13 Dic, 2022

El cuestionable concepto moderno del trabajo

En el pasado el trabajo de cada cual venía determinado casi siempre por el oficio de sus antecesores y no por la elección personal. Si venías de familia de

canteros, serías cantero y si tu familia se dedicaba a vender en un mercado, terminarías haciendo eso mismo con casi toda seguridad.

Mis alumnos de hace 40 años eran chatarreros, vendían frutas en los mercadillos, terminaban trabajando en la cadena de montaje de Barreiros, o en los talleres de la RENFE, porque ese era el trabajo de sus padres. Ahora todos sabemos que lo del trabajo es otra cosa y eso ya no es así.

Antiguamente lo de la movilidad social era más bien un embudo estrecho por el que terminaba discurriendo muy poca gente. Hubo una época en la que los pobres no podían desempeñar trabajos reservados a los ricos y los ricos no podían rebajarse realizando tareas destinadas a los parias de la tierra. Hubo incluso un tiempo lejano en que los ricos, los ciudadanos libres de cualquier polis griega, consideraban el trabajo como un esfuerzo reservado a los esclavos, siervos, criados.

Lo del trabajo como algo que formaba parte de la condición humana y que aporta dignidad a la persona, es más bien una herencia judeocristina. A fin de cuentas el mesías de los cristianos era el hijo de un trabajador manual, un obrero, un carpintero.

Siguiendo estas consignas, todo buen cristiano tiene la obligación de contribuir con su trabajo a la vida comunitaria, que ya lo dijo San Pablo en su Carta a los Tesalonicenses,

-El que no trabaje que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada.

Hasta el punto de que hasta quienes dedican su vida a la contemplación, la oración, el silencio, en una comunidad religiosa, tienen la obligación de trabajar. El trabajo y la contemplación van de la mano.

Serán algunas facciones del protestantismo, ya en tiempos más modernos, las que convertirán el trabajo y la obtención de riqueza en fuente de virtud inagotable. Ahora sí, el trabajo marcha por un lado y la vida contemplativa por otro.

Será esta mentalidad y esta orientación general del mundo occidental la que dará lugar a un desarrollo económico acelerado, a un crecimiento impresionante de eso que dimos en llamar Producto Interior Bruto (PIB), un desarrollo tecnológico brutal que terminó dando lugar a que sobraran trabajadores y apareciera el fenómeno del paro, la mano de obra sobrante.

Pese a todo, las transformaciones tecnológicas no han acabado con el trabajo, por mucho que algunos intenten convencernos del final de la Historia y el advenimiento de una sociedad de seres ociosos. La verdad es que el trabajo sigue siendo la fuente esencial para obtener los recursos que necesitamos para vivir. Además de que sigue siendo un espacio importante para la socialización y, en algunos casos, un lugar, un tiempo, en los que desarrollar nuestra creatividad, nuestra capacidad transformadora.

Un problema central para nuestro futuro como humanidad consiste en dar sentido al trabajo humano en el futuro inmediato. A estas alturas no es seguro que vayamos a ser capaces de conseguirlo. Que vayamos a poder definir un futuro de empleo estable y con derechos. Que consigamos desterrar la precariedad, los empleos basura, el trabajo esclavo, el trabajo infantil.

La diferencia entre nuestra supervivencia como especie, o nuestra extinción en un agónico medio plazo, se encuentra en hacer posible que las vidas de las personas sean dignas y sus trabajos decentes. No sé si aún estamos a tiempo, pero estoy seguro de que, aún cuando fuera contra todo pronóstico, tenemos la obligación de intentarlo.

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