21 Abr, 2020

Las lecciones del coronavirus y la formación digital

Los acelerados procesos de desarrollo de la digitalización no parece que se vayan a ver afectados sustancialmente por el COVID19, sino todo lo contrario. Es un pronóstico tan sólo, pero puede que no esté muy descaminado. Parece evidente que la economía ha sufrido un impacto brutal que va a obligar a muchos sectores a reinventarse y, si algo ha puesto de relieve esta crisis es que la digitalización se va a ver reforzada en la economía y en las relaciones sociales, sobre todo en el consumo.

Las empresas tecnológicas y las que prestan sus servicios mediante la utilización de la Inteligencia Artificial (IA) han  caído, como todas, en un primer momento de estallido de la crisis del coronavirus, pero ya quisieran para sí las previsiones más optimistas en el conjunto de las economías planetarias conseguir un rebote como el que protagonizan la mayoría de estas empresas tecnológicas.

Ya lo quisieran las empresas de construcción, transportes, energéticas, o turísticas. Basta echar un ojo a la evolución de sus acciones en los últimos meses para hacerse una idea de lo improbable de una recuperación económica de esas que llaman en V y que consisten en hacernos creer que todo volverá rápidamente a ser igual.

De otra parte, la crisis del COVID19 ha demostrado que los efectos sobre las cotizaciones de las empresas en la bolsa se ven con mucha mayor rapidez que en cualquier otra crisis anterior, precisamente por la utilización de la IA y sus famosos algoritmos. Hoy son ellos los que deciden el destino de un buen número de inversiones. Es lo que se llama el algorithmic trading, el comercio algorítmico.

Son las máquinas las que deciden en periodos cortos de tiempo dónde va el dinero, qué acciones se compran y cuáles otras son vendidas. Los programadores, analistas, economistas, introducen datos y reglas de utilización de los mismos, eso es un algoritmo, no es tanto una fórmula matemática como un cálculo geométrico que divide un espacio de múltiples dimensiones. Algo complicado. No soy matemático, pero me imagino, como en un sueño, el proceso.

Los inversores se fían del algoritmo porque ni tiene pasiones, ni trabaja con afectos, ni entra en pánico si el proceso se desmanda, ni tiene miedo y prejuicios tan sólo los que se le hayan introducido para cortar por aquí, o un poco más allá y, además, son tremendamente rápidos tomando decisiones. El problema es que, como dice cualquier buen experto en IA,

-Si introduces  datos sesgados, el algoritmo tomará decisiones sesgadas.

Se ha notado en las bolsas, que han caído con doble rapidez que en anteriores momentos de grandes pérdidas. Eso obliga a los especialistas a tomar en cuenta el valor actual de unos datos, o a prescindir de otros que han perdido validez de golpe y que pueden estar contribuyendo a tomar decisiones poco acertadas.

Revisados los algoritmos terminan respondiendo a las demandas de quien paga, porque quien paga, manda, en esto como en todo. Tras la caída general, unas empresas subirán deprisa (las más necesarias para el nuevo orden creado tras la crisis, en este caso sanitaria), otras más paulatinamente y no pocas se perderán definitivamente si no encuentran la forma de sobrevivir en el nuevo mundo surgido tras la crisis.

El empleo y el consumo no se recuperarán de inmediato. El proceso será, previsiblemente, mucho más lento de lo que se nos anuncia. Habrá empresas que tendrán que desarrollar, a la carrera, nuevas formas de trabajo, que antes muchos empresarios se tomaban a broma, como el teletrabajo.

Probablemente, muchos centros educativos tendrán que limitar el carácter presencial de los estudios y repartir las jornadas en  algunos momentos en el aula y otros de estudio, utilizando eso que llaman e-learning (enseñanza online utilizando internet y las nuevas tecnologías). Las jornadas de trabajo de los padres deberían flexibilizarse para atender las necesidades familiares.

El cuidado de la salud, la atención a nuestros mayores en residencias, o la ayuda a domicilio, deberían sufrir una auténtica revolución. Alguna de las cosas que ha demostrado la crisis sanitaria (lo de guerra lo dejo para adictos a heroísmos infantiles) es la imposibilidad de tener éxito si no tienes un sistema sanitario público que cuente con las camas necesarias, los recursos, los profesionales y los medios adecuados.

En cualquier caso, parece que la IA va a jugar un papel muy importante, aún mayor que el que podíamos intuir hace unos meses, en el futuro que nos espera. Para analizar situaciones, determinar prioridades, programar cobertura de necesidades, planificar atención a servicios necesarios, o producción de bienes y servicios de los que no podemos ser dependientes del extranjero ante casos de emergencia mundial. El espectáculo de las mascarillas y respiradores no puede repetirse.

Si antes de la crisis se estimaba que los mercados, las empresas y los trabajadores deberían adaptarse y adquirir nuevas competencias para utilizar las nuevas tecnologías, hoy este reto se ha convertido en necesidad social. Los conocimientos digitales eran ya necesarios para el 80% de los trabajadores y trabajadoras de Europa, pero un 43% de ellos carecía de las competencias básicas y cerca de un tercio se encontraba en riesgo de caer en la brecha digital.

Hoy más que nunca, los seres humanos vamos a tener que demostrar nuestra capacidad de adaptarnos a las revoluciones y los cambios brutales que se están produciendo. Adaptación que tiene que ver con el fomento de la iniciativa, la creatividad, el aprendizaje de lenguas, habilidades digitales, desarrollo de capacidades, conocimientos básicos de CTIM (ciencia, tecnología, ingeniería, matemáticas). En definitiva, eso que hace muchos años se llamó aprender a aprender.

Un reto que habrá que impulsar desde la formación inicial y básica, las enseñanzas medias y superiores, la Formación Profesional y la Formación Permanente, a lo largo de toda la vida, en su doble vertiente de derecho personal y necesidad para el empleo y las empresas. Esta es alguna de las lecciones que nos deja el coronavirus. Tanto como decir que tenemos aún mucho que aprender de la Naturaleza.

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