14 Feb, 2019

España, pueblo de migrantes

Somos un país más complejo de lo que parece a primera vista. De opiniones contrapuestas, frecuentemente enfrentadas, difícilmente conciliables, porque se sustentan más en creencias ancestrales que en el conocimiento, la memoria, el estudio.

Es cierto que no es un fenómeno exclusivamente español. Hasta países que han pasado por ser los más cultos y formados, han caído en el pozo sin fondo de las soluciones mágicas enarboladas por líderes mesiánicos y extremadamente peligrosos. La Alemania de entreguerras que se abalanzó en brazos de Hitler, es uno de los mejores ejemplos, aunque no el único.

Parece que cuando los problemas se multiplican y los malestares crecen, la incapacidad de los gobiernos y las instituciones para ofrecer soluciones, termina alimentando el nacimiento y crecimiento de los monstruos. Basta una pequeña chispa para que la locura hasta entonces minoritaria se abra camino.

Una facción de la ultraderecha, escindida del Partido Popular, donde había encontrado acogida y mamandurrias de lideresas como Esperanza Aguirre,  acaba de obtener unos resultados inesperados en las elecciones andaluzas, recurriendo a unas cuantas ideas simplonas, pero fácilmente entendibles: Ilegalizar al independentismo; acabar con las competencias de las Comunidades Autónomas y volver a un Estado Unitario de corte franquista; eliminar las leyes de Violencia de Género, la del aborto, o la del matrimonio igualitario.

Uno de los temas estrella, con los que han conseguido atraer centenares de miles de votos andaluces, ha sido el de expulsar a todos los inmigrantes irregulares, deportar a los que hayan cometidos delitos, endurecer las políticas de arraigo y de acceso a la regularización, levantar muros en Ceuta y Melilla. Primero los españoles, resumen con énfasis.

Me detendré en esto de la inmigración. Haríamos mal en creer que el simplismo decae por sí mismo y no puede resultar exitoso a medio y largo plazo. Basta para ello comprobar que estos planteamientos han recogido más apoyo en las localidades más ricas, con mayor porcentaje de habitantes con estudios superiores, donde el número de inmigrantes es más alto y son más explotados como mano de obra barata en tareas que los nacionales no harían.

En una comunidad como la andaluza, cuyos habitantes originarios vinieron de África y luego se mezclaron con comerciantes fenicios y griegos, conquistadores cartagineses, romanos republicanos, tribus de godos, imperiales bizantinos, o musulmanes norteafricanos que llegaron, conquistaron, se quedaron y llenaron de progreso y cultura el territorio.

Luego vinieron los reconquistadores, cuyas mezclas no eran menores. Hasta dicen que, además de Tartessos, la Atlántida estuvo por esas tierras y no pocos alemanes, ingleses llegaron para repoblar, o para crear bodegas y explotaciones mineras. Se mire por donde se mire, Andalucía y toda España, es tierra construida por inmigrantes.

Pero también somos pueblo de emigrantes. De Andalucía partían los emigrantes hacia las Indias y allí llegaban los que volvían del Nuevo Mundo. Varios millones de españoles se asentaron en América Latina, incluso después de la independencia de las colonias, a los que vinieron a sumarse los que marcharon tras la Guerra Civil y durante la posguerra. Países como Venezuela, México, Cuba, Argentina, Uruguay, Chile, Cuba, Colombia, Puerto Rico, Costa Rica, Ecuador, contaban sus colonias españolas por cientos de miles y hasta por millones.

Hasta el Norte de África recibió cientos de miles de españoles en países como Argelia, o Marruecos. En los años sesenta se cuentan por millones los que protagonizan migraciones interiores, al tiempo que dos millones de españoles marchan a buscarse la vida fuera de España. La gran mayoría hacia Europa. Más de la mitad de ellos parte sin contrato y se encuentran en situación irregular en los países de acogida. Son clandestinos y no conocen ni el idioma en Alemania, Suiza, Bélgica, Holanda, Francia, Gran Bretaña.

Franco los deja marchar. No sabe ni cuántos se van, si prestamos atención  a que los datos de emigrantes ofrecidos por el gobierno español son muy inferiores a los facilitados por los países que los acogen. De lo que se trata para el régimen dictatorial es de recibir divisas y esconder la realidad de una fuga masiva de población. Los emigrantes y el turismo son el motor del desarrollo económico durante esa etapa del franquismo.

Los emigrantes españoles hacían el trabajo duro que no querían los nacionales. Vivían en barracones, o en lugares con ínfimas condiciones de salud. Sus salarios eran más bajos y las condiciones de trabajo mucho más difíciles. La integración y la reagrupación familiar, misión casi imposible.

Pero vamos, no nos liemos pensando que eso ya pasó, que son cosas del pasado, historias de nuestros abuelos. Ni mucho menos. En el año 2009, cuando comenzaban a sentirse los efectos de la crisis global en España, no llegaban a 1.500.000 el número de residentes españoles en el extranjero.

En el 2018 esta cifra de españoles por el mundo alcanzaba casi los 2.500.000 personas, repartidas por todos los continentes, pero especialmente por América (más del 60 por ciento) y Europa (en torno al 35 por ciento). El resto se encuentra en Asía, África y Oceanía. Unos son nuestros ascendientes, otros nuestros hermanos y, la mayoría, nuestros hijos. Porque son ellos quienes han terminado buscando un mejor horizonte de vida y trabajo.

Nos duele que los insulten cuando hablan en español en el metro londinense, o que sientan miedo de ser expulsados del país. Nos sentimos agraviados cuando los relegan a las tareas peor valoradas. Nos alegra que triunfen allá, después de que se les cerrasen todas las puertas acá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

España no iba a ser diferente a otros países europeos y anglosajones. Ya tenemos una ultraderecha cavernaria dispuesta a recoger los miedos y malestares más rancios y profundos de una parte de la población. Me preocupan muchas de las cosas que defienden estos personajes políticos venidos del pasado y que ya fueron tan bien reflejados por Bergman en El huevo de la serpiente, por Manuel Gutierrez Aragón en Camada Negra, o por Bardem en Siete días de enero.

Pero claro, esto de alimentar un racismo ex novo, una decrépita xenofobia, un patrioterismo intransigente, me parece tirar piedras en el mismísimo tejado de nuestra historia , nuestro pasado y nuestro presente como país en un mundo globalizado. Una falta de respeto a nosotros mismos. No es eso, no es eso.

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