13 Mar, 2018

Heraldos del 11-M

Aquel 11 de Marzo salí temprano de casa. Había una asamblea de CCOO en Alcalá de Henares y tenía que intervenir en la misma. Afrontábamos un Congreso muy complicado y el debate estaba siendo muy intenso. Iba dándole vueltas a la cabeza y pensando en la intervención que tenía que realizar. Llevaba la radio puesta y de pronto la voz de un locutor hizo que tuviera que dar la vuelta y regresar a Madrid.

Algunos trenes que venían hacia Atocha cargados de mujeres y hombres, trabajadoras, trabajadores, estudiantes, habían sido detonados desde dentro en un suicidio programado. No teníamos memoria de tal brutalidad. Tal vez los más mayores podrían haber recordado los bombardeos de la Guerra Civil. Madrid se llenó de Heraldos Negros, aquellos de los que hablaba César Vallejo, dejando a su paso esa resaca de todo lo sufrido que se empoza en el alma.

Heridos repartidos por todos los hospitales. IFEMA se convirtió en un tanatorio inmenso. Familias que buscaban por todo Madrid a sus personas desaparecidas. La ciudad se había convertido en uno de esos escenarios de guerra que sólo habíamos visto en las pantallas de la televisión. Esos escenarios contra los que Madrid se había movilizado intensamente  durante meses.

Desde entonces han ocurrido muchas cosas en España. Cambios de gobierno, teorías de la conspiración prefabricadas en despachos de poderosos clanes, una crisis económica brutal, aprovechada para reorganizar el poder económico a costa de los recortes y el deterioro de las condiciones de vida y trabajo de la mayoría de la población.

Hasta la política ha vivido una reestructuración profunda, en la que los disfraces y las máscaras cambian para que la esencia patria siga igual. Porque quien crea que las políticas de reparto se deciden en el parlamento, se equivoca. Ni tan siquiera se deciden en La Moncloa, sino en los mismos despachos de los opulentos clanes que diseñaron al argumentario de la teoría de la conspiración.

Sin embargo, cada año, las sombras de los Heraldos Negros se ciernen sobre Madrid, para recordarnos lo vulnerables que somos y lo frágil que es cada una de nuestras vidas, así tomadas de una en una. Y eso, pese al esfuerzo colosal que este país despliega con implacable obstinación para olvidar cuanto de malo nos ha ocurrido.

Olvidar la Guerra Civil, olvidar las cunetas, los desaparecidos, las cárceles, los muertos durante la represión franquista. Olvidar la Transición, la incómoda memoria de los Abogados de Atocha, olvidar el 23-F. Y el No a la Guerra, el Nunca Mais a un desastre como el del Prestige. Olvidar los excesos del endeudamiento público y privado que hicieron que pagáramos la crisis con una brutalidad inusitada.

Olvidar, para volver a la fiesta, para reanudar las andanzas a la primera oportunidad. Volver a ese akelarre patriótico al que llamamos emprendimiento y que consiste en resucitar burbujas inmobiliarias, negocios sucios, puertas giratorias, nepotismo, clientelismo, negocios cautivos. Han descubierto que lo inmobiliario no puede ser monocultivo y se aprestan a cultivar en paralelo nuevos negocios en los que han venido ensayando fórmulas diversas, pero siempre metiendo mano en los recursos públicos, en las pensiones, en la sanidad, en la educación, en los servicios sociales.

Olvidar. Olvidar el 11-M. Las miles de personas heridas. Las casi 200 personas fallecidas. El mayor número de muertos que Europa haya sufrido en un atentado terrorista. Olvidar que esos terroristas no vienen de Siria, ni de Afganistán, ni de Irak (allí se producen la inmensa mayoría de las muertes causadas por el terrorismo yihadista), sino de nuestros propios barrios.

El 11-M vuelve a convertirse en un momento para el dolor, para el recuerdo y la memoria, pero también para la reflexión sobre el mundo y la sociedad en que vivimos, con todo lo bueno y lo malo que nos habita y nos rodea. Con todo aquello que toleramos sin que debiéramos transigir y con cuanto deberíamos esforzarnos en empujar para que fuera, sin que hagamos cuanto está en nuestra mano para hacerlo posible. Un momento para recomponer el compromiso social que permite nuestra convivencia.

La locura se desencadena a veces sin motivos claros y sin previo aviso. La condición humana sigue teniendo zonas oscuras, desconocidas, imprevisibles. Pero eso no puede convertirse nunca en justificación, sino en acicate, para remover la desigualdad y la injusticia, para intentar prevenir las causas que un día confluyeron y desataron un desgarro incurable en unos trenes que venían hacia Atocha.

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