28 Ene, 2022

Los de Atocha siguen cumpliendo futuro

Los de Atocha siguen cumpliendo años, ya son 45 desde aquel 24 de enero de 1977 en que los pistoleros de la ultraderecha franquista asaltaron el despacho de abogados laboralistas de la calle Atocha, número 55 y dispararon a bocajarro contra los allí reunidos.

Cinco murieron, cuatro sobrevivieron pese a las terribles heridas y 45 años después sólo queda entre nosotros Alejandro Ruiz-Huerta, en quien depositamos la tarea de presidir la Fundación Abogados de Atocha. Fue en mayo de 2004, poco después de los terribles atentados del 11-M en los trenes que viajaban hacia Atocha, durante el Congreso de CCOO de Madrid, cuando decidimos aprobar la constitución de una Fundación dedicada a preservar la memoria de los de Atocha.

Nos parecía que la brutalidad del terror islamista desencadenado sobre Madrid sólo podía tener una respuesta, la de aquellos jóvenes que luchaban por la libertad y la democracia con las únicas armas de la justicia y el derecho, en los despachos laboralistas creados por todo Madrid, siguiendo la huella del primero de ellos, el fundado por María Luisa Suárez, junto a Antonio Montesinos, Pepe Jiménez de Parga y Pepe Esteban.

La memoria de los de Atocha nunca quiso ser un esfuerzo por mantener vivo el recuerdo del pasado, sino de recuperación de una memoria personal y colectiva que nos hiciera más libres hoy y que impidiera repetir una historia de sometimiento y opresión de las personas en el futuro.

Recordar Atocha no es conmemorar el aniversario de unas personas inimitables sino, muy al contrario, acercarnos a lo que fuimos y adquirir en el presente compromisos de combatir la injusticia, tal como hicieron ellos en el pasado.

Recordar a las víctimas, mantener viva la memoria de los de Atocha como ejemplo. Las víctimas que murieron asesinadas, Francisco Javier Sauquillo, Enrique Valdelvira, Luis Javier Benevides, Serafín Holgado, Ángel Rodríguez Leal. Las víctimas que sobrevivieron y quedaron marcadas de por vida, Lola González Ruiz, Miguel Sarabia, Luis Ramos y Alejandro Ruiz-Huerta.

Ellos tuvieron que afrontar el duelo, comprobar la imposibilidad de controlar el dolor, intentar olvidar, intentar recordar, pasar a ser víctimas entre las víctimas, convertidos en patrimonio de cuantos sufren. Y al tiempo intentar seguir viviendo, convertidos en presente, en modelo para afrontar situaciones nuevas, desconocidas, impredecibles.

Atocha no es un culto, ni una religión, Atocha es memoria viva de la justicia, lección que necesitamos recordar, reaprender. El recuerdo como esfuerzo permanente por congelar el pasado, nos condena a un presente esclavizado al pasado.

Sin embargo, el recuerdo concebido como ejemplo nos permite volcar todo lo vivido en renovada voluntad de liberación en el presente, esfuerzo de diálogo, de entendimiento. Por eso la memoria de Atocha es uno de esos referentes que nadie cuestiona en España. Atocha nos permite tomar la medida de la justicia en cada momento, comparar, valorar, actuar, transformar la realidad, acercarnos a los demás.

Hubo un momento en el que España quiso olvidar su Historia, la nuestra, nuestro pasado. Años, momentos, en los que cada 24 de enero las CCOO de Madrid acudíamos a los cementerios de Carabanchel y de San Isidro y depositábamos coronas de flores en las tumbas. Luego, junto al PCE, depositábamos sendas coronas de flores junto al portal de Atocha 55. Poco más.

Pero los de Atocha no merecían el olvido, ser apartados a un rincón alejado y puntual de nuestra memoria, ser condenados a una zona oscura, casi invisible. Porque aquellos jóvenes no eran un patrimonio exclusivo de las CCOO, ni del PCE, ni del Colegio de Abogados de Madrid.

Los de Atocha son patrimonio de todos los trabajadores y trabajadoras, de las gentes de izquierdas y de la derecha sensata, honrada y democrática, de los creyentes y de los ateos, de los abogados y de cuantos confían y creen en la justicia. Patrimonio, modelo y ejemplo, sobre todo, para nuestros jóvenes.

Ese es el esfuerzo que la Fundación Abogados de Atocha hemos desplegado a lo largo de estos más de quince años. Los premios anuales que concedemos cada año, a las personas e instituciones que se la juegan por la justicia y la libertad, en Argentina, o en España, en Guatemala, o en Uruguay, en el Sahara, o en cualquier rincón del planeta.

La publicación de estudios y de trabajos sobre la historia de la justicia y la lucha por la libertad. Las calles, plazas, jardines, centros culturales, que llevan el nombre de los Abogados de Atocha. Los premios literarios anuales a los jóvenes que construyen relatos en los que se ponen en valor los derechos humanos y los valores que defendieron los Abogados de Atocha.

45 años han pasado. Los que fueron asesinados no habrían cumplido aún los 80 años. Siguen siendo los jóvenes que fueron, preservados del tiempo, sus servidumbres y sus miserias.

Escribí un día un poema dedicado a Lola González Ruiz, la abogada que sobrevivió al atentado y que perdió en el mismo a su esposo, Francisco Javier Sauquillo, tras haber perdido años antes a su novio, Enrique Ruano, asesinado por la policía franquista.

El poema, publicado en el libro La mirada de los Nadie, con el que quiero terminar este artículo y que habla de Lola, pero podría haberlo escrito pensando en cuanto de Lola había en todos y cada uno de los de Atocha,

 

Era ella osadía de vida

que cae y se levanta,

que es derribada y se alza

de nuevo. Desde el barro

se alza y sobre su debilidad

trepa encaramada a sí misma.

Lola es su altura,

erguida en sus resurrecciones,

que fueron y seguirán siendo

aún después de su partida.

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