3 Abr, 2020

Sanitarios frente al coronavirus

Afrontamos uno de los mayores retos que hayamos tenido que soportar como sociedad en la etapa democrática, un reto en el que lo que está en juego es la vida. La situación que atravesamos tiene mucho de guerra, de invasión y combate desenfrenado, de crisis global y amenaza de lo incierto y desconocido.

La estamos librando con unos recursos reducidos y mermados durante años. Caímos en la trampa de la propaganda que reclamaba más mercado y menos Estado y ahora comprobamos que mientras Alemania cuenta con 8 camas hospitalarias por cada 1.000 habitantes y Francia 6´5, la media española se encuentra en 3 y la madrileña en 2´7.

Pero no son sólo camas las que faltan en la sanidad pública. Si la media europea de médicos es de 5´3 por cada 1.000 habitantes, la media española es de 3´8. En cuanto al personal de enfermería la media europea es de 9´8 por cada 1.000 habitantes y la media española de 5´3. En estas condiciones de camas y personal no puede extrañarnos el colapso de las urgencias, la saturación de los hospitales.

Una situación que no sólo acarrea la imposibilidad de atender a todos los infectados por el COVID-19, sino también la ralentización de consultas, análisis, diagnósticos, en centros de salud, en centros de especialidades y hospitales, retrasos de intervenciones quirúrgicas y tratamientos de otras enfermedades en muchos casos graves y urgentes. Por supuesto, las actividades sanitarias habituales se encuentran en suspenso.

Mientras esto ocurre, en los últimos diez años parece que más de 25.000 médicos se han visto obligados a solicitar su certificado de idoneidad para ejercer en el extranjero. Hay médicos españoles repartidos por todo el mundo, aunque principalmente en Reino Unido, Alemania, Francia, Irlanda, o Portugal.

Para formar a un médico se necesitan seis años de carrera, 4 de especialidad MIR y unos 250.000 euros. 4 de cada 10 médicos se van a jubilar en los próximos diez años. En esta materia, más que en muchas otras, somos ese viejo país ineficiente del que hablaba Gil de Biedma. Tanto dinero invertido formando profesionales que luego son captados por otros países con un ahorro de inversión considerable.

En enfermería no nos va mejor, sino peor aún. Hay años en los que la oferta de puestos de trabajo de enfermería en el extranjero ha rondado los 40.000 demandados por países como Reino Unido, Finlandia, Alemania, Suecia, o Noruega. Muchas de estas personas, tras un paso por el extranjero, desearían  volver a España, pero no lo tienen fácil si comprueban el paro, las condiciones laborales y los sueldos de vuelta.

Cada año formamos 7.000 nuevos médicos, cifra que asciende a cerca de 11.000 nuevos profesionales en el caso de la enfermería. Tan sólo para alcanzar la media europea en número de enfermeras y enfermeros por cada 1000 habitantes necesitaríamos por encima de 150.000 trabajadores y trabajadoras más en este sector de la enfermería.

Estos son los retos que tenemos por delante. La calidad de nuestros profesionales sanitarios es muy apreciada en el extranjero. Necesitamos formar profesionales suficientes, que se queden aquí, con una oferta de empleo público atractiva y bien provista, evitar su fuga hacia otros países, dotarles de medios y recursos para conseguir que nuestro sistema sanitario público sea capaz de hacer frente a invasiones, guerras y combates como el que ahora afrontamos.

No ha sido el primero, tampoco será tampoco el último. Es más, a lo largo de los últimos años los virus mutantes y descontrolados nos han dado buenas muestras de encontrarse a la ofensiva, buscando nuevas formas de pasar a los humanos, encontrando nuevos mecanismos para transmitirse aceleradamente entre humanos.

Hemos vivido todo tipo de intentos de cepas de virus porcinos, aviares, SARS, MERS, de Oriente Medio, Yamagata. Algunos como el del Ébola alcanzan tasas de mortalidad del 50%. Debimos haber intuido que antes que un bólido meteórico, incluso antes que un cruce de misiles atómicos suicidas, o que una invasión extraterrestre, eran estos ejércitos, más virales que los youtubers, los que podían causar nuestra extinción.

El descontrol estacional producido por el cambio climático, la actividad humana globalizada y altamente contaminante, la facilidad de los viajes internacionales con motivos turísticos, comerciales, asistencia a todo tipo de eventos, juegan a su favor, agilizan y facilitan la expansión de los virus, con o sin corona.

Debimos haberlo visto venir y prepararnos para contener su invasión, aprender a controlar sus ansias de conquista, ya que no podemos acabar con ellos. Estaban aquí antes que nosotros y seguirán aquí cuando desaparezcamos de la faz de la Tierra. Pero no lo conseguiremos si cerramos hospitales, o desaparecen camas hospitalarias, si no contamos con el personal médico que necesitamos y no les dotamos de condiciones laborales y del material necesario para realiza su trabajo salvando nuestras vidas y preservando las suyas.

Y eso no lo haremos con más mercado y menos Estado, sino fortaleciendo la sanidad pública, mejorando la formación, protegiendo a las personas frente a la avaricia, la ferocidad insensible, brutal, insaciable del dinero. La lección del coronavirus tiene que ver con la conciencia de que somos muy frágiles como especie, sobre todo si no entendemos que somos un organismo y que sólo sobreviremos si somos capaces de defender eficazmente todas y cada una de nuestras células.

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