14 Ago, 2020

El rey debe morir

En este extraño verano marcado por los repuntes del coronavirus también nos enfrentamos a extrañas serpientes de verano, inevitables en las tertulias de los medios de comunicación y en los noticiarios de cada día. Puede que la falta de noticias veraniegas determinase en años anteriores el surgimiento de estas serpientes, pero me da la impresión de que es el exceso de malas noticias lo que hace necesario ahora dedicar tiempo a eméritas serpientes veraniegas.

Mary Renault viene a ser a la novela histórica lo que Ágatha Christie al género policiaco. Publicó, allá por el año 1958, un precioso libro, El rey debe morir, para entregarnos su versión del mito de Teseo, el recorrido de un niño desde su infancia hasta la construcción del nuevo poder ateniense, pasando por su victoria sobre el Minotauro en Creta, o su voluntad para impedir ser sacrificado, como lo eran cada año todos los reyes de Eleusis.

En el libro, de la mano de Mary Renault, encontramos todos los amores desencadenados, las ambiciones diseminadas, los designios amenazadores, las batallas desatadas, la sangre derramada, que han caracterizado desde siempre al género humano. Lo que ayer fue, vuelve a ser hoy y volverá por sus fueros mañana, para lo bueno y para todo lo malo.

Hubo un tiempo en el que el mundo era gobernado por un puñado de legendarias mujeres como la reina de Eleusis. No es algo que se haya descubierto ahora. Hay suficientes pruebas históricas de la existencia de sociedades matriarcales, en las que el gobierno correspondía a las mujeres y eran ellas las que determinaban la descendencia por la línea materna. La propia genética nos dice que a través de la mujer se hereda el ADN mitocondrial.

El mito de Teseo nos describe cómo cada año el rey era sacrificado, hay quién dice que luego era desmembrado y sembrado en la tierra para abonar los campos. En el libro Teseo se ve obligado a matar al esposo de la reina, que ha vivido durante un año a cuerpo de rey, para pasar a ocupar su lugar en el lecho real. Desde entonces todo su esfuerzo se centra en engañar al destino y dar la vuelta a la tortilla, evitando su muerte y abriendo paso a las sociedades patriarcales.

La construcción de las polis griegas, como la ateniense, la derrota de otros imperios del mar, como el cretense, el enfrentamiento desigual de los seres humanos frente a los dioses, el feminismo antes del feminismo, el pequeño  frente al fuerte, el poder destructor de los grandes cataclismos, todo ello como si ahora mismo estuviera ocurriendo, como ahora mismo está ocurriendo, tan sólo con cambiar el nombre de los antiguos dioses del Olimpo (con Zeus a la cabeza) por los modernos dioses del Dinero y su cetro de poder.

Siempre dije que no seríamos los republicanos los que trajésemos la república a base de concentraciones, manifestaciones, convocatorias, votaciones y referéndums. Sostuve que serían los poderosos, los ricos del lugar, los masivos medios de comunicación que todo lo sabían pero nada dijeron durante décadas y la inmensa mayoría silenciosa que cotilleaba en los cautelosos mentideros, los que un buen día se levantarían con el pie cambiado, para poner ese pie en la pared, hasta aquí hemos llegado, hasta ahí podíamos llegar.

Quienes pagaron camuflados sobornos, quienes cobraron cuantiosas comisiones en bolsas de basura y descuidados maletines, quienes se beneficiaron de las puertas giratorias, las prebendas, ventajas, privilegios, corrupciones, corruptelas y el intercambio de favores y hasta quienes siguieron guardando silencio aunque fuera para seguir comiendo la sopa boba, o las migajas que caían de la mesa del banquete,  necesitan que un buen día todo cambie para que todo siga igual, aunque para ello el rey deba morir.

El problema es que estos procesos se desencadenan y nadie sabe hasta dónde pueden conducir. Si traerán la caída en demérito de un monarca emérito, de la  monarquía entera, arrastrada por el desprestigio sembrado en la institución, o si quedarán en nada, acallados por nuevos escándalos.

Son muy pocos quienes se salvan del desprestigio en la política española, en el mundo de la economía y en el conjunto de la sociedad. En un país como el nuestro la confrontación ha sustituido a la cooperación, el egoísmo personal y corporativo al sentimiento de pertenencia a algo más grande que un partido, una patria chica, una tribu, una banda.

Por eso el argumento, el diálogo, es sustituido por el tú más, el insulto, el escrache a cara de perro. No importa quien caiga, porque alguien tiene que caer para que todos sigan a lo suyo, a su negocio, a su interés particular. Va tocando que caiga alguien, que alguien muera por todos, para que la mediocridad siga reinando en el país.

Una amiga de largo tiempo contaba en uno de esos grupos sociales en los que todos nos movemos utilizando el móvil, que siendo republicana de larga trayectoria y profundas convicciones, no pensaba que la república podría llegar de esta manera, que no sería tan fácil, que sería algo más que cambiar a un Rey impuesto por un presidente de la República elegido.

De alguna manera creo que mi amiga tenía razón y que pasar de un régimen denominado monárquico a otro llamado republicano no es asunto nominal, ni consiste en elegir al Presidente de la República cada cuatro años, sino que es la consecuencia de una cultura republicana, que defiende la cosa pública y lo que es de todas y de todos, la que defiende a los débiles frente a los fuertes, la que preserva la libertad y la igualdad.

Siempre he creído que esa es la república por la que combatieron y murieron, o fueron encarcelados, mis abuelos, mis abuelas. La que quisimos desde siempre, la que ansiamos también hoy, la que España merece algún día.

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