La Guerra Civil interminable

Ocurrió cuando el 17 de julio se encaminaba hacia su fin. 1936. Hace 90 años. Comenzó la Guerra Civil, el Alzamiento Nacional, en las guarniciones de Marruecos. Estaban implicados altos mandos militares siempre conspiradores, inclinados hacia el golpismo, el pronunciamiento, la asonada, el golpe de Estado.

Se extendió a la península el 18 y fue un fracaso parcial. Fracaso y parcial porque no triunfó en todos los lugares y aún menos en las zonas más industrializadas y desarrolladas, aunque se alzó con el poder en las zonas agrarias. Queipo de Llano, Franco, Mola, Yagüe y el eterno golpista Sanjurjo que se estrelló en el avión antes de abandonar su exilio, porque se empeñó en cargarlo más de la cuenta.

Los alzados esperaban una victoria inmediata. Tropas bien formadas en la guerra de Marruecos frente a cuatro milicianos mal armados y sin experiencia de combate. Pero esos cuatro voluntarios cortaron el paso hacia Madrid, Asturias, País Vasco, Barcelona, o Valencia.

Hicieron mal las autoridades republicanas, sin embargo, en restar importancia a lo que estaba pasando, e intentando frenar a las organizaciones obreras, deseosas de tomar las armas en defensa de la República. España quedó dividida en dos y todos los males del pasado salieron de las tumbas, tomaron cuerpo y desencadenaron un baño de sangre cruel y homicida.

Se equivocan quienes atribuyen a un momento histórico todos los males que dieron lugar a la Guerra Civil. España estaba fracturada desde hace muchos años. Eso sí era un cáncer que devoraba al país y que ya había sido diagnosticado por regeneracionistas como Joaquín Costa a finales de siglo XIX y principios del XX.

Según Costa España no era una nación libre y moderna, sino un territorio dominado por caciques provinciales, oligarcas asentados en los aparatos del Estado, gobernantes corruptos. La democracia era tan sólo una pátina, un maquillaje que no conseguía esconder los males generalizados.

La famosa Restauración Borbónica era una farsa, caracterizada por los turnos en el poder de conservadores y liberales, sin miedo alguno al fraude electoral constante. Un pueblo abandonado a su suerte era víctima de aristócratas, caciques, políticos corruptos, leyes incumplidas y parlamentos pactados. Un país secuestrado por sus élites. Incapaz de modernizarse.

La política había fracasado en su combate contra la corrupción. Los políticos eran una caterva de corruptos. La desconexión entre los poderosos y el pueblo obrero o agrario era una fractura irreparable. El gobierno de los peores. Una situación que el propio Costa consideraba irreparable.

La Segunda República no fue un intento revolucionario, sino una apuesta reformista. La voluntad de impulsar reformas como la agraria, la estructura territorial del Estado, la educación (escuela y despensa que dijera Costa) y un Estado laico y modernizado, capaz de alejar a la iglesia y al ejército de las decisiones cotidianas del gobierno.

Miles de escuelas fueron construidas. Escuelas que nacían con métodos pedagógicos como el impulsado por la Institución Libre de Enseñanza liderada por Giner de los Ríos, las Escuelas racionalistas de Ferrer i Guardia, o la metodología de Freinet. Basta ver  películas como La lengua de las mariposas, o El maestro que prometió el mar, documentales sobre las maestras republicanas, o sobre experiencias teatrales como La barraca de Lorca, llevando a los cásicos por los pueblos, para entender la dimensión del esfuerzo realizado.

Sin embargo, el propio Costa planteaba la figura de un Cirujano de Hierro, un poder temporal pero duro, capaz de impulsar las reformas necesarias, combatir a los caciques, regenerar la democracia. Lo que llegó fue un general gris, triste, calculador, siniestro y cruel que empuñó las armas para defender a las élites y masacrar a las fuerzas populares organizadas. Como un rodillo, sistemáticamente. Políticos de izquierdas, sindicalistas, maestros, pueblo a pueblo, casa a casa. Eso fue la Guerra Civil. Eso fue el franquismo.

Noventa años después (cuarenta de rodillo sanguinario franquista y otros 50 de olvido, desmemoria, ocultación y enmascaramiento de la verdad), nos encontramos en la tesitura de no haber aprendido nada de nuestro pasado y abocados a repetir la historia. Tal vez no con una guerra sangrienta, pero si con confrontación civil, desencuentro programado y violencia latente que, en ocasiones se desencadena abiertamente.

Cuando las instituciones que deberían garantizar la convivencia, la participación, se corrompen, se ponen al servicio de los poderes económicos, políticos, mediáticos, judiciales, policiales, el monopolio de la violencia del Estado se dirige contra los más débiles, los más pobres, los más necesitados de libertad real y de políticas de igualdad. Los componentes democráticos pierden valor y se hundan bajo nuestros pies.

El 18 de julio de 1936 es el comienzo de una guerra, pero también la ruptura con la legitimidad y la legalidad democráticas. El final del breve sueño de modernización, libertad y regeneración que las clases poderosas no podían soportar, ni tolerar. Lo tuvimos al alcance de la mano y la oligarquía financiera, la iglesia, la aristocracia, los ricos, los caciques terratenientes, lo boicotearon y truncaron el intento europeizador que supuso la República.

Tras siglos de opresión las masas campesinas, los aún incipientes obreros industriales, pobres, mal pagados, analfabetos, los desposeídos intentaban acelerar los cambios. Las luchas partidarias hicieron el resto. En lugar de alentar un debate sereno sobre reformas, infraestructuras, industrialización, empleo, escuelas, salud, las clases altas prefirieron jugar a la lucha de las ideologías y condenar reformas como la educativa por ser “anticatólicas”.

Aquella guerra condenó a España a la pobreza durante décadas, al aislamiento de Europa, a la autarquía, al nacionalcatolicismo, al fusilamiento o el exilio de cualquier oposición y de nuestros mejores intelectuales. La dictadura cerró en falso y enterró en fosas comunes los problemas que atenazaban el país y que, en parte y bajo otros prismas nos siguen atenazando.

España, incapaz de resolver sus problemas a través de la negociación, lastrada por la resistencia asesina de sus poderes fácticos, con un pueblo sumido en la desesperación, terminó pagando el alto precio de perder generaciones enteras de buenas gentes capaces de sacarnos del atraso y hacer posible una convivencia libre y democrática.

Aquella guerra cumple hoy 90 años. Esperemos que la sensatez impere para hacer posible que aquellos sucesos no vuelvan a repetirse bajo ninguna circunstancia, ni de ninguna otra forma. No son esos los vientos que corren por el planeta, cada vez más crispado, intransigente y violento, pero una vez más deberemos sacar fuerzas de flaqueza y hacer posible otro futuro distinto del que nos preparan, nos desean y nos anuncian.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *