13 Sep, 2019

Preparando el otoño político

Tras el fracaso de Pedro Sánchez en la investidura, el Presidente en funciones se ha tomado con tranquilidad el verano, entretenido en mantener reuniones con eso que llaman sociedad civil, disfrutar unos días de vacaciones, o realizar la obligada visita al incendio de Gran Canaria, mientras ha dejado el espinoso asunto del Open Arms en manos de sus ministras de confianza.

Parece que apurará el tiempo hasta principios de septiembre para comenzar los contactos con el resto de partidos políticos, presentándose ante ellos con un proyecto político que se supone ha elaborado sobre las propuestas de las organizaciones sociales, empresariales y sindicales con las que se ha ido reuniendo.

El plazo se agota para obtener, por activa o pasiva, el beneplácito para presidir el gobierno. Acaba, al parecer,  el mismo día en que comienza el otoño, el 23 de septiembre y no parece que ni en el PSOE, ni en su izquierda, ni su derecha, las posiciones hayan variado mucho durante el reposo veraniego.

Como ya me equivoqué al pensar que todas las negociaciones, encuentros y desencuentros previos, entre los de Sánchez y los de Iglesias, eran pura esgrima política para justificar ante sus bases un inevitable acuerdo, pienso ahora que las cosas y las personas son lo que parecen y puede terminar pasando cualquier cosa.

El intento de negociar sobre la base de un programa social para, tan sólo después, abordar las responsabilidades de cada cual en el cumplimiento del mismo, parece que no satisface a nadie. Ni a los ultraliberales, ni a los neoconservadores, mucho menos a los ultraderechistas, ni tampoco a los podemitas, por más que no pocos en la coalición de confluencias parecen dispuestos a descartar la participación en el gobierno, en aras de que la derecha no tenga una segunda oportunidad gracias a la repetición de elecciones.

Porque de eso creo que se trata ahora. En unos momentos de ascenso de las ideas ultraconservadoras, al calor de una crisis económica, medioambiental y social que parece haber llegado para quedarse, aunque con periodos de recesión económica derivados de las tensiones entre las grandes potencias que se encuentran en plena guerra para controlar la economía del planeta, al servicio de las corporaciones económica.

El miedo y la inseguridad se han convertido en escenario habitual del que nos dan cuenta a diario las cadenas televisivas, los medios de comunicación y las redes sociales. Y el miedo ya se sabe que origina las más imprevisibles reacciones políticas. No debería fiarse el Sanchismo, hoy al frente del PSOE, de poder validar los resultados electorales que les otorgan las encuestas. Bien pudiera ocurrir que, incluso mejorando sus resultados, la suma siguiera sin dar y se produjera un bucle electoral.

Ya sabemos que los socios preferentes tienen dificultades internas importantes para componer un gobierno coherente. Hemos podido comprobar en ayuntamientos autodenominados del cambio como el de Madrid, los bandazos y problemas causados por cabecitas de ratón que se sentían protagonistas de un mundo feliz. La apuesta de última hora de Carmena por el errejonismo hizo el resto.

Esas dificultades no son mayores que las que la nueva Presidenta de la Comunidad de Madrid va a tener, intentando gobernar con los de Rivera, que ya han comenzado a convertir el gobierno regional en plataforma en la que dirimir las diferencias personales y políticas  entre quienes, más que como socios, se perciben como competidores durante los próximos años.

Por eso Sánchez e Iglesias deberían esforzarse en acordar el contenido de las políticas (no sólo sociales, sino también económicas), las líneas rojas que nunca deben traspasarse en los asuntos polémicos y conflictivos, las personas más adecuadas para asumir responsabilidades de gobierno. La unidad no es machacar la pluralidad. Unir lo que es diverso y plural exige libertad en el debate, aceptando el resultado del mismo y trabajando para que las decisiones adoptadas salgan adelante. La lealtad no depende de la amistad entre los líderes, sino de los compromisos que están dispuestos a aceptar.

Los de Sánchez deberían entender que los tiempos cambian y que el modelo de apoyo desde la izquierda a un gobierno socialista monocolor puede funcionar en Portugal, no a satisfacción de todo el mundo, pero puede no ser viable en España. El PSOE debe asumir si quiere aceptar este reto, con todos los problemas que conlleva, o si prefiere echar un órdago electoral.

Por su parte, Iglesias y los suyos deberían intentar disipar esa imagen de jóvenes caprichosos e inestables, para convertirse en una fuerza política, un Frente Amplio, capaz de aglutinar toda la pluralidad de ideas y diversidad de propuestas existentes a la izquierda del Partido Socialista, compatibilizando la libertad con la coherencia y el compromiso con los acuerdos y decisiones adoptados.

Ya sé que, por el momento, parece que las fuerzas centrífugas imperan en el gobierno en funciones y que han sustituido a esa primera voluntad de unidad que dio lugar a Podemos y a la decisión de Izquierda Unida de aceptar el riesgo de difuminarse en las confluencias. Pero nada está escrito y la necesidad y la voluntad de existir y transformar el mundo, dentro de lo posible, pueden convertirse en determinantes antes de que el otoño de su pistoletazo de salida

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