18 Nov, 2018

Del Instituto Escuela a Isabel la Católica

Vivimos en un país en el que sigue imperando el sentido trágico de la vida. Campa a sus anchas el instinto sangriento de la fiesta, mientras escasea el tacto y buen gusto para el espectáculo. Tal vez en cosas así, resida nuestra facilidad innata para pasar las páginas de nuestra historia, sin haberlas leído y aún a costa de repetirla.

Cualquier país celebraría con orgullo, algunos acontecimientos como el centenario de la fundación del Instituto-Escuela. La memoria de un tiempo en el que un puñado de iluminados intentó la modernización de España, haciendo frente a los males seculares que la atenazaban. Unos males que se resumían en unas cuantas cuestiones: la cuestión religiosa, la imperial, la social, la militar, sin olvidar, otras como la cuestión agraria.

Aquellos visionarios se aglutinaron en torno a la figura de Francisco Giner de los Ríos, un catedrático expulsado de la universidad, por solidarizarse con otros catedráticos como Nicolás Salmerón, depurados por un ministro de educación, cuyo nombre no merece emborronar estas páginas, en pié de guerra isabelina contra la libertad de cátedra.

De nada sirvió el subsiguiente Sexenio Democrático, o Revolucionario, (al gusto del lector lo dejo) con su Revolución Gloriosa del 68 y su Primera República de bandera rojigualda. Al final volvieron nuevas generaciones de Borbones, idénticos gobiernos conservadores y el mismo ministro de educación, con sus mismas obsesiones contra la libertad de cátedra y sus mismas depuraciones universitarias de los mismos catedráticos. Venga pasar páginas, para volver siempre al principio.

Creían aquellos soñadores de utopías que la educación podría abrir las puertas de las grandes transformaciones, crear un proceso imparable que nos condujera hacia Europa. Se lanzaron  a una actividad frenética. Fundaron la Institución Libre de Enseñanza y, en torno a ella, crearon el Museo Pedagógico Nacional, dirigido por Bartolomé Cossío y Lorenzo Luzuriaga; la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, al frente de la cual situaron a Santiago Ramón y Cajal; la Residencia de Estudiantes con Alberto Jiménez Faud; la Residencia de Señoritas dirigida por María de Maeztu; el Centro de Estudios Históricos, al frente del cual colocan a Menéndez Pidal y a Américo Castro, o el Instituto Nacional de Ciencias Físico Naturales, en torno al cual se aglutinaban el Museo de Ciencias Naturales, el Jardín Botánico, el Laboratorio de Investigaciones Biológicas y, en algún momento hasta las estaciones marinas de Santander, o Baleares.

Murió Giner y el impulso creador siguió adelante, con las Misiones Pedagógicas, las Colonias Escolares. En 1918, bajo la presidencia de Santiago Ramón y Cajal, la Junta de Ampliación de Estudios, en su empeño de modernizar la enseñanza secundaria, crea el Instituto Escuela, que tendrá dos secciones. Una en pabellones de la Residencia de Estudiantes, donde luego estará el Instituto Ramiro de Maeztu y otra junto a las tapias del Retiro, en lo que, durante el franquismo, será renombrado como Instituto Femenino Isabel la Católica.

Para empezar, encargaron el proyecto del edificio a un arquitecto experimentado en construcciones escolares, el sevillano Francisco Javier Luque y López, de cuya mano salieron también los planos de la Catedral de María Inmaculada de Vitoria, donde vivió unos años, del Colegio de Jesús y María, el Instituto Geológico y Minero, la Residencia de Estudiantes, la culminación de la fachada de la Catedral de Sevilla, o la culminación del edificio del propio Ministerio de Educación, cuyo primer desarrollo planificó Velázquez Bosco.

En 1928 se inauguraba el edificio del Retiro. Hagamos el ejercicio de imaginar lo que significaba para los institucionistas modernizar la enseñanza española, comenzando por promover una educación participativa que fomentaba la iniciativa, la experimentación y la cooperación. Imaginarlos paseando por el Retiro, sentados junto al Palacio de Cristal, admirando el Observatorio Astronómico, leyendo libros en su bien nutrida biblioteca, manejando tubos de ensayo en el laboratorio, saliendo de excursión al campo, haciendo deporte, o representando obras teatrales.

De allí salieron los maestros y maestras que se dispersaron por España haciendo esas mismas cosas, que viajaron al extranjero para aprender qué se cocía por otros mundos. En sus aulas se forjaron quienes luego investigarían,  proyectarían edificios, colegios, universidades; representarían obras teatrales en La Barraca de García Lorca, escribirían poesía, novelas. Preocupados por vivir, ser buenos, los mejores, en lo suyo, servir a su pueblo, ser libres y no por enriquecerse. Pocas veces ha visto este país un esfuerzo tan impresionante como el desplegado por este puñado de mujeres y hombres, que amaban a su tierra y a sus gentes, como pocas personas lo han hecho.

Desde allí partieron a una guerra que, cualquiera que fuera su bando, sabían perdida. Y lo pagaron, todas, todos, con un exilio exterior que recuerda María Teresa León, Nosotros hemos ido perdiendo siempre nuestras eternidades, dejándolas atrás a lo largo de nuestra vida. Un destino no menos trágico que el de quienes, en el exilio interior, conservaron la eternidad de los cementerios y las fosas comunes.

La Residencia de Estudiantes, el Instituto Isabel La Católica, siguen ahí. Conservan una parte importante de lo que un día fueron. Una exposición, un documental y un puñado de necesarios actos, que se han organizado con motivo del Centenario del Instituto-Escuela, deberían ser parte de un reconocimiento mucho más amplio de toda la sociedad, a quienes un día nos quisieron libres, iguales, decentes y pensaron que en la cultura y la educación teníamos una oportunidad para reconstruir nuestros comienzos.

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