31 Dic, 2021

Precariedad, pandemia y reformas laborales

Eso somos, vidas precarias, con trabajos precarios, en un mundo precario. Durante décadas, desde que yo recuerde al menos, nos vienen contando que la temporalidad, la inestabilidad, la precariedad, son parte inseparable de la economía española. Nos lo han contado, nos lo han explicado, han encargado estudios universitarios para que lo escuchemos con todas las voces posibles, de todas las maneras imaginables. Para que lo interioricemos.

Nos han inundado con la idea de que somos un país que vive del turismo,  de la construcción y de los servicios y que esos sectores tienen altibajos de temporada y de cambios en la oferta y la demanda y que esa situación condiciona la producción industrial y el resto de los sectores, que también tienen buenos y malos momentos.

Y, sin embargo, nos mienten. No somos el único país que tiene esta estructura económica, pero sí somos campeones de la temporalidad y la precariedad. No tiene explicación alguna, ni desde la política, ni desde la sociedad, ni desde las necesidades de un tejido económico sano.

La precariedad tiene muchas caras, muchas formas, muchas dimensiones. Tiene cara de mujer, de joven, de inmigrante, en lugares como Canarias, Andalucía, Murcia, Extremadura, Comunidad Valenciana, Castilla-La Mancha, Baleares.

Crisis como la de 2008 han sido aprovechadas para precarizar aún más el empleo. El paro aumenta, los salarios pierden poder adquisitivo, los gobiernos sucesivos han utilizado la prolongada recesión económica y los recortes impuestos por la Unión Europea, para aprobar sucesivas reformas laborales de 2010 y 2012.

La precariedad laboral se fue reduciendo lentamente con la progresiva recuperación económica hasta 2019, pero sin llegar a la situación anterior a la de la quiebra de Lehman Brothers que desencadenó la crisis de 2008. Y precisamente en ese momento, estalla la pandemia.

No parece que la covid-19 haya contribuido a cambiar sustancialmente la situación de precariedad generalizada, aunque las medidas aplicadas para contener la sangría laboral producida por la paralización de numerosas actividades económicas, no nos permiten ver completamente la dimensión de los cambios producidos.

Porque la precariedad tiene que ver con múltiples dimensiones. De una parte la contratación temporal, por supuesto, pero también los bajos salarios, la cantidad de personas que depende del Salario Mínimo Interprofesional, la debilidad de las prestaciones por desempleo y la incapacidad para que los servicios públicos de empleo se conviertan en instrumentos capaces de asegurar el acceso a un puesto de trabajo.

Precariedad es tener que trabajar forzosamente con un contrato de jornada a tiempo parcial cuando se necesita tener un contrato a tiempo completo, o haber tenido que aceptar un puesto de trabajo que nada tiene que ver con la cualificación que tienes, o verte obligado a trabajar con jornadas irregulares, muy cortas, a destiempo, sin horario fijo, con disponibilidad durante las 24 horas del día, o prolongadas mucho más allá de las 8 horas diarias de trabajo. Todo eso es precariedad.

Visto así el problema de la precariedad, resulta que la mitad de los trabajadores españoles son precarios, pero de forma muy desigual. Dos de cada tres mujeres viven la precariedad y tres de cada cuatro jóvenes, casi el 70 por ciento de las personas inmigrantes.

Una situación que se reproduce en el territorio y golpea especialmente en las comunidades autónomas donde la temporalidad es más alta. Una realidad que no se produce exclusivamente en una dimensión, sino que son muchas las personas que acumulan varios de esos factores de precarización. Personas, por ejemplo, con bajos salarios, contratos temporales, jornadas irregulares y a libre disposición de la empresa.

Se habla siempre y se habla mucho, de la necesidad de cambiar el modelo productivo español, pero nunca termina de ponerse en marcha la maquinaria de inversiones, medidas y voluntad política necesarias para que ese enunciado deje de ser poco más que un buen deseo.

Se habla mucho, a cada momento, de la necesidad de apostar por nuevos sectores productivos que aportan alto valor añadido. Yo creo que no todos los que se llenan la boca con estas formulaciones hechas saben bien de lo que están hablando, pero ahí quedan esos discursos repetidos.

Y sí, necesitamos ser menos dependientes económicamente de monocultivos como los del turismo y la construcción, pero no podemos esperar a que suene la flauta y que actúe la varita mágica, para  que la precariedad laboral en España tenga soluciones, porque, incluso esos sectores, necesitan cada día más calidad, cualificación y estabilidad.

El problema no es el nombre que demos a ese cambio necesario. Derogación de la reforma laboral, modificación, revisión, o como quieran llamar al intento de conseguir que desaparezcan los efectos más dañinos de la reforma laboral y acabemos con esa cultura de algunos sectores empresariales que justifican sus beneficios en la existencia de la maldición de la precariedad de millones de personas trabajadoras.

Esa es la voluntad que debería impulsar el cumplimiento del acuerdo sobre la reforma laboral, recientemente aprobado por el gobierno, junto a las organizaciones sindicales y empresariales.

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