7 May, 2019

La insoportable levedad de la política

Inevitable escribir este artículo pensando en las elecciones que se avecinan. En un periodo de menos de un mes vamos a tener la oportunidad de votar en procesos electorales que definirán el futuro de nuestra realidad municipal más cercana, el entramado autonómico que configura España, unas elecciones nacionales y otras europeas.

Venimos de una crisis larga, extenuante, sabiamente gobernada por quienes han decidido poner punto y seguido al proceso de debilitamiento del Estado del Bienestar, para sustituirlo paulatinamente por lo que Zygmunt Bauman podría haber denominado Estado Líquido.

Ha sido una labor persistente y continuada, un proyecto de décadas, rematado de forma magistral por una crisis económica que ha desarbolado cualquier intento de imaginar un modelo respetuoso con las personas y con el medio ambiente. Han conseguido que buena parte de la población asuma que esto es lo que hay, es lo que toca y hasta hacernos pensar que es lo que la mayoría quería.

Es lo que tiene haber provocado un estado de crisis permanente, en el que conviven momentos de recesión, con otros de leve crecimiento, en un entorno general de inestabilidad, inseguridad y miedo que conduce a depositar la confianza en quienes ofrecen soluciones mágicas, a cual más inverosímil y extravagante.

Vivimos un momento de esos que deciden cómo van a ser las cosas durante las próximas décadas. Se me ocurre que ahora sería más importante que nunca la política. Esa capacidad de ponerse de acuerdo en la organización de la convivencia.

Sin embargo afrontamos este momento con unos mimbres justitos, con mucho terreno perdido, con ilusiones defraudadas y un individualismo exacerbado que nos hace enseñar los dientes cuando nos pisan un callo, al tiempo que volvemos la espalda a cuantos viven en condiciones tremendamente duras, pero que no nos afectan directamente, al menos por ahora.

No quiero decir que no haya causas que mueven la solidaridad y remueven las conciencias de mucha gente, pero esas causas funcionan como los ojos del Guadiana. Aparecen y desaparecen, sin afectar demasiado a las grandes tendencias que han ido calando en la sociedad.

Hay quien afirma que hay un problema de legitimidad democrática. De incapacidad de los partidos “tradicionales” para escuchar, interpretar, representar y canalizar las energías políticas de la ciudadanía. No me lo termino de creer. Los partidos de la nueva política están demostrando aceleradamente que pueden asumir en tiempo record las formas y maneras de la vieja política.

Hace pocos años parecía que Ciudadanos podía convertirse en una alternativa moderna, moderada y liberal que compensase el enquistamiento del PP en posiciones de derecha dura y corrupción generalizada. Parecía que Podemos llegaba en la órbita de la izquierda para representar la indignación ante unas prácticas socialistas y hasta de Izquierda Unida, incapaces de producir cambios reales que solucionasen los problemas de las personas. Han pasado muy pocos años, una legislatura y lo nuevo parece viejo, al tiempo que se promueve como nuevo lo más viejo de nuestra historia, el neofranquismo más rancio.

María Eugenia Rodríguez, excelente profesora de Filosofía del Derecho y cabeza de lista de Unidas Podemos al Parlamento Europeo afirma, la izquierda, conceptualmente, debe ser democrática y es la única que puede garantizar una democracia radical. Otra cosa es que tenga una enfermedad, -el autoritarismo- que esperemos se le pase. Pero de la derecha ni siquiera se puede esperar, porque no lo tiene como objetivo ni como horizonte.

Lo suscribo en términos generales, pero creo que uno de los problemas de este país consiste en carecer hoy y haber carecido en su pasado, de una derecha democrática. Conozco a muchas personas de derechas que mantienen convicciones profundamente democráticas, pero hay que reconocer que suponen una inmensa minoría en de triple alianza de derechas que ansía tomar el poder en España. Digamos que sí hay una derecha democrática, pero que no ha venido.

En cuanto a la izquierda, debería plantearse con decisión y entereza que la democracia debe ser mucho más que conceptual y convertirse en una práctica real. No hace falta que sea muy radical, porque eso siempre será una percepción subjetiva y hoy cualquier democracia real se me antoja que terminará siendo tachada de radical. No puede, ni debe, la izquierda, dejarse arrebatar los principios de libertad e igualdad que enarbolan de forma capciosa y fraudulenta no pocos dirigentes de la derecha cavernaria.

Desgraciadamente el autoritarismo tampoco es una mera enfermedad transitoria, infantil, o pasajera de la izquierda. El liderazgo personalista; las dificultades para integrar la diversidad; los problemas para aceptar la pluralidad en un mismo proyecto; el recurso a los estatutos, manejados e interpretados adecuadamente  por los aparatos, para excluir, apartar, expulsar, a quienes discrepan, no han sido, ni son, casos raros y excepcionales en la izquierda, provocando escisiones, fracturas y divisiones.

Ante estas elecciones hay que llamar abiertamente al voto a la izquierda. Creo sinceramente que las soluciones a los problemas económicos y sociales globales dependen de que la izquierda sepa asumir la dirección del proceso de profundas transformaciones que se están produciendo. Pero no bastará ganar elecciones. Habrá que restablecer la confianza en la capacidad de la política para defender la vida de las personas. Y habrá que hacerlo enarbolando la bandera de la libertad, la democracia y la igualdad.

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