27 Dic, 2021

Los maestros, los ferroviarios y Almudena

Recordar a Almudena, Día de la República, 14 de abril, se inaugura una exposición La Escuela de la II República en la Sala de Exposiciones del Jardín Botánico de la Universidad Complutense.

Estamos en 2008, Carlos Berzosa es el Rector de la Universidad y la Federación de  Enseñanza de CCOO, junto a las CCOO de Madrid, a través de sus Fundaciones Sindicales, han organizado la muestra para recuperar la memoria de aquella última oportunidad que se dio España para la transformación, la regeneración, la modernización como país.

Las mujeres y hombres que protagonizaron la aventura republicana creían que la educación era un instrumento esencial para hacer frente a los males persistentes que atenazaban España. Los males de un Imperio perdido, que algunos políticos y militares querían reconstruir en las montañas del Rif, en los desiertos del Sahara, en los palmerales guineanos, a costa de incontables muertes de los hijos de la clase trabajadora para hacer posibles los eternos trapicheos, corruptelas y corrupciones.

Los males derivados de la cuestión agraria, la posesión de la tierra, el dominio de las personas, sus vidas, sus trabajos, el latifundismo caciquil hoy reconvertido en especulación del suelo, en pelotazo inmobiliario, en imperio del ladrillo.

Los males del nacionalismo, de la incapacidad para superar el centralismo, por muy democrático que sea y el cantonalismo, por muy bien que se viva en el más confortable de los localismos. La cuestión regional para unos y nacional para otros. Incapaces de integrar en un mismo proyecto a personajes como Blas Infante, Castelao, Sabino Arna, o Luis Companys.

Y sí, la cuestión religiosa también, esa incapacidad para vivir la libertad de las creencias sin necesidad de imponerlas en un extraño maridaje a cuatro bandas de poder político, poder militar, económico y religioso. Valores laicos, derechos de ciudadanía, convivencia democrática, postergados, cuando no aplastados.

Y por si fuera poco, la cuestión social, esa fractura que recorre España separando a los ricos de los pobres, a los campesinos de los terratenientes, a los trabajadores de una clase empresarial dispuesta a todo para conseguir un enriquecimiento fácil, rápido, exclusivo.

Algunos de estos males de España han permanecido entre nosotros, consolidados durante los largos y negros años del franquismo, que aplastó al movimiento obrero y a todas las experiencias que quisieron enriquecer la cultura del pueblo: la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos, la Escuela Nueva de Manuel Núñez de Arenas, la Escuela Moderna de Ferrer i Guardia, los ateneos libertarios, la extensión universitaria, La Barraca, las misiones pedagógicas, las casas del pueblo, los Círculos Obreros.

Almudena Grandes aprovechó la conferencia inaugural de aquella Exposición para hablarnos de estas cosas, de aquella España, de sus trabajadores, de sus campesinos, de sus poetas, de sus maestros. Porque fueron los maestros, seguidos por los ferroviarios quienes pagaron con más dureza los procesos de depuración, los consejos de guerra, la represión y los fusilamientos del franquismo triunfante.

Contaba Almudena que eran ferroviarios los que llevaban de un lado para otro los libros, la propaganda, los panfletos, las revistas obreras. Eran los maestros, los que recogían aquellos papeles, los difundían, los explicaban, los convertían en aprendizaje.

Hacía poco que Almudena había publicado El corazón helado. Estaba a punto de adentrarse en la serie de los Episodios de una guerra interminable. Ese largo y frondoso recorrido en el que nos conduce por un mundo duro y complicado, por una larga guerra nunca acabada, de la mano de nombres como Inés, Manolita, Nino, Aurora, la madre y asesina de Hildegart y otros cientos de personajes que recuerdan, salvadas las distancias, los escenarios históricos creados por Galdós.

Almudena había realizado durante largos años el esfuerzo de leer, documentarse, hasta dejar que toda aquella riada de sensaciones, historias, imágenes, ideas, miedos y alegrías, brotase alimentando todas esas hermosas vidas que nos ha regalado a lo largo de su trayectoria literaria.

Porque Almudena ha sido durante toda su vida una incansable porteadora de vidas traídas del pasado. De nombres que no deben borrarse de la historia.  Vidas que, como una paciente maestra, nos ha ido animando, incitando a compartir, a sentir, a aprender, recordar, recuperar, hasta formar parte de nosotros mismos.

Y por eso Almudena no emprenderá el camino del olvido, sino el de la leyenda de aquellas personas que dedicaron sus días entre nosotros a que estos breves momentos, a los que llamamos vida, se llenen de afectos, de intensas pasiones, de misterio y de ganas de compartir en paz, en libertad, como iguales, sobre la misma Tierra.

Almudena, maestra, amiga, aún no me hago a la idea.

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