3 Abr, 2018

La parcialidad del machismo y los derechos recortados

Leí una noticia de la BBC, acompañada de un vídeo, convertido en viral durante estos días de Huelga Feminista, en los que la igualdad se ha situado en el centro del debate público y político en nuestro país.  El artículo hablaba de un acertijo cuyo contenido aproximado es el siguiente:

Un padre y un hijo van en su coche y sufren un accidente. A consecuencia del mismo, el padre muere y el hijo es trasladado urgentemente a un centro hospitalario, en estado muy grave. Necesita una operación muy complicada y llaman a una eminencia médica, que acepta desplazarse cuanto antes al hospital. Pero, cuando entra en el quirófano, dice: No puedo operarlo, es mi hijo. ¿Cuál es la explicación de esta situación?

Las respuestas al acertijo son de lo más ocurrentes. Da igual que vengan de trabajadores manuales, estudiantes universitarios, mujeres, hombres, jóvenes, o personas de edad, machistas, feministas, inmigrantes, o no, de derechas, o de izquierdas. Pocas personas terminan acertando que la tal “eminencia médica” sea la madre del joven y, la mayoría, opta por explicaciones rocambolescas mucho menos lógicas y plausibles.

Al parecer, esta incapacidad, bastante extendida, para resolver el acertijo, se encuentra en algo que los científicos llaman “parcialidad implícita”, o inconsciente. Es decir, desde la más tierna infancia, se establecen conexiones entre nuestra neuronas que se automatizan y son, luego, difíciles de cambiar.

Esa automatización hace que no tengamos que andar pensando cada operación cotidiana que realizamos en nuestra vida. Pero también ocurre que otros aprendizajes sean también automatizados. Lo que percibimos, sentimos, vemos en la tele, escuchamos, o experimentamos desde muy pequeñas y pequeños, es muy difícil de replantear de forma distinta a como lo aprendimos.

Las tareas importantes de liderazgo, las ocupaciones más reconocidas socialmente, son asumidas por hombres. Los cometidos de cuidado, atención a la familia, servicios sociales, educación, sanidad, son adjudicadas a las  mujeres. Pero incluso en una profesión tan feminizada como la sanidad y pese a formularse la adivinanza en femenino, la “eminencia médica” es automáticamente asociada con un hombre.

La huelga feminista, en sus cuatro modalidades (laboral, de cuidados, estudiantil y de consumo) ha resultado un éxito español que ha adquirido dimensiones planetarias y ha llenado las calles con impresionantes manifestaciones, pese a sus dificultades iniciales, lo novedoso e inexplorado de la convocatoria, la multiplicidad de los convocantes y hasta los mensajes dispersos sobre las características de la movilización (de mujeres, de mujeres y hombres, de dos horas por turno, de 24 horas).

Pero a los pocos días, precisamente cuando hay que prestar especial atención a que las reivindicaciones sean escuchadas y atendidas, cuando habría que iniciar la negociación de las soluciones, la Huelga Feminista  ha sido sustituida en los noticiarios, en las tertulias, en los programas de debate, o entretenimiento, por noticias inesperadas y sobrecogedoras, como el drama terrible de Gabriel, el Pescaíto, aprovechado además por la derecha para desviar la atención hacia un terreno mediáticamente favorable a la “prisión permanente revisable” (esto de revisable ha pasado, incluso a segundo plano), o por las justas y masivas movilizaciones de las personas mayores en defensa de las pensiones.

La insoportable levedad de lo cotidiano, por importante que sea, el carácter líquido de nuestras sociedades, no pueden ser automatizados, ni aceptados sin más. Aceptar la futilidad de cuanto ocurre, vivirlo intensamente mientras dura, para sustituirlo inmediatamente por una nueva noticia, una nueva preocupación, un renovado quehacer.

Las encuestas mensuales del CIS nos van dando cuenta de estas fluctuaciones en las preocupaciones de los españoles. Y, sin embargo, más allá de las modas, las tendencias y los cambios de momentos, no nos permiten afirmar que los problemas se vayan solucionando. Más bien podríamos decir que, tras vivirlos con vehemencia y apasionamiento, los abandonamos en un cajón de sastre (también un poco desastre), donde permanecen ocultos, o desde donde pueden volver a saltar a la palestra, deformados y amplificados.

La crisis nos ha dejado un buen puñado de estos problemas. La política de recortes y contrarreformas de todo tipo, hace que, ahora que el propio Presidente del Gobierno señala la senda de la recuperación, quien más y quien menos nos sentimos llamados a participar en la tierra de leche y miel que se nos anuncia cada día.

Mujeres, jóvenes, mayores, personas desempleadas, no nos resignamos a la parcialidad inconsciente, ni a la insoportable levedad que quieren que nos habite. Queremos libertad, derechos, un empleo digno, una vida decente. No pedimos mucho. Pero no estamos dispuestos a nada menos que eso. Prepárense que allá vamos.

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