11 Jun, 2019

Socialistas, triunfo intrincado

El Partido Socialista parece haber resultado ganador de la intensa ronda de elecciones que, en menos de un mes, hemos vivido en España. Se confirma como el partido más votado en las elecciones generales y aún más en las elecciones europeas.

Consigue una holgada mayoría en el Senado, amplía sus posiciones en los gobiernos de las Comunidades Autónomas y en muchos ayuntamientos. Recupera buena parte del voto cedido a otras formaciones en anteriores procesos electorales. Así visto el triunfo es incuestionable.

Sin embargo, cuando vemos las portadas de los periódicos y de los noticiarios, parece que los ganadores hubieran sido aquellos que, en otras circunstancias, serían ineludiblemente considerados como clamorosos perdedores. Hasta la ultraderecha que ha visto escapar, en poco menos de un mes, una parte considerable de sus votantes de abril, saca pecho y se reclama determinante triunfadora de las elecciones.

En cuanto al PP, habiéndose dejado en el camino numerosas astillas de su poder autonómico y municipal, con unos menguantes resultados en las europeas, se da por satisfecho con mantener su puesto como primera fuerza de la oposición, aunque tenga que verse obligado a mantener los restos del naufragio, merced a humillantes pactos con la ultraderecha.

Y qué decir de Ciudadanos, encantados de haberse conocido, pese a no haber logrado desbancar al PP y quedar atrapados en su negativa a cualquier pacto con el PSOE, lo cual les condena a aceptar a la ultraderecha como aliado de gobierno. Algo insólito, e incomprensible, entre los liberales europeos. Algo insostenible en el tiempo.

El socialismo triunfante, sin embargo, da pocas muestras de grandes alegrías. La prudencia parece que va a ser esencial en los obligados pactos poselectorales. Es difícil intentar gobernar en esta España en la que cada idea, o propuesta, sirve para enarbolar una bandera, un banderín de enganche, un estandarte para  la batalla. De inmediato se alza otra idea contrapuesta, con su correspondiente bandera y sus pelotones siempre decididos a la bulla y la jarana. Tres españoles, cuatro opiniones.

Difícil conciliar los cantonalismos, nacionalismos, clasismos, credos, personalismos, ideologías, que circulan por España y hasta dentro de cada español. Difícil hacer frente a esta premeditada voluntad de desencuentro en la que algunos han encontrado una forma de medrar, crecer electoralmente, alcanzar fama, poder y, si a mano viene, dinero. No hay nada más sencillo en una tierra que pasa por ser crisol, lugar de paso, punto de encuentro, campo de batalla, taller de creación de todos los mundos y culturas. Del Atlántico al Mediterráneo. De Europa a África.

Esa España no es sólo Madrid. Madrid tampoco es la España toda, por más que sus vecinos hayan llegado de cada rincón de la península. No deberían, por tanto, leerse los resultados electorales en función de lo ocurrido en Madrid, porque hay mucha España fuera de la capital. Sin embargo, mediáticamente, sigue funcionando la greguería en la que Gómez de la Serna nos enseñó que, Una pedrada en la Puerta del Sol mueve olas concéntricas en toda la laguna de España.

No lo tienen fácil los socialistas, por más que hayan ganado. Y se les nota. El efecto de la nueva política va camino del desvanecimiento tras haber demostrado no ser tan nueva. No han faltado, tampoco, en el socialismo, los errores y los vicios del pasado.

Ha sabido, mejor que otros partidos, aceptar los nuevos tiempos y recuperar la confianza de una parte del electorado, pero eso debería significar que han entendido que quienes dirigen lo hacen siempre de prestado. Adoptar nuevas costumbres, entre las que debería figurar la renuncia a laminar las discrepancias e imponer las decisiones de la cúpula ganadora, ya sean sobre candidatos, o sobre políticas que afectan a la ciudadanía.

Mucho se ha insistido en culpar a la división de la izquierda podemita de las confluencias, mareas y convergencias, los ahora y los más, de la pérdida de Madrid. Sin duda las fuerzas a la izquierda del PSOE tienen mucha reflexión pendiente por delante. Y para reflexionar no hace que falta mucha autocrítica complaciente devenida en culpar al empedrado de todos los males.

Pero tampoco el socialismo ha generado ilusiones nuevas en la ciudadanía capitalina. Y no me refiero a la experiencia política, ni a la calidad humana de las personas, pero esas apuestas personales del líder que todos se comen con patatas, no siempre terminan dando los resultados apetecidos.

Entender hacia dónde vamos, explicarlo claramente, mantener la coherencia entre  lo que se dice y lo que se hace, escuchar a las gentes, sus problemas, sus necesidades. Buscar soluciones negociadas. Son algunas de las actitudes y habilidades que la nueva sociedad exige a sus políticos.

Hay otras cosas, como el individualismo, el egoísmo y el cómo va lo mío, que sólo se corregirán con el tiempo. Llamando a lo mejor de cada una de nosotras y de nosotros. Premiando a quienes alientan la libertad y promueven la igualdad. Cambiando una perversa cultura social y política que se ha ido imponiendo a base de derechos incumplidos y agravios gratuitos, incitación al consumo y falsas expectativas vitales, cuya insatisfacción produce un bucle permanente de desapego, desafección, rabia contenida, estampido a flor de piel.

No va a ser fácil, pero tampoco es imposible. Suerte y acierto, porque en ello nos jugamos mucho en este país.

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