13 Sep, 2021

11-S: Dos décadas marcadas por el terror

Acabábamos de firmar el acuerdo para crear la ley de Renta Mínima de Inserción con el Presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón. Se había comprometido un año antes, el Presidente, en su discurso ante el Congreso de las CCOO de Madrid, en el que fui elegido Secretario General, a negociar la transformación del salario social, el IMI (Ingreso Madrileño de Integración), acordado como decreto en la época de Joaquín Leguina, en una ley  que estableciera el derecho subjetivo de toda persona carente de los recursos básicos a recibir una prestación para atender sus necesidades básicas y las de su familia.

Estábamos de vuelta de la Puerta del Sol, en nuestra sede de Lope de Vega. Habíamos puesto la televisión para ver cómo trataba Telemadrid la firma del acuerdo, cuando comenzaron a desencadenarse las noticias que hablaban del accidente de una avioneta contra una de las Torres Gemelas.

Pronto el accidente se convirtió en posible atentado y luego asistimos en directo al momento en el que un segundo avión se estallaba contra la segunda Torre. No pasó mucho tiempo hasta que comenzaron a desplomarse ambas torres, al tiempo que una nube de polvo y escombros cegaba los objetivos de las cámaras.

Son muchos los análisis que se publican y difunden durante estos días sobre los hechos, las causas y las consecuencias del 11-S. Análisis y estudios elaborados por expertos de todas las disciplinas, que desarrollan su trabajo en universidades, medios de comunicación, fundaciones, organizaciones políticas, sociales, económicas, instituciones.

Echando la vista atrás, el brutal acto de terror se convirtió en una transformación radical del mundo tal cual lo conocíamos. La decisión arbitraria e injustificable de embarcarnos en las guerras de Afganistán e Irak ha supuesto un inmenso negocio para las corporaciones y los miembros del gobierno de los Estados Unidos, pero también un río de sangre y un descrédito de occidente ante el resto del planeta.

Después del abandono militar de las tropas de EEUU otros imperios se aprestan a competir exitosamente contra el gendarme americano, entre ellos China y Rusia fundamentalmente. Pero no todo queda en ese cambio de los grandes actores de los desastres mundiales.

Tras el 11-S el terror se instaló entre nosotros y llegaron los atentados terroristas en los trenes de Madrid, el 11-M de 2004. Aún recuerdo el papelón del pazguato Alberto de Mónaco, miembro del Comité Olímpico Internacional, preguntando un año después, en Singapur, a los responsables de la candidatura madrileña a organizar los Juegos Olímpicos 2012, si serían capaces de garantizar la seguridad de los asistentes, tanto atletas como público.

Esa  memez pesó mucho en la pérdida de la candidatura que se llevó Londres, que no tenía más que un proyecto sin grandes inversiones previas. Seguían los aviones que volvían a Madrid en el aire tras aquella cita de candidaturas el 7 de julio de 2005, cuando se dieron a conocer los atentados islamistas en tres vagones de metro y un autobús de Londres, que produjeron más de 50 muertes y 700 heridos.

Y pese a esos actos de terror en Nueva York, Madrid, Londres, o París, el 95% de los muertos en atentados islamistas son musulmanes, tal como reconoce el Centro Antiterrorista del gobierno de Estados Unidos.

El 11-M transformó la política española, no sólo porque provocó un cambio de turno de gobierno, sino porque los conservadores españoles se fueron despeñando en las teorías de la conspiración, la ruptura de España, la ilegitimidad de cualquier gobierno que no fuera el suyo y el cierre de todas las puertas al entendimiento, el diálogo y el acuerdo.

Luego llegó la larga, inesperada y contradictoria crisis de 2008, que cambió el escenario de nuestras vidas, nuestras economías y nuestros empleos. Aquellas transformaciones dieron lugar al descontento expresado en las concentraciones, acampadas, manifestaciones y revueltas generalmente pacíficas protagonizadas por jóvenes.

Desde las primaveras árabes, a Occupy Wall Street, del 15-M español a los indignados franceses, de la plaza Tahrir a la plaza Sintagma. Movimientos que se han reproducido de diferentes formas en países de Latinoamérica, o en las primaveras vividas por antiguas repúblicas soviéticas como Bielorrusia, o Ucrania, sin que nos olvidemos de algunos países asiáticos que reclaman transiciones hacia la democracia.

La evidencia cada día más alarmante del cambio climático y las respuestas que reclama la sociedad y especialmente la juventud, ante los gobiernos del mundo, la devastación de los recursos y de la vida en el planeta, o la llegada de la pandemia de la COVID-19 y sus tremendas consecuencias en vidas humanas y en deterioro político y social, son los últimos y acelerados golpes que estamos recibiendo.

Las causas podemos buscarlas en las emisiones de gases de efecto invernadero que han aumentado exponencialmente desde mediados del siglo XIX, en un modelo económico extractivo, contaminante y depredador, en el consumismo desaforado, en el abandono de nuestras relaciones con la Naturaleza, en el desprecio de los derechos humanos en buena parte del planeta, o en cualquier otro foco de problemas.

Pero si tuviera que elegir una fecha en la que ya todo fue evidente y el terror desencadenó un desastre del que aún no sabemos ni cómo, ni cuando, ni si podremos salir, esa fecha sería, sin dudarlo, el 11-S. Veinte años después conviene recordarlo y sacar conclusiones, aprender a vivir sin miedo y de otra manera, si queremos que nuestra vida siga siendo posible en el planeta.

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