20 May, 2020

San Isidro, en mitad de mayo y del coronavirus

Llevamos dos meses confinados, encerrados, atrincherados en casa, mientras realizamos esporádicas salidas para comprar y, últimamente, para realizar cortos paseos de una hora, a un kilómetro de distancia, una vez al día, como mucho con una persona que conviva con nosotros.

Los psicólogos ya nos alertaron de que mientras durase el confinamiento responderíamos dando el do de pecho, en parte atenazados por el miedo y la incertidumbre, pero que cuando comenzase el desconfinamiento las tensiones acumuladas comenzarían a desbocarse, de diferentes maneras.

Son reacciones humanas previsibles. Hasta ahora se nos saltaban a veces las lágrimas en la soledad de nuestras casas, al escuchar una vieja canción venida de un tiempo anclado en nuestro tiempo hecho a medida. Pero ahora creemos ver una luz al final del túnel y el desconcierto de las pasiones que se han desorientado se apodera de nosotros.

Y todo ello cuando no tenemos vacunas en el horizonte (ni tratamientos, ni antivirales, ni siquiera sabemos bien de qué va el bicho) y cuando vemos países como China, Singapur, Japón, o Corea, que vuelven a reactivar protocolos de confinamiento ante los rebrotes del virus. Aquí, mientras tanto, nos hemos lanzado a exigir fases aceleradas de desconfinamiento, a golpe de cacerolada, si es necesario, para volver cuanto antes a la normalidad, pero no a la nueva, sino a la de toda la vida.

Craso error, ni la normalidad anterior era de toda la vida (basta repasar las normalidades que hemos tenido que ir asumiendo a lo largo de nuestras vidas y los cambios acelerados que hemos sufrido, especialmente a lo largo de los últimos tiempos), ni la normalidad a la que vamos es tan nueva como parece, será una normalidad rancia en alerta permanente.

Por eso no entiendo que algunos gobiernos autonómicos presionen para subir escalones de desconfinamiento de dos en dos, como si en ello les fuera la vida, en lugar de irles la muerte. No entiendo que se utilicen los muertos para sesiones de posado a modo de apariciones virginales bajo una encina del Escorial.

No hay quien entienda que sea bueno abrir milagrosos hospitales y cerrarlos de golpe convocando un akelarre festivo, mientras se despide a los héroes temporales que allí trabajaban en precario, para irse luego a dormir en un hotel de lujo, en un apartamento con vistas, que no se sabe bien quien paga, ni cómo, ni de acuerdo  a qué contratos nocturnos.

Las y los políticos de esta Comunidad deberían estar pidiendo ayuda a diestra y siniestra, para intentar anticiparse al terrible futuro que se nos viene encima. Sin culpar a nadie que no sea la pandemia, cualquiera entiende que en una región con casi 600.000 empresas, la inmensa mayoría pequeñas empresas, microempresas y más de 400.000 autónomos, van a desaparecer muchos puestos de trabajo, independientemente de que el  confinamiento dure más o menos.

El paro crecerá, la actividad económica tardará en recuperarse y lo hará de forma irregular. Unos sectores, incluso tradicionales, como la construcción masiva de vivienda privada, perderán peso, otros tendrán que reestructurarse en profundidad, como la restauración, el transporte, o el turismo, mientras que otros, como el de la atención y seguridad de las personas, pueden crecer aceleradamente.

Los empleos y las formas de trabajo cambiarán profundamente, la pandemia seguirá asediandonos y las alertas sanitarias formarán parte de lo cotidiano, los recursos de muchas familias tenderán a cero, pero tienen derecho a comer, a una vivienda digna, a ver crecer a sus hijos sanos, libres y educados, la seguridad de nuestros mayores y su calidad de vida saldrán muy tocadas de este proceso.

Los centros sanitarios tendrán que retomar su actividad paulatinamente intentando reducir listas de espera acumuladas, con más personal, medios y recursos. Los centros educativos (de la escuela infantil a la universidad) abrirán sus puertas ya en septiembre, con serias restricciones organizativas y espaciales. La digitalización, las nuevas tecnologías, la robotización, el teletrabajo, van a formar parte inseparable de nuestras vidas. La brecha digital determinará buena parte de nuestras posibilidades reales de ser libres e iguales.

Estas deberían ser las obsesiones de todos los partidos, de nuestros gobernantes, de la oposición. Vivimos un extraño mes de mayo, siempre marcado por la fiesta de los Trabajadores el 1, la del 2 de Mayo, la de San Isidro y este año privado de verbenas, conciertos, representaciones, ferias taurinas y festivales, calles llenas, olores a churros y fritanga.

La verdad es que, salvo para la fiesta patronal, los madrileños siempre hemos vivido de espaldas a San Isidro, a las huertas y la labranza y mucho más atentos a la conspiración cortesana, al desfile de carrozas desde el mentidero de la villa, al trasiego de manolos, chisperas, chulos y majas, ganapanes, vividores, soldados empobrecidos, prostitutas y proxenetas, tertulianos de café, tablaos, corrales de comedias, artistas, algún que otro bandolero, pintores, bufones, lavanderas, camareras de la reina, o de taberna, camareros, a los festejos reales y a los autos de fe en la Plaza Mayor.

Más dados a tirar de espada, o a amenazar con hacerlo, que a empujar el arado y ayudar a la mula a labrar la tierra y preparar la siembra. Pero hayamos sido como hayamos sido, deberíamos tener claro que nada va a ser igual y que tenemos que ponernos de acuerdo para salir juntos de esta. De dónde sacamos dinero para simiente, qué vamos a sembrar y cómo nos repartimos el trabajo. De eso van estos tiempos y a ello tenemos que aplicarnos con menos cacerolas y más manos tendidas (o codos, al menos).

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