14 Ago, 2020

La linea de recuperación del COVID

Hace unos días pedí a un amigo economista que me ayudase a interpretar qué narices va a pasar en la economía tras el golpe perpetrado por el coronavirus en nuestras vidas. Me recordó a un prestigioso economista John Kenneth Galbraith,

-La única función de la predicción económica es hacer que la astrología parezca algo más respetable.

No muy diferente de la opinión que sostenía un físico como Niels Bohr, para quien,

-Hacer predicciones es muy difícil, especialmente cuando se trata del futuro.

En los últimos cuatro meses parece que hubiéramos vivido cuatro años, o cuatro décadas. Hace cuatro meses nadie podía imaginar los escenarios en los que nos hemos movido, los cambios a los que hemos asistido, ni esta nueva anormalidad en la que nos hemos adentrado. Hace muy poco tiempo, los economistas nos deleitaban anticipando un rápido rebote de la economía, nada que ver con la larga y tediosa crisis del 2008, una animosa recuperación en V.

Ahora parece que ni las cuantiosas inyecciones de dinero público, nacional e internacional, en forma de donaciones, o de préstamos, ni las atenciones recibidas por los sectores más damnificados por el parón económico, van a permitir ni la V, ni la U, ni una larga L ascendente. Los organismos internacionales van empeorando poco a poco sus previsiones para los países que sufren duramente los efectos de la pandemia y para los que la han sufrido con menos intensidad. En un mundo global no hay fronteras que contengan a los virus, ni los efectos de retrocesos económicos como los que ya estamos viviendo.

Parece evidente que nadie en su sano juicio, sea persona física, familia, o empresa, va a meterse en gastos con la que está cayendo. Sectores productivos poderosos como el aeronáutico, o el automovilístico (basta ver los ejemplos de Nissan, o de Airbús) han reaccionado de inmediato, anunciando recortes de plantillas, reducciones de producción y ajustes inmediatos.

Los ERTEs están siendo una manera eficaz de contener una sangría inmediata de empleo, pero nadie puede pensar que el deterioro económico que viven muchas empresas podrá evitar que esos ERTE terminen tarde o temprano transformados en EREs, quiebras, cierres de empresas y despidos colectivos.

Las incertidumbres sobre la salida de la pandemia, las medidas que pueden seguir adoptando los gobiernos, la precaución lógica de los consumidores, pueden crear un incierto escenario de futuro para muchos sectores económicos como el turismo, el ocio, los servicios, que no podrán ser compensados en actividad y aún menos en número de empleos, por el desarrollo de otros sectores que se han revelado esenciales, tales como la sanidad, la educación,  los servicios sociales, la atención a las personas, o digitalización.

Más mercado y menos Estado, peroraban los ideólogos del liberalismo ultraortodoxo. Ahora siguen clamando para que no suban los impuestos a los ricos, mientras piden ayudas del Estado para sostener el desastre económico y salvar negocios especulativos que ya eran poco competitivos y que ahora serán ruinosos sin la ayuda de los gobiernos.

Más mercado y menos estado cacareaban y ahora se aprestan a exigir que sean los negocios privados los que se apoderen definitivamente de la gestión de todo aquello que es esencial para las personas: las pensiones, la sanidad, la educación, los servicios sociales.

Pero el mundo ha cambiado y los mercados ya han demostrado que no son capaces de gobernar los cambios urgentes y necesarios, cambios económicos, en el empleo, en las relaciones sociales, en las costumbres y hábitos de todo tipo. Ya quedó dicho, los empleos perdidos en muchos sectores no se van a ver compensados, al menos de inmediato, por nuevos empleos en los sectores emergentes.

Con todo, lo más grave, será el aumento de las desigualdades. Mucho se ha hablado del teletrabajo, de la capacidad de  las empresas para adaptarse a la nueva situación, pero puede ser que muy pronto comprobemos que la sustitución de trabajo humano presencial por trabajo humano deslocalizado, o por el de las máquinas, cree un escenario de menos empleo y polarización entre el empleo cualificado y el poco cualificado, ingresos altos para unos cuantos y muy bajos, o nulos para la mayoría.

No en vano el espaldarazo definitivo a las propuestas de un ingreso mínimo vital, salario social, renta básica, mínima, o como queramos llamarlo, procede de Silicon Valley, es decir de quienes comienzan a ver que el desarrollo tecnológico puede significar pérdida de empleo, o hasta bajos salarios, pero no puede producirse con disminución de la capacidad de consumo. Un esfuerzo por matizar el efecto del aumento de las desigualdades.

Los problemas coyunturales de una crisis larga como la de 2008 pueden ser afrontados con rescates y políticas monetarias que salven carencias de liquidez temporales, pero una situación como la que vivimos en la que confluyen crisis económicas, transformaciones profundas y una pandemia descontrolada requiere otras formas de afrontar la situación.

Son momentos para responder eficazmente a ésta y otras emergencias sanitarias, con personal, equipos de protección, centros de salud y hospitalarios. Son momentos para poner los medios para frenar el ascenso de las desigualdades y asegurar la protección a quienes más lo necesitan. Son momentos para repensar una economía al servicio de las personas y no del beneficio a ultranza. Tiempo de salvar aquello que pueda hacernos más felices y reconvertir cuanto ponga el riesgo el futuro de nuestra especie sobre el planeta.

El futuro de la economía no puede sustentarse en cataplasmas, mascarillas y geles hidroalcohólicos, o en la existencia de departamentos de responsabilidad social y medio ambiente que elaboran campañas publicitarias para justificar comportamientos más éticos en un sitio y menos en otros lugares del planeta con menores controles.

La nueva sociedad salida de esta pandemia debería exigir a las empresas compromiso con la justicia social, el empleo, la igualdad y el medio ambiente.

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