20 Dic, 2020

Otro Chamartín aún es posible

Mi apreciado amigo Eduardo Mangada me remite unas reflexiones sobre la posibilidad y la necesidad de rescatar Chamartín, liberarlo de invasores, enemigos, conquistadores. Y los invasores sabemos quiénes son, tienen nombre de banco como el BBVA, o de inmobiliaria, socimi, consorcio, como DCN (Distrito Castellana Norte), o San José y sus acuerdos con Merlin Properties.

Nombres, empresas, que se aprestan a emprender un gran negocio de control del suelo, construcciones de vivienda a precios libres, oficinas y centros comerciales en Madrid hasta más allá de 2050. La pandemia les ha frenado el ritmo, pero les ha dado también la oportunidad de ver aprobadas sus intenciones por parte de Ayuntamiento y Comunidad de Madrid sin molestos, o al menos con escasos, ruidos ciudadanos y vecinales. En pleno confinamiento Ayuso reunió a su gobierno regional con la casi exclusiva intención de aprobar el último y definitivo nihil obstat al proyecto.

Con este paso, el Ayuntamiento de Madrid, la Comunidad y el Ministerio de Fomento han entregado a la iniciativa privada de inversores financieros e inmobiliarios los suelos y la capacidad de protagonizar la planificación, el desarrollo, la ejecución y el tremendo negocio especulativo de enladrillar (hormigonar al menos) el futuro de nuestra ciudad.

Treinta años de intentonas, oscuras maniobras, comidas, encuentros, cenas, acuerdos, al más puro estilo berlanguiano de la Escopeta Nacional. Décadas en las que se han ido fraguando los consorcios de intereses públicos de puertas giratorias con el sector privado que han permitido una desamortización tan desastrosa como las protagonizadas por nuestros gobernantes a lo largo de nuestra historia, ya fueran conservadores, o liberales, que eso da igual cuando lo que está en juego es el negocio del suelo.

El negocio se ha disfrazado ahora de colaboración público-privada, que siempre parece consistir en que lo público pone los bienes y el dinero de todos para entregarlos al servicio del negocio privado que luego paga los favores recibidos en forma de puertas giratorias y sillones de mis entretelas en consejos de administración.

Madrid Nuevo Norte, nada menos, nombre escogido para rebautizar la operación en marcha. Para allanar el camino se han deshecho en gestos de combate contra la pandemia, propaganda en las redes sociales, publicidad disfrazada de exposiciones, esponsorizaciones y ayudas para todo tipo de proyectos.

Hasta jugar con el egoísmo han intentado, comprando voluntades de quienes piensan que el piso que hoy tienen por la zona se convertirá en oro. Es lo que tiene entrar en la espiral de  la lógica del egoísmo, comienzas una caída sin fin, simplemente porque todo lo que no evoluciona, degenera y  el egoísmo siempre marca la involución del género humano, el triunfo de las ansias de autodestrucción.

Menos mal que aún quedan ciudadanas y ciudadanos, organizaciones, que no tragan las mentiras, que no pican el anzuelo de la subvención, la ayudita, el soborno, la compra de voluntades y se levantan cada mañana dispuestos a recuperar el territorio invadido, dispuestos a reconquistar aquello que es de todos para construir ciudad, patrimonio nacional.

Son ellos los que desde las organizaciones vecinales, sindicales, o aquellas que reúnen a urbanistas, arquitectos y otros profesionales en defensa de la ciudad, hasta que se declare la nulidad de las modificaciones del Plan General de Ordenación Urbana  que se han aprobado en los últimos tiempos utilizando todos los medios legales a su alcance, desde la movilización democrática hasta los recursos ante los tribunales, tal como acaba de hacer el Club de Debates Urbanos, interponiendo una demanda ante el Tribunal Superior de Justicia de Madrid.

En estos tiempos hay abiertas muchas líneas de reflexión sobre derechos fundamentales puestos en cuestión por el impacto de la crisis económica y la pandemia. Asisto a debates sobre derechos educativos, sanitarios, a la vivienda, o al empleo decente, pero el viejo debate de construir la ciudad, el que dio origen histórico a las primeras experiencias democráticas, el que determina cómo serán el empleo, la educación, los centros sanitarios, las viviendas donde habitamos, el modelo de desplazamientos, o los servicios sociales, ha sido suprimido de la agenda política.

El debate sobre el barrio, el pueblo, la ciudad donde vivir ha sido acaparado por constructoras, entidades financieras, empresas de servicios y grandes centros  comerciales. Pronto entrarán en liza las plataformas digitales a planificar el escenario futuro y la esencia misma de nuestras vidas.

Concluye mi amigo Mangada, en su reflexión a tumba abierta, que el Proyecto Madrid Nuevo Norte ha perdido cualquier justificación y se ha convertido en un intento absurdo de convocar esfuerzos financieros, recursos públicos, capacidad técnica, trabajo humano y ambiciones políticas, en torno a un objetivo de ambiciones futuras, cuando la pandemia ha convertido el camino en un escenario impredecible, confuso y probablemente abocado al desastre.

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