12 Mar, 2020

Que dios les perdone

En esas andaba la diputada. Que Dios les perdone. Hablaba de la eutanasia. Es de agradecer que diera argumentos, aún interpretados a su aire, sobre otros países europeos. Pero no pudo por menos que terminar encomendando las perdidas almas de sus adversarios políticos a Dios. Que Dios les perdone. Así, un Dios con mayúsculas.

Con mayúsculas el Tercer Reich que, según la diputada de cuyo nombre no quiero acordarme, hace 80 años, inventó ya la eutanasia para aplicarla a discapacitados mentales y físicos. Bueno, aquello más que eutanasia formalmente solicitada por personas con discapacidad, judíos, rojos, masones, gitanos, demócratas, homosexuales y otras gentes de la cáscara amarga, era un exterminio masivo, un holocausto programado, una solución final decidida en el exclusivo club de los jerarcas nazis. Ninguno quería morir, pero terminaba muriendo.

Dice la diputada que el Estado es convertido una máquina de matar. El sacrosanto Estado obligado a matar a quien lo pida. Evidentemente no judío, no discapacitado, no rojo, no homosexual, no gitano, sin cáscara amarga, sin masonería de por medio. A cualquiera que encuentren por la calle, los más débiles y vulnerables. Los convencerán de que son una carga y los médicos, convertidos en verdugos, ejecutarán las sentencias.

Nazis modernos, sociocomunistas, señores de la vida y la muerte de sus súbditos. Que Dios les perdone. Ya ve usted, ha venido Dios a vernos, en forma de fantasmagórica presencia femenina ultraconservadora, ultraliberal, ultracatólica, ultraderechista, ultra a secas. Lo que sea, pero ultra. Yo os perdono.

Nos lo dice a nosotros, que siempre creímos en un dios más con minúscula, más humano, como uno de los nuestros, más capaz de entender la bendición de un nacimiento, las alegrías y sufrimientos de la vida, los horrores que algunos humanos hacen sufrir a otros humanos, capaz de ponerse en su piel, morir con ellos, uno a cada lado, morir por ellos, por decisión propia, una eutanasia sobrevenida, elegida.

Y sin solución de continuidad, sin pausa publicitaria por medio, en una competencia por hacerse con el tono más agrio, la mueca más implacable, la mirada más fiera, el ademán más turbio, brabucón y pendenciero, un diputado que estudió sanidad y luego hizo profesión política de la sanidad, viene sin dios, ni Dios, de por medio, con aquello de que la eutanasia es una filosofía de la izquierda para evitar los costes sociales del envejecimiento. Ahora nos son los discapacitados físicos y mentales, ahora son los viejos, los mayores, los ancianos, los que serán convencidos, abducidos, inducidos, sugestionados, hipnotizados para solicitar la muerte.

Y de nuevo el Estado empujando a la muerte para ahorrar gastos. La evocación de los campos de concentración, los nazis, la solución final. Lo dice un hombre que dirigía la sanidad madrileña cuando aceptó unas transferencias infravaloradas e infradotadas por el gobierno Aznar.

El mismo que luego fue recogido en Castilla-La Mancha para continuar experimentando con privatizaciones, recortes de 1.000 millones y de más de 10.000 ayudas en atención a la dependencia, guiado por su gran amor a los mayores. El mismo que privatizó áreas sanitarias enteras, dejando de contratar a más de 13.000 enfermeras, fisioterapeutas, matronas, por su gran amor a quienes nacen, a quienes enferman.

El que derivaba cada vez más pacientes a la sanidad privada. El que denigraba la sanidad universal, para toda la población. El que aplaudía la exclusión de las personas inmigrantes sin papeles de la atención primaria. Efecto llamada, efecto llamada, era la consigna.

Por no hablar de las 100.000 personas de La Mancha vaciada a las que dejó sin servicios de urgencias, suprimiendo centros sanitarios, obligando a desplazamientos de más de 50 kilómetros por las carreteras de la Castilla rural para ser atendidos. Hasta concejales del PP dimitieron en protesta. Los encierros y concentraciones de la ciudadanía rural y manchega no pudieron con las convicciones, principios, manías y dogmas del endiosado personaje.

Así están las cosas por aquí. Unos políticos que van a lo suyo, mientras cinco de cada seis españoles se muestran partidarios de la eutanasia. Con todas las garantías precisas, todo el asesoramiento necesario, toda la libertad de quien decide un día morir, o seguir viviendo.

Así son las cosas, aunque haya quien no quiere verlas. Que dios, el escrito en minúsculas, sin trono ni coronas, el dios de los pequeños, los desnudos, más dios de los más pobres que de los otros, el de la vida y el de la muerte, el que nos hizo a base de polvo de estrellas, el que nos quiso libres. Que ese dios y esa España con la que tanto se llenan la boca, se lo demanden.

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