5 Oct, 2019

Reflexiones de una mujer de edad

Siempre nos engañan. Y mira que somos muchos. Dicen que más de 900 millones en el mundo. Dentro de 15 años parece que las personas mayores de 60 años seremos más de 1400 millones. A los ricos y poderosos les preocupa muy poco, casi nada, nada, que el dinero se desborde por las cloacas del derroche, de las corrupciones y pudrideros. Sólo les importa que el dinero siga circulando, el consumo continúe creciendo, aunque la contaminación vaya aumentando y el planeta prosiga su degradación en progresión geométrica.

Eso sí, les importan mucho nuestras pensiones. Les obsesiona sobre todo lo que cuestan nuestras pensiones. Un gasto impagable, insostenible, inviable, según ellos. Miles de jubilados se concentran cada semana en las plazas de algunas ciudades. Unas decenas marchan estos días hacia Madrid. Varios cientos se concentran de vez en cuando ante el Congreso de los Diputados. Piden justicia, dignidad, políticos decentes.

Pero los políticos están en otras cosas, en otros mundos que no son los nuestros. Unos porque son nacionales y bastante tienen con preocuparse por aquellos otros que dicen ser nacionalistas. Unos se proclaman taurinos y otros antitaurinos. Unos colocan grandes banderas y otros lazos bien grandes. Unos con Madrid Central y otros en contra. Todos a favor del negocio inmobiliario seguro en Chamartin y el paseo de la Dirección. No es cosa de ponerse a mal con los que de verdad mandan. Los bancos, las constructoras, las inmobiliarias.

Cualquier debate es bueno con tal de no ocuparse de los viejos. Lo de llamarnos tercera edad, mayores, personas de edad, son puros ejercicios de  eufemismo, enmascaramiento, juegos de palabras. Somos viejos, viejas. Somos esas vecinas y vecinos que un día dejamos de valernos por nuestros propios medios y  que tampoco podemos contar con nuestras hijas y nuestros hijos. Bastante tienen con ir a trabajar cada día, dar de cenar a sus hijos. Esos mismos hijos que hemos ayudado a criar, ante la ausencia de sus papás y mamás, después de haber cuidado a nuestros viejos.

No queremos terminar nuestros días en una residencia. Nuestros hijos tampoco quieren que terminemos en una residencia. Será cosa cultural, pero queremos vivir en nuestra casa todo el tiempo que nos sea posible. Queremos elegir si salimos o no, si comemos poco o mucho, o si tenemos muchos o pocos amigos.

Hace unos días, el 1 de octubre, celebrábamos el Día Internacional de las Personas de Edad. El nombre se presta al equívoco. Todos tenemos edad. Un niño la suya, yo la mía. No sé qué narices quieren decir con Personas de Edad. Nuevos disimulos que dejan abiertas las puertas al cinismo, la hipocresía, las mentiras del mal pagador.

El lema bienintencionado de la ONU para nuestro día ha sido, Viaje hacia la igualdad de edad. Ya  quisiera yo, pero no. Llamarle viaje a esto, como que no.  Tal vez quieren decir que hay que reforzar las políticas para que las personas mayores contemos con las pensiones y los servicios necesarios para sentirnos iguales pese a las diferencias. Podrían decirlo sin frases tan perfectas, tan publicitarias.

Un día escuché a Vincenç Navarro decir que la diferencia entre su madre española y su suegra, originaria de un país nórdico, era que cuando su suegra enfermaba, o sufría un accidente, la administración mandaba a una mujer, o un hombre, que la ayudaba a asearse, vestirse y desayunar. Alguien venía después para arreglar la casa y acompañarla por la mañana. Al medio día acudían a preparar la comida, ayudarla a comer. Por la tarde una persona le leía algo, charlaba, jugaba a las cartas, al ajedrez. Por la noche venían a darle la cena, la preparaban para la noche y la dejaban acostada.

Esa era la vida de su suegra en uno de esos míticos países nórdicos. Aquí, en España, él mismo, el hijo, profesor de universidad en el extranjero, tenía que dejar su trabajo para acudir a atender las necesidades básicas de su madre. Al  final la misión se revelará imposible y la madre acabará en una residencia, privada, por supuesto. Con el tiempo y mucha suerte, le darán un cheque-servicio, una ayudita para rebajar el precio de la plaza residencial que no baja nunca de los 2000 euros al mes.

No digo nada que no sepamos desde tiempos ancestrales en este país. Siempre nos engañan. Lo sabemos. Nos inauguran, nos clausuran. Pagan a consultoras y agencias de publicidad para diseñar ocurrentes planes. Se pasean, sólo en nuestro día, por las residencias y centros de mayores. Deciden por nosotras. No nos preguntan qué queremos. Sólo valoran qué les sale más barato. Vienen a pedirnos el voto de vez en cuando. Ellos lo saben, nosotras lo sabemos. Pero siguen pidiendo nuestro voto. Se conforman con nuestra sonrisa resignada, que ellos interpretan como agradecida. Pero no. Engañar, ya no engañan a nadie.

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