14 Dic, 2020

Mayores supervivientes

Se despierta definitivamente, porque dormir, lo que se dice dormir, sólo es un duermevela acompañado de lo que para ella son instantes de sueño profundo, aunque duren a veces una hora, o más. Se levanta nunca más allá de las 8 de la mañana, que ya lleva horas en la cama, desde que se acostara, nunca más tarde de las 11 de la noche.

Quedamos, por tanto, en que se levanta temprano, se asea, desayuna y se lía con las tareas de la casa. Aquí no hay un pequeño corral, ni un huerto, como en la casa de la infancia, sí unos cuantos tiestos en las ventanas y en la pequeña terraza, esto es un barrio del Sur, un precipitado de hormigones, cementos, ladrillos, asfaltos y de tanto en tanto, de largo en largo, unas cuantas plantas precarias, agrupadas en algo a lo que llaman parque, por decir algo, precarias como los trabajos, como las vidas.

Más tarde prepara su comida a base de verduras y legumbres, acompañadas con un poco de carne, algo de pescado. El Ayuntamiento le trae comida algunos días, pero ella ha ido recortando la demanda hasta dejarla en una entrega por semana, ración para dos días. No quiere perder el servicio por si un día lo necesita  más, pero prefiere hacerse su comida mientras pueda.

Luego una siesta, en el sofá, pero siesta. Ve la tele por la tarde y un ratito por la noche, lee un poco, lo poco que le deja su ya cansada vista, escucha la radio por las mañanas, en la cocina y mientras trajina un rato por la tarde. Se acuesta pronto y madruga. No hay mucho más secreto para su vida de 92 años, recién cumplidos.

Forma parte de esas mujeres que se entrenaron en la guerra y en la dura posguerra, para la supervivencia. Hay estudios que demuestran que los supervivientes de la Guerra Española, o la Guerra Mundial, dejaron preparada su alma y adiestrado su cuerpo para resistir durante más tiempo las peores circunstancias.

Sale poco, aunque lo compensa andando, pasillo va, pasillo viene. Antes salía algo más con la chiquita que manda el ayuntamiento, tres días por semana, hora y media por día, para cuidarla. Ahora no. Después del corona y del hospital, donde entraron dos, en pareja, ella, su marido y del que sólo salió uno vivo, ella, se conforma con mirar el deambular tras los cristales el transitar de los niños que van al cole.

Como las hierbas que crecen, contra todo pronóstico, en las grietas de las aceras, fue cultivando su libertad aprovechando cada resquicio entre los bombardeos y cada laguna, cada pequeño rincón, o parcela no ocupados por la voluntad omnipresente y omnipotente del franquismo. Es libre a su manera, como quien conoce los misteriosos límites de la vida, libre porque hace lo que puede cuando quiere y viceversa, libre porque ejercita cada día las mermadas posibilidades que le permiten su salud y los ínfimos recursos de una pensión de viudedad.

No se reúne con las vecinas para coser juntas aunque ha sido buena costurera y ha dado clases de costura en su casa, no acude nunca al centro de mayores, tampoco lo hacía antes de la pandemia, a tomar un café, jugar una partida, bordar, hacer punto.

No sabe nada de nuevas tecnologías, redes sociales, ni mensajería móvil, pero descuelga el teléfono y llama todos los días a sus contactos, eran siete hermanas y hermanos en total, pero ya sólo quedan tres, dos mujeres, un hombres, pero su red social telefónica abarca mucho más que los hermanos vivos y llega a los sobrinos, primos, primas, los del pueblo, los de su difunto marido. Sus relaciones son territorio muy amplio.

Los estudios realizados sobre alta longevidad en algunos lugares de Oriente demuestran que llegar a muy viejo no depende de factores genéticos, sino más bien de elementos culturales y de costumbres de vida frugal, sencilla, sana y el reconocimiento de las personas mayores, gracias a muchos pequeños momentos, a partir de los 60 años, en los que se celebran ritos sociales, pequeños festejos, conmemoraciones, encuentros, días, en los que se escenifica el respeto a las personas mayores.

Cuando, por algún motivo, existen migraciones forzosas, o voluntarias, que modifican esas costumbres, cambian el entorno cultural, rompen los hábitos tradicionales y naturales de vida, o de convivencia y alteran el respeto que una sociedad tiene hacia sus personas mayores, la esperanza de vida disminuye drásticamente y de inmediato.

En esto y en otras cosas, las sociedades orientales suelen ser mucho más cuidadosas y avanzadas que las occidentales. Lo que allí es respeto, aquí es desprecio, rechazo, olvido, marginación y hasta abandono. Allí las personas mayores sobreviven, sintiéndose queridas y disfrutando de sus años, aquí son supervivientes de un desastre artificial que hemos creado como sistema de vida, en el que sólo lo joven, lo fugazmente novedoso y comercialmente aprovechable, tiene un futuro pasajero.

Por eso, tal vez por eso, por todo cuanto tenemos la obligación de haber aprendido de esta pandemia, brindemos por esas mayores supervivientes, dedicando un momento cada día a defender sus vidas, que son parte de las nuestras. Con un saludo, con un gesto, una llamada, una palabra, una mirada de afecto, con lo que más cerca tengamos a mano.

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