6 May, 2022

Trabajos de mierda

Trabajos de mierda. Así se titula el libro escrito por David Graeber, Bullshit jobs, Trabajos de mierda, aunque algunos expertos intentan suavizar la expresión diciendo que la traducción del título podría ser algo así como trabajos ficticios, trabajos inventados, trabajos humilllantes. Les parece algo más suave, pero en la mayoría de las traducciones del título del libro, en todos los idiomas, prevalece la versión “trabajos de mierda”.

El antropólogo David Graeber se refiere a todos esos trabajos que no tienen sentido, improductivos, pero que se mantienen para que no se pierda una determinada especialidad laboral. Cualquier sindicalista conoce los problemas derivados de buscar salida y ubicación a esas personas que ocupan categorías profesionales que ya no tienen funciones reales.

Cientos de miles de personas, cada año, ven reformuladas las tareas de su puesto de trabajo, o ven cómo las funciones que venían desempeñando han desaparecido, o han cambiado sustancialmente. Ya no se necesitan tantas cajeras, ni tantas taquilleras de metro, mientras que en las sucursales bancarias la antigua caja es marginal. Incluso determinadas jefaturas y puestos directivos van camino de la extinción.

Al mismo tiempo, cuanto más necesario y útil es un puesto de trabajo para la sociedad, se desempeñará en peores condiciones y peor pagado se encontrará. Parece extraño, pero lo hemos podido comprobar durante la pandemia.

A lo largo de estos años de amenaza para nuestra salud hemos visto cómo las personas que cuidaban a personas, ya fueran sanitarios, o limpiadoras, ayuda a domicilio, en las residencias, o el personal de supermercados, se la jugaban en malas condiciones y con salarios que nada tienen que ver con otros profesionales que trabajaban online.

El malestar de algunos de estos colectivos, incluidos transportistas, tiene mucho que ver con esta realidad que la pandemia ha puesto al descubierto. Existen trabajos de alta utilidad social, en servicios esenciales, de esos que preservan la vida cuando es necesario, que no cuentan con reconocimiento, nivel de cualificación inicial y permanente y un salario que podamos considerar decente.

Todos consideramos que un buen trabajo es una fuente inevitable de reconocimiento social. No trabajar supone vivir a costa de los otros. El ocio se convierte en culpa si no va acompañado previamente de un trabajo. Nos han imbuido de la idea de que unos trabajan y tienen bienes y otros son perdedores que viven a costa de los demás.

Pero, al mismo tiempo, son muchos los trabajos que no responden a unas mínimas demandas de calidad. Es muy difícil que es tipo de empleos satisfagan la necesidad humana de trabajar, de transformar el mundo. Son cada vez más los trabajos que no aseguran la suficiencia económica, ni la autonomía personal.

Hasta 2´5 millones de personas trabajadoras son pobres en España. Es la realidad de los trabajadores pobres. Un 13% de los trabajadores españoles no consiguen obtener los recursos suficientes para alejarse de la pobreza. Son personas que necesitan ayudas sociales, o externas, para poder salir adelante cada mes.

Tiene trabajos que no aseguran que se sientan integrados en la sociedad. Y aún así, la sociedad les sigue exigiendo que no sean vagos, que trabajen. Eso es lo que algunos llaman tener trabajos de mierda. Aceptar el chantaje de tener este tipo de trabajos forma parte de lo cotidiano, pero no tiene sentido. Forma parte de ese nonsense, ese disparatado sinsentido, esa mentira impuesta,  en el que buena parte de las sociedades modernas se ha instalado.

Probablemente tiene razón Graeber cuando, siguiendo las ideas de Keynes de hace casi un siglo, considera que la tecnología debería hacer posible en estos momentos, jornadas de trabajo muy cortas, mientras que lo que está ocurriendo es que las nuevas tecnologías nos están obligando a una dedicación plena y absoluta al trabajo, sin desconexión posible.

Eso es lo que está creando, o manteniendo, muchos trabajos inútiles, innecesarios, que terminan produciendo un daño mental, un impacto moral inasumible. Una situación que hace que haya personas que renuncian a pasar el resto de sus vidas en este tipo de actividades y dejan de trabajar.

Estamos viendo cómo hay altas tasas de paro y, a la vez hay escasez de trabajadoras y trabajadores en determinados sectores. Hasta Joe Biden, consciente de la situación, ha espetado a los empresarios de su país que si quieren tener trabajadores en determinados sectores vayan pensando en pagarles más.

Frente a quienes han hablado insustancialmente del fin del trabajo, va siendo hora de plantearse con seriedad que el trabajo decente es una exigencia sindical y de la propia OIT, que supone recuperar el valor del trabajo como instrumento de integración, de creatividad, que aporta soluciones y recursos al conjunto de la sociedad.

Una cosa es que toda persona tenga derecho a una renta básica y otra que esa renta sustituya al trabajo. El mundo cambia aceleradamente, lo cual nos va a obligar a apostar por la formación permanente, a lo largo de toda la vida y por carreras profesionales flexibles que se adapten a las nuevas realidades, pero desde la seguridad de que formamos parte de un proyecto colectivo en el que nadie sobra y en el que nadie se queda abandonado a sus suerte.

El trabajo va a seguir existiendo y los trabajos de mierda no pueden ser el futuro.

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