22 Ene, 2011

UN VIEJO Y TIERNO PROFESOR


Cuando hablamos del mejor alcalde de Madrid, damos por sentado que nos referimos a Carlos III. Madrid ha contado con muchos y conocidos alcaldes a lo largo de su historia. Entre ellos un buen número de personajes a los que hoy sólo conocemos por su ubicación en el callejero madrileño. Sainz de Baranda, Marqués de Santa Cruz, Diego de León, José Abascal, Andrés Mellado, Marqués de Cubas, Conde de Peñalver, Conde de Romanotes, Alberto Aguilera, Eduardo Dato, Francos Rodríguez, Alberto Alcocer (éste primer alcalde en la Dictadura de Primo de Rivera y primer alcalde de la Dictadura franquista), Conde de Mallalde, o Pedro Rico.

Otros han tenido menos suerte y no han encontrado nunca su placa en el callejero, como Melchor Rodríguez García, último alcalde republicano de Madrid, dirigente de la CNT, trianero al que Sevilla ha dedicado una calle, pero que carece del mismo reconocimiento en Madrid. Apodado el Ángel Rojo, por la cantidad de gente que, como un Schindler español, salvó de las sacas, los paseos, las checas y el fusilamiento.

Sin embargo si, además de Carlos III, que nunca fue alcalde de Madrid, hubiera que designar a alguien como el mejor alcalde de Madrid, la inmensa mayoría popular depositaría su voto en este viejo profesor que murió hace ya 25 años y al que, quienes eran más jóvenes, muy jóvenes, hace dos décadas y media, siguen recordando por su llamamiento a colocarse y estar al loro.

Las generaciones llegadas a la democracia desde la Guerra Civil, en un bando y otro, pero como perdedores de toda una vida en blanco y negro, veían en aquel profesor que gustaba de presumir de viejo, ese aire machadiano de los buenos profesores republicanos que les enseñaron las primeras letras, a echar las primeras cuentas, a expresar sus primeras ideas, a leer las primeras interpretaciones de la vida.

Supo rodearse de jóvenes que iban a protagonizar desde el PSOE y desde el PCE la transición y los primeros años de la democracia. Les dejó llevar adelante sus proyectos urbanísticos, de participación ciudadana democrática, de descentralización administrativa, de depuración de aguas, de protección del patrimonio histórico artístico, de cultura popular, de distribución alimentaria en Mercamadrid.

Supo ganarse a los más jóvenes deseosos de emprender la marcha democrática a golpe de movida, convirtiendo los bandos municipales en lecciones de civismo y ciudadanía de arcaico lenguaje y ancestral sabiduría.

Mereció, sin duda, el reconocimiento que el pueblo de Madrid en masa y en pleno municipal abierto, quiso rendirle en su despedida, en las calles de Madrid.

No conocí personalmente al viejo profesor, pero he tenido ocasión de tratar con algunos de sus discípulos como Eduardo Mangada, Joaquín Leguina, Cristina Almeida, o Isabel Vilallonga. En todos ellos ha quedado la huella de voluntad incansable de impulsar cambios serenos y pacíficos que mejoren la vida y la convivencia de las gentes.

Eso representaba Tierno Galván durante toda una dictadura y en los primeros años de la democracia. Un hombre que nunca renunció a sus orígenes libertarios, a la libertad de ser él mismo, haciendo que los demás, sus conciudadanos, tuvieran la libertad de ser y existir.

Por eso le recordaremos siempre, más allá de sus intachables logros, como el mejor alcalde de Madrid.

Francisco Javier López Martín

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