20 Dic, 2022

Maneras de jugar al fútbol

No soy experto en futbol. Es más, para ser sincero, no me interesa un pimiento el futbol y aún menos en esta versión de negocio bestial en que se han embarcado la Federación Española del ramo futbolero y todos sus bucaneros.

Lo de Qatar, hecho posible gracias al aliento, las bendiciones y las utilísimas  recomendaciones del fútbol español, es de una desvergüenza absoluta, como ya lo fue la Supercopa de España jugada en Arabia Saudí, con la complicidad y  buenas artes comisionistas de independentistas como Piqué, o señores del balón como Rubiales.

Pero aunque no soy experto, ni tan siquiera aficionado, o tal vez por eso mismo, me he quedado epatado, sorprendido, alucinado, por esa derrota de la “escuadra” española frente a Marruecos. Ya me parecía a mí que tanto exceso de streamers no podía ser bueno.

Un Marruecos que, pocos días más tarde, se deshacía de nuestros vecinos portugueses, que no jugaron nada mal, bastante mejor que nosotros, o eso creo, que ya he dicho que de esto no sé gran cosa, pero que, como nosotros, fueron incapaces de atravesar la defensa y contener los pocos, pero muy eficaces, contraataques de los leones del Rif.

Es curioso que muchos de los principales responsables del triunfo marroquí hayan nacido, al parecer, en otros lugares y sean trabajadores de equipos de otros países. Así las cosas, en no pocos casos, han tenido que optar por vestir los colores de su país de nacimiento, o del país de sus ancestros.

El hecho es que esos chavales, de los cuales unos pocos nacieron en Casablanca, Fez, o Rabat, algunos otros en España, en el Sur de Madrid, un buen puñado en los Países Bajos, el portero en Canadá, unos pocos más en Francia, comoo el mismo entrenador, nacido en los arrabales de París, han elegido defender los colores del país de sus padres, que les reconoce entre los suyos.

Algo que debería hacernos reflexionar sobre ese orgullo de pertenencia, esa identificación con los orígenes, con los suyos, pese a que muchos de ellos forman parte de algunos de los mejores equipos del futbol europeo y muchos hubieran podido jugar en selecciones europeas.

Debería hacernos reflexionar sobre esa capacidad que han demostrado de defender sus montañas rifeñas, convertida en portería de futbol y aprovechar cualquier ocasión para bajar a los valles y marcar unos pocos pero esenciales goles para la victoria.

Recientemente una mujer marroquí me hacía reparar en cómo los españoles, o los portugueses, hemos sabido encajar sendas derrotas, sabiendo que se trata de un juego, en el que unas veces se gana y otras se pierde, en el que un día la suerte te acompaña y otro día te abandona.

Esa mujer, que tenía una hija trabajando en Francia y que, con la sensatez de todas las mujeres, independientemente de su origen, raza, o religión, temía que las calles de muchas ciudades francesas no fueran tan festivas y pacíficas como lo habían sido las de nuestro país en estos últimos días, gane quien gane la semifinal.

Espero y deseo que, pase lo que pase en estas semifinales, sepamos aplicar la sensatez, reconocer que vivimos en sociedades muy diversas y plurales, basadas en el respeto a las personas y a las leyes. Sociedades en las que el futbol no puede convertirse en la droga que disculpe ningún exceso, ni violencia alguna.

Desgraciadamente acabamos de conocer cómo varios miembros del Parlamento Europeo han sido detenidos y están siendo investigados por recibir sobornos de Qatar. El dinero no tiene patrias y quienes trasiegan con él no tienen religión reconocible, ni otra ideología que la de satisfacer sus bajas pasiones, sin complejos y sin compasión alguna.

Por lo demás, como siempre, que gane el mejor.

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