución industrial 4.0 ha colapsado estrepitosamente y ha demostrado cuán lejos nos encontramos de poder decir que es capaz de ser útil con carácter general en nuestras vidas. No quiero decir que no se pueda, ni que no se haya hecho un esfuerzo ingente, pero sí digo que la pandemia ha demostrado las insuficiencias, debilidades y desigualdades que impregnan la famosa revolución cuando se pone al servicio de ganar dinero y no de mejorar la vida de las personas.

Y pese a todo, una parte de las soluciones vendrá de la mano de las nuevas tecnologías. Es la Inteligencia Artificial la que permitirá acelerar las tareas de investigación para conseguir nuevas vacunas, nuevos tratamientos, trabajando con la ingente información contenida en miles de estudios, documentos, trabajos pruebas y simulando ensayos clínicos, análisis, controles y anticipándose a las posibles evoluciones.

Serán las nuevas tecnologías las que nos permitan  prepararnos para afrontar nuevas pandemias, utilizando adecuadamente la información disponible, sin ir más lejos en las redes sociales, detectando el surgimiento de brotes, de hecho así es como se detectaron los primeros en Wuhan y se pudo conocer su rápida expansión por el mundo.

Serán las que facilitarán los controles de geolocalización que harán posible que sepamos si estamos entrando en zonas especialmente afectadas, las personas con las que hemos mantenido contacto, o recibir consejos, instrucciones, cuestionarios, que nos permitan valorar mejor nuestro riesgo, utilizando aplicaciones desarrolladas para permitir una mejor actuación frente a la pandemia.

Habrá cosas que volverán a ser parecidas a la vieja normalidad, pero otras muchas ya no volverán a ser como eran, ni en los espacios de trabajo, ni en la combinación de modalidades presenciales y de teletrabajo, en la educación, la sanidad, el ocio, los transportes, en nuestros hábitos sociales. Para que sea posible, será necesario utilizar nuevas tecnologías.

Nos parecían fantasías hace muy poco tiempo, podíamos pensar que tendríamos una transición amable hacia la digitalización, pero el mundo ha cambiado de golpe y nos hemos visto inmersos en una realidad en la que la utilización de las nuevas tecnologías se ha convertido en una necesidad, en una ventaja, en una carencia.

La libertad y la igualdad se van a jugar cada vez más en torno a factores como quién controla los datos, quién accede o no a las nuevas tecnologías, quién y cómo obtiene beneficios. Estamos entrando en un mundo sometido a cambios y tensiones  que van a requerir mucha inteligencia humana aplicada a eso que con cierta frivolidad inconsciente del valor de las palabras que pronunciamos, solemos denominar el bien común, el interés general, la ética personal y social.

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