El día en el que se levanta el Estado de Alarma la noche de las grandes ciudades se llena de gente, de masas de jóvenes y algunos no tan jóvenes, dispuestos a darlo todo al grito de libertad, como si la libertad consistiera en poder salir de botellón por las noches y consumir alcohol y cerveza hasta que me dé la gana. Un mensaje de los gobernantes de Madrid para toda España. Para eso somos capital.

Libertad para consumir, no para trabajar, ni para tener salarios dignos, ni esa vivienda que nos garantiza la constitución. Es bien cierto que la Covid-19 tiene efectos muy negativos sobre el consumo, no sólo porque haya caído mucho en determinados sectores, sino porque también los hábitos de consumo se han visto afectados, pero la recuperación del consumo no debería ser un estallido de vuelta al pasado, sino paulatina, equilibrada y adaptada a los nuevos hábitos que probablemente permanecerán entre nosotros.

Soy madrileño porque nací en la Sierra de Madrid. Soy más madrileño porque desde chico me trajeron a esta capital que olía a carbón de trenes, a tubos de escape y a largas, exhaustivas y redobladas jornadas de trabajo. Cambiar los valles de montaña por las calles llenas de zanjas abiertas para meter tuberías de gas, luz, agua, podía parecer un signo de gran modernidad, pero que conllevaba inevitables y altos costes personales.

Español no sé si soy, la verdad es que me siento más ibérico que español, algo así como parte ínfima de una gran Federación Ibérica, esa misma en la que creía Saramago y de la que han hablado de vez en cuando desde Pi y Margall a Unamuno, o desde Menéndez Pelayo a Oliveira Martins en Portugal.

Conviene recordar que Francesc Maciá proclamó unilateralmente la Republica Catalana en el marco de las Repúblicas Ibéricas. Los anarquistas siempre concibieron una Federación Anarquista Ibérica y hasta Primo de Rivera (el hijo, José Antonio, no el padre, el dictador Miguel), soñaba con una península con una sola bandera, la catalana, una sola capital, Lisboa y un solo idioma, el castellano. Un poco disparatado, pero Iberia al fin (falangista, eso sí).

-Por cierto Presidenta, ha venido usted muy guapa.

La robot Sophia mantenía así una conversación con la que pocas horas después sería votada de forma abrumadora en las elecciones del 4 de mayo por millones de madrileños.

-He venido un poco de andar por casa, pero bueno, respondió la Presidenta.

Hasta en eso acertó ese fenómeno de la nueva anormalidad, llamado Isabel Díaz Ayuso. En ese empatizar con una máquina humanoide.

El día anterior ya había aprovechado el acto de entrega de premios del 2 de mayo, en la Puerta del Sol, para ser investida como icono de la nueva modernidad, por uno de los cardenales de la movida, Nacho Cano,

-Esa energía de los años 80 siempre la hemos echado de menos, siempre hemos dicho que los años 80 eran los mejores, pero ahora vuelve esa energía.

Con imposición de banda incluida.

Y al día siguiente con Sophia, de tú a tú, de igual a igual. Difícil distinguir cual de las dos es la máquina y cuál la mujer perfeccionada, mejorada, el robot capaz de interactuar con humanos, la cyborg humana con implantes biónicos.

Se veía venir, aunque en el fragor de la campaña electoral tendemos a pensar que las encuestas engañan y que los nuestros van a obtener unos resultados muy por encima de lo que indican los sondeos. Es sólo un espejismo, a fin de cuentas terminamos por escuchar tan sólo a los que queremos escuchar, lo que queremos escuchar y viendo tan sólo lo que queremos ver. Así ha ocurrido con los resultados electorales de la izquierda en Madrid.

Ver a Nacho Cano convirtiendo su recepción de la medalla de la Comunidad en un valioso anuncio electoral a favor de Ayuso debería habernos convencido de lo que iba a pasar. Una operación comercial  en toda regla, con lágrimas publicitarias de por medio. El elegido para representar a España en el festival de Año Nuevo de la Nueva Normalidad, entonando su canción “Un año más” lleva consigo todas las trazas del gluten que aparece en cada operación del consorcio político-empresarial que gobierna Madrid.

Hoy por ti, mañana por mí, hoy me elevas a la gloria del Resistiré de Año Nuevo en la Puerta del Sol y mañana yo te nombro madrina de la nueva movida madrileña, nueva musa de los ochenta redivivos. Todo vale si se trata de obtener la gloria, pasar a la historia, ganar elecciones, ganar dinero. No es extraño que, por primera vez, los sindicatos hayan sido excluidos de los actos conmemorativos del 2 de Mayo. Mejor sin testigos molestos en vivo y en directo.

De eso va el gobierno de coalición de las derechas en Madrid, mientras Ayuso se niega a asistir a los debates electorales, su socia in pectore de la ultraderecha entretiene al personal con escándalos variados, en un intento desesperado de hacer que la izquierda se centre en debates sobre el antifascismo, los cordones sanitarios, las balas para arriba y las navajas para abajo.

Toda una premonición del reparto de papeles que nos esperará durante los próximos dos años si la presidenta diseñada por el modisto de Aznar se sale con la suya y gobierna Madrid en connivencia, alianza y coalición con sus amigos escindidos por la ultraderecha de su partido.

Mi sindicato, la Federación de Enseñanza de CCOO, el sindicato mayoritario en el sector de la educación madrileña, ha denunciado que Ayuso quiere hacer desaparecer 230 aulas de la Educación Pública y los casi 5000 grupos burbuja que han permitido que la enseñanza madrileña haya tenido mínimos impactos de la pandemia, al reducir el número de alumnos y alumnas por clase.

En lugar de aprovechar que el incremento de las vacunaciones anuncia una reducción de los efectos negativos del coronavirus para abordar un proceso de consolidación de la bajada de las ratios, del número de alumnos y alumnas por aula, la Presidenta se prepara a despedir a más de 7300 profesoras y profesores.

En dos artículos publicados hace unos días en varios medios de comunicación he afirmado que soy liberal y voto izquierdas, que soy comunista y voto izquierdas. Me sabe mal que todo quede ahí, porque no sólo soy liberal, ni sólo soy comunista. Ya nos recordó nuestro amado Luis Eduardo Aute, que se marchó en este tiempo de pandemia, lo que afirmaba San Agustín, el obispo de Hipona,

-Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo.

Así las cosas, con dos valdría, de no ser porque Robert Louis Stevenson, al crear a su Doctor Jekyll y a su desdoblado Mr. Hyde, nos trasladó la misma reflexión amplificada, la verdad de su descubrimiento, su espantosa catástrofe,

-El hombre no es realmente uno, sino dos. Digo dos, porque el nivel de mis conocimientos no me permite ir más allá. Otros seguirán, otros me dejarán atrás en esa misma especialidad y me aventuro a conjeturar que en última instancia, el hombre será conocido como una mera comunidad de múltiples habitantes, incongruentes e independientes.

Liberal, por lo tanto, comunista también, pero no sólo. Para que llegaran los comunistas debieron existir antes los socialistas, aquellos que creían firmemente que la justicia y la solidaridad harían el milagro de traernos un mundo mejor. Aquellos socialistas utópicos de la primera oleada, que fueron seguidos por los marxistas, en abierto debate simultáneo con los anarquistas.

Cuando vienen mal dadas, cuando escasea el empleo, cuando las rentas nos son negadas y, sobre todo, cuando la muerte nos acecha, todos echamos de menos que haya alguien, qué se yo, un gobierno, unos gobernantes, un partido de gobierno, una oposición política, un dios menor, o un dios proveedor en toda regla, que venga en nuestra ayuda.

La llegada de la pandemia nos ha demostrado que durante años la derecha gobernante, especialmente la llegada al poder con el golpe del Tamayazo, esa derecha extrema encabezada por la madrina del charco de ranas de la corrupción en España, había ido arrasando los recursos públicos para entregarlos al sector privado.

La pandemia ha demostrado que los dineros no estaban invertidos en la sanidad pública, que ha demostrado ser imprescindible para combatir con éxito al coronavirus. El gobierno ha sido incapaz de garantizar que hubiera los rastreadores necesarios para detectar la enfermedad en sus fases iniciales, lo cual hubiera permitido contener la expansión de los brotes, o que tuviéramos suficientes equipos de protección individual, o suficientes tests y pruebas PCR.

Lo mío con el comunismo viene de pura herencia genética. Unos nacen de derechas y otros nacemos de izquierdas. Luego nuestros caminos vitales pueden llevarnos por unos o por otros derroteros, pero nacemos de derechas, o de izquierdas. El actual rey nació de derechas y yo nací de izquierdas. Son cosas que pasan. Pueden cambiar a lo largo de la vida, pero hay que aceptarlas.

Soy nieto de un hombre del que no se conserva nada, o casi nada material, más allá de alguna foto y muy escasos documentos. Dejó a su mujer y a sus tres hijos para acudir a alistarse en el cuartel de milicianos a las órdenes de Enrique Líster, montado en su pueblo para frenar el avance franquista, que intentaba desbordar las defensas de la Sierra de Guadarrama.

Tras tres años de guerra le vieron pas

ar la frontera catalana, con los restos del ejército popular de la República para acabar encerrado en uno de esos campos de internamiento de refugiados improvisados en las playas mediterráneas. Lugares insanos, sin luz, sin agua, sin saneamientos, sin tiendas de campaña.

No es lo mismo ser de derechas que ultraderechista, ni ser de izquierdas que de ultraizquierda, ni ser conservador que ser ultraconservador, ni mucho menos es lo mismo vivir en el mundo que en el ultramundo. Por eso me puedo definir como liberal, sin por ello considerarme ni mucho menos ultraliberal.

De hecho esto de ser liberal no significa lo mismo según en qué sitios. Los liberales estadounidenses, por ejemplo, votan al Partido Demócrata, porque suelen sentirse representados por el ala izquierda de ese partido y defienden ideas económicas cuando menos socialdemócratas, posiciones feministas, igualitarias, se movilizan por los derechos civiles, el derecho al aborto, el derecho a la educación y a una sanidad pública, casi inexistente por aquellas tierras.

En España no, aquí ser liberal es ser ultraliberal, ultraconservador y ultracapitalista, algunos se denominan anarcocapitalistas que para ellos significa el libre desorden absoluto del capitalismo. Seguidores de Milton Friedman, el economista de la Escuela de Chicago que inspiró a los asesores de Margaret Thatcher, a los de Ronald Reagan, o a los grandes dictadores militares de América Latina durante los años 70 del siglo pasado.

Dicen que un pesimista no es otra cosa que un optimista bien informado, aunque fue Bernanos el que nos alertó de que el realismo no deja de ser más que la buena conciencia de los hijos de puta. El término francés que utiliza es el de salauds, que podemos traducir como bastardos.

La encrucijada que vivimos está plagada de optimistas, pesimistas y bastardos realistas. Hay quien piensa que en un futuro cercano podremos terraformar Marte, mientras que otros dicen que, agotados los recursos de la Tierra, la cultura extractiva se prepara para dar su última bocanada, antes de su irremediable final, cambio cultural que coincidirá con la extinción misma de la especie.

La encrucijada que vivimos puede conducirnos a la utopía, o a la más negra de las distopías. Los teóricos del transhumanismo avanzan la idea de un mundo de seres humanos  “mejorados”, que incorporarán componentes tecnológicos en su cuerpo y en sus habilidades mentales. Un mundo de cyborgs, mitad humanos, mitad máquinas.

República de trabajadores, así la definía la Constitución de 1931. En concreto decía: España es una República de trabajadores de toda clase, que se organizan en régimen de Libertad y de Justicia. No está mal para definir la más formidable experiencia de modernización y europeización que había de vivir España en todo el siglo XX.

Mala suerte que aquella experiencia topara con la animadversión de quienes desde sus posiciones de privilegio social, eclesial, cortesano, económico y militar decidieron torpedear cualquier intento de dar solución a los seculares problemas de España.

Problemas como el dominio y posesión de la tierra, problemas de imposición de las ideas tradicionalistas del catolicismo más rancio, problemas de desigualdades sociales, de pobreza y miseria en las ciudades y en el campo. Los problemas nunca bien resueltos de los antiguos fueros y los modernos nacionalismos, o aquellos otros derivados del intervencionismo golpista de un ejército enfangado en guerras carlistas, o aventuras imperiales en declive.

En Europa, la experiencia republicana española coincide con el ascenso generalizado de los fascismos, de forma exitosa en Italia, o Alemania, pero tolerado en muchos países, como Gran Bretaña, o Francia, donde los movimientos  fascistas son valorados como diques de contención ante el fantasma del comunismo bolchevique triunfante en Rusia.

Acaban de enviarme una foto en la que se ve una columna en la que aparece una pequeña placa emborronada. Es la sencilla placa que indicaba que estábamos a punto de entrar en los jardines de la Escuela Julián Besteiro, la escuela de formación de UGT.

Al parecer, la placa ha amanecido cubierta de pintura negra, tan negra como el carbón mental que ocupa los cerebros de los seres embriagados que en la noche madrileña han acometido el heroico acto de mancillar el nombre de un socialista, republicano, que llegó a presidir la UGT, el PSOE y las Cortes españolas y que murió en las cárceles franquistas, al poco de finalizar la Guerra.

Escribí el año pasado, para El Obrero, un artículo titulado Besteiro, la grandeza de los derrotados, con motivo del 150 aniversario de su nacimiento y el 80 aniversario de su muerte. Fue Besteiro el que rindió Madrid a las tropas franquistas, cuando todo el gobierno había ya salido camino del exilio.

Besteiro, juzgado por rebelión militar en los tribunales militares de franquistas alzados en armas contra su pueblo y que, a falta de delitos de sangre del anciano profesor, le condenó a cadena perpetua, luego rebajada a 30 años de prisión. El Dictador le dejó morir en la cárcel, pese a las peticiones de algunos de sus generales, entre los que figuraba el propio Ministro del Ejército.

Al contrario de lo ocurrido con la crisis financiera de nuevo tipo desencadenada en 2008, en esta ocasión los gobiernos han renunciado a los recortes de recursos públicos y rescates crueles y se han empeñado en regar dinero sobre los pueblos golpeados por la pandemia de una forma desconocida desde hace muchas décadas.

Basta prestar atención y comprobar cómo hace una docena de años los ultraliberales de moda se liaron la manta a la cabeza y dejaron abandonada a su suerte a millones de personas, sembrando nuestras vidas de precariedad y  empleos basura. Pero no, esta vez no, con la pandemia no.

Esta vez las medidas de protección se han multiplicado. Los Expedientes de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) han venido a taponar los efectos brutales de la paralización, o de las restricciones temporales, de actividades económicas afectadas por el confinamiento. Medidas a las que han venido a sumarse otras como la aprobación de un subsidio extraordinario para personas paradas que han agotado su periodo de prestación.

Mis abuelos huían de las Tierras de Talavera, con un burro, cuatro cosas y cinco hijos. No era cosa de quedarse en el pueblo para ser fusilados, después de haber sido responsables, como jefes de las Juventudes Socialista Unificadas de haber requisado tierras, mansiones y hasta la iglesia del pueblo.

De hecho, en el juicio que se siguió contra mi abuelo, al acabar la guerra, uno de los testimonios fundamentales, para justificar cárcel preventiva, palizas brutales una condena, a falta de poder cargarle haber ordenado muerte alguna,  consistía en demostrar que había organizado bailes públicos en aquella iglesia, a la vista de las imágenes de Santiago Apostol, de Jesús Nazareno con la Cruz, de San Bartolomé y de dos Vírgenes, una de pie ante la cruz y la otra en plena Asunción a los cielos, en cuerpo y alma, además de una Cruz de Mayo, todo ello en madera primorosamente tallada y adecuadamente bendecida.

Aquellos refugiados de la guerra acabaron en Tresjuncos, donde tuvieron que vivir en casas “requisadas”, a fin de cuentas Madrid estaba petado de gente que venía huyendo de las matanzas perpetradas y el terror organizado por las tropas franquistas, pueblo tras pueblo, Andalucía, Extremadura, Castilla, hasta situarse a las puertas de Madrid.

Hemos comenzado a hablar de los gamers, youtubers, o de influencers cuando algunos de ellos han decidido fijar su residencia en Andorra, siguiendo el ejemplo de adineradas como Tita Cervera, moteros como Jorge Lorenzo, tenistas como Arantxa Sánchez Vicario, cantantes de ópera como Montserrat Caballé. Y no son los únicos.

Ya decidirá Hacienda si estos famosetes de usar y tirar (para el capitalismo todo es de usar y tirar, efímero, esporádico, sustituible) tienen que pagar en España, si se les permite declarar sus ingresos en un paraíso de dudosa calidad democrática como Andorra, o si meten mano en sus cuentas y acaban ante un juez. El tiempo dirá.

Dicho esto, parece ser que las horas que todos estos personajes han dedicado a hacerse famosos delante de una pantalla, o las horas de sus seguidores menos famosos aprendiendo a jugar, son habilidades que pueden terminar siendo muy apreciadas por un buen número de empresarios. Parece ser que hay empresas de selección de personal que recomiendan emplear a jóvenes tomando en cuenta elementos como el número de horas que dedican a jugar a determinados videojuegos.

La pandemia ha desbordado cualquier previsión que alguien hubiera hecho sobre imprevistas circunstancias excepcionales que podrían alcanzarnos en algún momento. Hubo quienes pudieron haber pensado en grandes desastres locales, un tsunami, un volcán, un terremoto, una epidemia focalizada en determinados lugares, como las que veníamos padeciendo.

Pocos habían pensado en una pandemia global, altamente contagiosa, que ha centrado sus golpes más duros en las personas de más edad, que se ha llevado por delante muchas vidas y ha dejado secuelas dolorosas y preocupantes en muchas personas de todas las edades.

Se supone que hasta en las peores guerras hay que respetar una mínimas reglas de respeto a la vida y la dignidad de los no combatientes y también de los propios combatientes. Sin embargo, como termina ocurriendo en todas las guerras, en este combate que hemos librado y seguimos librando contra la covid-19, hemos podido comprobar cómo ha habido un buen número de personas mayores cuyas vidas han sido menos imprescindibles que las de otras personas de menor edad.

La llegada de la pandemia ha traído, paradójicamente, un pequeño respiro en la agresión que los anarco-capitalistas, libertaristas, ultraliberales y ultraconservadores redivivos (cada día me es más difícil diferenciarlos y entender sus variantes, derivadas, trasversales y cepas mutantes) protagonizan siempre contra lo público y muy particularmente contra el sistema de protección a las personas.

Tal vez la cantidad de personas muertas en las residencias, abandonadas a su suerte, siguiendo, al parecer, instrucciones de los responsables de gobiernos como el madrileño de no ser trasladados a los hospitales, ha hecho que los enemigos de lo público, hayan dejado para momentos menos sensibles y dolorosos volver a plantear cosas como que el gasto en pensiones es insostenible y que hay que dejar esos miles de millones de euros ahorrados por los trabajadores y trabajadoras en manos de aseguradoras y fondos buitres.

A fin de cuentas deben echarse las cuentas de que ya ganaron la guerra de la crisis global iniciada en 2008 y no tienen por qué perder este conflicto desencadenado por la pandemia mundial. Aunque vaya usted a saber, no tendría por qué ser necesariamente así si somos capaces de entender que las sociedades serán justas, equilibradas y sostenibles, o no serán sociedades.

31 Mar, 2021

Defender el mercado

El mercado del que hablo no es ese ente indefinido e indefinible que gobierna el mundo con mano de hierro y crueldad desalmada. Hay quienes hablan de mercado y a lo que hacen referencia es al abuso de unos cuantos poderosos que controlan los procesos de producción, distribución y fijación de precios, sin reparar en los daños naturales, o personales, que causan a su paso.

No, ese no es el mercado persa, ni el mercado medieval, ni el zoco de la Almudaina madrileña, ni tan siquiera un mercado chino, o el mercado de Moratalaz, todos ellos lugares a los que llegan productos variados a los puestos de los vendedores y al que acuden los compradores para satisfacer sus necesidades.

A esos mercados me refiero, al mercado tradicional, de proximidad, el de los tenderos, carniceros, pescaderos, fruteros, panaderos, charcuteros y demás comerciantes que atienden nuestras necesidades diarias. Los mismos que han resistido el embate de los grandes centros comerciales, se han transformado y se han reinventado para sobrevivir.

Vivimos en un país que no ha superado los viejos problemas que le acucian desde hace siglos en muchos casos. Me detendré sólo en algunas de aquellas cuestionas que consumen a España. La cuestión de haber perdido un imperio y haber evitado encontrar otras fórmulas de mantener la unidad, no entendida como un espacio geográfico unido, sino como voluntad de convivir sobre bases de respeto a la diversidad de las culturas y la pluralidad de las ideas.

La cuestión agraria, que no es otra cosa que la incapacidad para acordar un modelo de crecimiento. Somos país de terratenientes ayer y especuladores del suelo hoy, enladrilladores de grandes ciudades y de dunas playeras, vendedores de sol, diversión, copas y jarana, desertificadores de la España interior, abandonada, vaciada. La construcción, el turismo y las remesas de dinero de los emigrantes fueron la base de capital del desarrollismo franquista cuya estructura económica nunca fue derrotada.

La cuestión social como resultado de un reparto injusto de las rentas y la falta  de respuesta a los problemas acuciantes de vivienda, alimentación, pobreza, formación, atención sanitaria, protección social. Hemos avanzado mucho, pero queda mucho por hacer para alcanzar las medias europeas en estas cuestiones.

20 Mar, 2021

Enredas y apoyaores

No era un señor de derechas, era un hombre de izquierdas, hecho a sí mismo en largas jornadas de trabajo infantil en el campo, lo más parecido a un niño yuntero de la Siberia Extremeña, más tarde en la emigración en Madrid, peón en la Barreiros de Villaverde Alto, la de los famosos Simca 1000 y los poderosos camiones que vendía hasta a Fidel Castro, luego Chrysler, Talbot, PSA, Citroen, Peugeot, Renault.

José se llamaba y se sigue llamando, este hombre bueno, más que buen hombre. Rojo y comunista de nacimiento, de Comisiones Obreras de adopción, que cada vez que veía salir por la tele a Felipe González, acompañado de Alfonso Guerra, no dudaba en espetar de inmediato,

-Ahí los tienes, el enreda y el apoyaor.

Es sólo una anécdota reflejo de aquella etapa en la que comunistas y socialistas revivían viejas rencillas históricas, pese a que han sabido casi siempre alcanzar alianzas de gobierno cuando unos necesitaban los votos de los otros. No siempre, pero casi siempre, en situaciones importantes, ya fueran comunidades autónomas, o ayuntamientos.

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