13 Nov, 2020

Los americanos del Norte han votado

No he viajado a Estados Unidos, ni he estudiado especialmente su historia, sus negocios, sus desventuras, ni sus variadas aventuras. Debo reconocer que la carrera de Geografía e Historia me interesaron más las minas de la Montaña Roja y el trabajo de los indios en Potosí que las aventuras de los colonos que unas veces comían pavos con los indios el día de Acción de Gracias y otros se dedicaban a cortar las cabelleras de unos cuantos indios.

No hay que olvidar que la famosa y horrenda costumbre de arrancar cabelleras no la inventaron los indios, sino los colonos que iban ocupando tierras que los indios no consideraban tan siquiera suyas. Unos tienen la fama y otros cardan la lana, dice el refrán y cada día me parece más cierto, cuando veo que aquellos que exterminaron a los indios y los recluyeron en campos de concentración a los que llamaron reservas no ven derribadas sus estatuas

Ya desde pequeño, aprendí de algún curita ensotanado, que el alma rusa tenía mucha más enjundia y profundidad que el alma superficial e intranscendente que habita en los estadounidenses. Luego he aprendido que nada es tan sencillo, que nunca se sabe y que hay de todo. En cualquier caso, salvadas las distancias geográficas, climáticas, o históricas, el alma española, festiva y trágica se me antoja que tiene mucho más que ver con la eslava que con el batiburrillo de hamburguesas y demás fast food triunfante entre México y Canadá.

Y no es que no aprecie a muchos de los grandiosos personajes surgidos de aquellas tierras, de un Mark Twain, o un Jack London, a un Paul Auster, una Toni Morrison, o Louise Glück, la reciente premio Nobel de Literatura, por hablar sólo de escritores y sin entrar en científicos, deportistas, artistas de todas las clases.

Tenemos mucho que agradecer también los trabajadores a los sacrificios y la sangre de la clase obrera americana, desde Chicago y el 1º de Mayo, hasta el Día Internacional de la Mujer Trabajadora que comenzaron a conmemorar las obreras del textil estadounidense para recordar las huelgas y marchas que protagonizaron a principios del siglo pasado para reivindicar mejoras en las duras y penosas condiciones de trabajo, que poco después desembocarían en el 8 de Marzo.

Sin entrar tampoco en la tremenda capacidad de dar acogida y una oportunidad de emprender una nueva vida a cuantos llegaban huyendo de desastres, guerras y persecuciones desde todos los rincones del planeta. Ocurre que los Estados Unidos se han ganado a pulso ser reconocidos como imperio que impone su criterio manu militari y sin complejos, desde su patio trasero sudamericano, hasta Vietnam, Irak, o Afganistán (lamentable, vergonzosa, por cierto, la imagen de Aznar en la famosa foto de las Azores).

No debería yo opinar, por falta de conocimientos y afinidad, sobre el proceso electoral que se vive en aquel país, aunque parece que provoca un interés generalizado y hasta quienes aquí se consideran de izquierdas sienten (sentimos) una enorme alegría por el triunfo electoral de un gris y desconocido Biden, acompañado de Kamala, frente a un chulesco, malencarado y provocador Trump, que nos ha tenido en vilo a lo largo de toda su presidencia.

Me alegro, porque todo podría haber ido peor de lo que parece que está yendo (no cantemos victoria, que hasta el rabo todo es toro) y esperemos que, efectivamente, Estados Unidos vuelva al combate contra el cambio climático, contra la pandemia, y a favor de una necesaria sensatez para abordar el futuro de la vida y de la especie humana en el planeta.

Y merece la pena que estemos muy atentos y le demos vueltas a lo que ha ocurrido y está ocurriendo en Estados Unidos. No sólo por lo que supone en y para los Estados Unidos, que siguen siendo una potencia mundial, sino porque a estas alturas la existencia de personas como Biden, o Merkel en Europa, nos alegran los días con algunas acciones y declaraciones firmemente democráticas.

Y porque algo tenemos que aprender de que el ganador Biden haya obtenido más de 75 millones de votos, pero que el perdedor Trump, haya conseguido la cifra record de casi 71 millones de votos. Y eso pese a su desastrosa presidencia, errante, caprichosa, con sus declaraciones estrambóticas y su actitud de pendenciero, fanfarrón e ignorante sólo atento a sus intereses, fuera y dentro de sus fronteras.

Mención aparte merece el hecho de que haya convertido la mentira en táctica y estrategia. Sabíamos del espectáculo en la política, sobre todo en la política americana, pero el manejo de los más bajos instintos, la mentira sistemática, la actitud de matón amenazante, que ha caracterizado el desgobierno de Trump, merece estudios, debates y conclusiones prácticas.

No basta que las fuerzas progresistas y de izquierdas nos alegremos por el resultado (que nadie nos robe este momento de alegría) porque Trump es tan sólo una muestra de un modelo perverso de liderazgo que, con variantes diversas, comienza a tener numerosos seguidores y a menudo éxito, en demasiados lugares del mundo. No los hemos traído nosotros, pero podemos evitar que sigan proliferando.

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