30 Oct, 2017

Probado: Luis el “Cabrón” es Luis Bárcenas

Dice la Fiscalía Anticorrupción que ha quedado acreditado y probado que Luís el Cabrón es Luís Bárcenas, el extesorero, exgerente y exsenador del PP. Y que en el PP había una caja “B” opaca. Y que no su grupo municipal, sino el susodicho partido, se ha lucrado de la Gürtel. Y que todo este desparramo no ha beneficiado al Estado ni a los españoles.

Andamos sin embargo, tan entretenidos en el jugueteo que se traen Mariano y Carles, que no prestaremos mucha atención a una noticia que, por sí misma, daría lugar a la convocatoria inmediata de elecciones anticipadas en muchos de los países de nuestro entorno.

Un escándalo no muy diferente al vivido en Italia en la década de los 80 del siglo pasado, en torno al Banco Ambrosiano, ligado al Banco Vaticano y bien relacionado con la logia masónica P2 y hasta con elementos de la mafia. Escándalo que tuvo continuidad en los 90, cuando se desencadenó Tangentópolis, un proceso de investigación al que se dio el nombre de Manos Limpias (no confundir en modo alguno con ese engendro sometido ahora a investigación y procesos judiciales en España).

Las corruptelas, corrupciones, sobornos, comisiones y mordidas generalizadas que se destaparon dieron lugar a más de 1200 condenas de responsables empresariales y políticos y condujeron al hundimiento político de la Democracia Cristina y el Partido Socialista de Bettino Craxi.

La maraña de la justicia hizo que peces gordos como Berlusconi o Craxi fueran un día condenados, luego absueltos. Más tarde fueron declarados prescritos algunos de sus delitos. Entre medias se beneficiaron de la inmunidad parlamentaria y por último se acogieron al “Decreto Salvaladrones”, aprobado por un gobierno presidido por el propio Berlusconi, que evitaba la cárcel para este tipo de delitos.

Se me hace a mí que esto de la corrupción forma parte de la idiosincrasia nacional de algunos lugares de Europa, al sur de los Pirineos y los Alpes. En España parece venir de largo. Un buen número de magistrados romanos destinados en Hispania durante un tiempo (pretores, cuestores y demás) acababan a su vuelta a la capital del imperio en cárceles romanas, incapaces de justificar los orígenes de su rápido enriquecimiento.

No en vano el género picaresco es una invención española y buena parte de sus héroes accidentales deambulan por las calles de la capital económica de la península, a mediados del siglo XVI. Madrid era la Corte, pero Sevilla gobernaba el mundo. Al menos el Nuevo.

Esa Sevilla a la que llegaban los barcos cargados de oro y plata de las Indias y en la que buscaban acomodo y supervivencia Rinconete y Cortadillo, Guzmán de Alfarache, el Buscón llamado Don Pablos, la hija de la Celestina, o el Burlador de Sevilla, que no es más que un pícaro por otros medios. Hasta el Diablo Cojuelo recala en Sevilla y el pobre Lázaro de Tormes, se nos aparece doblemente pobre perdido por derroteros salmantinos y toledanos mientras suspira, sin atreverse a decirlo, por emprender camino hacia Sevilla.

El mismísimo Don Quijote, que nunca traspasó la frontera de Sierra Morena, ni nunca entró en Sevilla (aunque sí lo hizo en Barcelona), se topa por los caminos con la presencia recurrente de la ciudad. Su puerto hacia las Indias, su poderío y sus gentes, los personajes que conoció Miguel de Cervantes mientras en Sevilla vivió, se le aparecen al Ingenioso Hidalgo, como destino deseable y como paradigma de la riqueza, el poder, la pobreza de solemnidad y la marginación.

Es verdad que la riqueza americana pasa por Sevilla, enriqueciendo a unos pocos y sembrando migajas entre la numerosa población que allí mora. Pero no es menos cierto que, inmediatamente, el mayor bocado es devorado por aquellos que financian las aventuras de nuestros reyes, ya sean estas aventuras festivas, o guerras continuas. Conquistar todo un imperio para dilapidarlo en disputas interminables entre monarcas de la época y todo por dominar pequeños y ajados territorios europeos.

El españolito malvive y muere pronto en su tierra. Se alista en los tercios para ganar poco y morir joven al modo de Alatriste. O emigra a América para perderse en la inmensidad de las selvas, los valles y los desiertos, como lo hiciera Lope de Aguirre, navegando el Orinoco, en busca de un inalcanzable El Dorado, perdiendo vidas, condenando sus almas y sembrando muerte, dolor y esclavitud a su paso.

Tan solo unos pocos volvieron como ricos indianos, merecedores de reconocimiento general, por la magnificencia de las obras públicas, de caridad y construcción de palacetes que emprendieron y merced a la compra de voluntades que pagaron a buen precio en los pueblos donde habían nacido.

Otros pocos quedaron ricos allá, fortaleciendo las raíces de árboles genealógicos que aún gobiernan los destinos aquellos países, mientras sus descendientes acusan, a quienes nunca hicimos ese camino de ida, ni de vuelta, de haber explotado y masacrado nada menos que todo un continente.

Eduardo Mendoza con su Ciudad de los Prodigios, o Valle-Inclán, con su hija del Capitán dan buena cuenta de cómo asesinatos y hasta directorios militares encuentran acomodo en este país, siempre que se trate de tapar una corrupción generalizada y ventilar el olor a podredumbre cuando ya todo lo impregna.

Visto el desarrollo del culebrón catalán, no es extraño que el mismo día en que Luís Bárcenas resulta desenmascarado como Luís el Cabrón, benefactor de toda su familia política, homologable a nivel estatal con las artes que la familia Pujol desplegaba en Cataluña. Ese mismo día, el drama catalán que se encaminaba a un desenlace trágico, haya girado hacia la comedia, para acabar en melodrama. Retransmitido en directo, en ediciones especiales, exclusivas, monotemáticas.

Y mientras tanto, la vida sigue y todo funciona, más mal que bien, pero funciona. Y, cada día, la ciudadanía se pregunta para qué sirven una política y unos políticos que están como ausentes. Cada vez hay menos diferencia entre los famosos invitados a participar en Gran Hermano y los políticos embarcados en el reality catalán. Es más, el resultado es bien parecido. El país se entretiene, la corrupción pervive, las bajas pasiones afloran en torno a nacionales y nacionalistas, mientras los jefes de Luis el Cabrón y el pujolismo disfrutan de la Gürtell y del tres por ciento, al tiempo que se frotan las manos.

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