29 Ago, 2020

Formación de aprendices adultos en tiempos de pandemia

Una de las consecuencias del Covid-19 es el aumento del desempleo, debido a la desaparición temporal, o permanente, de un buen número de actividades económicas. En todo caso, muchas actividades productivas y de servicios van a sufrir profundas modificaciones. Cambios que vienen a sumarse a los producidos por la aplicación de las nuevas tecnologías y la Inteligencia Artificial (IA).

Las estimaciones anteriores a la pandemia hablaban de cerca de 130 millones de personas adultas en Europa que podrían y deberían mejorar su capacitación personal en los próximos años. Un número de personas que se convierten en firmes candidatos para participar en programas de aprendizaje que combinen la Formación Profesional con la realización de prácticas en las empresas.

En el conjunto de la Unión Europea la edad media de las personas que se incorporan a programas de aprendizaje y prácticas es muy variada. Desde aquellos que, como en el caso de Austria, o Alemania acceden tempranamente a este tipo de formación, en el inicio de la edad laboral, como aquellos otros países (tipo Dinamarca, o Finlandia, donde esa edad se sitúa por encima de los 20 años, incluso después de haber realizado otros procesos formativos previos.

En todo caso, en todos los países las personas adultas muestran cada vez mayor interés en desarrollar procesos de formación que incluyen el aprendizaje en las empresas, hasta el punto que, mientras que en Austria sólo el 6% de los aprendices son personas adultas, en Francia suponen ya más del 12%, en Dinamarca uno de cada tres y en Finlandia un 85%.

Antes de la crisis se habló mucho, durante un tiempo, de la formación dual, que combina formación reglada y prácticas en las empresas, en la que se depositaban muchas esperanzas sobre el futuro de la cualificación profesional y muchas oportunidades para cubrir empleos futuros.

Sin embargo nunca hemos acertado plenamente en establecer por acuerdo de empresarios, sindicatos y gobierno, un marco jurídico regulador, una determinación de los procesos formales de cualificación, un sistema de reconocimiento real de la experiencia profesional adquirida en el trabajo, un modelo de contrato que asegure el aprendizaje y la retribución justa.

Lo cierto es que la formación profesional con aprendizaje, es un sistema muy atractivo para la persona adulta que, por otra parte y al contrario que las personas más jóvenes, adolescentes incluso, presentan una experiencia mucho más diversificada y situaciones personales y expectativas mucho más variadas, incluidas responsabilidades familiares y personales.

En todo caso, el éxito de estos programas, difieren en cada país en función de factores como el prestigio, el valor de los mismos y las titulaciones a las que dan lugar, en el mercado laboral. También de la agilidad que demuestran para adaptarse a nuevas necesidades personales y de los puestos de trabajo.

Estamos ante una formación en la que la participación es muy importante, así como la necesidad de responder a experiencias previas y variadas, una formación que se adapta bien a la formación online que incorpora momentos presenciales y aprendizaje en las empresas. No es la única vía, ni tal vez la panacea absoluta, pero la pandemia ha puesto ante nosotros la necesidad de aprovechar en mayor medida este tipo de fórmulas formativas y de acceso al empleo.

Esto sólo será posible y útil si entendemos que la persona que participa en procesos de formación en las empresas no son tan sólo “estudiantes” y tienen derechos laborales que deben ser regulados y protegidos, para evitar la precariedad a la que muchos empresarios se han acostumbrado y el abandono al que muchos gobiernos les someten en la fijación de sus condiciones de trabajo, su contrato, su inclusión en el convenio colectivo, o el acceso a protección por desempleo en el caso de suspensión, o rescisión de este tipo de contrato.

En estas condiciones la formación de adultos con aprendizaje en las empresas podría permitir una adaptación rápida y el reciclaje de muchas y muchos trabajadores, aprovechando la experiencia profesional previa y fomentando desarrollos profesionales estables, basados en la responsabilidad de las personas y de las empresas.

Estamos ante un futuro incierto, tiempos de pandemia complicados, sobre los que deberíamos estar reflexionando y que sólo podremos afrontar desde la responsabilidad y la participación de las personas en sus procesos de formación y en el desarrollo de actividades económicas compatibles con la vida humana en el planeta, capaces de responder a los retos más inmediatos que tenemos como especie.

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