14 Mar, 2021

Morir un 8 de marzo

El tiempo estaba cambiando, amaneció soleado, pero parece que va a llover. A eso atribuyó Heliodora

(ya se sabe, uno de esos nombres venidos de Grecia, Helios significa Sol y doron es don, regalo, obsequio, así que Heliodora significa la que ha recibido el don, el regalo del Sol)

ese malestar general con el que se había levantado. A eso de las 11, o 12, llegaría la chiquita del Ayuntamiento

(así las llaman, aunque no las manda el Ayuntamiento, son las trabajadoras de Ayuda a Domicilio, o de la Dependencia, de la Comunidad de Madrid, pero como quien tramita todo el papeleo es la trabajadora social del Ayuntamiento, pues eso, siempre han sido y siguen siendo, las chiquitas del Ayuntamiento)

y para cuando llamara a la puerta quería tener la casa bien ventilada, las mudas lavadas y tendidas, la cama hecha

(que no le gusta que nadie le haga algo tan íntimo como su cama)

el café preparado

(a las chiquitas las cambian mucho ahora, un día viene una, otro día viene otra, ayer a las 9, hoy a las 11, otro día a las 12, muchas veces ni la avisan de la hora, por eso tiene que levantarse pronto, pero a todas les gusta tomar una tacita de café, con alguna rosquilla, unas galletas, unas pastas).

Se pone a hacer la cama, hoy cuesta, no puede hacerla de seguido y se para a mirar por la ventana, del bajo que parece un primero, porque hay un semisótano, está cambiando el tiempo y puede que pronto el pequeño y destartalado patio se lave con la lluvia, una pared y luego otro pequeño patio y más allá la fachada trasera, de un edificio parecido a este, más de cincuenta años contemplando la vida desde esta ventana, unos pocos tiestos en el patio, en algunas ventanas y en las terrazas.

El patio es comunitario, pero de uso privativo de los habitantes del semisótano, así reza en las escrituras firmadas en la notaría de Blas Piñar, en los años sesenta. Y es que Villaverde es uno de esos barrios obreros donde los jerarcas del franquismo decidieron instalar a unos cuantos miles de obreros que tenían que trabajar fabricando coches en Barreiros, los equipos de Standard Eléctrica-ITT, las muchas radios y los primeros televisores de Marconi, envases de cristal en Giralt Laporta, ascensores en Boetticher. Precisamente en Marconi trabajaba Luis,  de ahí le vino el sindicalismo de las Comisiones Obreras. Lo del partido les venía de familia.

Vuelve a la tarea de hacer la cama, hoy más despacio, porque el mareíllo no se va y la chiquita está a punto de llegar. A ver si cuando venga le pide que marque con el móvil el teléfono de su sobrino para que llame a la telefónica, que siga insistiendo, que el teléfono fijo no funciona desde hace ya cinco días y ella no puede estar sin teléfono para llamar a su hermana, a su hermano, a sus sobrinos, para escuchar el timbre fuerte y claro cuando la llaman.

El móvil no, el móvil no hay quien lo escuche, suponiendo que no se haya descargado y ella no sabe cómo cargarlo, además de que está medio sorda. Y además el botón rojo no funciona y no puede pulsar si pasa algo. El botón rojo es muy importante y siempre hay alguien que te llama y te pregunta cómo estás. Pero ahora no, porque si no hay teléfono fijo no te llaman los del botón rojo. Cuando llegue la chiquita hay que insistir a su sobrino.

Heliodora y su marido tuvieron covid, primero él fue hospitalizado, luego ella, él murió, ella sobrevivió, aunque nadie daba un real por la vida de una mujer de 91 años, él era más joven, pero sus pulmones no resistieron. Desde entonces ella vive sola, recibe muy pocas visitas, las chiquitas del Ayuntamiento, la enfermera del centro de Salud y poco más. Un mes antes de morir su marido murió su hermano Ramón, le atropelló un coche el 2 de marzo, hace un año, cuando iba a realizarse una prueba en La Paz y falleció al día siguiente, en ese hospital cuyos boxes de urgencias estaban ya al borde del colapso.

El sobrino que se encarga del teléfono

(otro se encarga de los papeleos, otro de las cuestiones de salud)

le tiene dicho que mientras estos de telefónica se ponen las pilas y arreglan la línea,

(a golpe de llamadas insistentes y chats en las redes sociales y ni por esas, la disculpa de la pandemia lo justifica todo, incluida la desidia, la indolencia)

esté más tenta a escuchar el móvil,

-Ay, a mi no me pidas que aprenda lo que me contáis del móvil, yo ya no escucho, sólo escucho a Ramón y a Luis.

Pero ahora hay que terminar de hacer la cama. Ya sólo queda la esquina superior que está más cerca de la ventana. El aparato del oxígeno. A lo mejor tendría que acercarlo un poco, las gomas están por el pasillo, pero llegan hasta el otro lado de la cama, por si se lo tiene que poner por la noche. Deja un momento la cama, va a ponerse un poco el oxígeno, a ver si se le pasa esta tontuna que la ronda desde que se ha levantado.

Ahí están las gomas, en la puerta de la habitación. Hay que agacharse un poco, pero ese ínfimo esfuerzo hace que el mareo crezca como un calor ardiente hacia el cerebro, ahora sí está mareada de verdad, se sienta en el borde de la cama, en el bolsillo derecho, ahí está el botón rojo, al alcance de la mano, lo saca, lo pulsa, pero el teléfono no funciona, nadie va a responder esa llamada y van ya cinco días. Se desploma hacia atrás sobre la cama, el brazo izquierdo pegado al cuerpo, el derecho flexionado. La chiquita está a punto de venir, a ver quién abre la puerta.

(8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, de la Mujer sólo, de la mujer sola, el debate hoy, en todos los medios es si se pueden, si se deben, prohibir las manifestaciones de mujeres en el Día de la Mujer, en un país donde la ficción se encuentra siempre muy por debajo de la cruda realidad).

Heliodora, Descanse en Paz.

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