14 Ago, 2018

Un poeta en el Cervantes

He escrito en estos días unos cuantos artículos reivindicando el valor de la poesía y profetizando las maldiciones que se ciernen sobre aquellos que conciben la poesía como un lujo cultural ajeno a la vida cotidiana de las personas. En alguno de esos artículos hablaba de poetas como Luis García Montero que nos demuestran que poesía y compromiso no son incompatibles y, aún más, que la poesía no es un mero juego de palabras, sino la búsqueda intensa del ser humano, más allá de dónde la ciencia es capaz de llevarnos.

La noticia de que Luís ha sido nombrado Director del Instituto Cervantes es, por lo tanto, una magnífica noticia, no sólo para él y para cuantos le conocemos, sino también para quienes aman la poesía y la palabra como forma de comunicación y de creación humana. Situar a un poeta al frente de la institución que se encarga de difundir las lenguas peninsulares por el mundo me parece un gesto inteligente del nuevo gobierno de Pedro Sánchez.

No puedo decir que sea amigo personal de Luis. He participado con él en unos cuantos actos literarios, presentando diversos libros. He compartido tribuna junto a él en actos sindicales, o políticos. Le he escuchado hablar sobre García Lorca y me ha abierto los ojos sobre muchos pasajes de Poeta en Nueva York.

Le he acompañado en algún mitin  electoral, cuando aceptó encabezar, a contracorriente, la candidatura de Izquierda Unida de Madrid en las pasadas elecciones autonómicas. Me apenó que unas pocas décimas le cerraran el acceso al parlamento regional. Le pedí que escribiera el prólogo para mi poemario La Tierra de los Nadie y que me acompañase en la presentación del mismo. He tomado alguna que otra cerveza con él al finalizar este tipo de eventos.

Su nombramiento me trae a la cabeza esos tiempos en los que algunos poetas eran tomados en consideración para ocupar consulados, o embajadas. Me recuerda que Allende nombró a Pablo Neruda embajador en París, o a Gonzalo Rojas Pizarro, al frente de la embajada en La Habana.  Eran tiempos en los que no era incompatible fomentar los negocios y los intercambios económicos, con presentar las mejores credenciales humanas y creativas a otros pueblos.

La labor del Instituto Cervantes va precisamente de eso. La difusión de nuestras lenguas, a las que se refería el bilbaíno Gabriel Aresti en su famoso poema para Tomás Meabe (no es español quien no sabe las cuatro lenguas de España), es mucho más que impartir cursos de castellano, catalán, gallego, o vasco, por los cuatro costados del planeta. Mucho más que fomentar la cultura de élite, exhibir la crema de las cremas, derramar la flor y nata de nuestras creaciones en los centros neurálgicos mundiales.

Algunas de esas cosas hay que hacerlas y buscar los mejores gestores, para evitar dilapidación de recursos y gastos innecesarios de pólvora. Pero se trata, sobre todo de dar a conocer las Españas, porque sólo se ama lo que se conoce y porque en esta península conviven muchas Españas. El Instituto Cervantes es un poderoso instrumento para establecer relaciones, comprender nuestros muchos modos y maneras de ser, nuestras formas de seducir, dialogar, sugerir, equivocarnos.

No coincido completamente con César Antonio Molina, quien fuera Director del Cervantes y luego Ministro de Cultura, cuando afirmaba que El Cervantes es una empresa, como tal hay que gestionarlo. Pero sí coincido con él y estoy seguro de que también Luis, en que vivimos un mundo que todo lo sacrifica a los ídolos de las nuevas tecnologías, el entretenimiento y la masa.

Creo que la cultura española, la plural y amplia amalgama de culturas, creencias, costumbres, heterogéneos ideales, diversas (cuando no dispersas) visiones, constituye un poderoso antídoto contra esos ídolos prefabricados, insulsos, uniformados y, no pocas veces, despóticos.

Luis García Montero hubiera sido un excelente ministro de Cultura, pero se me antoja que será mucho más útil para todas y todos en esta tarea de difusión de la palabra, las lenguas, la cultura. Luis sabe que la poesía seguirá preguntando a las personas y a los pueblos, seguirá buscando en el interior de ellos, seguirá siendo canto y oración. Y también sabe que la honestidad, en la vida y en la política, es el primer paso para intentar que los cambios mejoren la existencia cotidiana y la convivencia diaria de las personas. Ambas cosas, lejos de ser incompatibles, son indisociables.

Desde estas líneas, Suerte y buen trabajo, amigo.

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