7 Ago, 2021

Aprender de la pandemia

Hasta principios de 2020 el denominado coronavirus reunía las condiciones para que la Organización Mundial de la Salud (OMS) considerase que se había desencadenado una Emergencia de Salud Pública Internacional. El brote se circunscribía esencialmente a China, los contagios que se habían producido fuera no llegaban al centenar y no existían aún víctimas mortales.

Sin embargo a principios de marzo de ese mismo año la situación había empeorado notablemente y la velocidad e intensidad de la difusión de la enfermedad hacía que internacionalmente la preocupación aumentase y que los expertos prestaran mucha atención a las características del nuevo virus, cómo diagnosticarlo, prevenirlo, controlarlo y cómo combatirlo.

A estas alturas la OMS hablaba ya de que el COVID-19 era una pandemia. Desde entonces hemos tenido que lidiar con una situación sanitaria, política, social, económica, cambiante, inédita, desconocida, compleja y tremendamente difícil de combatir. Ningún país, ningún gobierno, lo ha tenido fácil, por más que la oposición haya sido, en unos lugares, más consciente y en otros lugares más irresponsable con respecto a lo que estaba en juego.

El impacto en muertes, empleos, actividad económica es brutal, incuestionable y aún impredecible. En términos de salud pública tenemos que reconocer que, pese a las tareas realizadas para la prevención y respuesta a una pandemia de estas características, nos hemos visto desbordados por esta nueva enfermedad, su rapidez, su gravedad, sus transformaciones permanentes.

Hemos hecho lo que hemos podido, pero hemos comprobado a niveles planetarios que lo que hemos podido no ha sido lo suficiente. Hemos intentado evitar los contagios con escaso éxito, el seguimiento de los contagiados, el rastreo de los contagios. Hemos aplicado pruebas, distancia social, cuarentenas, aislamientos, pero no ha sido suficiente.

El COVID-19 era tan listo que comprobamos que se transmitía con facilidad y rápidamente, que sus efectos eran graves, que no respondía a tratamientos habituales. Los expertos, individualmente, o en grupo, acertaban o se equivocaban, dando la sensación de dar palos de ciego. Intentaban por todos los medios evaluar la situación y proponer medidas.

Acertaron, en general, con las tres M y las tres C, esa combinación de medidas a base de mascarillas, lavados de manos, evitar concentraciones de gente y espacios cerrados, metros de distancia, cuanto más mejor. Pero esas medidas, dejan de funcionar plenamente cuando el tiempo de la pandemia comienza a hacer mella en las personas. Las oleadas se han ido sucediendo y aún no han terminado.

Ha sido una de las primeras ocasiones en la que hemos podido aplicar de forma bastante generalizada instrumentos digitales para combatir la pandemia y poner en marcha medidas de salud pública. Hemos podido comprobar cómo la robótica, las nuevas tecnologías, la información y la comunicación, el uso del big data, la minería de datos, han sido aplicados a la prevención, los tratamientos médicos, la investigación de vacunas, el combate contra la pandemia desde la salud pública.

Los datos públicos de censos, encuestas, tratamientos clínicos, historiales médicos, se unen a los procedentes de redes sociales, aplicaciones móviles, uso de nuestros dispositivos, o de las plataformas tecnológicas. Los datos son muchos, el problema es cómo utilizarlos bien y coherentemente para combatir la enfermedad, sin que ello suponga un recorte injustificable de libertades.

Datos útiles para la investigación en el laboratorio, útiles para que los sensores funcionen mejor, los dispositivos nos ayuden, la identificación de las imágenes nos permita intervenir con agilidad para salvar vidas. Los rastreadores no tienen por qué ser sólo personas cualificadas, si tomamos en cuenta que la inteligencia artificial puede ayudarnos a establecer los contactos de una persona.

Hemos podido comprobar cómo determinados dispositivos pueden establecer diagnósticos rápidos y bastante fiables. Existen otros dispositivos que pueden facilitar el seguimiento de casos y el establecimiento de comparativas. Incluso pueden ayudarnos a crear entornos seguros, centros de trabajo seguros, ciudades más saludables y preparadas para resistir pandemias.

Conozco expertos y amigos que trabajan en el sistema sanitario, o en las administraciones, que me alertan sobre el abuso que puede producir el tratamiento de los datos en manos de políticos irresponsables que no pretenden sólo establecer medidas sanitarias para afrontar situaciones de enfermedad y emergencia, sino justificar sus actuaciones y controlar la opinión pública.

Parece evidente que el control y tratamiento de los datos es una de las claves. Las leyes son el paraguas que debe permitir que los datos personales sean protegidos, tanto en su confidencialidad, como en el carácter anónimo de los mismos y, en todo caso, contando con el preceptivo y obligatorio permiso y consentimiento de las personas.

Habrá ocasiones en las que los datos individuales no puedan ser anónimos, pero en esos casos, especificados y tasados, deberán ser utilizados de forma regulada en estudios, investigaciones sanitarias, o farmacéuticas, de la sanidad pública, dejando claro su uso y la información y consentimiento de las personas afectadas.

Iremos saliendo de la pandemia, más poco a poco de lo que algunos quieren hacernos creer, pero lo vivido debe hacernos reflexionar y aprender para que sepamos afrontar crisis sanitarias como la que estamos atravesando, utilizando todos los recursos a nuestro alcance y entre ellos las nuevas tecnologías digitales son cada vez más imprescindibles. siempre que las pongamos al servicio de la salud y la libertad.

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