13 Sep, 2021

Somos un mundo, seamos formales

El virus salió de China. Nadie creyó que fuera a avanzar tan rápido. Nadie pensó que iba a durar tanto tiempo y experimentar variaciones y mutaciones tan imprevistas. Todo comenzó en China, con una opacidad y falta de transparencia que ha permitido el surgimiento de múltiples versiones y teorías de la conspiración.

A continuación, tras la opacidad llegó el egoísmo.  Estados Unidos enarboló el lema America First, demostrando una falta de liderazgo mundial cada vez más evidente, restando importancia a la pandemia en lo interno y pensando que las sus efectos se pueden detener en las puertas de cualquier país, obviando que la COVID-19 terminaría pasando y sólo había que intentar saber cuándo. De una pandemia como esta, o salimos todos, o no salimos.

Es cierto que las universidades y farmacéuticas han desarrollado un esfuerzo tremendo ( con motivaciones claramente distintas) para desarrollar cuanto antes diferentes vacunas, pero el reparto de esas vacunas en el conjunto del planeta está siendo terriblemente desigual y  pone de relieve la terrible distancia existente entre países pobres, países en desarrollo y países ricos.

Son esos países pobres, en desarrollo, emergentes, los que han sufrido y siguen sufriendo con mayor brutalidad, porque sus sistemas de salud son precarios, o inexistente, pero también por otros factores. La alimentación es insuficiente, las políticas de alojamiento y la vivienda inexistentes. La protección por desempleo, las pensiones, la protección social son políticas públicas desconocidas por sus gobiernos.

Países donde las enfermedades como el Ébola, el Zika, el cólera, dengue, el propio SIDA, campan a sus anchas y se expanden sin control. Al final de la cola, abandonados a las consecuencias del abandono de la solidaridad internacional y la reducción de inversiones en investigación y salud pública. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha demostrado ser un instrumento limitado para poner orden y paliar esta situación.

Todos sabemos que la ciencia, la investigación, los científicos serán cada vez más esenciales para nuestra supervivencia y para superar el difícil momento que atravesamos, en lo sanitario, en lo económico, en lo social, en el combate contra el cambio climático, en un mundo globalizado.

Quienes peor lo están pasando son esos dos mil millones de personas que sostienen a sus familias con trabajos informales, precarios, temporales, desregulados. Es hora de transformar la informalidad en cualificación y estabilidad de los empleos. Apoyar a los trabajadores y a las pequeñas empresas.

No podemos permitir que la brecha entre países ricos y pobres, la brecha entre trabajadores formales e informales, siga debilitando las relaciones laborales, una situación que se produce en todo el planeta, pero que tiene consecuencias dramáticas en los países pobres.

Es muy distinta la forma de hacer frente a una crisis sanitaria como la que estamos viviendo y sus consecuencias sobre el empleo, en lugares como España donde hemos puesto en marcha instrumentos como los ERTEs, a países en los que el contrato laboral no existe y muchas personas se buscan la vida en la calle cada día.

Son muchos los que han depositado su confianza en una Cuarta Revolución Industrial a base de inteligencia artificial, robótica, nanotecnología, biotecnología, el internet de las cosas, o el 5G. Nada más lejos de la realidad.

Las nuevas tecnologías nos ayudarán sin duda a encontrar vacunas, o intentar frenar el cambio climático, pero esas nuevas tecnologías pueden jugar a favor de la igualdad, o de la desigualdad y esa es una decisión que tenemos que adoptar como seres humanos, puede que con ayuda de máquinas para conocer todas las variables y sus posibles consecuencias, pero nosotros, como seres humanos.

Somos un solo mundo, seamos formales, seamos responsables.

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