23 Ene, 2018

Marcelino Camacho, un vecino de Madrid

Lo que no sabes por ti

no lo sabes.

Repasa la cuenta

tú tienes que pagarla.

Bertolt Brecht

 

Marcelino era de Madrid, a la manera en que lo somos los madrileños y madrileñas. Al estilo peculiar de quienes, siendo oriundos de cualquier otro lugar de España, o del mundo, desembarcamos un día de los trenes o las camionetas (ahora también de los aviones) y buscamos un lugar para trabajar y un hogar para vivir. No es necesario nacer en Madrid para tener ocho apellidos madrileños llegados de los cuatro puntos cardinales, como si fuera seña identitaria del nacionalismo sin fronteras que nos caracteriza y del que hacemos gala.

Marcelino Camacho nació allá por 1918, en la estación de ferrocarril de Osma La Rasa, en la provincia de Soria, donde su padre era guardagujas. Se afilió joven al Partido Comunista y a la UGT. Tras cortar las vías del tren, para retrasar el avance de las tropas alzadas contra la República, en el 36, atravesó a pie la Sierra madrileña para incorporarse al bando republicano. Luego la clandestinidad, las denuncias, la cárcel, los trabajos forzados en Tánger, la huida al exilio en Orán, su matrimonio con Josefina Samper en el 48 y el indulto que le permite volver a España en 1957.

Es entonces cuando desembarca en Madrid y encuentra trabajo en la Perkins, donde emprende las tareas organizativas de las primeras Comisiones Obreras en la capital y luego se aplica a intentar coordinar las Comisiones que han ido naciendo por toda España. Esas CCOO que comienzan a tener fuerza y que son sondeadas infructuosamente por el ministro Solís Ruiz, en un intento por incorporar al nuevo movimiento sindical a su peculiar reforma del Sindicato Vertical. Se trataba de un nuevo conato del falangismo, que controla el partido único, el sindicato vertical, los periódicos y radios del Movimiento, por hacerse con las riendas del futuro, en contra de los tecnócratas del Opus Dei, que se ve arruinado por la negativa de las CCOO, que exigen un sindicalismo libre y democrático.

Así las cosas, CCOO gana ampliamente las elecciones sindicales de 1966 en las principales empresas del país. El Régimen no podía tolerar que las vías de agua abiertas por las reivindicaciones obreras terminaran por hundir el barco. Por eso ilegalizan las CCOO y encarcelan a sus dirigentes. Los Tribunales de Orden Público, creados por la dictadura en diciembre de 1963, detienen, procesan, juzgan y condenan a más sindicalistas de las CCOO que a personas de cualquier otra organización social o política. El franquismo sabía bien por dónde podía comenzar el principio del fin.

Desde ese momento, Marcelino pasa más tiempo entre rejas, que en el trabajo o que en su casa. En Sudáfrica tenían una cárcel de Robben Island y en España una de Carabanchel. Allí tenían un Mandela y aquí teníamos un Camacho. Recuerdo esa foto del año 91, en la que ambos, trajeados, ya en libertad, conversan durante la primera visita de Mandela a España.

Conmemoramos este 21 de enero el nacimiento de Marcelino Camacho hace ya cien años. Van para ocho años desde aquellos dos días y una noche en que Marcelino reposó, antes de emprender su último viaje, en el auditorio que lleva su nombre, donde tantas huelgas, asambleas, homenajes, recitales, actos culturales y solidarios, han organizado sus Comisiones Obreras de Madrid. El mismo lugar donde cada año hacemos entrega de los premios de la Fundación Abogados de Atocha. Un premio que Marcelino recogió junto a Joaquín Ruiz Jiménez en el año 2006. El mismo que este año recogerán Pepe Mújica, Presidente de Uruguay entre 2010 y 2015, y la organización Reporteros Sin Fronteras, por su incansable labor en defensa de la libertad de prensa.

Hay quien hoy quisiera olvidar a Marcelino. Mandela recibió el premio Nobel y el Príncipe de Asturias. Wallesa recibió el Nobel. Marcelino ninguno de los dos. Marcelino sí recibió la Gran Cruz del Mérito Civil, la Orden del Mérito Constitucional, la Medalla de Oro del Mérito del Trabajo y otros muchos premios nacionales e internacionales, pero no el Nobel, ni el Príncipe de Asturias.

Los hubiera merecido, pero formaba parte, como los Abogados de Atocha, de esa memoria incómoda que tan bien ha descrito Alejandro Ruiz-Huerta, que nos lleva siempre, en este país de todos los demonios, a pasar páginas de nuestra historia, sin leerlas, para repetirlas tarde o temprano.

Pero también habrá quien anhela convertir a Marcelino en un mito, en un hombre raro, un ser excepcional pero inimitable. Marcelino era extraordinario, por eso es irrepetible. Nosotros le admiramos, mucho, pero nunca podremos parecernos a él. Además hoy las cosas no son como entonces. La conclusión no deseada, pero inevitable, es que hoy los dirigentes son otra cosa. Nosotros tampoco somos los mismos. Más domados. Más doblados. Más domesticados. Somos la viva imagen de la derrota. En el mejor de los casos de la resistencia.

Me niego a aceptar este pensamiento. Claro que Marcelino jugaba en la liga de los Mandela. Pero cada uno de nosotros y de nosotras tenemos nuestro propio campo de juego y en ese ámbito Marcelino no es un ídolo, un icono, un totem protector, un paño de lágrimas, sino un ejemplo a seguir. No para hacer lo que él hizo, sino para hacer lo que honestamente creamos que toca hacer.

La lección de Marcelino se encuentra en la voluntad. Consiste en estudiar siempre. Sin diferencias de sexo, o edad. En la cárcel, en la empresa, en la cocina, en el asilo, en el colegio, en el paro, estudia. No te canses. Nunca es demasiado tarde. Persigue el saber, empuña el libro, no te dejes convencer, no temas preguntar.

Marcelino, hace 30  años, insistía, una y otra vez, en contarnos aquello de la revolución cientificotécnica. Pocos creían que aquella formulación resultaba profética. Que, hoy la digitalización, la robótica, la nanotecnología, la informática, las comunicaciones, las redes, la realidad virtual, son términos que acaparan el diseño del futuro de nuestra economía y nuestra sociedad.

Marcelino Camacho era un madrileño, vecino de Carabanchel, que nos enseñó con su vida, su honestidad y su coherencia, la lección que aprendió de Bertolt Brecht, Apunta con tu dedo a cada cosa/ y pregunta: ¿Y esto por qué?/ Estás llamado a ser un dirigente. Un hombre que nos enseñó que ser un dirigente no es mandar, sino servir. Que la autoridad viene desde dentro y no por designación divina, o ambición humana, ni tan siquiera por elección para ostentar un cargo. Que no hay que confundir autoridad con potestad.

Por eso Marcelino, como Mandela, a fuerza de pegarse a su  gente se convierten en universales y siguen siendo  jóvenes que nos conmueven y al tiempo nos turban, porque, tal como nos explica Gloria Steinem, la idea de una autoridad personal interna resulta inquietante para las personas habituadas a recibir órdenes y sin duda también para quienes suelen dar esas órdenes.

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