17 Dic, 2021

Turismo insostenible

Ha sido la pandemia la que ha paralizado de golpe los desplazamientos turísticos. El turismo ha sido uno de los sectores económicos más afectados por la COVID-19. Hemos descubierto la vulnerabilidad de un sector que exige millones de desplazamientos.

En esta situación, pese a los problemas derivados del confinamiento, hemos aprendido a apreciar con nuevos ojos los entornos más cercanos de nuestra localidad, nuestro barrio, nuestra región. La propia ciudad se ha convertido en un espacio a descubrir.

La pandemia va cediendo paso a una inestable anormalidad y no pocos de nosotros intentamos recuperar el turismo tal como lo conocimos en tiempos tan recientes. La COVID-19 ha dejado enfrentados a una crisis de suministros, al haber tocado nuestra capacidad productiva, pero también ha destapado otra crisis más estructural que tiene que ver con la sobreexplotación, el derroche y el agotamiento de determinados recursos, especialmente energéticos.

Nos hemos dado cuenta, a nuestro pesar, de que nuestro modelo turístico no es sostenible, ni en la movilidad de pasajeros, ni en los destrozos territoriales que producimos a nuestro paso por cada rincón del planeta. Nos hemos topado con que el turismo de sol y playa ha destruido nuestras costas y sus entornos naturales.

Hemos comprobado en nuestras carnes que los grandes transatlánticos atracados en los puertos de Valencia, Cádiz, o Venecia, traen dinero, pero nos dejan ciudades invivibles, atestadas, sucias, convertidas en escaparates comerciales, en parques temáticos.

Nos hemos percatado, aunque no queramos verlo, de que la diversión, las fiestas populares y la cultura pueden acabar convertidas en campo de operación mercantil para grandes intereses multinacionales. Y pese a todo no queremos verlo porque buena parte de nuestra economía se sustenta en este modelo de crecimiento.

La emigración de nuestras gentes, en el pasado, para ganarse la vida y mandarnos de vuelta dinero, divisas extranjeras, tal como hacen hoy los inmigrantes en nuestro país, junto a la explotación de un sector turístico de sol, playa y diversión, se convirtieron en la fuente de capitales necesarios para impulsar el modelo de crecimiento que nos sacó del subdesarrollo para llevarnos hacia un escenario poco industrial, muy ladrillero y tremendamente especulativo.

Sólo en la Unión Europea el número de desplazamientos aéreos anuales supera los 1.100 millones de personas y a nivel planetario superan los 4.300 millones transportados por 1.300 compañías aéreas que programan cerca de 40 millones de vuelos al año. Antes de la pandemia volaban el doble de personas que hace sólo 15 años.

Hay que recordar que el avión emite gases de efecto invernadero muy por encima de cualquier otro modo de transporte. Y no sólo dióxido de carbono, sino también óxidos de nitrógeno, vapor de agua que puede formar estelas de condensación, aerosoles. Los transportes aéreos suponen casi el 60% de los desplazamientos turísticos interfronterizos.

El turismo, en resumen, se ha visto afectado de forma muy intensa por la pandemia. Durante el periodo de superación de la pandemia podemos intentar volver a repetir la misma fiesta turística de tiempos muy recientes, pero sería mucho más prudente y aconsejable que nos diéramos la oportunidad de construir un nuevo modelo turístico que fuera respetuoso con la economía y el empleo en el territorio, con la cultura y con un ocio que no destroce la convivencia.

La pandemia no es en ningún caso una oportunidad, pero sí debe marcar un punto de inflexión en nuestras formas de vivir y también en las de entender de otra manera el turismo, nuestros viajes y desplazamientos.

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