6 Oct, 2020

El oxímoron del trabajo decente

La Confederación Sindical Internacional (CSI-ITUC), conmemora cada 7 de octubre la JMDT (Jornada Mundial del Trabajo Decente).  Hay que recordar que la International Trade Union Confederation (ITUC-CSI) nació en Viena el 1 de noviembre del año 2006 para aglutinar a dos de las tres grandes organizaciones sindicales mundiales: la CIOSL (Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres) y la CMT (Confederación Mundial del Trabajo).

Los orígenes de los cientos de organizaciones nacionales integradas en la nueva Internacional del Trabajo eran muy diversos y plurales, desde los sindicatos laicos, a los socialistas, cristianos, o progresistas. Necesitaban un momento anual en el que reivindicar aquello que les había unido: el trabajo de calidad, con derechos, seguro, sin riesgos, lo llamaron Trabajo Decente y eligieron el 7 de octubre de 2008 como primera Jornada Mundial para reivindicar los derechos del trabajo.

Desde entonces, hace ya 13 años, el 7 de octubre ha protagonizado una cadena de reivindicaciones encadenadas, nación tras nación, siguiendo el huso horario, a lo largo de todo el planeta. Recuerdo el primer año, en el que un mapa de cada país se iba desplegando a medida que amanecía y aparecían informaciones de los distintos actos organizados.

Cada año la JMTD se ha ido organizando en torno a una reivindicación concreta: Combatir la codicia de las grandes corporaciones, invertir en el cuidado de las personas, la crisis económica y la destrucción de empleo, la precariedad y temporalidad, el empleo de los jóvenes, la necesidad del sindicalismo organizado para hacer frente a los problemas, la igualdad, la protección y los derechos sociales de las personas, cada año una reivindicación mundial en la que centrar los esfuerzos de unidad.

La verdad es que repasando la situación del trabajo en la mayoría de los países  podríamos seguir cantando que el trabajo es una condena y que la palabra trabajo, seguida de decente, constituye un ejemplo de oxímoron, una de esas expresiones que junta palabras contradictorias, algo así como decir calma tensa, silencio atronador, copia original, o frío abrasador.

Basta comprobar que hoy, en el mundo el 60% del trabajo se realiza en la economía informal, sumergida, sin contratos, sin derechos, mientras que la precariedad alcanza al 40% de los trabajadores y trabajadoras, el trabajo infantil sigue siendo habitual, la mano de obra esclava sigue siendo una realidad en numerosos países, la trata de personas, de mujeres, se encuentra presente en muchos lugares del mundo, la libertad sindical es una utopía y son muchos los estados en los que se detiene, secuestra, juzga, condena, encarcela, o asesina a sindicalistas, simplemente por defender los derechos laborales.

Sin derecho a organizarse sindicalmente para realizar acciones, movilizarse, negociar, alcanzar acuerdos respetados por los firmantes, reivindicar leyes que defiendan los derechos básicos, laborales y humanos, de las personas, el futuro es muy oscuro. La libertad y autonomía de los sindicatos es esencial en cualquier sociedad democrática que deposita en el diálogo social la confianza en sentar las bases de una convivencia justa.

Este año la JMDT2020 se desarrolla en un mundo golpeado por la pandemia del coronavirus, que ha dejado brutales efectos sobre la salud, por supuesto, pero también sobre la economía, el empleo, los salarios, o la igualdad de género. Quienes diseñaron el mundo globalizado como hoy lo conocemos, desde sus postulados neoconservadores y ultraliberales, se muestran incapaces ahora de dar respuesta al problema que vivimos.

Hoy las trabajadoras y los trabajadores sentimos más miedo, inseguridad y percibimos con mayor intensidad el aumento de las desigualdades, en la sociedad y en el empleo. Una situación que hace que este 7 de octubre la reivindicación del trabajo decente se centre en los derechos y la seguridad, en la negociación de un nuevo contrato social mundial.

Un contrato que acuerde que el trabajo es seguro, con derechos, generador de protección. Que ese trabajo asegura un salario decente y, cuando no hay empleo, garantiza la protección por desempleo y un ingreso mínimo vital. El acceso a servicios públicos, sanidad, educación, servicios sociales, atención a la dependencia.  Un contrato social para la igualdad entre mujeres y hombres, la salud laboral.

Todo esto será imposible sin derecho a la libertad sindical y a la negociación colectiva. Será imposible sin transición justa y respetuosa para frenar el cambio climático, sin inversión en tecnología que cuide a las personas y el medio ambiente. Estableciendo reglas fiscales internacionales que eviten la existencia de paraísos y destrucción de empleo.

La crisis iniciada en 2008, la pandemia, el cambio climático, nos sitúan ante un problema global en el que lo que está en juego es el colapso del planeta, sino la extinción de la especie humana en el mismo. Una situación que sólo podremos superar si extendemos la solidaridad que se encuentra en el origen del sindicalismo, una solidaridad planetaria, mundial, global, que apueste por un desarrollo humano (no necesariamente un crecimiento económico) que dé respuesta al problema de la deuda y que genere los recursos necesarios para asegurar la protección social, la vida digna y el trabajo decente de todas la personas.

Hoy más que nunca, el sindicalismo mundial tiene ante sí el reto de defender la vida y el trabajo cada día de cada año, un compromiso que vuelve a ratificarse este 7 de octubre, la voluntad de ser, de existir, sobrevivir en la dignidad y la solidaridad, rompiendo el concepto de trabajo como maldición y reconstruyendo su valor creador y su decencia.

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