14 Sep, 2022

Esos ultras que asaltan Europa

Existen lugares donde un buen número de partidos se unen para cortar el paso hacia el gobierno, o para desalojar del poder a partidos populistas, como el de Viktor Orban en Hungría. Al final esos esfuerzos se saldan, no pocas veces, en sonoros fracasos. Y lo peor no es que eso ocurra una vez, sino que puede llegar a ocurrir varias veces seguidas, como en el caso de Fidesz en Hungría.

Uno de los grandes problemas de las fuerzas democráticas suele ser que minusvaloran triunfalistamente las posibilidades de las fuerzas populistas, al tiempo que los medios de comunicación externos difunden versiones interesadas y poco realistas sobre la debilidad del populismo, o consideran que sus relaciones con otros populismos, como el de Putin, terminarán produciendo su fracaso electoral.

Es un error despreciar las posibilidades del escepticismo ante la Unión Europea entre los más afectados por la amenaza de la pobreza, o los sectores más alejados del poder real en cada país. Ya quedó demostrado con el Brexit en Gran Bretaña, fuera de Londres. Los distritos electorales más pobres de Hungría han votado masivamente a Orban, mientras fuera del país, los analistas afirmaban que su popularidad se hundía en esas zonas.

Es un problema vender análisis al peso, en lugar de analizar los problemas reales de cada lugar. De esa forma terminan aceptándose previsiones de empate cuando lo que se avecina es una catástrofe electoral sin precedentes.

De nada terminan sirviendo las encuestas amañadas, los análisis de pago, la publicidad externa, o las denuncias de las ONG sobre retrocesos en derechos humanos, cuando el populismo se ha apropiado ya del corazón y del estómago de los pueblos.

Además, tal como estamos comprobando con el auge de las fuerzas populistas de derechas en Hungría, en Francia, o en la propia Hungría, ya no nos encontramos ante un tosco antieuropeismo, sino ante otra forma de entender Europa. Algo que, por suerte, no ha terminado de asimilar la ultraderecha española, pero que ya forma parte de las propuestas de Le Pen, Meloni, o el propio Orban.

La defensa de la familia es un poderoso banderín de enganche que se concreta en la dedicación de porcentajes cada vez mayores del PIB a políticas familiares hasta alcanzar un importante 6´2%, llegando a reembolsarles todo el equivalente al IRPF pagado por la familia. La familia como concreción y escaparate de las políticas de Estado.

No basta denunciar los ataques a los derechos por parte de las fuerzas populistas de la ultraderecha, como no ha bastado la evocación de Pinochet para entender el batacazo constitucional chileño.

Hay que intentar entender cómo el conservadurismo está descubriendo que el apoyo a la familia, o a la producción con sello nacional, constituyen importantes elementos para atraer el voto de numerosas capas del electorado. Hay que intentar escuchar los errores propios que conducen al fracaso del “progresismo”.

La protección a la familia, junto a la atención a la infancia, confrontando abiertamente con un movimiento LGTBi, al que se acusa de ir mucho más allá de la defensa de la tolerancia y el respeto a la vida personal, para pasar a convertirse en una imposición y adoctrinamiento de los niños en las escuelas, se han convertido en un poderoso imán de atracción para fortalecer el voto a partidos como Fidesz.

Cuando la ultraderecha consigue aglutinar el descontento para dirigirlo contra una supuesta agresión exterior y alimentar  el descrédito de la oposición interior, consigue fortalecer sus posiciones y cerrar las puertas a cualquier razonamiento sensato, que será sustituido por un imaginario de lo que un pueblo quiere creer, un cúmulo de sensaciones, obsesiones y falsas ideas que se adueña de nuestra mente hasta nublarla.

Una oposición desmoralizada, desmovilizada, sustentada por dinero y apoyos externos, anima poco al voto. Centrar las causas de la derrota frente a la ultraderecha en las acusaciones de manipulaciones electorales, o en el apoyo de potencias como Moscú, constituye un profundo error, porque los sistemas electorales de cada país tienen sus problemas y los factores geopolíticos pueden producir distorsiones en nuestra visión.

En el caso de Hungría es evidente que Orban ha condenado la invasión de Ucrania, pero tiene sus propios contenciosos con este país, por la falta de respeto de los de Kiev contra las minorías húngaras. Pueden condenar la invasión de Putin, pero intentar alejarse de cualquier posibilidad de conflicto abierto. Tienen demasiado cerca a los vecinos confrontados.

Más bien deberíamos considerar en qué medida el conflicto Rusia-Ucrania consolidará poderosos gobiernos conservadores de derechas en Polonia, Hungría, o en los propios países bálticos.

Finalizar con el conflicto armado y realizar una lectura menos maniquea del ascenso de la ultraderecha puede ofrecernos las claves para conseguir un futuro más libre, democrático y de derechos, comenzando por prestar más atención a los problemas reales de las personas.

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