28 Feb, 2021

Europa social, o barbarie mundial

La COVID-19 ha golpeado cada rincón del planeta, deteniendo la economía, incrementando el desempleo y creando problemas sociales que, en el caso de la Unión Europea han obligando a la Comisión a aprobar ayudas extraordinarias que intentan contener los efectos de la pandemia y a plantearse las condiciones de la futura recuperación sobre la base de dos transiciones: la ecológica y la digital.

Unas transformaciones que tendremos que abordar como Unión Europea y no como países aislados, si queremos que sirvan para algo. Procesos que exigen convicción, compromiso, coherencia y cohesión en los cambios que realicemos en nuestra economía y en nuestros mercados laborales, desde las regulaciones en materia de movilidad transfronteriza de los trabajadores hasta los sistemas de protección social equiparables en toda la Unión.

No partimos de cero en Europa. Las directivas que afectan a las condiciones de vida y trabajo no son nuevas, intentando proteger a trabajadores asalariados y trabajadores autónomos. Tenemos estudios y evaluaciones de los efectos de las directivas de contenido laboral y social en materias de protección, seguridad y salud, movilidad, condiciones de vida y trabajo.

Durante la pandemia Europa ha sabido afrontar estos duros momentos desde una perspectiva completamente distinta a la que las autoridades comunitarias pusieron en marcha con la crisis iniciada en 2008. Las políticas europeas y los políticos europeos, incluso los más conservadores, han aprendido que los recortes sociales no son una opción de futuro en estos momentos.

La transición verde y la transición digital no pueden avanzar sin cuidar el empleo y una economía social, de mercado, pero social. No avanzarán si no acabamos con las brechas de género, si no cuidamos el pilar de los derechos sociales que sostiene Europa y  caracteriza nuestro modelo desde sus inicios.

Sin embargo la decisión de avanzar en la agenda política verde y digital choca con la inmensidad de los problemas que enfrentamos, que crean las condiciones para un escenario de inestabilidad social y de fractura institucional que se traducirá en choques inevitables entre los europeístas convencidos y las fuerzas populistas, nacionalistas y centrífugas que han alcanzado su máxima expresión en el Brexit, pero que no van a dejar de crecer por toda Europa, intentando impedir acuerdos generales.

Hay quienes anuncian que la Unión Europea ha muerto. Nada más lejos de la realidad, pese a los aires con los que a veces algunos intentan justificar la afirmación. Otras veces buscan argumentos en las débiles bases de los tratados que construyen la política social europea. Sin embargo no sólo es una exageración que busca convertirse en realidad, sino el peor de los horizontes posibles para quienes vivimos en Europa.

Lo cierto es que existe, al menos por el momento, una amplia mayoría europeísta que gobierna las instituciones europeas y preside los gobiernos de la UE. Es el momento de que esa mayoría haga frente a los populismos que promueven tendencias centrífugas y la vuelta a los nacionalismos más rancios, autárquicos y egocéntricos. Hay que seguir avanzando en una Europa de la pluralidad de los pueblos, la diversidad de las ideas, la voluntad de construir políticas sociales comunes.

Para ello es necesario hacer frente a los retos tecnológicos y climáticos que tenemos por delante, con nervios de acero y decisión firme para conducir Europa hacia transiciones equilibradas y justas que nos permitan salir de la trampa de la vida y el trabajo precarios y de las amenazas del cambio climático.

La COVID-19 debe servir, al menos, para que tomemos buena nota de nuestras insuficiencias, también de nuestros logros, para hacer posible que la Europa Social tenga un futuro asegurado, porque de ello depende, en estos momentos, que no sólo Europa, sino todo el planeta, renuncie a la barbarie y desarrolle un proyecto común, compartido, más humano y social.

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