Fui maestro antes de tener un título de magisterio. Aún antes de haber leído Muerte accidental de un anarquista, ya no recuerdo si asistí a aquella representación en la Sala Cadarso a finales de los 70. Darío Fo  pone en boca del Sospechoso interrogado por el Comisario sobre su tarjeta de presentación en la que afirma ser psiquiatra,

-Mire, decir “soy psiquiatra” no es suplantar un título. Es como decir: “soy psicólogo, botánico, herbívoro, artrítico”. ¿Conoce la gramática y la lengua italiana? ¿Sí? Pues debería saber que si uno escribe “arqueólogo” es como si escribiera “siciliano”… ¡No significa que ha realizado estudios!

Yo hubiera escrito “soy maestro” porque unos cuantos jóvenes habíamos decidido que debíamos dedicar parte de nuestro tiempo a juntar a la chavalería de Villaverde para combatir los suspensos, el fracaso escolar, el abandono de la educación, el peligroso camino hacia la droga, la violencia de las pandillas, la delincuencia juvenil, los embarazos no deseados, las vidas miserables.

SPAIN. Extremadura. A committee of peasants saluting, with their fists, militians leaving to join the forces in Madrid. 1936.

Recientemente el gobierno ha tramitado el proyecto de Ley de Memoria Democrática. Desgraciadamente vivimos en un país en el que parece que todo tiene que ser olvidado para que sigamos viviendo en equilibrio, que no en paz, sin haber resuelto nunca el problema de conquistar una convivencia democrática, sin imposiciones, ni amenazas. Un país siempre en el filo de una navaja.

España viene a ser un país sin patria, sin memoria compartida, sin pasado común que pueda ser útil para el presente. En España conviene saber quién manda y, en función de ello, intentar descubrir cómo interpretará el pasado y cómo diseñará el futuro, porque, a fin de cuentas, sigue plenamente vigente la lección de George Orwell,

-Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controla el futuro.

21 Sep, 2021

La cuarta revolución

Las grandes corporaciones, los gurús de Silicon Valley, nuestros gobernantes y hasta los más desinformados de nuestros tertulianos nos invitan a sumarnos alegremente a la Cuarta Revolución Industrial que, con sus nuevas tecnologías digitales, robóticas, sus nanotecnologías, sus biotecnologías, el 5G, el Internet de las cosas y la Inteligencia Artificial serán capaces de derrotar al cambio climático, acabar con la dramática pérdida de biodiversidad, con la pobreza, las pandemias, las enfermedades, las desigualdades y la violencia.

Un día los más ricos del mundo se dan un paseo por el espacio y otro día nos cuentan cómo sería posible terraformar el planeta Marte, mientras seguimos a pasos agigantados marteformando la Tierra. Cualquiera sabe, en su sano juicio, que para salvarnos de la extinción no estamos ante un problema tecnológico sino más bien ante un problema político y de modelo económico.

Los científicos lo saben y de vez en cuando se atreven a sugerirlo suavemente para no provocar las iras desaforadas de los gobernantes y de los poderes económicos que sostienen las instituciones científicas y universitarias. Incluso cuando se arriesgan a plantear con crudeza los problemas a los que nos enfrentamos topan con la indiferencia de los políticos y la sordera de un público que no quiere escuchar.

Recibo un correo desde Chile. Un cuento breve que escribí y remití hace unos meses ha sido seleccionado por un jurado de escritoras y escritores, convocados por un grupo llamado Vecinxs en Movimiento X el Valle de Putaendo, para figurar en un libro digital que han editado y al que han llamado Putaendo en 350 palabras.

350 palabras en respuesta a los 350 sondajes que la compañía minera canadiense Vizcachitas Holding pretende realizar en la cuenca del Río Rocín, que alimenta a las gentes y a las tierras del Valle. Una convocatoria dirigida a escritoras y escritores de los cuatro puntos cardinales y que ha tenido una respuesta llegada desde lugares como Argentina, Cuba, Colombia, México, España, o el propio Chile.

Putaendo, un nombre que tiene que ver con las aguas que manan de los pantanos, o con el territorio soleado en el que viven sus habitantes. Putaendo un municipio, comuna, pueblo, en la provincia de San Felipe del Aconcagua, en la Región de Valparaíso, no muy lejos de Santiago de Chile.

Un día escribí que era aquel un tiempo de silencio, como el de la famosa novela. El franquismo fue un tiempo en el que los hijos de los vencidos hablaban en susurros que flotaban en los pequeños cuartos de estar.  Los nietos de los vencidos captábamos algunas palabras al vuelo. Algo estaba pasando a nuestro alrededor, algo que ninguno de nosotros, nietos de vencidos podíamos saber, porque saber era poder hablar en algún momento, buscar problemas para la familia.

Nos asombramos de que hoy los hijos no sigan los pasos de sus padres, pero en aquellos tiempos, hace medio siglo, no era fácil tirar del hilo de los murmullos para encontrar el camino. La conciencia del pasado se sustenta en la libertad para contar nuestra historia, nuestras historias. Algo que hace medio siglo no teníamos y que medio siglo después parecemos haber olvidado.

Acabábamos de firmar el acuerdo para crear la ley de Renta Mínima de Inserción con el Presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón. Se había comprometido un año antes, el Presidente, en su discurso ante el Congreso de las CCOO de Madrid, en el que fui elegido Secretario General, a negociar la transformación del salario social, el IMI (Ingreso Madrileño de Integración), acordado como decreto en la época de Joaquín Leguina, en una ley  que estableciera el derecho subjetivo de toda persona carente de los recursos básicos a recibir una prestación para atender sus necesidades básicas y las de su familia.

Estábamos de vuelta de la Puerta del Sol, en nuestra sede de Lope de Vega. Habíamos puesto la televisión para ver cómo trataba Telemadrid la firma del acuerdo, cuando comenzaron a desencadenarse las noticias que hablaban del accidente de una avioneta contra una de las Torres Gemelas.

En un artículo anterior reflexionaba sobre el abandono humano, el olvido intencionado, el desprecio programado, la infamia que supone dejar pasar un aniversario como los 500 años de conmemoración de la derrota de los Comuneros de Castilla en Villalar.

Aquel intento de mantener la libertad y la autonomía de Castilla frente a las pretensiones imperiales que se vio condenado al fracaso cuando una parte de la cobarde, poderosa y terrateniente nobleza y el clero se desvincularon de las milicias comuneras de artesanos maltratados, campesinos descontentos, ciudadanía airada.

Subestiman los gobernantes a los pueblos. Infravaloran su inteligencia, su capacidad de decidir colectivamente, de acertar en sus decisiones. No valoran con rigor la tensión que está a punto de desencadenar movimientos de incalculables consecuencias.

Una parte de esa vocación de subestimar a sus pueblos parece provenir de la alta autoestima que les caracteriza. No pueden entender que el despotismo, más o menos ilustrado que exhiben constantemente, pueda tener otra respuesta que el aplauso, el agradecimiento y el reconocimiento en forma de placa callejera o de sillón en unos cuantos consejos de administración.

El virus salió de China. Nadie creyó que fuera a avanzar tan rápido. Nadie pensó que iba a durar tanto tiempo y experimentar variaciones y mutaciones tan imprevistas. Todo comenzó en China, con una opacidad y falta de transparencia que ha permitido el surgimiento de múltiples versiones y teorías de la conspiración.

A continuación, tras la opacidad llegó el egoísmo.  Estados Unidos enarboló el lema America First, demostrando una falta de liderazgo mundial cada vez más evidente, restando importancia a la pandemia en lo interno y pensando que las sus efectos se pueden detener en las puertas de cualquier país, obviando que la COVID-19 terminaría pasando y sólo había que intentar saber cuándo. De una pandemia como esta, o salimos todos, o no salimos.

La noticia fue eclipsada por la llegada de la pandemia hace año y medio. El 29 de febrero del año pasado, en Doha, Qatar, los talibanes y el gobierno de Trump firmaron un acuerdo de retirada de las tropas estadounidenses en mayo del presente año. Los talibanes se comprometían a no convertir su territorio en base para el terrorismo contra los Estados Unidos.

Lo de las negociaciones entre los talibanes y el gobierno del estado fallido afgano, cuya única viabilidad consistía en recibir dinero y armas del amigo americano, era la mejor prueba de que nunca falta un roto para un descosido.

El ejército afgano era, a todas luces, numeroso, bien armado y absolutamente ineficaz para contener a los talibanes sin el apoyo directo del ejército estadounidense. Digamos, por ser suaves, que no se veían en el papel.

Lo de Afganistán viene de lejos. Siempre fue un conglomerado levantisco y fraccional, de tribus dispersas, guerreras, en alianzas y hostilidades cambiantes, dominadoras de los valles desde las fortalezas y refugios en las masas rocosas de sus imponentes montañas. Y cuando digo siempre me remonto a los tiempos del imperio persa y aún antes.

Los ciclos de la historia traen consigo momentos como el que vivimos, en el que la amenaza de una pandemia global  se hace realidad. Hace siglos la viruela, la peste, el cólera, sembraban la muerte y el dolor por todo el mundo. Hace un siglo era la gripe llamada española, que luego parece que resultó ser de Kansas, o de cualquier otro lugar, la que se llevó por delante a 50 millones de habitantes del planeta.

En tiempos mucho más recientes hemos sufrido el acecho del VIH, el SARS, el MERS, el Zika, o el H1N1, hasta que el COVID-19 nos ha convertido en sus víctimas y lo que hasta el momento habían sido focos localizados de muertes y pérdidas económicas puntuales se ha convertido en una pandemia global que se ha llevado por delante muchas vidas, mucha actividad económica y buena parte del empleo que habíamos ido recuperando desde la crisis de 2008.

Creímos vivir en un mundo de ciencia y tecnología que nos permitiría controlar las enfermedades sin mayores problemas. Habíamos perdido la conciencia de ser lo que somos, tan sólo una especie más entre los muchos organismos vivos que pueblan el planeta, ni tan siquiera el más preparado para la supervivencia, si tenemos en cuenta que muchos organismos cuentan con efectivos infinitamente más numerosos que nosotros y más preparados  para transformarse, evolucionar y cambiar con rapidez.

El verano pandémico del año pasado nos trajo aplicaciones móviles diseñadas por ocurrentes ayuntamientos para reservar plaza en la arena, acotar parcelas señalizadas, ordenanzas de mascarillas a pleno sol. Un año después esos mismos alcaldes, concejales de gobierno y de oposición, se afanan por atraer gente a las playas, primando la cantidad sobre la calidad.

No en vano el turismo sigue siendo un poderoso motor económico del que dependen muchos empleos de temporada playera en bares, restaurantes, pisos de alquiler, hoteles, alojamientos turísticos, supermercados, tiendas, mercadillos, empresas inmobiliarias, socorrismo, mantenimiento, limpieza. Cientos de empleos en cada ayuntamiento, miles de empleos en cada comarca costera.

En una de esas playas, desde primera hora de la mañana, alguien ha instalado un tenderete que forma parte del paquete de actividades que pretende que los visitantes domingueros entretengan a sus hijos con música chunda-chunda, saltos de colchonetas y exhibiciones de gimnastas en barra fija para todos, grandes y chicos.

En la cola del súper una cajera jovencísima va comprobando la compra que otro joven acaba de realizar y le comenta,

-Una compra de supervivencia.

El chaval sonríe y esboza un gesto de complicidad. Hay algunas claves en los productos que desfilan sobre la cinta transportadora que dejan claro que esa compra es de alguien que intenta salir del paso con ajustados recursos y muy básicos conocimientos de cocina.

Aguardo mi turno cuando la joven cajera comienza a explicar que ella ha pasado por ese trance y que es muy duro. También ella vivió una primera vez en la que se vio sola, lejos de sus padres, teniendo que realizar una primera compra de supervivencia para emprender sus estudios fuera de casa.

20 Ago, 2021

Comuneros de Madrid

500 años. No son pocos. Medio milenio se cumple desde que los Comuneros de Castilla fueron derrotados en Villalar un 23 de abril de 1521. 500 años desde que el ejército comunero fuera derrotado por las tropas imperiales, fieles a aquel rey venido de Flandes  que se empeñó (y consiguió) convertir a España en la base de recursos económicos y humanos para construir un imperio, que ni fue sacro, ni romano, ni completamente germánico y desde luego nada, español.

Digamos que de aquí salía la masa humana conquistadora y aquí llegaban los cargamentos menguados de oro y plata que directamente eran remitidos a los fondos buitre europeos que financiaban las aventuras guerreras de aquel Carlos, que se hacía llamar César, Emperador.

Llama la atención que, en estos tiempos de revisionismo histórico que vivimos, la fecha, cinco veces centeraria que tradicionalmente conmemora la resistencia del pueblo castellano a las oscuras intenciones del joven aflamencado, haya pasado con más silencio que gloria. Algunos actos culturales, conferencias, jornadas universitarias, algún acto público de menor calado y eso fue todo hasta los siguientes 500 años.

Abundan los anuncios en los que una empresa, un grupo de empresas del mismo sector, o un consorcio de empresas de lo más variadas,  anuncian su irrevocable compromiso con el medio ambiente y contra el cambio climático. Unos plantan un árbol si les entregas un móvil viejo y compras uno nuevo, otros reparten donativos a las más diversas causas, o plantan miles de árboles que en unos años serán cortados a cambio de cuantiosos ingresos.

Da igual que se trate de empresas energéticas que, como todos sabemos, andan contaminando los más recónditos rincones del planeta, o deforestando las ya no tan inmensas masas forestales, o puede que sean empresas de transportes que contaminan como si no hubiera mañana, o grandes fondos de inversión que maximizan beneficios, al tiempo que minimizan esfuerzos para proteger el medio ambiente, o la estabilidad social del planeta.

La noticia apareció primero como una posibilidad. La UNESCO iba a decidir de un momento a otro si daba por buena  y aprobaba la petición de Madrid de convertir el eje del Paseo del Prado y el Parque del Retiro en patrimonio mundial de la humanidad. Por primera vez un espacio urbano de la capital accedería a este reconocimiento.

Existen más de 1.100 lugares en más de 165 estados del planeta que cuentan con esta distinción. En España contamos con unos 50, como la Alhambra de Granada, la Catedral de Burgos, las obras de Gaudí, o los centros históricos de ciudades como Ávila, Santiago de Compostela, Córdoba, Segovia, Toledo, o Cáceres, entre otros muchos.

En el caso de la Comunidad de Madrid el Monasterio de El Escorial, Aranjuez, o Alcalá con su universidad eran ya patrimonio mundial de la humanidad, en cuanto a los patrimonios naturales, la UNESCO ya había concedido este título al Hayedo de Montejo.

Madrid ha sido declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO. Bueno, no todo Madrid, sino tan sólo el eje Prado-Retiro. En Madrid, ya existían varios lugares con ese tipo de títulos variados concedidos por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

Tenemos el Real Sitio de El Escorial con su Monasterio y su Casita del Príncipe, el Casco histórico de Alcalá de Henares, incluida su portentosa Universidad, Aranjuez cuenta con un potente título de Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad y hasta contamos con un Paisaje Natural como el del Hayedo de Montejo, declarado Patrimonio Natural de la Humanidad. Ahora tenemos el eje del Paseo del Prado, su entorno y el Parque del Retiro.

Hace tiempo, con la ayuda de las fotos de mi amigo Isabelo Matías Martín escribí un libro dedicado a describir el paisaje y contar las anécdotas que acompañan el recorrido de la manifestación del Primero de Mayo en Madrid. La estación de Atocha, el Ministerio de Fomento, el Museo Reina Sofía, el Paseo del Prado, el Botánico, el Museo del Prado, la Casa Sindical, el Thyssen, las fuentes de Neptuno, Apolo, Cibeles, la Puerta de Alcalá, el Ayuntamiento, la calle de Alcalá, la Puerta del Sol,

Hasta principios de 2020 el denominado coronavirus reunía las condiciones para que la Organización Mundial de la Salud (OMS) considerase que se había desencadenado una Emergencia de Salud Pública Internacional. El brote se circunscribía esencialmente a China, los contagios que se habían producido fuera no llegaban al centenar y no existían aún víctimas mortales.

Sin embargo a principios de marzo de ese mismo año la situación había empeorado notablemente y la velocidad e intensidad de la difusión de la enfermedad hacía que internacionalmente la preocupación aumentase y que los expertos prestaran mucha atención a las características del nuevo virus, cómo diagnosticarlo, prevenirlo, controlarlo y cómo combatirlo.

31 Jul, 2021

Hablaremos de Pilar

Sus amigos cercanos me iban contando que Pilar se encontraba cada vez más débil, que el encierro de la pandemia estaba siendo especialmente duro para mujeres activas como ella, que ya no salía a dar paseos, como han hecho todos los artistas que, venidos de fuera, han aprendido a amar Madrid reflejado en los estanque del Retiro.

Esas noticias me traían Fernando Marín, Jorge Bosso, Amparo Climent, algunos de esos actores con los que he compartido duros momentos de nuestra historia reciente, desde las grandes huelgas generales, a la impresionante manifestación en solidaridad con los golpeados por la negra sombra del Prestige. Desde las manifestaciones contra los  atentados de la T-4 al NO a la Guerra, la incansable lucha contra la violencia machista, o la solidaridad con el pueblo saharaui.

Me impresionaba, me imponía y admiraba su tono de voz, su energía, su voluntad de ser, ser mujer, ser actriz, ser compañera y amiga, de cuantos y cuantas la reclamaban para dar a conocer sus problemas y reclamar soluciones. Gentes cercanas, gentes venidas de lejos.

Pilar Bardem siempre fue mucho más que la hermana de Juan Antonio, uno de los grandes del cine durante el franquismo, que junto a Berlanga, Saura, Martínez Lázaro, José Luis Cuerda, o Martín Patiño, nos enseñaron a posar la mirada sobre ese mundo triste, gris, esperpéntico y aparentemente inmutable del franquismo en el que nacimos. La mirada como primer paso para adquirir conciencia de nuestro ser, de nuestra nada y nuestra voluntad de cambiar el mundo.

31 Jul, 2021

Derecho a la vivienda

Uno de los compromisos de este gobierno es dar solución a los problemas de acceso a una vivienda digna. Hay demasiadas viviendas que no reúnen condiciones de habitabilidad, que no pueden ser reformadas para garantizar que el consumo energético es óptimo.

Existen demasiadas personas que atraviesan malos momentos económicos y no pueden pagar el precio del alquiler. Tan sólo en el primer trimestre del año parece que se han producido casi 11.000 desahucios y eso aún cuando seguimos en un periodo de moratoria, originado por la pandemia.

Es cierto que no todos los propietarios son fondos buitre, ni que todos los inquilinos padecer situaciones de necesidad cuando dejan de pagar un alquiler, tampoco todos los okupas son familias que carecen de recursos y tienen que ocupar una vivienda para no dormir en la calle, pero el problema existe y sigue sin resolverse, lo cual supone una vulneración de los Derechos Humanos y de la Constitución Española que contempla expresamente el derecho a una vivienda digna.

El problema existe y las soluciones siguen, como siempre, pendientes de la voluntad de los gobiernos. El compromiso de contar con una Ley Estatal que asegure del Derecho a la Vivienda sigue inédito, incumplido, pendiente. Una ley que concilie las necesidades de muchas personas y familias y los derechos legítimos de los propietarios de una vivienda, sobre todo cuando se trata de pequeños tenedores de vivienda.

Las administraciones no pueden cargar la responsabilidad de los desahucios en los propietarios, ni obligarles a soportar los gastos de los inmuebles privándoles de cobrar el alquiler. Tampoco el derecho de propiedad es absoluto, ni el libre mercado puede convertir el alquiler en una trampa para los inquilinos.

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