9 Jun, 2021

La productividad del sindicalismo

Vivimos tiempos de congresos sindicales. Acabamos de cerrar el Congreso Confederal de UGT y ya estamos en mitad del Congreso de las CCOO de Madrid esta misma semana y vamos enfilando el Congreso de la Confederación en el otoño.

Los congresos, sindicales o no, deberían ser momentos para el encuentro de las personas, la reflexión sobre nuestros problemas  y el esfuerzo para establecer prioridades de trabajo, estrategias de acción sindical, acuerdos de gobierno interno. Tareas aún más importantes en estos tiempos de pandemia.

Tendemos a medir la importancia del sindicalismo en términos de protección y bienestar social de la clase trabajadora. Muchos economistas de los entornos del pensamiento ultraliberal nos cuentan que los sindicatos son un mal, ni tan siquiera necesario, que lo único que hace es entorpecer los avances empresariales que generan empleo, producen actividad económica, riqueza y desarrollo del país.

Según estos portentosos estómagos agradecidos, el propio capitalismo crea las soluciones para los desajustes y problemas que se van produciendo. Sin duda el argumento suena bien y no son pocos los jóvenes y no tan jóvenes, que pican el anzuelo y acaban cayendo en las redes de la miseria, la pobreza, el abandono social, cuando menos se lo esperan. Triunfadores de un día, perdedores para siempre.

Pero ese argumento no se sostiene en la realidad. Nadie resolvió el destrozo generado por las ansias de negocio del gobierno de los Estados Unidos al servicio de las grandes corporaciones en Irak, o en Afganistan. Nadie ha corregido la herencia de trabajos basura, mal pagados, sin derechos y precarios, ni los debilitados sistemas públicos de protección a las personas que nos dejó la crisis de 2008.

Nadie adoptó las medidas necesarias de información y prevención para cortar la expansión de una pandemia global como la que estamos viviendo. Nadie parece querer hacer otra cosa que repetir la fiesta que ya nunca podrá volver a ser la misma, siguiendo el fracasado ejemplo de los felices años 20, que lejos de convertirse en la nueva fiesta repetida de la Belle Époque, sólo fue el preludio del nacimiento y ascenso de los movimientos fascistas que conducirían, con Europa como epicentro, al peor desastre que haya producido la humanidad.

El sindicalismo siempre es un factor moderador de la política extremista. El político puede salir por la televisión, subirse a un estrado y pronunciar un discurso, realizar unas declaraciones ante las cámaras, acudir a un acto en el que los asistentes están programados para aplaudir a rabiar, a una tertulia  de intervenciones pactadas, a una ronda de preguntas de un público seleccionado. Miles de electores y electoras votan las listas en las que aparece su nombre. Se considera un líder indiscutible, incuestionable, carismático.

Un sindicalista no puede. Pisa una empresa y cualquier trabajador, cualquier trabajadora, le preguntan cómo va lo mío. Y no hay escapatoria en ese cara a cara. Puedes decir, no lo sé, me entero, me informo y te lo cuento, pero no puedes mentir, porque se nota de inmediato quién viene a servir y quién viene a ser servido, a utilizarte como trampolín.

El sindicalismo sirve en lo concreto, en la respuesta a cada problema, utilizando la fuerza de la unidad. El sindicalista sabe que vale por lo que une, por el trabajo colectivo que alimenta. El liderazgo sindical siempre es colectivo.

Pero el sindicato, el sindicalismo, no sólo sirve al trabajador, sirve a la empresa, porque no conviene olvidar que toda empresa es la concurrencia de una inversión económica de un empresario (individual o colectivo) y unos trabajadores y trabajadoras que hacen posible que esa inversión se convierta en producción de bienes, o de servicios.

El inversor y las trabajadoras y trabajadores son partes de la empresa y no hay empresa sin la inversión y el trabajo de alguien, aunque haya ocasiones en las que ese alguien es la misma persona. Por eso cuando un inversor se acostumbra a aumentar su producción y obtener más beneficios, a costa de contratos temporales, bajos salarios, discriminación de mujeres y hombres, jóvenes y mayores, o una organización del trabajo que precariza las vidas de las personas que trabajan en la empresa, se está equivocando y perdiendo las bazas de futuro.

Serán las empresas que apuesten por la estabilidad de sus trabajadores, la formación permanente de los mismos, los salarios dignos, el trabajo decente y el compromiso con el esfuerzo diario, junto a la innovación tecnológica para mejorar la productividad y la calidad de los productos y servicios, las que sobrevivirán en el futuro.

Algo que han entendido ya en muchos lugares del planeta, pero poco asumido en España, donde en todos los ámbitos de la vida económica se establece la primacía de los vividores, especuladores, cazafortunas de ganancias fáciles y muy rápidas, conquistadores de imperios, sobre los inversores que buscan sacar adelante un proyecto en el que todos los miembros de la empresa se sientan partícipes.

El problema es que vamos a un mundo obligado a una doble transición ecológica y tecnológica para asegurar nuestra supervivencia como especie sobre el planeta y, para ese reto, nuestras carencias son más que notables. Basta echar un ojo a la realidad laboral de la mayoría de nuestras empresas. Un mundo y unas empresas que no tendrán solución sin el sindicalismo.

Por eso el sindicalismo es hoy más importante que nunca y los Congresos sindicales que estamos viviendo tienen que servir para afrontar un futuro imprevisible, que sólo podremos modelar y gobernar desde la unidad basada en la libertad y el compromiso compartido para defender a la clase trabajadora en su diversidad y en su pluralidad. Esa es la mejor productividad y el mayor servicio del sindicalismo al conjunto de la sociedad.

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