13 Nov, 2020

El mal sueño, la buena ética

Hemos llegado hasta aquí como en un mal sueño. Vivíamos una vida y de pronto descubrimos que todo era un sueño y como si nos hubieran arrojado un cubo de agua fría, despertamos en una pesadilla. Como en aquel cuento que pasa por ser uno de los más breves del mundo, de Augusto Monterroso (nacido en Honduras, criado en Guatemala, exiliado en Chile y al final residente en México),

-Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

El monstruo indefinido, impreciso, turbio, al que siempre tuvimos miedo y que creímos haber desterrado para siempre a las leyendas del pasado, las películas de terror, los programas del milenio, el cuarto, se entiende. Allí estaba, como siempre había estado aunque no quisiéramos verlo.

Cuando despertamos la pandemia estaba allí. Los que no estaban eran los médicos, ni el resto del personal sanitario, por lo menos no estaban todos los que tenían que estar, en tiempo, forma y cantidad suficiente. Tampoco estaban los equipos de protección individual, las batas, trajes, mascarillas, pantallas protectoras, guantes, buzos. Ni en los hospitales, ni en las residencias. Lo que no había eran UCIs, camas hospitalarias, respiradores.

Y lo más grave, a golpe reiterado de sálvese quien pueda y el que más chifle capador, individualismo rampante y recortes a granel, nos hemos encontrado con un muy bajo autocontrol y muy escaso sentimiento de formar parte de algo parecido a una patria, algo más que una tribu urbana o campesina, un clan de intereses.

Fuimos muy alegres a eso que en terminología militar impostada llamaron batalla y guerra contra el maldito virus, acudimos convencidos a la ventana cada tarde a escuchar los aplausos y sumar los nuestros, pero para ganar de verdad hay que mantener el tipo en el tiempo y, al poco de comenzar los estados de alarma renovables cada quince días, ya andaban los políticos a la greña, como el alacrán que pica a la rana que le ayuda a cruzar el río, en mitad de la corriente. Un suicidio a la española.

Al poco de finiquitar apresuradamente el Estado de Alarma, ya teníamos preparadas las maletas para marchar y los hoteles para recibir turistas, las terrazas llenas, mientras los centros de salud seguían a medio gas, o más cerrados que abiertos, los transportes abarrotados y los trabajos como si no hubiera pandemia. Y tras el verano los colegios, porque los padres tienen que ir a trabajar y a ver dónde dejamos a los niños.

Poco que ver con esos pueblos habituados a desastres naturales tipo terremoto, tsunami, guerras y dictaduras constantes, todopoderosas y crueles. Pueblos acostumbrados a que la unidad, la ayuda mutua y el autocontrol permitan minimizar los daños y superar los problemas. Muchos mueren en el intento, pero otros muchos consiguen salir adelante sintiéndose (muertos y vivos), un grupo humano unido.

En esos lugares no hace falta estado de alerta, no hacen falta multas, ni controles policiales, obligatoriedad de usar mascarilla. Mientras que por aquí, tras unas semanas de encierro, aplausos y control, hicimos una desescalada como si no hubiera mañana, dispuestos a hacer todo igual pero con gel hidroalcohólico y mascarilla, eso sí.

Desde que Dios nos dejó de la mano (unos creíamos en él, otros no creíamos en absoluto) y el dios dinero se hizo con los mandos (con la ayuda inestimable de las revoluciones tecnológicas), el enriquecimiento y el poder tomaron el centro de nuestra existencia y las vidas de los seres humanos pasaron a ocupar un papel accesorio, prescindible, sustituible.

Nos sentimos extraños en un mundo incapaz de cuidar de nuestras vidas, eso nos ha enseñado la pandemia. El mundo se ha transformado de golpe y ya no es el que conocimos, amable, entendible, dominable, transitable de una punta a otra, un escenario doméstico confortable para nuestras aventuras vitales.

Si queremos salir de ésta, despertar del mal sueño, deberemos aprender a escribir entre todos eso que llaman un relato, el relato de una nueva ética, un nuevo relato en el que la persona es el centro y en el que las personas nos sentimos responsables de la salud de todos, la educación de todos, el empleo, el bienestar de cada una, de cada uno, el bien común.

Para terminar, parece que hay un cuento aún más corto que el de Monterroso, tan sólo cuatro palabras, el del mexicano Luis Felipe Lomelí,

¿Olvida usted algo?

-¡Ojalá!

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