23 Feb, 2018

Paro y precariedad, paradigma de nuestro no futuro

En España eso que llaman el “mercado de trabajo” se encuentra bajo la losa del paro y la precariedad. ¿A qué le llamamos precariedad? Creo que, básicamente, a la falta de un trabajo que permita llevar una vida digna. Esa precariedad abarca a las personas paradas que no cuentan con ayuda alguna, pero también a aquellas que tienen un empleo de baja calidad, inseguro, inestable y mal pagado. La mayoría de la población trabajadora española vive, o sobrevive, en esas condiciones.

La precariedad tiene, en primer lugar, un rostro de persona parada, sin prestación alguna, atascada en una situación que convierte la vida en un infierno cotidiano. Personas paradas de larga duración al borde de la marginación y la exclusión social. Que renuncian a inscribirse tan siquiera en las oficinas de empleo, porque saben que allí no ofrecen empleo, ni van a tener acceso a ayuda alguna. Que no aparecen en ninguna estadística del paro, hasta el punto de que contamos con 1´3 millones más de personas que quisieran tener un empleo o cambiarlo, que parados registrados.

Pero la precariedad tiene también rostro de persona con contrato temporal, o a tiempo parcial, con un salario de miseria, o soportando brechas salariales inaceptables cuando eres mujer, con prolongaciones gratuitas de jornadas laborales, con horas extraordinarias que no se cobran y con riesgos laborales en aumento. No sólo en forma de accidentes laborales, sino de enfermedades profesionales que no aparecen en las estadísticas.

El empleo con contrato indefinido es cada día más residual, mientras que los contratos temporales, o a tiempo parcial, son la norma de nuestro nuevo mercado de trabajo. Antes de la crisis, el contrato temporal era el principal signo de precariedad. Hoy, a la temporalidad, se ha sumado un contrato a tiempo parcial, sobre todo para mujeres, que pone a la trabajadora y al trabajador, a libre disposición de la empresa. Si lo quieres lo tomas, si no lo dejas. Los jóvenes, por su parte, sufren el uso y el abuso del contrato de formación, en el que las prácticas son el trabajo y la formación es inexistente.

Las estadísticas del paro se entienden mejor cuando las ponemos bajo el foco de la Encuesta de Población Activa (EPA). En los últimos cuatro años hemos creado empleo a un ritmo de 400.000 empleos anuales de media. Mucha cantinela de emprendimiento y empleo autónomo, pero el empleo que se crea es masivamente asalariado. Eso sí, más de dos tercios del empleo creado es empleo temporal. La tasa de temporalidad se va acercando al 30 por ciento y el empleo a tiempo parcial ha crecido hasta aproximarse al 18 por ciento en algunos momentos de la crisis.

La consecuencia es que se reduce el paro, a base de desanimar a las personas para que no se inscriban como desempleados. A base de repartir el empleo existente entre muchos contratos temporales y distribuyendo las jornadas en contratos a tiempo parcial.

No parece que este gobierno tenga gran interés en hacer otra cosa que maquillar estadísticas y esperar a que la salida de la crisis económica reactive la economía y se produzca un tirón sobre el empleo. Eso sí, acostumbrándonos a altos niveles de precariedad, elevadas tasas de paro, salarios de miseria y riesgos laborales en aumento.

El gobierno que impulsó la reforma laboral y nos condenó al deterioro de la negociación colectiva, al paro sin protección y la devaluación de los salarios, si tuviera voluntad de arreglar algo,  asumiría la obligación de dar marcha atrás en los recortes y retrocesos y emprendería la senda de la recuperación de los derechos, la protección a las personas desempleadas, el aumento de los salarios y la recuperación de la negociación colectiva.

O eso, o estamos abocados a un aumento cada vez mayor de las desigualdades, los desequilibrios y las tensiones sociales. Sobre el paro y la precariedad no se construye nada, sobre esas bases no hay futuro.

O eso, o este gobierno tiene los días contados. Las maniobras de distracción no solucionan nada y se puede engañar a muchos durante un tiempo, pero no a todos todo el tiempo. La desidia de Rajoy puede tener un coste demasiado elevado para este país.

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