6 Mar, 2018

La libertad, estúpidos, la libertad

Creo que decía Hemingway, aunque también otros lo atribuyen a Paulo Coelho y unos terceros al Filósofo de Güemes, que Se está muriendo gente que antes no se moría. En cualquier caso estoy, cada día, leyendo noticias que nunca pensé volver a leer.

Detenciones y condenas a creadores y artistas que cantan, pintan, fotografían, escriben, representan títeres, o se disfrazan de Ecce Homo. Cosas que ahora son consideradas delito, cuando abundan los ejemplos de que, hace no tantos años, canciones con letras aún más duras, libros tremendamente duros, fotos mucho más provocadoras, escenificaciones más cáusticas y otros personajes disfrazados de Cristo, no movían al escándalo y, sobre todo, no tenían cabida en un proceso judicial.

Para alguien que, como yo, ha pasado su infancia y su juventud en la más negra de las inconstitucionalidades, hijo y nieto de perdedores de la guerra civil que consumió España durante cuarenta años, comprobar cómo los juicios franquistas se reproducen en una etapa democrática y la libertad es sentada y condenada en los tribunales, no es agradable, comprensible, ni mucho menos tolerable.

Lo siento ahora, como cuando centenares de sindicalistas se ven ante los tribunales, acusados de vulnerar el sacrosanto derecho al trabajo en día de huelga y postergado derecho todos los demás días del año.

Jesús salió entonces llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilatos les dijo: ¡He aquí el Hombre! Juan 19:5. Siempre he sentido que esta escena volvía a reproducirse, a representarse en estos tiempos modernos, pero no menos bárbaros.

Entiendo que un partido en declive imparable y en expansivo descrédito, se ve obligado a buscar respiros en las guerras de banderas, los himnos y sus letras, el terrorismo de aquí y de allá y hasta la unidad lingüística frente a las cuatro lenguas de España, perseguir a quienes crean en libertad. Parece que todo les vale.

Decir estas cosas no supone justificar ni la violencia, ni el terrorismo. Me tiré los primeros años al frente de las CCOO de Madrid, convocando paros laborales, concentraciones y manifestaciones, cada vez que ETA cometía un atentado en cualquier rincón de España. Luego, de nuevo, contra los atentados del 11-M y sus autores. Y de nuevo contra el terrorismo de ETA.

Un Delegado del Gobierno en Madrid, preocupado por la prevención de mi salud, me ofreció un servicio de contravigilancia, al parecer más eficaz que llevar escoltas. No diré que no pasase miedo muchos días, pero no creí que tuviera que estar más protegido que un policía, o un guardia civil. Cualquiera podíamos ser una víctima.

En todo ese tiempo nunca tuve miedo a decir lo que pensaba, ni creí que Fermín Muguruza, Robe Iniesta, Albert Pla, o Antón Reixa merecieran sentarse ante un nuevo Tribunal de Orden Público.

La libertad de expresión tiene sus límites y el principal de ellos es el ejercicio de la violencia, pero convengamos que algo está pasando en España y que está ocurriendo demasiado deprisa. Que hoy los Toreros Muertos, los Muertos de Cristo, Os Resentidos, Kortatu, o Extremoduro, lo tendrían muy difícil para no acabar procesados y condenados. Que una nueva Inquisición se va apoderando paulatinamente de nuestra convivencia. Y que la libertad va cediendo paso a una censura oficial y a una autocensura cargada de un miedo que empobrece el país.

Ni los partidos que se reclaman liberales, ni los centristas, ni los progresistas, deberían tolerar que este clima de amenaza y persecución, siga avanzando. La sociedad civil organizada, cada persona, no deberíamos consentir este avance de la opresión que avasalla las libertades y tiraniza a las personas. Lo “políticamente correcto” no puede convertirse en martillo de herejes que impide nuestra libertad de expresión, de creación y de acción como hombres y mujeres libres.  Porque esa es la cuestión: vivir en libertad. Vivir la libertad.

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