11 Feb, 2022

Inteligencia Artificial, pandemia y banda ancha

La COVID ha venido, ha infectado a miles de millones de personas en el planeta y ha matado a muchos millones en su andadura. Por el camino se ha llevado la economía mundial, tal como la conocíamos. De otra parte, la Inteligencia Artificial (IA), el desarrollo tecnológico, los procesos automatizados han traído como resultado una biorrevolución impensable hace unos años.

Las aplicaciones biotecnológicas se adentran no sólo en la salud y la sanidad, sino en la producción alimentaria, la agricultura, la ganadería, la química, la energía, o la producción masiva de bienes y servicios. Una de las evidencias más claras es la aparición de vacunas fiables tan sólo un año después del desencadenamiento de la pandemia.

Pero también nos ha permitido constatar lo frágiles que somos, incapaces de combatir con eficacia una enfermedad global como la que estamos atravesando en un mundo económicamente globalizado, socialmente fracturado y políticamente poco desarrollado, en la mayoría de los lugares del planeta.

Somos capaces de fabricar miles de millones de vacunas, pero estos dos años de pandemia nos han demostrado que no somos capaces de distribuirlas eficazmente para asegurar la protección de todos, en todas las partes del mundo. El mercadeo de vacunas ha sido una práctica generalizada.

Eso ha permitido el desarrollo de variantes del virus en diversos lugares que luego han ido llegando hasta nosotros, produciendo reinfecciones y nuevos brotes virulentos de enfermedad, hospitalizaciones y muertes en países como el nuestro que había sido vacunado masivamente.

Las vacunas llegaron pronto y no una ni dos, sino muchas y variadas, pero no llegaron al mismo tiempo a países de altos y de bajos ingresos. Los gobiernos de los países ricos creyeron que protegían a su población acaparando vacunas, pero los virus no conocen de fronteras y pronto pudimos comprobar que la enfermedad retornaba con fuerza con nuevos disfraces y nuevas estrategias.

Me gustaría pensar que hemos aprendido algo de todo esto, pero entonces recuerdo a Einstein cuando afirmaba que en este mundo dos cosas son infinitas, la estupidez humana y el universo y no estaba seguro de lo segundo. Solemos, desgraciadamente, tropezar muchas veces en la misma piedra.

La enfermedad y la muerte han venido acompañadas del aumento de las desigualdades. La importancia adquirida por el uso de internet en los servicios educativos, sanitarios, trámites administrativos, bancarios, o en el teletrabajo ha puesto a prueba el uso de conexiones fiables, rápidas y con suficiente capacidad. Sin embargo eso que llamamos banda ancha ha respondido bien.

Se ha multiplicado el uso de dispositivos. Cada uno de nosotros usamos varios dispositivos conectados a internet. Pero también las empresas y las personas han incrementado el uso del internet de las cosas, que permite conectar diferentes objetos de nuestra vida diaria con internet. Baste pensar que en España tocamos a más de 7 dispositivos conectados a internet por persona.

El teletrabajo ha sido otra de las formas de trabajo que ha crecido a lo largo de la pandemia. Muchas de las personas que han teletrabajado lo quieren seguir haciendo. La productividad ha aumentado y el absentismo ha disminuido. Sin embargo el presencialismo, no siempre justificado, ha retornado cada vez que la pandemia ha comenzado a remitir.

Sin embargo, el mayor uso de internet, también ha puesto de relieve las terribles diferencias existentes en función de los ingresos, hasta el punto de que durante esta pandemia quienes menos recursos tienen han experimentado caídas en su aprendizaje hasta tres veces superiores con respecto a quienes tienen ingresos más altos.

El acceso a internet y el acceso a banda ancha no son iguales para todas las familias y eso marca el crecimiento de discriminaciones importantes. La existencia de programas de acceso a internet y a banda ancha, financiando a las familias que cuenten con menores ingresos, es un paso muy importante en estos momentos.

Hace muy pocos años un número muy importante de personas no utilizaba internet porque no veía la utilidad de utilizar el servicio, mientras que no eran tantos los que no lo utilizaban en función del coste. Hoy en día esas tasas se han intercambiado.

Hoy son menos los que no ven la utilidad de estar conectados a internet, mientras que son muchos más los que perciben la utilidad de contar con banda ancha. A fin de cuentas contar con conexión de calidad a internet ha dejado de ser un lujo para convertirse en una necesidad general. Basta comprobar la cada vez mayor dependencia de aplicaciones y sensores que monitorizan la actividad de instrumentos y personas.

El mundo está cambiando de forma acelerada, la pandemia ha supuesto un salto en el vacío que aún no sabemos a dónde nos llevará y, desgraciadamente, no todos los avances tecnológicos en materia de IA se están traduciendo en mayor eficacia a la hora de combatir la pandemia, o en mayor igualdad de acceso a bienes y servicios en nuestra sociedad.

La pandemia ha desvelado que, en el futuro inmediato, el acceso a derechos como la salud pública y la igualdad real, serán determinantes para la cohesión de nuestras sociedades, o para su fractura. El avance de la Inteligencia Artificial y la aparición de decenas de miles de plataformas requiere una regulación que ordene la actividad, impida abusos y asegure la libertad efectiva de las personas frente a los abusos de los operadores y grandes corporaciones.

A la vista de los problemas que las personas comenzamos a manifestar abiertamente ante la utilización de servicios digitalizados como la banca y los seguros, la salud, la educación, o el acceso a servicios de asistencia y asesoramiento, me parece que aunque la tarea no es fácil, es apremiante.

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